
Deseo, colonialidad y descarte: una lectura latinoamericana de Stevenson
Por Ariel Acosta
Hay objetos que parecen contener el mundo. Una tarjeta de crédito, un teléfono, un título de propiedad, una escritura, un contrato, una botella. Objetos pequeños detrás de los cuales se esconden relaciones enormes. Relaciones entre quienes poseen y quienes carecen, entre quienes deciden y quienes obedecen, entre aquellos que disfrutan de los beneficios y aquellos sobre cuyos cuerpos se acumulan los costos (de inmediato aparecen autores latinoamericanos y por supuesto Fannon, es decir, el sur del mundo
En El diablo de la botella, Robert Louis Stevenson imaginó uno de esos objetos.
La botella puede conceder casi cualquier deseo a quien la posea. Riqueza, una casa magnífica, bienestar, aquello que parezca necesario para alcanzar la felicidad. Pero contiene un diablo y establece una condición: quien muera siendo su propietario perderá su alma. Existe una salida. La botella puede venderse, aunque siempre por un precio inferior al que se pagó por ella.
La regla parece sencilla hasta que comienza a acercarse a cero, entonces comprendemos que Stevenson no escribió solamente una historia sobre la codicia. Escribió sobre algo mucho más inquietante: la posibilidad de disfrutar de un beneficio presente trasladando hacia otro las consecuencias futuras.
Vista desde América Latina, esa botella resulta extrañamente familiar.
Porque nuestra historia también podría narrarse como una larga circulación de prosperidades cuyos costos fueron desplazándose de unas manos hacia otras, de unos territorios hacia otros y de unas generaciones hacia las siguientes.
Una botella llamada modernidad
Aníbal Quijano nos proporcionó una categoría fundamental para comprender este proceso: la colonialidad del poder.
La conquista de América no produjo solamente dominación territorial. Construyó una clasificación del mundo, organizó jerarquías raciales, distribuyó formas de trabajo y estableció quién tenía derecho a producir conocimiento, nombrar la realidad y definir aquello que debía entenderse por progreso. El colonialismo pudo formalmente terminar. La colonialidad, en cambio, sobrevivió.
Por eso la botella de Stevenson permite una inversión interesante de la mirada. Quizás el problema no sea simplemente que alguien desee demasiado. Quizás debamos preguntarnos qué sistema histórico organiza los deseos, quién tiene posibilidades de satisfacerlos y sobre quién recaen sus consecuencias.
Europa pudo presentarse como el lugar de la modernidad mientras una parte sustancial de las condiciones materiales de esa modernidad provenía de territorios colonizados.
Oro, plata, azúcar, algodón, caucho, petróleo, Después cobre, litio, soja, agua, biodiversidad.
Cambian las mercancías. Persiste una geografía y las mismas prácticas imperialistas.
El beneficio circula hacia determinados centros mientras los costos ambientales, sociales y humanos permanecen muchas veces en los territorios donde se extraen los recursos.
La botella cambia de propietario, el mecanismo permanece.
El mito de una modernidad inocente
Enrique Dussel fue todavía más lejos. Para la filosofía de la liberación, la modernidad europea no puede pensarse exclusivamente desde las revoluciones científicas, la Ilustración o la expansión de los derechos. Existe una cara que el relato moderno frecuentemente oculta: la conquista.
La modernidad tiene un reverso.
Mientras Europa construía un relato sobre la razón, el progreso y la civilización, millones de seres humanos eran incorporados violentamente a un sistema mundial que necesitaba clasificarlos como inferiores.
Dussel denominó a esta operación el mito de la modernidad: la pretensión de justificar la violencia ejercida sobre otros presentándola como sacrificio inevitable para alcanzar la civilización.
Aquí la botella de Stevenson adquiere una dimensión política mucho más profunda. Cada propietario puede disfrutar de sus dones porque supone que podrá entregarla antes del final.
La responsabilidad siempre puede postergarse, alguien vendrá después para aceptar correr aceptará el riesgo y alguien pagará.
La estructura moral de la botella se parece demasiado a una determinada estructura del progreso.
Contaminamos ahora porque mañana aparecerá una tecnología capaz de reparar el daño.
Extraemos ahora porque necesitamos crecer, endeudamos ahora porque las generaciones futuras producirán los recursos necesarios, precarizamos hoy porque primero debemos estabilizar la economía. Siempre existe una promesa futura que legitima el sufrimiento presente.
Y casi nunca quienes formulan esa promesa son quienes realizan el sacrificio.
Dussel obliga entonces a cambiar la pregunta, porque ya no alcanza con preguntarnos cuánto progreso produce un sistema, Hay que preguntar: ¿quiénes son las víctimas cuando el mercado promete salvación?
Hay otro detalle extraordinario en el cuento. La botella tiene precio y el alma también.
Todo queda atrapado en una operación de compraventa.
Incluso la posibilidad de escapar de la condena depende de encontrar un comprador.
Stevenson construye así un universo donde aquello que parecía pertenecer al terreno de lo inconmensurable —el deseo, la felicidad, la vida, el alma— termina organizado por una transacción.
La lectura del papa Francisco introduce una tercera dimensión.
En Evangelii gaudium, Laudato si’ y Fratelli tutti aparece reiteradamente una crítica a la absolutización del mercado y a la construcción de una cultura del descarte.
“El mercado por si mismo no garantiza el desarrollo humano integral ni la inclusión social”.
No todo puede convertirse en mercancía, no todo puede medirse por su rentabilidad.
Y, sobre todo, ninguna economía puede considerarse exitosa si necesita producir seres humanos descartables para funcionar. La expresión resulta particularmente adecuada para leer el cuento.
Porque ¿qué hace cada propietario de la botella?
Busca a alguien dispuesto a recibir aquello que él ya no quiere cargar, busca, finalmente, a un descartable.
El mecanismo necesita que siempre exista alguien suficientemente necesitado, desesperado o ingenuo como para aceptar el riesgo que otro desea abandonar, la desigualdad deja entonces de ser una anomalía del sistema, se vuelve una de sus condiciones de funcionamiento.
El último comprador
Aquí aparece quizá la imagen política más perturbadora del relato.
¿Qué sucede cuando el precio se acerca a cero?, ¿Qué ocurre cuando ya casi no existe nadie a quien transferirle la botella?
En términos contemporáneos podríamos formularlo de otra manera:
¿A quién le venderemos finalmente nuestros costos?
Durante siglos fue posible desplazar consecuencias, por ejemplo, los residuos hacia determinados territorios, la pobreza hacia determinadas periferias, al igual que la contaminación hacia determinados pueblos, las deudas hacia las generaciones siguientes, el capitalismo logra naturalizar la explotación hacia trabajadores invisibles. Todo se desplaza hacia adelante. El deterioro ambiental hacia un futuro suficientemente lejano como para no interferir con el balance del próximo trimestre.
Pero el planeta tiene una característica: es finito, Francisco lo expresó mediante una idea sencilla y profundamente política: todo está conectado.
No existe una crisis ambiental separada de una crisis social.
Existe una crisis socioambiental y la botella siempre vuelve; Lo hace como humo emitido en un territorio que modifica una atmósfera compartida. El plástico arrojado en un océano reaparece en la cadena alimentaria. La destrucción de un ecosistema modifica otros ecosistemas. La desigualdad extrema termina erosionando las democracias que parecían inmunes a sus consecuencias.
Tal vez estemos llegando, como humanidad, al momento del cuento en que descubrimos que quedan muy pocas monedas debajo de la última moneda. Esta afirmación, que parece estar embebida de pesimismo, es necesaria como esperanza de la conciencia, una conciencia humana, que se piensa a si mismo con otros.
América Latina y el precio de la botella
Para nosotros la cuestión adquiere otra intensidad, América Latina conoce perfectamente la diferencia entre tener recursos y ejercer soberanía sobre ellos.
Conoce también una paradoja persistente: territorios extraordinariamente ricos capaces de producir sociedades profundamente desiguales. Quijano permite comprender la estructura histórica de esa contradicción.
Dussel nos acerca a escuchar a quienes quedaron debajo de ella.
Francisco obliga a incorporar una dimensión ética: ninguna racionalidad económica puede legitimarse indefinidamente si su funcionamiento exige producir descartados.
Los tres confluyen, desde tradiciones diferentes, en una misma ruptura epistemológica.
Hay que mirar el mundo desde otro lugar, no desde quien posee la botella, sino desde quien finalmente debe recibirla.
Ese desplazamiento parece pequeño, pero transforma completamente la política.
Porque una economía observada desde un directorio empresarial puede mostrar crecimiento mientras, vista desde un barrio popular, significa pérdida del trabajo.
Una explotación minera contemplada desde una planilla de exportaciones puede significar ingreso de divisas mientras, mirada desde la comunidad que habita ese territorio, puede implicar una disputa por el agua.
Una deuda puede representar financiamiento desde la perspectiva del acreedor y décadas de condicionamientos desde la perspectiva de quien deberá pagarla.
No existen estadísticas inocentes cuando se decide desde dónde mirar.
El deseo colonizado
Pero todavía queda algo más. La botella no obliga a nadie a comprarla, Seduce y probablemente allí se encuentre su mayor poder.
La dominación más eficaz no necesita imponernos permanentemente aquello que debemos hacer. Le alcanza con intervenir sobre aquello que deseamos.
Queremos consumir, acumular, llegar, parecernos, queremos pertenecer, la colonialidad también habita allí.
No solamente en las instituciones económicas internacionales, en las relaciones comerciales asimétricas o en la propiedad de los recursos estratégicos. También en una subjetividad que aprendió a observar el mundo con los ojos de quienes ocupan su centro.
Quijano llamó la atención sobre esa dimensión profunda de la colonialidad: la capacidad de organizar no solamente el trabajo y el poder, sino también el conocimiento y la producción de subjetividades.
Dussel propuso otra geografía para pensar: mirar desde la exterioridad, desde aquellos que el sistema convirtió en periferia.
Francisco, desde otro lenguaje, insiste en recuperar fraternidad, comunidad y cuidado frente al individualismo de una sociedad que convierte al otro en competidor, consumidor o residuo.
Los tres, de diferentes maneras, nos invitan a romper el vidrio.
Romper la botella
Quizás allí podamos separarnos finalmente de Stevenson.
En el cuento, el problema parece resolverse encontrando otro comprador.
Nuestra tragedia política comienza precisamente cuando aceptamos esa regla.
Porque mientras discutamos solamente quién debe quedarse con la botella, seguiremos dentro del mundo construido por el diablo.
Tal vez la verdadera emancipación consista en cuestionar el contrato.
Preguntar por qué alguien debe poseerla, por qué el deseo debe organizarse alrededor de la acumulación, por qué el bienestar de unos necesita convertirse en sufrimiento de otros, por qué llamamos progreso a aquello que destruye las condiciones que hacen posible la vida.
Y por qué seguimos creyendo que siempre existirá una periferia suficientemente distante donde depositar aquello que no queremos ver.
Desde la perspectiva de estos tres pensadores podemos afirmar que: Quijano llamó a desmontar la colonialidad, Dussel propuso pensar desde las víctimas y construir una ética de la liberación, Francisco reclama escuchar simultáneamente el clamor de la tierra y el clamor de los pobres.
Tal vez estén hablando, con lenguajes distintos, de una misma decisión histórica, insisto en que esta última afirmación, me acerca tanto a Fannon, no puedo dejar de pensar en que su discurso, marcó un camino estilístico, pero, sobre todo, nutrió con potentes fundamentos para los ciudadanos de la periferia.
No necesitamos encontrar alguien que compre nuestra botella, solo necesitamos construir una sociedad que ya no necesite venderla, porque quizá hayamos entendido mal el cuento durante todos estos años, porque el diablo nunca estuvo encerrado en el vidrio, estaba en la regla que todos aceptaban.