Continuidades desde la Dictadura hasta Milei
Pedagogía castrense, parte 3.-
El presente artículo analiza la pedagogía castrense aplicada en los liceos militares argentinos durante la última dictadura cívico-militar, con especial énfasis en el impacto del conflicto del Atlántico Sur en 1982. Se examinan los dispositivos de control subjetivo aplicados a menores de edad.
Introducción: El anuncio de la guerra
El 2 de abril de 1982, el dictador Leopoldo Fortunato Galtieri anunció el desembarco en las Islas Malvinas desde el balcón de la Casa Rosada ante una multitud mayoritariamente militar. Sin embargo, la manifestación del 10 de abril reveló una fractura en la legitimidad del régimen: el apoyo a la causa nacional coexistía con silbatinas al dictador y consignas peronistas, evidenciando una recuperación del espacio público por parte del pueblo. Para los adolescentes que cursaban el nivel secundario en el Liceo Militar General Belgrano (LMGB), esta transición se manifestó como una colisión frontal entre la rutina institucional y la realidad del conflicto armado.
1.- El algoritmo del unísono
Durante la guerra de Malvinas en 1982, la educación argentina en general estuvo inmersa en un encendido clima de fervor patriótico, desinformación oficial y movilización escolar. Las aulas reflejaban la propaganda dictatorial, con docentes y alumnos realizando actividades de apoyo a las tropas, mientras la vida cotidiana escolar se mezclaba con la angustia por el conflicto y la participación de jóvenes conscriptos (clases 1962 y 1963), muchos de ellos recién salidos de la escuela secundaria.
Las escuelas transmitían lo que el gobierno decía; esto es, una imagen triunfalista que ocultaba la dura realidad del frente. Por su parte, los docentes vivieron una mezcla de conmoción y horror al darse cuenta de la manipulación de la información por parte del gobierno de facto. Para colmo, en la posguerra, tras la rendición del 14 de junio, los excombatientes fueron obligados al silencio, rompiéndose este cerco años después a través de charlas en las escuelas.
En el liceo militar, “el secundario de los milicos” (cfr. Altisen, 2026), la instrucción militar orientada al escenario bélico se inició de inmediato, en abril de 1982, comenzando por exigir a los cadetes la obligatoriedad de memorizar la “Marcha de Malvinas”, incluso bajo condiciones de privación de sueño y exposición al frío intenso en medio de la noche, con el fin de lograr una ejecución vocal perfectamente síncrona.
Desde una perspectiva socio-psicológica, este procedimiento pretendidamente “educativo” opera como una forma de destrato a la subjetividad, sin miramientos ni empatía. La búsqueda del unísono constituye una técnica de desubjetivación deliberada, transformando el cuerpo del adolescente en un engranaje de la maquinaria institucional. Este funcionamiento no se acotó al régimen de internado en la institución (de lunes a viernes), sino que se extendió a la vida cotidiana de los cadetes fuera del liceo, donde se les exigían protocolos de silencio y solemnidad incluso durante los trayectos en colectivo de ida y vuelta entre el hogar y el liceo.
2.- Institución total y la mortificación de la carne
La rutina en el liceo, intensificada por la guerra, se caracterizó por una obsesión con el «orden interno». La vigilancia maníaca sobre la limpieza, el brillo de los calzados y la uniformidad estética buscaba la sumisión absoluta del sujeto ante la autoridad, hasta en los más mínimos detalles.
Siguiendo a Erving Goffman diremos que este sistema de control castrense sobre los cuerpos operaba regulando el tiempo y el espacio de forma tal que se mortificaba el «yo». La comunicación estaba estrictamente codificada, eliminando cualquier margen para la duda o la interpretación individual. El oficial no actuaba como un educador, sino como una figura de autoridad que dividía el ambiente entre aliados y enemigos, exigiendo a los adolescentes una subordinación impersonal absoluta.
En Malvinas también operaba ese tipo de disciplinamiento total, y con incomparable crueldad. Según las denuncias existentes, la mortificación de soldados argentinos incluyó severos abusos físicos y psicológicos por parte de oficiales argentinos, tales como estaqueamientos, inmersión en agua congelada y golpes de puño o patadas, a menudo como castigo por buscar alimento ante la falta de suministros. Estos actos se sumaron a la desprotección, falta de abrigo y armamento precario ante el enemigo. Tales prácticas todavía están siendo investigadas por la justicia argentina como delitos de lesa humanidad.
3.- El cuerpo como territorio de inscripción
El paradigma educativo castrense se fundamentaba en una máxima que era muy frecuentemente vociferada: “lo que no entra por la cabeza, entra por los pies”, reflejando así una concepción biopolítica del cuerpo como territorio prioritario para el disciplinamiento.
En 1982 el entrenamiento táctico de los cadetes (adolescentes entre 12 y 17 años) involucraba el manejo de armamento real (fusiles, morteros, granadas, cargas de explosivos) y simulaciones de combate hiperrealistas.
Cualquier atisbo de indocilidad al régimen de vida militar se castigaba con dureza. Las extenuantes sanciones físicas, denominadas “manijas” o “bailes”, no tenían como fin la reflexión sobre el error, sino la internalización de la norma a través del castigo físico. Mediante la imposición del sufrimiento, se buscaba forjar un «temple» moral varonil y un sentimiento de pertenencia corporativa que neutralizara la singularidad del sujeto. Esta microfísica del poder pretendía, en definitiva, producir subjetividades alineadas al autoritarismo y refratarias a las maneras que son propias de la convivencia democrática.
En efecto, entre 1982 y 1983 en el liceo militar recayó sobre el cuerpo de los cadetes el gesto agónico del estertor dictatorial.
4.- Malvinas, Thatcher y la genealogía del presente
La instrumentalización ideológica de la guerra transformó las instalaciones del liceo en espacios de propaganda de la dictadura. Sin embargo, para muchos de entre los cadetes de aquella época, como para cualquier argentino patriota, la causa nacional por la soberanía de Malvinas trascendía la narrativa oportunista del gobierno de facto, siendo comprendida como un imperativo de integridad territorial frente al inaceptable enclave colonial inglés.
En términos históricos, se observa en la política contemporánea una flagrante contradicción en la cual sectores de la derecha argentina otrora soberanista y que ahora respaldan liderazgos partidarios que plantean livianamente deshacerse de Malvinas, que le reconocen derecho de autodeterminación a la población británica implantada en las islas, y que incluso expresan admiración por Margaret Thatcher, responsable del hundimiento del Crucero ARA General Belgrano. Este fenómeno se asocia a la persistencia de mentalidades despóticas y cipayas (no soberanistas) que nada más buscan rehabilitar un tipo de discurso de corte dictatorial bajo nuevas pieles neoliberales.
5.- Profanación y resistencia
El Estado terrorista constituye la “excepción” de la ley; es pura “factualidad”, una fuerza “de ley” que opera sin la ley. La tesis fundamental de la doctrina schmittiana sostiene que la excepción es el poder de aplicar la fuerza como legalidad desaplicando, simultáneamente, el derecho. Así, la violencia gubernamental contradice impunemente el aspecto normativo del orden jurídico y, por ese camino, la voluntad del gobernante se impone como norma sin relación con la vida del pueblo. No obstante, junto a ese movimiento existe otro de carácter contrario que opera en sentido inverso: aquel que guarda relación con el derecho y con la vida. Es decir que el estado de excepción representa el punto de máxima tensión entre dos fuerzas opuestas, donde una pone y la otra depone; ambas confrontándose en la maquinaria biopolítica.
Esto significa, a su vez, que el derecho a la rebelión existe, así como el derecho a la revolución y a la resistencia extrajurídica. Tal es el gesto de Antígona: autorizarse a tomar posición más allá de lo estipulado legalmente, no cediendo su potestad ante la mera fuerza de la autoridad. Se trata de la siempre difícil articulación entre lo político y lo jurídico.
En el liceo militar —aquel «secundario de los milicos»—, a partir de Malvinas y durante los dos últimos años del terrorismo de Estado en Argentina, la máquina jurídico-política coincidía en la sola persona de los dictadores, convirtiéndose en regla y en una maquinaria letal. En ese escenario, fue posible que algunos adolescentes comenzaran a sacar a la luz, desde el interior mismo del ámbito castrense, la ficción de la excepción en la que se vivía desde 1976. Es que, a pesar de la eficacia pretendida por la maquinaria de desubjetivación, siempre emergen espacios de resistencia por donde se pueden realizar actos de profanación. En este contexto y según Agamben, “profanar” consiste en restituir al uso común aquello que el poder ha sacralizado y retirado de la libre circulación.
En el ámbito del liceo, la profanación se manifestaba a través de transgresiones adolescentes que desafiaban el orden institucional impuesto: desde la burla y el humor grotesco hasta acciones de sabotaje y desafíos a la autoridad militar. Estas acciones representaban la afirmación de la vida frente a la rigidez de la institución. Ejemplos históricos de la falla de este sistema totalizante incluyen a los cadetes que se integraron a la militancia política contra el régimen y figuras tan relevantes de la política nacional como Raúl Alfonsín, quien lideró el juicio a los genocidas y la reconstrucción democrática.
6.- Advertencia sobre la persistencia autoritaria
El fin del conflicto de Malvinas en junio de 1982 precipitó el colapso del proyecto dictatorial. No obstante, las premisas analíticas de Contramarcha (Altisen, 2026) alertan que la mentalidad autoritaria permaneció latente en la sociedad argentina, hasta nuestros días. Hoy emergen. El actual «Plan Liceos 2030», por ejemplo, señala el empeño del gobierno de Milei por restaurar una pedagogía castrense basada en el adiestramiento y la sacralización de la violencia institucional sobre menores de edad. Muy por el contrario, la educación de niñas, niños y adolescentes debe consistir en un cuidado acompañamiento de procesos de responsabilización creciente y no en un moldeado tecnocrático para la fabricación de perfiles dóciles.
En el actual escenario no solo negacionista sino incluso “justificacionista” que se articula desde el discurso “mileitarista”, y para que el “nunca más” impida el funcionamiento de la excepción, es que la memoria y la profanación ética constituyen los pilares de una resistencia inclaudicable ante la sistemática mecanización de la vida humana.
Referencia bibliográfica:
Altisen, C. (2026) Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos. Prohistoria ediciones.
Disponible en: https://prohistoria.com.ar/#!/producto/3086/

Marcha de Malvinas: https://www.youtube.com/watch?v=tXuUGinSF-w&list=RDtXuUGinSF-w&start_radio=1