24M · 50 años | Liceos militares: Evitar a Evita…

24M · 50 años | Liceos militares: Evitar a Evita…

Continuidades desde la Dictadura hasta Milei

Pedagogía castrense, parte 11.-

Los militares en la casa de Evita

En 1979, mientras la dictadura desaparecía personas y el Liceo Militar General Belgrano disciplinaba adolescentes, algunos oficiales discutían si era “digno” que los cadetes vivieran en una construcción realizada por Eva Perón.

Sus escrúpulos eran curiosamente selectivos.

No parecía indignarlos que una dictadura se hubiera apropiado de un edificio concebido para alojar y cuidar a personas mayores. Tampoco que una institución educativa sometiera adolescentes a un régimen militarizado en pleno terrorismo de Estado. Lo que hería la dignidad castrense era admitir que dormíamos bajo el techo levantado por una mujer a la que las Fuerzas Armadas habían intentado borrar de la historia.

Como relato en Contramarcha, los propios militares nos contaban aquella discusión. La escena tenía algo de confesión involuntaria: el Liceo Militar General Belgrano había sido creado por Juan Domingo Perón en 1947, pero sus oficiales consideraban deshonroso reconocer que el edificio donde funcionaba había sido construido por la Fundación Eva Perón (Altisen, 2026, p. 22).

La historia del lugar vuelve más elocuente la contradicción. En ese predio de Recreo habían comenzado a edificarse, en 1949, el Hogar de Ancianas Eva Perón y el Hogar de Ancianos Juan Domingo Perón. Después del golpe de 1955, las instalaciones fueron despojadas de su finalidad original y más tarde, en 1979, la última dictadura trasladó allí el liceo. El gobierno de facto no construyó aquel complejo monumental. Hizo algo más acorde con su especialidad: se apropió de lo construido por otros, modificó su destino y procuró ocultar su procedencia.

De hogar para personas mayores a internado militar. De una arquitectura destinada al cuidado a una institución organizada alrededor de la obediencia. De Eva Perón a los oficiales del Proceso.

El cambio de uso del edificio condensaba un desplazamiento político. Donde el primer peronismo había proyectado alojar personas vulnerables y necesitadas de cuidados, la dictadura dispuso endurecer cuerpos adolescentes y moldear mentalidades. Donde se había procurado reparar una deuda social, se instaló una pedagogía elitista.

Los militares querían evitar a Evita, pero no tenían reparos en ocupar sus edificios.

La caridad que hiere

Los milicos genocidas odiaban profundamente a la Fundación Eva Perón, pues se presentó como una ruptura con la antigua beneficencia oligárquica. No fue solamente una diferencia de volumen, aunque sus hogares, escuelas, hospitales, proveedurías y colonias alcanzaron una magnitud inédita. La diferencia que Eva quiso establecer era política.

En La razón de mi vida lo formuló sin rodeos: “No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Para mí, es estrictamente justicia”.

La frase contiene una impugnación precisa. La beneficencia tradicional permitía que las clases privilegiadas —cual amos dadivosos para con sus súbditos— dejaran caer sobre los “cabecitas negras” una parte mínima de aquello que habían acumulado gracias al trabajo de los “descamisados”. El pobre recibía dádivas; el rico daba sobras. La desigualdad quedaba intacta y, además, moralmente embellecida. La beneficencia no eliminaba la humillación: la administraba.

El sociólogo Richard Sennett analiza este problema en El respeto. Retoma allí la advertencia de la antropóloga Mary Douglas: “la caridad hiere”. El don unilateral puede colocar al receptor en una situación de inferioridad porque no le permite devolver nada equivalente. La única reciprocidad disponible es la gratitud, y la gratitud obligatoria se parece demasiado a la obediencia. Quien da ocupa toda la escena; quien recibe queda reducido a no ser más que un espejo donde el benefactor contempla su propia bondad (Sennett, 2003, pp. 155-156).

La herida no está en recibir ayuda. Ningún ser humano es autosuficiente. Todos necesitamos de otros en diferentes momentos de la vida. La herida aparece cuando la dependencia es utilizada para disminuir al necesitado, hablar en su nombre o exigirle sumisión.

Eva comprendió esa trampa. Por eso insistía en que aquello que entregaba no le pertenecía y que los pobres no tenían por qué agradecérselo. Su tarea, afirmaba, consistía en devolverles lo que previamente se les había quitado. Ese desplazamiento transforma la posición del destinatario: deja de ser un mendigo favorecido por la generosidad ajena y comienza a aparecer como acreedor de una deuda social.

Entre recibir una cama por gracia y ocuparla por derecho hay una diferencia política.

Mediante la Fundación, Evita hirió de muerte a la beneficencia oligárquica, y produjo un acontecimiento político enorme: los humildes dejaron de ser presentados como objetos de compasión y comenzaron a reconocerse como sujetos capaces de reclamar.

La actual prédica neoliberal pretende recorrer el camino inverso. Desmantela derechos, reduce las políticas públicas y después celebra la solidaridad privada destinada a aliviar los padecimientos que el propio programa económico multiplica. Primero fabrica necesitados; luego fotografía la donación. El mercado produce la herida y la filantropía ofrece una curita con el nombre del benefactor impreso.

Una mujer difícil de encuadrar

Eva Perón mantuvo una relación conflictiva con el feminismo de su época. En La razón de mi vida cuestionó a ciertas feministas, a quienes consideraba alejadas de las mujeres del pueblo.

Su actuación en la escena política fue decisiva para convertir una demanda de las mujeres que llevaba décadas de lucha en una conquista legal y en una experiencia política de masas. La Ley 13.010 de 1947 reconoció a las mujeres argentinas el derecho a votar y ser elegidas. Dos años después se creó el Partido Peronista Femenino, que incorporó a miles de mujeres a la militancia, la organización territorial y la representación parlamentaria.

Eva no inventó el sufragio femenino. Pero contribuyó decisivamente a arrancarlo de los proyectos postergados y convertirlo en poder político efectivo. Además, el Partido Peronista Femenino abrió una puerta formidable, que permitió a las mujeres entrar masivamente en política.

Personalmente, me resulta más fértil acercarme a la figura de Eva desde una perspectiva queer. No porque la teoría queer reemplace al feminismo —surgió, precisamente, en diálogo y tensión con los feminismos—, sino porque permite desconfiar de las identidades presentadas como naturales e inmutables.

Desde esa mirada, la pregunta no consiste solamente en decidir si Evita fue o no fue feminista. Conviene interrogar qué hizo con el lugar que la sociedad reservaba para una mujer; qué cuerpos podían hablar en la política argentina; qué voces eran consideradas legítimas y cuáles debían permanecer confinadas al hogar, la costura, el servicio o el silencio.

Eva no dejó de hablar el lenguaje maternalista de su tiempo. Pero hizo algo intolerable para el orden patriarcal: ocupó el espacio público, organizó mujeres, impartió directivas a varones, interpeló a los trabajadores y convirtió su origen plebeyo en una fuente de autoridad política.

No pidió permiso para entrar.

La única feminidad permitida

El Liceo Militar General Belgrano en el que cursé durante la dictadura era un mundo de varones. No había alumnas. Tampoco profesoras ni empleadas administrativas. Los oficiales, los docentes, los cadetes, los cocineros y los soldados conscriptos eran hombres.

Las únicas mujeres que veíamos habitualmente eran unas costureras procedentes de los barrios humildes cercanos. Ocupaban una pequeña habitación y se encargaban de reparar la ropa que nosotros no podíamos arreglar. Su presencia estaba admitida porque realizaban una tarea doméstica, subalterna y mal remunerada.

La única feminidad tolerada era la que servía.

Sin embargo, como cuento en Contramarcha, aquellas mujeres introducían una pequeña fisura en el universo castrense. Mientras los oficiales inspeccionaban la pulcritud de los uniformes y sancionaban cualquier imperfección, las costureras sabían que lo roto podía coserse… valga la metáfora. En medio de una institución dedicada a endurecer cuerpos viriles, ellas sostenían una lógica diferente: la del vínculo, el cuidado y las necesidades concretas de la vida cotidiana (Altisen, 2026, pp. 28-30).

No se trata de afirmar que las mujeres estén “naturalmente” destinadas a cuidar. Esa idea ha servido durante siglos para imponerles gratuitamente el trabajo doméstico. El cuidado no está inscripto en un cromosoma. Es una práctica humana y política que el patriarcado atribuyó a las mujeres mientras reservaba para los varones el mando, la producción, la guerra y el reconocimiento público.

En el liceo, la masculinidad tampoco era una condición espontánea. Había que fabricarla.

Se esperaba que los cadetes tuviéramos “el cuero duro”. La sensibilidad era considerada debilidad; la blandura, cosa de “nenitas”, “maricas” o “señoritas”. Hasta la mirada debía adquirir la dureza reglamentaria (cfr. Altisen, 2026, pp. 29-30).

La pedagogía castrense no enseñaba solamente tácticas militares. Enseñaba una distribución jerárquica de los cuerpos: mandar u obedecer, endurecerse o quedar expuesto a la humillación. “Mujer” y “homosexual” funcionaban como nombres del fracaso de la masculinidad.

Un cadete podía ser castigado por no marchar correctamente, pero también por no representar con suficiente convicción el papel de macho. Ser hombre no era una identidad: era un examen permanente.

Por eso Evita resultaba particularmente perturbadora. Era mujer, hija extramatrimonial, actriz, provinciana y plebeya. Reunía casi todas las marcas que el orden conservador utilizaba para distribuir inferioridades. Sin embargo, hablaba como quien tenía autoridad, no como quien pedía aceptación.

La oligarquía podía tolerar a una dama que entregara limosnas. Lo insoportable era una mujer que llamara justicia a lo que los pobres recibían y privilegio a lo que los ricos conservaban.

La mujer que no se dejaba evitar

La memoria peronista condensó el odio desatado contra Eva en dos palabras de los gorilas: “Viva el cáncer”. La materialidad exacta de aquella inscripción podrá discutirse; su verdad política resulta difícil de negar. Una parte de la sociedad no se limitó a oponerse a Eva. Celebró su sufrimiento.

Ese goce ante la enfermedad de una mujer joven permite reconocer algo que los actuales fabricantes de discursos de odio quisieran presentar como novedoso. La crueldad política no nació en las redes sociales. Las plataformas digitales solamente aceleraron y multiplicaron una pedagogía filofascista mucho más antigua: convertir al adversario en un cuerpo despreciable y luego presentar la violencia contra ese cuerpo como una reacción comprensible.

Evita murió el 26 de julio de 1952. Después intentaron matarla otra vez.

La dictadura surgida en 1955 con la “Libertad” como consigna —igual que ahora con Milei— prohibió el uso de su nombre, sus imágenes, sus discursos y los símbolos peronistas mediante el Decreto 4161. Su cadáver fue secuestrado por un comando militar, ocultado y trasladado clandestinamente fuera del país. Los objetos de la Fundación fueron destruidos, repartidos o despojados de toda identificación. Sus edificios recibieron otros destinos.

La operación excedía la muerte física. Había que borrar el lugar de Eva en el lenguaje, impedir el duelo y volver delictivo su recuerdo.

Aquí resulta fecunda la lectura que Jacques Lacan hizo del mito griego de Antígona: una mujer dividida “entre dos muertes”… No debe entenderse simplemente como la sucesión entre una muerte biológica y un posterior olvido. Antígona se encuentra simbólicamente expulsada de la comunidad antes de que su organismo haya dejado de vivir. Permanece en una frontera donde la ley ya la trata como muerta.

En el caso de Eva, el recorrido se invierte. Después de su muerte biológica, los militares procuraron producir una segunda muerte: eliminar su nombre de la comunidad política. No bastaba con que estuviera muerta. Era necesario impedir que continuara significando algo para el pueblo.

La relación con Antígona contiene, además, un pliegue singularmente argentino. Antígona Vélez, la recreación pampeana escrita por Leopoldo Marechal, se estrenó en el Teatro Nacional Cervantes el 25 de mayo de 1951, con la presencia de Perón y Eva. Marechal debió reescribir el texto perdido por expreso pedido de ella.

Después de 1955, Eva terminó ocupando simultáneamente los dos lugares fundamentales de la tragedia. Fue Antígona, la mujer que desafió la ley de los poderosos en nombre de quienes no contaban en la Polis. Pero fue también Polinices, el cadáver al que un nuevo Creonte quiso negar sepultura, nombre y duelo público.

Los secuestradores de su cuerpo quisieron condenarla a permanecer entre dos muertes. Pero obtuvieron el efecto contrario: el cadáver escondido se volvió políticamente omnipresente.

Del “Viva el cáncer” a la batalla contra lo “woke”

Sería históricamente irresponsable identificar sin más una democracia con una dictadura. Un insulto presidencial no es un centro clandestino de detención y una campaña digital no equivale al secuestro de un cuerpo. Es cierto que las continuidades no son identidades. Pero una continuidad aparece cuando una misma gramática de desprecio sobrevive, se adapta a otras instituciones y encuentra nuevas tecnologías para circular. La vieja pedagogía moralizante clasificaba a las personas entre decentes y subversivas, hombres y maricas, mujeres respetables y putas. La nueva batalla cultural las distribuye entre “argentinos de bien” y “zurdos”, ciudadanos productivos y parásitos, personas normales e infectadas por el “virus woke”.

En Davos, Javier Milei sostuvo que el feminismo radical constituye una distorsión de la igualdad y calificó a la perspectiva de género como “nefasta”. No fue una excentricidad improvisada: era una definición política pronunciada por el Presidente de la Nación.

Esa prédica fue acompañada por decisiones estatales como la disolución del INADI y por un hostigamiento público dirigido contra mujeres que se atrevieron a contradecirlo. A Lali Espósito, una artista que tan solo manifestó una opinión política adversa, el Presidente la rebautizó “Lali Depósito”, reduciendo su palabra a un supuesto interés económico. A Cristina Fernández de Kirchner llegó a imaginarla “adentro” del cajón al que deseaba ponerle el último clavo.

Milei y sus seguidores se dan permiso para hablar de los demás con tanto desprecio y violencia por considerarse a sí mismos “superiores”: intelectual, estética y moralmente. No es necesario impugnar el aspecto físico de Milei, ni recordar su escritura plagiaria, ni los casos de corrupción que lo rodean, tampoco responderle con otro agravio. Lo grave no es cómo luce el Presidente, sino el modo en que utiliza el poder del Estado para degradar la palabra de quienes lo contradicen.

La escena repite una vieja exigencia patriarcal: la mujer puede ser admirada mientras no discuta, puede ser famosa mientras no intervenga políticamente y puede hablar siempre que diga lo que el varón poderoso espera escuchar.

Eva conoció bien ese mandato.

También lo conocieron las mujeres que ingresaron en política a través del peronismo, las Madres y Abuelas que desafiaron a los militares, las dirigentes sindicales, las militantes feministas, las artistas hostigadas y las mujeres populares que organizan comedores mientras los economistas del poder explican que el hambre es una variable necesaria del ajuste.

La pedagogía castrense y el neoliberalismo autoritario confluyen en un punto: ambos consideran sospechoso todo cuidado que no esté subordinado al mérito, la disciplina o la rentabilidad.

La casa que no pudieron limpiar

Eva murió en 1952. Después intentaron matarla nuevamente.

Secuestraron su cuerpo, proscribieron su nombre, intervinieron su Fundación, destruyeron sus símbolos y ocuparon sus edificios. La orden parecía sencilla: evita a Evita.

No pudieron.

En 1979, mientras los oficiales discutían si era digno estar viviendo en aquellas construcciones, cientos de cadetes dormíamos bajo el techo levantado por la mujer que ellos despreciaban. La habían expulsado de las clases, de las ceremonias y de los discursos, pero su obra seguía rodeándonos por los cuatro costados.

La paradoja era perfecta. Los militares que pretendían educarnos en las virtudes del “Estado mínimo” vivían en una construcción monumental realizada por una institución de justicia social. Los hombres que consideraban degradante todo lo femenino dependían de un edificio levantado por la voluntad política de una mujer. Los guardianes de la pureza antiperonista ocupaban una casa de Evita.

Por eso aquel edificio los incomodaba tanto. No era solo una construcción. Era una prueba material de que la historia no había comenzado con ellos.

No hace falta canonizar a Eva ni absolverla de sus contradicciones. Para mensurar su figura basta con advertir qué fuerzas necesitaron proscribirla, robar su cuerpo y borrar su nombre.

La pregunta decisiva es por qué, setenta años después, todavía resulta tan urgente para algunos evitarla.

Tal vez sea porque Evita regresa cada vez que una mujer ocupa el lugar que le habían prohibido; cada vez que el cuidado deja de ser una servidumbre silenciosa y se vuelve una práctica política; cada vez que un pobre deja de agradecer una limosna y comienza a exigir un derecho.

Los militares quisieron evitar a Evita.

Terminaron viviendo en su casa.

¡Justicia poética!

Referencia bibliográfica:

Altisen, C. (2026) Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos. Prohistoria ediciones.

Disponible en: https://prohistoria.com.ar/#!/producto/3086/

4 comentarios

  1. viviana cervetto

    El haber ocupado los espacios pensados y constuidos por el peronismo desde 1955 fue , como vos decís, un intento por borrar para siempre a todo aquello que se haya realizado en su nombre. Si bien todos las acciones llevadas a cabo para evitar la memoria tienen un valor simbólico y político, basta que surjan escritores, investigadores, divulgadores de la historia para que esa memoria no muera. El caso del Liceo donde asististe es un ejemplo fundamental de esas decisiones tomadas por la barbarie oligárquica.
    En el libro «Las muchachas» de Alejandra Marino, se recoge el testimonio de alguna de las mujeres elegidas por Evita para poner en marcha el censo y empadronamiento para hacer realidad el sufragio femenino. Todas coinciden en afirmar que Eva quería diferenciar aquellos espacios donde se realizaba la identificación y empadronamiento, de aquellos donde se recibían las peticiones según las carencias de cada persona. Esto es fundamental por lo que vos señalás en tu texto: el acceso a la ciudadanía era para todas las mujeres sin importar ideología o condición social. Lo realizado por la fundación Eva Perón, en cambio, era justicia social. Ya no existiría más la relación donante /beneficiario, desaparecería en el vocabulario justicialista la palabra caridad o beneficencia o limosna. Otro paradigma, otro sistema de valores ponen en evidencia las fuertes diferencias con los viejos valores oligárquicos, valores tan fuertes que hicieron que muchas de las potenciales sufragistas no fueran a votar y que tampoco partidos tradicionales como la UCR, presentaran candidatas mujeres. Me quedo con tus frases finales: Evita regresa y regresará mientras haya una sola mujer carente de derechos.
    Y a modo de agregado, recordemos la existencia del movimiento trad wife en EEUU que imparte ideas conservadoras entre mujeres donde se insta a dejar el voto en manos de sus maridos entre otras renuncias. La lidera una mujer y la siguen muchas…

  2. viviana cervetto

    El haber ocupado los espacios pensados y constuidos por el peronismo desde 1955 fue, como bien decís, un intento por borrar para siempre todo aquello que se haya realizado en su nombre. Si bien todas las acciones llevadas a cabo para evitar la memoria tienen un fuerte valor simbólico y político, basta que surjan escritores, investigadores o divulgadores de la historia para que esa memoria no muera. El caso del Liceo donde asististe es un ejemplo fundamental de esas decisiones tomadas por la barbarie oligárquica.
    En el libro «Las muchachas » de Alejandra Marino, se recoge el testimonio de algunas de las mujeres elegidas por Evita para poner en marcha el censo y empadronamiento que harían realidad el sufragio femenino. Todas ellas coinciden en afirmar que Eva quería diferenciar a aquellos espacios donde se realizaba la identificación y empadronamiento de aquellos donde se recibían las peticiones según las carencias de cada persona o familia. Esto es fundamental por lo mismo que señalás en tu texto: el acceso a la ciudadanía era para todas las mujeres sin importar ideología o condición social. Lo realizado por la Fundación Eva Perón, en cambio, era justicia social. Ya no existiría más la relación donante/beneficiario, desaparecería del vocabulario justicialista la palabra caridad, o beneficencia, o limosna. Era otro paradigma, otro sistema de valores que ponían en evidencia las fuertes diferencias con los viejos valores oligárquicos, tan resistentes al cambio que hicieron que muchas de las potenciales sufragistas renunciaran al voto y que partidos tradicionales como la UCR no presentaran candidatas mujeres en sus listas.
    Me quedo con tus frases finales: Evita regresa y regresará mientras haya una sola mujer carente de derechos.
    Y a modo de agregado, vale recordar la existencia en EEUU del movimiento trad wife que imparte ideas conservadoras entre mujeres donde se insta a dejar el voto en manos de sus maridos, entre otras renuncias. Lo lidera una mujer, y la siguen muchas…

  3. Viviana

    El haber ocupado los espacios pensados y construidos por el peronismo a partir de 1955 fue, como vos decís, un intento por borrar para siempre todo aquello que se haya realizado en su nombre. Si bien las acciones llevadas a cabo para evitar la memoria tienen un valor simbólico y político, basta que surjan escritores, investigadores o divulgadores de la historia para que esa memoria no muera. El caso del liceo donde asististe es un ejemplo fundamental de esas decisiones tomadas por la barbarie oligarquía.
    En el libro «Las muchachas» de Alejandra Marino, se recoge el testimonio de algunas de las mujeres elegidas por Evita para poner en marcha el censo y empadronamiento que harían realidad el sufragio femenino. Todas coinciden en afirmar que Eva quería diferenciar aquellos espacios donde se realizaba la identificación y empadronamiento , de aquellos donde se recibían las peticiones materiales según las carencias de las personas. Esto es fundamental por lo que vos señales en el texto: el acceso a la ciudadanía era para todas las mujeres sin importar ideología o condición social. Lo realizado por la Fundación Eva Peron, en cambio, era justicia social. Ya no existiría más la relación donante/beneficiario, desaparecería en el vocabulario justicialista la palabra caridad o beneficencia o limosna. Otro paradigmas, otro sistema de valores que ponían en evidencia las fuertes diferencias con los sólidos valores oligárquicos cuya fuerza se manifiestó inclusive en el hecho que muchas potenciales sifragistas de clases acomodadas no fueran a votar y que partidos tradicionales como la UCR no presentaran mujeres candidatas entre sus listas.
    Me quedo con tus frases finales: Evita regresa y regresará siempre mientras exista una sola mujer a la que se le vulneren sus derechos.
    Y a modo de agregado, recordemos la existencia del movimiento «trad wife» de EEUU, donde se imparten ideas conservadoras tales como.instar a las mujeres a dejar su voto en manos de sus maridos, entre otras renuncias. Lo lidera una mujer y la siguen muchas…

  4. viviana cervetto

    El haber ocupado los espacios pensados y construidos por el peronismo a partir de 1955 fue, como vos decís, un intento por borrar para siempre todo aquello que se haya realizado en su nombre. Si bien las acciones llevadas a cabo para evitar la memoria tienen un valor simbólico y político, basta que surjan escritores, investigadores o divulgadores de la historia para que esa memoria no muera. El caso del liceo donde asististe es un ejemplo fundamental de esas decisiones tomadas por la barbarie oligarquía.
    En el libro «Las muchachas» de Alejandra Marino, se recoge el testimonio de algunas de las mujeres elegidas por Evita para poner en marcha el censo y empadronamiento que harían realidad el sufragio femenino. Todas coinciden en afirmar que Eva quería diferenciar aquellos espacios donde se realizaba la identificación y empadronamiento , de aquellos donde se recibían las peticiones materiales según las carencias de las personas. Esto es fundamental por lo que vos señales en el texto: el acceso a la ciudadanía era para todas las mujeres sin importar ideología o condición social. Lo realizado por la Fundación Eva Peron, en cambio, era justicia social. Ya no existiría más la relación donante/beneficiario, desaparecería en el vocabulario justicialista la palabra caridad o beneficencia o limosna. Otro paradigmas, otro sistema de valores que ponían en evidencia las fuertes diferencias con los sólidos valores oligárquicos cuya fuerza se manifiestó inclusive en el hecho que muchas potenciales sifragistas de clases acomodadas no fueran a votar y que partidos tradicionales como la UCR no presentaran mujeres candidatas entre sus listas.
    Me quedo con tus frases finales: Evita regresa y regresará siempre mientras exista una sola mujer a la que se le vulneren sus derechos.
    Y a modo de agregado, recordemos la existencia del movimiento «trad wife» de EEUU, donde se imparten ideas conservadoras tales como.instar a las mujeres a dejar su voto en manos de sus maridos, entre otras renuncias. Lo lidera una mujer y la siguen muchas…

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