LA MADRUGADA DE PAPEL Y EL BESO MAS ESPERADO

LA MADRUGADA DE PAPEL Y EL BESO MAS ESPERADO

El ministro de Trabajo y Salud, él mismo, Costa, reguló los gremios como si fueran criaderos de peste.

Quitó autoridad a los dirigentes, colocó tres interventores por sindicato, y sembró la traición con firma oficial.

La CGT, aún herida, respondió como pudo: huelga general el 2 de noviembre.

Framini y Natalini convocaron. Hubo asamblea.

Se habló a favor del paro. Se votó y se armaron los piquetes.

En algunas ciudades la huelga fue un rugido. En Avellaneda, un pulso. En Córdoba, un temblor.

Todo parecía posible.

Finalmentre, El 13 de noviembre, cuando todavía Buenos Aires olía a humo de motores y a rezos apagados, estalló el golpe dentro del propio golpe. Lonardi —el general de la conciliación católica , el que había prometido “ni vencedores ni vencidos”— fue apartado casi sin ruido, como si lo corrieran del tablero antes de que advirtiera que la partida ya no le pertenecía. Los diarios lo anunciaron con frases elegantes, pero en los barrios la noticia corrió como un murmullo de traición: “Lo voltearon los suyos… ahora sí se viene lo peor.”

Al anochecer, el general Pedro Eugenio Aramburu, del ala liberal del Ejército, entró a la Casa Rosada rodeado de uniformes que parecían haber estado agazapados desde el primer día. Su ascenso no fue un cambio de nombres, sino un cambio de rostro: la máscara amable de la “Revolución Libertadora” cayó al piso y dejó ver la dureza que siempre había estado debajo. En la marina se festejaba; en las fábricas había silencio.

La “Libertadora” mostraba ahora su verdadero rostro: no venía a reorganizar la nación, sino a aplastar a quienes aún guardaban la esperanza de recuperar algo de justicia.

En las calles, los muchachos de los barrios —entre ellos Octavio, David, Gerardo, Nahuel y Maxi— entendieron aquella noche que la resistencia ya no era un impulso, sino un destino. Porque el enemigo finalmente había hablado con claridad, y lo había hecho a través de las botas y un nombre que muy pronto se escribiría con sangre: Aramburu.

Pero el 14, la CGT volvió a convocar.

Y el gobierno militar ya no fingía neutralidad:

“Los que inciten a huelgas o coarten la libertad de trabajo serán detenidos.”

Actuaron las tres fuerzas armadas.

Centenares de compañeros fueron encarcelados.

La central obrera intervenida. Los gremios saqueados por burócratas del sistema.

El argumento del régimen era de una simpleza perversa:

Habíamos vivido bajo una tiranía.

Eso bastaba.

No importaba que el 62% del país hubiera votado por ese supuesto tirano. No importaba el reconocimiento legal.

El justicialismo, decían, había contaminado todas las instituciones.

Había deformado a los sindicatos, convertidos —según ellos— en apéndices del régimen. La despolitización sindical era el nuevo objetivo.

Y los socialistas —resucitados por el odio— aceptaron participar de la mascarada, ilusionados con recuperar lo que perdieron cuando los obreros dejaron de leer folletines marxistas para empezar a corear consignas peronistas.

a partir de ese dia, el barrio, el club, el café, la cancha, la cocina de la madre, el galpón detrás del corralón. Allí se volvió a hablar. A conspirar. A soñar.

Al principio no eran más que unos cuantos locos sueltos.

Muchachos con más coraje que estrategia, con el alma todavía ardida por la caída.

No tenían redacciones ni diarios, pero teníamos paredes. Y baños públicos. Y escuelas nocturnas. Y changadores de puertos. Y sindicatos apagados.

Tampoco eran Lugones ni Borges, pero supieron inventar una escritura propia, urgente, salvaje. De trazo grueso y tinta barata. De aerosol robado y brocha gorda.

Así nació, como un murmullo que se pegaba en las paredes: PERÓN VUELVE.

Era más que una consigna.

Era un tatuaje.

Una afirmación absurda pero indestructible. Como la fe.

Era lo único que se podía decir cuando veían que sus sueños se desmoronaban.

Primero fueron pintadas. Luego, un duelo sagrado de signos.

Los compañeros reescribían sobre el “Cristo vence”, pero reemplazaban la cruz por una P, medio torcida, medio temblorosa.

Respondían, más abajo dibujaban una M: “Muera Perón”.

Pero esa muerte era reescrita una y otra vez: “Muera Rojas Mr.”

Y volvía la P.

Y el “Perón vuelve”.

Como si el lenguaje también se volviera un campo de batalla.

La ciudad se volvió una guerra de palabras.

El mensaje pasaba de mano en mano, de baldosa en baldosa.

Las paredes hablaban cuando nadie más podía hablar.

“Perón vuelve” era una oración clandestina.

La firma sagrada que dejaban los presos en los calabozos, los que iban a ser torturados o fusilados.

El grito que no se decía, pero que todos sentían latir en el pecho cuando se apagaban las luces.

La ciudad, dormida en su propio espanto, parecía un cuerpo vencido. A esa hora en que los últimos colectivos volvían al galpón con un bufido cansado, y los bares cerraban como párpados vencidos, Buenos Aires quedaba suspendida en un silencio extraño, casi mineral. Sólo el viento entre los árboles y algún perro sin dueño daban señales de vida. El resto era sombra.

Ellos salían entonces.

Los cinco, caminaban sin prisa, pero con un nervio que latía por debajo de la piel, como un tambor sordo. Las manos en los bolsillos, los hombros encogidos, los ojos atentos a cualquier movimiento. Desde la caída de Lonardi y la entrada de Aramburu, la noche se había llenado de oídos invisibles. Ya no bastaba con evitar a los sapos: ahora también había que temerle a los propios vecinos, a los que antes saludaban en la vereda. La “Libertadora” comenzaba a mostrar sus dientes.

Octavio llevaba una mochila de lona cruzada al pecho. Adentro, los panfletos recién salidos de la imprenta clandestina: hojas temblorosas, mal cortadas, impresas con una tinta negra que olía a humedad y urgencia. La consigna era tosca, directa, casi brutal:

“El pueblo quiere a Perón. Viva la resistencia.”

No era literatura, pero era palabra viva. Y eso bastaba.

Era también, en cierto modo, un juramento.

La coreografía estaba más que aprendida. En cada poste, en cada cabina telefónica, en cada pared manchada por antiguas propagandas electorales, dejaban uno. El engrudo —harina y agua, la mezcla pobre de todas las rebeldías— les dejaba los dedos duros, ásperos, con un olor que quedaría hasta el amanecer. Uno vigilaba la esquina. Otro pegaba. Los demás distribuían.

No hablaban.

Habían aprendido que en estos casos, la palabra es un lujo que puede costar la libertad.

A veces, cuando el silencio era tan hondo que parecía escucharse a sí mismo, Octavio se detenía a observar cada papel recién fijado, como si fuera un pequeño altar levantado contra la oscuridad. No era superstición. Era respeto. Sabía que cada una de esas hojas podía costarles la cárcel, la picana, o algo peor. Pero también sabía que cada una era una chispa en un país que se estaba llenando de cenizas.

Mientras caminaba hacia la próxima esquina, le venían recuerdos que no podía acallar, que parecían incendiar el aire; los cuerpos destrozados del 16 de junio, el olor a pólvora y a carne quemada; los telegramas de despido que caían como machetazos; los curas que bendecían a los verdugos; el silencio velado de su familia en la mesa, tragando bronca y miedo a la vez. Todo eso lo empujaba hacia adelante, más que cualquier consigna.

Un patrullero dobló desde la avenida, avanzando despacio, como si olfateara algo. Nadie respiró.

Las botas del policía en el asiento trasero brillaron un segundo bajo la luz de un farol. El motor rugió, avanzó, disminuyó… y ellos se deslizaron bajo un toldo de chapa, alineados como sombras. El engrudo les goteaba entre los dedos. El corazón les golpeaba en la garganta.

El patrullero pasó.

Unos segundos más —los más largos de sus vidas— y el silencio regresó.

Cuando emergieron, la calle volvía a ser suya. O al menos, suya por unos minutos. En algún lugar del conurbano, sabían, otro grupo estaba haciendo lo mismo: estudiantes, obreros, ferroviarios, empleados públicos, mujeres que pegaban panfletos escondidos en la cesta del pan. La resistencia se comenzaba multiplicar como los hongos después de la lluvia. Cada esquina podía ser un altar o un pelotón de fusilamiento.

Pero eso no importaba.

Habían elegido vivir para algo. Y eso —aunque fuera peligroso— era mejor que no vivir para nada.

Octavio alzó la vista hacia la madrugada, esa franja gris que antecede al día, y sintió que algo dentro suyo empezaba a despertar. En el fondo sabía que ese camino, el de las noches clandestinas, los iba a marcar para siempre. Pero también sabía que era el único camino que podía mirar sin vergüenza cuando llegara el futuro.

Y siguió caminando.

Cuando terminaron el último paredón, el cielo empezaba a levantarse apenas, como un telón que revela sus costuras. Era esa hora rara en que la noche ya no manda, pero el día todavía no se anima. Los obreros del primer turno aún no habían salido; los soldados de las patrullas seguían cansados y torpes; las amas de casa no habían encendido las cocinas. La ciudad parecía contenida en un único bostezo.

Los cinco se detuvieron bajo un árbol seco, a mitad de cuadra. Nadie lo decía en voz alta, pero sabían que la tarea había terminado. Habían sembrado más de cien papeles. Más de cien pequeñas rebeldías en un territorio donde el miedo quería ser dueño de todo.

Gerardo fue el primero en aflojar los hombros. David se pasó una mano por la cara, dejando una mancha de engrudo en la mejilla, Nahuel miraba hacia la avenida como si pudiera atravesarla con la vista. Maxi pateó una piedra que rodó hasta perderse en una boca de tormenta.

Pero Octavio…

Octavio quedó quieto, casi inmóvil, como si escuchara algo que los otros no podían oír.

Le pasaba siempre al final de estas madrugadas: una especie de temblor íntimo, una mezcla de orgullo, vértigo y una nostalgia que no entendía del todo. La clandestinidad, con su ritual de sombras y respiraciones contenidas, lo devolvía a sí mismo de una forma brutal. Como si la noche lo obligara a mirarse sin máscaras.

Cruzó los brazos, sostuvo la mochila con firmeza y respiró hondo. El aire frío le entró como una claridad repentina.

—¿Te pasa algo? —preguntó David en un murmullo.

Octavio tardó en responder. Sacudió la cabeza, apenas.

—No. Estoy bien.

Sólo… pensando.

Pero no era verdad. No estaba “pensando”. Estaba recordando.

Porque en esos silencios, cuando la adrenalina bajaba y la ciudad despertaba como un gigante cansado, su mente siempre lo llevaba al mismo lugar. Al mismo rostro. A la misma madrugada, distinta de todas las demás.

Una madrugada que no tenía engrudo, ni panfletos, ni patrulleros.

Una madrugada que tenía olor a jazmín y humedad de barrio.

Una madrugada que había esperado diez años sin saberlo.

Y mientras los muchachos empezaban a caminar hacia la parada del tranvía, una imagen se abrió paso en su memoria, suave al principio, luego inevitable: la sonrisa exagerada de Romina, sus curvas rebeldes y pronunciadas, la forma en que ella había inclinado apenas la cabeza antes de acercarse. Y ese beso

Ese beso que había esperado toda la adolescencia, toda la juventud, toda la vida.

La ciudad seguía oscura, pero adentro de Octavio algo se iluminaba con una fuerza antigua.

Una luz que no venía de la resistencia, ni de la política, ni de la bronca.

Una luz más íntima, más secreta, más profunda.

La luz de lo que se desea tanto que duele.

Y así, mientras la madrugada se deshacía como papel mojado y los diarios anunciaban el ascenso de Aramburu, Octavio volvió a sentir en los labios la tibieza de aquel beso.

El que esperó diez años.

El que —sin saberlo— lo había preparado para todas las noches clandestinas que vendrían

Porque en las madrugadas del papel, la historia respiraba en voz baja.

Esa misma noche tras dejar la bicicleta en lo de Maxi, Octavio caminó solo, en silencio. La ciudad dormía y el pensaba en otra cosa. Pensaba en ella. En Romina. Y al recordarla la noche dejaba de doler tanto.

Romina

Hubo un tiempo en que el amor no era algo que se gritara en las esquinas ni se escribiera con pintura negra en las paredes como Perón vuelve. Había amores más callados, que no precisaban estallidos, sino presencias constantes, miradas sostenidas en el patio de tierra, en la vereda caliente, en una tarde de barrio que ya no existe.

Octavio conoció a Romina cuando tenía nueve años y ella seis. Vivían uno frente a otro en un barrio obrero del sur de Buenos Aires. Sus casas eran humildes, de ladrillo y cal, con portones de chapa y gallinas que a veces cruzaban la calle. No fue un flechazo ni una revelación divina: fue un gusto que se fue colando con los años, como el perfume del jazmín al atardecer. A esa edad, todo parecía eterno. Ellos jugaban todos los días. Se cruzaban a diario, pero él no se atrevía a decir más de lo necesario.

A los diez, Romina se mudó con su familia a unas seis cuadras. No era lejos, pero para un chico introvertido que empezaba a descubrir que el mundo podía doler, fue un océano. La veía a veces, porque sus primos aún vivían enfrente, y cada vez que la encontraba era como una pequeña tormenta interior. Ella crecía, y con cada año que pasaba, él sentía que la distancia entre ellos también lo hacía pero el sentimiento también iba cambiando.

Octavio era sociable, pero no para el amor. Con los amigos, con los compañeros, no tenía problemas, era extrovertido y gracioso. Pero frente a ella —y frente a lo que ella significaba—, se sentía paralizado. No era timidez común: era el miedo a fallar, a quedar expuesto, a que un “no” lo dejara adolorido, prefería no arriesgar. Su casa, aunque llena de voces, era un lugar donde el amor no siempre florecía. Su familia lidiaba con las sus adicciones y con la desesperanza, y él, como podía, escapaba a la calle, al fútbol, al silencio.

Romina, mientras tanto, tenía novios. Uno, luego otro. Y cuando debutó sexualmente, Octavio lo supo por el primo —el mismo que se lo dijo con una mezcla de crueldad y complicidad, porque sabia de sus sentimientos hacia su prima— No era celos lo que sintió: era un dolor mezclado con angustia, una tristeza que se instaló en el pecho. A veces pensaba que ella sabía lo que él sentía, porque sus ojos lo traicionaban, lo decían todo sin permiso.

Pasaron los años. El barrio cambió, las calles se llenaron de volantes prohibidos, y la juventud empezaba a escuchar tangos que hablaban de traiciones, de esperas, de besos que no llegan. En uno de esos inviernos, con veinte años ya cumplidos y ella diecisiete, una cerveza le aflojó la timidez. Era 2 de julio. Romina estaba sola. Se animó. Le pidió un beso y para salir. Ella dijo que sí. Fue una felicidad breve pero intensa, como los días de sol después de semanas de lluvia. Estuvieron juntos un mes. Luego, un día, ella le dijo que no podía seguir, que aún amaba a otra persona, que él le parecía un amigo, alguien a quien no quería herir y una relación de amistad que no quería romper. Él la entendió, pero dolió.

No fue su primer dolor, ni sería el último. Pero ese se le clavó con una punta distinta.

Una semana después, Romina lo vio pasar por su barrio. Estaba en la vereda con unas amigas. Una de ellas, entre risas, le preguntó si le molestaba que le pidiera permiso para salir con él. Romina dijo que no. Pero algo se le movió por dentro, como cuando a un niño le quitan un juguete que no esta usando pero lo siente suyo.

Días después, ella volvió. Le dijo que quería intentar de nuevo. Que tal vez podían intentarlo. Que había algo en él que no la dejaba irse del todo. Y desde entonces, ya no se fueron.

Octavio, con el tiempo, dudó. Hubo momentos en que pensó que ella había vuelto solo porque quería irse de su casa, escapar de un padre soberbio y autoritario. Hubo momentos difíciles en el matrimonio, momentos de frustración, donde él sentía que no había vivido el noviazgo lo suficiente, que había saltado de no tenerla al compromiso sin la etapa intermedia de las salidas, el cine, las aventuras. Pero el amor no siempre se mide por las historias que uno se perdió, sino por las que se atrevió a construir.

Hoy, más de dos décadas después, Octavio sabe que lo de ellos fue real. Lo es. Con Romina levantaron su casa, trabajaron codo a codo, criaron a sus dos hijos, Daiana y Augusto. Se acompañaron en las buenas, y sobre todo en las malas. Ella se enamoró de un hombre distinto del que había conocido de niños, o mejor dicho, del que no había llegado a conocer, descubrió en él un hombre con determinación, inteligencia y perseverancia infinita, con defectos como todos, defectos, a veces, producto de sus traumas y vivencias, pero por sobre todo una persona resiliente, que no se doblegaba por ninguna adversidad. Y aunque el mundo sigue siendo cruel, injusto, y a veces oscuro, entre ellos aprendieron a inventarse un lugar donde respirar.

No hubo música ni promesas escritas en servilletas. Hubo tiempo, hubo espera, hubo heridas, sí. Pero también hubo algo sagrado: una mirada que no se borró, un recuerdo que no se apagó, una decisión que se tomó dos veces —y ya no necesitó repetirse más.

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