Introducción
El documento «Pautas: celulares en las instituciones educativas» del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe (2026), establece una prohibición clara del uso recreativo de dispositivos digitales personales en el aula para todos los niveles, delegando en las instituciones de nivel secundario la responsabilidad de definir la regulación o prohibición durante los recreos mediante acuerdos de convivencia. Asimismo, el Ministerio sugiere la promoción de los recreos libres de pantalla en todas las instituciones educativas.
Según el documento, el espíritu de esta regulación no es meramente restrictivo, sino que se fundamenta en la necesidad de resguardar la atención, facilitar el desarrollo de capacidades cognitivas y sociales, y prevenir problemáticas como el ciberacoso y las apuestas online. El documento oficial reconoce que, si bien la tecnología es un eje central de la enseñanza, el desafío actual radica en equilibrar estas oportunidades con la protección de los entornos de aprendizaje.
Sin embargo, nos interesa puntualizar aquí que el cumplimiento de estas pautas no debe recaer exclusivamente sobre cada trabajador de la educación en la soledad del aula, añadiendo así una nueva capa de exigencia al ya de por sí sobrecargado rol docente. Por ello, cabe señalar que la normativa convoca a un «firme compromiso y participación» de las familias, así como a la «elaboración de protocolos institucionales» que orienten la intervención responsable.
Es imperativo que esto se haga efectivo y no quede en mera retórica de atril; de lo contrario, ocurrirá lo que suele suceder: la bonita grandilocuencia del funcionariado se diluye en una áspera lógica prohibitiva cuya ejecución —a la postre de cuño «policial»— termina siendo cargada sobre las espaldas de los docentes. Esto desresponsabiliza tanto a las familias como a los directivos encargados de la organización y gestión institucional.
Además, en este contexto, el presente artículo se propone profundizar en las dimensiones subjetivas que subyacen a esta normativa. Más allá de la regla técnica, es imperativo analizar cómo la intrusión algorítmica afecta la constitución subjetiva y de qué manera la escuela, como universo extrafamiliar, puede seguir siendo ese espacio de cuidado donde el niño y el adolescente logren, efectivamente, existir más allá de las exigencias de funcionamiento que el mercado digital impone a los cuerpos. Al respecto, téngase en cuenta que la subjetividad se configura en el cuerpo a cuerpo de los sujetos con los dispositivos de la sociedad que habita.
El impacto de los algoritmos en la subjetividad
Abordamos aquí la polémica por el uso —o más bien, por la sola presencia— del celular en las aulas, centrándonos especialmente en el nivel secundario. Descartamos el análisis en los niveles inicial y primario, pues allí debe priorizarse el juego (su potencial simbolígeno) y no el efecto absorbente de la mera fascinación por las imágenes. Esta fascinación es la «cara amable» del brutal impacto que los algoritmos digitales operan sobre los cuerpos. Funcionan como portentosas máquinas aspiradoras de goces.
En el nivel secundario ocurre algo similar. Desde lo pedagógico, debemos entender que el proceso educativo es, de punta a punta, un proceso de responsabilización creciente: intelectual, ética y política (o de socialización, si acaso el término política genera resistencias). Este es el horizonte necesario para recortar e interpretar el fenómeno. Asimismo, si las ciencias de la educación han desplazado su objeto de estudio desde el ya clásico binomio docente-alumno hacia el aula como experiencia social situada y contextualizada, entonces debemos leer la presencia del celular desde esa misma perspectiva.
La conexión interpersonal es el núcleo irreemplazable del aprendizaje y de la configuración subjetiva. En efecto, el proceso de aprendizaje está intrínsecamente ligado al «vínculo humano». Por eso, ante el avance de la inteligencia artificial, el verdadero desafío está en cómo utilizar la tecnología para volver a lo verdaderamente humano de la experiencia educativa: el encuentro, la búsqueda y el sostener la pregunta frente al otro. Es decir que no se trata de rechazarla, sino de saber cultivarla.
La intrusión algorítmica vs. el acto pedagógico
Existe una tendencia a naturalizar el celular como una suerte de «marca identitaria» o casi como una extensión de la corporeidad del estudiante. Sin embargo, su presencia dificulta la «buena enseñanza» y la producción del acto pedagógico, el cual posee una estructura triangular: la relación entre docentes y estudiantes respecto de objetos de estudio. Es que el mero funcionamiento de los algoritmos digitales se basa en la intrusión permanente. Por ejemplo, a través de las notificaciones, estos dispositivos desvían la atención, pero no solo la atención dirigida al docente, sino la capacidad del propio sujeto para direccionar su foco.
Hablamos aquí de una dinámica algorítmica que opera directamente sobre los cuerpos de los estudiantes. Si bien conocemos esto por los «algoritmos analógicos» debatidos en la biopolítica, los digitales son secuencias lógicas mucho más sofisticadas. Su efecto de fascinación actúa docilizando los cuerpos.
Esta lógica es «machacona» y redundante; es una notificación tras otra, robotizada, que impide el distanciamiento requerido para la producción simbólica. Lo cual afecta la educabilidad del sujeto en tanto que queda capturado en un inmediatismo de descargas de montos de excitación y búsquedas de satisfacción inmediata. Esto es opuesto a los procesos diferidos y reflexivos que exige la transmisión cultural.
Es cierto que no hay que desatender a la dinámica transmedial que hoy recorre la cartografía digital del mundo, pero esto no equivale a resignar lo cultivado ante la urgencia de lo inmediato. El problema es que hoy tenemos muchos «usuarios», pero pocos «usos criteriosos»; quizás, más que usuarios, hay carne humana que está siendo usufructuada por los dueños de los algoritmos.
El déficit de cuidado del mundo adulto
El problema no es de los jóvenes; ellos lo portan y lo padecen. El problema es del mundo adulto y de un déficit en los cuidados de la cría humana. Entregar el cuerpo de las nuevas generaciones al mercado es permitir que una empresa obtenga un «plus de goce» a costa de la subjetividad del menor.
De ahí que resulte aconsejable retrasar el acceso a los celulares en las infancias el mayor tiempo posible y educar mediante el ejemplo, ya que los niños imitan a los adultos que ven a tiempo completo hiperconectados. Por ejemplo, hay mesas familiares donde nadie se mira, porque la tecnología funciona allí como una burbuja que desconecta a los comensales de la realidad circundante.
Muchas familias manifiestan que no saben qué hacer con sus hijos respecto del uso del celular, y esperan que la escuela lo resuelva. ¿Qué significaría resolver eso? La escuela puede hacer algo, pero no todo… ni mucho menos criar hijos ajenos. La escuela apenas se puede ocupar de lo que le es propio; esto es, de producir el acto pedagógico: establecer una relación entre docente y estudiante respecto de un objeto de estudio.
Entonces, por paradójico que suene, podemos decir que el uso pedagógico del celular hoy debería orientarse a aprender a desconectarse del aparato para evitar la colonización algorítmica de los cuerpos. En tal sentido, la escuela no debe readecuar sus prácticas a las exigencias empresariales; de lo contrario, no es la escuela la que usa el celular, sino los celulares (y las empresas detrás de ellos) quienes, en definitiva, hacen un uso mercantil de la escena escolar.
Además, desde una política del cuidado y debido a la notoria pérdida de habilidades comunicacionales en otros espacios sociales, la escuela debe reivindicar el rol del aula física. Es que el espacio y tiempo educativo sirven un montón porque nos obligan a encontrarnos, a incomodarnos interactuando con quienes sienten y piensan distinto, y a recuperar la posibilidad de construir la identidad frente a otras personas de carne y hueso.
Sobre la prohibición y el criterio
No se trata de «prohibir por prohibir». Se trata de inscribir legalidad en los cuerpos para que existan sujetos éticos que hagan uso criterioso de los dispositivos digitales. En tal sentido, la prohibición solo es provechosa cuando se explicita un criterio pedagógico.
Con acrítica resignación ante lo que sucede, algunos opinan que el celular no se debería prohibir porque ya es parte de la identidad juvenil. Sin embargo, considerado desde una perspectiva decolonial y en tensión emancipatoria, urge señalar que el uso educativo de los dispositivos tecnológicos en la escuela debe realizarse de tal modo que permita al sujeto existir más allá de las determinaciones del mercado. Precisamente, «existir» significa hacerse presente, y para ello es necesario «desubjetivarse» de los procesos de opacamiento del sujeto que el discurso hegemónico de la época impone.
Esto requiere acuerdos comunitarios entre directivos, docentes y familias. Porque no hay que perder de vista que, si los adultos familiares no saben qué hacer con esto, téngase por seguro que los adultos empresarios dueños de los algoritmos sí saben qué hacer con los hijos de padres desnortados. Al respecto, no hay que incurrir en ingenuidades olvidando que la tecnología es una creación humana impulsada por intereses corporativos.
Lo que decimos no tiene nada que ver con una suerte de actitud tecnofóbica, sino con buscar una relación hibridada con la tecnología sin ceder a la «ilusión técnica» (Heidegger) que, como el espejo de Narciso, no ofrece reflejo, sino una superficie de absorción que ahoga.
La escuela como universo extrafamiliar
Muchas familias justifican la presencia del celular por la necesidad de una comunicación inmediata. Debemos recordar que la escuela es un universo extrafamiliar; es decir, un dispositivo que debe permanecer a cierta distancia del núcleo familiar. Parte de la emancipación de un ser humano es transitar territorios por fuera del control parental. Si hay una urgencia, los canales institucionales (secretaría, preceptores) son suficientes. El control satelital y el inmediatismo solo revelan la angustia del adulto.
Incluso bajo una mirada utilitarista de «preparación para el mundo del trabajo», podemos decir que aprender a restringirse en el uso inmoderado del celular es parte del aprendizaje para la vida. Hoy es frecuente ver personal sanitario, policías, mozos y conductores particulares, entre tantos otros que, por estar capturados por la pantalla, se desempeñan de modo torpe y negligente. En tal sentido, aprender a restringirse en el uso del celular durante el tiempo del trabajo escolar enseña a interiorizar legalidad, a respetar la alteridad y a no priorizar el goce individual por sobre la convivencia ciudadana. Pues convivir significa que el otro existe, cuenta y ha de ser tenido en cuenta.
Propuestas operativas: El sistema de «lockers» o cajas
Para que la aplicación de la norma no recaiga exclusivamente sobre el trabajador docente —quien ya se encuentra sobrecargado y no debe oficiar de «policía de celulares»—, la responsabilidad debe distribuirse entre lo institucional y lo familiar; tal como lo señalan las «Pautas: celulares en las instituciones educativas» del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe (2026). En tal sentido, se propone:
- Responsabilidad institucional: implementar sistemas de resguardo (casilleros o cajas) por curso y división. De este modo, el estudiante deposita el dispositivo al ingresar y lo retira al finalizar la jornada, utilizándolo únicamente a solicitud del docente para fines pedagógicos.
- Responsabilidad familiar: queda a criterio de cada familia decidir si sus hijos concurrirán al establecimiento con dispositivos móviles. Respecto a la responsabilidad civil por eventuales pérdidas o daños, la situación podría resolverse de la siguiente manera:
a) En establecimientos de gestión estatal: mediante acuerdos de convivencia suscritos por los adultos responsables, con el Ministerio de Educación como garante institucional ante posibles reclamos.
b) En establecimientos de gestión privada: mediante seguros específicos para dispositivos electrónicos integrados a la cuota de aquellas familias que opten por que sus hijos asistan con teléfonos celulares.
Desde la óptica de la organización del trabajo escolar, el objetivo primordial es aligerar la carga administrativa del docente y prevenir enojosas situaciones de conflicto, grabaciones subrepticias o actos de ciberacoso dentro del aula.
Conclusión
El uso pedagógico del celular debe estar subordinado a la planificación docente. Si un profesor decide emplear recursos digitales para una clase específica, se retiran los equipos del resguardo institucional, se utilizan y se guardan nuevamente. Esto es así porque la única contextualización aceptable para el celular en la escuela es aquella que otorga sentido a la producción del acto pedagógico. Todo lo demás constituye una «chupina digital solipsista» que interrumpe el vínculo humano. Por ello, resulta relevante aprender a discernir un uso criterioso (moderado, lúcido y responsable) que alterne momentos con pantallas y momentos sin ellas. De lo contrario, los estudiantes estarán, a tiempo completo, siendo corporalmente usufructuados por adultos tecnoempresarios.
Como señalaba la psicoanalista Sylvia Bleichmar respecto del complejo de Edipo, es necesario construir restricciones al goce de los adultos sobre los niños para que estos últimos puedan, efectivamente, existir. Hoy, sin embargo, esa distancia parece borrada por el seguimiento satelital y el control parental constante, bajo los parámetros establecidos por los empresarios dueños de las aplicaciones. En sintonía con esta idea, la psicoanalista Françoise Dolto advertía que el control parental excesivo suele resultar perjudicial, ya que puede anular la autonomía del niño. Al respecto, Dolto distinguía entre el control arbitrario y la transmisión de leyes necesarias; por ello, proponía dialogar con los chicos ejerciendo una escucha activa y una explicación honesta.
El mensaje central de este manojo de reflexiones es que no debemos tenerle miedo a la tecnología ni, mucho menos, delegarle nuestro pensamiento crítico. En su lugar, debemos involucrarnos y utilizarla con criterio para que se mantenga al servicio de fines educativos y sociales.