El disparo y la Historia
Man holding hand, giving support and comfort to woman, loved one sick in hospital bed.

El disparo y la Historia

Reflexiones sobre la vida y la muerte.

Solo es nuestro lo que perdimos. Jorge Luis Borges

De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la «raza» de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de «pura raza» y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente. La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de concentración.

Víctor Frankl El hombre en busca de sentido.

El disparo y la Historia.

Una fría madrugada de marzo del 2008 mi vida cambió para siempre. Todos llevamos el olor de nuestros muertos: Mi padre sufrió –sí, la palabra es sufrir- un atentado contra su vida: un intento de robo a mano armada. El disparo atravesó su estómago; la bala calibre 22 traspasó su intestino y quedó alojada bajo su pulmón. Esto sucedió mientras se disponía a ir a su trabajo en la puerta del hogar donde vive actualmente con mi madre y mi hermano en el barrio de San Justo, provincia de Buenos Aires.

Desperté, oí el disparo y corrí a la calle; sus manos temblorosas sostenían las mías; entre susurros escuché “avisa al trabajo”. En ocasiones el horror acontece como un espectro temible y su oscuridad nos envuelve en un infierno perpetuo- lleno de fuego y sangre- obligándonos a transitar el duro, difícil, angustioso y trabajoso recorrido del duelo, transformándonos de una vez y para siempre, exigiendo una segunda muerte, la del ser que habita en nuestro interior: ¿A quién perdimos?  Y ¿Qué perdimos con lo que se fue?.

A veces los fantasmas retornan con una sonrisa lúgubre cuando se los cree derrotados, ellos sonreían ante aquel espectáculo dantesco lleno de sangre, dolor y asco…  Lo que sobrevino después, inenarrable. Recuerdo que conduje a toda velocidad hasta la clínica “Los Cedros” con la mente en blanco. Su vida pendía de un hilo, su voz se apagaba y entre lágrimas la vida nos ponía a prueba. El alma desciende a los infiernos, la imagen espantosa permanece en el recuerdo: mi hermana tomaba la mano del “viejo”… y el viejo “se iba”, como la vida propia de cada uno que se va. Fogwill decía que cada vez nos parecemos más al cadáver que vamos a ser: Yo en cambio, veía el cadáver de mi padre y no había angustia posible de narrar, solo existía el horror. ¿Qué sería de mí? ¿Cómo seguir después de esto? Lo trivial del alma humana estremece, cuanto más simple, más aterra, “sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos” decía Borges.

Pensar la muerte es asumir el desafío de abordar lo inabordable. En un libro interesante que retomaremos más adelante, el duelo de Gabriel Rolón (2020), el autor planteaba que existía una falta que recorría el lenguaje y nos condenaba a no poder decir exactamente lo que queremos. Cuando nos acercamos a la muerte, esa falta se hace más evidente porque no existe registro de la muerte en el inconsciente, ya que nadie ha pasado antes por el trauma de morir. Ante un hecho tan significativo de la vida, todos, jóvenes, viejos, hombres  y mujeres nos encontramos en la misma situación de ignorancia y debilidad; Por eso la muerte es uno de los grandes temas de la humanidad. El otro es el Amor. Y reafirmo, la muerte y el amor. Escribe Rolón:

Dijimos que nunca estamos tan en riesgo como cuando amamos. Digamos también que jamás nos sentimos tan lejos de la muerte. En ocasiones el amor nos engaña, nos ilusiona, y por un tiempo logra apaciguar la sensación de vacío, pero tarde o temprano la amenaza regresa, y la desazón también. (2020, pág. 44)  

Retomando su libro cito una frase del gran pensador Miguel de Unamuno para entender el sentido trágico de la vida; Afirmaba que

Es el amor, lectores y hermanos míos, lo más trágico que en el mundo y en la vida hay; es el amor hijo del engaño y padre del desengaño; es el amor el consuelo en el desconsuelo, es la única medicina contra la muerte, siendo como es de ella hermana. (2020, pág. 45)  

Cuanto más se ama, más lejos de la muerte se está; pero es un engaño, la muerte siempre asecha porque solo una cosa es capaz de producir tanta angustia como la muerte, el amor. El amor y la angustia. El amor y la pérdida. Esa pena extraordinaria es el precio que hay que pagar por la aventura del amor. Todo tiene un costo y es necesario pagarlo. Sencillamente planteo que la idea de “homo deus” no tiene asidero en la realidad, o tal vez sea el hombre-Dios pero con prótesis: sentimos que por unos instantes la vida parece tener sentido, somos el aquí y el ahora y creemos que ya no necesitamos nada más. Todo es una maravillosa, tierna y dulce mentira. Un proyectil calibre 22 que atraviesa el corazón humano, el abandono de la persona amada (no existe nada más parecido a la muerte como el desamor, por eso para ambos casos hablamos del trabajo del duelo), la muerte de un hijo, la injusticia social que es el plato diario de todos los días, todo, absolutamente todo, confirma lo absurdo de la vida. No es pesimismo: es  puro realismo. Es bella la sentencia de Rolón:

Creer que las cosas siempre van a salir bien es tan obtuso como pensar que siempre van a salir mal. He notado que muchas personas gustan de esa frase que invita a mirar el vaso medio lleno en lugar de verlo medio vacío. En realidad, el vaso esta colmado hasta la mitad. Hay una parte que tiene y otra que le falta, y así es como lo mira el hombre que, parafraseando a Hermann Hesse, no tiene más ganas de mentirse a sí mismo (2023, pág. 163)   

Pasaron muchos años y mi padre sobrevivió al atentado contra su vida, podríamos decir -y de hecho lo afirmo- que es un sobreviviente; Ahí, en quirófano, como un soplo de vida, aparecía el Ángelus Novus; hermosa ficción literaria relatada por Walter Benjamín, el Ángel de la Historia que, entre ruinas y cadáveres, contemplaba en la inmensidad del dolor, el drama humano de la injusticia del progreso, horror que se repite diariamente y, entre el absurdo y la indiferencia del mundo, uno siente que la literatura es el último resguardo del hombre. La cultura fue el mejor refugio, el último quizás,  ante tamaña violencia, el costo del progreso.

Relato del médico: “Había que operar y su presión arterial era muy baja; todavía no entendemos que sucedió, pero lo cierto es que comenzó a subir”. Era necesario intervenir rápidamente, no había tiempo, a veces me pregunto si alguna vez lo hay. Y en esas horas de agonía donde todo lo solido queda destruido de una vez y para siempre, se hacían presentes algunas reflexiones que venían a mi ser, por ejemplo la del filósofo André Comte Sponville quien señaló que para ser feliz había que renunciar a la esperanza.

“la desesperanza da alas. El que lo ha perdido todo se vuelve ligero, no veáis en ello elogio alguno de la tristeza, al contrario. La tristeza es siempre una pesada carga. La desesperanza no es la infelicidad  (y está muy cerca de la felicidad misma). Feliz es aquel al que nada le cabe esperar. Tener esperanza es esperar; la felicidad comienza cuando ya no se espera.” (Rolon, 2020, pág. 249)    

Aprendí hace muchos años que vivir implicaba  perder; que se pierde más de lo que se gana y que siempre el dolor es más fuerte y poderoso que la dicha; curiosamente me lo enseñó la literatura, no la historia. El autor citado definía la felicidad como la “sensación” que aparece en los escasos momentos en que la vida parece un poco menos injusta. ¿Por qué injusta? En principio porque existe la muerte y la vida de mi padre estaba en “suspenso” “en estado de excepción”. La amenaza de dejar de Ser era una posibilidad bastante cierta en aquellas horas de desesperación. La vida es el espacio intermedio entre dos grandes inexistencias, es cierto, nada éramos antes de nacer, y nada seremos después, pero no era una decisión que había tomado él; otros lo habían sentenciado a morir y él luchaba por sobrevivir. Algunos lo llaman «valentía» y quizás sea cierto, pero el implicaba en ese momento un terror atroz: el dolor me elegía una vez más.

Mientras mi padre luchaba por su vida yo luchaba en otro escenario: el interno. Decía Sponville que el duelo es la afrenta de la realidad al deseo, una frase tan bella como cierta. Vuelvo a citar al psicólogo.

El duelo se hace necesario en las situaciones en que la realidad y el deseo entran en conflicto. Ante una perdida, desearíamos que la realidad fuera distinta, que el ser querido no hubiera muerto o que siga amándonos. Sin embargo, contrario a nuestros deseos, aparece la ausencia y nos impone el trabajo de renunciar a esos deseos para adecuarnos a la realidad. El costo de no hacerlo es la locura. (Rolon, 2020, pág. 250)

Y agregaría el suicidio, es decir, el único acto humano completamente logrado, porque cierra un circulo y no deja intersticios donde continuar. Ha roto con el mundo simbólico del lenguaje y con el deseo (hijo de la falta). Desde el psicoanálisis se plantea que el dolor es la última  ratio, el último y verdadero límite de sanidad ante la locura y la muerte. Leyendo relatos de sobrevivientes de campos de concentración en Argentina- según Pilar Calveiro- existieron 340 campos en funcionamiento entre 1975 y 1983, ellos afirmaban que intentaban en todo momento seguir siendo humanos, no perder la condición humana bajo la deshumanización de la tortura (en el libro volveremos sobre esto) mi tortura era “terapia intensiva”. Y luego la “luz” la nueva oportunidad de la vida se abría ante nuestros ojos.

Todo resuelto a primera vista. Pero ¿en verdad lo estaba? Acaso pareciera que sí, que todo había concluido, que no existían más preguntas, que el ciclo estaba cerrado: Dios no era ausencia, Dios no me había abandonado, ni juagaba a las escondidas….  ¿Esto era así? Han pasado muchos años de aquel día y las preguntas siguen atormentándome. ¿Dios estaba? ¿Qué había sucedido? Acaso ¿no había abandonado a otros? las preguntas afligían: qué, porqué, para qué; objetivamente no poseía lógica ni sentido alguno, era absurdo, terrible. En los hechos: un joven de dieciséis años toma un arma y gatilla contra la vida humana por nada y quizás por todo. Odiador odiado, pibe-hambre, pibe-basura, pibe-descarte, busca revancha en la vida del otro. Su mirada llena de odio busca un blanco donde alojar su ira: parafraseando una bella novela:

Su vida no fue más que la suma de momentos angustiosos. Nunca lo acunaron los brazos de una madre, tampoco hubo un padre que jugara con él en la plaza, ni una abuela que lo llevara al colegio. No sabe lo que es ser tratado con amor, ni tener una familia, y siente que no es justo que sea así. (Rolón, 2018, pág. 275)   

Su alma, llena de odio, siente explotar su corazón de ira. ¿A quién podía importarle el destino de un chico que había sido tirado como si se tirara una bolsa de basura? Y, aunque no le gustara, ése era su caso. Ninguna persona preguntaría por él, ni extrañaría su ausencia, simplemente porque nadie había reparado nunca en su vida miserable, hasta ahora. Pero eso iba a cambiar. (Rolón, 2018) El auto quedó en mitad de la calle, no importaba. Lleno de odio, con fuego en sus ojos, gatilló contra mi viejo. Y el ardor cubrió su cuerpo con sangre. ¿Era consciente? Sí y no. ¿Por qué lo hizo?  Jamás mi padre lo había visto en su vida. ¿Cuál era el sentido de todo aquello? Mientras escribo estas líneas pensaba en un concepto que había leído en una nota que escribió el filósofo José Pablo Feinmann: “la existencia destino”, a menudo, nacer es una culpa ¿verdad?, jamás elegimos las cartas con que jugamos. Si, estimados lectores, la vida es injusta y pareciera que solo el mal triunfa. Vamos a ir dejando algunas ideas que parecen interesantes:

Al no ser una creatura divina, el hombre no tiene “esencia”. Surge al mundo existiendo, en tanto “existente”. De aquí la centralidad de la infancia. Si (según la célebre fórmula) “la existencia precede a la esencia”, el hombre empieza por ser nada y luego empieza a ser “algo”. Un pensador nacional, Carlos Menem, habló de la niñez y la dividió en dos. Hay dos clases de niños, dijo: “Niños pobres con hambre y niños ricos con tristeza”. Para él eran igualmente desdichados y se proponía gobernar para ambos. Sin embargo, el hambre y la tristeza no marcan del mismo modo. La tristeza suele solucionarse. De hecho, en pocos meses de gobierno, Menem cumplió el 50% de su promesa: los padres de los niños ricos empezaron a ganar tanto pero tanto dinero que hasta pudieron comprar para sus hijos la alegría que les venía faltando. La pobreza (por medio de las dos carencias que la definen) destina al niño pobre, le quita la libertad, sus posibilidades, la apertura del futuro. Hay dos carencias definitivas en la pobreza: la carencia de comida y la carencia de educación. El niño pobre tiene una existencia-destino. El niño rico tendrá tristeza pero tiene libertad, proyección, posibilidades. El hambre y la falta de educación condenan al niño pobre. Y ésta no es sólo una cuestión social o económica, sino antropológica. Una existencia-destino es una existencia ya decidida, trazada, sin retorno. El hambre debilita –estrechándolo sin piedad– el horizonte de la inteligencia. El pibe pobre puede ser pillo, vivillo, pícaro, pero jamás inteligente. Hay que comer para tener neuronas sanas y frescas en la cabeza. Así de simple. El pibe pobre no come y no se educa. No podría, además, educarse porque el hambre le debilitó su capacidad racional. El pibe pobre está condenado a ser el pibe pobre. Podrá “ser” lo que su contexto-destino le ofrezca: mandadero, peoncito, adicto a las drogas impuras e infames que consigue, escolar con frío, escolar indiferente, ratero empedernido, inculto irredimible y –por supuesto– delincuente. La experiencia extrema de la marginalidad y la exclusión social que él (neo) liberalismo instauró en América latina  tiene temibles lecturas filosóficas: el hombre no es libre. Y no porque lo preceda el lenguaje, tampoco porque surge en un modo de producción y en unas relaciones de producción ya establecidos, o por el inconsciente. No (o no sólo por eso): el hombre no es libre porque hoy más de la mitad de la humanidad está hundida en el hambre. Hundida (no en la existencia que se arroja a sus posibles para darse el ser, no en el estado de arrojo temporalizante que abre el horizonte) sino en la existencia-destino. Que sólo puede llegar a ser lo que empezó siendo: una cosa, un desecho. Una existencia-condena. Pueden estar tranquilos quienes piden llevar la imputabilidad a los catorce, a los ocho años. El pibe pobre, el pibe hambre, el pibe ratero sin escuela ni maestros ni pizarrones ni manuales nació imputable. Cuando, al fin, la sociedad educada lo mete entre rejas sólo está cerrando un círculo que los orígenes ya habían trazado”.

Formidable análisis, lo retomo para pensar la idea de “destino”; si como afirma José Pablo Feinmann la pobreza no golpea, no marca del mismo modo que la tristeza  ¿Qué define lo realmente humano? Lo sintetiza el dolor y la carencia afectiva. Un niño pobre que no come ya ha dejado de ser un niño, ha dejado de imaginar, de soñar despierto, de jugar. Ha sido marcado para siempre. No tiene posibilidad de ser, su horizonte se cierra a sobrevivir día tras día. El niño rico come y se educa, tiene neuronas sanas, afirma irónicamente Feinmann, tiene futuro, lo sabe y se siente seguro. El pibe basura, el pibe desecho está condenado a ser lo que empezó siendo, una basura. El texto tiene una clara direccionalidad sartreana y por ese motivo se ha elegido. Busca generar algo en el lector- en usted, que lee esto- y que exige mayor seguridad. Yo lo entiendo ¿sabe? Lo entiendo perfectamente, pero también puede exigir mayor educación y no solo una “pala” para que trabajen. Puede elegir mayor solidaridad; mayor respeto por el ser humano. También puede pensar por sí mismo y no ser pensado; le propongo seguir un camino alternativo al de la seguridad represiva: la libertad junto a la responsabilidad y la educación como base para el futuro. Vuelvo al texto, afirma que el Ser es nada, se hace en la medida que elige, su Ser está determinado por sus elecciones ergo, no existe el alma, no existe esencia ni siquiera Dios y sólo se va construyendo por sus elecciones libres. Pero ¿Puede elegir “libremente” un niño sin familia, sin padres que lo contengan; un niño que lo hagan sentirse querido, amado, respetado, protegido, valioso? ¿Dónde está su autoestima, su amor propio, su egoísmo sano? ¿Cuántas veces decimos a alguien que lo amamos para solo escuchar la reciprocidad, por la sola auto-afirmación? Lacan decía que toda demanda es demanda de amor y es cierto: todos deseamos ser valiosos para el otro. El otro es tan importante en nuestras vidas porque sin él yo no puedo ser. Dicho de manera más sencilla: el otro es la condición de posibilidad de mi existencia. En cambio, el odio del “pibe sin maestros ni pizarrones” trazó un abismo en su corazón y su desprecio a un presente humillante lo entrenó para matar. La universidad de la calle es la universidad de la muerte, se asemeja a una cárcel repleta de indiferencia. Pedagogía de la crueldad que solo puede crear monstruos y esclavos. Hay un libro interesante que traigo al lector y que engarza con estas ideas:

La autoestima se construye a partir de la relación con los demás, empezando por la relación con los padres. Y es por eso que la mejor manera de conseguir una saludable auto-valoración es haber tenido la suerte de que nos hayan tocado padres que pudieran enseñarnos eso. Y aquí, el factor más importante, lamentablemente, es el azar. Los padres que nos tocaron, más iluminados, menos iluminados, peores, mejores, más tontos, menos tontos, son los que ligamos en un azaroso reparto, y tenemos que aprender a vivir con ello. (Bucay, 2010, pág. 38)

La idea es exacta y plantea algo insoslayable: el azar y la importancia de la familia. Nacer es una lotería. La angustia crece en la medida que ingresamos en el universo mental de la existencia-destino. El pequeño ensayo no tiene desperdicio, relata un dialogo ficcional entre una paciente y su terapeuta. Sigue Jorge Bucay

“-Pero vuelvo a mi duda, si nuestros padres no nos dieron ese reconocimiento, ¿estamos perdidos?-

-Si la autoestima depende en principio del cuidado y de la valoración de nuestros padres, parecería que, si ellos nos descuidaron en ese sentido, realmente estamos perdidos. Pero no, no lo estamos. La mayoría de las personas de este mundo un poco perdido no ha recibido de sus padres suficiente valoración, aceptación, autonomía, respeto, dignidad y reconocimiento. Es importante señalar que, la mayoría de las veces, eso se debe a que los padres están ocupados en otras cosas que consideran más importantes. Y esto no es una ironía. Están ocupados, por ejemplo, en buscar dinero para darnos de comer, para pagar nuestros estudios, para hacer frente a la hipoteca de la casa. Es por ese motivo que descuidan aquellos aspectos a los que nos referimos. Pero (y es un pero fundamental) si uno no ha recibido ese mensaje, puede aprenderlo de alguien más, en otro momento de su vida. (Bucay, 2010, pág. 42) 

El autor analiza el valor de los afectos y la emocionalidad para el desarrollo sano y autónomo del sujeto humano, como la dignidad, valoración, aceptación, respeto, autonomía y muchos atributos más que hacen a la salud bio-psico-espiritual del sujeto. Se entiende como es necesario entonces reconstruir dialécticamente la historia personal, los cuerpos como marcas indelebles del trauma y la cultura de una época para pensarlos en totalidad. ¿Por qué? Porque matando al Otro asesina parte de sí, parte de su fuero interno que tanto desprecia, matar para él es morir poco a poco. Para él vivir es estar muerto, y no solo muerto, también es un modo de estar en el mundo: estar olvidado, sin educación, ni comida, ni proyectos, ni futuro: su destino lo condena. Su “existencia destino ““su existencia condena” lo hunde en el hambre y la desesperación. Su futuro está marcado. El hambre y el odio no lo dejan pensar y amar. Recuerdo algunas ideas de la novela de Shelley:

Mi maldad la origina mi desgracia. ¿No ves que la humanidad me ha marginado con su odio? Tú mismo, mi creador, me descuartizarías para conseguir la victoria. Piensa en ello y dime porque debería compadecerme del hombre si él es incapaz de apiadarse de mí. No lo llamarías asesinato si pudieras precipitarte por una de estas grietas del hielo para destruir mi cuerpo, la obra que realizaste con tus propias manos. ¿Debo respetar yo al hombre cuando él me desprecia? Si viviéramos ambos en cordiales relaciones, yo, en lugar de causarle mal, le procuraría cuántos bienes hubiera y derramaría lágrimas de agradecimiento si me aceptara. Por desgracia, temo que eso resulte imposible: los sentidos humanos son barreras Infranqueables que impiden nuestra unión. Ahora bien, yo no me someteré a la más abyecta esclavitud. Vengaré mis ofensas. Si no puedo inspirar amor, sembrare el terror, y sobre todo en ti, el peor de mis enemigos, porque juro que el odio más imperecedero caerá sobre mi creador. Ten cuidado. Me consagrare a la tarea de destruirte y no descansaré hasta asolar tu espíritu y hacer que maldigas la hora en que naciste… (Shelley, 2015, pág. 175)

Frankenstein, o el moderno Prometeo es un drama ontológico que discurre por múltiples críticas: la discriminación, el abandono paterno, el racismo, la exclusión del diferente y, por sobre todas las cosas, por la idea de vengar un ultraje. ¿No debería odiar a quienes me aborrecen? Es la pregunta que cierra el círculo de la novela. Yo soy un ser humano, no soy una basura. ¡Merezco respeto! Hasta ahí la sanidad es posible: la distinción entre humanidad y deshecho está señalada. El paso siguiente –el salto al abismo- es la interiorización mistificada (la alienación en lenguaje marxista) del descarte en el propio ser: si yo no valgo nada tú vida tampoco y te pego tres tiros. Shelley reprocha amor a su padre desde la literatura (o al menos así lo interpretamos):

Recuerda que soy tu criatura. Tendría que ser tu Adán en lugar de parecer el ángel caído, a quien robaste la dicha sin haber cometido delito alguno. Solo a mí me están vetadas irrevocablemente las bendiciones de la vida. Yo era generoso y bueno; y la desgracia me convirtió en un monstruo. Devuélveme la felicidad y volveré a obrar con virtud (Shelley, 2015, pág. 176)

Pensemos esto: cada desechado, cada excluido del sistema, no ya “explotado”, porque el régimen económico neo-liberal ni siquiera lo necesita para reproducir el propio sistema -en tanto mano de obra indispensable-para su reproducción y que teorías como el marxismo venían a cuestionar; decíamos cada escupido por el propio sistema del libre mercado genera esa anomia propia canalizada en odio, culpa, autodestrucción, crisis de valores morales y violencia sin límites hacia los demás. Se vive un estado de pérdida de sentido permanente. Habíamos relatado hace instantes la importancia de los padres en el aprendizaje y la construcción del valor propio del sujeto humano; digamos unas cosas más:

De manera que aquel aprendizaje que no se hizo en la infancia, puede y debe realizarse después. Es más, no hay ningún problema en que así sea, excepto por el tiempo perdido, claro. Eso sí, como quizá ya no sea un niño ni una niña, voy a tener que ser yo el que busque los lugares donde me sienta valioso, aceptado, autónomo, respetado, orgulloso y reconocido. Tendré que encontrar el sitio y las relaciones en las que adquirir conciencia de mi propio valor. (Bucay, 2010, pág. 42)

La responsabilidad de construir un mundo mejor y los modos sanos de relacionarse para con la sociedad depende en última instancia, de uno mismo; es cierto que la cultura nos condiciona, que el deseo nos condiciona, que la falta de afecto de nuestros padres nos limita un horizonte de posibilidades, pero debemos saber que en última instancia son nuestras acciones las que nos comprometen con la vida:

-¿Sabes en qué pienso? Es muy duro vivir en un entorno familiar en el cuál no recibís nada de esto y seguir luego viviendo en el mismo ambiente.

-Sí, claro que lo es. Ojalá podamos darle a la gente cada vez más espacios donde pueda encontrar compensación por esas cosas que no encuentra en su entorno habitual. Los grupos de autogestión o de auto-ayuda son muy útiles en este sentido; son una manera de realimentar estos sentimientos, de recibir del grupo lo que puede no estarse recibiendo o no haberse recibido nunca desde el entorno familiar (Bucay, 2010, pág. 43)  

Estos diálogos parecen ser inaceptables en un libro académico sobre ciencias sociales; sucede que a veces nos centramos en grandes teorías y dejamos de ver lo fundamental, miramos a través de un lente microscópico y pasamos por alto lo realmente esencial de las relaciones humanas. La escuela pública como ámbito democratizante y nivelador social debe auspiciar el encuentro de esos valores hoy cercenados por un sistema que valora el mérito individual por sobre lo colectivo. La escuela pública debería ser la última trinchera de defensa contra el individualismo más extremo  ¿Cuál es el sentido de todo esto? No es la culpa lo confieso, hay algo que me atraviesa el corazón y que es el motor que activa mi deseo de escribir: buscar comprender para denunciar un sistema perverso que nos priva de los derechos humanos más elementales. No fue justo realmente lo que sucedió con mi padre. Hoy lo puedo abrazar y agradezco poder tenerlo en mi vida. Debemos también ser consiente que falló la sociedad. La generación de 1990 fue traicionada, fuimos hijos del fracaso de una generación diezmada. El genocidio industrial del menemismo ha socavado las bases sociales más elementales de la convivencia mutua. La exclusión y la formidable acumulación de riqueza en un pequeño sector empresarial-mediático de la sociedad fueron las dos caras del mismo proyecto de integración excluyente y tolerancia represiva que produjo el neoliberalismo en Argentina. Todo funcionó para pervertir la idea misma de democracia en una verdadera caricatura, llamada eufemísticamente democracia de baja intensidad. Por eso es tan importante la educación, es un arma contra el poder y siempre apuntó su crítica contra las ideas anti-democratizantes que hoy imponen la agenda en el debate público: opiniones como “la educación no es un derecho, es un costo y alguien tiene que pagarlo” “no hay plata” “el sector privado es mejor que el Estado ineficiente “o  “la educación no es un derecho universal sino que los extranjeros deben pagarla” atribuyen nuevas representaciones de sentido y que la eficacia simbólica del derecho impone en el discurso dominante. Existe una lógica interna entre saber-poder-verdad-Historia. El poder busca imponer la verdad como su verdad, excluyendo y silenciando otras narrativas de la historia, otros sentidos, otros significantes que se opusieran a la lógica instrumental de sentido “único”, aniquilando cualquier contra-historia que no sea funcional hoy al sistema capitalista en su versión neoliberal. Por eso la importancia de la cultura; de la lectura; de la escritura junto al compromiso de lo colectivo por sobre el egoísmo individual. Una gran escritora, María Teresa Andruetto escribió un bello libro que anticipa algunas ideas que venimos trabajando.

El lugar de compromiso de los escritores hoy es trabajar con la educación, con la lectura. Yo soy partidaria de la educación pública y me parece que el frente de combate que tenemos, cuando se habla del compromiso del escritor, no tiene tanto que ver con si adherís a tal o cual corriente política, sino dónde pretendes ser leído. Y trabajar por la lectura como una herramienta para la liberación (Andruetto, 2022, pág. 142)

Creo que la lucha hay que darla desde la literatura y las ciencias sociales. Mis padres se esforzaron para brindarme una educación como llave y apertura hacia el futuro. El saber sin valores tampoco es positivo. Debemos formar una cultura política que vehiculice la solidaridad y el respeto mutuo entre nosotros mismos y en apertura a un mundo hoy cada vez más intolerante que gira hacia los nacionalismos excluyentes. Y como plantea Andruetto “lo que hace uno cuando lee no es entender al que escribió, sino comprenderse un poco más a sí mismo y comprender un poco más el mundo en el que vive” (Andruetto, pág. 143) Retomo para cerrar una de las últimas ideas de Bucay sobre el concepto de valor y autoestima- hoy muy frágil- y que propongo volver a sostener desde la educación emocional:

Un grupo de reflexión, un grupo de autoayuda, un grupo de lectores de libros, en fin, cualquier grupo de pertenencia, si es un grupo, funciona como gran soporte y es capaz de dar excelentes niveles de aprobación, aceptación, autonomía y límites de aquellos que nos unen y nos diferencia del resto del mundo. Un grupo, cuando funciona como tal, nos inunda de sensación de orgullo compartido, de respeto y de reconocimiento mutuo. Por esta razón la familia es tan importante, porque la familia funciona como un grupo de pertenencia. Porque la familia es un grupo. (Bucay, 2010, pág. 43) 

Por mi parte pasé del odio -sentimiento natural que todos hemos sentido alguna vez- a la vergüenza. No era feliz. Cuando estudié hace años un libro de un psicólogo llamado el Duelo de Gabriel Rolón (2020)  y que retomaremos más adelante, leí su definición de felicidad como la capacidad de mirar-se a uno mismo sin sentir vergüenza; no lo podía hacer. Venían preguntas a mi sin respuestas ¿Vivirá o estará muerto? ¿Cuántos años puede vivir un ser humano (asesinado en vida por todos) consumiendo estupefacientes, suicidándose?  ¿Quería asesinar a su padre proyectado en el mío? ¿El disparo iba contra él o contra la sociedad que lo había  marginado y excluido? Tenía libertad, es cierto: podía elegir, (en una economía de libre mercado, sin regulación donde los capitales fluyen “libremente” sin ningún control, uno tiene la posibilidad de elegir: como matarse, no como vivir dignamente) pero ¿tenía las condiciones para hacerlo? Muerte moral de la sociedad. Por mi parte lejos estaba de cerrar el círculo: se habrían ante mí otros más grandes que todavía no he podido cerrar. Intentar comprender sería, milagrosamente, participar de la democracia historiadora.

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