El peronismo es un movimiento político que se inscribe dentro de la dialéctica de la economía capitalista. Al decir esto, estamos sentando dos ideas que es necesario desarrollar:
- es un fenómeno que pertenece a un modo a un modo de desenvolvimiento social, cultural y económico que posee líneas de avance y contradicciones (idea dialéctica);
- esas contradicciones son inherentes al marco del proceso de acumulación de ganancias que opera bajo la lógica del sistema capitalista.
Ahora bien, al ser un movimiento burgués policlasista que busca generar rentabilidad (plusvalía) dentro del marco estatal y empresarial, el peronismo involucra a una serie de actores históricos que operan bajo una relación compleja de colaboración, tensión, disputa y reacomodamientos. Los actores del peronismo han sido: La Clase Obrera Sindicalizada; el Estado; el Empresariado Nacional o pequeña burguesía.
Los sistemas productivos operan dentro de mecanismos que son la lógica interna de su desenvolvimiento. Al ser mecanismos sociales, los grupos que buscan mantener su cuota de poder o incrementarla necesariamente están en pugna o ejercen alianzas de corto, mediano o largo alcance. El objetivo que planteó el peronismo fue el de establecer un acuerdo por el cual la clase obrera, como creadora de la riqueza, transfiriera parte de las ganancias al sector de la pequeña industria nacional mediante un alto consumo de producción nacional que mantuviera en funcionamiento al mercado interno. La pequeña burguesía industrialista, al pagar los salarios más altos de la región, perdía parte de su plusvalía, pero la volvía a recuperar con un mercado nacional que le aseguraba la venta de la propia producción. Dos décadas antes, Henry Ford ya había visto la inteligencia de este juego al decir que prefería pagar altos salarios para que los obreros compraran sus autos. Por último, el Estado se convertía en el garante de este juego interno de oferta y demanda crecientes al promover, mediante la acción sindical coordinada, los lineamientos de la generación de riqueza y el consumo. Pautados los niveles de producción, empleo y salario, el Estado se beneficiaba con el cobro de impuestos que permitían ser volcados a la acción social: hospitales, clínicas, escuelas, hoteles sindicales, rutas, viviendas sociales.
Basta mirar los objetivos de los Planes Quinquenales para entender al movimiento peronista como una forma interna de aplicar políticas keynesianas dentro de la última etapa de la Modernidad que fue el Estado de Bienestar.
No se hizo nada distinto de lo realizado en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos. Todas las economías capitalistas fijaron objetivos de producción industrial. Este hecho fue mal comprendido por la dirigencia agraria y financiera. La prédica liberal, consustanciada con los intereses foráneos y la renta agraria, utilizó todo el sistema de la superestructura para defenestrar el término “dirigismo” y vincular las prácticas capitalistas del justicialismo con el modelo soviético. Una zoncera intelectual a todas luces, pero repetida hasta el hartazgo por diarios como La Prensa o La Nación. A partir de la prédica errónea de Alsogaray (1913-2005) y Krieger Vasena (1920-2000), se estableció un eje binario que simplificaba el pensamiento económico hasta convertirlo en una fórmula raquítica: la Argentina liberal y sin intervenciones nos convirtió en un país próspero; la intervención del Estado fue el inicio de todos los males. Por supuesto, nunca los liberales criollos fueron del todo claros en el momento de hablar dela génesis de la supuesta caída argentina: unos la sitúan con Yrigoyen; otros con el golpe del 43… Pero todos se aúna al clamar contra el peronismo, al que primero sindicaron de comunista, luego de fascista y por último de nazi. Los cierto es que la planificación económica, que tiene distintos niveles de necesario dirigismo, es solamente una herramienta más dentro del sistema capitalista de producción. Planificar implica tomar determinadas prioridades y elaborar medidas para que esas prioridades, en un lapso determinado, puedan cumplirse. En el mismo momento en que estamos escribiendo estas páginas, el actual presidente norteamericano, Donald Trump, acaba de subir en un 25 % los aranceles para la importación de acero en Norteamérica. Esta medida forma parte de un entramado más complejo mediante el cual la actual gestión republicana busca redimensionar a la industria estadounidense luego de treinta años de políticas neoliberales que castigaron duramente al sector productivo en ese país. Recordemos, como caso paradigmático, la quiebra de las industrias automotrices en Detroit y la catástrofe laboral y sindical que conllevó la libre importación de autos orientales. Las políticas de libre flujo de capitales e inversiones aparejaron el desmantelamiento de los sistemas fabriles y el reposicionamiento de las industrias en cualquier parte del planeta donde la tasa de plusvalía fuera mayor. La paradoja es que el capitalismo financiero, con sus falsas promesas de producción ilimitada a bajo precio, acorraló al capitalismo productivo. El mundo virtual de la economía destituyó al mundo concreto de la producción, con las consabidas crisis propias de la volatilidad del mundo financiero. El desastre de las hipotecas en 2008 fue la primera crisis arrolladora del siglo XXI. Millones de personas, lanzadas por la voracidad del sistema bancario a tomar créditos mucho más altos que sus reales ingresos, se encontraron que los bonos de Lehmann Brothers con los que habían comprado casas que excedían largamente sus posibilidades de pago, se evaporaban en la tormenta especulativa. Todo el sistema bancario occidental se desmoronó. Pero jamás se tomó una sola medida contra aquellos capitales especulativos y fondos buitre que habían iniciado la ola especulativa. Por el contrario, los damnificados fueron solamente los que habían comprado las viviendas. El desastre financiero aparejó una suba de la tasa de interés en todo el mundo, con el inmediato efecto recesivo y caída de producción y empleo. Por eso la planificación es esencial dentro de la racionalidad del sistema productivo. La famosa mano invisible del mercado es una frase teórica y funciona dentro del laboratorio de la economía. La mano invisible nunca ha sido real. El capitalismo se construyó sobre la base de intervenciones políticas constantes. Las doctrinas neoliberales y los disparates de la escuela austríaca, repetidos hasta la exasperación por una runfla de patanes, apuntan solamente al beneficio de minorías rentísticas y financieras que dejan indefenso al país respecto de la especulación de los grupos concentrados. A no ser que Trump se haya convertido en izquierdista, las medidas que ha empezado a adoptar demuestran la necesaria intervención del Estado para subvencionar y potenciar al sistema productivo. Con anterioridad, la salida de Inglaterra de la Eurozona (Brexit 2019) fue otra clara muestra de que el sistema capitalista, una vez que es corroído hasta la médula por su versión globalista y financiera, busca nuevamente el cuidado del trabajo dentro de los límites del Estado-Nación. Esta situación nos lleva a planearnos nuevamente la cuestión dialéctica. Todo proceso económico posee contradicciones inherentes al sistema. La historia del capitalismo se forjó primero sobre la destrucción de las tierras comunales que permitían la alimentación de la población europea. Esta primera privatización de la tierra, llevada a cabo desde el siglo XV, generó una clase social violentada y despojada de los campos comunes de labranza. Los expulsados del mundo agrario debieron concentrarse en las ciudades para formar parte del primer proletariado. Estamos hablando de la primera etapa de acumulación de capital por parte de un sistema nobiliario que, en su propio seno, fue generando a un grupo social nuevo de segunda línea que acompañó al proceso. El grupo de técnicos, científicos, consejeros, militares de bajo rango y artistas que acompañaron al proceso constituyó la base de una proto-burguesía.
Esta primera capa burguesa fue la que trajo el desarrollo en cuanto a técnicas de producción y acaparamiento del capital. Tuvo un desarrollo lento y sinuoso que mostró por primera vez su poder con la Revolución Inglesa de 1640. No se trataba solamente de la figura de Cromwell, sino de la expansión ultramarina que necesitaba ser controlada por el grupo social que se había lanzado a la experiencia de dominio en los terrenos de América del Norte. La nobleza, convertida en un agente parasitario del proceso de expansión de la industria marina que dependía de la circulación por el Atlántico, debió ser reconfigurada como una aristocracia parlamentaria que garantizara el nuevo orden social emanado de una propiedad privada que ya no surgía meramente con la conquista militar de las tierras comunales. La Revolución Inglesa corrió el límite de este concepto y la órbita de lo privado se fue haciendo más extensiva en cuanto a sus alcances. Un barco pasó a ser propiedad privada; una innovación técnica para mejorar el desplazamiento de las naves o de las armas también lo fue. Se consideró privado a un nuevo cultivo en la zona caribeña o en la costa atlántica de América; a los rendimientos de las parcelas ganadas por los colonos; al interés fiduciario para obtener créditos que permitían el avituallamiento de los barcos que iban hacia el Nuevo Mundo… Encaramada al viejo poder noble y feudal, la burguesía horadó las bases de la nobleza no para exterminarla, sino para redireccionar el poder. Pero la empresa territorial y expansiva necesitaba nuevos trabajadores. La vieja clase expoliada de la tierra fue conducida a América como fuerza de trabajo. Todo grupo humano que luchaba contra la expoliación de origen fue considerado delincuente. Los nuevos códigos penales castigaban duramente a los que no podían probar un trabajo remunerado o a quienes se sublevaban contra la usurpación territorial. Como bien señaló el extraordinario pensador Walter Benjamin (1892-1940), el derecho nace de una violencia previa. No hay estatuto que no esconda un acto de despojo y barbarie. No hay legislación que no tenga un agujero negro que es el sitio de lo que no puede decirse. En términos psicoanalíticos, podemos hablar del tabú. Toda la legislación occidental que empieza a plasmarse en el Renacimiento posee el tabú de la “propiedad privada”. El tabú es aquello que no puede ser nombrado. Es lo que se considera el orden natural e invisible de la realidad. Su ontología esencial. Posee un estatuto sacro e inefable. Aquel que mira ese lugar cubierto por las sombras comete sacrilegio porque la propiedad privada se convierte en una emanación religiosa. La teología calvinista de la salvación propia y las nuevas escuelas evangélicas pasaron a formar parte de esa superestructura cultural que abonaba la privatización de la existencia. Fue un proceso lento que no careció de tensiones internas y de disputas teológicas entre el espíritu de lo comunitario que surgía del Antiguo Testamento y de los Hechos de los Apóstoles. Estas obras del canon bíblico se oponían a la tendencia individualista respecto de la salvación del alma. El trabajo y el éxito, garantizados por la riqueza, se constituían como el el primer signo de la salvación. El capitalismo religioso se asentó en las costas atlánticas de Estados Unidos. El ciclo de la revolución independentista fue una lucha por obtener la renta impositiva que hasta entonces había detentado la metrópoli londinense, Esa disputa formó a ese “coloner” y a ese “farmer” que, con prácticas distintas moldearon, la estructura de la joven nación.
En su dialéctica, el capitalismo necesitó crear un sistema religioso que se opusiera a las doctrinas salvíficas y comunitarias.
La burguesía europea quedó encaramada a la vieja nobleza. La norteamericana hace un corte radical con toda forma nobiliaria, que subsiste solamente como patrón de plantaciones en el Sur. La Guerra de Secesión (1861-1865) fue el nuevo conflicto interno de la evolución del capital. Se trató de un conflicto ente la necesidad de un mercado interno que protegiera las propias industrias en desarrollo en oposición a la renta agraria obtenida por una confederación de terratenientes. Después vendrá toda la ilusión de la libertad del hombre y la igualdad. No hay motivaciones abstractas o humanitarias en la evolución del sistema productivo privado. Si antes necesitó crear una religión de lo privado, ahora necesitaba una supuesta igualdad de derechos para aniquilar la producción paternalista y subdesarrollada del sur.
Es interesante ver que la guerra contra el Paraguay (1864-1870)[1] fue parte de la misma evolución, pero con signo inverso. La metrópoli londinense, tras perder el control de las tejedurías de Crimea, necesitaba imperiosamente otro sitio con el cual pudiera reemplazar la materia prima que su industria necesitaba. Las tejedurías paraguayas eran un obstáculo para el capital inglés. Los astilleros paraguayos eran una amenaza para la industria británica y su política de crédito y endeudamiento en América latina. La autosuficiencia alimentaria guaraní atentaba contra el control del mercado por parte de la gran potencia europea. La idea del dominio autónomo de los ríos de la América del Sur, con una flota hecha con capitales autónomos y con tecnología desarrollada por una nación sudamericana exigua en tamaño aunque poderosa en cuanto a proyección económica y política, era un freno a la nueva división internacional del trabajo. La banca británica comprendió que necesitaba aliados locales para dirigir su propia versión del capitalismo dentro del ciclo de la segunda revolución industrial.
En Estados Unidos fue el triunfo de la gran industria por sobre la renta agraria. En Inglaterra y en las otras potencias europeas fue el control de las colonias y de las repúblicas liberales. Al igual que ahora, la Argentina no fue más que un actor subdesarrollado, periférico y dependiente dentro de la evolución del sistema económico. El triunfo del modelo latifundista y oligárquico sólo podía efectuarse con la sangre de todo lo que fuera el intento de un capitalismo nacional. Con esto no estamos haciendo ninguna apología de la Federación rosista[2]. Aquel modelo también estaba destinado al atraso, a la dependencia y al exterminio de los pueblos originarios. El rosismo no es más que la reacción de defensa de un nacionalismo servil a los mercados internacionales. Lo triste de nuestro destino es que el intento de una verdadera Confederación Argentina como evolución autóctona para entrar en el mundo se abortó con la defección urquicista y las coimas, persecuciones y asesinatos del mitrismo. La clave de nuestra larga miseria como país no es Caseros (1852), sino Pavón (1861).
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Su nombre oficial es el de Guerra de la Triple Alianza. El primer genocidio moderno perpetrado por la nobleza brasilera y la oligarquía criolla. De ahí en adelante, todo genocidio, toda entrega de los intereses de la Patria Grande, toda vileza golpista o supuestamente republicana va a tener el ADN del mitrismo y de su prensa.. ↑
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Tras las Guerra de Independencia, nuestro país no pudo tener ningún líder nacional que permitiera el desarrollo del capitalismo industrialista. La proto-oligarquía exilió a San Martín tras haber asesinado a Güemes, destruido a Belgrano y fusilado a Dorrego. Desde entonces, la historiografía nacionalista intenta mostrar a Rosas como un segundo padre de la patria. Este mito tampoco contribuye a entender el porqué de nuestro fracaso. Si bien el proyecto rosista era infinitamente superior al unitarismo liberal, resultaba muy acotado en su proyección política (economía agraria del tasajo y manejo de la Aduana con el fin de proteger a la pequeña economía artesanal de las provincias). Creer que con esto nuestro país podía entrar de manera independiente en la dialéctica capitalista es tierna miopía jauretcheana. ↑