La defensa del gobierno constitucional del General Perón, en el día más sangriento de la Historia Argentina.

Por estos días se cumplen 70 años de uno de los hechos más trágicos y criminales de la historia de nuestro país: los bombardeos a Plaza de Mayo y el intento de golpe de estado que ocasionó la masacre del 16 de junio de 1955, perpetrado por parte de militares y civiles golpistas, en lo que se convirtió en la jornada más sangrienta de la Historia Argentina.
Pero esa locura que pareciera quedar tan lejos en el tiempo, quedó bien guardada en lo profundo de la Memoria de la Patria, cómo aquellas heridas que siempre van a permanecer, por que hayan cicatrizado, y también guardada en lo profundo de una familia típica de la clase media Argentina. A flor de piel, tan lejos y tan cerca, lista para salir a flote cuando ella misma lo quisiera…
Cuarenta años después, a mediados de los ´90, el país transitaba otra historia totalmente diferente. Gobernaba el neoliberalismo disfrazado de Peronismo, y las vestimentas, ritmos musicales y hasta la arquitectura, era totalmente distinta.
Corrían los últimos días de diciembre de1995, y en el coqueto Barrio Norte de la Ciudad de Buenos Aires, un joven observaba detalladamente la pequeña biblioteca de la casa de su abuela, mientras ella le preparaba algo para beber. De repente, en uno de los estantes, algo lo asombró. Era un pequeño libro, casi escondido entre otros mucho más grandes. Intrigado lo abrió, lo ojeó y finalmente le preguntó sorprendido a la anciana, que se encontraba terminando de hacerle un café con leche en la cocina:
-¿Tenés una primera edición de “La razón de mi vida, Abu?”-
La anciana, calmada y sonriente se acercó hasta la sala, y simplemente le dijo:
-Sí…sí, se lo regaló Evita Perón a tu abuelo, al regresar de Estados Unidos donde vivimos cuando él fue cómo agregado naval durante el primer gobierno Peronista- le contestó tranquila y sonrientemente ella.
Lejos de ser una respuesta aceptable aquello dejó más perplejo aún al muchacho, que enseguida le pidió que le contase toda la historia, más allá del tiempo que tardara. Y entonces la anciana comenzó serena pero firmemente, a describir lugares, personas, sensaciones y sentimientos que creía haber olvidado, pero que estaban allí latentes, y aquello fue inicio de una gran historia, una que jamás nadie le había contado. Y el relato se volvió fascinante y desgarrador a la vez; narrado magistralmente por aquella maravillosa mujer, a la que todos sus nietos llamaban cariñosamente Abuelita Minita, y que siempre los esperara con leche chocolatada, galletitas, revistas Anteojito, y muchas sorpresas…
De visita por la residencia presidencial, el Palacio Unzué
…Resulta que aquel libro había llegado a manos de su abuelo, en un breve encuentro que Aristóbulo (así era su nombre) había tenido con el mismísimo Presidente de la Nación y la Primera Dama más reconocida de la Argentina y del mundo, en la residencia presidencial del Palacio Unzué, a fines de 1951; luego de la reelección presidencial del General Perón y especialmente, un mes y pico después de que Evita fuera operada de cáncer, algo de lo que el invitado se enteraría bastante tiempo después.
El marino había llegado junto a su familia de Estados Unidos hacía unos pocos días, luego de ser agregado naval en el país más poderoso del mundo, y el Presidente de La Nación le había extendido una invitación para visitarlo a su casa para hablar de aquello que había visto y vivido en semejante destino, especialmente a la luz del acercamiento diplomático entre ambas naciones.
Al llegar, y luego de los saludos formales, ambos hombres se sentaron en una sala a intercambiar opiniones sobre el asunto. Estaban cercanas las fiestas de fin de año, y entonces, sin que estuviera planeado, Evita se levantó de su convalecencia post operatoria por unos breves momentos y fue sorpresivamente hasta ese reciento para obsequiarle El libro, que recién había sido publicado. Eso sorprendió gratamente al marino, que sabía de la operación e intentaba incomodar lo menos posible:
-¡Buenas tardes Señora, que sorpresa verla!- le dijo el invitado con su sonrisa afable de siempre.
-¡Bienvenido Yacaré!, déjate de formalidades, cuantas veces tengo que decirte que me podés tutear!- fue la contestación de aquella increíble mujer que todavía estaba pálida pese a las semanas pasadas desde su intervención médica.
Por unos instantes, se saludaron afectuosa y respetuosamente, y luego de intercambiar breves palabras y agradecimientos, ella se retiró a seguir su reposo, mientras los hombres se quedaron hablando varios minutos más, sobre todo lo ocurrido en la Embajada Argentina en los Estados Unidos, país con que Argentina había acercado posiciones tras firmar el TIAR (Tratado Interamericano de Asistenta Reciproca) en 1947, y el intercambio de asesores militares en 1948.
Aristóbulo, era por aquel entonces Capitán de Fragata de la Armada Argentina, y ese día incluso había logrado sacarle algunas sonrisas a Evita, cuando ella le preguntó por sus dos pequeños hijos, Marta y Fernando mientras el marino le contaba sobre sus travesuras. Sin embargo, al regresar al hogar, la cara de Aris (cómo la Abuelita Minita lo llamaba), cambió por completo, transformándose en el mismísimo rostro de la preocupación: le dijo a su esposa que había visto a Evita extremadamente delgada, más de 10 o 15 kilos por debajo de cuando partieron hacia USA, casi tres años antes.
Meses después, La Madre de los Descamisados fallecería, llenando de dolor a casi todo el país, especialmente a los más necesitados; con la excepción de algún grupúsculo nada necesitado pero si muy insensible y malicioso, que se atrevió a escribió a escribir en alguna pared: “viva el cáncer”.
Tras la muerte de Evita, Aris decidió dejar la Marina, viendo como las cosas se iban deteriorando, y cómo su querida Armada, mutaba cada vez más en una institución muy antiperonista y con una oficialidad que se creía, mayoritariamente, muy elitista.
Una carrera naval muy agitada
Para Aristóbulo, finalizaba así, casi un cuarto de siglo de carrera militar, comenzada en 1929 en el Colegio Militar de La Nación, al que llegó tras reprobar el examen de inglés de la Escuela Naval de Río Santiago.
Un año antes de eso, en 1928, había llegado sólo a la gran ciudad, proveniente de Formosa, y quizás fue ese aire campechano y afable el que lo acercó al matrimonio presidencial a mediados de los ’40. Ó quizás también su extensa foja de servicio y vivencias, que habían comenzado en septiembre de 1930, cuando siendo aún un joven cadete del Colegio Militar, el General Uriburu lo llevó junto al resto de sus compañeros a La Casa Rosada, para derrocar al Presidente Yrigoyen, sin saber ellos siquiera a donde iban.
Unos años después, a fines de la década del ´30, cuando se habilitó el pase de oficiales del ejército a la armada para la formación de la nueva Infantería de Marina, pudo al fin cumplir su sueño de ser un Hombre de Mar; y uno de los primeros trabajos que le tocó, fue el de organizar la comitiva argentina para asistir a la coronación del Rey Jorge VI de Reino Unido en 1937.
A su regreso, le tocó ir como Segundo Comandante a la Isla Martín García, adonde fueron traslados en 1939, los marinos del acorazado alemán Graf Spee, tras su hundimiento en La Batalla del Río de La Plata, durante la Segunda Guerra Mundial. Y tras cumplir ese destino, fue nombrado Comandante del recién creado Batallón de Infantería IV (BIM IV) con asiento en el Arsenal Naval Buenos Aires, a principios de la Década del ´40.
Contemporáneamente, conoció y se casó con la Abuelita Minita tras tres meses de noviazgo. Y luego adquirieron un bello departamento en Barrio Norte, cerca de las calles Agüero y Santa Fe.
Al llegar el General Juan Domingo Perón al poder en 1946, Aris fue uno de los pocos marinos que adhirió al Justicialismo, muy posiblemente por ser un hombre del interior, y por conocer la realidad de extrema desigualdad y falta de derechos que soportaban millones de compatriotas, antes de la llegada del Movimiento Nacional Justicialista. Pese a eso, jamás fue adoctrinador ni nada que se le pareciese. Lo suyo era dar el ejemplo en el día a día, en el trabajo cotidiano.
Ya en 1947, durante el primer gobierno del General Perón, había recalado en Río Grande, Tierra del Fuego como presidente de la Sociedad de Fomento, el puesto antecesor al de intendente, en tiempos en que se finalizaba la Base Naval Ushuaia. Y un año después, fue seleccionado como Agregado Naval para la embajada argentina en Estados Unidos.
Regordete, de estatura media, ojos achinados, y el gesto siempre afable y adusto, era apasionado por la polca, la chipá guazú, y uno de los pocos oficiales de la armada que hablaban guaraní. Sobre todo, tenía la extraña habilidad de hablar poco pero lo justo y necesario, y de saber escuchar mucho. Ni bien lo conoció Perón (en una cena de camaradería del año 1946), entre ambos se estableció casi automáticamente una buena sintonía, y las dos o tres veces al año que veía a Perón y Evita, ambos siempre le preguntaban por su esposa y sus dos hijos, recordando sus nombres, edades y muchos datos más; como si se vieran todas las semanas.
El General, que solía estar muy informado, sabía que Aristóbulo había sido el Primer Comandante del Batallón de Infantería de Marina N° 4, creado en 1941, de su gran ascendencia sobre oficiales y especialmente suboficiales, y de que todos lo llamaban afectuosamente “El Yacaré”, por venir de Formosa y por su carácter, duro pero afable y por su fortaleza.
Y el marino era sobre todo, una persona agradecida y leal; y cuando posteriormente fue enviado como agregado naval a USA, su hija que tenía serios problemas para caminar desde su nacimiento, pudo tener los mejores tratamientos médicos de la época.
Todos estos recuerdos pasaron por la retina de Aristóbulo cuando recibió por la mañana del 16 de junio el llamado del mismísimo Almirante Brunet, que escuetamente le narró que un golpe de estado estaba en marcha, llevado adelante por parte de la Armada y también una parte pequeña de la Fuerza Aérea,. Sin decirle nada a su esposa y sus hijos se las ingenió para llegar a la Casa Rosada raudamente.
El terrible 16 de junio de 1955
En ese momento, el relato de su abuela, se volvió durísimo, descarnado, al hablar de la masacre llevada a cabo por los golpistas que atentaron contra el gobierno democrático del General Perón. Y de cómo había participado en la defensa del Estado de Derecho, su marido, el abuelo Aristóbulo.
Si bien el golpe venía planeándose hace años, en los últimos meses anteriores al 16 junio de 1955, los complotados habían acelerado sus planes.
Sabían que era casi imposible vencer al Peronismo por el voto democrático, y decidieron, eliminar al gobierno. Cuando finalmente lo consiguieron, no en junio, sino en septiembre de ese mismo año, mostraron todo su odio: hasta prohibieron nombrar el apellido Perón. Pera hablar de él había que decir, el Tirano Prófugo. El Peronismo fue proscripto durante 18 años, y quien se opusiera, perseguido. Años después uno de los complotados diría en off: “Y ¿que querías?, ¡El Pueblo, Los Negros votaban a Perón, había que acabar con todo vestigio de su partido!”
Pero eso sucedió casi tres meses después, mientras que en el de junio, en La Masacre, los complotados no lograron el apoyo significativo y vital del ejército, y encima se enteraron que el Servicio de Inteligencia de la Aeronáutica ya sabía de una conspiración para esas fechas. Igualmente siguieron adelante, aprovechando el enfrentamiento del líder con la jerarquía de la Iglesia Católica; y tras semanas de preparativos, el 16 a la madrugada, estalló el golpe.
A las 04:00 en la Base Aeronaval de Punta Indio, Provincia de Buenos Aires, los Capitanes de Fragata Néstor Noriega y Jorge Bassi se reunieron con otros oficiales y les comunicaron el plan de ataque; que era simple y siniestro: bombardear la Casa Rosada, La Plaza de Mayo, la residencia presidencial, la CGT, la sede de la Policía Federal y otras dependencias del gobierno para matar a Perón; mientras el Batallón de Infantes de Marina N°4 se asentaba en la Dársena Norte y de allí tomaría la casa de gobierno. De más está decir, que parecía importarles pocos y nada que la plaza más importante del país estuviese llena de vecinos y transeúntes.
Pese a eso, y a la tradición poco ligada al catolicismo practicante, de gran parte de la oficialidad de la armada, (y que contrastaba totalmente con el apasionado catolicismo del ejército), muchos los conspiradores pintaron la leyenda “Cristo vence”, en sus aviones antes de salir de la base aeronaval a iniciar el bombardeo.
Económicamente el país ya no atravesaba el período de bonanza alcanzado durante el primer gobierno de Perón, pero El General había decidido mantener firme el alto porcentaje de distribución del ingreso: hacia mediados de ese año, la participación de los trabajadores en el Producto Bruto Interno era cercana al 53%, es decir el más alto que jamás hubiesen alcanzado un nivel tal de ingresos en toda la historia latinoamericana.
Gracias a la causa judicial iniciada tras la rendición de los complotados (y denominada: «Aníbal Olivieri y otros sobre rebelión militar»), pudo saberse que Noriega y Bassi no estaban solos; y que el capitán de Fragata Francisco “Paco” Manrique había sido el encargado de reclutar marinos para la rebelión.
Entre ellos se encontraban el contraalmirante Samuel Toranzo Calderón, que era jefe del Estado Mayor de la Infantería de Marina;; así como el jefe del Batallón de Infantería de Marina BIM 4 de Dársena Norte, capitán de navío Juan Carlos Argerich. Todo esto con el pleno conocimiento del Ministro de Marina de La Nación, Contralmirante Aníbal Olivieri, quien miró para el costado mientras Toranzo Calderón oficiaba como el cerebro detrás de la sedición. Es decir que en el mismo gobierno, había complotados. En total, entre oficiales y subalternos, fueron casi 500 integrantes de la Armada Argentina los sediciosos.
Pero también hubo apoyo de pequeños grupos de ciudadanos que conformaron “los comandos civiles”. Su función era la de asechar por Plaza de Mayo, desde las primeras horas de la mañana, para hacer número terminar de asestar el golpe, uniéndose a los sediciosos en la toma de la Casa Rosada.
Entre ellos estaba Luis María de Pablo Pardo, del nacionalismo católico y con contactos con el comandante del III Cuerpo del ejército en Paraná, el general León Bengoa, uno de los pocos miembros de esa fuerza que participó del complot.
Según la misma causa judicial, otros conspiradores intervinientes fueron, el vicealmirante Benjamín Gargiulo, el teniente de navío Emilio Eduardo Massera, y los oficiales de marina Horacio Mayorga y Oscar Antonio Montes, entre otros. Y del ejército, además de Bengoa, .estuvieron involucrados los generales Pedro Eugenio Aramburu. Mientras que con los “comandos civiles” conspiraban políticos cómo el radical como Miguel Ángel Zabala Ortiz, el conservador Adolfo Vichi; y hasta algunos socialistas cómo Américo Ghioldi. .
Perón había llegado bien temprano a su despacho, a las 06:15. A las 07:00 se había reunido con el embajador norteamericano Albert Nuffert. Unos minutos después, a las 08:00 hs el Jefe del Ejército Gral. Franklin Lucero le comunicó los planes de los rebeldes y la posibilidad de bombardeo del que se habían enterado la noche anterior, y le sugirió a Perón dejar la Casa de Gobierno y refugiarse en el Ministerio de Ejército lo que se concretó para 10:00 hs. Allí se reunió con los ministros de Guerra, Flanklin Lucero, el almirante fiel Ramón Brunet, el jefe de la Aeronáutica, brigadier Juan Ignacio San Martín y el general Arnaudo Sosa Molina y Juan José Valle, que negociaron la rendición de los marinos atrincherados en el Ministerio de Marina.
Desde allí Brunet buscó contactar a marinos leales, llamando entre otros a Aristóbulo, que pese a estar retirado desde hacía casi tres años, llegó a media mañana a la Casa Rosada y luego al Ministerio de Ejército un rato después.
Mientras tanto, los líderes de la rebelión sabían que casi seguramente serían detenidos, pero igualmente siguieron adelante Decidieron camuflar sus acciones bajo el paraguas de un acto oficial en el que para «desagraviar a la bandera», una flota de aviones iba a sobrevolar la Catedral metropolitana.
Es que unos días antes, había sido la Marcha de Corpus, motorizada por la oposición; y en ella se habían quitado placas conmemorativas de Evita, además de apedrear los diarios aliados al gobierno; y también había aparecido una bandera Argentina quemada, en un confuso episodio donde oficialistas y opositores se culparon mutuamente.
Tras el paso de la flota aérea y el desagravio, Toranzo dio la señal de atacar la Plaza de Mayo. A las 10:00 hs varios aviones despegaron desde Punta Indio con bombas de demolición de 100 kilos cada una. Ante el mal tiempo se mantuvieron en el aire dos horas y media. La niebla era cerrada y desde el Ministerio de Marina no se avistaba la Casa Rosada que estaba a tres cuadras de distancia.
Aunque ese 16 de junio se presentaba nublado, con poca visibilidad y encapotado, el Capitán Noriega decidió seguir adelante con su escuadrilla cargada con las bombas. La demora preocupó a los grupos de comandos civiles que estaban por la zona. A pesar de que la Marina les aseguró que atacarían, a las 12:00 horas se fueron del lugar ante el temor a ser detenidos.
Por otro lado el Capitán Argerich había sublevado al BIM 4, que estaba a su mando y se encontraban en Dársena Norte, dispuestos a avanzar hasta la Casa de Gobierno para tomarla.
El ataque sangriento de la aviación naval, empezó con la descarga de dos bombas por parte de Noriega a las 12:40 y le continuó con tres rondas más hasta las 17:45. La primera bomba cayó en la cocina del primer piso de la Casa Rosada y mató a dos ordenanzas. Los demás aviones comenzaron a sobrevolar la Plaza de Mayo y a lanzar las bombas, un total de 14 toneladas de explosivos.
Ese 16 de junio fue día laborable, y es de recordar, que en ese horario miles de personas se encontraban en las inmediaciones del centro porteño. Ante los bombardeos, la inmensa mayoría comenzó a buscar donde resguardarse, pero una de las primeras bombas dio de lleno en el trolebús de la línea 305 que llegaba a la calle Victoria -hoy Hipólito Yrigoyen- y Paseo Colón y dejó 65 muertos.
Mientras tanto la base de la Brigada de Morón seguía fiel al gobierno y desde allí se ordenó el despegue de varios aviones Gloster leales para ir contra los rebeldes. Una escuadrilla de ellos se dirigió a Ezeiza para someter a los complotados y en su ataque destruyeron un bombardero Catalina opositor y otras aeronaves fueron dañadas. En simultáneo, los sediciosos atacaron columnas del Regimiento Nº 3 de La Tablada que avanzaban por la Avenida Crovara para llegar a la ciudad para defender al gobierno. Aquello les granjeo la casi total antipatía del Ejército Argentino. Ante los bombardeos varios civiles armados comenzaron a disparar desde las terrazas de La Casa Rosada y otros edificio contra los aviones atacantes.
La ciudad estaba estremecida. Las familias sacaban corriendo a sus hijos de las escuelas ante el terror a los ataques, mientras las bombas seguían cayendo. La onda expansiva de una bomba afectó al Ministerio de Ejército. Donde el General Perón perdió el equilibrio, cayendo al suelo, pero inmediatamente fue trasladado al sótano del edificio.
El Combate de Dársena Norte y el Ministerio de Marina
En medio de la destrucción, el contralmirante Brunet llegó a pedirle al Capitán de Fragata, El Yacaré Aristóbulo Duarte, si podía llegar a la Dársena Norte con algunos soldados, para tratar de disuadir como fuera al BIM 4, en vistas que había sido el primer comandante del mismo, pero que ahora, guiados por Argerich. Buscaban derrocar al gobierno, uniéndose a más infantes que se encontraban en el Ministerio de Marina, el actual Edifico Guardacostas. El plan de los sublevados se había transformado en una verdadera masacre a para quienes transitaban por la Plaza y sus cercanías.
Entre ambas facciones de sublevados había menos de 200 metros de distancia y entre el Ministerio y la Casa Rosada otros 300 metros más. Una compañía de los infantes de marina llegó a apostarse a 40 metros de la explanada Norte de la Casa Rosada y la otra, entre el Parque Colón y el Correo Central y comenzaron a dispararle a todo lo que se movía.
Cerca de las13 hs el pequeño grupo del Capitán Aristóbulo Duarte llegó a las inmediaciones de la Plaza Colón, sobre la avenida Paseo Colón, quedando muy cerca de los insurrectos. Menos de 10 leales frentes de todo su ex regimiento. Menos de 50 metros entre ambos. La balacera ya era ensordecedora. A la distancia, uno de los sediciosos lo reconoció. Era un viejo infante que había estado a sus órdenes. En un impasse de las armas, le gritó:
-¿Capitán Duarte? ¿Yacaré, es usted?-
-Si muchachos, ¿Por qué están haciendo esto? ¿Matarnos entre todos?- le respondió él a los gritos también.
El silencio continuó por unos minutos más entre las filas complotadas, hasta que desde el Ministerio de Marina volvieron a dispararles, y enseguida llegaron dos blindados a oruga de los Granaderos, leales al gobierno, y posteriormente un tanque. Los tres vehículos respondieron a los ataques desde el ministerio, y al verlos, los infantes al mando de Argerich, comenzaron casi inmediatamente a retirarse del lugar, soportando un intenso fuego leal. Allí sumaron casi cuarenta leales en total, más los que disparaban desde la Casa Rosada.
A partir de las 13:30 se le sumó el 1° Batallón del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” a las órdenes del Teniente Coronel Marcos Ignacio Calmon, y una hora después lo hizo el grupo de Artillería Antiaérea del Regimiento 3 Motorizado mandado por el mayor Vita. Ahora sí, la situación se había tornado totalmente a favor de los leales. El fuego encarnizado duró hasta las 15 horas.
Cerca de ese horario comenzó a llegar una avalancha de camiones de la CGT con obreros armados con palos y cuchillos, de la columna de motorizados que acompañó el asalto final al edificio de la Marina. El General Parón había tratado de retrasar esa acción lo más posible para que no fueran mayor aún la cantidad de muertos.
Unos 90 aviadores conspiradores y Zabala Ortiz huyeron hacia Uruguay, donde fueron asilados por el gobierno de Luis Batlle. El ministro de Marina Olivieri y los almirantes Toranzo Calderón y Gargiulo se entregaron a los generales leales Sosa Molina y Juan José Valle. Posteriormente Gargiulo se suicidaría.
Sin el apoyo del ejército a estas acciones de subversión del orden constitucional, los aviones de la Marina terminaron por emprender la retirada rumbo hacia el río.
El terrible saldo del día más sangriento de la Historia Argentina, había sido de 364 muertos y más de 800 heridos. Tras la sedición, y luego de las huidas, se dictaminó que El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, presidido por el General de división Juan Heriberto Molinuevo debería juzgar y procesar a 150 complotados. Pero muchos de ellos adujeron haber sido engañados por sus jefes, y los condenados terminarían recuperando su libertad con el golpe de la Revolución Fusiladora, tres meses después.
Ese 16 de junio, 34 aviones en su mayoría de la Armada Argentina, pero también de la Fuerza Aérea, bombardearon el lugar más emblemático de nuestro país, dejando caer 14 toneladas de bombas con el objetivo de asesinar al General Perón. El bombardeo a Plaza de Mayo, inauguró las décadas más violentas de nuestro pasado reciente. Miles de familias se dividieron, decenas de miles de muertos y desaparecidos, además de cientos de atentados de toda índole asolaron al país.
El Final
Por la noche, al regresar desolado a su casa, Aristóbulo pudo escuchar en la radio sobre la quema de las iglesias, llevada adelante pese a que el General Perón había llamado a la paz, y a la conciliación. Posteriormente acusaría a elementos comunistas de aprovechar el caos para hacer tales brutalidades. Los investigadores modernos también debaten otras teorías sobre los autores de ese vandalismo, llegando algunos a inferir que habrían sido grupos instigados por el Almirante Tesaire, sin animarse ninguno “a poner las manos en el fuego” para asegurar la lealtad del vicepresidente al gobierno; y llegando incluso otros ( como en el caso de Rosa Portugheis), a aportar relatos de oficiales leales y hasta de políticos antiperonistas, que habrían afirmado que los primeros ataques contra las instituciones religiosas procedieron de los aviadores rebeldes en su huida, para buscar el efecto de “pisar el palito” o “caer en la trampa”; y con la posterior incitación a la quema de iglesias, lograr torcer la voluntad del ejército cómo finalmente ocurrió.
Tras terminar de escuchar el relato de su abuela, el joven entendió que algo en él había cambiado. Y hasta comprendió porque su familia había sido tan reacia a contar esos recuerdos tan terribles y dolorosos. Aristóbulo volvió devastado aquella noche a su casa, casi tanto como cuando al ver a Evita en el ‘51, había comprendido que su enfermedad ya no tenía vuelta atrás.
Al regresar, se contactó con Brunet ni con nadie. Prefirió seguir retirado. No volvió más a la Casa Rosada. Sabía que había cumplido con su deber de defender a la Patria y a la Democracia, pero ese no le mitigaba ni un ápice del dolor que sentía en lo profundo de su corazón: pilas de cadáveres se apilaban por doquier, frente a sus ojos. Y su querido ex batallón, había quedado en manos de conspiradores golpistas. Y tantos ex compañeros devenidos en sediosos anti democráticos que a la hora de ser juzgados, incluso se escondieron detrás de una suerte de obediencia debida de los años ’50, porque ni siquiera tuvieron el tupé de hacerse cargo de lo que habían hecho. En su regreso camino las cuarenta cuadras hasta su casa, por una ciudad que todavía estaba estupefacta.
En septiembre no fue convocado a pelear contra el golpe definitivo, que anhelaban todos los que odiaban todo lo que tuviera olor a Pueblo. Pero lejos de olvidarse de Aris, los facinerosos fusiladores, lo mandaron detener, aunque luego debieron liberarlo al comprobar lo suyo siempre había sido defender al Estado de Derecho.
Aun así, lo condenaron al ostracismo y la mayoría le dio vuelta la cara a él y su familia, aunque no los verdaderos amigos como otro de los poquitísimos marinos justicialistas, el contralmirante Juan José Jauregui.
El Capitán de Fragata Aristóbulo, El Yacaré” Duarte murió en 1974, meses después que el General Juan Domingo Perón, y antes de haber podido ser rehabilitado. Pero claro está que eso tampoco mucho le importaba, porque había podido consolidar una hermosa familia, y a puro esfuerzo con el correr de los tiempos creó una de las primeras agencias de seguridad del país.
Y tanto tiempo después sus descendientes siguen recordándolo con mucho cariño y admiración; a aquel Marino regordete afable y silencioso, querido por sus subalternos y hasta por El General y Evita Perón. A siete décadas de aquellos acontecimientos criminales, ojalá podamos defender nuestra democracia, con la fuerza de la Paz, la Firmeza Popular, la Justicia Social y el Estado de Derecho.
A 70 años de aquel tenebroso 16 de septiembre de 1955, el día más sangriento de la historia Argentina, personas cómo Aristóbulo siguen siendo un verdadero ejemplo, y lo sé; porque aquel joven que quería saber más y más sobre su abuelo, es la misma persona que está terminando de escribir esta historia.
Juan Manuel Duarte
Profesor en Historia
Y Especialista en Educación
Fuentes:
Relatos de la Señora Termina “Minita“ Souza Aramburu de Duarte.
Archivo Peronista. Luego del bombardeo a Plaza de Mayo. https://archivoperonista.com/1955/06/16/luego-del-bombardeo-a-plaza-de-mayo/
Autoridades gubernamentales de Río Grande, Tierra del fuego, Argentina
Bombardeo del 16 de junio de 1955: edición revisada / coordinado por Rosa Elsa Portugheis. – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Secretaría de Derechos Humanos. Archivo Nacional de la Memoria. , 2015. 248 p.; 26×19 cm. https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/anm_-_bombardeo_16_de_junio_de_1955.pdf
Busier, Fabián (2017). “Segundas líneas’ del primer peronismo en el Ejército y la Marina: las trayectorias del general Lucero y el vicealmirante Teisaire. XVI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia. Facultad Humanidades. Universidad Nacional de Mar del Plata, Mar del Plata. Dirección estable: https://www.aacademica.org/000-019/471
Broz, Mariana (2011). 55 años después, la reconstrucción de los bombardeos. IX Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. e: https://www.aacademica.org/000-034/31
Gloria Isabel Adan, Ricardo Pedro Cimoli y Mariano Cuevillas (2011). Las Fuerzas Armadas en 1955, sus divergencias a través de la actuación de tres Regimientos. IX Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. https://www.aacademica.org/000-034/732
José R. Bamio Raúl Dárrichon (2014) Efemérides Navales Investigación, selección y compilación.
ARMADA ARGENTINA DIRECCION GENERAL DE EDUCACION DE LA ARMADA DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS HISTORICOS NAVALES TERCERA EDICION SERIE B HISTORIA NAVAL ARGENTINA Nº BUENOS AIRES 2014
REDACCIÓN CLARÍN (2005) El bombardeo a Plaza de Mayo. Los secretos del día más sangriento del siglo XX
https://www.clarin.com/ediciones-anteriores/bombardeo-plaza-mayolos-secretos-dia-sangriento-siglo- xx_0_SJc7rjuk0Ye.html?srsltid=AfmBOoph31b3qDp0wPnbJpJwsb7yZsJfaqa5PkK64S8PogKFC77H2jBm
Roberto Muñoz (2018) El día en que la Armada quiso matar a Juan Domingo Perón en un buque de guerra
http://www.caraycecaonline.com.ar/2018/07/10/el-dia-en-que-la-armada-quiso-matar-a-juan-domingo-peron-en-un-buque-de-guerra/
