La ciudad amanecía cada día con un nuevo desorden: tranvías cruzados, colectivos varados, humo de petardos en las avenidas. Los muchachos no domian. No eran soldados ni delincuentes, aunque el régimen los llamara así. Eran hijos del silencio, criaturas del exilio interno que había impuesto la dictadura. Sabían que en cada acto mínimo —un papel pegado, una pared pintada, una maquina saboteada— se jugaba algo más grande que ellos: la dignidad.
En las noches húmedas de verano, subían a las vías y sustraían las palancas con que los conductores hacían circular los tranvías. Bastaba una pieza de metal menos para convertir el centro de Buenos Aires en un caos. Pero el caos no era el fin: era el mensaje. Querían demostrar que el orden impuesto podía quebrarse en cualquier momento, que el miedo no era patrimonio exclusivo de los de abajo.
Los petardos eran su melodía de guerra. Aprendieron a fabricarlos en las sombras, con el mismo ingenio con que otros fabrican pan o canciones. Dentro de una lata de pomada metían azufre molido, píldoras de clorato de potasio y una mecha breve. Bastaba ese pequeño corazón químico para hacer temblar una manzana entera. Cada estallido era una carcajada amarga que retumbaba en los muros del centro, un anuncio de que los vencidos no se resignaban.
Una esquina del barrio había ganado fama. Allí, donde los muros repetían los rostros de los proscriptos, la gente pasaba y sentía que estaba de nuevo en casa. Era un territorio simbólico, mitad altar y mitad trinchera. Pero una noche, un hombre bien vestido —de esos que creían pertenecer a un mundo sin sombras— avanzó acompañado por dos damas perfumadas. No sabía quiénes dominaban esa esquina. Vio las fotos de los prohibidos por el poder y, sin dudar, arrancó una. La dobló con pulcritud, como si plegara una servilleta, y la rompió en pedazos.
El silencio que siguió fue corto y terrible. Desde el fondo del bar se levantaron los muchachos. No había órdenes, no había plan; sólo la ley inmediata del desagravio. La calle volvió a arder.
Cada noche terminaba del mismo modo: entre discusiones, planes y la misma obsesión que los unía —la falta de armas. Sabían pelear, sabían improvisar, pero cuando los comandos civiles aparecían con sus revólveres, la desigualdad se volvía abismo. Una vez, en una de aquellas escaramuzas, Octavio corrió a socorrer a Gerardo al que estaban moliendo a golpes. Uno de los comandos, con el físico de un rugbier, lo tenía contra el suelo, destrozándole la cara a puñetazos.
Octavio se acercó por detrás y descargó con toda su fuerza la cachiporra sobre la cabeza del agresor. El golpe sonó seco, animal. Pero el comando apenas se estremeció. Giró la cabeza, los ojos llenos de furia, y se lanzó sobre él. Octavio volvió a golpearlo, esta vez en el rostro, pero el otro apenas vaciló. Entonces vio el brillo de metal: la culata de un revólver. No pensó; echó a correr con el corazón en la garganta, sintiendo la respiración del enemigo sobre la nuca. Esa noche comprendió que la valentía, sin herramientas, no alcanzaba.
Desde entonces empezó a fabricar cachiporras con sus amigos, en la casa humilde de Barracas que se había convertido en su trinchera. Cortaban mangueras, llenaban de plomo cada tramo y sellaban con alambre. En el bolsillo de la camisa guardaba Octavio la documentación falsa que lo convertía, no en un prófugo sino, en otro hombre. No eran artesanos del odio, sino del miedo. Hacían esas armas para no morir desarmados. Las repartía entre los compañeros de la esquina con la gravedad de quien entrega algo sagrado. Las cachiporras pesaban, pero daban una ilusión de igualdad.
Aun así, sabían que en el combate cuerpo a cuerpo el coraje no siempre bastaba. Cuando las armas de fuego asomaban, sólo quedaba huir. “Somos hombres de barrio, no de guerra”, decía David, y sin embargo seguía yendo. Recogían bulones y espinas de metal en las vías del ferrocarril, cerca de la cancha de Boca; eran pequeñas miserias frente a los fusiles relucientes de sus enemigos.
Maxi ya no estaba todas las noches. Desde noviembre su figura aparecía y desaparecía como si tuviera otra trinchera secreta. Ellos sabían —o sospechaban— que andaba perdiendo horas en habitaciones de hoteles con sus mujeres, lo que no sospechaban, era que en realidad desde hacía un tiempo estaba enamorado a su modo, sin reconocérselo ni a si mismo, de una prostituta llamada Nicole, con la cual compartía varias noches de sexo y charlas profundas, de filosofía, literatura y de como iban a cambiar el mundo. Lo entendían y respetaban, pero en el fondo lo extrañaban cuando tocaba correr o debatir en la buhardilla. La esquina y los lugares comunes también se medía por las personas que faltaban.
En 1957, la lucha adquirió otra forma; la palabra impresa. Los muchachos comenzaron a editar su propia prensa clandestina. En hojas rústicas, manchadas de tinta y sudor, imprimían artículos, volantes, consignas. Uno de esos números llamó al voto en blanco en las elecciones para convencionales constituyentes. Era un modo de decir: “Estamos, aunque nos prohiban elegir”.
Mientras tanto, en la otra mitad del país obrero, se gestaba un cambio más profundo. Los nuevos dirigentes sindicales, curtidos por la cárcel y la clandestinidad, ingresaban en la Comisión Intersindical. Recuperaban fábricas, oficinas, locales. El ingreso de esta nueva camada trajo choques inevitables con los viejos dirigentes de la CGT auténtica, que seguían obedeciendo la voz distante del líder en Caracas. El movimiento, dividido entre la devoción y la urgencia, se desgarraba y se reinventaba al mismo tiempo.
Ariel, David y Octavio escuchaban esas noticias en voz baja, en la misma habitación de Barracas donde la Navidad los había encontrado brindando. Ariel seguía durmiendo en el altillo, entre cajas y frazadas, y bajaba sólo para esas reuniones breves, con el corazón alertado por cualquier ruido en la escalera. Habían cambiado los días, pero no la sensación de estar al borde de rendirse. Su voluntad se quebraba poco a poco, No se animó a salir con documentación falsa como lo hacia Octavio.
—Ahora tenemos que elegir —dijo Nahuel una noche, con la camisa todavía pegada al cuerpo—. O seguimos soñando con el regreso, o empezamos a colaborar en hacerlo realidad.
Octavio no respondió enseguida. Miró el piso, las cachiporras amontonadas, los panfletos húmedos. Pensó en la nueva identidad que llevaba doblada en el bolsillo, en la posibilidad de volver a trabajar como si fuera otro. Luego levantó la vista:
—Hacerlo realidad… —repitió—. Eso es lo que más duele.
El silencio posterior no fue de miedo, sino de respeto. Habían cruzado una línea invisible: la que separa al que resiste del que se organiza.
Afuera, un petardo estalló en la calle, y los tres se miraron sin hablar. Por un instante, aquel ruido lejano pareció una promesa.
Febrero de 1957
El verano caía sobre Buenos Aires como una manta húmeda. Las persianas de chapa vibraban con los tranvías que aún sobrevivían al miedo, y en las terrazas, las palomas buscaban una sombra que no existía. En Barracas, la pieza que había sido refugio de Navidad amanecía con olor a tinta y café del día anterior. La prensa clandestina —dos rodillos cansados, una palanca rota, un estanque de tinta que sangraba negro— no descansaba nunca.
—Hoy salen mil —dijo David, secando con cuidado el primer pliego—. “Voto en blanco y organización”. Corto, claro, repetible.
Octavio asintió. No había dormido. Le dolía la nuca; una línea de fuego le recorría el hombro donde, semanas atrás, un culatazo había dejado su marca. Esa marca era ahora parte del uniforme invisible que llevaba: no el mameluco del “hombre de trabajo”, sino la piel endurecida del que ya no retrocede. Pensaba en el día, cercano, en que tendría que presentarse en una oficina de personal con el nombre que no era el suyo para volver a ser un número más en algún frigorífico, y porque no el mismísimo frigorífico Lisandro De La Torre, los jefes de personal habían cambiado y él apenas era reconocible por sus amigos con su nuevo aspecto, barba y bigotes, tintura en el pelo y otro corte, además en el frigorífico trabajaban casi ocho mil personas, solo tenia que procurar no ingresar al mismo sector y podría funcionar sin que nadie sospeche absolutamente nada. Necesitaba volver a ocupar su mente con el trabajo y el contacto con el movimiento obrero y las comisiones internas, era una apuesta arriesgada, pero no imposible, su documentación falsa era muy buena, los compañeros, que lo podrían a reconocer ya estaban al tanto de su nueva identidad, y no había alcahuetes entre ellos.
Ariel entró con la camisa pegada al cuerpo, transpirado por el miedo y por el calor. Había bajado del altillo mirando tres veces cada esquina.
—La Intersindical convoca reunión esta noche —anunció—. Sin sello, sin firmas. Traen el mapa nuevo: quién controla comisiones internas, quién no. Nos piden dos cosas: paro de advertencia y caja de resistencia.
—Caja —repitió Octavio, con una media sonrisa cansada—. La palabra más triste del idioma obrero: juntar monedas para aguantar.
David dejó el pliego sobre la mesa y, sin mirarlos, dijo:
—La dignidad se paga, Octavio. Todo se paga.
Los muchachos de la esquina habían aprendido a tejer la ciudad con hilos invisibles. Entre Constitución y La Boca, entre Barracas y Mataderos, de taller en taller, corrían las consignas como agua que busca cauce: “paro el miércoles”, “miguelitos en Lima y Belgrano”, “caños en las agujas del 45”. Los viejos dirigentes —los que quedaban— desconfiaban de la prisa; la CGT reclamaba organización a la voz lejana; la Intersindical exigía músculo, pruebas, hechos. El movimiento era a la vez susurro, rezo laico y martillazo.
Loa amigos se movían entre ambos mundos con una delicadeza torpe: sabían inclinar la cabeza ante el nombre del Jefe, y aprendieron a tensar la mandíbula cuando la fábrica pedía otra cosa. Esa doble fidelidad los desgarraba por dentro con una dulzura cruel, como esas melodías que arañan sin romper.
Por las tardes juntaban bulones, fierros, retazos de manguera. Por las noches, el baúl del coche se convertía en vientre de metal: por un agujero, el puño de Gerardo dejaba caer los miguelitos como quien siembra una esperanza sin permiso. En el centro, la ausencia de una palanca detenía un tranvía y, con él, la convicción burguesa de que todo seguía igual.
La reunión
El club estaba a oscuras. En la pared, una Madonna italiana vigilaba el polvo. La reunión de la Intersindical comenzó sin preámbulos: nombres en voz baja, lugares, horarios, cautelas. Un delegado de Avellaneda fue el primero en hablar:
—Paro de dos horas por día. Rotativo. Caja semanal. El que no pueda, da tiempo: cuidar esquinas, veredas, pasamanos. Y prensa: el doble de tirada.
—¿Y la “auténtica”? —preguntó alguien, con un dejo de ironía.
—Que autentiquen la calle —cerró el herrero—. Nosotros no podemos esperar.
A Octavio le recorrió un frío. Era una frase justa y, por eso, peligrosa. Sintió la vieja fidelidad tironearle como un chico hambriento del saco. “¿Hasta dónde?”, se preguntó. ¿Hasta dónde la obediencia construye y cuándo empieza a volverse cobardía? En su interior, dos voces disputaban como hermanos que no se resignan a dormir.
Ariel, que lo habían convencido para asistir tomó la palabra, todavía con la sombra del altillo en los hombros:
—Yo me ocupo del empalme con los gráficos. Si cae la prensa, caemos todos.
—No caemos —dijo David—. Aprendimos a multiplicar.
Esa noche, al volver a su refugio ocacional, Octavio encontró una carta debajo de la puerta. Papel fino, letra apretada. Olía a perfume conocido. La leyó de pie, apoyado contra la pared caliente:
“No sé si llegás a dormir. Yo tampoco. A veces pienso que el amor es eso: quedarse donde el otro no puede quedarse, sostenerle la esquina cuando no llega. Si te llevan otra vez, no te olvides de que acá hay una mesa y dos vasos. Si volvés, no te olvides de que hay una voz. No me digas cuándo ni cómo. No me lo digas. —R.”
Sintió que algo blando le empujaba el esternón. No pidió permiso a la ternura; se dejó atravesar. Por un momento, le pareció obsceno amar así, en medio de las chapas calientes, los volantes y los nombres clandestinos; y, sin embargo, entendió que sin ese hilo íntimo todo lo demás se deshacía. La razón por la que decidimos luchar es por nuestros seres amados, pero a la vez, necesitamos también tenerlos cerca.
Pero después volvió la otra voz, la severa:
—¿Y si la carta compromete a todos? ¿Y si te ablanda donde no debés?
Dos culpas pelearon en la habitación: la culpa de no amar lo suficiente y la culpa de amar demasiado. La vela chisporroteó como un foco cansado.
Techos
El operativo cayó a la madrugada. Un vecino golpeó la pared tres veces, el santo y seña de la desgracia. Las botas subían por la escalera como si ascendiera un animal de hierro.
—Por el techo —susurró David, ya con la bolsa de pliegos al hombro.
En el pasillo, un pibe de quince que hacía de correo —Lucas, de Pompeya— se quedó clavado de miedo.
—No puedo —dijo, y los ojos se le llenaron de lagrimas.
Octavio midió en un golpe de corazón: o los pliegos o el pibe. No hubo deliberación posible. Le tiró la bolsa a Ariel.
—Andá —ordenó—. Vos sos más rápido. Yo lo saco.
Saltaron la claraboya. El aire caliente de febrero les dio en la cara. Desde abajo, una voz:
—¡Alto!
En el techo vecino había una soga de colgar ropa. Octavio empujó a Lucas con fuerza, cuando el chico llegó al otro borde, respiró como si volviera del fondo de un río. Ariel ya no estaba: una sombra con pliegos, un animal huyendo hacia la madrugada, con el altillo de Barracas esperándolo de nuevo como única patria segura.
Los de abajo levantaron el arma. Un disparo mordió la chapa a medio metro de su pie. Octavio miró el cielo sin estrellas.
—Que me juzgue quien pueda —murmuró, y se dejó caer al techo contiguo.
Al amanecer, en una cochera prestada, contaron lo salvado; seiscientos volantes, una plancha de plomo, la libreta con los aportes de la caja. Lucas, temblando, pidió perdón por haber dudado. David le sostuvo la nuca.
—No pedimos héroes —dijo—. Pedimos que vuelvas mañana.
Ariel colocó los pliegos sobre la mesa. Tenían manchas de sangre.
—Mirá —dijo, sin dramatismo—. Quedó la firma del enemigo.
El titular rezaba: “Organizar la esperanza”. No era una consigna; era un manual. Debajo, en tipografía irregular: “Paro de advertencia. Caja de resistencia. Células por barrio. Voto en blanco.” La mezcla de política y súplica tenía la misma dignidad que un pan compartido.
—Lo distribuimos esta tarde —propuso David—. Antes del calor bravo.
Octavio apoyó los dedos sobre la palabra “esperanza”. Pensó en la carta, en la soga de tender ropa, en la pistola que no sonó a tiempo, en la voz de la Intersindical, en el nombre del líder que no dejaba de ser nombre incluso exiliado. Y en esa suma de cosas pequeñas que, juntas, parecían una fe.
—Sí —dijo—. Hoy. Que la ciudad despierte con algo verdadero.
Llegaron los días de carnaval, pobres y oscuros. En algunos barrios todavía se colgaban guirnaldas desteñidas; en otros, las persianas parecían crespones. Una murga triste ensayó en la esquina dos compases y se fue en silencio. La policía prohibía casi todo; la gente obedecía casi nada.
Romina, apareció sin decir palabra, dejó sobre la mesa una botella y un paquete envuelto en diario. Adentro había pan, dos duraznos y una cinta para atar los pliegos.
—No me quedo —dijo—. Vine para ver si estaban bien.
Ariel bajó la mirada; David le sonrió con una gratitud que era más vieja que él.
Octavio la acompañó hasta la puerta. Ella le tocó el hombro, apenas. Ella sabia que corrian cada vez mas peligro, y no podían sus hijos quedarse solos, decidió dar un paso al costado y ayudar desde lejos, como podía pero sin arriesgarse demasiado
—No te mueras por una ideas —susurró—. Acordate que tenés una familia que también te necesita.
—Las ideas nos trajeron hasta acá —contestó él, con una ternura ruda.
—Lo sé —dijo ella—. Por eso te traje pan.
Y se fue, dejando detrás suyo el ruido leve de los zapatos en la escalera y un olor a su perfume favorito.
Esa noche, los tres salieron por distintas rutas. El plan para marzo estaba escrito en sus piernas, no en papeles; paro rotativo, sabotajes selectivos, control de veredas, solidaridad entre barrios, prensa multiplicada. La Intersindical había pedido prueba; la calle la tendría. La CGT de la clandestinidad respiraba por los costados como un animal paciente.
En la esquina que ya era suya, Octavio clavó la mirada en el muro pelado. Imaginó otra vez las fotos prohibidas, el señuelo que tantas veces había sido trampa y enseñanza. Pensó en el pibe Lucas, en la soga, en la bala que no lo eligió. Pensó en las palabras de Romina, en Ariel volviendo al altillo con los pliegos manchados, en Maxi perdido en alguna pieza de hotel mientras la ciudad ardía a media luz.
Y, sin pedir permiso, elevó una oración rara, sin santos ni estampitas.
—Señor de los que no rezan, cuidá a los que aman y a los que dudan, incluso de tu existencia. Danos manos para la dignidad y un poco de piedad para nosotros mismos.
El verano siguió ardiendo. En algún lugar del centro, un tranvía no arrancó por falta de una palanca. En Pompeya, una hoja mal impresa llegó a todos lados. En La Boca, un candado amaneció con plomo en la ranura. En Barracas, una vela se apagó sin que nadie la viera.
Y, sin embargo, algo prendía.
MARZO DE 1957 — LA CIUDAD EN VIGILIA
El verano empezaba a ceder, y con él la ilusión del descanso. En los barrios obreros la rutina se había vuelto entrenamiento: reuniones más disciplinadas, consignas menos gritadas y más pensadas, una sensación difusa —pero constante— de que la historia estaba a punto de torcerse. Ya no se improvisaba con la liviandad de los primeros meses; ahora cada gesto tenía consecuencias.
Los muchachos de la buhardilla y de la esquina, aquellos que antes se organizaban entre risas nerviosas y mates apurados, comenzaron a recibir algo parecido a una formación real. No había instructores extranjeros ni manuales sofisticados. Eran hombres enseñando a otros hombres a sobrevivir: cómo caminar sin dejar huellas, cómo memorizar consignas sin anotarlas, cómo resistir sin volverse lo mismo que se combatía.
El objetivo era claro y casi imposible: recuperar las calles para recuperar los derechos.
Ninguno hablaba abiertamente de guerra. La palabra pesaba demasiado. Pero todos la sentían latir en el pecho cuando, al caer la tarde, se encendían las luces amarillas de los talleres improvisados. Ariel reunía a los nuevos y hablaba despacio, con una serenidad que no venía de la calma sino del dolor ya conocido. Insistía siempre en lo mismo: la resistencia debía ser sin muerte, sin desbordes, sin perder humanidad. Se luchaba para volver a elegir, para volver a votar, no para fundar una nueva violencia.
David revisaba los panfletos que salían del mimeógrafo escondido en el fondo de un viejo sindicato textil. Ajustaba consignas, corregía palabras. No por estética, sino por responsabilidad. Sabía que una frase mal puesta podía costar una noche de palos o algo peor.
Octavio observaba todo con atención contenida. Participaba, organizaba, pero algo en su interior se resistía a que la acción devorase el sentido. Desde enero llevaba encima la doble vida: el obrero que volvía a mezclarse con otros obreros bajo un nombre que no era el suyo, y el militante que por las noches medía pasos, riesgos y silencios.
—Una insurrección incesante —murmuró una noche, leyendo en voz alta uno de los textos impresos.
David levantó la vista. —Incesante… hermosa y terrible palabra.
Gerardo encendió un cigarrillo y dejó que el humo se aplastara contra el techo bajo. —Lo que importa no es cuánto dure —dijo—, sino que no se apague.
Los pequeños documentos, impresos con tinta espesa, pasaban de mano en mano como si fueran oraciones laicas. “Revuelta permanente”, “boicot constante”, “volverán los tiempos felices”. Los jóvenes los copiaban, los doblaban, los escondían en el mameluco o en el bolsillo de la camisa. Cada pliego era una chispa. Y cada chispa, una amenaza para el orden que pretendía el silencio.
La ciudad vivía en estado de murmullo. Las fábricas habían vuelto a ser escuela, pero no de oficios; de conciencia. El rumor de las huelgas, las pintadas, los sabotajes mínimos, todo se mezclaba con el ruido de los trenes nocturnos. Los viejos dirigentes miraban con recelo a esa juventud impaciente, que hablaba menos de lealtad y más de transformación. Pero en esos ojos jóvenes había algo imposible de negar;fe. Una fe peligrosa, sin mediaciones ni cálculos, que a veces rozaba la intemperie.
A mediados de marzo, la política nacional abrió otra grieta. Los frondizistas comprendieron lo evidente: el pueblo trabajador seguía siendo peronista. Ni la cárcel, ni la censura, ni las persecuciones habían logrado arrancar esa identidad. El voto en blanco ordenado desde el exilio lo había evidenciado mejor que cualquier discurso; millones de boletas vacías, llenas de un significado.
Los hombres de Frondizi —más astutos que heroicos— intentaron tender puentes. Querían una alianza pragmática con el líder proscripto, un pacto donde los votos obreros permitieran volver al poder por la vía institucional. Desde el exilio, Perón evaluaba el tablero con paciencia. Sabía que el voto simbólico podía agotarse, que el gesto sin poder real se marchita.
Por eso, en las cintas y en las cartas, empezó a hablar de petróleo, de política internacional, de coincidencias con sectores nacionalistas. La estrategia se ensanchaba. No todos la comprendían igual.
Octavio leía esas noticias con una mezcla de resignación y enojo contenido. La política parecía alejarse de la calle, del cuerpo puesto en juego. —Otra vez los escritorios —pensaba—, otra vez las roscas.
Ariel, en cambio, veía en esa grieta una rendija. —Sin política no hay regreso —le dijo una tarde, mientras doblaban volantes.
—Y sin memoria —respondió Octavio— la política es una careta más.
David los escuchaba sin intervenir. Hacía tiempo que sabía que las palabras podían oxidarse rápido. Para él, la verdad estaba en los gestos. Pero aquella noche no pudo callar.
—Aprendemos a ocultarnos, a mentir, a conspirar —dijo—. ¿Y después qué hacemos con esa oscuridad cuando vuelva la luz?
No hubo respuesta.
Maxi
Mientras la ciudad se replegaba, Maxi se alejaba de la esquina. No por cobardía ni por cansancio: por deseo, por pasión, ¿por amor?. Desde diciembre frecuentaba a Nicole con una regularidad que ya no podía llamarse casual. La buscaba siempre en la misma pieza alquilada, a la misma hora, con el mismo apuro que fingía desmentir.
Seguía repitiéndose que era libre, que no debía nada, que el amor no se posee. Seguía proclamando —para sí mismo y para los otros— que la monogamia era una imposición cultural, una forma de disciplinamiento. Pero algo había empezado a cambiar, y no en las palabras, sino en los gestos. Esperaba.
Le molestaba cuando Nicole llegaba tarde. Se inquietaba cuando la encontraba distraída. Le preguntaba —con falsa liviandad— si había visto a otros hombres.
Después se odiaba por hacerlo.
—No quiero ser eso —se decía—. No quiero convertirme en otro guardián del cuerpo ajeno.
Pero después se quedaba. Hablaban durante horas. Discutían de política, de historia, de moral, del sentido de la vida. A veces le leía algo. Otras veces no hacían nada. Eso lo inquietaba más que el sexo.
Una noche, Nicole lo miró en silencio y le dijo: —Vos hablás de libertad como si fuera una teoría. Para mí es saber si mañana te voy a ver o no.
Maxi no respondió. Sintió que todas sus ideas —tan pulidas, tan coherentes— no servían para ese momento. Por primera vez entendió que el amor no preguntaba por convicciones.
Nahuel
Nahuel por su parte, se estaba alejando de la resistencia. No por cuestiones ideológica, comenzó a descreer de las posibilidades de vencer, comenzó a poner excusas para no ir a los encuentros, estaba enfermo, cansado, o en alguna cuestión familiar. Había llegado por cansancio a esa situación. Por haber pasado demasiado tiempo viendo cómo otros decidían por él. En las pocas reuniones hablaba poco, casi nada. Escuchaba. A veces asentía, a veces fruncía el ceño, como si las palabras ajenas le resultaran siempre insuficientes.
No iba ya a la esquina ni a los talleres clandestinos. Su lugar estaba cada vez más en los bordes. Su madre, no sabían exactamente en qué andaba, pero intuían que el hijo se movía en zonas peligrosas.
A veces sentía vergüenza. No por abandonar, sentía que debía hacerlo, volver a ocuparse más de su familia, sus hermanos, él era el sostén de la casa desde que su padre falleció. Ya no quería épica en su participación, y eso, a veces lo hacía sentir incomodo, lo ponía en una encrucijada entre la lucha, sus convicciones y sus responsabilidades.
Una noche, después de una reunión extensa, se quedó solo con David. —Yo no sirvo para esto —dijo—. Tengo miedo que se nos vaya todo de las manos, ¿Y si alguna vez tenemos que matar, por salvar nuestras vidas? O peor, ver morir a uno de los nuestros, a Ariel lo torturaron sin piedad, y junto a Octavio les hicieron simulacros de fusilamientos, venimos teniendo mucha suerte, pero ¿Hasta cuándo? vos viste fusilamientos, nadie era conocido intimo o amigo, y sin embargo eso te atormentó, te sigue persiguiendo ¿Qué pasaría si fueran a nuestros amigos o familiares los que tendríamos que ver morir? Los remordimientos nos perseguirían toda la vida. A veces pienso que todo esto está mal.
David no respondió enseguida. Se sentó, apoyó los antebrazos sobre la mesa y se quedó mirando un punto fijo, como si la pregunta hubiera abierto una puerta que prefería no cruzar del todo.
—Tenés razón —dijo al fin—. Todo eso puede pasar. No es una fantasía. No es miedo exagerado. Ya pasó… y vuelve a pasar cuando uno cree que no le va a tocar.
Levantó la vista.
—Yo vi morir gente. No eran amigos, es verdad. Pero tampoco eran nadie. Eran hombres. Y eso alcanza para que no te deje descansar en paz la cabeza nunca mas, llevamos una marca, que no se borra fácilmente, queda impresa en lo profundo del alma.
Hizo una pausa. Se pasó la mano por la cara.
—La culpa y los remordimientos no aparece cuando hacés algo terrible. La culpa aparece cuando sobrevivís. Cuando te toca seguir, comer, reírte un poco… mientras otros quedaron tirados. Eso es lo que no te cuentan.
Se inclinó hacia él.
—Ahora, escuchame bien; no estamos acá porque nos guste la violencia. Estamos acá porque la violencia ya empezó sin pedirnos permiso. A Ariel no lo torturaron por error. A Octavio no le simularon un fusilamiento porque sí. Eso no fue respuesta… fue mensaje. La violencia no la empezamos nosotros, solo nos estamos defendiendo como perros salvajes se defienden de los leones. Ellos empezaron la violencia, bombardearon una ciudad abierta, sin guerra civil, solo por odio, odio a un gobierno que cuidaba a los trabajadores, un gobierno y un líder lleno de errores y contradicciones, por su puesto, que era autoritario y adoctrino en las escuelas, tuvo presos políticos y clausuró diarios opositores, pero no hay que olvidar que en frente siempre tuvo una oposición beligerante, asesina, que intentó siempre derrocarlo, desde el golpe fallido de Menendez hasta las bombas asesinas de junio.
Respiró hondo.
—Si algún día tenemos que elegir entre protegernos o morir mansos, no va a ser una elección limpia. Ninguna lo es. Pero no confundas eso con querer matar. No es lo mismo. El que disfruta la muerte ajena ya cruzó una frontera que nosotros no estamos cruzando y jamás vamos a cruzar.
Se quedó un segundo en silencio, y agregó, más bajo:
—El problema no es preguntarse si esto está mal. El problema sería dejar de preguntarlo. El día que no te duela la idea de perder a uno de los nuestros… ese día sí te tendrías que ir.
Lo miró con una mezcla extraña de dureza y cuidado.
—No somos héroes. No vamos a salir de acá mejores. Con suerte, vamos a salir enteros. Y si salimos, va a haber cosas que nos persigan toda la vida. Pero hay algo peor que la culpa.
Esperó.
—Vivir sabiendo que te quedaste quieto cuando podrías actuar, cuando podrías dar algo de vos.
Apoyó la espalda en la silla.
—Si mañana todo se desarma, si esto se va de las manos, no te voy a decir que valió la pena. Nadie tiene derecho a decir eso por otro. Pero sí sé algo; el miedo no nos trajo hasta acá. Nos trajo la memoria. Y la memoria no se negocia sin pagar un precio.
Desde entonces, Nahuel empezó a quedarse nuevamente un poco más. Su aporte era silencioso, casi invisible, pero constante nuevamente.
No tenía historia de amor que contar. No porque no hubiera deseado, sino porque nunca había tenido tiempo. En marzo del 57, mientras otros discutían sobre política o se rompían por dentro en cuestiones del corazón, Nahuel descubrió algo nuevo, él estaba luchando también por el futuro de sus hermanos.
La ciudad sitiada
En marzo de 1957, la resistencia dejó de ser un rumor. Era un cuerpo. Tenía respiración, lenguaje, hábitos. Los mimeógrafos eran sus pulmones; los caños, sus venas; las consignas, su pulso. Pero el alma —la fe, la culpa, el deseo, el miedo— seguía siendo un territorio íntimo donde cada uno luchaba a solas.
Octavio volvió a escribirle a Romina. No fue una carta enviada, sino una confesión guardada, una manera de no mentirse del todo:
Si algún día te enterás de lo que hicimos, no lo creas todo.
No éramos valientes: éramos tercos.
No sabíamos si luchábamos por un hombre o por una idea,
pero sabíamos que sin pelea no habría perdón.
Hay noches en que quisiera dejarlo todo y quedarme con vos.
Y otras en que sé que, si lo hiciera, no podría mirarte.
Dobló el papel y lo guardó sin saber si alguna vez lo mostraría.
Afuera, la ciudad seguía en vigilia. Un tranvía se detenía sin razón. Un taller cerraba antes. Un volante cambiaba de bolsillo.
Buenos Aires estaba sitiada. No por tanques. Por hombres que habían decidido no callarse.
ENTRE LA OBEDIENCIA Y LA LIBERTAD
La noche había caído sobre Barracas como una manta húmeda. Las fábricas del borde seguían exhalando un cansancio antiguo; y, Octavio volvió al frigorífico como habían planeado, con otra identidad y otro aspecto. De a poco regresaba a su vida normal tras todo lo sucedido.
En la casita agrietada donde tenían la imprenta clandestina, el mimeógrafo gimoteaba como un animal inpaciente. Una lámpara que colgaba del techo despedía una luz amarillenta, y en la mesa—con hojas secándose sobre hilos—las consignas se repetían como letanías: “Luche y vuelve”, “Voto en Blanco”, “Compañeros”.
Gerardo se detuvo frente a una pila de panfletos. Tenía los dedos manchados de tinta y un brillo obstinado en la mirada. Todos habían ababdonado la tranquilidad de los días felices. Sabían que el sacrificio era necesario, no sabían si seria en vano o estaban cambiando la historia, lo que si tenian claro, cada uno a su modo, era que no podían bajar los brazos, no debían rendirse, por mas duros que sean los golpes.
—Hoy en Gerli —dijo Ariel, casi sin voz—, tres compañeros fueron detenidos haciendo unas pintadas, de la manera más brutal los tiraron al piso y los golpearon. Nadie salió a mirar. Me juraría que la ciudad ya aprendió a bajar la vista, quieren romper los lazos de solidaridad entre vecinos.
David, que estaba en cuclillas con una brocha y un tarro de engrudo, levantó la cabeza. Le temblaba esa parte del cuello que no se deja dominar. Lo rodeaba un aire quebrado, como si la memoria le hubiera abierto una ventana por la que entraba frío desde el norte.
—No es lo mismo —dijo al fin— apoyar que callar. El miedo se apodera de la mayoría de las personas y las paraliza, a veces los entiendo, a veces pienso que el terror puede hacer que quedes inmovilizado ante las injusticias que tus ojos presencian. En fin, esto que contas Ariel, nos demuestra que están logrando lo que se propusieron, aterrorizarnos con el miedo, romper nuestra voluntad
Octavio, por esos días de abril volvió a vivir en la casa de barracas con su familia con mucha cautela y con un plan de fuga por el fondo por si se complicaba la situación, al fin y al cabo, nunca tuvo una dirección en ese lugar en su documento, y la policía dejó de buscarlos como sabuesos. Su tiempo lo distribuyó como pudo entre el trabajo, la familia y la militancia clandestina. Una de esos fines de semana, Romina entró desde el patio con una olla aún humeante. El vapor le enmarcó el rostro y, por un instante. Puso la olla sobre la mesa y apartó una pila de papeles con la muñeca. Ella sostenía a los cuatro como se sostiene a los que se ama; ocupando las manos para que no se quiebre el alma.
—Coman algo, antes de que llegue la hora de irte con tus compañeros —dijo—. Mirándolo con una expresión de amor y cansancio.
Se había instalado entre ellos, y los amigos, desde hacía semanas, un debate que ya no cabía en los papeles; si votar en blanco—obedeciendo la voz más severa de Perón y el impulso moral de la resistencia—o apoyar a Frondizi, apostando a un frente nacional que erosione la dictadura por dentro. Esa pregunta no flotaba en el aire, pesaba.
Cuando Octavio estaba por salir a encontrarse con el grupo, grata fue su sorpresa al encontrarse con que ellos vinieron a visitarlo y descansar del trabajo nuevamente a la seguridad de la vieja buhardilla.
—Pacen—Dijo contenta Romina que no tenía que estar preocupada por lo que pudiera pasar afuera de la casa nuevamente.
En la Buhardilla como en los viejos tiempos, La política, el truco y más tarde, mates se dieron paso entre los concurrentes, Romina preparó unas tortafritas para compartir con el mate.
Ariel se enjugó las manos en el pantalón y, recién entonces, dijo en tono bajo:
—El otro día me crucé con uno de Ciudad Católica. No alcanzó a verme. Anda por los pasillos predicando, ellos son los que marcan a los compañeros, lo sé por qué los escuché una y mil veces en esas reuniones, no puedo arriesgarme a que me reconozcan, tengo que dejar de salir tanto, mi apoyo con la causa tiene que ser económico, con ese dinero que mis padres me han dejado; pero siento una impotencia cuando los veo, predicar palabras de Dios con tanta impunidad, ¡son espias mierda! —sentenció y golpeó la mesa con fuerza
Octavio lo miró con esa mezcla de afecto y prudencia con que se mira a un hermano que camina al borde de un techo.
—No dejes que te chupen la sangre —dijo—. Espías sí, pero no van a lograr quebrarnos, tarde o temprano los vamos a desenmascarar.
Romina golpeó dos veces la cuchara contra el borde de la olla, como si llamara a misa.
—Coman —repitió—. Que las tortafritas son más ricas calentitas. Después discutimos.
Se sentaron alrededor de la mesa como una familia adoptada por la clandestinidad. Afuera, la lluvia comenzaba a golpear la vereda. En algún punto de la tarde, la radio pequeña—esa que dormía bajo un repasador—se animó a susurrar noticias; algo de un féretro embarcado, un nombre falso, una ciudad lejana donde la tierra ajena recibe a los suyos. Romina bajó los ojos. Era la palabra que no necesitaba pronunciarse.
David dejó el mate y habló sin mirar a nadie:
—Si ellos abren el comicio con sus bayonetas paradas en la puerta, ¿no votar es dignidad o es ausencia? ¿Y votar en blanco, es gritar o es tirar nuestro voto a la basura?
Ariel respondió con una vehemencia sin música:
—Votar es entrar a su teatro. Aunque sea para tirarles tomates, igual hay que pagar la entrada.
—Y apoyar a Frondizi —dijo Romina, con paciencia—, ¿no sería usar su propio teatro para que hable otro actor? Se supone que él negocia. Que no es Balbín, que no es… ¿Y si nos equivocamos todos? ¿Tendríamos que confiar?
Octavio sintió que el nudo llegaba a su garganta. En ese nudo estaba la tarde noche del barrio, el eco de las tardes con niños jugando, pensó en sus hijos, en cómo hacer para crearles un futuro posible, la angustia y la esperanza iban y venían en su mente. También pensó en los muertos y los que iban a morir, con o sin voto.
—Yo no sé —dijo—. Hay veces que la obediencia es una forma de no tener la responsabilidad de elegir. Uno obedece para no ahogarse en la propia incertidumbre. Nos dicen “en blanco”, y el corazón se pone recto como un soldado. Pero después pienso en la trampa; que el enemigo quiere que no votemos, que no contemos. Y a la vez pienso en lo otro; si entramos, ¿con qué cara? ¿Seguimos siendo nosotros o perderemos nuestra identidad? ¿Y si todo esto de votar por Frondizi es una mentira bien organizada para confundir?
—Pronto nos vamos a enterar—Dijo Gerardo de manera misteriosa y frotándose las manos. Todos lo miraron esperando una respuesta durante algunos segundos.
Gerardo había citado a alguien para las ocho en la famosa esquina de Barracas. Les propuso salir solo a su encuentro. El compañero de la cita—un hombre delgado con las cejas trenzadas por la preocupación—apareció puntualmente. Traía bajo el saco un sobre de papel madera y, bajo el abrigo, ese cansancio que hoy era uniforme. Saludó con la cabeza, y sin sentarse, descargó las palabras como quien deja ladrillos.
—Viene una directiva confusa desde Caracas. Se corrió en algunos pasillos que primero en blanco, después abstención. Y hay quienes, por lo bajo, dicen que si toca apoyar a Frondizi… habría que ver. No les puedo pedir fe ciega, compañeros. Pero sí orden; lo que se decida, se cumple. Una voz, una línea. El hombre de las cejas trenzadas dejó el sobre y se fue con el mismo sigilo con que había llegado.
Gerardo llegó y leyó el contenido de las directivas. Ariel apretó los dientes. David cerró los ojos un segundo. Romina miró a Octavio como si buscara en él una brújula posible. Se hizo un silencio de funeral por unos minutos que parecían eternos. El misterio se había debelado, y debían tomar una decisión. Romina fue la primera en romperlo;
—No somos una Iglesia ni un club. Somos gente que se aferra a la dignidad como quien se aferra a un poste en medio de la crecida. Yo quiero que vuelva la dignidad, sí. Y quiero que mis hijos no sepan de estas penurias. Pero también quiero mirar a la vecina del frente, a esos que aprendieron a cerrar los ojos ante la injusticia, como dijo Ariel, por el miedo o lo que sea y decirle, hicimos lo que debíamos hacer, nos jugamos por algo que creíamos, nos equivocamos o no pero nos la jugamos.
David habló con la voz de los que han visto más de lo que el corazón debía.
—Opino lo mismo, hay que jugarnos esta vez, a lo mejor con Frondizi no vuelven a haber fusilamientos, no vuelve a haber ley marcial, al menos entraríamos en la legalidad. La pared nueva de la comisaría tiene balas adentro que no se ven. Los que fusilan también asisten a misa. Si la ley está secuestrada, ¿qué es votar? ¿Acaso no es torcer un poco la mano del secuestrador?… pensemos que si asume puede dar admitía a los presos políticos, y así Ariel y Octavio podrían volver a una vida más normal, sin miedo a que los agarren de nuevo.
Ariel apoyó las dos manos sobre la mesa, como si pidiera permiso a una corte invisible.
—Hermanos —dijo—, no nos engañemos. Si no votamos, van a decir que no existimos. Que el pueblo peronista se resignó. Y si votamos a Frondizi, van a decir que les dimos la razón. El problema no es el voto. El problema es quién explica después lo que hicimos. Yo no creo en la pureza que se guarda en un cajón. Creo en la que se defiende a la intemperie. El voto puede ser una herramienta o un bozal. Depende de quién mande después. Si entramos al cuarto oscuro, que no sea para obedecer, sino para ganar tiempo. Tiempo para organizarnos, para sacar a los presos, para volver a hablar en voz alta. Y si no entramos, que tampoco sea para quedarnos quietos. El silencio, si no se acompaña de acción, se transforma en complicidad. No hay decisión limpia en este tiempo. Hay decisiones necesarias o inútiles. Y yo no quiero que nuestros muertos hayan servido para la inutilidad.
Octavio lo miró con un cariño fatigado, pensó. Se levantó, caminó hasta la ventana empañada, y habló de espaldas;
—Yo no tengo una certeza —dijo al fin—. Y desconfío bastante de los que la tienen. Obedecer una orden tiene algo de alivio. Te quita el peso de pensar solo. Te dicen “en blanco”, y uno siente que todavía pertenece a algo, a una línea, a una historia, a un todo. Pero también sé que los mismos que nos persiguen quieren que no votemos. Quieren el país vacío de nosotros, invisibles, fáciles de borrar. Si votamos en blanco y nadie lo explica, va a parecer que nos rendimos. Y si votamos a Frondizi como si fuera un salvador, van a decir que claudicamos. Yo no quiero ni rendirme ni claudicar. Lo único que me pregunto es esto: ¿qué decisión nos deja en mejores condiciones para seguir peleando mañana? No para ganar hoy. Para seguir. Si votar nos sirve para sacar a los presos, para aflojar el miedo, para que nuestros hijos puedan salir a la vereda sin mirar para atrás, entonces habrá que bancarse el barro. Pero si votar nos convierte en furgón de cola de otro proyecto, entonces prefiero la intemperie. No por pureza. Por supervivencia.
Romina se acomodó el cabello detrás de la oreja. No hablaba seguido en esas discusiones, pero cuando lo hacía, nadie la interrumpía.
—Yo ya no se que pensar y que creer —dijo—. Entiendo de días que empiezan y de noches que vuelven a empezar igual. Me pregunté muchas veces qué es traicionarse. Y llegué a esto; uno se traiciona cuando hace algo sólo para salvarse y se olvida de los demás. Si votar a Frondizi es cerrar los ojos y hacer de cuenta que esto no pasó, entonces no cuenten conmigo. Pero si votar sirve para romper un poco este encierro, para que las mujeres del barrio vuelvan a hablar sin miedo, para que los chicos crezcan sin aprender a callarse tan temprano… entonces no me parece una vergüenza. No quiero héroes ni mártires en esta casa. Quiero gente que se la juegue sabiendo que puede equivocarse.
Ariel se encogió de hombros.
—De cualquier manera vamos a seguir luchando —dijo—. Si se va la dictadura, será un respiro, nada más que eso. Vamos a seguir con pintadas, con el mimeógrafo, con pequeños sabotajes que le digan a los nuestros “no estás solo”. Y en el cuarto oscuro, si vamos, que el voto no nos borre. Que sea una carta bajo el poncho, no una bandera entregada.
La lluvia arreció y, como si el cielo fuera un viejo almacén mal sostenido, algo pareció moverse, correrse de lugar. En ese mismo instante, la radio —testaruda, mala anfitriona— lanzó una noticia que atravesó la cocina como un cuchillo: otra vez el traslado secreto de un cuerpo; un nombre que no era nombre; un cementerio extranjero. Nadie lloró. Llorar, allí, habría sido concederle al dolor el derecho a dirigir la conversación.
Salieron a pintar bajo la lluvia.
Romina se cubrió la cabeza con un pañuelo oscuro; David cargó la lata envuelta en una bolsa; Octavio sostuvo la escalera con ambas manos firmes, los pies hundidos en el barro; Ariel trepó con una soltura que no era agilidad sino costumbre. Eligieron un muro largo de una casa abandonada, protegido por un alero generoso, todavía marcado por restos de afiches de cine y propagandas ajenas a la época.
El pincel pareció cobrar vida en la mano de Ariel.
DIGNIDAD, escribió primero.
Debajo, más chico, casi a la defensiva: NO A BALBÍN.
David miró el conjunto, respiró hondo, y a un costado estampó PV, seco, sin adornos.
Octavio, en el extremo del muro, escribió con una letra casi escolar: COMIDA CALIENTE EN TODAS LAS CASAS.
Romina, seria, dibujó una flor mínima. Bajo la lluvia, la pintura se expandió y goteó como un pequeño astro torcido, vivo.
—Van a decir que somos contradictorios —murmuró Ariel al bajar de la escalera.
—Que lo digan —respondió Romina—. Si no hay contradicción, ¿dónde se mete la vida?
Volvieron a la casa con el barro pegado a los botines. En el pasillo flotaba el olor de la sopa tibia y del papel húmedo. Se sentaron otra vez alrededor de la mesa. Nadie pretendía resolver esa noche lo que la historia se empeñaba en tensar como un nudo de varias cuerdas. Pero algo se había acomodado, aunque no supieran todavía en qué lugar.
Octavio apoyó los codos sobre la mesa. Pensó que obedecer, a veces, era respirar con un pulmón ajeno. Y que aun así, el aire servía.
Ariel, en silencio, sintió que la pureza estirada demasiado se vuelve como una venda seca: se quiebra justo cuando más falta hace.
David no dijo nada. Las urnas y los fusilamientos no convivían dentro de él sin pelearse.
Romina miró la olla que aún largaba vapor. Pensó que ninguna estrategia alimenta a un chico si primero no hierve el agua.
Cuando finalmente hablaron, no fue para cerrar nada, sino para dejar una puerta apenas entornada.
—Yo pienso esto —dijo Octavio—. Capaz me equivoco. Impulsamos el voto en blanco, pero como acusación, no como retiro. No para desaparecer, sino para señalar. Y no rompemos puentes con los intransigentes que no sean gorilas. Si el frente se ensancha hacia el pueblo, no lo escupimos. Ni altar ni alianza ciega. Y seguimos con lo nuestro: barrios, ollas, prensa, sabotajes finos. Que ninguna decisión electoral nos robe las manos.
—¿Y si la directiva de arriba cambia? —preguntó David.
Romina fue la que respondió, sin solemnidad:
—Haremos lo que hacemos ahora. Pensar con corazón caliente y la cabeza fria. Ser leales sin entregar la conciencia.
Ariel asintió. No sonrió del todo, pero algo se le aflojó en el gesto. Había aceptado que no toda pureza entra en un reglamento. Y que un reglamento sin una cuota mínima de pureza se pudre rápido.
—Entonces esta noche, otra tanda de panfletos —dijo—. Y al amanecer, dos compañeros pasan por Pompeya. Si faltan fideos en el comedor, se consiguen. Si hay que votar, será en blanco, como quien señala. Si hay que empujar al frente, empujaremos como quien sostiene a un herido.
La radio, ya casi vencida, exhaló una última noticia, breve y sin firma. En alguna ciudad lejana, alguien había encendido una vela junto a una tumba con un nombre prestado. Romina se santiguó. Nadie la juzgó. En esa cocina, la santidad no era una doctrina; era una quietud compartida.
Salieron otra vez, ya de día, a repartir los papeles que todavía estaban húmedos. El barrio olía a pan recién horneado y a humedad. Una mujer que barría la vereda los miró con una mezcla de curiosidad y ternura. Tomó el panfleto, lo dobló con cuidado, lo guardó en el delantal. No preguntó. Tampoco hacía falta.
Cuando se separaron en la esquina, cada uno se llevó de la mano una convicción incompleta. Y en esa incompletud había, al fin, algo parecido a la madurez. El cielo, lavado por la lluvia, parecía un plato de lata en el que alguien hubiera volcado leche.
Octavio pensó: no hay salida limpia de un laberinto sucio. Pero hay salidas.
Un colectivo pasó desgranando humo y, en el vidrio trasero, alguien había escrito con el dedo una sola palabra: LUCHE Y VUELVE.
No se sabía si hablaba de un hombre, de una justicia, de un pan o de un país entero. Tal vez de todo eso junto. Tal vez ése era el secreto: que una palabra tan pequeña pudiera contener a un pueblo entero y que, al pronunciarla, ninguno de ellos estuviera del todo solo.