SILENCIOS EN LA OSCURIDAD

SILENCIOS EN LA OSCURIDAD

Capítulo 8

SILENCIOS EN LA OSCURIDAD
Martin Favale

    Nahuel trabajaba con la concentración de quien aprendió a no errar nunca el corte. Tenía las manos curtidas, los dedos anchos, firmes, y una forma de inclinar el cuerpo ante cada res, que hablaba de años de repetición, ya hacia 9 años que trabajaba en el frigorifico. Pero sus ojos, escondidos tras unas cejas espesísimas, no estaban allí. No del todo.
    El frigorífico tenía un ritmo propio. La carne caía como lluvia sobre los ganchos, el acero brillaba brevemente en cada destello de la luz artificial, los pasos sobre el piso mojado marcaban una rutina que, de tan repetida, ya nadie escuchaba. Y sin embargo, Nahuel percibía en ese sonido algo nuevo, como si el edificio entero estuviera vibrando con una inquietud que no era suya, pero que lo alcanzaba.
    Octavio por su parte, había trabajado ahí desde antes del ‘46, cuando el sindicato era apenas una esperanza y los patrones hablaban de justicia como si fuera una limosna. Pero Nahuel recordaba con nitidez el día en que se aplicó por fin el Estatuto del Peón, recordó a su padre —hombre de pocas palabras y espalda hundida— llorar de alivio en silencio. Aquel día su casa fue una fiesta silenciosa: no hubo brindis ni discursos, pero por primera vez, su madre le sirvió la comida con una sonrisa tranquila, como quien confía en que mañana habrá otra vez pan. Fue uno de los últimos festejos familiares antes de decidir venirse a vivir a la ciudad de Buenos Aires
    Desde entonces, ser peronista no fue para Nahuel una elección. Fue un mandato de la historia.
    No sabía si creía en Dios, pero sí sabía que la felicidad era posible. Lo había visto. Había vivido dentro de ella, aunque fuera apenas unos años.
    Pero ahora todo eso parecía tan lejano como una fábula.
    Desde septiembre, el frío dentro del frigorífico ya no venía sólo de las cámaras. Había otra clase de helada en los huesos.
    La gente hablaba poco. Los delegados no eran los mismos. Y cada tanto, algún rostro nuevo, trajeado, cruzaba los galpones con cara de vigilancia.
    Los interventores nombrados por decreto llegaban con tono de mando, pero sin conocer el trabajo. Hablaban de reorganización, de elecciones, de limpieza sindical. Pero nadie les creía. En los pasillos, los compañeros bajaban la voz y evitaban pronunciar ciertos nombres. “Nos están escuchando”, se decía. “Nos están probando”.
    Nahuel sentía que algo se descomponía lentamente. No en el ganado, no en la carne. En el alma de los hombres. Había gestos que ya no volvían. Miradas que antes buscaban complicidad, ahora buscaban escapatoria.
    Y sin embargo, él no podía resignarse.
    Había momentos, mientras limpiaba o afilaba el cuchillo en silencio, en que deseaba hacer algo. Gritar, romper, decirle al capataz lo que pensaba. Pero no lo hacía. No por miedo. Era otra cosa: una espera. Una espera densa, espesa, cargada. Sabía que muchos como él pensaban lo mismo: que esto no se terminaba con decretos ni elecciones dirigidas. Que tarde o temprano el pueblo iba a volver a decir su nombre en voz alta. Que cada obrero de esos galpones, cada peón de cada rincón del país, llevaba dentro una memoria que no se podía borrar con actas ni con fusiles.
    Ese día, Nahuel no habló. Ni en el vestuario, ni en el almuerzo, ni al salir.
    Caminó por la Avenida Castañares con la cabeza baja, las manos en los bolsillos del mameluco, el corazón palpitando como un tambor lejano.
    Y al pasar junto a un grupo de policías que custodiaban un baldío sin razón aparente, pensó —con la intensidad de quien lo cree profundamente— que no se puede vigilar un pueblo entero para siempre.
    No importa cuántos perros, armas o decretos pongan en la calle. La dignidad, cuando se la conoce, no se olvida.

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