DIMENSIÓN FILOSÓFICA:
Para intentar completar esta serie denominada brevario, intentaré, sin ánimo de cerrar, sino repasar el campo de análisis para para continuar con la invitación, reflexión. Está muy claro que la Argentina se encuentra en un camino hacia un precipicio, lo está haciendo con la anuencia de una parte de la sociedad que no puede ver el final del recorrido qe inicio en diciembre de 2023.
Por ello es necesario desglosar parte por parte las etapas de desarrollo de la crisis, poniendo el acento en dos dimensiones, la política y la filosófica, veamos como podemos desarrollar la idea sin caer en el simplismo que evita llegar a conclusiones con rigor.
Cuando gobernar deja de ser decidir
Hay un momento —difícil de percibir mientras ocurre— en el que la política deja de decidir y comienza a administrar. No se trata de una suspensión formal de la democracia, sino de algo más silencioso: la abdicación del juicio.
Hannah Arendt advirtió que la política existe allí donde los seres humanos actúan y juzgan en común, y que su desaparición comienza cuando ese juicio es reemplazado por la obediencia a procedimientos. En la Argentina presente, los obedientes se esconden detrás del instrumento burocrático, como si eso expiara el pecado de la crueldad sistémica. Arendt nos dejó una enseñanza de peso; en «Eichmann en Jerusalén» lo formuló con crudeza:
“Lo más terrible del mal es que puede ser cometido por personas que no deciden, sino que obedecen.”
Cuando gobernar se presenta como ejecución de reglas impersonales, cuando las decisiones se justifican en nombre de “lo inevitable”, la política se vacía de su función originaria. Ya no elige entre alternativas; simplemente administra un orden que se declara previo, externo y superior.
Zygmunt Bauman mostró que la modernidad permitió una forma inédita de violencia:
“Una violencia sin odio, sin pasión, ejercida por personas que cumplen funciones.”
En ese punto, el daño deja de ser un problema moral y se convierte en consecuencia técnica. Nadie recorta, nadie excluye, nadie abandona: las reglas lo hacen.
Lo más inquietante no es que estas lógicas existan —han existido siempre—, sino que logren presentarse como la única forma adulta de gobernar. Pensar distinto aparece como ingenuidad; disentir, como irresponsabilidad.
Michel Foucault ya había advertido que el poder moderno no necesita imponerse por la fuerza cuando logra presentarse como racionalidad:
“Gobernar es conducir conductas.”
La pregunta decisiva, entonces, no es económica sino filosófica:
¿Qué queda de la política cuando renuncia a pensar lo que hace?, ¿qué alternativas emergen como esperanza para transformar la dificultad real que atraviesa el pueblo que vive y sufre una crisis?
En este sentido, me resultó interesante, haber encontrado en dos libros muy claros que abordan la pregunta desde el análisis de los momentos álgidos de la argentina.
En el análisis sobre la «Crisis crónica de Representación», Alejandro Horowicz se centra en el análisis histórico del movimiento obrero, el peronismo y la dinámica de las crisis sociales. Aquí me interesa traer un concepto que emplea; la «explosión social potencial», que puede surgir de la «combinación explosiva entre las condiciones de gobernabilidad y las condiciones de existencia tan crispadas». Este tipo de análisis aporta contexto a la comprensión de cómo se construye (o se desgasta) la obediencia en situaciones de alta tensión social que tarde o temprano se traduce a la política.
DIMENSIÓN POLÍTICA
La política frente al daño: entre obediencia y responsabilidad
Toda época construye un modo particular de justificar el sufrimiento social. La nuestra lo hace apelando a la técnica, al cálculo y a la idea de que no hay alternativa posible. Allí donde antes se discutían proyectos, hoy se administran inevitabilidades.
Cuando el ajuste se presenta como ley universal, el daño deja de ser una decisión política y se convierte en consecuencia lógica.
Se dejan de ejecutar los presupuestos para prevención del fuego en la patagonia, se abandona la educación técnica, se deja de financiar la invesigación tecnico científica.
La política ya no decide: ejecuta.
Léon Poliakov explicó que toda sociedad que necesita justificar el sufrimiento fabrica una causa absoluta del mal. En «La causalidad diabólica» mostró que identificar un culpable total permite legitimar medidas extremas. El enemigo explica todo; el sacrificio se vuelve necesario. En la Argentina, el poder hegemónico tiene muy claro quien es el «culpable total», desde allí construye un consentimiento social y político instalado para llevar a la ciudadanía a decidir en contra de sus propios derechos. La técnica y la ingeniería social funciona a la perfección para forzar el error que el pueblo debe cometer a la hora de la participación electoral.
El riesgo mayor de este tipo de racionalidad no es solo el aumento de la pobreza, sino la erosión de la responsabilidad política. Cuando las decisiones se presentan como imposiciones técnicas, nadie responde por sus efectos. El resultado, la antipolítica: Este proceso la vacía del contenido central: el debate público sobre el «deber ser» de la sociedad, la distribución del poder y la riqueza, y la construcción de un futuro común. Se reduce a una mera gestión, donde los ciudadanos son espectadores de procesos que se dicen ajenos a su voluntad.
Achille Mbembe lo expresó con claridad al analizar la necropolítica contemporánea:
“El poder moderno no siempre mata: decide quién puede ser expuesto al abandono.”
Para sostener este orden, no alcanza con reglas: hace falta adhesión emocional.
Aquí resulta central el aporte de Peter Sloterdijk, quien en «Ira y tiempo» señala que los proyectos políticos administran la ira colectiva como un capital:
“Las sociedades modernas organizan el resentimiento prometiendo una reparación futura.”
El sacrificio presente se vuelve tolerable cuando se promete redención. El daño se transforma en virtud cívica. La obediencia, en mérito.
Frente a este escenario, la política solo conserva sentido si recupera su función básica: hacerse cargo de las consecuencias de lo que decide y lo que deja decidir, esto nos ubica en el lugar opaco, la antinomia, -oficialismo – oposición-.
Debemos asumir que toda restricción es una elección. Porque como señalara en «brevario 2» , «cuando la política abdica de esa responsabilidad, el daño deja de ser injusticia y se convierte en norma»; allí, se engendra la antipolítica.
Un proceso que vacía la política de su contenido central: el debate público sobre el «deber ser» de la sociedad, la distribución del poder y la riqueza, y la construcción de un futuro común. El ejercicio ´se reduce a una mera gestión, donde los ciudadanos son espectadores de procesos que se dicen ajenos a su voluntad, participantes meramente electorales.
La pregunta que vale la pena hacerse es la siguiente: ¿Que razón tiene el gobierno libertario para seguir poniendo la presión sobre la población más vulnerable?, Claramente, la democracia de baja intensidad (siempre escuálida) enuentra, en la confusión, el tiempo para desarrollar políticas en detrimento de la población, llevando a desarmar aquello virtuoso, consensuado, definido como derecho inalienable, que de repente, deja de existir.
La neutralización de la crisis
En La ofensiva sensible, Diego Sztulwark parte de una constatación incómoda: las crisis contemporáneas —económicas, políticas, sociales— no producen necesariamente ruptura ni transformación. Por el contrario, muchas veces son absorbidas, metabolizadas y neutralizadas por el propio capital. El problema, sostiene, no es la falta de crisis, sino la incapacidad de generalizar políticamente su potencia.
Ese impasse histórico explica, en parte, por qué grandes momentos de conmoción social no devienen en proyectos emancipatorios duraderos. La crisis existe, se siente, se padece, pero no logra convertirse en un principio activo de reorganización colectiva. En lugar de abrir horizontes, termina cerrándose sobre sí misma.
Desde esta perspectiva, Sztulwark examina críticamente los límites de la llamada “voluntad de inclusión” de los gobiernos progresistas y de la teoría populista. Su señalamiento no apunta a negar sus logros, sino a subrayar una dificultad estructural: la incapacidad para confrontar las micropolíticas neoliberales que operan por debajo —y más allá— del Estado, moldeando sensibilidades, deseos y formas de vida.
Aquí aparece uno de los conceptos más fértiles del libro: el de “ofensiva sensible”. Con esta noción, Sztulwark nombra el conjunto de dispositivos —mediáticos, culturales, laborales, afectivos— mediante los cuales el neoliberalismo gobierna no solo conductas, sino percepciones. No se trata ya de imponer normas externas, sino de cerrar la brecha entre norma y deseo, produciendo sujetos que obedecen porque quieren lo que el sistema necesita que quieran.
En este punto, el diálogo con Sloterdijk es evidente: así como la ira puede ser administrada y postergada, también el deseo puede ser alineado, domesticado, reconducido. La obediencia deja de vivirse como imposición y se experimenta como adaptación razonable.
Frente a esta ofensiva, Sztulwark distingue entre modos de vida adaptados a la axiomática del capital y formas de vida sintomáticas: prácticas, gestos y experiencias que no encajan del todo, que interrumpen la normalización y revelan las fisuras del orden vigente. No son todavía alternativas acabadas, pero contienen una potencia crítica irreductible.
La pregunta que atraviesa el libro es tan simple como radical:
¿es posible reactivar, desde una perspectiva micropolítica, el potencial cognitivo y transformador de la crisis?
¿Puede imaginarse una política igualitaria que no quede atrapada en la polarización entre neoliberalismo y populismo, y que sea capaz de disputar la producción de subjetividad allí donde hoy se juega la obediencia?
Leído en el contexto argentino actual, el aporte de Sztulwark resulta clave: permite comprender por qué la crueldad administrativa no se sostiene solo por reglas técnicas o promesas de futuro, sino por una ofensiva sensible que modela afectos, expectativas y umbrales de tolerancia al daño. Allí donde la política no logra intervenir en ese plano, la crisis deja de ser ocasión de transformación y se convierte en un nuevo momento de normalización.
Para finalizar, lo que subyace es una estructura del lenguaje que es necesario reanimar, reconfigurar, pero sobre todo comprender:
En su trabajo «Lenguaje y medios». Sociedad civil, espacio público, la palabra castigada, Ana Goutman Bender muestra que no hay democracia sin una política de la palabra, y que toda disputa democrática es, en el fondo, una disputa por los modos de decir, escuchar y significar lo común.
En la actualidad, defender la democracia implica:
Recuperar la densidad del lenguaje, reabrir el conflicto como dimensión legítima, y resistir las formas sofisticadas de castigo simbólico que convierten la palabra pública en mera circulación sin efecto. Seguramente, será necesario hacerse nuevas preguntas para pensar como resolver los nuevos problemas que hoy afectan la vida cotidiana de un pueblo que está perdiendo metódicamente cada derecho adquirido y que supo construir con lucha y organización. ?¿Quienes recogerán el guante que el pueblo arrojó en la mesa de la democracia?
Lo más inquietante no es que estas lógicas existan —han existido siempre—, sino que logren presentarse como la única forma adulta de gobernar. Pensar distinto aparece como ingenuidad; disentir, como irresponsabilidad.
Cuando el ajuste se presenta como ley universal, el daño deja de ser una decisión política y se convierte en consecuencia lógica.
Se dejan de ejecutar los presupuestos para prevención del fuego en la patagonia, se abandona la educación técnica, se deja de financiar la investigación técnico científica.