
Al intentar analizar los problemas que aquejan a la educación estatal —especialmente aquellos relacionados con el nivel o la calidad con la que egresan nuestros estudiantes, objeto de una estigmatización creciente, más aún en estos tiempos políticos en los que todo lo público se pone en cuestión— creo que es fundamental comenzar a enfrentar las críticas duras que muchos prefieren evitar.
A la teoría de quienes escriben cómodamente desde un escritorio sobre cómo debería ser la educación, podríamos contraponerle un enfoque realista, casi maquiavélico, basado en el «cómo es» realmente.
Muchas personas que atravesaron la escuela secundaria en las décadas del 70, 80 y primeros años de los 90 sostienen —no sin razón— que el nivel educativo de la escuela pública era incluso superior al de muchas instituciones privadas. Se egresaba con una preparación suficiente como para ingresar a la universidad sin mayores sobresaltos.
Esto es cierto y difícilmente discutible. Las escuelas estatales, y en particular las escuelas nacionales que fueron provincializadas con la reforma federal menemista, ofrecían un nivel académico superlativo. Las escuelas privadas funcionaban para el estudiante que fracasaba en la publica y su papá le pagaba la privada para que pueda tener el titulo. Algo similar a lo que pasa hoy en muchas universidades privadas. Hace poco, un director de una escuela en la que trabajo me contaba que egresó en 1998 de la Escuela Nacional Comercial y Bachiller Argentina (ENCyBA 1) de González Catán, y que logró aprobar el CBC en la Universidad de Buenos Aires «de taquito». Yo terminé un año después en esa misma institución y puedo dar fe de ese nivel académico del que hablaba.
Ahora bien, ¿qué ocurrió en estas décadas? ¿Cómo fue posible un deterioro tan marcado en la calidad educativa? ¿Dónde debemos centrar el análisis para entender esta realidad?
Podemos encontrar una respuesta en un punto tan clave como sensible, que debe explicarse con mucho cuidado para evitar malentendidos y malas interpretaciones. El secundario del que habla ese director —y que muchos pudieron transitar antes del cambio de milenio— era un secundario exclusivo y expulsivo. Sus estudiantes eran, en su gran mayoría, hijos de familias de clase media, con cierto grado de estabilidad económica, emocional y social. No atravesaban las situaciones estructurales que hoy afectan a gran parte del estudiantado: violencia, adicciones, hambre, desempleo. Y esto sin considerar que recién comenzaban a hacerse sentir los efectos de la destrucción económica y el genocidio industrial impulsado durante la década neoliberal de los 90.
Estos estudiantes contaban con familias que los acompañaban, que podían comprar los libros requeridos, ayudarlos con las tareas (porque sus padres también habían cursado el secundario) o pagar un profesor particular si era necesario. Mientras tanto, muchos jóvenes de sectores populares ni siquiera se inscribían. Preferían trabajar para ayudar económicamente a sus familias o tener sus propios ingresos. Quienes sí ingresaban, en general, repetían por el alto nivel de exigencia y abandonaban por la falta de apoyos. Ni hablar de quienes ya vivían en contextos de violencia o consumo problemático.
En ese entonces, el sistema funcionaba como una pirámide: expulsaba en los primeros años a quienes no podían sostener ese nivel. Ni siquiera contamos a los que nunca intentaban ingresar.
Los docentes trabajaban cómodamente con estudiantes que venían, en su mayoría, socializados en contextos con mayor disciplina y estabilidad, y todavia la escuela ofrecia la perspectiva de ascenso social que la caracterizó durante todo el siglo XX. No se niega que hubiera estudiantes con problemas, pero eran casos aislados que tendían a integrarse al resto por efecto de la socializacion secundaria. Era, si se me permite la expresión, una escuela que «ocultaba la basura abajo de la alfombra».
En ese contexto, bastaban herramientas pedagógicas básicas para dar clases: un poco de autoridad, orden coercitivo (amonestaciones, actas), ademas del respaldo familiar a estas medidas disciplinarias, y un sólido conocimiento del contenido específico por parte del docente. Con eso le alcanzaba y sobraba.
Hoy, en cambio, están dentro del sistema los chicos y chicas que antes quedaban afuera, trayendo sus problemas estructurales de violencia, adicciones, destruccion de la cultura del trabajo en muchas familias, abandono afectivo, etc. Y aquellas herramientas básicas ya no alcanzan. El prestigio que legitimaba al docente también se ha debilitado, en una sociedad que ya no ve a la escuela secundaria como una vía de ascenso social. Esto puede analizarse a través del concepto de Pierre Bourdieu sobre la inflación y devaluación de títulos: hace 80 años, saber leer y escribir te abría puertas laborales. Hace 40 años, tener el secundario era condición suficiente para acceder a un buen empleo. Hoy, el título secundario está masificado y los empleos escasean.
Frente a este escenario, muchos docentes buscan alejarse del aula. Usan todas las licencias, cuentan los días para la jubilación, se trasladan a la modalidad de adultos o simplemente reducen al mínimo su tarea pedagógica para no enfermarse psicologicamente. Esto no quiere decir, en absoluto, que no existan docentes comprometidos y que han logrado adaptarse a este nuevo escenario, ni que sea imposible enseñar hoy. Pero la realidad es que no todos los docentes tienen las herramientas —ni la formación ni el acompañamiento— que exige esta nueva comunidad educativa.
Tampoco se niega que haya estudiantes que aún ven a la escuela como una oportunidad. Pero hoy ya no son mayoría, y si los padres de estos últimos están en condiciones económicas envían a sus hijos a las escuelas privadas, que a su vez ya no son las que ofrecían más facilidades para que el niño adinerado apruebe, sino que ofrecen la presencia del docente todos los días y un nivel más alto (no siempre y en todos los casos). Estos padres que envían a sus hijos a las escuelas privadas lo hacen algunos por esta última razón y otros solo por una cuestión racial y discriminatoria, no quieren que sus hijos se junten o tengan de compañeros a estos «negros». Por lo tanto estos padres que fueron a una escuela publica de calidad mandan hoy a sus hijos a la escuela privada. Por otro lado predominan quienes ven la educación como una obligación, muchas veces impuesta, y no como una vía de crecimiento personal y ascenso social como antes y estudiantes que llegan con múltiples dificultades: violencia familiar, consumo, hambre, desocupación, problemas económicos profundos.
Entonces, surgen algunas preguntas inevitables:
¿Qué hacer ante este panorama desolador? ¿Volver a una escuela secundaria exclusiva?
Por supuesto que no. No podemos desentendernos de la obligación de que todos tengan las mismas posibilidades, sin mencionar que se quedarían cientos de miles de docentes sin trabajo
La tarea es titánica, y una de las respuestas es política, además de pedagógica. Debemos volver a crear las condiciones para una educación que sea condición de ascenso social. Y para esto necesitamos un país con con pleno empleo y de calidad. Donde se pueda volver a soñar con un futuro.