Latifundio, soberanía y violencia estructural:

Latifundio, soberanía y violencia estructural:

Una lectura filosófico-política de La Forestal de Gastón Gori

Por Ariel Acosta

Resumen

El presente trabajo propone una lectura integral de La Forestal. La tragedia del quebracho colorado (1968) de Gastón Gori, interpretando la obra no sólo como reconstrucción historiográfica de un enclave extractivo en el norte santafesino, sino como crítica estructural al régimen de propiedad, al colonialismo económico y a la forma política argentina. Se argumenta que el caso de La Forestal constituye un paradigma de violencia estructural en el capitalismo periférico, donde latifundio, capital extranjero y debilidad estatal configuran un dispositivo de dominación que articula explotación laboral, devastación ambiental y subordinación soberana. El análisis dialoga con categorías de la filosofía política (propiedad y justicia), la sociología del poder (enclave y captura estatal) y la teoría latinoamericana de la dependencia.

Introducción

Publicada en 1968, obra de Gastón Gori constituye uno de los estudios más rigurosos y moralmente incisivos sobre la historia económica argentina del siglo XX. El libro reconstruye la expansión de la empresa británica “Compañía de Tierras, Maderas y Ferrocarriles La Forestal Ltda.”, que llegó a controlar cerca de dos millones de hectáreas en el norte de Santa Fe, explotando el quebracho colorado para la producción de tanino.

Sin embargo, la obra no se limita a describir una empresa forestal: La Forestal se convierte en símbolo de un modelo de país. En palabras del propio texto, la compañía fue “obsesionante símbolo de exterminio de riqueza forestal y de bárbara explotación del hombre”. La hipótesis central de este ensayo es que Gori no narra un episodio aislado, sino que revela la matriz estructural de la Argentina agro-exportadora y dependiente.

Latifundio y régimen de propiedad: una crítica filosófica

Uno de los ejes conceptuales más profundos del libro es la relación entre propiedad de la tierra y forma política. Gori afirma que “la fisonomía política de una nación guarda relación con el régimen jurídico de la tierra”. Esta afirmación trasciende la crónica histórica y se inscribe en una tradición filosófica que vincula propiedad y soberanía.

Desde la filosofía política clásica, la propiedad privada fue defendida como fundamento de la libertad individual (Locke). Sin embargo, cuando el derecho de propiedad se ejerce de manera absoluta y concentrada —como en el latifundio— se transforma en poder de dominación. Gori cuestiona precisamente esa absolutización, señalando que considerar “respetable el derecho de propiedad basado en su ejercicio absoluto” implica colocarse de espaldas a los ideales del pueblo trabajador.

La Forestal no fue simplemente propietaria de tierras: fue propietaria de pueblos, de infraestructura, de trabajo y de la vida social. La concentración territorial devino concentración de poder. Así, la obra revela la paradoja del liberalismo periférico: mientras proclama libertad formal, consolida despotismos económicos privados.

Enclave extractivo y colonialismo económico

Desde una perspectiva sociológica, La Forestal constituye un caso paradigmático de economía de enclave. La empresa organizó pueblos enteros alrededor de sus fábricas de tanino, controló el trazado urbano, los servicios públicos y hasta el orden institucional. Los llamados “intendentes forestales” ejercían funciones que correspondían al Estado, incluyendo desalojos y decisiones cuasi judiciales.

La estructura económica era monocultural y dependiente de la exportación. La riqueza forestal salió del país sin generar un desarrollo sustentable regional. Cuando el quebracho comenzó a agotarse, la empresa levantó instalaciones, vendió materiales y dejó tras de sí desocupación y vaciamiento.

Esta dinámica se corresponde con lo que la teoría latinoamericana de la dependencia caracterizaría como transferencia de valor desde la periferia hacia el centro. El capital extranjero, aliado con sectores conservadores locales, consolidó una estructura de subordinación económica. Gori denuncia esa alianza explícitamente, vinculando capital extranjero, oligarquía local y apoyo estatal.

La Forestal aparece entonces como microcosmos de un orden colonial moderno: no se trata de dominación formal, sino de soberanía limitada mediante poder económico.

Violencia estructural y disciplinamiento social

La obra describe condiciones laborales extremas en los obrajes: precarización, endeudamiento permanente, control moral y represión directa. Durante la huelga de 1921, la empresa permitió el uso de armas de fuego contra trabajadores organizados.

Existían dos tipos de trabajadores hacheros y obrajeros, quienes vivían junto a sus familias en condiciones deplorables. Sin ningún tipo de derechos laborales, razones que hicieron de caldo de cultivo para futuras rebeliones.
La violencia no fue episódica, sino estructural. Operaba en múltiples niveles:

  1. Económico: salarios bajos, dependencia absoluta del patrón.
  2. Social: pueblos enteramente subordinados a la empresa.
  3. Simbólico: prohibición de símbolos obreros y disciplinamiento moral.
  4. Político: consentimiento o pasividad estatal.

Gori desmonta además los discursos que culpabilizaban a los trabajadores por su pobreza, atribuyéndola a “atavismos” o costumbres culturales. Este mecanismo sociológico es clave: naturalizar la explotación como rasgo moral del explotado. Se trata de una forma temprana de lo que hoy llamaríamos producción ideológica de la desigualdad.

En este punto, la obra anticipa categorías contemporáneas como “violencia estructural” o “gubernamentalidad privada”: el poder empresarial produce subjetividades, regula conductas y define el horizonte de vida posible.

Progreso, modernización y mito civilizatorio

Uno de los aportes más significativos del libro es su crítica al mito del progreso. La empresa se presentaba como agente civilizador: construía infraestructura, instalaba alumbrado eléctrico y desarrollaba servicios urbanos. Sin embargo, esa modernización estaba subordinada al cálculo de lucro y al agotamiento del recurso.

La crítica de Gori se dirige contra una racionalidad instrumental que identifica desarrollo con acumulación. El progreso técnico sin justicia social deviene devastación ambiental y degradación humana. La destrucción del bosque y la destrucción del hombre aparecen como procesos paralelos.

Así, el libro introduce una temprana sensibilidad ecológica y una crítica a la modernización extractivista que resulta plenamente vigente en el siglo XXI.

Soberanía, Estado y captura institucional

El Estado argentino aparece en la obra como incapaz —o renuente— a limitar el poder empresarial. La situación fue “consentida por los poderes públicos”, señala el texto. Legisladores y funcionarios visitaban las instalaciones lujosas de la empresa mientras ignoraban la miseria obrera.

Aquí emerge el problema de la captura estatal. La Forestal no sólo explotaba recursos; influía en decisiones fiscales, obtenía ventajas impositivas y predominaba en las esferas oficiales. La soberanía nacional quedaba erosionada por intereses privados.

En este sentido, Gori inscribe el caso en un problema estructural más amplio: la persistencia del latifundio como base material de una forma política oligárquica. Mientras no se transforme el régimen de la tierra, sugiere el autor, no se transformará la estructura política del país.


Conclusión

Trabajo, soberanía y democracia en la Argentina contemporánea

La lectura de La Forestal en clave de trabajo y soberanía permite advertir que el conflicto entre capital concentrado y regulación estatal no constituye un episodio clausurado del pasado, sino una tensión estructural persistente en la historia argentina. El enclave forestal santafesino mostró que allí donde el poder económico organiza integralmente el territorio, el trabajo y la institucionalidad local, la soberanía estatal se vuelve formal y la democracia pierde densidad material.

La huelga de 1921 reveló que la cuestión laboral era, en realidad, una cuestión política. Defender el salario y las condiciones de trabajo implicaba disputar los límites del poder privado en un espacio donde la empresa ejercía funciones cuasi estatales. El conflicto no era meramente distributivo; era institucional. Lo que estaba en juego no era sólo el ingreso, sino la autoridad porque la no intervención significó el abandono de los trabajadores de la empresa británica.

En la Argentina contemporánea, el debate sobre reformas laborales reabre esa tensión histórica. En un contexto de alta concentración económica y creciente incidencia de actores financieros y corporativos en la orientación de la política pública, la flexibilización laboral no puede analizarse como ajuste técnico aislado. Opera sobre una estructura previamente desigual y reconfigura el equilibrio de poder entre capital y Estado.

La experiencia histórica de La Forestal demuestra que cuando el trabajo es concebido exclusivamente como variable de competitividad, la relación entre capital y Estado tiende a reorganizarse en favor del primero. La soberanía no se agota en la capacidad formal de decidir en el plano internacional; se expresa en la capacidad efectiva de regular el mercado de trabajo y establecer límites al poder económico concentrado. Cuando esa capacidad se debilita, la soberanía se transforma en retórica jurídica mientras el poder real se desplaza hacia quienes controlan los recursos estratégicos.

La historia argentina muestra que los momentos de ampliación de derechos laborales coincidieron con afirmaciones de autonomía estatal y ampliaciones de ciudadanía social, mientras que los ciclos de retracción acompañaron procesos de subordinación estructural y concentración económica. No se trata de una correlación contingente, sino de una relación profunda entre trabajo y democracia.

Desde esta perspectiva, el debate actual no es únicamente jurídico ni técnico. Es una discusión sobre la arquitectura del poder en la Argentina, sobre la densidad de su democracia y sobre el tipo de soberanía que se pretende sostener. La desregulación en contextos de asimetría no produce neutralidad institucional; produce desplazamiento del poder.

La Forestal permanece, entonces, como advertencia histórica y como criterio de juicio. Allí donde el capital logra organizar el territorio sin contrapesos efectivos, la democracia se vuelve procedimental y la soberanía se vacía de contenido material. El trabajo no es sólo un factor productivo: es un límite político al poder económico.

Ignorar esa dimensión implica repetir, bajo nuevas formas normativas y discursivas, la lógica del enclave: territorio subordinado, institucionalidad condicionada y ciudadanía debilitada.

La pregunta que deja abierta Gori no es retórica: ¿puede existir soberanía plena allí donde el trabajo se reduce a variable de ajuste?

Si la historia del quebracho colorado ofrece alguna enseñanza duradera, es que allí donde el trabajo pierde centralidad como principio de organización social, la democracia comienza a erosionarse desde adentro.

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