Miguel Abuelo (Peralta): el canto como territorio de la libertad
En estos días de caminatas largas, con la intención de contrarrestar las horas inmóviles frente a la computadora, dejo sonar una vieja y bella canción. En ella, la voz de Miguel Abuelo me invita a pensar, una y otra vez, en la trama que se despliega en cada estrofa. Tal vez antes no fui lo suficientemente atento; quizás este presente, que me exige ralentizar el tiempo, me permite detenerme en cada verso sin apuro. Desde allí, me adentro en una poética donde la libertad no es una consigna abstracta, sino una experiencia vital, sensible y profundamente humana.
Su obra —tanto en su etapa solista como al frente de Los Abuelos de la Nada— configura una estética que desborda los límites del rock para dialogar con la filosofía, la lírica y una ética del deseo. En este universo, la canción Himno de mi corazón se erige como una memoria de calles, personas, lugares y libros. La escucho más allá de la melodía: es, fundamentalmente, un manifiesto íntimo de una libertad conquistada desde el interior.
Desde su primer verso —“Sobre la palma de mi lengua vive el himno de mi corazón”— se despliega una imagen poderosa: la palabra como vehículo de lo esencial. La lengua, órgano del lenguaje, se convierte en el soporte de un “himno”, es decir, de una verdad profunda que no proviene de lo institucional ni de lo colectivo en sentido tradicional, sino de la interioridad. En Miguel Abuelo, la libertad se encarna en el decir, en el acto mismo de cantar.
Este gesto poético se enlaza con una concepción de la vida como experiencia abierta: “La vida es un libro útil para aquel que puede comprender”. Aquí, la existencia no es destino fijo ni tragedia inevitable, sino posibilidad de lectura. Comprender implica interpretar, elegir, inclinar la balanza —como él mismo señala— hacia un parecer propio. La libertad, entonces, no es mera ausencia de opresión, sino capacidad de discernimiento, construcción de un sentido laico de la espiritualidad.
En este punto, la figura del artista se vuelve inseparable de su tiempo histórico. En una Argentina atravesada por dictaduras, censuras y violencias, su poesía propuso una resistencia que no adopta la forma del enfrentamiento directo, sino la de la afirmación vital. “Nadie quiere dormirse aquí / Algo puedo hacer”: la conciencia despierta frente a la pasividad, el compromiso frente a la inercia. No hay aquí una épica heroica, sino una ética cotidiana, casi susurrada, que invita a actuar desde lo posible.
El amor ocupa un lugar central en esta construcción de libertad. Pero no se trata de un amor posesivo ni normativo, sino de una alianza: “Siento la alianza más perfecta, que, en justicia, me une a vos”. La elección del término “alianza” es significativa: remite a un vínculo libre, consentido, basado en la equidad, bendición, salvación y perdón . El amor, en esta poética, no limita, sino que potencia; no encierra, sino que abre. Por eso, el presente “busca florecer de a dos”: la libertad individual encuentra su plenitud en el encuentro con el otro.
Asimismo, la canción plantea una dimensión casi utópica: “Nada hay que nada prohíba, ya te veo andar en libertad”. Este verso condensa una aspiración radical: un mundo donde la prohibición no sea el principio organizador de la vida. Sin embargo, lejos de la ingenuidad, Miguel Abuelo introduce una advertencia sutil: “Que no se rasgue como seda el clima de tu corazón”. La libertad es frágil, como la seda; requiere cuidado, sensibilidad, atención constante. No es un estado garantizado, sino una práctica.
El estribillo —“Por felicidad yo canto” / “Solo por amor lo canto”— revela el núcleo de su propuesta estética y ética. El canto no responde a una obligación externa ni a una demanda del mercado o del poder: es una expresión de felicidad y de amor. En un contexto donde muchas veces el arte se instrumentaliza, Miguel Abuelo reivindica su dimensión gratuita, su potencia como acto libre.
La obra de nuestro poeta urbano, y en particular Himno de mi corazón, se inscribe en una poética que dialoga con la de Roberto Juarroz y su concepción de la “poesía vertical”. Creo reconocer allí una afinidad: ambas configuran una poética de la libertad que se despliega en múltiples niveles —el lenguaje, la vida, el amor, la acción y una razón abierta—. La libertad, en este marco, no es abstracta ni puramente política, sino una experiencia integral que atraviesa el cuerpo, la emoción y el pensamiento. Su canto no busca imponer verdades, sino invitar a quien oye a encontrar su propio “himno”: aquel que, como en la palma de la lengua, espera ser dicho para volverse real.
Vuelvo, entonces, a la intuición inicial: tal vez no le haya prestado la atención suficiente a esta canción profundamente reveladora. Como sugiere Ricardo Piglia, “ser de vanguardia es estar a destiempo, en un presente que no es de todos”.