24M · 50 años | Liceos militares: Manuel Belgrano, el milico que no fue…

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Continuidades desde la Dictadura hasta Milei

Pedagogía castrense, parte 7.-

Cada 20 de junio la Argentina vuelve a envolverse en banderas. Las escuelas organizan actos, las autoridades pronuncian discursos y los edificios públicos cubren balcones y ventanas con los colores celeste y blanco. Acá, en Rosario, la escena vuelve a repetirse alrededor del Monumento Nacional a la Bandera. Como ocurre con toda liturgia reiterada, la familiaridad termina por volver invisible aquello que se celebra. Se habla de la bandera, pero rara vez se reflexiona sobre la figura de quien la creó.

Tal vez por eso convenga comenzar recordando una verdad tan simple como incómoda: Manuel Belgrano no era un militar.

La afirmación puede sonar extraña en una cultura política que durante décadas lo representó montado a caballo, rodeado de soldados y asociado casi exclusivamente a las campañas militares de la independencia. Sin embargo, antes de tomar las armas, Belgrano había sido abogado, economista, periodista y funcionario público. Fue uno de los grandes hombres de la Ilustración rioplatense. Sus preocupaciones principales eran la educación pública, el desarrollo económico, la producción nacional, la navegación, el comercio y la construcción institucional de una comunidad políticamente organizada.

Si terminó vistiendo uniforme fue porque las circunstancias históricas lo empujaron a hacerlo. La revolución necesitaba defenderse y aquel intelectual debió convertirse en conductor militar; no ocurrió al revés. No fue un militar que ocasionalmente se interesó por la política o la educación. Fue un hombre de pensamiento y de gobierno que asumió responsabilidades militares porque comprendió que, sin independencia política, ningún proyecto de transformación social sería posible.

«Mucho me falta para ser un verdadero padre de la Patria; me contentaría con ser un buen hijo de ella»

La paradoja

Quizás por eso, hoy, a cincuenta años del golpe de Estado de 1976, resulte tan llamativa una paradoja que mi propia biografía me llevó a vivenciar. Durante mi adolescencia estudié en el Liceo Militar General Belgrano, en Recreo, provincia de Santa Fe. Fue durante el lustro bisagra entre la dictadura y la democracia, entre 1981 y 1985. Como relato en mi libro Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos (2026), se trataba de una institución organizada bajo un régimen de internado y dependiente del Ejército, donde la vida cotidiana estaba minuciosamente reglamentada. Los horarios, los desplazamientos, los modos de hablar, de vestir, de comer e incluso de ocupar el espacio eran objeto de una supervisión permanente. El objetivo declarado consistía en formar una élite de “ciudadanos-soldados”, ya fuera para continuar la carrera militar o para integrarse, como civiles, a diversos espacios de conducción profesional, empresarial y política a lo largo del país.

¡El liceo Belgrano! Con el paso del tiempo fui comprendiendo la ironía encerrada en aquella denominación. La institución destinada a modelar adolescentes mediante una pedagogía de la disciplina llevaba el nombre de un hombre cuya trayectoria parecía representar exactamente lo contrario: la emergencia de una subjetividad capaz de actuar con autonomía frente a los poderes establecidos.

Belgrano no fue un obediente ejemplar; más bien lo contrario. Fue un hombre capaz de desobedecer cuando entendía que la fidelidad a un proyecto político exigía ir más allá de la mera sumisión a las jerarquías. Creó la bandera sin autorización previa de las autoridades porteñas, y la enarboló por primera vez a orillas del Paraná en la ciudad de Rosario el 27 de febrero de 1812. Impulsó reformas económicas que chocaban con los intereses dominantes de su tiempo. Defendió proyectos educativos que desbordaban los estrechos horizontes culturales de buena parte de las élites criollas. Incluso muchas de sus decisiones militares estuvieron guiadas por criterios políticos propios y no por una sumisión mecánica a los mandos superiores.

«El miedo sólo sirve para perderlo todo»

Su mayor acto de desobediencia estratégica y civil fue, sin duda, la gesta del Éxodo Jujeño. Al ordenar la retirada y la quema absoluta de la tierra, Belgrano no actuó bajo los fríos manuales de una corporación aislada, sino que convocó al pueblo entero a convertirse en un ejército popular en movimiento. Aquella masa de hombres, mujeres y niños abandonando sus hogares por una causa colectiva representa el reverso de la maquinaria burocrática e impersonal de la dictadura de 1976.

El terrorismo de Estado utilizó la maquinaria estatal para perseguir, vaciar y disciplinar a la sociedad civil. El ejército popular de Belgrano se constituyó desde el lazo social y la movilización plebeya para hacer posible la naciente soberanía nacional. Fue, en el sentido más profundo de la expresión, un sujeto político.

Y aquí aparece una pregunta que excede ampliamente la figura del prócer: ¿Por qué una institución como el liceo militar, orientada a la formación de la obediencia, eligió como símbolo a un hombre indomable que encarnaba la autonomía frente al poder?

De laboratorios y tecnologías de control

La pregunta obliga a pensar la pedagogía castrense no simplemente como un método educativo, sino como una tecnología de producción de subjetividad. Después de todo, toda pedagogía busca formar un determinado tipo de sujeto. Ninguna educación es neutral. Algunas procuran desarrollar la deliberación, la argumentación y la aptitud crítica; otras privilegian la coordinación, la disciplina y la subordinación de la iniciativa individual a una estructura jerárquica superior.

La pedagogía militar pertenece claramente a esta segunda tradición. No se trata de aprender tácticas o adquirir conocimientos específicos, sino de incorporar una particular relación con la autoridad, con el cuerpo, con el tiempo y con los otros. La marcha sincronizada, el uniforme, la formación, la vigilancia permanente y la ritualización de la obediencia constituyen mucho más que simples prácticas organizativas: son dispositivos orientados a producir una disposición subjetiva específica y, en definitiva, una cierta mentalidad.

«Fundar escuelas es sembrar en las almas»

Esta observación adquiere una relevancia especial al cumplirse cincuenta años del golpe de Estado de 1976. Durante la última dictadura genocida, la pedagogía castrense dejó de ser un modelo educativo acotado para proyectarse como una matriz cultural y política mucho más amplia. La lógica del mando y la obediencia, la desconfianza hacia la deliberación democrática, la identificación permanente de enemigos internos y la pretensión de regimentar la vida social impregnaron buena parte de las instituciones del país.

Los liceos militares formaban parte de ese universo cultural. No eran simplemente escuelas administradas por las Fuerzas Armadas; eran laboratorios pedagógicos donde se procuraba modelar una determinada imagen de la sociedad, fundada en la obediencia, la jerarquía y la sospecha frente al conflicto como componente inherente de la vida democrática.

Los proyectos en disputa

Sin embargo, sería un error reducir la historia de los liceos militares exclusivamente a la última dictadura. Mucho antes de ello, durante el primer peronismo, estas instituciones habían sido concebidas dentro de un proyecto nacional muy diferente. El propio Perón impulsó su expansión en el marco de una visión que procuraba articular Fuerzas Armadas, movilidad social ascendente, educación pública y construcción de una comunidad organizada, libre y soberana. La finalidad educativa del Liceo Militar General Belgrano, creado por Perón en 1947, poco tenía que ver con la orientación que adquiriría décadas más tarde bajo la influencia de la doctrina de la seguridad nacional y de las concepciones contrainsurgentes difundidas en el contexto de la Guerra Fría.

Precisamente por eso resulta interesante observar cómo un mismo dispositivo institucional puede ser apropiado por proyectos políticos diferentes. En sus orígenes, los liceos fueron concebidos como bachilleratos destinados a formar jóvenes que, tras su paso por la universidad, habrían de desempeñarse como profesionales comprometidos con el desarrollo nacional. Pero, con el correr del tiempo, y particularmente bajo el influjo de la Doctrina de Seguridad Nacional promovida por los Estados Unidos e irradiada hacia América Latina a través de organismos como la Escuela de las Américas y con la anuencia ideológica de la Escuela de Negocios de Chicago y del Episcopado castrense, aquellos establecimientos fueron progresivamente resemantizados dentro de una matriz elitista y antidemocrática, en sintonía con el terrorismo de Estado coordinado regionalmente mediante el Plan Cóndor.

La existencia de una misma institución no garantiza, por sí sola, la permanencia de un mismo espíritu. Los dispositivos sobreviven, pero los proyectos históricos que los animan pueden cambiar radicalmente. Lo que permanece constante son ciertas modalidades de producción de subjetividad. Allí radica la importancia de interrogar críticamente la pedagogía castrense: no por nostalgia ni por afán de saldar cuentas con el pasado, sino porque permite comprender mecanismos de formación de mentalidades que siguen operando bajo configuraciones diferentes.

En este punto, la figura de Manuel Belgrano vuelve a adquirir una inesperada actualidad. Porque el problema contemporáneo ya no pasa por la militarización de los adolescentes mediante internados y uniformes; los dispositivos han mutado. Hoy la vida cotidiana transcurre bajo tecnologías de vigilancia mucho más sofisticadas y capilares. Plataformas digitales, algoritmos, sistemas de reputación, métricas permanentes y economías de la atención que orientan percepciones, modelan deseos y favorecen la conformación de conductas previsibles con una eficacia que las viejas instituciones disciplinarias apenas habrían podido imaginar.

Las tecnologías cambian; la pregunta antropológica permanece. Antes el ideal era el soldado; hoy parece ser el usuario. Pero en ambos de estos casos, está en juego una disputa por las formas de habitar el mundo, de relacionarse con los otros y de ejercer la libertad. La pregunta de fondo continúa siendo la misma: ¿Qué tipo de sujetos queremos formar?

Recuperar el programa

La pedagogía castrense aspiraba a producir obediencia. Los entornos digitales contemporáneos, por su parte, parecen orientarse hacia una modulación algorítmica de la atención y la conducta. Por eso la figura de Belgrano continúa interpelándonos: no porque haya sido un héroe “militar”, sino precisamente porque no lo fue. Su vida civil, comprometida con la emancipación, testimonia la posibilidad de una ciudadanía capaz de pensar, deliberar y actuar con autonomía. Ese compromiso ético hundía sus raíces en un profundo respeto por la tradición cultural y por la dignidad de los pueblos originarios. Al proponer en el Congreso de Tucumán una monarquía constitucional liderada por un descendiente de la dinastía incaica, Belgrano no buscaba un exotismo pintoresco, sino la restitución histórica de un orden usurpado y la integración de las mayorías postergadas en el nuevo diseño de la Patria. Aquella propuesta revelaba que su imaginación política no estaba clausurada por los prejuicios eurocéntricos de las élites porteñas y que concebía la soberanía como una tarea que debía integrar también las tradiciones históricas y culturales de América. Su concepción de la soberanía nacía de su propio sentirse “pueblo”, compartiendo el destino y el sufrimiento de los nacidos en esta tierra del Sur. Su Norte era el Sur, y su legado nos recuerda que la soberanía no se reduce al control de un territorio ni a la mera defensa de las fronteras, sino que depende, en última instancia, de la formación cultural, educativa y política de una comunidad inclusiva.

«No busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria»

Quizás el homenaje más genuino que podamos rendirle este 20 de junio no consista en repetir ceremonias patrióticas por mera costumbre ni en exaltar una obediencia abstracta a los símbolos nacionales. Los pueblos necesitan rituales y memorias compartidas, pero los símbolos terminan vaciándose cuando se los separa de los proyectos históricos que les dieron origen. Se trata, entonces, de recuperar aquello que la historia fue relegando a un segundo plano: el programa ciudadano que habitaba detrás de la bandera. Porque la Argentina conservó la enseña, pero fue perdiendo la pregunta por las condiciones materiales, culturales y políticas que hacen posible una comunidad soberana.

«Sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla constituida, ese es el premio al que aspiro»

La paradoja adquiere hoy una forma particularmente inquietante. Mientras la liturgia patriótica vuelve a ocupar el centro de la escena, asistimos a un proceso de desindustrialización, extranjerización de recursos estratégicos y debilitamiento de capacidades estatales; una dinámica gubernamental que Belgrano difícilmente hubiera reconocido como expresiones de soberanía. Más llamativa aún resulta la circunstancia de que el propio presidente de la Nación, Javier Milei, haya declarado que cuando observa la bandera ve un “muro”. Un obstáculo para la expansión del mercado. La frase posee una fuerza involuntariamente reveladora. Porque quien profesa una filosofía anarcocapitalista que considera al Estado una anomalía y al mercado un principio ordenador superior, mantiene una relación problemática con el principal símbolo político de una comunidad nacional. Después de todo, la bandera representa algo más que un sentimiento o un recuerdo: representa una voluntad colectiva de organizarse políticamente.

Belgrano comprendía perfectamente esa dimensión. Por eso pensaba la independencia como inseparable de la educación pública, del desarrollo productivo, de la promoción del conocimiento y del fortalecimiento de las instituciones comunes. La soberanía no era para él una consigna vacía ni una mera escenografía emocional; era una tarea concreta.

«Sin industria no hay independencia»

A doscientos seis años de su muerte (20/06/1820) y a cincuenta años del inicio de los tiempos más sombríos de nuestra historia reciente (24/03/1976), la figura de Belgrano continúa recordándonos que la Patria no comienza en la obediencia ni termina en el mercado. Volver a Belgrano no significa militarizar la nación ni convertirla en una mercancía. Significa recordar que una comunidad política es, antes que nada, una tarea compartida. Y que la defensa más profunda de la soberanía comienza allí donde una sociedad conserva la aptitud de educar seres humanos libres.

“Un pueblo culto nunca puede ser esclavizado»

Tal vez esa siga siendo la tarea pendiente que flamea detrás de la bandera: aprender a habitar una Patria donde el otro deje de ser un enemigo, un subordinado o un simple competidor, para volver a ser, sencillamente, un compañero.

Referencia bibliográfica:

Altisen, C. (2026) Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos. Prohistoria ediciones.

Disponible en: https://prohistoria.com.ar/#!/producto/3086/

Comentarios

  1. Irma De Biasio

    No es necesario agregar nada más a este texto que nos acerca la persona de Manuel Belgrano por lo que fue, por lo que pensó, por lo que lucho.
    Lejos de la ideología de mercado y cerca de la soberanía de los pueblos

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