Mi juventud: ¡una maravilla…!
Yo soy un sobreviviente. Me salvé de tres guerras y casi no tuve conciencia de lo que estaba pasando. En la primera nos desaparecieron. En la segunda, que vaya a saber por qué milagro no fue, todo terminó con un chisporroteo trasandino. En la tercera nos despertamos después de una borrachera y los milicos no volvieron nunca más.
Yo soy un sobreviviente. No es fácil vivir con el peso de tanta gente que falta. No es simple cargar con la resaca de no haberme dado cuenta de tantas cosas.
Yo soy un sobreviviente. Cuando me animé a desenterrar los libros y dejé de buscar cartas adentro de los chocolatines me di cuenta que no tenía más derecho a caer en la trampa de la ingenuidad. Cuando me animé a hablar descubrí que ya no se podía decir: “por algo habrá sido”. Cuando me animé a mirar comprendí que había que buscar la esperanza, la solidaridad, la justicia y la confianza en nosotros mismos.
Yo soy un sobreviviente. Cuando terminaron las balas y vino el fin de la historia nos quisieron matar en lo más íntimo, nos quisieron convertir en objetos de mercado. Cuando terminaron con todo, los sobrevivientes seguimos luchando para decir que todavía se puede, que no nos vamos a dar por vencidos.
“La historia es circular”, predice fatalmente la teoría del eterno retorno. “La historia vuelve a repetirse, mi muñequita dulce y rubia[1]…”, pregona Cadícamo. «La historia se repite primero como tragedia y luego como farsa» es la frase popularizada por Karl Marx en su obra “El 18 de brumario de Luis Bonaparte” (1852). El texto precedente lo escribí en 2002 movido por la crisis de ese entonces. Hoy me sorprende su vigencia, hoy, a cincuenta años de la tragedia que comenzó un genocidio, esas mismas calamidades nos desgarran como una farsa trágica.
Hace cincuenta años… Toda una vida… Parece mentira tanta muerte, tanto horror, tanta lucha, tanta esperanza, tanta vida, tanta traición… Parece mentira tanta miseria, tanto dolor, tanta desesperación… Parece mentira tanta ilusión, tanta movilización, tanta militancia… Parece mentira tanto que ha pasado, parece mentira que no hayamos entendido que el mejor capital de este país es su gente. Parece mentira tanto retroceso y que todavía pueda ponerse en duda la justicia social, la educación y la salud pública, la solidaridad, los derechos laborales, los derechos jubilatorios. Parece mentira el haber sobrevivido a todo eso… Parece una burla cruel del destino volver a muchas situaciones que creímos superadas…
Parece tan lejos aquel amanecer horrible en que me iba a empezar a enterar de lo que se venía. Parecen tan lejos el “no te metás”, el estar alerta por los peligros que se olían en el aire, por las caras torvas y por el odio que se te podía quedar pegado a la piel en el primer descuido y, sin embargo, hoy la frase es “no soy político”, como para no ser confundido con una suerte de apestado social mientras a los sobrevivientes nos siguen pegando abajo y desacreditando por defender la justicia social.
Hoy seguimos siendo sobrevivientes, aferrados a la vida con la ciega convicción de que no nos vamos a entregar, de que mejor muertos que vencidos, de que merecemos algo mejor, hoy, más que nunca, seguimos convencidos de que nadie se salva solo y que en algún punto podremos romper el círculo.
[1] Así comienza el tango “Por la vuelta” de Enrique Cadícamo.