«Cuando los nadie encendieron la ciudad»

«Cuando los nadie encendieron la ciudad»

Capítulo 2

Los brazos partidos del dolor
Memorias de la resistencia
Un novela histórica de Martín Favale.

La calle principal de Barracas. Empedrado grueso, las vías del tranvía como cicatrices de hierro. Al fondo, el frigorífico se erguía sobre Montes de Oca, con su silueta de ladrillo y humo. Era 21 de septiembre de 1955. El frío mordía la mañana como si el invierno no quisiera soltar su presa. El perfume tímido de la primavera apenas se insinuaba, mezclado con el hedor impregnante de la carne y el espeso tufo de las fábricas.

Muy temprano, como cada día, las mujeres del barrio caminaban juntas con baldes y fuentones, algunas con sus hijos pequeños colgando de sus manos, los niños más grandecitos corriendo en grupos hasta los piletones que el gobierno había construido en la bajada del tanque de agua. Allí, el agua bajaba con fuerza por las cañerías y el chorro helado les golpeaba los brazos. El aire estaba impregnado del olor de la sangre seca, pegajoso en la garganta. La tela áspera de los delantales, endurecida por la mugre de la carne muerta, les raspaba las manos. Algunas reían y se consolaban inventando competencias, como siempre, para ver quién heredó la mejor fórmula de lavado y quién dejaba más blancos los hilos. Pero esa mañana nadie reía: las noticias eran malas y esperaban peores. Se miraban en silencio, con los ojos cargados de preguntas que nadie se atrevía a poner en palabras.

Romina estaba allí, arremangada, restregando ropa. Era la esposa de Octavio, que también trabajaba en un frigorífico, aunque no en el del barrio. El suyo era el Lisandro de la Torre, más lejos, en Mataderos. Un frigorífico nacional, de propiedad del Estado, donde trabajaban casi ocho mil obreros. Romina sabía de memoria la historia de ese nombre: Lisandro, el senador que en los 30 había denunciado los negociados de la carne, hecho por el cual atravesó un intento de asesinato en las mismísimas entrañas del senado, cual Julio Cesar ante el senado conspirativo de Roma, pero en lugar de puñaladas estas fueron balas y de las cuales lo salvó su compañero de bancada Enzo Bordavere quien recibió los disparos por él, años más tarde, Lisandro se asqueó de tanta corrupción y decepción, en 1939 terminó pegándose un tiro. “Se pegó un tiro porque ya no podía más”, decía Romina entre un golpe y otro de jabón, como si el recuerdo se mezclara con la espuma, ella se había hecho aficionada a la Historia escuchando a su esposo Octavio, quien era un fanático autodidacta en la materia y se indignaba con cada conocimiento de la triste historia de los de los pocos que quieren cambiar algo. Eran en la casa de Romina y Octavio que los Amigos se juntaban todos los fines de semana. Ellos se conocieron de muy chicos y compartieron la infancia en esas calles de tierra y potreros de Barracas, Octavio siempre se sintió atraído hacia ella pero no se animó a declarársele sino hasta los 20 años, cuando Romina tenia 17, si bien ella lo veía como un amigo decidió darle una oportunidad. Y aun siguen juntos a pesar de todos los obstáculos.

Era una de las casas del barrio donde Octavio y sus amigos se juntaban en una buhardilla a jugar al truco. O a hablar de política. Al principio la timba primaba. Pero desde esa noche, la política le iría ganando terreno hasta casi desalojar al mazo de la mesa.

Ese barrio, como tantos otros de Buenos Aires, había dado refugio a la Europa expulsada por las guerras. Italianos, polacos, españoles. Pero también criollos de generaciones viejas, venidos del interior. Ese septiembre del 55, la defensa era contra el ultraje a la dignidad que el peronismo les había dado. En ese lugar se hermanaban todas las rebeldías del viejo mundo: los anarquistas contra la oligarquía, los partisanos italianos contra Mussolini, los sobrevivientes del Holocausto, los guerrilleros yugoslavos del general Tito, la memoria de Jean Moulin y la resistencia francesa. La llama de la resistencia latía en sus antepasados, como aquellos obreros ferroviarios que durante la guerra desviaban trenes, volaban puentes y mataban guardias del Reich en medio de los bosques. En la buhardilla, algún viejo banderín descolorido o un libro en francés comprado de segunda mano eran las reliquias mudas de esas historias.

Por aquellos días, en los barrios, se escuchaba bajito el rezo de algunas mujeres. Murmuraban plegarias mientras adornaban con flores las fotos de Perón y de Evita. La de Evita, con ese vestido blanco, tenía los bordes doblados de tanto besarla y llorarla. Era más invierno que nunca, y la primavera parecía haberse quedado del otro lado del río, allá en el norte.

Esa noche, en la buhardilla, una radio mal sintonizada intentaba dar la noticia: estado de sitio. Entre la estática, como un fantasma, se colaba una voz lejana:

Caminito que el tiempo ha borrado,

que juntos un día nos viste pasar…

he venido por última vez,

he venido a cortarme el mal…

ya nombramos a David, Gerardo y los anfitriones, Octavio y su esposa Romina. El cuarto amigo del grupo era Maxi. Tenía 25 años y la oportunidad, rara en esos barrios, de estudiar Filosofía en la universidad. Su padre trabajaba en la fábrica textil de Barracas desde los 20, su madre en Radio Serra desde los 18, en la calle Membrillar. Habían heredado una pequeña casa y, con las máquinas de coser que el gobierno les había dado, montaron un taller familiar que usaban los fines de semana. Ese taller y el esfuerzo de los padres les habían dado una vida “un poco más acomodada «que al común de la gente del barrio.

Aunque las máquinas vinieron del gobierno, la familia no sentía que “debiera favores”. Trabajaban duro y creían que era su propio mérito el que los había llevado a ese lugar. Maxi tenía un solo hermano, lo que le permitió estudiar sin trabajar hasta terminar la carrera.

La universidad, sin embargo, era otro mundo. Allí el antiperonismo era palpable. Para muchos estudiantes, Perón era “otro Hitler”; para los más progresistas, un Bonaparte que frenaba la revolución del proletariado integrando a los obreros en el bienestar. “Como sentenciaba Marx en sus escritos”, repetían, como un conjuro. Los obreros peronistas, para ellos, eran “pobres engañados por un demagogo”. Maxi escuchaba esas ideas en las aulas, pero algo no cerraba: no podía ignorar la vida real de los obreros que conocía. Allí conoció David, compañero de facultad, que lo empujó a acercarse a ideas más ligadas a un socialismo nacional. Lo invitó una noche a la casa de Octavio. Y allí Maxi conoció al resto del grupo. Por su parte a David quien lo trajo al grupo fue Gerardo, quien era vecino y amigo de Octavio y romina.

Gerardo y David trabajaban en la metalúrgica SIAM (Sociedad Industrial Argentina de Máquinas), en Montes de Oca 2300. Allí se fabricaban maquinarias, estructuras metálicas, herramientas. Gerardo era el más católico del grupo, de misa en familia los domingos y recibía muy seguido en su casa al padre Ariel. Sin embargo, últimamente algo lo carcomía, su fe estaba quebrantada, sus creencias debilitadas; no entendía por qué la Iglesia se había vuelto enemiga del gobierno que, hasta no hacía mucho, los curas bendecían, Peron fue el único que se preocupó por los trabajadores, por primera vez ellos sentían que había un Estado que los cuidaba, que legislaba en favor de ellos, en esta última década cientos de miles de trabajadores conocieron la costa argentina, tuvieron vacaciones, VACACIONES, concepto totalmente impensado décadas atrás, que un trabajador pueda vacacionar en mar del plata también escandalizó a las familias de clase alta y media alta que tuvieron que cruzarse en la bristol a sus empleados, era algo tan grotesco que a los pocos años comenzaron a cambiar su destino turístico por punta del este.

El último en llegar al grupo fue Nahuel. También trabajaba en el frigorífico Lisandro de la Torre, junto con Octavio. Nahuel era un estudiante frustrado: soñaba con la universidad, pero de chico tuvo que trabajar para ayudar a su madre viuda. Él era el mayor de cinco hermanos. Tenía una promesa guardada como un talismán: con el ascenso que le daría el próximo convenio colectivo, el año que viene, al fin podría estudiar, pudiendo dejar de hacer horas extras. Ese ascenso se iba a retrasar ahora que ya no estaba Perón y los convenios colectivos de trabajo no eran respetados por el patrón. A veces, en silencio, se quedaba mirando el tranvía rumbo al centro, como si pudiera subirse y no volver. Octavio lo convenció de Estudiar Historia con el, sus apuntes y resúmenes le podrían facilitar el estudio ya que ahora no podía dejar de hacer horas extras.

En cuanto a Octavio, el anfitrión de la buhardilla junto con Romina. Era el más extrovertido. El del chiste y el sarcasmo siempre a mano.

Su infancia había sido una trinchera, su madre y su padrastro tenían un fuerte problema de adicción al alcohol, y además el padrastro era un delincuente, a veces estafador, a veces ladrón, la violencia verbal se daba lugar en todo momento y se despreocupaban por la parte afectiva de los hijos, si bien jamás les faltó un plato de comida, ropa o juguetes les faltó lo más esencial, Consejos, cariño, charlas, abrazos y un ejemplo moral al que aferrarse. Su madre se había separado de su padre estando embarazada del segundo hijo. Cuando Martín tenía seis años, la vio convertirse en sostén de la familia por un tiempo, hasta que conoció a ese hombre que trajo las adicciones, los insultos, malestares y gritos a la casa. Hubo allanamientos. Hubo cárcel. Hubo desazón. Su mamá los amaba profundamente, pero la adicción la alejaba de la posibilidad de demostrárselo con regularidad, no podía controlarlo, era mas fuerte que ella, se perdía dia tras dia de disfrutar de sus hijos que tanto amaba, a veces las adicciones nos hacen perder de los momentos de la vida con nuestros seres queridos. Octavio nunca entendió por qué su madre, siendo una mujer activa y trabajadora, se entregó a esa vida de vicios. Cuando ella y su pareja salieron de la cárcel, él tenía 14. Para entonces, un conocido lo había ayudado a entrar al secundario. Esa fue su tabla de salvación. No tenía que trabajar para mantener a sus hermanos, así que eligió no estar en su casa, la calle y la escuela fueron su refugio.

Su adolescencia fue un eterno escape de su casa. Nunca faltaba a clases. Jugaba al fútbol hasta el anochecer. Se juntaba en casa de sus compañeros a hacer tareas, cualquier cosa para no volver a los gritos, insultos y el alcohol. Se convirtió en buen alumno —no ejemplar, porque no lo era—, pero siempre el que hacía reír a todos y el que hacia el esfuerzo final para aprobar todas las materias con el único fin de no separarse de sus amigos de la secundaria. Terminó la secundaria en 1949.

Una tragedia familiar tuvo que suceder para que su madre dejara su adicción y cambiara de raíz las relaciones familiares, uno de los hermanos de Octavio se suicidó y desató todos los infiernos contenidos en el seno de la familia, tragedia que sumió en angustia a todo el entorno familiar pero que los sacó a casi todos de las adicciones.

Para alejarse, buscó trabajo y se anotó en un profesorado de Historia, aunque no pudo culminarlo porque no les daban los tiempos para trabajar y estudiar a la vez, más cuando Romina le dijo que estaban esperando un hijo. El día entero se le iba entre el frigorífico, y la biblioteca. Allí, entre fardos de carne y pilas de libros, conoció a Nahuel, en el frigorífico más imponente del país.

En la radio de la buhardilla escuchaban las noticias. En su proclama revolucionaria, el nuevo presidente habló con solemnidad desde el balcón de la Casa de Gobierno. La brisa fresca agitaba suavemente las banderas mientras una multitud contenida escuchaba en silencio expectante.

—Sepan los hermanos trabajadores —dijo, con voz firme y resonante—, que comprometemos nuestro honor de soldados en la solemne promesa de que jamás consentiremos que sus derechos sean cercenados. La revolución no se hace en provecho de partidos, clases o tendencias. Se hace para restablecer el imperio de la ley. Propongo la conciliación de los argentinos bajo el lema: “ni vencedores ni vencidos”.

A su lado, el almirante Isaác Rojas mantenía la mirada fija en el horizonte, los ojos fríos y duros como acero templado. Sus labios se apretaban en una línea tensa, mientras la multitud vitoreaba con un fervor que él juzgaba peligroso. Sus manos, firmes sobre la baranda de hierro, no temblaban.

Esa misma noche, la penumbra envolvía una antigua casona de Recoleta. Las persianas bajadas y la tenue luz de una lámpara de querosén apenas disipaban las sombras. En el salón principal, la madera crujía bajo el peso de la historia y los secretos. Un aroma a incienso viejo se mezclaba con el humo espeso de los cigarrillos que algunos oficiales exhalaban sin prisa.

Un reducido grupo de hombres se había congregado: oficiales de la Marina y un pequeño círculo de obispos pertenecientes a una organización secreta llamada La “Ciudad Católica”. La tensión flotaba en el aire como electricidad antes de la tormenta.

El capitán que habló primero tenía la voz grave y pausada, como quien mide cada palabra antes de lanzarla al vacío. Sus ojos, encendidos por la determinación, recorrían a cada uno de los presentes.

—Señores —dijo—, propongo hundir la cañonera y terminar con Perón. Después, se piden disculpas al gobierno paraguayo. No podemos permitirnos la posibilidad de un retorno del tirano.

Un silencio cortante siguió a sus palabras. El roce de las sillas y el tintinear de una copa rota rompieron momentáneamente la quietud. Otro marino, más joven y nervioso, se inclinó hacia la mesa, dejando caer su propuesta en un susurro cargado de urgencia:

—O podríamos capturarlo. Un operativo comando. Lo sacamos de su refugio, lo traemos y… lo eliminamos.

La mirada del almirante Videla se clavó en ese joven, y el aire pareció espesarse. Con voz baja, medida, fría, el veterano contestó:

—No lo creo prudente aún. Esperemos. No vaya a ser cosa que convirtamos a un tirano en mártir. Perón muerto podría desatar algo peor: que nos devoremos entre nosotros.

Sus palabras quedaron suspendidas en la habitación, como un eco reverberando contra las paredes de madera oscura.

Monseñor Lefevré, encorvado y con el rostro marcado por los años, alzó la vista desde su libro de oraciones. La luz parpadeante de la lámpara iluminaba su rostro pálido, resaltando las arrugas y las venas finas de sus manos alzadas.

—Mi estimado almirante —dijo con voz solemne—. Hay cosas que podemos hacer mientras el destino del tirano se decide. El problema no es sólo Perón. El problema, y más grave aún, es que en este país ya tenemos curas comunistas. ¿Y sabe cómo se salva el alma de un cura comunista? —hizo una pausa, dejando caer la sentencia con la gravedad de un juicio final—. Matándolo. Tenemos que evitar a toda costa que el peronismo termine convirtiéndose en comunismo

El murmullo de aprobación fue contenido, como si cada hombre guardara sus palabras para no perturbar el misterio.

El francés Georges Grasset, recién llegado del otro lado del Atlántico, reposaba la barbilla en una mano enguantada, sus ojos oscuros brillaban con un fuego frío. Su acento impregnaba cada frase con un ritmo calculado.

—Muy cierto, monseñor. Nuestra tarea inmediata no es sólo eliminar a Perón: es erosionar la conciencia de las masas. Debemos “desperonizar” el alma del pueblo. El bajo pueblo es profundamente creyente. Y no podemos permitir que sean adoctrinados por sacerdotes zurdos.

Con un movimiento lento, comenzó a dibujar en el aire un esquema invisible, como un general trazando un plan de batalla.

—Podemos trabajar juntos: cursos contrarrevolucionarios, vicarios castrenses que adoctrinen al Ejército con una fe nueva, sólida, integrista. Un credo nacionalista, católico, antiliberal, anticomunista, antimasónico y, por supuesto, antisemita.

Su voz bajó a un susurro ominoso.

—Después de todo, el Ejército mismo tiene peronistas. No podemos permitirlo. Hay que desperonizarlo todo: al Ejército, al país entero, como marca su historia y su constitución. Extirpar el ateísmo, erradicar la herejía. Restablecer la ley.

Lefevré asintió lentamente, como un predicador que ve la voluntad divina manifestarse.

—Gracias a nuestra fe en Cristo, y a Nuestra Señora del Rosario —dijo—, a quien el general ha ofrecido nuestra espada, hemos triunfado. Por un milagro, señores.

Sus ojos se elevaron al techo oscuro, como buscando la aprobación del cielo.

—Sobre el pecho de los soldados y de los civiles, en las alas de los aviones, en las baterías de artillería, ya se ha visto aparecer una nueva insignia: una cruz y una V. Christus vincit. Cristo vence.

Videla apretó con fuerza los puños sobre la mesa, dejando escapar un suspiro contenido.

—De todas maneras —dijo con voz firme—, no está de más que sientan la amenaza. Voy a preparar a los marinos. Señores, espero que estas reuniones sigan siendo fluidas y fructíferas. Nuestro propósito es claro. Y el tiempo, señores… el tiempo siempre corre a favor de los que saben esperar.

En Argentina, existe una alianza sagrada entre obispos y militares. Desde 1930 los obispos forman un movimiento que bautizaron “Restauración”, cuyo himno comienza “Con la cruz transformada en espada, restauraremos la fe de la nación…

Desde 1955 los partidarios de la alianza entre la cruz y la espada ocupan altos rangos.

Por esos días confusos, en Buenos Aires, otro escenario se repetía: un bar de Parque Patricios, oscuro y con olor a tabaco y café rancio, se había convertido en el segundo punto de encuentro del grupo, si los fines de semana se encontraban en casa de Octavio, los días de semana era ese bar su Ágora. Allí, entre vasos de ginebra, dados y timba, se mezclaban las ideas: filosofía mal aprendida, fragmentos de textos anarquistas, panfletos comunistas.

La mayoría de lo que llegaba a sus oídos tenía un tinte socialista, radical. Pero los roces eran inevitables. Y en una de esas discusiones.

—¿Cómo puede ser, carajo? —explotó David, golpeando la mesa con el puño, derramando un poco de ginebra—. Todos estos comunistas y anarquistas que juraban defender al pueblo… ¡cuando llegó la Libertadora salieron a festejar! Hijos de puta, no entienden nada.

Hubo un silencio incómodo. Uno de los muchachos giró los dados sobre la mesa, como si ese sonido pudiera tapar lo que acababan de escuchar. Pero el aire estaba cargado de bronca.

—Para ellos Perón era conciliador de clases, un reformista más —dijo alguien en voz baja.

—¡Conciliador de clases! —bufó David—. ¿Y quiénes dieron el golpe, eh? ¡Los mismos de siempre! La rancia oligarquía, los explotadores de toda la vida. ¿Y ellos aplauden?, marchan de la mano de los verdugos, no se la jugaron por el pueblo

Las palabras quedaron flotando como una nube de humo. Afuera, la noche se estiraba, indiferente.

Mientras tanto, en otras partes de la ciudad, en la parte más paqueta, la escena era muy distinta. Muchas familias recibían con regocijo las noticias: los balcones se llenaban de banderas celestes y blancas, y el 16 de septiembre ya era proclamado, entre brindis y rezos, “el día de la libertad”.

Liberadas, decían, “de las negradas y sus pies sucios en las fuentes de la patria”. Las palabras salían cargadas de un desprecio antiguo, el mismo que se había vuelto fuego en las calles. El “aluvión zoológico” —como lo llamaban en los cafés del centro— ya no tomaría la plaza. Y esa misma noche, un poco borrachos, derribaron bustos del “tirano” y de su esposa, “la Eva muerta, la perona”.

Las fogatas iluminaron las calles. En las iglesias, los fieles escuchaban las oraciones de sacerdotes antiperonistas, como el padre Cagianno, que desde el púlpito proclamaba:

—Yo elijo los desprecios en vez de los honores. Por caminar despreciado, elijo ser mal considerado… Dejo mis opiniones para seguir siempre dispuesto a la verdadera esposa de Cristo: la Iglesia.

El murmullo de la misa se mezclaba con los rumores de la calle.

El padre Cagianno recordaba haber estado la noche anterior junto al general Lonardi. Contaba, con el brillo de quien cree ser parte de la historia, cómo a las dos de la mañana del 16 “se produjo el levantamiento tal como se había planeado, con todo éxito, en la escuela de artillería”.

—Hemos derribado la tiranía —sentenciaba, y los feligreses asentían, algunos con fervor, otros con alivio.

Al día siguiente, una multitud fervorosa se reunió en la Plaza de Mayo, agitando banderas con el símbolo de “Cristo vence”: una “V” y una cruz sobre un fondo blanco y amarillo. El aire olía a incienso y a humo de papeles quemados. No era la misma multitud que había colmado la plaza en tiempos de Perón, pero ocupaban ese espacio con una alegría que se sentía agresiva para quienes habían quedado del otro lado de la historia.

Ese mismo día, David y Gerardo volvían de la fábrica. Caminaban en silencio, con los hombros encorvados, arrastrando el cansancio del trabajo y algo más pesado: la sensación de que el mundo había cambiado para peor.

Recorrieron las calles del barrio, fijándose en cada techo. Ahí estaba la bandera argentina flameando en casas donde sabían que había peronistas de toda la vida. “Se dieron vuelta”, pensó David, y sintió un hueco en el estómago.

Lo que más los golpeó fue ver que la unidad básica se había convertido en una sede del Partido Demócrata Cristiano. Era como si el peronismo hubiera sido una enfermedad, una peste que había que erradicar y ahora todos actuaran como si jamás la hubieran tenido por miedo a contagiarse de nuevo.

De regreso a casa, una caravana de autos los sorprendió.

Avanzaba lenta, pero ensordecedora, a puro bocinazo. Las banderas argentinas ondeaban junto a las del Vaticano… y las del Partido Comunista.

—Mirá, mirá eso —dijo Gerardo, con los dientes apretados—. Todos juntos, festejando.

Los rostros en los autos parecían radiantes, satisfechos. Los bocinazos eran carcajadas metálicas. David sintió un calor en la cara, mezcla de rabia y vergüenza.
—Mirá cómo sonríen —susurró, casi para sí mismo.

Apretaron los puños. Les brotaban insultos entre los dientes, pero nadie les prestaba atención. Para los de la caravana era un día de fiesta, y no iban a empañarlo persiguiendo a dos hombres de mirada oscura y labios tensos.
David y Gerar caminaron en silencio. Cada bocinazo parecía un golpe en el pecho.

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