LOS MOVIMIENTOS HISTÓRICOS NACIONALES COMO FORMAS PERIFÉRICAS DE LA DIALÉCTICA

LOS MOVIMIENTOS HISTÓRICOS NACIONALES COMO FORMAS PERIFÉRICAS DE LA DIALÉCTICA

Por:
CRISTIAN MITELMAN / GUILLERMO FRANCISCO CASTRO

Para hablar del peronismo como doctrina, conviene revisar algunos conceptos que explican el origen del acontecimiento político que dividió la historia argentina desde la década del `40 en adelante. Las ideas del justicialismo nacen dentro de un sistema-mundo donde impera un actor social hoy desvanecido: el Pueblo.

Como sujeto histórico, el Pueblo nos remonta a los ciclos de revoluciones de la Modernidad. Si queremos lograr una mayor precisión en la terminología, podríamos decir que la Revolución Francesa termina de configurar al sujeto burgués y lo proyecta hacia la conquista definitiva de la subjetividad. Este sujeto burgués aportará a la historia una serie de creaciones intelectuales que aún hoy siguen vigentes, aunque erosionadas por la existencia de un nuevo tiempo histórico acerca del cual hablaremos en breve.

La gran revolución burguesa crea un Estado Constitucional que ampara los derechos del llamado “hombre libre”. Emancipado de la autoridad omnímoda de la religión, la nueva figura del hombre cobra un vigor creciente a medida que su fuerza económica crea un mercado a nivel mundial que le permite la progresiva edificación de un sistema ético y laboral que va a expandirse a través de formaciones políticas, jurídicas, militares, educativas y sanitarias.

El liberalismo vive de su propia paradoja. La libertad que pregona necesita de una superestructura institucional coercitiva cuyo objetivo es la reproducción de una serie de valores que sustentan el ciclo económico de la plusvalía.

De este modo, el saber dejó de transmitirse por la Iglesia y la familia. Surgió entonces la institución escolar tal como la conocemos. El Estado pasó a determinar qué cantidad de tiempo los niños debían permanecer en las aulas, cuáles eran los planes de estudio más convenientes y cómo generar un compendio de medidas disciplinarias y formativas. Además, resultaba impostergable preparar a los maestros como agentes eficaces para la trasmisión de aquellos conocimientos y actitudes que la sociedad burguesa necesitaba solidificar.

El Hospital fue otra de las formas utilizadas por el liberalismo para monitorear el cuerpo ciudadano en pos de la eficiencia necesaria para la expansión del ciclo económico. Esta institución garantizaba un sitio donde los sujetos se hallaban vigilados para no obturar el sistema de engranajes y poleas del industrialismo. El cuerpo se convierte en parte de un dispositivo al que hay que cuidar y, en caso de no ser convenientemente restaurado, desechar y reemplazar por un nuevo trabajador de lo que Marx llamó el “ejército de reserva”.

La Milicia se constituyó como un reservorio en el que la disciplina física y la idea de nacionalidad se fortalecieron en virtud de dos necesidades: cada Estado necesitaba un fuerte control de sus fronteras con el objetivo de asegurar el espacio vital donde la Nación produjese su ciclo económico. Pero a la vez, el Ejército fue el gendarme que custodiaba la conflictividad interna para restaurar el orden en caso de que el incipiente proletariado generara huelgas o acciones de sabotaje. Los sucesos de la Comuna de París (1871) son un claro ejemplo. Francia derrotada por las fuerzas prusianas solicitó a sus enemigos la devolución de las tropas cautivas para que éstas reprimieran a los obreros que habían tomado la ciudad capital.

Los ejércitos llegaron a ser parte esencial del sistema económico, ya que la industria militar advino en una de las más pujantes ramas del crecimiento económico.

La Policial fue otra creación burguesa. La expansión urbana necesitaba de una fuerza que controlara las acciones delictivas de la vida cotidiana. La ciudad pasó a ser cuna de delitos que necesitaban de un centro represivo eficiente que deambulara a través de las calles y recovecos de las grandes urbes.

Los códigos jurídicos, de clara orientación liberal, hicieron de la propiedad privada el centro moral de la existencia capitalista. Inversiones, bienes de capital e inmuebles adquirieron vida filosófica.

La ética burguesa debe ser entendida como una formidable revolución de la conciencia occidental. La filosofía hegeliana vio en su vigoroso laicismo la manifestación viva de las fuerzas de la Historia. Todas las civilizaciones, todas las transiciones de la humanidad fueron, para este filósofo, una vasta preparación para que el Espíritu se encontrara a sí mismo en su realidad más profunda: la existencia humana asumida sin las ataduras del mito y de la fe.

Pero la burguesía, en tanto que clase social creadora del mercado, forjó al otro sector indispensable para el funcionamiento dinámico del sistema: el proletariado fabril.

El materialismo dialéctico propuso una inversión de la tesis hegeliana del Espíritu del la Historia. Según Marx (1818-1883), las condiciones de la Estructura Económica crean una Superestructura Jurídica y Cultural cuya razón esencial es mantener los lineamientos del poder económico. El marxismo entiende que toda filosofía nace de las condiciones concretas de producción y circulación de mercancías de una sociedad. Los cambios tecnológicos que dinamizan los sistemas económicos provocan variaciones sociales que terminan justificándose siempre dentro de las corrientes filosóficas que imperan en un momento determinado del devenir histórico. Retomando la idea hegeliana de Dialéctica, Marx entiende que la burguesía genera su propia negatividad estructural para operar en el mundo. El proletariado es una emanación concreta y a la vez necesaria del desenvolvimiento industrialista de las economías centrales de Occidente. Y así como la burguesía generó una clase que arrasó con los viejos órdenes estamentales del burgo medieval y cimentó el nacimiento de los grandes Estados Nacionales[1], de este modo el Proletariado habría de vencer el orden burgués, se adueñaría de los medios de producción y generaría por fin el reino de la abundancia donde los Estados Nacionales sólo fueran una rémora del pasado. Desvanecido el Estado capitalista, se llegaría al fin de la historia: la unión plena de la conciencia proletaria y el fin de la alienación.

Sin dudas, la explicación científica que Marx ofrece sobre el fenómeno de la Plusvalía es la piedra angular de sus investigaciones. El hallazgo de este filósofo es una fórmula matemática que explica el porqué de la explotación del sector burgués sobre el proletario. Tomemos el siguiente ejemplo: vamos a suponer que un obrero de la carpintería gana un sueldo de 5000 pesos por mes. En su trabajo, cada día produce mesas y sillas por un valor de 1000 pesos. En los primeros cinco días hábiles del mes, generó 5000 pesos de riqueza. Vale decir que se ha pagado su propio sueldo. A partir del sexto día, lo que produce ya no es para sí. El trabajador vende al mercado su único bien, que es su tiempo de trabajo, pero como ya hemos notado, desde el día 6 hasta el 30 su producción queda alienada, dado que la riqueza genera no le corresponde. El concepto de alienación en Marx se refiere a la esencia de una producción que no puede volver como riqueza tangible sobre quien la crea. Si ese mes el obrero trabajó 25 días, generó 20000 pesos de plusvalía. Por supuesto que a esta ganancia se le deben debitar los impuestos y las amortizaciones sobre los bienes del capital, pero la tasa siempre es ampliamente rentable para el dueño de la unidad productiva. Aquí tenemos una primera explicación racional sobre la dinámica del capitalismo. Por supuesto, Marx explica otras formas del incremento de la tasa de plusvalía. Cuando hay mucha oferta de trabajadores en el mercado, suele suceder que o bien los salarios bajan, porque siempre se va a encontrar a un obrero dispuesto a ceder parte de su sueldo para ingresar en el sistema, o bien puede suceder que se proponga a los empleados trabajar más tiempo (una o dos horas más por día), de modo de conservar la fuente de ingresos. También las tasas de plusvalía suben cuando las mejoras tecnológicas mejoran los ritmos de producción. Tomando el ejemplo anterior, podemos pensar que el empresario capitalista puede invertir en una máquina que permite a cada obrero producir por 1200 pesos diarios. Al mantenerse el salario estable, la tasa de ganancia vuelve a subir drásticamente una vez que se termina de pagar la innovación.

La única forma en que el sistema puede funcionar es sobre la base de la explotación. Y el modo de desactivar esa realidad pasa por una toma de conciencia de la clase obrera. Entendámoslo: Marx admira los aspectos revolucionarios de la burguesía para crear riqueza. La enorme expansión del mundo que esta colosal ideología forjó es única en la historia. Pero a la vez creó las peores tragedias de la humanidad: la esclavitud en Centroamérica y Norteamérica, el exterminio de pueblos originarios, las enfermedades vinculadas con la polución fabril, las violentas represiones contra el activismo sindical, la pobreza estructural para millones de personas y la etapa más salvaje del proceso: el imperialismo colonialista, forjador de una división internacional del trabajo que condenó a cientos de pueblos a ser pequeñas factorías dependientes de los grandes centros de poder.

La filosofía marxista denuncia científicamente el sistema mundo del dominio de las grandes burguesías y sus alianzas esporádicas con la nobleza y las iglesias.

Si nos atenemos a la realidad de nuestro subcontinente, cabe aclarar que los movimientos nacionales de América latina van a tener en su formación elementos burgueses y de izquierda. Los llamados populismos formarán alianzas policlasistas complejas que les permitirán movimientos pendulares entre las derechas nacionalistas y las izquierdas revolucionarias. El Justicialismo intentará crear una tercera posición que fuera una síntesis entre los intereses de la burguesía y las demandas obreras. El motivo de esta breve introducción es analizar hasta qué punto lo logró, qué aspectos pueden considerarse válidos para una filosofía política y cómo el intento de crear un nuevo orden nacional fue destruido no sólo por sus enemigos externos, sino, fundamentalmente, por sus propios aliados.

 

LOS SUJETOS SOCIALES DE LA MODERNIDAD Y LA POSMODERNIDAD

Lo que hemos analizado hasta aquí corresponde a ese vasto movimiento económico y cultural que llamamos Modernidad. Es un vasto movimiento histórico que, de un modo algo esquemático, podemos englobar desde la reflexión de Descartes (1596-1650) sobre el sujeto humano en su intento de encontrar un camino metódico de pensamiento hasta la crisis del capitalismo productivo y del Estado de Bienestar a mediados de 1970. Dentro del espíritu de lo moderno tenemos la filosofías empírica de Locke (1632-1704) y Hume (1711-1776), la Ilustración constitucionalista de los enciclopedistas franceses, el Idealismo alemán de raigambre kantiana y hegeliana, las progresivas independencias de América del Norte y luego de Sudamérica, el Romanticismo, el Socialismo Utópico, el Positivismo Cientificista, el surgimiento de la izquierda científica, la Revolución Rusa, las dos Guerras Mundiales, que muestran los límites del nacionalismo burgués, los ciclos independentistas de África y Asia y, por último, el surgimiento del Estado de Bienestar y su declive. Cada uno de estos hitos ha merecido una compleja bibliografía que es imposible recorrer en estas páginas. Recomendamos al lector la lectura de la obra de Eric Hobsbawm (1917-2012), que ha hecho del fenómeno moderno el centro de sus investigaciones históricas.

En el intento de encontrar un factor común que sirva para esquematizar cómo se construye el sujeto moderno, podemos realizar la siguiente síntesis:

  • Se maneja una idea de Verdad fuerte. Todos los sistema filosóficos y científicos que se desempeñan en este período están convencidos de la existencia de que hay una Verdad en la historia y que el hombre debe hallarla. Cambiarán los conceptos de Verdad, pero no la idea de que hay un Sujeto que puede allegarse a ella o construirla desde la praxis. A esta ideología sobre la verdad la llamaremos epistémica, retomando la antigua disquisición platónica de que constituye un saber complejo y al que se llega laboriosamente.
  • El camino para la verdad es progresivo. Cada paso que ha dado la humanidad corresponde con una etapa previa que antecede a un momento de mayor conocimiento. En ese sentido, la dialéctica hegeliana es la cumbre de esta ideología sobre la verdad. La Historia es filosofía viva que se va desentrañando a sí misma hasta llegar a la conciencia de sí.
  • Desde la Enciclopedia francesa hasta la izquierda marxista, se apela a un ser llamado Pueblo, que debe organizarse y bregar por sus derechos. La palabra pueblo es ontológicamente poderosa, porque implica que hay una multitud que lucha contra las distintas rémoras del pasado: para los revolucionarios jacobinos franceses el objeto de oposición es el Antiguo Régimen; para el Proletariado, la burguesía explotadora.
  • Se crean, como ya hemos visto, organizaciones que normalizan la sociedad desde la esfera de la burguesía. Luego surgirán los organismos gremiales defensores del proletariado.
  • Cada grupo social apuesta fuertemente a la idea de que debe educarse para la defensa de sus intereses de clase. Si la escuela es la institución modélica que intenta dar identidad a los estados nacionales, las bibliotecas obreras y barriales serán los centros de cultura para la clase trabajadora.
  • Fuerte compromiso político y sensación, por parte de las izquierdas, de que tarde o temprano la humanidad se liberará de sus ataduras.
  • Capitalismo productivo. Los dueños del capital buscan engendrar la riqueza apelando a una tecnología sólida: grandes fábricas, cadenas de montajes estudiadas para elevar la productividad (taylorismo y fordismo). Estamos en la etapa del capitalismo de las chimeneas y de la mecanización. El hombre pasa a constituir un engranaje más de la poderosa maquinaria industrial.
  • El objetivo final de la lucha clasista es el dominio del Estado. Cada grupo peleará por su propia concepción estatal. Ya sea desde el estado liberal, que finge no intervenir pero constantemente está actuando, lo que genera la paradoja del laissez faire, hasta los estados intervencionistas (convivencia de propiedad privada y participación estatal), corporativistas de derecha (la alianza burguesa-eclesial tanto en la Italia fascista como en la España franquista y el corporativismo racial en la Alemania nazi) hasta el comunismo burocrático (la Rusia estalinista), el campo de lucha consiste en hacerse dueño de él y fortalecer un tipo de construcción jurídica que garantice un orden social poderoso.

La Posmodernidad, en cambio, girará hacia otra vertiente histórica. El intento de una alianza racional entre el sector dueño del capital y el mundo obrero, ya instaurada en el New Deal de Roosevelt y llevada a cabo mediante Estado de Bienestar (1945-1975) se desvanece a partir de la crisis petrolera del 76 y del nacimiento del Capitalismo Corporativo Financiero. La solidez de las instituciones jurídicas, gremiales y culturales entrará en colapso.

La nueva burguesía financiera instaura otra idea con la que pretende establecer un nuevo sistema mundo:

-Fin del Estado como garante de la educación, la salud y la cultura.

– El Capital se amasa desde los flujos financieros. Derrumbe del industrialismo.

– Privatización absoluta de la vida. Bajo el lema de la eficiencia, los servicios a nivel mundial pasan a estar dirigidos primero por empresas y luego por complejas redes de capitales sin centro fijo.

-Nacimiento del relativismo cultural de mercado. Es el mercado el que pasa a imponer lógicas y estéticas. La idea de relativismo implica el fin de la idea de Verdad como Justicia o Belleza. Retomando el vocabulario platónico, el saber se convierte en algo meramente opinable (Doxa). Cada uno puede hacer y decir lo que le plazca, ya que las instituciones que antes modelaban el juicio (escuela, academia, experticia) viven una crisis de representatividad.

-Las tecnologías informáticas se instauran como un reino de lo invisible. Las redes de comunicación y el mundo virtual generan una nueva riqueza que ya no se sustenta sobre los patrimonios sólidos del pasado industrial. La realidad se convierte en una evanescencia absoluta.

-Surgimiento del Biopoder. Una de las características del cientificismo academicista de la Modernidad era el saber acumulativo que la comunidad exponía públicamente para que éste pudiera ser profundizado por la siguiente generación de estudiosos. El Biopoder se constituye en una privatización corporativa de los saberes médicos. Cada laboratorio guarda sus propias fórmulas, las que pasan a ser parte de un dispositivo jurídico que protege la ganancia individual y la competencia entre las industrias del medicamento. Cada equipo científico trabaja en cápsulas de gigantes corporativos, por lo que implota la antigua idea de comunidad de la ciencia.

-Nacimiento de una globalización cultural que impone un imperialismo del gusto. La famosa macdonalización de la comida es un ejemplo de la imposición de gustos a vastos sectores de la población. Lo mismo sucede con la masificación del cine y con la atrofia de una de las artes más sublimes: la música. Se pasa de la comida chatarra a formas triviales de expresión.

-Sensación crónica de malestar político. El derrumbe del Estado de Bienestar impuesto por el neoliberalismo de la escuela de Chicago generó primero una euforia de consumismo y luego un desencanto existencial que se manifiesta en la abulia frente a las opciones de la vida ciudadana. El nacimiento del “Consumidor” en detrimento del “Ciudadano” generó una desconfianza radical hacia las manifestaciones de la vida pública. El manto de sospecha de corrupción generalizada que imponen los medios anulan las condiciones críticas del televidente. Su vida se convierte en una eterna crítica hacia una clase política que siente desprendida de él. Este fenómeno, llamado “impolítica”, marca la crisis de la idea del Estado como lugar de lucha, entrega y utopía.

-Fin de la idea de Pueblo. El nuevo sujeto social pasa a ser la “Gente”. En tanto que sujeto histórico posmoderno, se caracteriza por vivir una existencia que Martin Heidegger (1901-1976) llamó “vida impropia”. El Pueblo buscaba una verdad. La Gente se deja llevar por las verdades corporativas. Hoy se habla de un tema, mañana se cambia de asunto y así la vida se proyecta hacia un parloteo constante en el que todo se banaliza. El mismo hombre que se queja de la inseguridad es el que al otro día manifiesta su furia si suben los impuestos para pagar más policías. Las opiniones son fluctuantes, acomodaticias y siempre responden a un “se dice” que no se sabe exactamente de dónde proviene. Cabe destacar que el “se dice” es creado por las corporaciones económicas y mediáticas que buscan generar este constante desánimo para fosilizar la política y generar candidatos lábiles formados por la nueva estética del marketing.

A esta altura del texto (si es que ha llegado) nuestro lector se preguntará qué tiene que ver todo esto con el Justicialismo. Adelantamos la respuesta: Todo.

Como veremos en breve, la doctrina peronista, al menos en sus años de oro (1946-1955), es hija de varias tendencias propias de la Modernidad.[2]

La segunda etapa se subdividirá en dos momentos: el discurso peronista de la década de 1960 se acercará a las ideas de izquierda. Perón fue virando de una posición mediadora (recordemos sus críticas a Ernesto Guevara (1928-1967), ya que consideraba que dentro de cuadros bien formados la lucha política no necesitaba caer en las acciones guerrilleras) a formas más duras de expresión. Pensemos en esa frase que muchos jóvenes tomaron en un sentido literal: “La violencia en manos de los pueblos no es violencia: es justicia”. En el segundo momento (73-75) el peronismo retrocede y, entre optar por la patria socialista y la patria verticalista, se inclina por esta última. Aventuramos la siguiente hipótesis: la posmodernidad está a punto de arrasar en todo el mundo y el anciano General apostó al verticalismo para garantizar un orden social que impidiera a la Argentina caer presa de los horrores de ese mundo en desguace que ya estaba por irrumpir. La muerte del líder aceleró el proceso de descomposición del peronismo hijo de la Modernidad y generó una bisagra entre el pasado y el futuro. Ese punto de inflexión fue el llamado “Rodrigazo”. La política instaurada por ese brutal ajuste marca la impotencia del peronismo para generar un nuevo estado de bienestar eficiente. Desde el 75 hasta el fatídico 24 de marzo del 76, el gobierno de Isabel Perón intentará en vano congraciarse con los sectores concentrados de mercado que apostarán al neoliberalismo más brutal. El año 75 fue un puente entre el modelo verticalista en derrumbe y la inminente llegada de una nueva lógica social. La tecnocracia internacional y sus cuadros nativos entendieron que no tenía ningún sentido mantener a un partido de masas desvanecido. El nuevo ajuste debía ser hecho por cuadros provenientes de la elite local en clara vinculación con los organismos de crédito externos. La llegada de la posmodernidad disuelve al Justicialismo. De él quedará un núcleo burocrático que muchas veces estará en clara connivencia con la dictadura. La juventud que soñó con una síntesis de socialismo y nacionalismo, además de ser expulsada por el veterano líder el 1 de mayo del 74, será luego destruida por la Junta Militar y sus aliados civiles: Iglesia, Sociedad Rural, La Nación, Clarín, Gente, Siete Días, Sindicalismo Burocrático.

La tercera etapa del peronismo se adscribe a la Posmodernidad más árida. El “menemismo” marca el fin de la Doctrina Peronista y la alianza con los sectores de mercado en pos de lograr una gobernabilidad que garantizara un mínimo de estado y un máximo de ganancia privatista. Las gestiones de Rapanelli, empresario ligado a Bunge y Born, una empresa tradicionalmente adversaria de la política justicialista, Domingo Cavallo, ex presidente del Banco Central en 1982 y padre de la colosal deuda externa que abrumó a la Argentina más de treinta años, marcan el desguace absoluto de la ideología doctrinaria. La presunta actualización ideológica de la que se jactaba el caudillo riojano no era más que defección. Esta caída del peronismo en el más crudo neoliberalismo no pudo hacerse sin la complacencia de la vieja burocracia sindical. Las tímidas críticas que se hacían desde algunos sectores no rompían la hegemonía del pensamiento imperante desde 1989 hasta la crisis de diciembre de 2001.

La cuarta etapa pasa por el intento de restaurar ciertas ideas de soberanía económica, industrialismo y bienestar social. Desde la esfera discursiva, reivindica a la juventud exterminada en la década del 70, ya que ve en aquellos jóvenes a una juventud generosa que se lanzó a una lucha que estaba más allá de lo que la sociedad pretendía. Como veremos en otra sección de este trabajo, el “kirchnerismo” puso de nuevo al Estado como eje fundante de la política social, pero sus cuadros políticos se ven obligado a aplicar una política defensiva frente a los asiduos embates corporativos que buscan debilitar el rol de la participación ciudadana. Dentro de las corporaciones más poderosas, los medios masivos devienen como la cara visible del gran capital financiero. Pero existen otros sectores que también se entrelazan en maniobras que buscan el desorden social. Entre los más notorios se encuentran el sindicalismo verticalista con su histórica violencia, los fondos buitres, los economistas del establishment que anhelan reinstaurar el modelo neoliberal absoluto y los políticos en perpetua defección que apelan a la impolítica para ganar el voto de ese nuevo agente social que es la “Gente”. Todos estos adversarios están creando alianzas estratégicas para socavar las resistencias psíquicas de la sociedad y arribar al gobierno en pos de una nueva gestión neoliberal que le permita a la clase empresaria el aumento sustancial de las ganancias en detrimento del resto de la población.[3]

 

MODERNIDAD: AL PERONISMO DESDE LA IZQUIERDA

Izquierdas y Derechas son las dos categorías esenciales del pensamiento político de la Modernidad. En el momento en que Perón adviene como figura protagónica de la vida nacional, está inmerso en las tensiones propias de esos dos polos. Para las categorías mentales que conforman el centro ideológico de Occidente (Europa y Estados Unidos) la doctrina justicialista presenta una complejidad inusitada, dado que toma elementos del pensamiento social de las izquierdas y formas de gestión más cercanas a lo que se entiende como derecha tradicional. En eso radica la cuestión: el primer peronismo se presenta a sí mismo como una tercera posición que intenta ser la síntesis superadora del socialismo y del capitalismo. Esta ambición filosófica del discurso es casi una desmesura. Más bien podría pensarse que el Justicialismo es la forma argentina de llegar a un Estado de Bienestar. Para ese fin, tomó elementos de vertientes políticas disímiles y los fue incorporando en un todo fluctuante que respondía a coyunturas específicas del momento histórico.

¿Hay elementos que pueden se considerados de izquierda en la evolución doctrinal y partidaria del peronismo?

Si nos atenemos a las principales categorías de Antonio Gramsci (1896-1937) sobre la formación de los partidos políticos que son esenciales para representar a un sector social de cualquier nación, veremos que el movimiento cumplió algunos requisitos esenciales de la Dialéctica. Explica el filósofo italiano:

 

“¿Cuándo un partido se hace necesario históricamente? Cuando las condiciones de su triunfo, de su inevitable hacerse Estado están, por lo menos, en vías de formación y dejan prever normalmente sus desarrollos ulteriores. Pero, ¿cuándo puede decirse, en tales condiciones, que un partido no puede ser destruido con medios normales? Para responder hay que desarrollar un razonamiento: para que exista un partido es necesario que confluyan tres elementos fundamentales (es decir, tres grupos de elementos):

  1. Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación viene dada por la disciplina y la fidelidad, no por el espíritu creador y altamente organizativo. Sin ellos, el partido no existiría ciertamente, pero también es verdad que sólo con ellos el partido tampoco existiría. Son una fuerza en la medida en que hay quien los centraliza, organiza, disciplina; si faltase esta fuerza cohesiva, se desperdigarían o se anularían en un polvillo impotente. No se niega que cada uno de estos elementos pueda convertirse en una de las fuerzas cohesivas, pero se habla de ellos en el momento en que precisamente no lo son ni están en condiciones de serlo, o si lo son, lo son únicamente en un círculo limitado, políticamente ineficiente y sin consecuencias.
  2. El elemento cohesivo principal, que se centraliza en el ámbito nacional, que da eficiencia y potencia a un conjunto de fuerzas que si se abandonasen a sí mismas no contarían para nada o para casi nada; este elemento está dotado de una fuerza altamente cohesiva, centralizadora y disciplinaria y también –y quizá por esto mismo– inventiva (si se entiende inventiva en un determinado sentido, según ciertas líneas de fuerza, ciertas perspectivas, ciertas premisas). Es verdad que este elemento por sí solo tampoco formaría el partido, pero lo formaría más que el primer elemento considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero, en realidad, es más fácil formar ejércitos que formar capitanes. Lo demuestra el hecho de que un ejército ya formado es destruido si faltan capitanes, mientras que un grupo de capitanes que estén de acuerdo entre ellos y tengan fines comunes no tardan en formar un ejército, incluso cuando éste es totalmente inexistente.
  3. Un elemento medio que articula el primer elemento con el segundo, que los pone en contacto, no sólo físico, sino también moral e intelectual. En la práctica, para cada partido existen proporciones definidas entre estos tres elementos y se llega al máximo de eficacia cuando estas proporciones definidas se realizan.”

Como vemos, los sucesos de 1945 son una clara muestra de que el Justicialismo nace de coyunturas históricas concretas que crearon su propia dinámica: la crisis del modelo agrario- liberal suscitada a partir del la década del `30 elaboró una nueva rueda en la economía argentina: la de cuño industrial. Según la perspectiva conservadora de Federico Pinedo (1895-1971), la industria era la consecuencia necesaria para que las líneas esenciales del modelo no cambiaran. Esta industrialización por sustitución de importaciones generó un proletariado que, a lo largo de la Década Infame (1930-1943), fue lentamente cobrando conciencia de sí. La clase obrera fue interpretada por Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, pero a la vez los trabajadores le dieron al Coronel el sustento social que le permitió plasmar una serie de políticas que no tardarían en chocar contra la ideología más fosilizada del sistema de partidos burgueses, encarnados por la perspectiva legalista (Unión Cívica Radical), la esfera reformista (Partido Socialista) y la de los viejos actores del conservadurismo tradicional (oligarquía e iglesia).

Las condiciones productivas de la estructura posibilitaron que la masa obrera argentina pudiera canalizar sus demandas a través de una formación política inexistente hasta entonces. Invertimos la tesis tradicional: el Justicialismo lo inventa a Perón. Y lo inventa porque Perón, a diferencia de los otros cuadros de la burocracia militar y partidaria, logró entenderlo y traducirlo mejor que nadie.

Pero al asumir el Gobierno, el primer peronismo nota un fenómeno nuevo. Las estructuras estatales y culturales ya no sirven. Resultan obsoletas para la nueva dinámica generada en el país a partir del nuevo orden mundial surgido tras la Segunda Guerra. El viejo aparato burocrático se desmorona y es reemplazado por una hibridación en que conviven los nuevos elementos con los antiguos. La explicación nos viene de la sociología weberiana: en tanto que estamento, nunca una burocracia es plenamente transformada. Siempre se recrea mediante lo viejo y los elementos vitales que llegan a la práctica política sin haber formado parte, en la etapa anterior, de la nobleza hereditaria del Estado. Este vaivén entre el pasado y el futuro será parte de la esencia y de la tragedia del Justicialismo, como veremos más adelante.

Si nos atenemos a una perspectiva de izquierda que interprete las causas de la creación, evolución y derrumbe del fenómeno peronista en tanto que praxis y doctrina, conviene adentrarnos de nuevo en lo que el pensamiento gramsciano entiende sobre las correlaciones de de fuerzas políticas:

“Un segundo momento es aquel en que se llega a la conciencia de la solidaridad de los intereses de todos los miembros del grupo social, pero todavía en el terreno meramente económico. En este momento ya se plantea la cuestión del Estado, pero sólo en el terreno de llegar a una igualdad político-jurídica con los grupos dominantes, puesto que se reivindica el derecho a participar en la legislación y en la administración e incluso el derecho a modificarla, a reformarla, pero en los marcos fundamentalmente existentes. Un tercer momento es aquel en que se llega a la conciencia de que los propios intereses corporativos en su desarrollo actual y futuro, superan el círculo corporativo, de grupos meramente económicos, y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Ésta es la fase más claramente política, que marca la transición neta de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas; es la fase en que las ideologías que han germinado anteriormente se convierten en partido, se enfrentan y luchan hasta que una sola de ellas o, por lo menos, una sola combinación de ellas tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse en toda el área social, determinando, además de la unicidad de los fines económicos y políticos la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, no sólo en el plano corporativo sino en un plano universal, y creando de este modo la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados. El Estado se concibe efectivamente como un organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión de dicho grupo, pero este desarrollo y esta expansión se conciben y presentan como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías nacionales…”

Previo al 17 de Octubre, el peronismo aparece como una masa embrionaria atada a un interés sectorial. Tras el retorno de Martín García y el triunfo que lleva a Perón a la presidencia en el 46, nos hallamos una nueva forma descrita por la dialéctica. El peronismo necesita crear una renovada superestructura cultural, jurídica y administrativa que afiance y estabilice su proyección política. La hegemonía se entiende por la elaboración de un sistema de pensamiento que conjugue las necesidades y demandas obreras con la inédita circunstancia de estar en el poder. Frente a complejidad de la acción de gobierno, la doctrina del justicialismo intentó entenderse a sí misma como un paso mediador entre tendencias socializantes y nacionalistas. Ya en el gobierno, el primer peronismo tendrá la idea de ser el garante de un pacto social que conjugue los intereses de la burguesía nacional con el movimiento obrero. Para ese fin, primero presentará una cercanía monolítica con la Iglesia. Perón vio en la institución eclesiástica al estamento que manifestaba la prueba cabal de que sus ideas sociales no tenían por qué se consideradas necesariamente de izquierda. Y de este modo, le confirmaba al nacionalismo y al conservadurismo liberal su identificación con una de las instituciones tradicionales del país.

Este intento de crear una cultura hegemónica a partir de una doctrina infinitamente amplia va a chocar contra las condiciones de la estructura económica argentina. La historia peronista, al menos en su primera etapa, será la del cruce entre la consuetudinaria estructura clasista de nuestro país y las nuevas condiciones a la que el gobierno pretendió llegar. A medida que el hiato se profundizaba, la doctrina buscaba presentarse como una filosofía práctica que, a la luz de los hechos, nunca cumpliría del todo su verdadero cometido: la transformación del país a partir de un capitalismo moderado en el que el Estado funcionase como garante absoluto tanto de la propiedad privada como de la demanda de la clase proletaria. Podemos decir que el justicialismo no escapó de las dos tendencias que coexisten en la historia de los partidos políticos: las actitudes progresivas y las regresivas. Las primeras constituyen la etapa de avanzada de los movimientos. Las alianzas internas se crean en pos de superar las estructuras anquilosadas del Estado y del aparato económico. El partido se convierte entonces en una fuerza dinámica transformadora. La segunda, en cambio, constituye la fase conservadora de la movilización. Este conservadurismo responde a la necesidad de afianzar lo ya logrado en un momento determinado de la evolución social y política. Entonces entran en escena los sectores más conservadores de las alianzas subordinadas que constituyen al partido. Si nos atenemos a un paralelismo histórico, vemos que la Francia de 1789 instaura a la alta burguesía como sujeto preponderante del ciclo revolucionario. No obstante, esa misma burguesía constituye, a partir de 1791, un fuerte aparato represor para contrarrestar los posibles avances de las masas populares que ponían en riesgo, con sus demandas, el nuevo andamiaje. En el caso peronista, observaremos un fenómeno que, aunque no es igual, permite la comparación. Por un lado, los viejos sectores de la dirigencia conservadora entrarán a formar parte del aparato burocrático justicialista. De ahí que el caudillaje provincial haya engendrado líderes que hicieron de sus territorios estructuras encerradas y cuasi-feudales. Además, el movimiento incorporó en su sistema a una dirigencia sindical que en sus comienzos formó parte de la vanguardia ideológica. La evolución sindical pasó del acompañamiento en la primera etapa a la de la resistencia organizada en los años de exilio (55-73). Pero a medida que ejercía dicha resistencia, el núcleo de la dirigencia se fue inmovilizando hasta llegar a la connivencia del pacto con las fuerzas más conservadoras de la sociedad (vandorización del movimiento obrero) hasta arribar finalmente a una burocratización verticalista refractaria de la transformación social. De este modo, la dirigencia sindical, más que la columna vertebral del movimiento de los trabajadores, devino en una esclerosis en la que su interés corporativo orillará entre la desestabilización (pensemos en las doce huelgas generales que tuvo que soportar el gobierno del doctor Alfonsín) hasta la aceptación del modelo neoliberal extremo impuesto bajo la administración menemista.

Toda movilización política renovadora es una historia de flujos creadores y reflujos fosilizados. El Justicialismo no escapó a esta ley histórica.

 

MODERNIDAD. AL PERONISMO DESDE LA DERECHA

 

Uno de los tantos debates estériles planteados por el diario La Nación fue la instauración de la tesis de Carl Schmitt (1888-1985) sobre el Amigo y el Enemigo como práctica ideológica de la gestión kirchnerista. Con un sesgo retórico claramente distorsivo, el diario propuso que las categorías mentales del actual gobierno equivalen a las de un jurista del nazismo.

Estas lecturas anacrónicas de las categorías de las ciencias sociales son peligrosas. Tienden a generar una confusión deliberada que luego se traduce en el malestar social generado una guerra semiótica que las corporaciones han desatado contra todos los gobiernos que no se avienen a sus intereses.

Para aclarar estos dislates se necesita de un contrapoder comunicacional más o menos homogéneo. No es nuestro caso. De todos modos, la tarea del pensar no consiste en convencer a nadie, sino en decir lo que se tenga que decir, más allá del alcance de las palabras.

El kirchnerismo no pertenece al clima histórico de la Modernidad. De ahí que sea una falacia la aplicación del pensamiento schmittiano. Cuando el jurista alemán concibe su aparato teórico, está pensando en una etapa dialéctica en la que Occidente todavía no había resuelto cómo habría de organizar el Estado. Había varios modelos en juego: el democrático liberal; el corporativismo fascista; el comunismo estalinista; el corporativo estatista racial del nacionalsocialismo. La Segunda Guerra Mundial logró despejar dos elementos de la incógnita. Cuarenta y cinco años después, el triunfo norteamericano en la Guerra Fría deshizo finalmente al bloque comunista. Desde entonces no se pone en duda, dentro de la política actual, cuál es el modelo de Estado que ha de regir por largo tiempo los destinos de la humanidad. El triunfo de la democracia liberal marca una globalización que no necesita de la tesis Amigo- Enemigo. Ya no están en juego los modos de burocratización del Estado. A lo sumo, si se quiere un máximo de honestidad intelectual, la próxima confrontación será entre un modelo corporativo empresarial que dirija el sistema económico frente a un modelo donde los Estados Nacionales intenten márgenes de acción contra la violencia del mundo de la empresa. Pero esta puja se va a dar siempre dentro del sistema clasista capitalista. Por ende, los partidos políticos tendrán como función administrar una u otra tendencia dentro de los ciclos de la democracia liberal. La nueva categoría que debe entrar en juego es la de Adversario. Amigo y Enemigo están en campos distintos y buscan anular al otro. El Adversario, en cambio, comparte un sustrato común con el otro: el régimen republicano de representatividad. Como vemos, la falacia tejida por La Nación carece de sentido dentro del Sistema-Mundo de la Posmodernidad.

No obstante, conviene explicar qué elementos de la derecha nacionalista también formaron parte del primer sustrato ideológico del peronismo.

La tesis de Amigo- Enemigo forma parte de la última batalla dialéctica de la Modernidad. Según la tesis de Schmitt, el enemigo es “un conjunto de personas que, por lo menos de un modo eventual –esto es: de acuerdo con las posibilidades reales– puede combatir a un conjunto idéntico que se le opone. Enemigo es solamente el enemigo público (…) El enemigo es el hostis, no el enemigo en un sentido amplio; el πóλεμιος, no el εχθρóς…”

Desde un punto de vista en el que la etimología sirve para explicar la política, debemos distinguir categorías lingüísticas que no se encuentran en el español. El término latino “hostis”, al igual que el griego “πóλεμος”, aluden al derecho público. Sólo se pueden aplicar cuando un pueblo encuentra que su vida política como Estado está en juego. En definitiva: es el Estado como sistema político de representación de lo popular lo que está en juego. En ese caso, el pueblo puede tomar la decisión soberana de salvaguardar su vida cívica declarando la “hostilidad” para salvar la πóλις. En cambio, el término “inimicus” o “εχθρóς” aluden al derecho privado. Dos personas pueden poseer una misma concepción de la juridicidad intraestatal, pero estar en litigio. En ese caso hay una relación de enemistad personal, pero la lucha no es por transformar la filosofía estatal que los une más allá de la circunstancia de eventual enfrentamiento. La famosa frase de Mateo 5, 44 es “diligite inimicos vestros”. Podríamos decir que se refiere a la idea de amar al que se me opone dentro del a vida en común. El texto bíblico no alude al enemigo que puede destruir a mi comunidad existencial.

La lucha política, por lo tanto, alude solamente a la situación en que un pueblo decide afirmar su vida manteniendo al Estado tal como lo conoce (hablamos en este caso del Poder Constituido, ya que el participio pasivo sirve para dar la idea de algo que está hecho y se conserva) o bien transformar mediante la revolución o el enfrentamiento al viejo orden parta generar una nueva concepción de lo estatal. En este último caso debemos hablar de Poder Constituyente del Pueblo, porque el participio activo latino da la idea de un proceso activo que se está generando.

Esta antigua problemática trasciende lo filológico, ya que se instaura en el corazón de la Modernidad leída desde la derecha. Los pueblos tienen el poder para mantener o transformar su ideología del Estado. Según Schmitt, la juridicidad posee en sí misma un vacío que permite la estabilidad o el cambio sin un por qué esencial. Ese vacío constituye el complejo estado de excepción analizado por el filósofo italiano Giorgio Agamben (1942). Las razones del pueblo carecen, si nos atenemos a la tesis de Schmitt, carecen de ontología. En un momento determinado de su historia es una comunidad la que toma la idea política de transformación. La decisión concierne nada más que a ella. Pero la búsqueda de un motivo que determine esa toma de partido queda cancelada. La voluntad es sin por qué.

Esta concepción forma parte de la vertiente derechista de todos los movimientos nacionales. En un momento dado la comunidad se organiza para cambiar el estatuto de vida liberal e intenta conferirse a sí misma una nueva modalidad de existencia. El líder carismático es el que logra cristalizar ese momento y genera la conducción que permite el pasaje de la etapa que se pretende superar a la nueva que está en vías de formación. La discursividad del primer peronismo es pródiga en este dispositivo conceptual. El “líder” es tal en tanto y en cuanto se presenta como el garante de las demandas que un pueblo todavía no ha podido formular. Las diferencias esenciales entre la actitud de Perón como conductor respecto de un “duce” o un “führer” pasan por el lugar que ocupa en el proceso histórico. El poder de un Hitler o un Mussolini emanan estrictamente de su personalidad y generan estados bicéfalos. Los dos líderes europeos mantienen la constitucionalidad vigente, pero la dejan suspendida. Se diría que su poder genera una excepcionalidad jurídica: el andamiaje legal se mantiene como facha, pero el poder queda coactado por la personalidad. En el caso del fenómeno peronista tenemos un proceso completamente diferente. El liderazgo, aunque nace a partir de la gestión y el carisma de Perón, no genera una excepcionalidad jurídica. El peronismo no provoca una fachada de constitucionalidad, sino que mantiene en vigencia el sistema de representatividad liberal. Y la modificación de la constitución sucede dentro de un estricto sistema jurídico que la contempla. No hay un doble estatuto político, sino una corrección del modelo liberal. Si nos atenemos nuevamente a Schmitt, podemos decir que la tarea del pueblo argentino que adhirió al peronismo pasó por un elemento de transformación (poder constituyente del soberano), pero sin cambiar la matriz demo-liberal del sistema (poder constituido).

No obstante, y a pesar de esta transformación que no llegaba a ser revolucionaria, la respuesta de los sectores concentrados del capital fue virulenta. El peronismo, aun antes de llegar al poder, encontró la más enconada resistencia por parte de la dirigencia norteamericana, por el empresariado local y por la izquierda tradicional. Los dos primeros temían que la experiencia justicialista se convirtiera en una dictadura a partir del poder constituyente del pueblo. La izquierda tradicional, en cambio, veía que el poder constituido de preservación de la institucionalidad liberal formaba parte de un modo sutil de desmovilización obrera. Los opositores no alcanzaron a ver al peronismo como una posible mediación entre el cambio y la estabilidad. Por supuesto que esta ceguera obedeció también a la tan alabada y muchas veces vacua retórica del líder. En los momentos de turbulencia, el discurso peronista de la primera etapa alcanza picos de virulencia que lo acercan a formas revolucionarias de la palabra. Pero detrás de la exaltación oratoria sólo existía una forma híbrida de mantener el poder burgués mediante el intento de una alianza poli-clasista entre una burguesía débil y una movilización obrera más que fructífera.

Los otros aspectos que formaron la ideología peronista pasan por el modelo de comunidad organizada planteado por el militar germano Comar von der Goltz y la filosofía del existencialismo cristiano de Jacques Maritain. El primero de ellos impugnaba a los gobiernos oligárquicos, porque veía en ellos un modo de vida política incapaz de raíz para defender la nacionalidad. Toda oligarquía es un freno a las posibilidades de desarrollo de una nación, ya que necesariamente, en pos de mantener su régimen de privilegios, debe cancelar el crecimiento del conjunto. La comunidad organizada presenta un estatuto en el que todos los sectores pasan a cumplir un rol esencial en la estructura del Estado. Ningún sector social puede atribuirse el poder estatal, ya que éste se convierte en una máquina-cuerpo en que sus órganos y engranajes cumplen un rol asignado que permite la existencia del todo.

La filosofía de Maritain impugna el individualismo del capitalismo liberal, que forma personalidades desquiciadas por la producción y el consumo, pero también condena el estatismo comunista que coarta la dimensión trascendente del hombre.

También debemos destacar un rasgo que separa a la doctrina justicialista de las versiones más bochornosas de la derecha tradicional. No hay en la ideas del justicialismo una sola mención a políticas raciales o discriminadoras. Una buena lectura de Schmitt, por ejemplo, invalida cualquier idea racista. En El concepto de lo político lo explica claramente: “Exigir seriamente de los seres humanos que maten a seres humanos y que estén dispuestos a morir para que el comercio y la industria de los sobrevivientes florezca, o para que la capacidad de consumo de los nietos aumente, constituye algo tenebroso y demencial. Anatemizar la guerra calificándola de homicidio y luego exigir de las personas que libren una guerra para que nunca más haya guerras constituye una estafa manifiesta”.

La acción hitleriana invierte por completo la tesis de Schmitt. El pueblo judío, que formaba parte esencial de la comunidad europea, pasó al exterminio por una estafa ideológica de los genocidas. Se planteaba la idea de una europeidad pura amenazada por el judaísmo. La paradoja es que la vida judía había contribuido a generar el clima intelectual, técnico, médico y económico de Europa. El judaísmo germánico y centroeuropeo no sólo que no ponía en tela de juicio la vida comunitaria del Viejo Mundo, sino que era parte esencial para la conformación y evolución de su historia.

Versiones interesadas que buscan tergiversar la complejidad de los fenómenos sociales intentan elaborar la siguiente ecuación: fascismo y nacionalsocialismo forman parte de los elementos que forjaron la ideología peronista. Como hemos visto, nada hay más lejano. Estas mixtificaciones liberales que tanto La Prensa como La Nación ejercieron durante décadas anularon la posibilidad de un verdadero debate sobre las fuentes ideológicas del segundo movimiento histórico. Lo cierto es el que el peronismo siempre tuvo como premisa doctrinaria la igualdad absoluta de todos los hombres y, por otra parte, el mismo Perón, como hemos visto en otros trabajo, se encargó de criticar duramente cualquier pensamiento antisemita. Lo que no quiere decir que dentro del peronismo, en tanto que movimiento de masas, no existiera esta clase de excrecencias. En su clásico El 45, Félix Luna explica que algunos sectores minoritarios que pudieron simpatizar con el primer peronismo tuvieron actitudes xenófobas y racistas, pero dichos emergentes nunca constituyeron más que elementos dispersos sin poder sistémico.

Podemos decir entonces que el Justicialismo nació de un complejo entramado de sistemas políticos que fraguaron en un intento armónico de filosofía social que no logró sobrevivir al accionar de sus detractores.

MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN DEL PERONISMO

En tanto que movimiento nacido al calor de las masas, podemos decir que el peronismo no resistió su doble vertiente formativa. Los sucesos de 1973 no marcaron tanto el retorno del viejo líder como el fin del sistema sociopolítico que el justicialismo quiso crear. La masacre de Ezeiza, pergeñada por el ala dura de la extrema derecha que logró torcer el mensaje convivencia, inició el derrumbe.

El período 73-76 mostrará que los frutos de la doble vertiente no sólo no cristalizaron en una superación dialéctica[4], sino que produjeron una auténtica implosión que nutrió la tragedia. La izquierda del movimiento buscó un proyecto que jamás estuvo en el planteo originario. Los jóvenes bregaban por la creación de una violencia que derribara al mismo sistema liberal representativo que formaba parte de la cuña constitucional de la doctrina justicialista. Esta postura de vanguardia no entendió (o entendió y no quiso aceptar) que las movilizaciones de una sociedad no se forjan solamente al amparo del voluntarismo ideológico. El ideal de esta juventud se asemeja a la idea de la violencia que en su momento plasmó Walter Benjamin (1892-1940): todo derecho anclado en la explotación es un estado de excepción contra la vida del ser humano. Por lo tanto, la violencia conlleva en sí un doble carácter tanto religioso como revolucionario, porque destruye la juridicidad de un Estado cuya perspectiva clasista sólo puede condenar a las masas. Este tipo de violencia, pensada en un momento en que la doctrina fascista llegaba a su apogeo, no se correspondía necesariamente con los problemas que atravesaba la sociedad argentina en la década del `70. El fin de la juridicidad burguesa no se correspondía con la ideología que podía sustentar la clase obrera, porque el período 45-75 fue la etapa del llamado Estado de Bienestar. A las concretas mejoras que el peronismo logró (45-55) se le sumó luego la idea de una resistencia (55-73) que tarde o temprano iba a restaurar la movilización obturada por la Revolución Libertadora (55-58), la Revolución Argentina (1966-1970) y su declive (70-73). La demanda obrera, salvando excepciones, pasaba por una restauración sindical y política que permitiera nuevamente el desarrollo de un estado mixto que aunara a la pequeña burguesía y al mundo de la clase trabajadora. Las ideas económicas de José Bel Gelbard (1917-1977) fueron las que mejor tradujeron ese intento, aunque su plan no pudo escapar de un doble mecanismo de desestabilización. Por un lado, las fuerzas liberales del capital concentrado minaron el intento de una reindustrialización soberana con fuerte injerencia del Estado en las áreas estratégicas de la economía; por el otro, la desestabilización política de la izquierda vanguardista fue tomada como excusa por el conservadurismo para impedir el desarrollo de un capitalismo nacional que se sustrajera de la cartera crediticia externa. De este modo, la izquierda contribuyó involuntariamente al deterioro del nuevo pacto social que se buscaba para remozar la vieja doctrina justicialista. En ese pacto la juventud revolucionaria veía una confirmación del status quo clasista que ya no podía ser mantenido. No obstante, cabe hacer una aclaración. El hecho de que los sectores juveniles más radicalizados hayan pretendido una revolución que terminara con el Estado burgués, algo que jamás estuvo en la matriz ideológica del peronismo, no justifica la violencia que el Estado aplicó sobre ellos a partir de la dictadura. Este facilismo que se denominó “teoría de los dos demonios” y que es propio de una ética acomodaticia a lo Sábato, esconde la raíz del problema. Quien dirige la fuerza estatal tiene la obligación de respetar la esencia jurídica que lo constituye. De lo contrario, el Estado deja de ser tal y se convierte en una suerte de corporación asesina lo suficientemente poderosa como para intimidar a toda la sociedad y lo suficientemente invisible como para vedar las puertas del exterminio mediante un formidable aparato propagandístico encubridor. La teoría de los dos demonios, al explicar que la violencia de la derecha fue la respuesta la violencia de la izquierda no hace más que condenarnos a una aporía política donde todo puede justificarse. La ciudadanía no puede caer en estas falacias. Los crímenes de Estado tienen un doble peso moral, puesto que son ejecutados por los mismos que, en nombre de salvaguardar la estructura jurídica, tenían que respetar la vida de todos: incluso de los que pretendían alzarse contra ella. Salvar al Estado atacando el principio de cuidado del individuo es una actitud demencial, ya que viola la premisa sobre la que se radica la institucionalidad. El argumento de una excepción por circunstancias especiales tampoco puede aplicarse, ya que, según la cosmovisión derechista, solamente rige la excepción cuando el enemigo tiene el mismo poder logístico y de fuego que los poderes constituidos. No fue el caso argentino ni el de los países que padecieron el Plan Cóndor. Los ejércitos, más que garantes de la continuidad jurídica, se convirtieron en agentes de dominación imperial cuyo único objetivo era el de salvaguardar al naciente neoliberalismo de mercado. Por lo tanto, no hubo Estado de Excepción que justificara los golpes a la institucionalidad. Y además, los altos mandos tergiversaron la idea de Carl von Clausewitz (1780-1831) sobre el hecho de aniquilar la capacidad del enemigo. Para el teórico prusiano, el objetivo de una guerra consiste en inmovilizar al contendiente mediante la destrucción de su capacidad de fuego y logística. No se trata de eliminar físicamente al contendiente. En el caso argentino no puede hablarse de guerra según el estatuto técnico, dado que no hubo enfrentamiento de dos fuerzas relativamente homogéneas. Y además, la tortura y la desaparición del enemigo no están contempladas por los mismos teóricos del combate que forman parte de la formación castrense. Hecha esta salvedad, debemos retornar al problema de la doble implosión del justicialismo.

La derecha que pernoctaba en su seno también contribuyó a la destrucción del movimiento. La masacre de Ezeiza, fríamente planeada por comandos verticalistas de un nacionalismo delirante, aparejó la idea de que el único camino para la Argentina pasaba por el fin de la democracia tradicional y la instauración de un estado de violencia que purificara al partido peronista de cualquier divergencia. Esta derecha se plasmó mediante cuadros paraestatales que luego conformarían la atrozmente famosa Triple A y por un sindicalismo burocratizado destinado a controlar y reprimir cualquier manifestación obrera disidente[5]. La vieja columna vertebral devino en un anquilosamiento tal que contribuyó, tras la muerte del líder, al deterioro de todas las variables económicas. Exigencias desmedidas, aumentos salariales imposibles y una auténtica miopía respecto de la complejidad del ciclo capitalista de una economía periférica llevaron a una crisis galopante que culminó en la catástrofe del Rodrigazo, plan económico de ajuste que anticipó las líneas directrices del proyecto genocida de la dictadura.

La tragedia no tardaría en llegar. Los grupos juveniles que se animaron a poner en tela de juicio la misma existencia del estado fueron exterminados por una dirigencia que, en su aspecto visible, era comandada por la Junta Militar. Pero detrás de ese rostro manifiesto convivían el capital agrario dependiente del creciente mercado financiero, los sectores más anquilosados del poder eclesiástico y los cuadros de la vieja derecha peronista que se encargaban del trabajo sucio.

El sueño de un movimiento nacional de doble vertiente quedó finalmente destruido. Para los enemigos externos, una genealogía criminal que va de Braden a Kissinger, la labor se simplificó enormemente por la connivencia de los actores locales que obraron por fuera de la racionalidad de la historia (la vanguardia de izquierda) o por aquellos que transigieron del modo más escandaloso con los dueños del gran capital. Sindicalistas complacientes y caudillejos provinciales formaron este binomio de la infamia.

Con el retorno a la vida democrática ya no puede hablarse de peronismo en sentido estricto. La fracasada fórmula encabezada por Luder y Bittel no era más que una continuación de la crisis de representatividad iniciada tras la desaparición del General.

A partir del año 89, tenemos una versión que se acomoda, desde un plano retórico, a ciertas demandas nacionalistas, pero inmediatamente esas manifestaciones fueron expulsadas con virulencia de la acción de gobierno. El llamado “menemismo” marca el derrumbe del aparato partidario. La hipotética creación de una falsa concordancia entre el justicialismo y aquellos que buscaron desestabilizarlo desde los inicios destruyó parte de los cimientos con que la Argentina había intentado vertebrarse como nación en el siglo XX. Tanto el plan Bunge y Born como las políticas de la convertibilidad de Cavallo fueron la antítesis del justicialismo. Terminada su etapa de tragedia, se pasó a una festividad macabra en la que los dueños del capital, que habían conspirado contra las aspiraciones populares, se adueñaron del sistema político para aplicar una sucesión de ajustes destinados a minar los restos de industria argentina que la administración radical del doctor Alfonsín había intentando poner a resguardo. El “peronismo” es un hijo periférico de la Modernidad; el “menemismo” constituye su parodia dentro del mundo líquido posmoderno. En nombre del pragmatismo, el menemato construyó una alianza con las tendencias más reaccionarias del sindicalismo y el capital especulativo. Las consecuencias se hicieron sentir años después. La llamada “convertibilidad” necesitaba mantenerse mediante un endeudamiento crónico que llegaba a los 8000 millones de dólares al año. Pasada una década, y sumando los intereses de la anterior experiencia neoliberal de Martínez de Hoz, la Argentina pasó a tener un pasivo de alredor de 160000 millones de dólares. La crisis estalló en la administración de Fernando De La Rúa. Nuestro país, llamado con desparpajo el mejor discípulo del plan de Friedman, se convirtió en una república devastada. El justicialismo necesitó reciclarse en algo que recuperara parte de sus lineamientos históricos tradicionales. En sentido estricto, el “kirchnerismo”, aunque posea una innegable raigambre en la doctrina de Perón, constituye una vertiente política distinta. Surgió como una emanación del anacrónico aparato partidario, pero existen en él tendencias democráticas profundas que son un salto superador respecto de lo que históricamente encarnó el aparato peronista. Nacido al calor de la más aguda crisis de las instituciones republicanas, intentó recuperar ciertos andamiajes económicos que permitieran al Estado argentino algún margen de maniobra frente al capital especulativo. Sus esfuerzos por cambiar la matriz productiva anquilosada por los ajustes practicados desde Martínez de Hoz hasta el retorno de Cavallo fueron notables, aunque insuficientes. No obstante, su gestión, más allá de los vaivenes políticos, será recordada tanto por un efectivo desendeudamiento (se pasó de una deuda externa que superaba el 110 % del PBI a una menor al 45 %) como por otros factores entre los que merecen destacarse la intensa recuperación laboral, el intento de diversificar la palabra periodística (lo que le aparejó un linchamiento constante por parte de las corporaciones mediáticas) y un vasto plan de medidas sociales que pretenden una integración social que tampoco se ha logrado satisfactoriamente.

PERIODIZACIÓN DEL JUSTICIALISMO

Los estudiosos de nuestra economía hablan del período 55- 75 con el nombre de Stop and Go. Con esto quieren señalar que, dada la estructura productiva insuficiente que caracterizó nuestro desarrollo como nación periférica, nos acostumbramos a vivir en ciclos en los que el aparato, al reactivarse, generaba un incremento productivo, pero esto a su vez alentaba fuertes tensiones inflacionarias que necesitaban estabilizarse mediante políticas recesivas tendientes a controlar el alza de precios. De este modo, cada etapa recesiva del ciclo frenaba los alcances de la etapa expansiva. La tensión social generada obligaba a un nuevo ciclo de producción que volvía no mucho después a foja cero. Los planes liberales que van desde Alsogaray hasta López Murphy formaron parte del ajuste constante que experimentó el país. Lo practicado por las variantes extremas de ajuste (75; 76-83; 89-01) fueron intentos de salir del ciclo desarticulando de una vez y para siempre el insuficiente sistema económico nacional industrialista. Lo que sucedió en la economía fue reconfigurado, según los alcances de los distintos dispositivos, por el sistema cultural, jurídico y político[6]. En el caso del peronismo, como parte sustancial de la identidad argentina desde mediados del siglo XX, podemos hablar de un proceso análogo de avance y contracción. Esta labilidad marca un complejo entramado de alianzas y fracturas que marcan su historia. El siguiente esquema es un intento de provisorio de analizar las fases del proceso:

Fase 1- (43-45): Período embrionario. Desde la Secretaría de Trabajo, Perón sienta las bases de una nueva alianza clasista en la Argentina.

Fase 2- (46-55): Etapa expansiva con elementos regresivos (defensa de la iglesia como institución corporativa hasta 1950). Fortalecimiento de la gremialización, la industria y las conquistas sociales. Sobre el final, se manifiestan tensiones no resueltas ocasionadas por la insuficiencia productiva y la injerencia externa norteamericana, que traba el comercio exterior argentino. Ruptura con sectores tradicionales.

Fase 3- (55-73): Exilio. Amalgama de ideologías que van desde la izquierda vanguardista hasta el nacionalismo católico. Profundización de una supuesta ideología de doble vertiente.

Fase 4- (73): Momento expansivo. Nacionalismo económico con tendencias sociales de izquierda. Breve gobierno de Cámpora. Fractura de la doble vertiente.

Fase 5- (73-74): Momento expansivo en lo económico y regresivo en lo político. Endurecimiento del verticalismo. Expulsión de la juventud. Muerte del líder.

Fase 6- (74-76): Triunfo del verticalismo y crisis económica. Etapa regresiva en todos los aspectos. Decreto de Luder- Ruckauf que será tomado como excusa para el terrorismo de estado. Nacimiento de la Triple A. Elementos burocráticos se incorporan en los cuadros represivos que luego seguirán actuando en el Proceso.

Fase 7- (76-83): Etapa de exterminio practicada por el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Las principales víctimas serán los jóvenes de clase media, algunos pertenecientes a las organizaciones guerrilleras. No obstante, la mayoría de las desapariciones se ejecutarán contra sectores intelectuales, gremiales y políticos cuya militancia estaba centrada en el peronismo de izquierda. Connivencia entre sectores de la derecha liberal (cara visible del golpe) con la derecha nacionalista represora de la vieja vertiente verticalista del peronismo. Este pacto fue denunciado en la campaña del 83 por el doctor Alfonsín, futuro presidente de los argentinos.

Fase 8- (89-99): Etapa regresiva. Neoliberalismo menemista. Pasaje traumático a la posmodernidad periférica y dependiente. Fin de la soberanía nacional. Connivencia del viejo sindicalismo devenido en empresariado oculto. Corrupción absoluta de las categorías políticas. Indulto a los responsables del terrorismo de Estado. Crisis económica y desaliento social. Nace una generación que no verá al trabajo como una forma de organización social. Decadencia de las costumbres: frivolidad, banalización de la palabra, consumismo importador, desprecio por el trabajo y la ciencia que se traduce en la famosa frase de Domingo Cavallo: “Los científicos que se vayan a lavar los platos”. Fortalecimiento oligopólico de las corporaciones mediáticas. Ley Federal de Educación: los municipios deben hacerse cargo del área educativa. Derrumbe del sistema escolar.

Fase 9- (2002-2003). Duhaldismo. Inicio de una etapa expansiva en lo económico, pero represiva en lo social y lo político. Criminalización de la protesta social. Asesinato de Maximiliano Kosteky y Darío Santillán el 26 de junio de 2002. El aparato represivo del estado busca demostrar a Estados Unidos y a los organismos de crédito que se tiene el control de la situación. La movilización social impide el proyecto de un nuevo estado burocrático autoritario con apariencia republicana. Adelantamiento de las elecciones.

Fase 10- (2003-2015). Kirchnerismo. Etapa expansiva en lo económico e intento de democratización de la política y de la palabra. Se busca gestionar la equidad social desde la educación. Repatriación de científicos. Estatización de bienes perdidos durante el neoliberalismo: aguas y gas. Intento de retomar una política energética nacional con la compra del 51 % del paquete accionario de Repsol. Aplicación de un keynesianismo económico con fuerte tendencia a cuidar el mercado interno. Alianzas circunstanciales en pos de mantener la gobernabilidad de un proyecto industrialista. Estas alianzas, muchas veces contradictorias, se tejen con sectores del sindicalismo empresarial, la pequeña burguesía, los medios masivos y la intelectualidad. Se genera una situación paradójica: la salida de la crisis de 2001 deteriora las alianzas de origen. La clase media apoya el paro patronal agrario en 2008; hay ataques sindicales desmedidos por el Impuesto a las Ganancias; se exhibe una violencia mediática constante; grupos de la intelectualidad se subordinan al modelo corporativista de concentración de capital y genera comunicadores del hipotético desastre.

A la etapa expansiva sobreviene una contracción económica generada por los grupos financieros. Esto se traduce mediante la fuga de dólares y la presión inflacionaria para desestabilizar el proceso de avance tecnológico e industrial. Entra en escena un neo-lumpenaje cuya infancia, forjada en el “menemismo”, no responde a las categorías políticas de la democracia liberal ni de la juridicidad moderna. Esto conlleva a un pánico social fogoneado por los medios. Reacomodamiento mediático de la derecha burocrática y autoritaria. Se vislumbran signos de regresión social: linchamientos, apología encubierta de la violencia.

EPÍLOGO DE AMARGURA

El Justicialismo quiso ser una filosofía práctica que permitiera pasar de una Argentina colonial y dependiente a una nación soberana en el manejo de sus recursos.[7] Para ello, hubiera necesitado tanto de la creación de una pequeña burguesía nacional con fuerte dinamismo innovador como de una efectiva democratización de las fuerzas armadas y de seguridad interna. No sólo que no alcanzó esos objetivos, sino que muchas veces colaboró con la reacción conservadora. Sigue siendo loable su intento de llegar a la equidad social, pero no siempre se encontraron los mejores medios para propender a ella. Desde una perspectiva hegeliana, podríamos decir que el segundo movimiento histórico de nuestra patria no logró superar la fuerza de lo establecido. La síntesis que pretendió entre la socialización de los beneficios y la creación capitalista fue insuficiente.

Los argentinos debemos repensar qué modelo de sociedad capitalista deseamos. El retorno al neoliberalismo corporativista es una tentación constantemente fogoneada desde los sectores concentrados del capital que dirigen los grupos multimedia. Sin dudas, esta labor de desgaste contra la política logra frutos efectivos, al punto que sería interesante replantear si las tesis del funcionalismo no deban ser repensadas nuevamente. Este debate debe exceder la cuestión baladí del triunfo electoral con el periodismo en contra. Los multimedios han lavado su conciencia diciendo que el triunfo del kirchnerismo con el 54 % de los votos en 2011 es la prueba palmaria de que no influyen en la gente. Nada más superficial. La influencia no pasa por el voto, sino por lo que se denomina ideologema[8]. La multimedia refuerza el sistema de creencias sociales vigentes y, en los momentos de zozobra social, permite que refluyan los supuestos básicos subyacentes de las clases medias y las altas burguesías.

Basta leer con detenimiento las Cartas de Lectores o los comentarios en las Redes Sociales para constatar este patrón de conductas:

-Somos la gente honesta.

– Todos nuestros logros se debieron a nuestro esfuerzo.

-En tanto que distribuidor de riqueza, el justicialismo genera vagancia porque subsidia a los sectores más bajos.

-La pobreza de estos sectores se debe a su inoperancia social (son vagos, no tienen hábitos de limpieza, no estudian).

-Por lo tanto, con nuestros impuestos subsidiamos a sectores inferiores.

-El gobierno emite dinero para seguir financiando los planes sociales.

-La emisión monetaria es inflacionaria.

-La inflación es generada por los desclasados que, al recibir dinero, amplían la base monetaria y provocan presión en el sistema de precios.

-Los políticos hacen esto para tener clientela y mantener a la gente en la ignorancia.

-Los ignorantes sólo votan siguiendo sus mezquinos intereses. Como consecuencia, la plebe sigue siendo la base social de los populismos.

-El populismo es un pacto de corrupción entre la baja plebe ignorante y la dirigencia que pretende eternizarse mediante el colapso de las sagradas instituciones republicanas.

 

Este patrón de conducta, incluso reproducido por la intelectualidad orgánica al capital, genera una sensación de escándalo moral constante. Proponemos a los lectores que vean las tapas de los principales diarios del país y analicen la repetición de giros verbales que operan de una forma monolítica.

La descolonización mental es un trabajo arduo en el que las vertientes más lúcidas del país, desde Manuel Ortiz Pereira (1883-1941), pasando por Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959), Arturo Jauretche (1901-1974), Leopoldo Marechal (1900-1970), Leonardo Favio (1938-2012), John William Cooke (1919-1968), Rodolfo Walsh (1927-1977), Gérmán Rozenmacher (1936-1971), Juan José Hernández Arregui (1913-1974), Fermín Chávez (1924-2006), Norberto Galasso (1936) y tantos otros hasta Carta Abierta no han logrado transformaciones sistémicas. El sistema educativo tampoco está preparado para romper los moldes del viejo patrón liberal reciclado ahora en el individualismo consumista y en la jocosa exaltación de una vida simple que puede subsanarse con renovados manuales de autoayuda espiritual.

Los dos grandes movimientos históricos, el Radicalismo yrigoyenista continuado por el doctor Alfonsín y luego el Justicialismo iniciado por Perón y reelaborado por el kirchnerismo han sufrido un vasto proceso de erosión que no les permitió llegar al surgimiento de otro país.

Seguramente, el derrumbe de la Ciudadanía y el surgimiento de esa nueva forma social que es la Gente manifiestan un reflujo conservador alarmante. Debemos seguir pensando en las causas de este fracaso. Acaso la nueva politización de algunos sectores juveniles sea una forma de barajar y dar de nuevo. A ellos dedicamos este prólogo con la esperanza de que lo analicen y critiquen. Son ellos los que deberán sanar las heridas de la historia. Y si algún se ha molestado con estas palabras, sepa ser indulgente, porque como dice el mayor de nuestros poemas:

Mas naides se crea ofendido,

pues a ninguno incomodo;

y si canto de este modo

por encontrarlo oportuno,

NO ES PARA MAL DE NINGUNO

SINO PARA BIEN DE TODOS.

  1. El proceso es complejo. En Inglaterra se logró gracias a la alianza del hombre burgués con el noble. En Francia, por un proceso de franca oposición (1789) que luego tendría etapas de retroceso y avance. Las figuras de Napoleón Bonaparte y Luis Napoleón son nombres que representan el ciclo pendular del pensamiento burgués.

  2. Más adelante veremos que las cuatro etapas en que dividimos la historia del Justicialismo como ideología compendian diez fases de nuestro devenir como Nación.

  3. Evitamos el sustantivo “desregulación” porque es un neologismo no aceptado por la Real Academia. No obstante, al ser un término que se ha incorporado (lamentablemente) a la vida de los argentinos, hemos decidido mencionarlo porque facilita la comprensión de este trabajo.

  4. ¿Puede detenerse la Dialéctica? Tanto el fascismo, como el comunismo, el nazismo, la democracia liberal y el neoliberalismo anhelaron cada uno llegar, por sus propios medios, al Fin de la Historia. Incluso el mismo Hegel sintió que su Fenomenología era el punto final del proceso evolutivo del espíritu humano. A la luz de los hechos, la Dialéctica jamás deja de desenvolverse porque los hombres cumplen menos un plan teleológico que una dinámica infinita. El Justicialismo, con su sueño filosófico de una Tercera Posición, quiso encontrar una forma de escapar a las tensiones pendulares del mundo bipolar de la Guerra Fría. Digamos que fue una forma autóctona de soñar el Fin de la Historia. La doble vertiente del peronismo no logró un proyecto unificador. Este fenómeno determinó la muerte interna del movimiento. En cambio, el exterminio durante el Proceso Militar fue la muerte externa. Paradójicamente, el menemismo, con sus funcionarios extraídos de la dictadura (Cavallo, Camillón) constituyó la síntesis de estas dos muertes. El kirchnerismo viene a ser una negación de la síntesis anterior. Cuando nadie lo esperaba, la Dialéctica volvió a aparecer. Pero dentro del kirchnerismo operaron y operan los propios agentes de la derrota.

  5. Perón solía burlarse de Agustín Tosco llamándolo “el caballero de la Triste Figura”. Más allá de la fina cita cervantina, no podemos más que lamentar esta incomprensión del veterano dirigente para con los cuadros de probada honestidad moral y solvencia intelectual que estaban fuera de su movimiento.

  6. La sociología sistémica de Niklas Luhmann (1927-1998) es efectiva, en estos casos, para explicar la complejidad del funcionamiento social. Todo sistema (el económico, por ejemplo) genera una serie de prácticas que son reconfiguradas, a su modo, por el resto de los sistemas. Cada unidad es independiente de las otras y forma parte de un entorno que las presiona. Esta presión determina que cada unidad sistémica provoque acciones tendientes a responder, desde su lógica, a las presiones del entorno.

    La sociología luhmanniana logra explicar la Posmodernidad dentro de una idea de funcionamiento informático. Pensemos en una computadora. Cada vez que deseamos pasar información de un programa a otro, se produce un reacomodamiento de la información según las estructuras del nuevo programa. Por ende, la sociedad se mueve por presiones externas e interacciones internas sin más finalidad que la de seguir funcionando. Tal vez el mayor descubrimiento de las Ciencias Sociales de la posmodernidad sea la idea de que no hay un plan dialéctico inmanente al espíritu de la historia. Lo que hay son respuestas y contrarrespuestas para que los sistemas puedan reconfigurarse. Actualmente, la lógica de la historia se rige más por la inmanencia de los sistemas que por cualquier teleología que se despliega desde sí. Aventuramos la siguiente hipótesis: al peronismo clásico se lo puede leer desde una dialéctica hegeliana. Tras el derrumbe del mundo moderno, hay que analizar a las proyecciones del justicialismo (menemismo, duhaldismo y kirchnerismo) dentro de una sociología sistémica. ¿Qué es el menemismo? Podemos entenderlo como la forma adoptada por el sistema político para sobrevivir a las presiones del sistema corporativo. Esa forma política implicó el desmantelamiento del Estado hasta idiotizarlo. ¿Qué es el kirchnerismo? La respuesta del sistema Estado frente a la posibilidad de su atrofia definitiva por las presiones de los sistemas corporativos. ¿Hay en esto una dialéctica hegeliana? No. Lo que hay son formas de supervivencia que conllevan su propia dinámica. Los hombres, al vivir en las redes sistémicas, tenemos expectativas. De este modo, la política se convierte en la necesidad de salvaguardar, en lo posible, las propias expectativas de vida comunitaria. Consejo a la juventud: generar expectativas sociales dentro de sistemas cada vez más fríos e informatizados.

  7. La Iglesia forjó la Teología de la Liberación en la década del 60. Este sistema de pensamiento consideraba que el papel de las oligarquías era inadmisible en el plan de Dios. Los sectores de avanzada del clero entendieron que la teología debía politizarse en el mejor sentido de la palabra: construir ciudadanía evangélica. De ahí el constante trabajo pastoral con los pobres. A esta teología sobrevino como respuesta conservadora la teología del Pueblo, que entiende que todos están llamados a ser parte del plan divino: incluso los que explotan a sus hermanos. Esta perspectiva, de clara raigambre conservadora, representa el modo en que ciertos sectores eclesiásticos decidieron expurgar la politización cívica dentro del seno de la corporación vaticana. Puede ser una interesante tesis para una investigación el paralelismo existente entre la iglesia desde Concilio Vaticano II (etapa expansiva) hasta su aquiescencia con las dictaduras y neoliberalismo imperante (etapa de reflujo) respecto de los avances y retrocesos generados por los movimientos populistas. ¿Por qué no pensar, por ejemplo, que el Justicialismo vivió un proceso semejante? Nació como filosofía cristiana, luego se enfrentó con la institución eclesial y más tarde, en el período 73-74, buscó reconciliarse con ella para incorporarla en el planteo integrista del retorno. En tanto que institución, la Iglesia fue muy parca con la acción del Proceso y con la actuación anticristiana de la gestión menemista, pero manifestó una singular dureza con las gestiones progresistas de Alfonsín y Kirchner. Como dice el evangelista: por sus acciones los conoceréis.

  8. La Ideología tiene que ver con una actitud política que se vincula con formas partidarias y manifiestos más o menos explícitos, como La riqueza de las naciones, el Manifiesto Comunista o la Doctrina Justicialista. El Ideologema en cambio, es un sistema de representaciones que una sociedad manifiesta a causa de la formación cultural y de la estructura económica. Algunas ideas sociales pueden ser expresadas simultáneamente por personas que se dicen de derecha o de izquierda. Algunas tesis raciales sobre la inutilidad de las razas indígenas, por ejemplo, han sido transmitidas por pensadores disímiles de todo el arco intelectual. Esa cosmovisión positivista forma parte de un ideologema que luego se transmitió a las clases medias formadas en una escuela periférica y eurocentrista.

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