
¿Qué significa ser libres e independientes? En este 9 de julio, una invitación a pensar el futuro desde nuestras raíces.
El otro día, en mi hora(s) de scrolleo inagotable en redes sociales, me apareció un video. La rareza de este video es que, en la avalancha diaria de contenido inútil que consumo, este me hizo pensar. Tanto me hizo pensar, que pasaron dos meses y sigo intentando escribir este post.
El video en cuestión era un fragmento de Lucrecia Martel en alguna charla elegante, cuyo nombre ya no recuerdo. Lo que dijo fue esto:
“Nos toca algo que da mucho trabajo y es muy cansador. Nos toca inventar el futuro próximo. Tenemos que inventar el futuro. Así como lo hizo Julio Verne, Philip K. Dick… tenemos que enfrentar un futuro. Y yo lo que les propongo, inventemos un futuro que nos guste. Tratemos de inventar un futuro que no sea solo el apocalipsis de la proyección de la tecnología hacia el futuro. Tratemos de imaginar, inventar, y les digo, esto es urgente, hay que inventar de cero”.
Inventar un futuro que nos guste.
Desde hace dos meses, algo de lo que dijo Lucrecia resuena en mí, como si fuese una obligación el pensar en un futuro esperanzador. Pero, ¿cómo se hace? ¿Cómo se inventa un futuro que nos guste?
Hoy es 9 de julio, Día de la Independencia en Argentina, y se me cruza esta idea de Lucrecia mezclada con el hecho histórico. ¿Qué futuro imaginaba San Martín a 4000 metros de altura mientras cruzaba los Andes? ¿Qué diría de la Argentina del 2025? ¿Existe aún algo en ese pasado que necesitamos recuperar para inventar nuestro futuro?
No tengo las respuestas. De hecho, cada vez que me siento a escribir sobre el futuro, me frustro. Me cuesta imaginar algo que no esté atravesado por el colapso y la apocalipsis tecnológica. Y quizás por eso, exactamente por eso, la propuesta de Martel se vuelve tan urgente, tan desafiante: hay que inventar un futuro que no sea solo tragedia, y eso requiere imaginación política.
En la cultura andina, el tiempo no es lineal. El pasado no es solo un lugar al que se vuelve: es también el lugar donde habita la utopía. La utopía andina radica en el hecho de que una sociedad del pasado fue convertida en una propuesta de futuro. Tiene como especificidad el hecho de que su modelo de sociedad ideal existe no en el futuro sino en el pasado. No es nostalgia, es posibilidad. Porque imaginar el futuro también puede ser un ejercicio de memoria, una forma de revincularnos con lo que fuimos para decidir qué queremos volver a ser.
Y volviendo a nuestra celebración, pienso en que crear un país, después de todo, fue eso: un acto de imaginación colectiva. La independencia no fue solo una declaración política, fue la invención de un nosotros. Un nosotros que tiene en común haber nacido en América, haber sido parte de una experiencia de colonización y querer ser libres e independientes.
Libres e independientes. Palabras que hoy suenan distinto a lo que se escribía por allá en 1816. Hoy la libertad parece reforzar la individualidad y la independencia olvidar la idea de comunidad. Resignificarlas quizás sea el primer paso necesario para imaginar el futuro que queremos habitar.
El futuro como gesta colectiva
El cruce de los Andes fue una hazaña monumental, pero, sobre todo, fue una construcción comunitaria. Fue imaginación política puesta en marcha, decisión compartida y pueblo en movimiento.
Bajo el signo de una patria liberada, hay vidas cargadas de sentido, hay subjetividades dispuestas a lo impensado, que logran entonces, los actos más heroicos, más justos.
Pienso entonces y retomo la idea de la utopía inca. ¿Es posible que el futuro que deseamos no sea una creación de la nada, sino una relectura de lo que ya fue? ¿Es posible que, indagando en nuestro pasado, encontremos motivos para bocetar nuestro futuro?
En los últimos meses, mi algoritmo empezó a mostrarme algo curioso: productos culturales con símbolos patrios. La escarapela como accesorio de diseño, el sol de mayo estampado en remeras oversize, y los fileteados porteños como tapas de cuadernos.
Lo que me llama la atención de esto es que este consumo es mayoritariamente juvenil. Y me pregunto: ¿acaso hay en las juventudes una búsqueda de resignificar lo nuestro? ¿Hay en el incipiente crecimiento en la proliferación de símbolos nacionales y populares una forma de resistencia simbólica? ¿O simplemente es una movida de marketing que gustó y se quedó?
¿Acaso el desánimo de vivir en un país en constantes crisis, que no logra desarrollar un horizonte positivo, incide en la búsqueda de símbolos nacionales como una fuente de esperanza?
Es entonces verdad: ¿para pensar un futuro, necesitamos volver a nuestras raíces? Cuando todo parece inestable, ¿es acaso la valorización del patriotismo un refugio y un recordatorio de lo que somos?
Claro que volver al pasado como fuente de inspiración no es un camino libre de tensiones. ¿Qué pasado elegimos recuperar? ¿Desde dónde lo miramos? La reivindicación de símbolos patrios, por ejemplo, puede ser un acto de resistencia cultural o, también, una estética vaciada de contenido. Inventar un futuro esperanzador no significa idealizar lo que fuimos, sino atrevernos a reescribirlo.
El futuro que imagino
Pensé en cerrar este texto enumerando lo que imagino para ese futuro que me gustaría. Pero cada vez que intento escribirlo, me quedo en blanco. Y quizás el error esté ahí: en pensar que puedo imaginar sola, desde la comodidad de mi cama, un futuro que, por definición, tiene que ser colectivo.
Porque inventar un futuro que nos guste no es un acto individual, es una construcción compartida. Y esa construcción empieza cuando hablamos, cuando nos preguntamos, cuando imaginamos con otros.
Entonces, si llegaste hasta acá, te propongo algo: empecemos a pensar desde nuestras individualidades, pero construyendo comunidad. ¿Cómo es el futuro que te gustaría inventar?
Si querés, y tenés ganas, te leo en los comentarios.
Ah, y casi me olvidaba… ¡Feliz Independencia, compatriota!