AMORES DE NOVIEMBRE, DIOS Y VILLANCICOS DE DICIEMBRE

AMORES DE NOVIEMBRE, DIOS Y VILLANCICOS DE DICIEMBRE

Por Martín Favale
La ciudad se veía rota, atravesada por pasillos oscuros, persianas bajas y conversaciones a medias. La vieja Buenos Aires se desgranaba en dos, y en ese desgarro nacía una forma nueva de pertenecer. Para quienes habían visto morir a los suyos en José León Suárez, en Berisso, en Avellaneda, etc., para los que habían contado cuerpos y llorado con las manos manchadas de barro y sangre, resistir ya no era una consigna; era el único modo de seguir en pie.

David guardaba las imágenes en el rincón más profundo de su pecho donde nadie podía alcanzarlo. Lo perseguían los rostros sin ojos, los crujidos de las botas sobre el suelo, el olor a pólvora que aún creía sentir en su nariz cuando recordaba ese fatídico momento. Cada vez que el viento golpeaba la ventana de la pieza, él sentía acercarse otra vez aquella mañana en la que los fusilamientos habían dejado una huella imborrable en su alma. En su cabeza resonaban aquellas súplicas—¡Tengo familia, tengo familia!—¡No me maten, por favor!—una y otra vez, sin poder apagar sus pensamientos.

David sabía que esos recuerdos no eran sólo suyos. Se repetían, con otros nombres y otros rostros, en muchas casas de la ciudad. La memoria individual se había vuelto una memoria compartida, imposible de callar.

Afuera, la resistencia había aprendido a transformar el ingenio en arma. Escribían en la pared la P y la V como quien clava una señal o una punta de lanza en territorio enemigo; las letras eran señuelos, reclamos, provocaciones. Si alguien reaccionaba, los que fingían la charla casual—los camuflados que se mezclaban entre la gente con saco y corbata—abandonaban la conversación y se abalanzaban sobre el ofensor. La calle se había vuelto teatro y trampa al mismo tiempo, y en esa representación se podían ver los límites de la dignidad y del odio.

En noviembre, cuando Perón firmó la delegación de poderes a John William Cook, la noticia llegó fragmentada, discutida, repetida en voz baja. El documento—real y simple, fechado a principios de mes—circuló como una señal que muchos esperaban desde hacía tiempo. Octavio la escuchó una noche sin saber del todo si creerla, como se escuchan las cosas importantes en tiempos de derrota: con esperanza, pero también con desconfianza. Para algunos, esa delegación era el último eslabón que unía lo disperso; para otros, una prueba de que la lucha debía ser sin concesiones; no votar si no nos dejaban elegir, sabotear las elecciones, cerrarle toda brecha de escape a la dictadura.

La huelga metalúrgica estalló con la fuerza de una marea que no pide permiso. El congreso de la UOM—tres días de debates caldeados en boca de los obreros—proclamó paro por tiempo indeterminado. Así se contaba en las reuniones nocturnas y en las sobremesas apuradas, donde cada palabra parecía ensayarse para no caer en oídos equivocados. Los relatos hablaban de noches de marcha, de reuniones en clubes y en la Juventud Obrera Católica, de volantes impresos en casas particulares y de vigilias en los barrios. La capital se dividió en zonas: Parque Patricios, La Boca, Pompeya, Soldati, Lugano; cada sector tenía su modo de organizar la resistencia. Paraban los colectivos; bajaban a la gente. Por las fábricas que no adherían ponían caños y realizaban sabotajes, y por la noche sembraban miguelitos. Era una resistencia artesanal, a veces torpe, pero necesaria; una intimidad forzada con el peligro y un aprendizaje acelerado del oficio del combate.

Hubo días en que la represión quiso exhibir su poder. La Marina salió a la calle lanzando gases; hubo que dispersarse, reagruparse, recomenzar. “Si el lunes no levantan la huelga sacamos los tanques”, amenazaron desde arriba. Algunos obreros intuyeron en silencio; sabían que esa amenaza, cumplida, podía encender lo que aún estaba contenido. Pero la advertencia quedó en palabras—quizás porque el régimen también calculaba costos—y la huelga se sostuvo durante semanas. Fueron días de entrenamiento colectivo: disciplina improvisada, miedo compartido y solidaridad aprendida a fuerza de repetición.

La calle, sin embargo, no siempre fue aliada. En muchos barrios, sobre todo en el norte y el oeste, la clase media apoyaba la Revolución Libertadora; el peronismo era despreciado en el café, en la librería, en la oficina. Había que conquistar la calle, decían los de adentro. Y así lo hicieron: con hombres y mujeres nuevos, con muchachos que se volvían dirigentes porque daban el primer golpe y no retrocedían ante la policía. Surgía una resistencia audaz, imprudente, artesanal; no era aparato ni discurso, era cuerpo y voluntad. Las canchas, las cocinas, los techos y las plazas se volvieron escenarios de una épica desordenada, y allí se forjaron nombres y lealtades.

En medio de ese clima, Octavio recordaba, con una mezcla de vergüenza y orgullo, la técnica de las provocaciones. Él y sus compañeros, vestidos como gente respetable, fingían indignación hasta lograr que la multitud bienpensante reaccionara. La operación, medida y pensada, solía terminar con el “hombre de bien” retrocediendo. Éramos nosotros los que queríamos la confrontación, pero a nuestra manera”, pensaba Octavio. Sin embargo, en la soledad de la noche, esa idea lo mordía como un animal hambriento. El simple recuerdo de la prisión, del grito de “¡Fuego!”, lo dejaba sin descanso y le hacía dudar de todo.

En el barro de la clandestinidad también había una ternura inesperada. Algunas mujeres —lo decían las crónicas de barrio—acompañaban a los hombres en tareas peligrosas; se disfrazaban, ocultaban presencias, trasladaban paquetes de otras provincias con nombres inocentes como “palta”, perfumados con almendros para disimular su contenido; material casero que intentaba oponer algo precario a la maquinaria aceitada de la represión.

No todos resistían del mismo modo.

Las calles, además de trincheras, fueron caminos de afecto: amistades obreras que se volvían pactos de sangre, amores que nacían entre sirenas y consignas. El propio corazón del barrio latía con una pasión que a veces tenía algo de romántico: besos robados en altillos, cartas ocultas en libros, la espera hecha de música y cintas. Una de esas historias fue la de Maxi. Sus amigos tenían sus amores: Octavio con Romina, Gerardo con Mónica, Ariel con Dios; David había tenido romances truncos; Nahuel no había tenido tiempo para enamorarse. Maxi, en cambio, era un bohemio del amor, consideraba que el humano debía ser libre, no negociaba su libertad por nada del mundo. Consideraba al matrimonio algo impuesto culturalmente por la sociedad, la monogamia estaba fuera de la naturaleza, el deseo no se podía detener, y no podría ser de una sola mujer, necesitaba el amor de muchas, y muchas estaban dispuestas a darle ese amor, no podía satisfacer a una sola, consideraba una mezquindad hacerlo. Sin embargo, la cultura y la moral de la época no estaba preparada para su poli amor. Por eso amaba frecuentar a las trabajadoras sexuales, amores de alquiler, que no le reprochaban nada luego de despedirse, por quienes no necesitaba preocuparse, solo desaparecían de su mente luego de hacer el amor y retirarse. No había heridas. No, al menos hasta que llegó Nicole. Maxi solía leerles a las prostitutas con las que se acostaba, les leía y les hablaba de un mundo mejor, sin guerras, sin pobres, sin desigualdades sociales, uno de sus libros preferidos era Utopía de Thomas Moro, escrito hace mas de cuatrocientos años hablaba de una isla donde no existía la propiedad privada, los humanos trabajaban seis horas por día y el resto dedicaban al cultivo de su mente, el arte y la literatura. Las chicas solo asentían, muchas ni si quiera comprendían bien el idioma, pero Nicole si, era una prostituta culta que seguía y debatía cada punto que Maxi le proponía, y era además una mujer preciosa. Maxi comenzó, como nunca, a frecuentarla a ella mucho más que a las demás, hasta que solamente se acostaba con ella, y ella cada vez se acostaba con menos hombres, hasta que solo lo hacía con él. Poco a poco se acostumbraron a hacer el amor un rato y luego ponerse a debatir sobre filosofía, historia, política, psicología, sociedad etc. Ambos estaban cada vez más encantados con la personalidad y el conocimiento del otro. Maxi, en su mente bohemia, no quería reconocer que se estaba enamorando.

Fuera de las paredes del amor, la ciudad seguía funcionando como un organismo colectivo, con sus miserias y su grandeza. En algunos rincones, la compasión intentaba aún corregir la injusticia; en otros, los hombres se preguntaban hasta qué punto eran culpables de aquello que el destino les había impuesto. David caminaba entre esas dos lecturas: sentía ternura por quienes todavía creían en un retorno justo de la dignidad, y a la vez la culpa le quemaba por la violencia ejercida. A veces pensaba que todo había podido evitarse; otras, que la guerra civil era inevitable.

Los resistentes usaban métodos rudimentarios: caños en las vías, miguelitos arrojados a la carrera, pintadas que marcaban las fachadas como cicatrices, volantes que denunciaban la represión y pedían el regreso del líder prohibido. Se compartían tareas y silencios. El aprendizaje venía de la fábrica y del barrio; y así, la fábrica dejó de ser sólo un lugar de trabajo para convertirse en escuela de resistencia.

A Octavio, a veces, el recuerdo de la celda le volvía sin aviso.

No siempre regresaba de noche. A veces aparecía en medio de una conversación, mientras alguien cebaba un mate o encendía un cigarrillo.

Bastaba el sonido de una llave girando en una cerradura, el golpe seco de una puerta o el ruido de unas botas contra el empedrado para que volviera a sentir la humedad de las paredes, el olor a orina, el frío subiéndole desde el suelo y

aquella forma nueva del tiempo que había aprendido en la cárcel: un tiempo sin días, hecho de esperas y sobresaltos.

Después pensaba en Ariel.

En el reencuentro en Barracas, en la fuga, en la clandestinidad compartida.

Pensaba en David llegando con noticias, con nombres, con recuerdos demasiado nítidos de José León Suárez. Desde entonces, cada conversación entre ellos parecía empezar en un asunto concreto y terminar siempre en el

mismo lugar: la violencia, la culpa, la fe, la responsabilidad y el precio moral de resistir.

La casa donde se ocultaban pertenecía a una viuda que apenas hacía preguntas. El altillo era bajo, incómodo y frío. Había un colchón contra una pared, dos cajones de fruta usados como mesa y una pequeña ventana desde la

que apenas se veía un pedazo de cielo. Por la noche se filtraban los ruidos de la ciudad: motores lejanos, perros, campanas, alguna radio encendida detrás de una pared.

Esa noche, Ariel y Octavio esperaban a David.

La pava estaba sobre un calentador pequeño. El agua tardaba en hervir. Ariel sostenía el mate entre las manos, sin beber. Octavio caminaba de un lado al otro, contando mentalmente los pasos que cabían entre una pared y la otra.

Nueve.

En la celda habían sido siete.

—Sentate —dijo Ariel.

Octavio lo miró.

—Estoy sentado desde que salimos de la cárcel.

Ariel no respondió. Unos golpes suaves sonaron abajo. Los dos se quedaron inmóviles. Tres golpes. Una pausa. Dos más. Era la señal.

Ariel bajó y volvió con David. Tenía el sobretodo húmedo y el rostro más pálido de lo habitual. Cerró la puerta del altillo, se quedó unos segundos apoyado contra ella y recién entonces pareció respirar.

—Había un camión del Ejército en Montes de Oca —dijo—. Detuvieron a dos hombres.

—¿Los conocías? —preguntó Octavio.

—No.

Se sacó el sobretodo.

—Pero ellos tampoco sabían a quién buscaban.

Ariel le alcanzó el mate.

David lo sostuvo un instante entre las manos. Miró la bombilla, como si hubiera olvidado para qué servía. Después bebió.

—¿Saben cuál fue mi gran tortura mental en este último tiempo?

Octavio dejó de caminar.

Ariel levantó la vista.

David hizo girar lentamente el mate entre los dedos.

—José León Suárez.

No agregó nada durante unos segundos.

Abajo, en algún lugar de la casa, la viuda cerró una ventana.

—Vi hombres arrodillados pidiendo por sus hijos mientras les apuntaban con un fusil —continuó David—. Vi a uno levantar las manos y decir que no sabía por qué estaba ahí. Otro repetía el nombre de su mujer. Había uno muy joven.

No sé cuántos años tendría. Veinte, veintidós. Se le caían los pantalones porque había salido apurado y no tenía cinturón.

Ariel bajó la cabeza.

David tomó otro sorbo.

—¿Saben qué fue lo peor?

Octavio no contestó.

—No fueron los disparos.

El mate quedó suspendido a mitad de camino entre David y Ariel.

—Fue el silencio.

Afuera pasó un automóvil. Los faros recorrieron por un instante la pared del altillo y desaparecieron.

—Después de cada descarga quedaba un silencio de unos segundos. Nada más que unos segundos. Pero a mí me parecían interminables. En ese silencio todavía se escuchaban hombres respirando. Algunos gemían. Otros llamaban a

la madre. Uno seguía rezando.

David miró el piso. No puedo sacarme esos gritos de mi cabeza, son como cuchillos clavandose en mi una y otra vez, los veo por las noches, escucho sus rezos, escucho sus voces, su sufrimiento me persigue, como si vinieran por mi a reclamarme que no hice nada para impedirlo, no hice nada por ellos, solo me quedé petrificado por el miedo. Rezaron y nadie acudió en su ayuda

Se pasó una mano por la cara.

—Llegó hasta “hágase tu voluntad”.

Ariel cerró los ojos.

—No lo dejaron llegar al terminar.

Ninguno habló.

David le devolvió el mate a Ariel, pero él no lo recibió enseguida. Parecía no haber advertido que se lo estaba ofreciendo.

—Después de ver eso —dijo David—, después de presenciar tanta crueldad, una pregunta da vueltas y vueltas en mi cabeza sin que pueda encontrar una respuesta ¿qué clase de Dios puede seguir permitiendo que estas cosas pasen? ¿Cómo es posible que Dios permita tanto sufrimiento en la tierra? ¿Acaso hay una explicación para tanta crueldad?

Ariel tomó finalmente el mate.

—No sé.

—No, no sabés —repitió David—. Y yo tampoco. Ninguno sabe. Nadie. Pero

se supone que vos dedicaste tu vida a Dios y podrás darnos una explicación, una teoría, un pensamiento, algo que nos haga comprender que alguna vez podremos dejar de padecer tanto sufrimiento los seres humanos.

Ariel no se defendió.

David se inclinó hacia delante.

—¿Dónde estaba Dios cuando asesinaron a mujeres y niños judíos en los campos de exterminio en Auswich? Torturados, violentados, sin piedad. Como cuando el oficial nazi le dio a elegir a un padre entre la vida de uno de sus dos hijos, y veía como ambos niñitos le suplicaban al padre que lo elija a él, los niños levantaban sus manecitas y le suplicaban al padre que lo elija a el, y el oficial Nazi le decía al padre que si no elegía a uno los mataría a ambos. ¿Dónde estaba él cuando las bombas cayeron en Plaza de Mayo y mataron, además de trecientas personas, a chicos que viajaban en un autobús escolar? ¿Dónde estaba esa noche, en el basural, mientras hombres desarmados pedían por sus hijos?

La voz se le quebró apenas, sin embargo pudo continuar. —Porque si estaba ahí y podía impedirlo, entonces no quiso. Y si quiso impedirlo y no pudo, entonces no es todopoderoso. Si no supo lo que iba a ocurrir, no es omnisciente. Y si lo sabía, podía impedirlo y aun así deja que sucedieran todas estas cosas, entonces no es bueno.

Octavio lo escuchaba con los brazos cruzados.

—Por más que me esfuerce —continuó David—, mi cabeza no me permite creer o entender que Dios tenga ese plan. Me repiten que existe el libre albedrío, que Dios nos hizo libres, que el

mal es obra de los hombres. Pero cuando un hombre levanta un fusil contra otro, ¿Dios sólo mira? ¿El libre albedrio del asesino vale más que la vida del asesinado?

Ariel respiró lentamente.

—No.

David levantó la vista.

—¿No qué?

—No vale más.

—Entonces interviene.

Ariel no respondió.

—Interviene —insistió David— o todo eso de la justicia divina es apenas una forma de resignación.

Ariel levantó la cabeza.

Tenía el rostro cansado.

—No tengo una respuesta.

David sonrió sin alegría.

—Eso ya lo dijiste.

—Y desconfío de cualquiera que la tenga.

El silencio que siguió fue distinto. No era una pausa. Era una rendición momentánea.

Ariel tomó el mate. Cuando habló, lo hizo sin mirar a ninguno de los dos.

—El día en que un sacerdote crea tener una explicación para el sufrimiento de un niño, ese día dejó de creer en Dios.

Octavio arrugó la frente.

—¿Cómo sería eso?

—Dios se vuelve una palabra para tapar un agujero. Una explicación que ordena todo desde lejos y evita mirar el rostro del que sufre.

David lo observó.

—¿Y eso no es lo que hace siempre la religión?

Ariel tardó en responder.

—Muchas veces sí.

Octavio tomó la pava y cebó otro mate.

—El problema no es sólo Dios y sus intervenciones o pasividad —dijo—. El problema es que, cuando aparece Dios, muchas veces dejamos de pensar.

Le alcanzó el mate a David.

—“Es la voluntad de Dios”. “Dios sabrá por qué”. “si Dios quiere todo saldrá bien”.

Todo explicado. Todo resuelto. Dios piensa por nosotros, decide por nosotros, juzga por nosotros. Sufrió por nosotros cuando mandó a su hijo a la tierra hace casi dos mil años y ahora también debe cargar con nuestras responsabilidades.

Ariel lo miró.

—No confundas la fe con la pereza intelectual.

Octavio hizo un gesto de indiferencia. San Agustín discutió con Platón. Tomás de Aquino con Aristóteles. Los grandes teólogos nunca dejaron de pensar.

—Los grandes teólogos —dijo Octavio—. No la mujer a la que le dicen que soporte los golpes del marido porque el matrimonio es sagrado. No el pobre al que le piden resignación mientras el rico paga una misa para limpiar la conciencia o sus pecados. No el soldado que mata convencido de que Dios está de su lado.

Ariel apretó la mandíbula.

—Eso no es fe.

—Es religión.

—Es una deformación de la religión.

Octavio sonrió.

—Todas las instituciones llaman deformación a sus propios crímenes cuando ya no pueden defenderlos.

Ariel se quedó inmóvil.

David volvió a beber.

—No hace falta ir tan lejos —dijo Octavio—. Acá mismo hay hombres de sotana bendiciendo a quienes nos fusilan. Hay curas que hablan del orden como si el orden fuera un sacramento. Que llaman subversivo al obrero, enemigo a quien protesta y pecado a la rebelión de los humillados. Que bendijeron al ejercito cuando asesino a más de trecientos civiles estampando la insignia de cristo vence en los aviones asesinos.

Ariel sostuvo la mirada.

—Lo sé.

—No, Ariel. Vos lo sabés de una manera que nosotros no.

La frase quedó entre los dos.

Ariel había pertenecido a ese mundo. Había comido en esas mesas. Había escuchado esas conversaciones pronunciadas en voz baja, entre copas y retratos de santos. Había visto cómo una doctrina podía transformarse en obediencia y la obediencia en crueldad.

—Lo sé, la religión es una búsqueda constante por obtener respuestas —repitió.

Esta vez la voz sonó más débil.

Octavio se sentó frente a él.

—La religión puede ser una búsqueda, como decís. Pero también puede ser un refugio.

Ariel lo miró.

—¿Y qué tiene de malo un refugio?

—Nada, cuando uno se refugia de una tormenta. Todo, cuando se refugia de la verdad.

Ariel guardó silencio unos segundos y preguntó. — ¿Cuál es la verdad?

Octavio encendió un cigarrillo. Aspiró y dejó salir el humo lentamente.

—Necesitamos creer. Si Dios existe, alguien hace justicia por mí. Si Dios existe, un hijo muerto no murió del todo. Si Dios existe, volveremos a abrazar a los que perdimos. Si Dios existe, ningún verdugo escapa verdaderamente. Hitler no murió en un refugio en su bunker: compareció ante un juez supremo. Los hombres de José

León Suárez no terminaron en un basural, fueron recibidos en un mundo mejor.

Miró a David.

—Es esperanzador.

David no respondió.

—Demasiado esperanzador —continuó Octavio—. Y justamente por eso desconfío. El hombre no soporta que el universo sea indiferente, que después de la muerte no haya nada. No soporta pensar que un niño puede morir y que el cielo sea indiferente al dolor. Que un asesino puede acostarse, dormir y morir convencido de haber obrado bien. Que la historia no tenga tribunal más allá de lo terrenal.

Ariel lo escuchaba.

—Entonces inventa un juicio final —dijo Octavio—. Un lugar donde las cuentas se pagan. Un padre todo lo ve. Una memoria que no olvida. El paraíso tal vez no nazca del amor a la vida eterna, sino del terror a que esta vida sea la única.

David apoyó los codos sobre las rodillas.

—Cuando muere un familiar —continuó Octavio—, lo primero que piensa un

creyente es que algún día volverá a verlo. Lo dice cada noche. No porque tenga pruebas. Lo dice porque la alternativa era insoportable. ¿Cómo decirle al que sufre por una pérdida de un ser amado que quizá no habrá nada? ¿Cómo decirle que él había desaparecido para siempre y que el mundo no le debía ninguna explicación?

Ariel respiró hondo.

—No se lo dices.

—No.

—Entonces asi también estarias protegiendo una esperanza. Y esa esperanza da fuerzas al sufriendo para continuar.

Octavio lo miró.

—Protegería a mi madre o a cualquiera que ame si creer cumple esa función.

—Tal vez la fe haga eso muchas veces.

Octavio negó lentamente.

—O tal vez una mentira piadosa pueda ser compasiva sin dejar de ser mentira.

Ariel tomó el mate.

—¿Y qué tiene de malo necesitar un padre que vele por nosotros? —preguntó—. ¿Qué tiene de malo que el hombre busque una respuesta ante la muerte?

—Nada —dijo Octavio—. Mientras no confunda la necesidad con la verdad.

Ariel bebió y le pasó el mate.

—vuelvo a insistir ¿Y qué es la verdad? Todos vivimos gracias a alguna esperanza. Vos seguís

peleando porque soñás con una Argentina distinta. Los prófugos siguen escondiéndose porque creen que la libertad vale la pena. Un preso acepta veinte años de condena porque espera volver a abrazar a sus hijos.

Se inclinó hacia Octavio.

—¿Decime por qué mi esperanza vale tan poco?

Octavio permaneció callado.

Ariel siguió:

—Vos no tenés pruebas de que esta lucha terminará bien. No sabés si algún

día habrá justicia. No sabés si los que hoy gobiernan caerán o si dentro de veinte años otros hombres harán lo mismo con otros nombres. Y, sin embargo, actúas como si el futuro pudiera ser distinto.

—Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Mi esperanza depende de los hombres.

Ariel sonrió con cansancio.

—Eso no la vuelve más razonable.

David soltó una risa breve, amarga.

—En eso tiene razón.

Octavio lo miró.

—No dije que fuera razonable. Dije que es nuestra responsabilidad.

Ariel bajó la vista hacia el crucifijo pequeño que llevaba bajo la camisa.

Durante un instante pareció dispuesto a tocarlo, pero dejó la mano quieta.

David lo observó.

—¿Y si un día descubrís que Dios nunca existió?

Ariel no respondió enseguida.

Desde la calle llegó el ruido de unas botas. Los tres quedaron en silencio hasta que se alejaron.

—Entonces habré perdido una verdad —dijo Ariel al fin—. Pero no necesariamente una vida.

David arqueó una ceja.

—¿Cómo puede alguien dedicar su vida a algo que no sabe si existe y descubrir su inexistencia y no perderla?

Ariel apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Cuando era joven visitaba enfermos porque quería parecerme a Cristo. Después seguí haciéndolo porque temía dejar de ser un buen sacerdote. Más tarde comprendí que también había orgullo en eso. Quería ser visto como un

hombre bueno. Quería que Dios me viera. Quería que los demás me vieran.

Se frotó las manos.

—Pero con el tiempo empecé a conocerlos. A los enfermos, digo. Dejaron de ser almas que yo debía salvar. Tenían nombres. Tenían miedo. Algunos eran mezquinos. Otros mentían. Otros rezaban y después insultaban a sus hijos. No

eran santos. Eran personas.

Levantó la vista.

—Un día visité a un hombre que se estaba muriendo de tuberculosis. No creía en Dios. Cada vez que yo intentaba hablarle de la salvación, se burlaba. Al principio me ofendía. Después entendí que no necesitaba un sermón.

Necesitaba que alguien se sentara al lado de la cama.

David lo escuchaba con atención.

—Durante semanas fui a verlo. Casi nunca hablamos. Una tarde me preguntó si yo creía que iba a ir al infierno. Le respondí que no lo sabía. Me dijo que era la primera respuesta honesta que había escuchado de un cura.

Ariel sonrió apenas.

—Murió dos días después.

Nadie interrumpió.

—Hoy, si sigo acompañando a quien sufre, no es porque quiera parecerme a Cristo. Tampoco porque tema dejar de ser sacerdote. Lo hago porque creo que un hombre no debe abandonar a otro hombre en el dolor.

Octavio apagó el cigarrillo.

—Eso ya no es fe.

—Tal vez sea una fe que creció.

—Puede ser.

David miró a Octavio.

—Kant estaría contento.

Octavio sonrió.

—No tanto. Kant nunca parecía contento.

Ariel también sonrió. Fue apenas un descanso.

—Tal vez Kant tenga razón —dijo—. Tal vez el hombre deba hacer el bien por deber, crecer intelectualmente, no por miedo al castigo ni por deseo de recompensa. Tal vez algún día la humanidad llegue a una edad adulta en la que no necesite el infierno para evitar el mal ni el cielo para elegir el bien.

—Algún día —repitió Octavio.

—Sí. Algún día.

Ariel miró la pequeña ventana.

—Pero nadie aprende a amar leyendo un tratado de ética.

David levantó la vista.

—¿Entonces cómo aprende?

—Siendo amado primero.

La respuesta quedó flotando en el altillo.

Ariel continuó:

—Un niño aprende la confianza porque alguien lo sostiene antes de que sepa qué significa confiar. Aprende la misericordia porque alguien lo perdona antes de que pueda comprender el perdón. Tal vez la humanidad también necesite

atravesar una infancia.

Octavio frunció las cejas.

—Eso es peligroso.

—¿Por qué?

—Porque todos los tiranos hablan a los pueblos como si fueran niños. Les prometen protección a cambio de obediencia.

—No hablo de obediencia.

—Pero la Iglesia sí.

Ariel lo miró fijamente.

—Muchas veces.

Octavio se inclinó hacia él.

—¿Y si Cristo regresara mañana?

Ariel no respondió.

—No dentro de mil años —continuó Octavio—. Mañana. Acá. En Buenos Aires. Sin ornamentos, sin jerarquías, sin palacios. Un hombre pobre diciendo que los últimos serán los primeros, que no se puede servir a Dios y al dinero, que debemos amar al enemigo y liberar al cautivo.

David sonrió con amargura.

—Lo meten preso antes del mediodía.

—No me refiero al gobierno —dijo Octavio—. Me refiero a la Iglesia.

Ariel endureció el rostro.

—¿Qué haría?

—Lo expulsaría, Dijo Octavio.

Ariel no habló.

—Lo declararía peligroso —continuó Octavio—. Ingenuo. Subversivo. Tal vez diría que sus palabras fueron malinterpretadas. Que la época exige prudencia. Que no se puede confundir el Evangelio con la política.

David miró a Ariel.

—Y algunos sacerdotes ayudarían a entregarlo.

Ariel bajó la cabeza.

—Tal vez.

Octavio parecía sorprendido por la respuesta.

—La institución no soportaría su libertad —dijo Ariel—. Ninguna institución soporta del todo a quien la obliga a recordar por qué fue creada.

David apoyó la espalda contra la pared.

—Entonces el problema no es Dios.

—Nunca dije que lo fuera —respondió Octavio—. El problema es lo que los hombres hacen en su nombre.

—También hacen cosas en nombre de la patria, de la razón, de la revolución y de la libertad.

—Sí.

—Y no por eso renunciás a ellas.

Octavio bajó la mirada.

—No. Pero las someto a juicio.

—Eso mismo intento hacer con mi fe.

David observó a Ariel durante unos segundos.

—Hablan de la fe como si pudiera purificarse. Como si bastara volver al mensaje original. Pero el dolor sigue ahí. Auschwitz sigue ahí. José León Suárez sigue ahí.

Se puso de pie y caminó hacia la ventana.

—Yo no puedo aceptar un plan divino que necesite un solo inocente sufriendo.

Ariel no se movió.

—No puedo aceptar un cielo construido sobre el dolor de quienes nunca eligieron sufrir. Me dicen que algún día todo tendrá sentido. Que veremos el cuadro completo. Que comprenderemos por qué ocurrió cada cosa.

David se volvió.

—No quiero comprender.

La voz había cambiado. Ya no tenía rabia. Tenía cansancio.

—No quiero una explicación que convierta el sufrimiento en una pieza necesaria de algo más grande. Si la armonía final necesita el llanto de un chico, entonces no quiero esa armonía.

Ariel lo miró.

—Yo tampoco.

—Pero la defendés.

—Claro que no

—Defendés al autor.

Ariel recibió la acusación sin apartar la mirada.

David continuó:

—Imaginá que al final de los tiempos Dios nos muestra el sentido de todo.

Cada muerte, cada tortura, cada madre sin hijo. Imaginá que logra explicarlo. ¿Qué hacemos? ¿Aplaudimos? ¿Decimos que valió la pena?

Negó con la cabeza.

—Yo no acepto esto.

Octavio lo miró. Sabía que David no hablaba sólo de filosofía. Hablaba del basural, de los cuerpos, del joven sin cinturón, del Padrenuestro interrumpido.

Ariel tardó mucho en responder.

—Tal vez la fe no consista en aceptar el sufrimiento.

—¿Entonces en qué?

—En no permitir que el sufrimiento tenga la última palabra.

David soltó una risa.

—Eso es una frase.

—Sí.

—Una frase hermosa.

—También.

—Pero sigue siendo una frase.

Ariel asintió.

—Hasta que alguien actúa.

Se inclinó hacia delante.

—¿Conocen la historia de Jean Valjean?

Octavio lo miró.

—El presidiario de la novela de Victor Hugo.

—Ese mismo. Diecinueve años de cárcel. Sale convertido en un hombre lleno de odio y resentimiento. Nadie quiere recibirlo. Todos ven en él al condenado, no al hombre. Un obispo es el único que le da comida y una cama. Valjean le

roba los cubiertos de plata y huye. La policía lo detiene y lo lleva de regreso.

David volvió lentamente hacia el cajón.

—El obispo pudo condenarlo —continuó Ariel—. Pudo decir la verdad. En cambio, afirmó que los cubiertos había sido un regalo. Y además le dio los candelabros.

Octavio asintió.

—Lo recuerdo.

—Un solo acto de misericordia hizo más por ese hombre que diecinueve años de castigo. La cárcel le enseñó odio. El perdón lo obligó a preguntarse quién podía llegar a ser.

David se sentó otra vez.

—Es solo una novela.

—Sí.

—No ocurrió.

—Ocurre todo el tiempo, aunque nadie lo escriba. Los personajes de las novelas están en la cabeza de quienes los describen, pero no son abstractos,

Victor Hugo debió inspirarse una y otra vez en personas de carne y hueso

Ariel tomó el mate vacío.

—Cada vez que alguien mira a un condenado y se niega a reducirlo a su peor acto. Cada vez que un hombre ayuda a un muchacho a salir de la bebida, del juego o de las adicciones. Cada vez que alguien recibe a quien todos los

demás han expulsado.

Miró a Octavio.

—Decime: si Dios no existe, ¿el gesto del obispo deja de ser verdadero?

Octavio negó con la cabeza.

—No.

—¿Pierde su poder de redención?

—No.

—Entonces no todo lo que nace de la fe desaparece si Dios no existe.

Octavio pensó antes de responder.

David observó a Ariel.

—Entonces ya no defendés la existencia de Dios.

Ariel miró el crucifijo bajo su camisa.

—No se trata de eso, la fe no necesita pruebas.

—¿Seguís creyendo?

Ariel tardó.

—Hay días en que sí.

—¿Y los otros?

—Los otros intento vivir como si el amor que aprendí de esa fe siguiera siendo verdadero.

David lo miró con una mezcla de compasión y desconfianza.

—Eso suena a agnosticismo con sotana.

—Tal vez.

Octavio volvió a cebar. El agua ya no estaba tan caliente.

—Rousseau decía algo provocador —dijo Octavio—. Que una sociedad de

verdaderos cristianos sería la sociedad más perfecta imaginable, pero no sería una sociedad de hombres.

Ariel lo miró.

—Porque serían demasiado pacíficos —continuó Octavio—. Demasiado

dispuestos a poner la otra mejilla. El primero que apareciera con un ejército

los esclavizaría.

David asintió.

—Como hicieron estos tiranos que hoy se apropiaron del gobierno.

—La historia no la escribieron los santos —dijo David—. La escribieron también los que supieron matar.

Ariel miró hacia la ventana.

—Y por eso está llena de sangre.

David se inclinó hacia él.

—Eso puede decirlo quien no está frente al pelotón.

Ariel recibió la frase como un golpe. Los recuerdos lo atormentan.

Octavio intervino.

—No estamos discutiendo si hay que dejarse matar. Estamos discutiendo qué nos queda después de matar.

David lo miró.

—Nos queda estar vivos.

—¿Y eso alcanza?

David no respondió.

Octavio continuó.

—Quiero decirles lo que siento en este preciso instante. Admiro más a quien hace el bien sabiendo que nadie lo va a recompensar.

Sin cielo. Sin infierno. Sin juez. Sólo porque cree que debe hacerlo.

Ariel sonrió con cansancio.

—Entonces admirás a muchos cristianos sin darte cuenta.

—No a los que hacen el bien para salvarse.

—Yo tampoco.

—El Evangelio promete el cielo.

—Pero también exige perder la vida.

—Para recuperarla.

—No como premio.

Octavio levantó una ceja.

—Eso habría que explicárselo a muchos sacerdotes.

Ariel aceptó la ironía.

—Jesús no quería esclavos obedientes. Quería hombres libres. Que lo siguieran no por los milagros, ni por el miedo, ni por la promesa de seguridad, sino porque creían que otro mundo era posible.

Octavio negó lentamente.

—¿Y si el ser humano no quiere esa libertad?

David habló antes de que Ariel respondiera.

—¿Y si la libertad de tener que elegir lo aterra?

Los otros dos lo miraron.

—Tal vez el hombre necesita un guía —continuó David—. Como una oveja necesita a un pastor. No porque sea bueno, sino porque tiene miedo.

Hay algo todavía más difícil de aceptar. ¿Haríamos todos el bien si no hubiera consecuencias?

Octavio comprendió hacia dónde iba.

—El anillo.

David asintió.

—Giges.

Ariel esperó.

—Es la historia de un hombre descubre que puede volverse invisible. Nadie puede verlo.

Nadie puede juzgarlo. Puede hacer lo que quiera sin temor al castigo. Y no tarda en usar ese poder para satisfacer sus deseos, apoderarse de riquezas y acercarse al poder.

David miró a Octavio.

—Platón usa la historia para plantear que muchos hombres son justos sólo por obligación. No porque amen la justicia, sino porque temen sufrir un castigo.

Ariel lo escuchaba atentamente.

—Dale el anillo a un hombre justo y a uno injusto —continuó David—. Quizá ambos terminen actuando igual. Tal vez la moral sea apenas el

comportamiento de quien sabe que está siendo observado, por la sociedad, por la ley o por Dios.

Octavio apoyó el mate.

—Y Dios sería el ojo que nunca se cierra.

—Exacto —dijo David—. La respuesta perfecta al anillo de Giges. Podés engañar a la policía, a tu mujer, a tus compañeros, incluso a tu propia

conciencia. Pero no a Dios.

Ariel entrelazó las manos.

—¿Y eso te parece necesariamente malo?

—Me parece infantil.

—También evita crímenes.

—Entonces no somos buenos. Estamos vigilados.

Ariel asintió.

—Puede ser.

Octavio lo miró, sorprendido otra vez.

—Pero un niño no deja de ser niño porque todavía necesite que alguien le enseñe los límites —continuó Ariel—. El problema es si nunca crece.

David negó con la cabeza.

—Siempre volvés a lo mismo. La humanidad como una criatura menor. Dios como padre.

—No estoy seguro de que sea así.

—Pero lo necesitás.

Ariel lo miró.

—Tal vez.

David se levantó otra vez.

—Yo ya no puedo.

—¿No podés qué?

—Necesitarlo.

Se acercó a la ventana.

—Después de José León Suárez, la idea de un Dios que observa me resulta peor que la idea de que no haya nadie.

Octavio frunció el entrecejo.

—¿Peor?

—Sí. Si no hay Dios, todo está permitido, lo ocurrido fue obra de hombres.

Terrible, pero comprensible. La cobardía, el odio, la obediencia, el poder. Todo humano. Pero si Dios estaba ahí y miró. No terminó la frase.

Ariel bajó la vista.

—Tal vez Dios estaba en los que intentaron salvarlos.

David se volvió con furia.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—No lo pongas del lado de las víctimas para absolverlo de no haber detenido a los verdugos.

Ariel palideció.

—No intento absolverlo.

—Eso hacen siempre. Cuando un hombre mata, el mal es humano. Cuando otro ayuda, el bien viene de Dios. Dios cobra todos los méritos y no responde por ningún crimen.

Octavio miró a Ariel. Pensó que se defendería. Pero Ariel no lo hizo.

—Tenés razón —dijo.

David quedó inmóvil.

—¿En qué?

—En que a veces hablamos así. Usamos a Dios para apropiarnos del bien y nos desentendemos del mal. Es una forma de deshonestidad.

David pareció no saber qué hacer con aquella concesión.

Ariel continuó:

—Pero tampoco quiero entregarles a los verdugos toda la realidad. No quiero

que esa noche quede reducida a los fusiles. También hubo hombres que ayudaron a escapar a otros. Hubo quien arriesgó la vida para avisar. Hubo quien abrió una puerta. Quien escondió a un herido.

—Eso fueron hombres.

—Sí.

—No Dios.

—Tal vez Dios sólo exista ahí. Dios y el Diablo conviven en el corazón del hombre.

Octavio lo miró fijamente.

—Tal vez nunca lo entendimos.

David soltó una risa amarga.

—Ahora cambiamos la definición para salvarlo.

Ariel respiró hondo.

—Tal vez.

—Siempre “tal vez”.

—Es la única palabra honesta que me queda.

Ninguno habló durante un rato.

Abajo sonó una campana. Más lejos pasó un camión pesado. Las vibraciones

subieron por las paredes del altillo.

Octavio se acercó a la ventana, sin asomarse demasiado.

—A veces pienso que el problema no es si Dios existe —dijo—. Sino qué hacemos con la libertad si no existe.

David volvió a sentarse.

—¿Qué querés decir?

—Que resulta cómodo acusar al cielo. Incluso para negarlo. Si Dios no existe, nadie vendrá a salvarnos. Nadie corregirá la historia. Ningún juicio final devolverá a los muertos ni castigará a los verdugos.

Miró a David.

—Entonces todo depende de nosotros.

David bajó la vista.

—Eso no alcanza.

—No.

—Nunca va a alcanzar.

—No.

Octavio volvió a sentarse.

—Pero es lo único que tenemos.

Ariel lo observó.

—Eso también es una forma de fe.

—No.

—Creer que el hombre puede responder por el hombre.

—Es una obligación, no una fe.

—¿Y qué te garantiza que puede hacerlo?

Octavio no contestó.

—Nada —dijo Ariel—. Y aun así elegís creerlo.

David apoyó los codos sobre las rodillas.

—Quizá todos necesitamos una ilusión.

Octavio negó con la cabeza.

—No necesariamente una ilusión. Una promesa.

—¿Qué diferencia hay?

—La ilusión nos evita actuar. La promesa nos obliga.

Ariel sonrió apenas.

—Eso podría haberlo dicho un sacerdote.

—No te entusiasmes.

Por primera vez en toda la noche, los tres sonrieron. La sonrisa duró poco.

Ariel miró a David.

—Hay un interrogante que busco desde hace años.

David esperó.

—Ustedes discuten si Dios existe. Yo ya no sé responder esa pregunta. La que me desvela es otra.

Se inclinó y tomó el crucifijo bajo la camisa. No lo mostró. Sólo lo sostuvo.

—Si mañana supiéramos, con absoluta certeza, que Dios nunca existió, ¿amaríamos menos?

Octavio no respondió.

—¿Perdonaríamos menos? ¿Abrazaríamos menos huérfanos? ¿Enterraríamos menos muertos? ¿Abandonaríamos al enfermo porque no hay recompensa?

¿Dejaríamos al preso pudrirse porque ningún alma puede salvarse?

David lo miró.

—Algunos sí.

—Entonces nunca fueron buenos —dijo Ariel—. Sólo fueron obedientes.

Octavio cruzó los brazos.

—Y otros seguirían haciendo el bien.

—Entonces tal vez la moral haya crecido.

David negó lentamente.

—O tal vez algunos hombres sean mejores que otros.

—También.

Ariel soltó el crucifijo.

—Si al descubrir que Dios no existe dejamos de amar, nuestra moral dependía

del premio y el castigo. Pero si seguimos amando, quizá aquello que llamábamos Reino de Dios empezó mucho antes, incluso antes de las Escrituras. Quizá no sea un lugar. Tal vez sea ese instante en que un hombre decide no abandonar a

otro.

David permaneció en silencio.

Ariel continuó:

—Puede que Platón tuviera razón y que millones sólo sean justos porque temen ser castigados. Puede que la razón y el alma deban aprender a dominar las pasiones. Puede que Kant tenga razón y debamos aprender a hacer el bien por el bien mismo.

Miró a Octavio.

—Pero no creo que podamos llegar hasta ahí si le quitamos a la mayoría toda esperanza antes de enseñarles a caminar sin ella.

Octavio se quedó pensando.

—Eso también puede convertirse en una excusa para mantenerlos en la infancia. Para que otros piensen por ellos. Para que obedezcan.

Ariel lo sostuvo con la mirada.

—Por eso la fe sin libertad es idolatría.

Octavio arqueó una ceja.

—¿Idolatría?

—Sí. Cuando la Iglesia reemplaza a Dios, cuando el sacerdote reemplaza a la conciencia, cuando la obediencia reemplaza al amor, ya no hay fe. Hay poder.

David miró a Ariel.

—¿Y la Iglesia sabe eso?

Ariel sonrió con tristeza.

—A veces lo sabe demasiado bien.

Volvió el silencio.

La pava estaba casi fría. Nadie cebó otro mate.

Afuera la ciudad seguía viviendo. Una radio transmitía un tango lejano. En

alguna casa una mujer llamaba a un niño. Después se escuchó nuevamente el motor del camión militar.

Los tres miraron hacia la pequeña ventana. David pensó en el hombre que no había llegado al amén. Octavio pensó en su madre repitiendo que volvería a ver a los seres amados. Ariel pensó en el enfermo que se había burlado de Dios y le había agradecido, sin decirlo, que se quedara junto a su cama. Ninguno estaba convencido. David seguía sin poder aceptar a un Dios que

permitiera el sufrimiento inocente. Octavio seguía sospechando de toda esperanza demasiado perfecta. Ariel seguía sin saber si su fe era todavía fe o apenas la fidelidad a una forma de amar que no quería perder. No habían

resuelto nada. Tampoco habían derrotado a nadie. Por primera vez en toda la conversación, ninguno sintió la necesidad de ganar. El agua se había enfriado hacía rato. Ariel tomó el mate vacío y lo sostuvo entre las manos.

—Quizá creer sea esto —dijo.

Octavio lo miró.

—¿Qué cosa?

Ariel escuchó el camión alejarse.

—Quedarse. Seguir adelante por los que amamos y que ese amor sea contagioso a toda la humanidad y algún día no haga falta un Dios porque todos lo llevaremos en nuestros corazones.

David bajó la cabeza.

Nadie respondió. Y durante unos minutos, en aquel altillo escondido sobre una ciudad vigilada,

tres hombres que no podían ponerse de acuerdo sobre Dios se quedaron juntos para no abandonarse.

La ciudad seguía su curso: huelgas que se multiplicaban, caños que resonaban, canciones prohibidas que comenzaban a cantarse sin miedo. Y en algún lugar, alguien rebobinaba una cinta con la voz de Perón, como quien se aferra a una liturgia posible. Era una guerra muda y cotidiana: la de los afectos sometidos al peso de la historia, la de hombres que ya no elegían, sino que resistían para no desaparecer.

Diciembre de 1956

A medida que el año moría, algo nuevo nacía bajo la piel de la derrota. La represión había dejado cárceles repletas, fábricas ocupadas por militares y sindicatos acallados, pero también había encendido una llama inesperada: la de los obreros jóvenes, los delegados sin pasado, los hijos de la derrota que aprendían el oficio de la resistencia.

En las fábricas del conurbano, en los talleres de Avellaneda, en los frigoríficos de Berisso, de mataderos y en las líneas de tranvía de la Capital, surgían dirigentes sin historia y con hambre de justicia. No tenían el peso de los viejos nombres ni la prudencia de los burócratas; eran hombres ásperos, sin miedo a la cárcel, que creían más en un martillo que en un discurso. Aquellos meses vieron caer a los cuadros antiguos del sindicalismo —sujetos a vigilancia, procesados o exiliados— y emerger una nueva generación más dura, más cerrada y más combativa.

Aun con los sindicatos intervenidos, una ola de huelgas sacudió al país. La huelga metalúrgica de noviembre había abierto la brecha, y detrás vinieron los frigoríficos, los textiles, los ferroviarios. A pesar de la censura, el rumor obrero se multiplicaba en los talleres: “se organizan otra vez”, decían los jefes, “y esta vez no obedecen a nadie”. En los barrios obreros se hablaba del movimiento obrero auténtico, el de la clandestinidad, que no tenía sede ni sellos pero sí una idea; unir lo disperso.
Las órdenes de abstención política —dictadas desde el exilio del líder prohibido, recibidas en papeles doblados o en cintas— se diluían ante la urgencia de los hechos. Dirigentes de segunda línea recuperaban organizaciones, reconstruían comisiones internas y tejían la red de lo que, en silencio, sería el nuevo corazón del movimiento.

Ariel escuchaba las noticias desde un altillo de Barracas, donde dormía entre cajas de herramientas y frazadas húmedas. Había escapado de la cárcel hacía meses y todavía no podía dormir sin sobresaltos. David lo visitaba cada noche con algún mensaje o con pan y vino. Octavio, quien comenzó a cambiar su aspecto, vestimenta, usaba anteojos, barba y bigote y consiguió una documentación falsa para volver a la rutina; se aparecía de tanto en tanto en el altillo a ver a Ariel, a quien la tortura había dejado una huella innegable que aun no podía superar. Nahuel y Gerardo se encargaron de contactar a sus padres, que eran gente adinerada y antiperonista, aunque estos estaban decepcionados de su hijo no dudaron ni un minuto en auxiliarlo económicamente, le dieron adelantada su herencia. Era una suma considerable con la cual podía vivir toda su vida sin trabajar, sin demasiados lujos, pero sin sobresaltos. Asi Ariel se quedó en ese Altillo clandestino cicatrizando las heridas del alma. Alejado de la sacristía, pero no de Dios, a quien llevaba en lo mas profundo de su ser, creía que como él, existían curas buenos que aun estaban en el camino equivocado, pero que en algún momento se darían cuenta de su error como le pasó a él luego de su encuentro con don Barrionuevo.

Aquella Navidad los encontró juntos, en la buhardilla de los viejos tiempos donde apenas cabía una mesa y una lámpara cubierta con papel madera. Afuera, el barrio estaba casi en silencio; sólo de vez en cuando se oía un petardo navideño aislado, algún chico corriendo, una radio lejana que emitía villancicos. En la mesa, un pan viejo, un vaso de vino tinto y una botella abierta. Nadie mencionó la palabra “fiesta”: estaban vivos, y eso era bastante.

David fue el primero en hablar.
—¿Sabés qué pensaba hoy? —dijo mirando la vela que se consumía—. Que nosotros también estamos construyendo una iglesia. Pero de otra clase. No tiene cruz ni campanas. Tiene caños, volantes y tenacidad, es nuestra nueva religión.
Octavio sonrió apenas.
—Y fe —dijo—. No te olvides de la fe.
Ariel, con la mirada baja, agregó:
—La fe es lo único que no pudieron prohibirnos.

Brindaron. No por el pasado, ni siquiera por el futuro, sino por la obstinación de seguir creyendo. Por los caídos en José León Suárez, por los presos que no volverían, por las mujeres que resistían, por el sueño que seguía prohibido y que, sin embargo, latía en cada uno.

—Algún día —murmuró Octavio— alguien va a escribir sobre nosotros. Pero no va a entender lo que dolió realmente.

El vino era amargo y la vela casi se apagaba. Afuera, la ciudad festejaba con luces y canciones extranjeras. Adentro, seis hombres y dos mujeres, Mónica esposa de Gerardo, Romina y los hijos de ella con Octavio brindaban por un país que todavía no existía.

Y cuando la medianoche llegó, ninguno habló. Sólo el silencio se volvió oración.
Una oración sin Dios, pero con justicia.
Una oración por lo que aún faltaba vivir.

 

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