Energía Social y Despolitización de las Prácticas Colectivas

Energía Social y Despolitización de las Prácticas Colectivas

“No era solo un partido de Futbol”

A menudo, las sociedades suelen ser estudiadas a partir de sus instituciones, de sus conflictos económicos y políticos o de los acontecimientos ruidosos que marcan su devenir histórico. Sin embargo, existe un momento anterior que con frecuencia permanece relegado en el análisis: aquel en el que una multiplicidad de individuos atomizados comienza, aunque sea de manera transitoria, a experimentarse como un «nosotros». Ese instante, esquivo y difícil de capturar desde las categorías tradicionales de las ciencias sociales, constituye el punto de partida de esta indagación.

Las celebraciones masivas que acompañan al Mundial de Fútbol de 2026 ofrecen una escena privilegiada para observar este fenómeno. Miles de personas ocupan espontáneamente el espacio público, suspenden por unas horas las asfixiantes diferencias sociales, territoriales e incluso políticas, y participan de una experiencia compartida que parece desafiar las explicaciones puramente racionales o instrumentales. En estas manifestaciones no existe un programa común, una organización centralizada ni una demanda explícita dirigida al Estado; sin embargo, emerge de ellas una intensa y palpable cohesión colectiva.

Esta escena de desborde callejero puede ser comprendida fundamentalmente como un espacio-tiempo liminal. En términos de la antropología ritual de Victor Turner, lo liminal constituye ese estado de apertura, ese umbral «entremedio» (in-between) donde los sujetos son despojados temporalmente de sus roles estables, estatus y clasificaciones socioeconómicas habituales. Al ingresar en esta zona de transición ritual, la fragmentación impuesta por el orden social se desvanece para dar lugar a la communitas: la emergencia de una relación humana indiferenciada, horizontal y profundamente homogénea.

La antropología política contemporánea, siguiendo los desarrollos de Agnes Horvath sobre la Sociología Liminal, ha puesto la validez empírica de este constructo al analizar las grandes ocupaciones de plazas públicas en el siglo XXI, tales como la Plaza Tahrir en Egipto o la Plaza Baquedano en Chile. Horvath demuestra cómo en estos acontecimientos se produce una «fusión de subjetividades» donde el espacio urbano es invadido de su lógica utilitaria y se vuelve sagrado.

La pregunta que orienta estas páginas no busca desentrañar por qué una sociedad celebra una victoria deportiva, sino descifrar qué revela esa experiencia acerca de la capacidad de una comunidad fragmentada para constituirse momentáneamente como sujeto.

Ante este escenario, la sociología clásica y la ciencia política tradicional muestran sus límites. Acostumbradas a ubicar la acción colectiva únicamente allí donde hay leyes orgánicas que lo expliquen, liderazgos claros o pliegos de reclamos con una determinada liturgia política burocrática. Estas disciplinas, lejos de traer claridad, se han inducido en un pasadizo sin salida, y, por el contrario, impiden ver los flujos emocionales y simbólicos que cohesionan a la sociedad por fuera de los canales institucionales.

La Trampa de la Despolitización: Crítica al Lenguaje de la Demanda.

Existe una persistente operación de lectura en el campo intelectual que tiende a decretar la «despolitización» de cualquier manifestación colectiva que no se traduzca de manera inmediata en el lenguaje de la demanda institucional. Esta reducción encierra una profunda paradoja: al exigir que toda acción colectiva se traduzca en un código político previamente establecido y validado por la nomenclatura hegemónica del poder político o del conocimiento. El propio analista termina por desconocer la dimensión política presente en otras formas de producción de sentido. Lo que se presenta como una crítica a la alienación o a la apatía del festejo popular se convierte, en realidad, en una operación epistémica que vacía de politicidad a las prácticas comunitarias, negándoles su propio modo de construcción simbólica.

Frente a este sometimiento, de anteponer una categoría que está más relacionada con el observador que con lo observado, no permite entender los cauces de resistencia simbólica y por el contrario le impone límites de entendimiento. La hipótesis guía en esta reflexión, sostiene que existen formas de agrupamiento y producción colectiva de sentido que, si bien no se expresan a través de demandas políticas tradicionales, participan activamente en la edificación de vínculos, identidades, memorias y modos de comprender la vida social.

La Energía Social opera, en este sentido, como un back up o reserva de potencia comunitaria frente al sometimiento y al control de los dispositivos de poder contemporáneos. Cuando las estructuras antiguas asfixian los canales tradicionales de participación, o cuando el cansancio y la precarización existencial amenazan con disolver el lazo social, la Energía Social se repliega sobre los propios muros de sus prácticas y acervos culturales, los afectos compartidos y las complicidades cotidianas. No se diluye; permanece resguardada en estado latente como un reaseguro de la subjetividad colectiva.

El Caso Testigo: Malvinas y la Condensación Simbólica

La movilización colectiva suscitada en torno a un acontecimiento deportivo de alta intensidad puede interpretarse como una manifestación de esta energía, cuando un símbolo logra condensar memorias, afectos e identidades previamente existentes en el tejido social.

El análisis del reciente enfrentamiento deportivo de la Selección Argentina frente a Inglaterra en el mundial 2026, es paradigmático. La celebración colectiva y la tensión de sentido que allí se disputan no se explican únicamente por el resultado de un juego, sino por la capacidad del acontecimiento para activar sentidos compartidos que permiten la construcción momentánea de un «nosotros». En este escenario, la referencia a Malvinas opera como un núcleo simbólico de condensación, donde confluyen de manera caótica pero potente la memoria histórica, el dolor social, el reclamo de soberanía y la pertenencia nacional. Por el momento, no sabemos que es lo que más va a activar o ya activó ese encuentro del “nosotros”. Lo que si podemos anticipar que toda ruptura necesita la construcción y un encuentro en algo que una en algo al “nosotros”. Si hay acuerdos que están en disputa, volvimos a recordar que “nosotros” somos, y declarado por el fervor de una amplia mayoría, “Malvinas”

Esta condensación posibilita que una sociedad atravesada por profundas fracturas encuentre un espacio común de identificación. Es aquí donde cabe plantear la pregunta crucial: ¿los acontecimientos colectivos producen identidad de la nada o simplemente hacen visible una identidad que ya estaba latente?

La noción de Energía Social propone una relación más compleja: los acontecimientos no crean desde el vacío absoluto los sentidos colectivos, pero tampoco se limitan a revelar de manera pasiva identidades preexistentes y estáticas. Actúan, más bien, como catalizadores. El acontecimiento toma las memorias dispersas, los dolores no tramitados y los símbolos históricos que habitaban en el back up social y, al colisionar con el presente, los transforma instantáneamente en una experiencia compartida de pertenencia y reconocimiento recíproco. La energía social, de este modo, aparece como una fuerza que, sin anular las diferencias ni los conflictos internos, habilita la emergencia de lo común en el seno de una sociedad fragmentada.

El Truco de la Energía Social y la Liturgia Profana

Para comprender la magnitud de este fenómeno, es necesario desentrañar la sofisticada operación que la Energía Social realiza sobre la superficie del espectáculo contemporáneo. El fútbol en el siglo XXI se presenta, a primera vista, como el dispositivo de captura perfecto: una industria hipermercantilizada, diseñada por las estructuras de poder global para canalizar las pulsiones colectivas hacia el consumo y la domesticación emocional. Megaempresas y corporaciones que anidan distintos sectores económicos, un genocidio a cielo abierto en Gaza, un desastre natural en Venezuela y una guerra que sigue perpetuándose entre Rusia y Ucrania pintan el capitalismo de la era actual. El escenario es desolador a primera vista, nada impidió que se desarrollara la puesta en común de uno de los negocios más fructíferos de la industria del entretenimiento. Sin embargo, es precisamente allí donde la Energía Social ejecuta su «truco» más radical.

El truco consiste en una operación de contrabandeo ontológico. La comunidad no se somete a la lógica de la mercancía; por el contrario, parasita el dispositivo profano del fútbol y lo utiliza como una coartada litúrgica. Debajo del negocio de los derechos de transmisión y el marketing algorítmico, late una necesidad existencial irrenunciable: la ponderación de lo humano celebrando lo divino de manera permanente.

En una modernidad tardía caracterizada por el desencantamiento del mundo, la alienación y la disolución de los grandes relatos, el sujeto contemporáneo se encuentra despojado de espacios para experimentar la trascendencia. Al calor del acontecimiento deportivo, la Energía Social reconvierte el estadio o la calle en un templo laico. Los cantos colectivos pierden su carácter de mera hinchada para transformarse en narrativas jaculatorias; las banderas devienen en estandartes totémicos; y el sufrimiento o la gloria compartida se elevan al estatus de una experiencia mística secular.

Lo que la sociología clásica apresuradamente etiqueta como alienación es, en realidad, una liturgia de la inmanencia. El «truco» de la Energía Social permite que el colectivo, mediante el fútbol, se mire al espejo y se auto descubra eterno. No se está adorando simplemente a once atletas corriendo tras un balón; lo humano se congrega para celebrar su propia potencia comunitaria, proyectándola en la categoría de lo divino. El festejo del gol, el abrazo con el desconocido durante el Mundial 2026, no son respuestas mecánicas a un estímulo externo: son momentos de epifanía donde la comunidad se sacraliza a sí misma, recordándole al poder institucionalizado que la chispa de lo común sigue siendo irreductible a la captura del mercado. El capitalismo odia la alegría popular, disimula mientras pueda facturar, pero no sabe dónde termina la efervescencia. Sabe de sus riesgos. Prefiere a sus dominados tristes y depresivos.

El Caso Testigo y la Genealogía de la Condensación Simbólica

La movilización colectiva suscitada en torno a un acontecimiento deportivo de alta intensidad puede interpretarse como una manifestación de esta energía cuando un símbolo logra condensar memorias, afectos e identidades previamente existentes en el tejido social. Lejos de ser una anomalía contemporánea, la historia de los mundiales de fútbol revela una constante tensión entre los intentos de captura por parte de las estructuras del poder dominante y las inesperadas líneas de fuga que la Energía Social traza en el espacio-tiempo liminal.

La Captura Institucional y sus Fisuras Históricas

El poder instituido ha intentado históricamente colonizar el ritual deportivo para legitimar sus mapas ideológicos. Lo vimos en Italia 1934, donde el régimen de Benito Mussolini utilizó el torneo como una colosal maquinaria de propaganda fascista, buscando moldear la percepción pública internacional y disciplinar los cuerpos bajo una estética de superioridad nacional. Asimismo, en Alemania 1974, en el epicentro de la Guerra Fría, el enfrentamiento en primera ronda entre la Alemania Occidental y la Alemania Oriental fue diseñado como el tablero perfecto para escenificar la fractura geopolítica global.

Sin embargo, la liminalidad inherente al juego suele propiciar fisuras insospechadas por la lógica del poder. En el Mundial de Francia 1998, el partido entre Estados Unidos e Irán, cargado de un antagonismo diplomático asfixiante, se desvió de la narrativa oficial cuando ambos planteles rompieron el protocolo para fundirse en una fotografía histórica de hermandad. Los vencedores del equipo Irani regalos rosas rojas a sus vencidos. En ese instante, la Energía Social suspendió las agendas de estado mediante un acto espontáneo de reconocimiento recíproco: los jugadores, transmutados en actores de una communitas efímera, hackearon la pantalla global del control.

El Caso Argentino: De la Captura al Declive del Régimen (1978-1982)

El ejemplo más desgarrador y complejo de esta tensión se inscribe en la historia argentina. En Argentina 1978, la dictadura militar montó un sofisticado dispositivo de biopoder y propaganda para maquillar internacionalmente las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que ocurrían de forma paralela en los centros clandestinos de detención. La Potestas buscaba el disciplinamiento absoluto mediante el festejo programado.

No obstante, un análisis no lineal de este acontecimiento revela una paradoja: el mismo espacio público que el régimen pretendía pacificar y controlar se convirtió en el escenario donde una población aterrorizada volvió a experimentar, por unas horas, el rozamiento de los cuerpos y la vivencia de un «nosotros» prohibido. La efervescencia de 1978 no consolidó la hegemonía de la Junta Militar; al contrario, operó como un umbral de visibilización comunitaria que anunció el declive profundo del régimen.

Este declive se precipitó en 1982, cuando la dictadura, en un intento desesperado por reinyectar coherencia a su relato mediante la manipulación del dolor y el fervor soberano, desató la Guerra de Malvinas. La tragedia bélica coincidió temporalmente con el Mundial de España 1982, evidenciando la fractura total entre el discurso oficial del poder y la realidad material del dolor social. La capa informacional de la sociedad argentina quedó preñada de luto, silencios y una profunda necesidad de reparación simbólica. Pero algo si fue contundente, significo el derrumbe de la dictadura y la transición a la democracia. La energía social no se mantuvo al margen, se manifestó activamente para que esto ocurriera.

México 1986: La Venganza de la Potentia y la Justicia Simbólica

La condensación definitiva de este proceso gnoseológico ocurrió tan solo cuatro años después, en México 1986. El partido entre Argentina e Inglaterra no puede ser leído bajo la lente de la racionalidad instrumental de las ciencias sociales tradicionales. En el fragor de ese encuentro, la referencia a Malvinas operó como el núcleo simbólico absoluto donde confluían el trauma reciente, el duelo no tramitado de una generación y el reclamo de soberanía nacional. Lo paradójico es que se repite en el enfrentamiento de este mundial y los argentinos, todavía con heridas abiertas no se disciplinan al juego despolitizado del mercado del entretenimiento. “Es solo un partido de futbol” fue la frase que quiso sublimar las tensiones políticas no lográndolo. El resultado deportivo: el mismo.

El partido se constituyó como un espacio-tiempo liminal radical. La Energía Social ejecutó allí su contra truco más sagrado: no modificó el resultado de la guerra en el plano de la geopolítica clásica, pero produjo una intensidad en la estructura del sentido colectivo. A través de la mística del juego y de símbolos que devinieron en mitología popular (la transgresión divina de la «mano de Dios» y la belleza geométrica del segundo gol), la sociedad experimentó una forma de justicia poética y reparación del trauma.

La noción de Energía Social nos permite entender que los acontecimientos no crean desde el vacío absoluto los sentidos colectivos, pero tampoco se limitan a revelar identidades preexistentes y estáticas. Actúan, más bien, como catalizadores. México 1986 tomó los afectos dispersos del dolor de 1982 y la potencia contenida desde 1978 para transformarlos en una experiencia compartida de pertenencia y reconocimiento recíproco. La Energía Social se disparó allí en toda su magnitud: una fuerza inmanente que, sin borrar las heridas ni anular los conflictos internos de una nación fracturada, habilitó la emergencia de lo común y arrebató el monopolio del sentido de las manos del opresor. El tema deriva en dos perspectivas posibles: 1) no ser comprendida desde las ciencias sociales por estar carente de nuevas herramientas teóricas. 2) la descalificación y/o negación del proceso como tal. La Energía Social siempre está en disputa por parte de las estructuras hegemónicas (políticas y del conocimiento), lo usual parece ser, que cuando no se puede manipular a favor, se tiende a desacreditarla.

Referencias Bibliográficas

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  • Wendt, A. (2015). Quantum social science: An information-theoretic approach to potentia and body. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9781316014318

Comentarios

  1. Javier Serrano

    Muy buen análisis; «el capitalismo odia la alegría popular», verdad que se corrobora diariamente.
    Felicitaciones.

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