REUNIONES SECRETAS

REUNIONES SECRETAS

Los comandos civiles eran cuadros de la unión cívica radical, del partido socialista y el comunista, estaban organizados desde hacía mucho tiempo y por supuesto tenían armas, asaltaban las organizaciones sindicales y colaboraban con el régimen como rompehuelgas, tenían tres funciones. Una era la delación, la otra el asalto a las organizaciones sindicales, comisiones provisorias integradas por socialistas, radicales, comunistas y prestaban aporte en la infraestructura de la normalización urbana frente a las manifestaciones de paros, reacciones barricadas y demás.
El silbato de la fábrica sonó como todos los días, pero aquella mañana algo había cambiado en el aire. Los pasillos no solo olían a aceite y metal, también a tensión, como si los mismos muros supieran que algo iba a suceder.
Gerard y David se miraron apenas entraron. No necesitaban palabras: todos sabían que era el día de la primera huelga.
La sirena volvió a sonar, pero esta vez no para marcar la hora de inicio. Los obreros comenzaron a dejar las máquinas, uno a uno, como si se tratara de un acuerdo silencioso.
—Hoy sí que va a correr aire nuevo —murmuró David, acomodándose la gorra.
La nueva asamblea se improvisó en el galpón central. Cientos de voces se mezclaron, hasta que alguien se subió a una tarima y gritó:
—¡Compañeros, vamos a parar!
La respuesta fue un rugido.
Al poco tiempo, nuevamente los camiones militares aparecieron, levantando una nube de polvo en la entrada. Los soldados bajaron en fila, con el fusil colgando y la mirada incierta. Rodearon a los obreros. El aire se cortaba con un cuchillo. Los obreros intuían, por lo que había sucedido el día anterior, que la mayoría de los soldados estaban con los trabajadores.
Pero la calma duró poco.
—¡Muevan a los del colegio de oficiales! —ordenó alguien desde atrás.
Y en cuestión de minutos, los camiones trajeron refuerzos: oficiales de la Marina, más rígidos, más distantes. No saludaron, no hablaron. Solo se acomodaron, apuntaron, y dispararon una ráfaga que silbó en el aire y cortó la columna obrera como un cuchillo.
Los hombres corrieron, se tiraron al piso, otros se replegaron detrás de los galpones. Era evidente que los cuadros intermedios del Ejército aún tenían el corazón cercano a los trabajadores, pero la Marina venía con otra lógica, más dura, más fría, más distante con las condiciones de los obreros.

En otra parte de la ciudad, lejos del humo de la fábrica, los llamados “niños de bien” se movían en silencio.
Los comandos civiles, que algunos ya empezaban a llamar “el brazo armado de la libertad”, estaban organizados desde hacía tiempo. No eran improvisados: tenían armas, contactos y una misión.
Se reunían en casas bien ubicadas, de cortinas pesadas y bibliotecas llenas de libros franceses. Allí planificaban; delatar, asaltar organizaciones sindicales, romper huelgas, colaborar con el régimen.
—Hay tres funciones básicas que nos han pedido que nos encarguemos —explicaba un abogado joven de traje impecable—: la delación, el asalto a los sindicatos y la colaboración en la “normalización urbana”.
Decía “normalización” y significaba: borrar cualquier reacción, desmontar barricadas, silenciar paros.
Algunos venían de la Unión Cívica Radical, otros del Partido Socialista, incluso había ex comunistas. La ideología no importaba tanto como el objetivo, desperonizar al país.

Aquella misma tarde, en un domicilio de la calle Montevideo 2245, se encontraban dos hombres que preferían hablar en voz baja.
Arturo Frondizi llegó con paso medido, casi ceremonioso. Lo esperaba Rogelio Frigerio, que no venía de las estructuras del partido radical, sino del mundo de los negocios.
Frigerio había sido, en su juventud, militante de un grupo estudiantil reformista de izquierda, pero lo había dejado atrás en 1940. Ahora dedicaba su vida a administrar las posesiones de su familia.
La reunión era breve, pero cargada de significado.
—Rogelio —dijo Frondizi,—. Lo que vamos a hacer tiene que ser preciso.
—Preciso y discreto —respondió Frigerio, sirviendo café en tazas de porcelana—. No hay margen para errores. Tenemos que saber aprovechar la ausencia de Perón, pero también la inoperancia de la dictadura que se pretende instalar, Lonardi no va a durar mucho, tengo mis informantes que me aseguraron que se está gestando un golpe interno, son informes de muy buena fuente. Quieren desperonizar al país, utilizar todos los medios y recursos para quebrar cualquier atisbo de resistencia, crear en Perón los más atroces hechos con el fin de crear incertidumbre y dudas, no es que Perón sea santo de mi devoción, pero se que están escribiendo un libro, desmedido; el mismo se va a titular “el libro negro de la segunda tiranía”, Creo que esto que quieren hacer, en lugar de desperonizar va a dinamizar la resistencia.
—Entonces tenemos que aprovecharlo al máximo, — estrechando la mano del anfitrión
Afuera, la ciudad seguía con su rutina: tranvías, vendedores de diarios, el eco de algún silbato. Pero adentro, en ese departamento de Montevideo, se trazaban las líneas invisibles de una Argentina nueva y más oscura.
La jornada de huelga de la fabrica metalúrgica termino en un incipiente disciplinamiento por parte de la marina amedrentando la asamblea.
5. EL FRIGORIFICO MILITARIZADO

Las tropas habían llegado a Mataderos como una sombra que se extiende lento pero seguro. A fines de 1955, el frigorífico Lisandro de la Torre, donde trabajaban Octavio, Nahuel y un recientemente incorporado a la vida laboral Maxi, amaneció rodeado. Camiones verdes, soldados nerviosos, botas embarradas. En las azoteas de las casas vecinas, ametralladoras negras apuntaban al cielo, pero también al frigorífico.
Pese a todo, la rutina no se detenía.
Las reses seguían subiendo por la manga desde el mercado nacional hasta el cuarto piso. Allí, los martilleros esperaban con sus mazas pesadas. El golpe era seco, preciso, casi automático: ¡tac! sobre la cabeza del animal. Ni un gesto, ni una palabra. Solo la rampa que se abría, el cuerpo que resbalaba, caía, y el guinchero que lo recogía para izarlo, colgarlo, y en apenas 45 minutos convertirlo en dos medias reses listas para el consumo de la ciudad.
La línea de producción se mantenía acompasada, rítmica, como si nada hubiera cambiado. Pero algo había cambiado.
En los bares y comedores de la zona —esos bares donde el humo del café y el del cigarrillo se mezclaban con el olor a sangre y grasa— los obreros hablaban en voz baja. Desde cualquier ventana de Mataderos se veía el frigorífico, con su mástil alto y la bandera flameando. Allí, al pie del mástil, dos bustos de bronce: San Martín y Evita.
Uno de esos bustos iba a quedarse. El otro, todos lo sabían, tarde o temprano lo sacarían.
Algunos obreros esperaban hasta las once para empezar su trabajo, porque debían aguardar a que la faena estuviera completa. En ese rato muerto se sentían más expuestos que nunca. Un país entero había visto, pocos días antes, cómo un golpe militar cambiaba la historia.
Aquel mediodía, en un café de la calle Alberdi, Octavio, Nahuel y Maxi, quien se incorpora al frigorífico para obtener cierta independencia de sus padres, compartían una mesa pegada a la ventana. El reloj marcaba las 11. Ellos entraban a las 12, pero ya habían hecho el turno de la mañana. Las manos les olían a cuero y sangre, pero en los ojos había otra cosa; determinación.
Nahuel golpeaba rítmica y suavemente la mesa con los dedos.
—Tenemos que hacer algo.
Nadie lo cuestionó. No había dudas de qué “algo” hablaba. El busto de Evita seguía allí, intacto, pero todos sabían que no se animarían a dejarlo mucho tiempo.
Nahuel levantó la vista, con esa calma suya que a veces parecía timidez y otras, firmeza:
—¿Y si le ponemos unas flores? —dijo.
Octavio lo miró, ladeando la cabeza.
—¿Flores?
—Sí. Una palma. Algo que quede ahí, aunque sea por un rato. Un pequeño acto de resistencia, aunque sea algo insignificante creo que nos haría descansar el alma unos minutos.
Maxi sonrió apenas, como si la idea le pareciera simple pero poderosa.
—Vamos.
Caminaron hasta una florería de la calle Alberdi. El aire de la florería olía a tierra húmeda y a hojas cortadas. Detrás del mostrador, un muchacho de apellido Páez, delgado, con un delantal manchado de polen, los recibió.
—¿Qué le pongo a Evita? —preguntó, apenas entendió el encargo.
—Poné “sus compañeros” —respondió Nahuel, sin dudar.
Mientras Páez preparaba la palma, otros obreros que habían estado en el café se adelantaron hasta el frigorífico. Avisaron. Corrió la voz.
La faena seguía. El edificio estaba ocupado. Soldados en las entradas. Oficiales en las esquinas. Y, sobre todo, ojos en todos los pisos, esperando.
Los muchachos emprendieron la marcha de regreso con la palma en las manos. No fueron por la entrada habitual, la de la calle Tellier. Eligieron la salida de José Enrique Rodó.
Cuando se acercaron, los soldados los vieron venir. Los suboficiales se acomodaron, tensos. Nadie sabía qué esperar.
Pero en vez de un freno, hubo algo inesperado.
—Bien, pibe. Bien —dijo uno de los soldados, casi en voz baja.
Otro repitió:
—Bien.
Esas dos palabras, apenas un murmullo, les dieron coraje.
Los soldados se abrieron un poco. Y los muchachos siguieron, palma en alto.
Desde los cuatro pisos del frigorífico, los obreros comenzaron a asomarse. Ventanas abiertas, cabezas inclinadas, miradas contenidas.

Cuando los vieron pasar, alguien gritó.
—¡Perón! ¡Perón!
El grito se multiplicó.
—¡Perón! ¡Perón!
Pusieron la palma frente al busto de Evita. El silencio fue total. Hicieron un minuto de silencio. Nadie respiraba.
Después, se dieron vuelta y desaparecieron.
No pasó nada. Ningún arresto. Ningún disparo. Ninguna amenaza, ese fue un incipiente momento ganado.
Solo el eco de un gesto pequeño, simbólico, que en ese momento era todo: el primer hilo de una resistencia que recién empezaba a tejerse.
6. FINALES DE OCTUBRE DE 1955

Al día siguiente la lluvia no paraba. Golpeaba los techos de chapa de Barracas, resbalaba en los charcos de Mataderos, empapaba los adoquines de la ciudad que parecía apagada. En la buhardilla, el aire estaba espeso, mezclado con olor a humedad y café viejo. Nadie decía nada. Solo se escuchaba el golpeteo monótono del agua y el chisporroteo de la estufa a kerosén.
Octavio rompió el silencio. Tenía los ojos rojos, como si hubiera dormido mal, y hablaba con esa voz que mezcla el cansancio y la certeza de que hay cosas que deben decirse, aunque duelan.
—Muchachos… —hizo una pausa, masticando las palabras—. Traigo información.
Todos lo miraron. En ese instante, hasta la lluvia pareció aflojar.
—Se está hablando de que Cook y César Marcos intentan nuclear las fuerzas del movimiento… bajo la dirección del Comando Nacional Peronista. —Pronunció “Comando Nacional” con cierta solemnidad, como si le pesara—. Ahí están Tristán, Buseta, Morales, Saavedra. Pero la verdad… —bajó la mirada— buena parte de los dirigentes están detenidos. Los que no… desertaron.
Maxi soltó un bufido, mezcla de bronca y desilusión.
—¿Y los sindicalistas?
Octavio lo miró.
—Son tres o cuatro. César Marcos. Carlos Gelt. No recuerdo los otros. Salvo Borro, Framini y Cabo… todos negocian con los milicos.
Un silencio pesado cubrió la habitación. Era una verdad que nadie quería escuchar, pero todos intuían.
—No hay resistencia organizada —siguió Octavio—. Todo improvisación. Grupos autónomos. Cada uno hace las cosas por su cuenta.
Maxi, que hasta entonces había estado con los brazos cruzados, murmuró:
—El factor aglutinante tiene que ser la amistad. —Dijo “amistad” como si esa palabra tuviera un poder sagrado—. Los grupos tienen que ser barriales, de fábrica, de esquina… y reunirse, asi como lo estamos haciendo nosotros.
Nahuel asintió despacio.
—A mí me llegó que dirigentes de segunda o tercera línea están tratando de armar algo. —Lo dijo con calma, casi como un consuelo—. Y la policía… la policía no es del todo enemiga. Hasta podría ser aliada. Cuando no… uno más del grupo. La policía es peronista. Nunca ganaron tanto como con Perón.
Se quedaron pensando en esa idea absurda: una policía que no es antiperonista, soldados que entregan sus armas, dirigentes sindicales que negocian con sus enemigos, y la iglesia de cristo contra los pobres. Todo estaba patas para arriba.
La voz de Octavio cortó la quietud.
—Tenemos que resistir… —dijo, casi como si lo recitara de memoria— tenemos que ser espontáneos.
—¿Espontáneos? —repitió Maxi, incrédulo. Explícate un poco.
—Sí. Abrazados por núcleos dispersos, desconocidos militantes, apenas unos pocos dirigentes. No hay programas, ni planes, ni síntesis estratégica. Solo rabia. Y esperanza.
Sonrió, pero era una sonrisa triste.
—Esta misma mañana aparece escrito en una pared, en lo que antes eran las insignias de “Cristo Vence” “+V”, cambiaron la cruz y convirtiéndola en una “P”“Perón vuelve”.
Se escuchó una carcajada breve, amarga cuando recordaron las insignias escritas en la pared.
—Esto, —siguió Octavio— expresa la bronca de los trabajadores ante la usurpación oligárquica. Lo popular, lo obrero, lo negro… todo era lo peronista, nos tenemos que cuidar, pero no perder estos momentos de desahogo y catarsis, y decidir que vamos a hacer para resistir. Como vamos a sostenernos entre nosotros, apoyarnos y permanecer juntos.
Octavio levantó la vista, como recordando algo.
—Comenzar a escribir en las paredes —continuó Octavio— y a llenar los mingitorios con grafitis.
Todos callaron. Ese “PV” parecía brillar en el aire, invisible, como si alguien lo hubiera dibujado en las paredes de la buhardilla.
Por esos días, en sus ratos libres por las noches, en las esquinas, en los bares de siempre, los amigos de Barracas insistían: pintaban, escribían, dejaban volantes, panfletos. Borroneaban paredes incansablemente.
De día, el aire olía a miedo. De noche, a pintura fresca. La oscuridad de la noche comenzaba a ser cómplice.
Había grupos que, de repente, en una esquina céntrica, entonaban la marchita. Dos, tres, diez voces. Y desaparecían, se diluían entre los peatones.
Un caño retumbaba en la madrugada.
Una voz ronca gritaba en la noche:
—¡Viva Perón, carajo! Ese era el sonido de la resistencia. En las paredes, “Perón vuelve”. En las manos, obleas que se estampaban como sellos. En los mingitorios, insultos. En los panfletos, himnos viejos, rehechos para una guerra nueva…” Las letras, torpes, manchadas, eran más filosas que las balas.
En esos días de finales de octubre llovía más que nunca. Los amigos fueron al Lisandro. Después, en un camión, a la CGT. Había gente en la puerta, confundida, pidiendo explicaciones.
—¿Dónde están los dirigentes? —preguntaba una mujer con los zapatos empapados.
No había nadie. Era una cosa espantosa. La CGT parecía un edificio vacío, hueco, una cáscara.
Los amigos daban vueltas. La radio —Radio Colonia, sobre todo— era la única brújula. Pero la radio no ayudaba: era opositora, y cada noticia era un golpe al estómago.
La impotencia se sentía como un peso en el aire, corrían rumores, que la gente iba a la CGT a pedir armas, que se volvían con las manos vacías, que había resistencia, sí, pero anárquica, sin plan, las voces en los barrios lo repetían, de puerta en puerta:
—Los dirigentes se mandaron a mudar, era el rumor más difundido.
Con la CGT vacía. Los políticos desaparecidos. Los sindicalistas negociando con los milicos, nada parecía dar indicios de esperanza. Pero la resistencia, como el agua de esa lluvia interminable, encontraba siempre una hendija, pequeños sabotajes, paros no decretados, gestos mínimos que se multiplicaban.
Una nueva camada de dirigentes, de segunda o tercera línea, empezaba a emerger muy despacio, casi a goteo. No venían de los escritorios: venían de las bases. Y no aceptaban pactos.
Del otro lado, los comandos civiles afinaban sus planes. Habían apoyado el golpe y ahora se lanzaban a ocupar locales sindicales. Muchos venían de la Acción Católica. Otros, de círculos nacionalistas, incluso nazis. Los interventores militares tomaban las seccionales. La resistencia respondía con lo que tenía: con grafitis, con “miguelitos”, con cantitos en la madrugada. Era una lucha de sombras. De símbolos. Una guerra donde un “Perón vuelve” escrito en una pared podía ser tan poderoso como una bomba.

7. LOS INCIPIENTES PASOS DE LA DESPERONIZACIÓN

La noche caía con lentitud sobre el centro de Buenos Aires, envolviendo la ciudad en un silencio tenso, apenas interrumpido por el lejano zumbido de los tranvías. En el interior de una casona sobria, de techos altos y muebles austeros, la Marina se reunía para ajustar las piezas de un relato que, sabían, sería determinante para justificar la insurrección.
—Caballeros —comenzó un enviado del almirante Rojas, rodeado de obispos de la organizacion “acción católica”, con las manos apoyadas sobre la mesa y la postura erguida—, es imprescindible para nuestros fines publicar un “Libro negro de la segunda tiranía”. Debemos documentar, con el trabajo de cada comisión, que lo que padecimos fue una dictadura con todas las letras: una estructura basada en el culto al líder, sostenida por la sumisión de los legisladores, la prensa unánime, la justicia atada ante el Poder Ejecutivo. Tenemos que hacer énfasis en como la propaganda del régimen penetró incluso en las aulas, y la corrupción alcanzó niveles incompatibles con cualquier comunidad civilizada.
Algunos asintieron en silencio, otros bebieron un sorbo de café ya frío. En la penumbra, las sombras parecían alargarse con cada palabra.
El enviado del general Pedro Eugenio Aramburu, recién llegado, intervino con voz grave:
—Deberíamos incluir los discursos incendiarios de Perón y de su esposa, el uso sistemático del tormento por parte de la policía peronista, las torturas y los jefes de manzanas, y algunos casos emblemáticos, como el del obrero Agustín Aguirre en Tucumán y el doctor Inguinela en Rosario. Son pruebas contundentes del carácter criminal del régimen.
Uno de los obispos, más joven, repasaba unas hojas garabateadas. Levantó la vista.
—Hay que dedicar un capítulo entero al incendio de locales opositores y del Jockey Club en el ‘53. Y, por supuesto, al ataque a los templos católicos la noche del 16 de junio. Esas escenas deben figurar con lujo de detalle. La crítica a estos hechos debe ser feroz.
—Y no olvidemos —añadió otro, encendiendo un cigarrillo— la creación de un Tribunal Superior de Honor. Perón debe ser juzgado, al menos simbólicamente, ante la historia.
El enviado de Rojas asintió, y agregó con énfasis:
—Sembró el odio en la familia argentina. Incitó al crimen, degradó las instituciones, humilló al Ejército, persiguió a oficiales, profanó la religión y dejó arder iglesias en su nombre. No se puede escribir esto con eufemismos. Necesitamos palabras fuertes, que calen hondo: dictadura, guardia pretoriana, terror institucionalizado.
Un silencio espeso se apoderó del salón. Por un instante, pareció que todos comprendían que no estaban simplemente escribiendo la historia: estaban moldeándola. Y quizás, también, justificándose ante ella.
Uno de los marinos, de bigote fino y pulso tembloroso, se levantó para abrir la ventana. El aire de la noche se coló como un susurro lúgubre, y trajo consigo el murmullo de una ciudad que aún no dormía del todo.
—¿Y si nos excedemos? —dijo, casi en voz baja, como si no hablara para los otros, sino para sí mismo.
Nadie respondió. Algunos ni siquiera giraron la cabeza. Sólo el enviado de Rojas lo miró con cierta dureza, aunque sin sorpresa. El enviado de Aramburu, en cambio, fingió no haberlo escuchado.
—Caballeros —prosiguió, volviendo al tono marcial—, no se trata de venganza, sino de justicia. Justicia en nombre de una nación mancillada por la tiranía. Lo que haremos será documentar, explicar, denunciar. Y si alguien debe arder en el fuego de esa verdad, que así sea.
Pero en el rincón de la sala, junto al perchero, el más anciano de los presentes —un almirante retirado que ya nadie consultaba pero todos respetaban— murmuró, mientras miraba fijamente el piso:
—La verdad... también puede volverse tirana. Si uno la pronuncia con demasiado fervor, puede convertirse en su propio dogma.
Nadie respondió. Sólo el crepitar de la madera en el brasero rompía el silencio.
¿Acaso todos allí sabían, aunque no se dijera, que la historia rara vez es contada sin una máscara? Que cada acusación que preparaban llevaba impreso, como una sombra, su propio gesto especular.
Uno de ellos, más joven, se preguntó —pero no lo dijo— si sería tan distinto ese “Libro negro” de los panfletos que ellos mismos condenaban. ¿La verdad se forja con tinta o con sangre?
—A veces —musitó el almirante retirado, con voz ya deshilachada—, basta con un enemigo para que un hombre decente comience a parecerse a aquello que odia. Lo supe tarde. Demasiado tarde.
El enviado de Aramburu apretó los labios. El reloj marcaba las once. Había que cerrar la reunión.
—Tenemos una tarea. No es una opción, es una responsabilidad histórica. Que el mundo sepa lo que fuimos capaces de extirpar. Y que nunca vuelva; y una cosa más, y esto es un secreto de Estado, secreto que solo los altos mandos y este reducido grupo ahora sabe, se está preparando un golpe interno, Lonardi es muy indulgente con los peronistas. Se los digo para que vayan pensando cómo nos vamos a organizar para la ofensiva contra esta plaga, y a los hombres de la iglesia presentes les digo que no se preocupen que el espíritu católico del golpe seguirá presente así no esté Lonardi al frente del gobierno, tengo órdenes expresas de transmitirles tranquilidad de mis superiores. La alianza militar-católica sigue en pie, aunque asuma el ala liberal del ejercito
Pero mientras salían, en fila discreta por la puerta lateral, como sombras resguardadas por el secreto, cada uno cargaba consigo una verdad no dicha. No la del libro. La otra. Esa que no se imprime porque pesa. Esa que no redime.
En la buhardilla, la noche los envolvía como un sudario. Las paredes, deslucidas por el paso del tiempo, parecían inclinarse levemente hacia ellos, como si escucharan en silencio las confesiones que ahí dentro se murmuraban.
El humo del tabaco flotaba en espiral, y la lámpara colgante titilaba con fatiga. Ninguno quería hablar primero, pero todos sabían que había llegado el momento de darse fuerzas.
Gerardo fue el primero en quebrar el silencio.
No alzaba la voz, como si temiera que lo que dijera dejara marcas.
— “Mi viejo siempre decía que Perón fue el único que le dio dignidad. Y la dignidad, decía él, no se negocia, no se entrega, no se pierde sin luchar.”
Gerardo recordaba aquella frase como un legado grabado a fuego.
El patrón, sentado a su lado en la mesa de la oficina, tomando el mismo café aguado que los peones. Eso nunca había ocurrido antes. Con Perón, por primera vez, lo habían mirado a los ojos sin miedo.
“A mí me tiraba el anarquismo”, se repetía. Pero por su viejo, por lo que había aprendido a través de su mirada, se hizo peronista. No por una doctrina, sino por una deuda moral.
Todos escuchaban atentos las palabras de Gerardo mientras pensaban
—Nosotros venimos de una familia cristiana —dijo, como si pidiera permiso para dudar—. Nos enseñaron a no robar, a no matar. ¿Y ahora qué se supone que hagamos cuando empiezan a perseguirnos?
Esa pregunta, lanzada sin destinatario, quedó colgada en el aire como un eco.
La persecución ya había comenzado. Lo sabían. En la fábrica, en las calles, en los sindicatos. Y también en sus casas.
David rompió el silencio que se hacía largo y pesado:
—A principios de los cuarenta trabajaban los obreros por un plato de sopa y mate cocido. Vivian a picadillo y pan duro. El Estatuto del Peón fue una revolución. Por primera vez, el trabajo tenía sentido. Por eso se hicieron peronistas tantos trabajadores. Porque, simplemente, cambió sus vida.
Todos asintieron con un leve movimiento de cabeza. No era necesario decir más. Pero Nahuel, que hasta entonces había permanecido callado, se acomodó en su silla de madera y habló con calma:
—Mis padres eran campesinos, analfabetos los dos. Pero fue mi vieja la que me marcó. Tenía una intuición... esperaba algo nuevo, algo que llegara de verdad. Lo presentía. Y cuando llegó el peronismo, fue como si la historia la hubiese escuchado. Antes de Perón, cuando veíamos que los hijos de los patrones o del capataz se compraban un helado de cinco centavos, mi vieja bajaba la cabeza. No había ni para uno. Íbamos descalzos a la escuela, juntábamos maíz con las manos, todos juntos. Pero nunca dejaron de mandarnos a estudiar a la escuelita rural. Nunca se rindieron. Cuando llegó Perón, fue como si la dignidad que siempre enseñaron por fin tuviera un lugar, y si mi viejo no hubiera muerto hoy estaría luchando al lado nuestro. Y vos Maxi, contanos un poco más de tu historia de vida
Y entonces habló Maxi. Su voz era distinta ahora, menos combativa, más frágil:
—Mi viejo empezó cosiendo cuero con mi vieja. Con el tiempo y con las máquinas de coser que nos dio la fundación Eva Perón, montaron un taller. Éramos felices. Teníamos futuro. Estudiábamos y trabajábamos. Mis viejos no eran peronistas, creían que solo con nuestro esfuerzo personal y familiar logramos tener un buen pasar, pero lo cierto, y esto solo con el tiempo logré darme cuenta, es que nuestra dicha económica empezó con la ayuda del Estado peronista, no digo que no nos hayamos esforzado ni mucho menos, claro que nos esforzamos, claro que pusimos nuestro grano de arena y mis viejos son personas muy trabajadoras e inteligentes, pero lo cierto es que las condiciones para que ese esfuerzo personal se concretara en progreso las generó un Estado presente, presente para los de abajo, presente para los que siempre han sido pisoteados y despreciados por los que mandan en este país, esos que creían que el país les pertenecía, que creían que era su estancia privada, solo para hacer sus negocios, solo para enriquecerse ellos con las exportaciones de vacas, trigo y lana. El país de la oligarquía terrateniente, para la cual nosotros solo somos mano de obra barata y despreciable, claro, ¿Cómo no les iba a doler ver a sus peones y obreros veranear y pisar las mismas? playas que ellos tenían acostumbrados a tener como solo suyas, eso llenó de indignación, y los obreros hablándoles de igual a igual, por eso usaron al ejército para dar el golpe de Estado, por eso ahora somos y seremos perseguidos, nos atrevimos a mirarlos a los ojos.
Nadie hablaba ahora. Y, sin embargo, todos pensaban lo mismo: ¿cómo se desarma un mundo que trajo tanta esperanza sin que algo se quiebre para siempre?
Los últimos días de octubre de 1955 llegaron como un relámpago en el frigorífico Lisandro de la Torre. Las noticias corrían de boca en boca, cruzaban los talleres como corrientes subterráneas. Se hablaba de elecciones en los sindicatos, de intervención pactada, pero también de un rostro más cruel de la revolución libertadora, de un rostro que aún se había sacado la máscara, pero que muy pronto emergería con la más profundo del odio de clases.
Y entonces llegó el primer 17 de octubre sin Perón.
No hubo fiesta, ni gritos, ni multitudes. Sólo un silencio pesado, patrulleros en las calles, rumores de un puente tomado.
Y un pueblo que empezaba a entender que ahora, más que nunca, estaba solo.
En los días que siguieron, la fábrica metalúrgica donde trabajaban David y Gerardo y el frigorífico Lisandro de la Torre, donde trabajaban Nahuel, Octavio y Maxi no fueron simplemente espacios de trabajo: se convirtieron en una caja de resonancia de la angustia colectiva. Todo parecía igual —las máquinas vibraban, la carne colgaba, los obreros se saludaban con el mismo ademán escueto—, pero algo invisible comenzaba a vibrar.
En el galpón principal, el ruido de las sierras y los ganchos chocando contra los rieles metálicos seguía su curso, pero los gestos eran más secos, las miradas más densas. Los amigos —Maxi, Octavio y Nahuel— se movían en silencio, con los pensamientos cargando más peso que las medias reses.
Había algo quebrado en el aire. No era miedo. Era algo más turbio y profundo: la intuición de que el tiempo se había torcido.
Por esos días, la noticia del acuerdo entre la central obrera y el gobierno se esparció como una llovizna amarga: elecciones en los gremios, interventores nombrados por decreto, promesas de normalización. Pero nadie confiaba. En los pasillos del frigorífico, los comentarios eran susurros, frases rotas, apenas miradas. La democracia sindical prometida no traía alivio; era una tregua sin honor, impuesta desde arriba, con fusiles detrás del papel.
Los comandos civiles, financiados desde los sectores más reaccionarios de la revolución libertadora seguían ocupando sindicatos. Algunos llegaban armados, hablaban de libertad y república, pero no sabían ni pronunciar la palabra “delegado”. A veces irrumpían en los locales con la bandera argentina y ametralladoras, como si pretendieran lavar con símbolos lo que no podían justificar con razones.
Una mañana, David y Gerardo vieron cómo el viejo cartel de la seccional metalúrgica era arrancado y arrojado a una camioneta sin matrícula. Nadie se atrevió a intervenir. Había policías en la esquina, pero no miraban. O miraban hacia otro lado. El cartel rezaba, “la patria metalúrgica es peronista”.
Aun así, desde las bases brotaba una presión sorda. Como un magma bajo la tierra, los trabajadores no se disolvían: se replegaban. Y en ese silencio organizado, en esa quietud cargada, latía una amenaza que el nuevo régimen no sabía descifrar.

En una de esas mañanas de fines de octubre, la ciudad amaneció con un extraño orden forzado. La policía estaba en cada puente, en cada plaza, en cada rincón donde alguna vez una muchedumbre cantó.
En el frigorífico, los obreros trabajaban como si nada. Pero cada uno, a su modo, llevaba el peso de esa ausencia. Nadie lo decía, pero todos lo sabían: ese faltaba algo en esos días de octubre, los años de fiesta habían quedado atrás, esa presencia que había sido más que un nombre.
No hubo asados. No hubo cantos. Sólo el murmullo de la carne al caer sobre las mesas, el vapor del agua caliente, el golpeteo constante de cuchillos y botas.
Esos días no hubo épica, pero sí hubo duelo, un duelo sin flores ni discursos, un duelo callado, de mirada baja y puño apretado, y en ese silencio se gestaba algo nuevo. Algo oscuro, subterráneo, quizás más peligroso que cualquier arenga.
Porque el pueblo había aprendido, había aprendido que el enemigo podía tener cara de justicia, que los decretos podían ser cadenas, que el lenguaje también era campo de batalla.
Y, sobre todo, había aprendido a resistir sin que se notara. A sobrevivir en la sombra.
A esperar.

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