
Por Lic. Centurión David Ezequiel.
Veamos cómo se decodifica las diferencias de clases en 1945, el modo de apropiación en el discurso racializador de las elites al verse “sitiados” por la turba de negros en la ciudad blanca y cosmopolita de Buenos Aires ¿Cómo percibían el trauma las clases acomodas durante los acontecimientos que escindieron el país? Dos mitades: negros contra blancos. La Argentina es una cuestión de piel. Como replanteamos en nuestro ensayo el antiperonismo nació en 1945, pero estuvo informado por ideas, conceptos, narrativas y ansiedades propias del liberalismo argentino y heredado de etapas muy anteriores. Habíamos dicho que era un sentimiento de odio y desprecio por los sectores considerados inferiores, o mejor, por las clases peligrosas:
La irrupción del movimiento peronista fue inmediatamente interpretada como la reactualización de una amenaza más antigua que supuestamente asechaba a la nación argentina: “la de la democracia turbulenta, la democracia plebeya que venía a poner en riesgo las jerarquías sociales y las instituciones de la República (Adamovsky, 2023, pág. 28)
Repetidamente hemos referenciado la imagen rediviva que había ideado Sarmiento en el Facundo (no voy a perder la oportunidad de escribir algunos pasajes de su obra) y que remitía a un pasado turbulento de guerra civil que se quería dejar definitivamente atrás. Planteado así las cosas. ¿Cómo pudo arraigar una ideología tan racista y discriminatoria en la mentalidad del conjunto de la sociedad? Tengo en mis manos el libro que editó la Universidad de San Martin y que será el comienzo de un trabajo fecundo de un grupo de historiadores sobre historia cultural y política en Argentina. Un aporte académico que invita al debate público sobre estas cuestiones imprescindibles. Preguntas incomodas ¿por qué el liberalismo tiene hoy un papel tan relevante en la cultura política? Y atención a esta idea de Adamovsky porque será clave para entender la proscripción del peronismo de la memoria colectiva. Hacemos referencia al perfil antidemocrático del liberalismo decimonónico que se expresó en líneas históricas hacia delante en el acto terrorista más importante del siglo XX: el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955 y luego en la tragedia que eclipsó los últimos treinta años de vida institucional hasta 1983: la proscripción del peronismo. Escribe:
Este tipo de visiones estaban muy marcadas por las memorias y experiencias del pasado argentino. Pero conectaban igualmente con un núcleo filosófico que era el liberalismo. Lo plebeyo aparecía como un peligro para la civilización y para las instituciones. Las masas vociferantes en las calles eran escuchadas como si profiriesen amenazas a la dignidad del individuo. La política y la soberanía popular, en fin, la democracia despertaban sentimientos ambivalentes. Podían ser algo positivo si se enmarcaban dentro de los moldes esperables, si se mantenían dentro de los marcos institucionales, si respetaban las jerarquías sociales. Pero se volvían temibles apenas amenazaban desbordarse. Y el que podía abrir el grifo de desborde era un líder capaz de despertar las bajas pasiones de las masas. Perón fue visualizado así y también lo fue Yrigoyen en su momento. (Adamovsky, 2023, pág. 29)
Bien llego el momento de las denuncias, de los discursos odiadores, racistas y xenófobos de todo el arco político que revelan esta grieta absurda que ideó Sarmiento para apresarnos en su laberinto. La trampa sarmientina se descubre ni bien cambiamos el eje dicotómico. En lugar del eje racista liberal propusimos un eje inclusivo y popular para dar mayor espesor a una cultura política más plural y democrática.
Veamos como titula Maristella Svampa el apartado: lo llama “La escisión” y referencia las imágenes que despertaron el trauma del 17 de octubre de 1945. Cuestiones de estilo mezcladas con un odio racial y de clase, expresión de un positivismo liberal encarnado en los males latinoamericanos de matriz biológica. La lectura sarmientina del peronismo tuvo su comienzo en 1945. En esa fecha, los fantasmas más o menos difusos sobre el “totalitarismo” del régimen hallaron un nuevo punto de arraigo en la realidad. No es ninguna novedad: el fantasma de la barbarie tomó cuerpo en las masas peronistas. Es el aluvión zoológico, el lumpeproletariado, los cabecitas negras, los descamisados (Svampa, 1994, pág. 320) Además la autora anota lo que veníamos tratando en los apartados anteriores sobre el nazi-fascismo de Perón, un plus étnico-racial:
Es, al mismo tiempo, algo más que aquellas masas nazi-fascistas en comunicación directa con su líder desde alguna plaza histórica: evoca, ciertamente, la invasión de la Argentina mestiza a la clara y culta ciudad portuaria; es, en otros términos, la barbarie no extirpada, la temida barbarie “residual” (Svampa, 1994, pág. 321) .
Bellísimo, la palabra “residual” la coloca entre comillas: residuo, basura, descarte, impureza, mugre, roña, suciedad, porquería, asquerosidad, inmundicia, excremento y los sinónimos sin embargo, no adulteran la visión que las elites dominantes se habían imaginado acerca del pueblo argentino encarnado en el peronismo. En este apartado la autora toma el análisis del historiador Alberto Ciria:
Es la representación gráfica de la ciudad invadida por las multitudes adictas: migrantes internos, cabecitas, grasas, descamisados. Es la repetición de la revancha del interior sobre la Capital: la imagen escolar de los caudillos provincianos atando sus caballos a la vieja pirámide. Pero, para gran parte de las clases medias y altas urbanas, resulta la póstuma encarnación de la barbarie sarmientina, lavándose “las patas en las fuentes” de la civilización porteña (Ciria, 1983, pág. 277)
La ciudad sitiada por la barbarie residual, por la basura negra que clamaban por el tirano fascista y manipulador. Era la invasión de los caudillos que en el pasado luchaban por el federalismo encarnado en la trilogía Interior-Pueblo-Nación. Era sin más, la revancha plebeya por décadas de explotación y humillación que habían sufrido los sectores populares por el odio feroz de una oligarquía que veía insolencia y altanería donde se exigían derechos sociales. Retomando esta línea histórica entre el pasado previo a Caseros –cuando dejamos de pensarnos como latinoamericanos y comenzamos a llamarnos argentinos- la autora hace la gran y conocida línea Rosas-Perón:
El 17 de octubre insertó al peronismo, leído ya como totalitarismo, en la historia Argentina dentro de una línea de continuidad que registraba diversas épocas de estallidos: Rosas, hasta cierto punto la chusma radical, por fin, los descamisados. Los avatares políticos de la Segunda Guerra Mundial (Lucha entre democracia y totalitarismo) fueron inscriptos en la tradición política argentina bajo el signo de la imagen sarmientina. (Svampa, 1994)
Era sin más la rebelión de las masas contra la civilización. La democracia bárbara contra la cultura y el progreso. Era el terror que despertaba la chusma en tiempos del radicalismo y que los nacionalistas de derecha despreciaban. El 17 de octubre volvió imprescindible leer el acontecimiento novedoso para poder definirlo y poder pensarlo. Comenta Svampa que la Argentina volvió sin complejos a la imagen sarmientina: Unos encontraron así, la explicación a la barbarie rediviva en el abandono del rol “estructurante” de las minorías, que hace posible en una sociedad moderna la “tiranía de las masas”. La irracionalidad de las masas y el miedo de la Argentina “europea” serían las dos caras de este fenómeno. (Svampa, 2016) La irracionalidad y el miedo serían el reverso invertido del odio elitista hacia las mayorías populares. Todo el arco político en Argentina participaba de éste registro de lectura jerárquica-racial, incluso la izquierda liberal. El ensayo analizado sobre el individualismo autoritario del historiador Ezequiel Adamovsky cita a un intelectual muy conocido por nosotros, integrante del partido socialista, Américo Ghioldi:
Los argentinos confrontamos otra vez y bajo nuevas formas, el antiguo discurrir entre civilización y barbarie, ya que han vuelto, a galope tendido, odios que creíamos extinguidos, fuerzas primitivas lanzadas al asalto. Perón es el nuevo caudillo de la “guerra civil” lanzado a explotar los resentimientos de ese resto primitivo que hoy se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella (Adamovsky, 2023)
El miedo y odio eran las notas que tocaban el concierto liberal de todos los partidos políticos en 1946. Todos en la reacción. El pueblo era la basura que “amenaza”, “atropella” “vocifera” no peticiona a los representantes como alguien racional. Eran vistos como la irracionalidad y la incultura. Pero ya habíamos analizado que esto era falso; el antiperonismo participaba de la misma emotividad que el peronismo y además, era portador de los prejuicios estigmatizantes del liberalismo del siglo XIX. También era más violento como quedó demostrado en 1956. Leamos más literatura racista y odiadora de nuestros progresistas liberales y de izquierda: un ejemplo claro, fue Ezequiel Martínez Estrada, lo habíamos visto dentro de un encuadre pesimista liberal. En su prosa se observa el desdén melancólico y despreciativo de las élites dominantes ante un nuevo sentimiento de pérdida de la República bajo el peronismo. Quiero retomar nuevos pasajes de este libro soberbio, insoslayable:
Algunos intelectuales, Como Ezequiel Martínez Estrada, volverían a las imágenes del positivismo decimonónico, mezcladas con las de un pesimismo liberal, calificando a las masas peronistas de “turba” “populacho desdichadamente mayoritario”, “resentidos”, “irrespetuosos”, “iconoclastas”, y otros tantos epítetos. (Svampa, 1994, pág. 321)
Desde la cultura política tradicional fuertemente jerarquizada por cuestiones étnicas raciales se percibe el desprecio, el odio y la soberbia en el modo de leer el fenómeno de masas del 17 de octubre. Turba, populacho, resentidos, existía una mezcla de miedo y odio en las formas de aprensión de la realidad nacional. Realidad ahora dividida en dos. Es cierto que con el numero 2 nace la pena. ¿Por qué? Porque se rompe con la idea de unidad que postulaba el anatema Argentina crisol de razas. Argentina ya no era una Nación blanca, occidental y Europea. Las elites fracasaron en crear una hegemonía cultural y política. Ante tamaño desconcierto Estrada escribe que:
El 17 de octubre Perón volcó en las calles céntricas de Buenos Aires un sedimento social que nadie habría reconocido. Parecía una invasión de gente de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos y sin embargo eran parte del pueblo argentino, del pueblo del Himno. Porque había ocurrido que, hasta entonces, habíamos vivido extraños a parte de la familia que integraba ese pueblo, ese bajo pueblo, ese miserable pueblo. Lo habían desplazado u olvidado aún los políticos demagogos y Perón tuvo más que la bondad y la inteligencia, la habilidad de sacarlo a la superficie y de exhibirlo sin avergonzarse de él, no en su calidad de pueblo sino en calidad de una fuerza tremenda y agresiva que hacía peligrar los cimientos mismos de una sociedad constituida con sólo una parte del elemento humano (…) y aquellos siniestros demonios de la llanura que Sarmiento describió en el Facundo, no habían perecido. Están vivos en este instante y aplicados a la misma tarea pero bajo techo. El 17 de octubre salieron a pedir cuenta de su cautiverio, a exigir un lugar al sol, y aparecieron con sus cuchillos de matarifes en la cintura, amenazando con una San Bartolomé del Barrio Norte. Sentimos escalofríos viéndolos desfilar en una verdadera horda silenciosa con carteles que amenazaban con tomarse una revancha terrible (Estrada, 1956, págs. 31-32)
El texto tiene una potencia formidable, mezcla de “extrañeza” y “perplejidad” hacia parte de la familia argentina. Alejandro Grimson retoma el análisis con una metáfora: para las fuerzas tradicionales de la nación eran marcianos (Grimson, 2022). Hablaban otro idioma, vestían de forma exótica- aclara Estrada- y luego dice que salieron desde la oscuridad (su color de piel también era “oscuro”) a pedir cuenta de su cautiverio, de su servidumbre, humillación y sometimiento. La elite personificada en Estrada sintió “escalofríos”, terror por compartir un lugar exigido por ellos, un lugar bajo el sol. Pensemos algo que está muy entre líneas; cuando el autor habla de que “con sus cuchillos de matarifes en la cintura” amenazan con tomarse una revancha terrible, implícitamente está reconociendo la legitimidad del reclamo. La elite lo sabía, de hecho siempre lo supo y ahora, como introyección del trauma, el demagogo teniente coronel Juan Perón “hábilmente” los había manipulado y los sacaba a la calle. Era, comenta Svampa
Otro país, de un “sedimento social” que no es visto como pueblo sino en calidad de “fuerza tremenda y agresiva” manipulada por el líder. Invasión mestiza, el 17 de octubre toma forma de una revancha histórica, son los vencidos de Caseros, que regresan. El pueblo es visto como una masa amorfa y amenazante; la barbarie residual es concebida en términos de fuerza histórica subterránea, una exterioridad social, desplazada y olvidada, o bien una suerte de sustrato social ineliminable que, a través de su entrada extra-institucional, sale de su “cautiverio” y provoca la implosión de todo un sistema (Svampa, 1994, pág. 322)
Cuando se piensa en la revancha plebeya estamos hablando de vengar un ultraje. El odio racista, patronal, clasista y antifascista convergerán en la relectura sarmientina del Facundo, sedimento social oscuro que “como masa amorfa y amenazante” pone en riesgo la civilización y la libertad.
Además habíamos visto- junto a la antropóloga Rita Segato- la imposibilidad de registro en el discurso público de ciertas narrativas que ligaban lo “negro” a la irrepresentabilidad del “texto” nacional. El ejemplo de la niña de color no fue en vano, implicaba reconocer que el racismo se encontraba subjetivizado por fuera de los límites de la representación y es por eso que – desde su cualidad exterior- la hacía inasimilable institucionalmente; también por eso su emergencia provocaba la implosión de todo un sistema. Orden institucional fuertemente excluyente y racista, el contrato social moderno mistificaba la violencia. Volvamos a la observación de Svampa que venimos formulando intensamente antes de terminar con esta presentación extensa. Dos pasajes reveladores antes de cerrar su estudio; escribe nuestra pensadora:
En realidad, existen en la época dos lecturas de la barbarie que plantean el esfuerzo por develar su origen. Más claramente: la barbarie resulta en el periodo un hecho irrefutable, pero existen dos respuestas, en general yuxtapuesto y hasta complementario, a una pregunta primera, fundamental ¿de dónde viene dicha barbarie? Existe, así, una barbarie “desde arriba”, que alude al conflicto democracia-dictadura y se cristaliza al fin del periodo en la tesis de la manipulación de las masas por el líder (Svampa, 1994, pág. 323)
Habíamos analizado el conflicto fascismo vs antifascismo que los actores sociales de la época trasladaron mecánicamente al país como continuación de la Segunda Guerra Mundial. El G.O.U era visto por la intelectualidad como un régimen que negaba las libertades individuales e imponían fuertes restricciones a la libertad de expresión, encarcelaba opositores políticos, clausuraba diarios e intervenía en las escuelas públicas con una invectiva fuertemente clerical, hacia el nacionalismo de derecha. Luego habíamos analizado la teoría de la disponibilidad ideológica de Gino Germani que hablaba de “proletarios viejos con conciencia de clase” y de “lumpenaje devenido del interior del país sin experiencia de lucha, ni ideología revolucionaria”. Esta clase sería el sustento de masas que el peronismo manipulará contra la República Liberal. Luego Svampa analiza la otra vertiente de la barbarie:
La segunda es la “barbarie desde abajo” que remite a estructuras más profundas al articularse en la oposición pueblo-cultura, y apunta a reforzar la tesis de las dos argentinas. Barbarie totalitaria y Barbarie residual; en general, los autores trabajan con las dos hipótesis. (Svampa, 1994, pág. 323)
Lo que se hace inteligible en este apartado es que las elites no solo menosprecian al líder de ese movimiento sino que hacen extensivo su maltrato a las bases sociales vistas como residuo, basura, irracionalidad animalesca que perturba el orden y las jerarquías sociales naturalizadas. El pueblo- biológicamente incapaz de toda cultura- era visto como amenaza, con miedo y con odio. Svampa retoma esta crítica desde el progresismo de la izquierda. ¿Cómo veían el socialismo y el comunismo argentino los sucesos del 17 de octubre de 1945? Escuchemos a Ghioldi:
En los bajos y entresijos de la sociedad hay acumulada miseria, dolor, ignorancia, infelicidad y resentimiento. En todas las sociedades quedan precipitados de miserias que se ramifican como pólipos en las partes más recónditas. Cuando un cataclismo social o un estímulo de la policía movilizan las fuerzas latentes del resentimiento, cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive su resentimiento, se desborda en la calle, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persigue en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes y responsables de su elevación y dignificación. (Ghioldi, 1946, pág. 24)
Bello discurso que atrapa Svampa en su ensayo, el concepto de “pólipo” infiere un biologismo racial positivista que era permeable en discurso político de la izquierda argentina. Ghioldi habla de ignorancia y resentimiento de una parte del pueblo que es manipulada contra los “adalides de su elevación y dignificación” es decir contra ellos mismos. Primero el P.S siempre detestó al pueblo que fue estigmatizado desde una óptica sarmientina como barbarie residual, inculta y carente de luces. Y segundo, eran percibidos como clases peligrosas que desbordaban las calles con sus amenazas y reclamos sociales.
“Los socialistas partían, en primer lugar, del reconocimiento de que existían regiones bárbaras dentro de la sociedad; o, para decirlo en otros términos, que junto a las clases laboriosas se hallaban las “clases peligrosas” que, desde la marginalidad, amenaza con transformar las revueltas obreras en actos de criminalidad social. El problema para los socialistas tenía que ver más con la moral y el grado de educación, con la ignorancia y el resentimiento, con la emergencia de un actor social hasta ahora desplazado de la escena política” (Svampa, 1994, pág. 326)
El problema para el socialismo argentino entonces eran las “formas” “los buenos modales”, el dilema es cultural. El pueblo no está preparado objetivamente para gobernarse a sí mismo. Tópico liberal, encadenaba el discurso de la izquierda argentina a un abismo del que ya no pudo salir. Por eso su insistencia en la educación y la cultura. Los males latinoamericanos encontraban su encarnación en un tipo de cultura política que recordaba las formas de “democracias plebeyas”, mezcla de inorganicidad, barbarie, desbordes y excesos que ponían en peligro la “civilización occidental”. Hay un pasaje exquisito en la ensayística de Horacio Tarcus:
El socialismo ha hecho a la prensa socialista tanto como ésta ha configurado al socialismo, al mundo de las ideas, de la militancia y de la acción política. Prensa y socialismo constituyen una unidad tan sólida que el fin de la civilización de la prensa entrañaría el fin del socialismo (Tarcus, 2016, pág. 44)
La palabra escrita y la centralidad de la lectura adquieren todo su valor simbólico, sumados a sus intervenciones parlamentarias en el debate público. Seguimos analizando al autor en esta línea de análisis:
El socialismo es un ecosistema dominado por el texto impreso, por la centralidad de la lectura y de la escritura, por el aura del libro como fuente primordial de la educación y de la emancipación. La palabra “socialismo” fue inventada por Pierre Leroux, tipógrafo y editor de la revista Le Globe y Le Revue Indépendante. El socialismo nació con la palabra imprenta escrita en la frente. (Tarcus, 2016, pág. 257)
Periodismo, tipógrafos, escritores: el mundo del socialismo era el mundo de la palabra escrita, de la ilustración y de la cultura. Era necesario una acción educadora sobre las masas incultas para elevarlas de su condición servil e ignorancia.
Tipógrafos, periodistas y maestros son los tres tipos clásicos del movimiento socialista, asociados al libro, el periódico y la escuela. El movimiento socialista heredero de la ilustración, inculcó en la clase obrera ya no solo el hábito, sino también el culto mismo de la lectura. Incluso los hombres de acción del movimiento socialista han sido todos grandes lectores, cuando no estuvieron ellos mismos involucrados en las labores de la impresión o edición (Tarcus, 2016, pág. 45)
La tradición socialista, sin embargo, no pudo entender el fenómeno de masas del 17 de octubre. El abismo cultural que los separaba de la “turba” les impidió todo contacto con la realidad. A partir de ahí su desencuentro con el “pueblo” fue total. Ante tamaña impotencia solo quedaba el odio como discurso excluyente
El pueblo argentino resultaba ser una suerte de Calibán monstruoso que podía volverse en contra de aquel que pujaba por liberarlo de su esclavitud, para transformarse entonces en una fuerza demoníaca y primitiva que solo buscaba la destrucción (Svampa, 1994, pág. 328)
Se observa el desprecio elitista del socialismo argentino, que veía en el pueblo argentino el destino de un continente enfermo por la ignorancia, el resentimiento y la barbarie. Fue el socialismo argentino el más fiel representante del pesimismo liberal sarmientino que veía atraso y reacción en la tradición americana-devenida política criolla- y progreso civilizatorio en la cultura europea. La trinchera pasaba por socialismo o barbarie. Para la izquierda liberal la cultura se encontraba “sitiada” por el pueblo atrasado. Svampa se replantea en su ensayo
¿Quién es el culpable final de todo esto? Se preguntan los socialistas. ¿Se está, acaso, frente a una fuerza bárbara, inextirpable e irreductible a toda acción educadora? ¿Qué es lo que finalmente hace que las “clases peligrosas” no puedan evolucionar hasta devenir en “clases laboriosas”? (Svampa, 1994)
El socialismo se siente traicionado por las masas y deben recurrir al pasado para volver inteligible los sucesos del 17 de octubre de 1945. El trauma y la escisión del país fueron vistos primero con angustia –como en el caso de Ezequiel Martínez Estrada- y luego con reproche contra las masas populares:
Esa masa no es culpable. En algún sentido es acusadora de los males de fondo. Pero los culpables son los caudillos de la guerra civil que, para lograr el triunfo de sus apetitos y ambiciones, no tienen escrúpulos en azuzar los resentimientos y las fuerzas primitivas de la miseria, aun sabiendo de antemano que con tales movimientos convulsivos no se avanza un solo paso en el mejoramiento social e histórico. (Ghioldi, 1946, págs. 24-25)
Como plantea Ghioldi: 1945 se explica por las guerras civiles del siglo XIX. Nuevamente los males latinoamericanos son explicados por la demagogia desde arriba y por la barbarie residual desde abajo. Voy a citar otro pasaje que retoma Grimson acerca de Ghioldi porque resulta revelador del racismo que imperaba en el Partido Socialista:
La composición étnica ha variado fundamentalmente con relación a la época colonial, en la cual predominaban los indios, mulatos, negros y mestizos sobre los blancos europeos. Las razas mestizas dominaron por su gran número durante gran trecho de la historia Argentina y por fin, gracias a la inmigración europea de la última mitad del siglo pasado, la raza blanca triunfa sobre los indios, negros, mulatos y mestizos. Las consecuencias múltiples que derivan de estas constancias son inmensas en todos los órdenes del progreso, de las costumbres, de la cultura y de la civilización (Ghioldi, 1946, pág. 20)
Como infiere Alejandro Grimson, el socialismo reivindicaba el “gobernar es poblar” de Alberdi pero aclara que se trataba de “poblar con europeos”. El problema era biológico, por tal motivo, el socialismo apelaba a las leyes de higiene racial. Eran los elementos europeos (inmigrantes blancos, laboriosos e industriosos) junto al capital internacional imperialista los portadores del progreso indefinido y la civilización. La eficacia se asentaba-como habíamos dicho-en las leyes del mercado y no en la soberanía popular. Por eso y para terminar con nuestro análisis de la tradición de izquierda en Argentina queremos dejar bien en claro la siguiente idea:
El Partido Socialista Argentino, el de Juan B. Justo, Alfredo Palacios y Américo Ghioldi, es quizá, por su raíz positivista, el representante político más fiel de la tradición sarmientina. Los socialistas se creían los verdaderos portadores de la razón y el progreso social y moral. Habían introyectado la visión liberal de la Historia, con sus héroes fundadores y sus hitos, desde Rivadavia hasta Caseros; habían defendido esta visión ante la escalada revisionista; y por último, explícitamente habían reivindicado a Sarmiento y seguían pensando, aun en 1945, que la historia tenía un sentido evolutivo que conducía al triunfo inexorable de la razón; que la historia era, en fin, como pensaba Sarmiento, la lucha pero sobre todo el triunfo progresivo de la Civilización sobre la Barbarie (Svampa, 1994, pág. 327)
En un ensayo anterior habíamos desarrollado la vida de un desertor de clase llamado Manuel Ugarte. Allí se desarrollaba la ruptura del precursor de la Patria Grande con el Partido Socialista. El eje en Manuel Ugarte (como en FORJA más adelante) no estuvo puesto en la trampa sarmientina sino en la defensa de la democracia real y la soberanía del continente frente al imperialismo norteamericano. Por eso sosteníamos en aquel ensayo que Ugarte había sido el iniciador de la izquierda nacional. (Centurión, 2022) Nada de esto, sin embargo, era tenido en cuenta por el conjunto de los partidos políticos en la Argentina. Su mirada estaba tejida por un cristal que pasaba por lo étnico- racial y codificaban los sucesos en términos de jerarquías sociales naturalizadas por la tradición liberal. Relata Grimson que
Un contundente contraste se produce entre el rostro europeo y “el color de la tierra”, que aparecía para la sociedad establecida como algo completamente ajeno a sí misma. Esa irrupción: “no provocó el rechazo que provoca una fracción política partidista frente a otra: fue un rechazo instintivo, visceral, por parte de quienes miraban desde las veredas el paso de las turbulentas columnas (Grimson, 2022, pág. 88)
En este breve recorrido hemos intentado comprender un tipo de mentalidad. Economía simbólica que atrapaba a todo el arco político y cuya codificación se daba en el clivaje civilización-barbarie. Lejos de establecer una historia lineal de acontecimientos sin sentido se intentó desarrollar diacrónicamente un pensamiento político articulador que, mediante la transversalidad, abordara temas como el racismo discriminatorio, la auto-denigración nacional propuesta por el liberalismo, la frustración por crear cualquier tipo de hegemonía cultural y política por sobre el cuerpo de la nación, el fracaso de la idea del “nosotros” compartido por la comunidad, el desdoblamiento entre razón y voluntad popular, el individualismo autoritario egoísta, la eficacia del derecho bajo los regímenes autoritarios, la política criolla, las cuestiones de estilo como invectivas hacia el radicalismo, las luchas por las representaciones en el imaginario racista, blanco, europeo y occidental propuesto por las narrativas de las clases dominantes, entre muchos otros aspectos. Hicimos un desarrollo de manera intersticial entre diferentes campos del pensamiento: la sociología, antropología, la filosofía. Abrimos un debate en torno al individualismo autoritario que ligaba narrativas excluyentes y que enlazaban con una ideología particular: el liberalismo y su manifestación concreta en el siglo XX: el antiperonismo. Utilizamos el concepto tomado de Raymond Williams estructura de sentimientos para demostrar dentro de la óptica de la antropología cómo el antiperonismo también participaba de una trama irracional y fuertemente afectiva en relación al peronismo. Su odio al peronismo era visceral. Hemos demostrado que todo suceso histórico y por lo tanto, sociológico, es relacional en tanto se liga necesariamente a su contrario: si como se dice coloquialmente el peronismo es un sentimiento, el antiperonismo también lo era. Relatábamos la “convergencia perversa” que totalizaba la narrativa antiperonista de visión patronal, antifascismo y racismo sarmientino de civilización y barbarie. Sucedía que el peronismo devolvía un stock de imágenes del pasado (caudillos y montoneras) que se quería dejar definitivamente atrás y era visto como barbarie residual[1]. Por este motivo, como plantean los autores analizados, se ponen en cuestión jerarquías que por historia y tradición se consideraban naturalizadas, habilitando una nueva forma de entender la política, es decir, como amenaza de lo social que irrumpía en lo política:
Los mirábamos desde la vereda, con un sentimiento parecido a la compasión ¿de dónde salían? ¿Entonces existían? ¿Tantos? ¿Tan diferentes a nosotros? Ese día, cuando empezaron a estallar las voces y a desfilar las columnas de rostros anónimos color tierra, sentíamos vacilar algo que hasta entonces había sido inconmovible. (Luna, 1971, pág. 88)
Para finalizar quiero retomar un tema poco abordado por los historiadores académicos de la historia cultural y que creemos fundamental: nos referimos al carácter étnico-racial que asumen las relaciones sociales en Argentina. Y en este aspecto me refiero al concepto de “negro” utilizado coloquialmente pero que decodifica un tipo de cultura particular. Nos aclara Grimson que en nuestro país, el término “negro” presenta la complejidad de que no guarda ninguna relación simple o directa con características fenotípicas (Grimson, 2022) esto significa que no hay una correspondencia directa que ligue el concepto negro a sus características perceptibles. Entender esto significa comprenderlo todo. El odio discurre hacia otras zonas. Aclara el autor que en Argentina no hay necesariamente una relación directa entre la nominación “negro”, los rasgos fenotípicos y el color de la piel. Aclara que las clasificaciones fenotípicas argentinas guardan una distancia significativa con el color de la piel. Insiste en que:
Esta cuestión cromática adquiere otro significado en las clasificaciones sociales del color en Argentina, ya que “blanco” o “negro” aluden más que al tono de la piel a la jerarquía de clase y a la jerarquía étnica de la persona. Por más que su piel sea más blanca que la de algunos sectores medios, los más pobres, con ciertas formas de vestirse, de hablar, de moverse, entran en la categoría de negros (Grimson, 2022, pág. 99)
Cuando iniciamos este apartado lo titulamos “Argentina: cuestión de Piel” pero debemos insistir que en realidad subsume un problema más profundo, la defensa de las jerarquías sociales y las luchas por las representaciones que se dan en el país. El peronismo fue la herida al imaginario blanco y europeísta que inventó la tradición liberal durante el siglo XIX.
Por eso, a todos los peronistas se los podía considerar “negros”, en un país que la sociedad establecida consideraba “sin negros” El clasismo racializado de la mirada europeísta y blanca tendió a identificar a todos los trabajadores con inmigrantes del noroeste y a convertirlos en “cabecitas negras” (Grimson, 2022, pág. 89)
¡Quién es el cabecita negra! Es del interior (no de Buenos Aires) y tiene ascendencia indígena. Viene de provincias en las que al parecer no ha llegado la modernidad, zonas rurales. Queda enmarcado en la dicotomía argentina de tradición y modernidad, civilización y barbarie, capital e interior, urbano y rural, culto e inculto (Svampa, 1994) Habíamos especificado que la trampa sarmientina consistía en mantener el debate en los términos que el sanjuanino había establecido en el Facundo. Se trataba de rediscutir los términos del debate en Argentina y remplazarlos por otros nuevos, no desde la imparcialidad, ni desde un punto medio que legitimara ambos polos. En lugar de la dicotomía civilización-barbarie hablamos de establecer una democracia radical que integrara al otro como parte de un proyecto nacional. Pero en los sucesos que estudia Grimson:
Se construye un “otro” negro (en el sentido argentino de no-blanco) que resulta crucial para poder definir la propia identidad blanca, europeísta, urbana, educada y antiperonista. La presencia de los cabecitas negras en la Capital hizo añicos el elaborado mito de la homogeneidad y singularidad blanca en Argentina (Grimson, 2022, pág. 90)
Para Grimson-y compartimos estos análisis- “negro” no significaba piel oscura ni “afro” es decir una cuestión meramente cromática sino que aludía a una cuestión cultural, es decir, de jerarquía social. Cuestión de piel que introyectaba algo mucho más importante: revanchismo plebeyo y reacción jerarquizadora. (Adamovsky, 2009) Lo negro en la historia argentina entonces se encontraba delimitado más que por los rasgos fenotípicos, en un determinado odio a los inferiores, que poseía rasgos eminentemente tradicionales, incultos, provincianos y bárbaros. Nuevamente el laberinto sarmientino. Para terminar nuestro recorrido por las tradiciones políticas en Argentina:
La denominación de cabecitas surge como racialización de los seguidores de Perón, que sin embargo no tenían un rasgo racial definido. En su vida posterior, al combinarse con el término “negro”, esta palabra mostrará una capacidad definitoria amplia en relación con los sujetos a los que se refiere ¿Por qué? Porque se trata de expresiones raciales que aluden a personas “inferiores”, “con menos educación”, “poca cultura” que “no saben comportarse”, son “peronistas”. En la actualidad, en sus usos racistas, el término negro en Argentina alude a personas de cualquier color de piel, pero siempre inferiorizables por razones sociales, políticas, culturales, urbanas o cualquier otra. (Grimson, 2022, pág. 90). La eficacia simbólica de lo “negro” en la historia Argentina atraviesa entonces lo meramente representable para situarse en otro ámbito: lo cultural. La batalla cultural por delimitar qué es la Argentina; quienes somos y cuál es el proyecto fundacional que nos damos como país. Hablamos en otra parte de colonialidad del poder, de saber y del ser. Entender la historia cultural argentina implica visibilizar la racialización de los sectores subalternos con que las elites miraban al país y comprender el dilema que encierra lo social: el país lucha contra sí mismo.
[1] Por eso Caseros está tan presente en nuestro pensamiento. Lo está, además, porque la regresión encarnada por el nazi peronismo nos reedita el cuadro de la barbarie rosista. En lo económico es el estancamiento, en lo político es lo policial elevado a las funciones supremas del gobierno; en lo social es el halago traicionero de las masas que degenera en el candombe; en lo educativo y cultural es la enseñanza infiltrada del oscurantismo, con el odio a la inteligencia que Rosas expresaba como “odio a los doctores” Ernesto Giudice, La Nación, 4 de febrero de 1946.
