Navidad y esperanza

Navidad y esperanza

El Papa Francisco, se refería al origen del pesebre como un relato fundacional que nos enseña sobre la humildad y el asombro. Inspirado en su visita a Greccio, lugar del primer belén, escribió sobre ello en su Carta Apostólica Admirabile signum y lo ha reiterado en su catequesis.1

San Francisco de Asís, tras visitar Tierra Santa, quiso en 1223 «celebrar la memoria del Niño» y «contemplar… lo que sufrió en su invalidez de niño», recreando la escena de Belén para suscitar el asombro ante la pobreza y humildad de Dios2.

El Primer Pesebre, con la ayuda de un hombre llamado Juan, prepararon un pesebre con heno, un buey y un asno en una gruta. La gente acudió con antorchas y, al contemplar la escena, experimentó una alegría indescriptible. Francisco destacó que aquel belén (en Greccio), sin figuras, «fue realizado y vivido por todos los presentes», subrayando su su carácter comunitario y vivo, las personas antes que las cosas.

Para muchos e nosotros, la navidad nos vincula a la memoria autobiográfica, los aromas, frases, sabores y la espiritualidad. Esto sugiere una base para el llamado «espíritu navideño». Cada Navidad funciona como un pliegue del tiempo. El presente no se impone sobre el pasado: lo roza. Una canción, una mesa familiar, una frase dicha “como siempre” hacen que irrumpan escenas de otras épocas —infancias, personas que ya no están, casas que dejaron de existir— no como recuerdos ordenados, sino como sensaciones superpuestas. La autobiografía aparece fragmentada, pero intensamente viva.

Hay algo singular en esta temporalidad, la Navidad no invita a recordar “lo que pasó”, sino cómo éramos cuando eso pasó. El yo adulto se encuentra con versiones anteriores de sí mismo. Por eso puede ser una fecha luminosa o dolorosa, porque no permite olvidar del todo. Nos recuerda que somos continuidad, pero también pérdida.

Las Navidades en la Argentina nunca fueron del todo privadas. Aun cuando se viven en el espacio doméstico, siempre estuvieron atravesadas por la política, por el clima social, por la relación entre el Estado y el pueblo, por la esperanza o el desencanto de cada época. En nuestro país, la Navidad no es solo un rito religioso o familiar, es también un termómetro del lazo social.

La Navidad como escena de igualdad (o su promesa)

En la tradición popular argentina, la Navidad fue pensada —al menos simbólicamente— como un momento de suspensión de jerarquías. La mesa compartida, el brindis colectivo, el deseo de “pan en todas las mesas” condensan una idea profundamente política: que nadie debería quedar afuera, al menos esa noche.

No es casual que durante el primer peronismo, con Juan Domingo Perón y Eva Perón, la Navidad se convirtiera en una escena pública de redistribución y reconocimiento: juguetes, sidra, pan dulce, vacaciones pagas. Más que caridad, se buscaba dignidad. La Navidad no como limosna, sino como derecho al descanso y a la alegría.

Dictaduras: Navidad y silencio

Durante los años de dictadura, la Navidad adquirió un tono sombrío. Las mesas familiares convivían con ausencias forzadas, con el miedo, con el silencio impuesto. El discurso oficial hablaba de “paz” y “orden”, mientras la realidad social estaba atravesada por la violencia estatal.

En ese contexto, la Navidad funcionó como una memoria incómoda: el contraste entre el mensaje de amor y una sociedad fracturada. Muchas familias recuerdan esas noches como momentos de tensión, donde lo que no se decía pesaba más que lo que se celebraba.

Democracia, crisis y mesa vacía

Con el regreso de la democracia, la Navidad volvió a cargarse de expectativas, pero también de frustraciones recurrentes. En las crisis económicas —hiperinflación, 2001, y las más recientes— la pregunta política se volvió concreta: ¿Quién puede celebrar y quién no?

En la Argentina, la Navidad es política porque expone la desigualdad sin maquillajes. Cuando faltan el trabajo, el ingreso o la perspectiva de futuro, el ritual se resquebraja. La mesa vacía no es solo un problema privado: es un síntoma social.

La Navidad como discurso

En los últimos años, la Navidad también fue capturada por ciertos discursos que la vacían de su dimensión colectiva. Se la reduce a esfuerzo individual, a mérito, a consumo o a resignación. Se le pide a los que menos tienen “austeridad espiritual”, mientras otros celebran sin límites.

Ahí la Navidad deja de ser encuentro y se transforma en pedagogía de la desigualdad: cada uno celebra “según lo que le tocó”, como si lo social no fuera resultado de decisiones políticas.

Persistencias populares

Sin embargo, algo persiste. En los barrios, en las mesas largas improvisadas, en los fuegos artificiales (hoy puestos en tela de juicio), en la música que suena fuerte, la Navidad sigue siendo un acto de resistencia simbólica. Una forma de decir: todavía estamos acá, todavía somos comunidad.

En la Argentina, la Navidad no es neutral. Cada año reactiva una pregunta profundamente política:
¿qué tipo de sociedad somos —y queremos ser— cuando llega el momento de celebrar juntos?

Porque, al final, la Navidad no revela solo nuestras creencias religiosas, revela nuestra idea de justicia, de dignidad y de destino común.
Por esta muchas otras razones, dejemos que la rosca sea para la pascua, en navidad, pedimos esperanza y justicia social. !Feliz navidad!

    Sin embargo, algo persiste. En los barrios, en las mesas largas improvisadas, en los fuegos artificiales (hoy puestos en tela de juicio), en la música que suena fuerte, la Navidad sigue siendo un acto de resistencia simbólica. Una forma de decir: todavía estamos acá, todavía somos comunidad.

    1. 1Carta apostólica Admirabile signum del Santo Padre Francisco sobre el significado y el valor del Belén, 01.12.2019 ↩︎
    2. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2019/12/01/bele.html ↩︎

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