SILVIO ASTIER JEFE DE GABINETE (ARQUEOLOGÍA DE UN ODIO)

SILVIO ASTIER JEFE DE GABINETE (ARQUEOLOGÍA DE UN ODIO)

Por Cristian Mitelman – 
Hay textos que poseen la alquimia profunda de una nación. En ellos se anticipan el caos, las obsesiones, las búsquedas impiadosas, los deseos ocultos de una vasta marejada de hombres que, lo quieran o no, forman la trama de un destino. Norteamérica se encuentra compendiada en la ferocidad del capitán Ahab y en los personajes de Twain, cuyas peripecias por el Misisipi constituyen la historia trágica y racial de una nación. Esos libros son el milagro de espíritus que abordan la trama del futuro, como si el escritor fuera un médium por donde fluye el futuro.

Argentina tiene dos textos que trazan nuestra historia, la anticipan, la exasperan y (por qué no) la profetizan. El matadero inaugura nuestra incesante división, esa grieta que es absurdo querer zanjar porque la Argentina es ese vacío, esa oquedad por donde se escuchan los gritos de otro que nos interpela desde su odio, desde su ceguera, desde sus pasos a tientas en medio de la oscuridad absoluta de un país de tinieblas. La obra de Echeverría es al siglo XIX lo que Arlt profundiza y exaspera en su narrativa un siglo después. No son “libros-símbolo”. El “libro-símbolo” es una obra en disputa por el sentido. Los sectores sociales de un país intentan hacer hablar para que diga una verdad sesgada. El Martín Fierro es el texto al que le corresponde ese espinoso privilegio. Lugones lo quiso traducir desde una especie de panteón homérico en que se vislumbra el Discursos de Ayacucho y la hora de la espada. Una falsa épica propia de una dirigencia conservadora que viene de la destrucción de la Confederación en Pavón y marcha hacia la práctica permanente del golpismo y la tortura como sistema político necesitó a un gaucho nacido para sufrir. La dirigencia conservadora argentina ha hecho del gaucho un ser angélico que tolera el martirio en beneficio de la construcción de una república de hacendados. No se trata del gaucho que deviene peón, sino del gaucho devenido mártir para la enjundia de los patrones del mitrismo y sus secuaces posteriores. La lectura borgeana ha intentado una neutralización de poema. En su estupendo análisis, Borges explica que ver en un desertor y en alguien que abomina de la guerra un prototipo del héroe épico es miopía deliberada. Para Borges la gloria del texto pasa por denunciar un clima de época, tal como la narrativa de Dickens exhibe la impudicia del proceso de industrialización británico. Aquí se acaba el análisis borgeano: corrige una miopía; no puede ahondar la propia lectura. Tal vez haya un motivo: Borges mismo se acomoda en un lugar periférico dentro del orden conservador que traduce el poema de Hernández como una carta de guerra que preanuncia un mundo de celdas, tormentos y desapariciones. Borges está en el centro de la escena cultural, pero no está en el centro de la escena socio-económica. Si lo miramos desde una perspectiva sociológica, podemos decir que es uno de los dueños del capital simbólico, pero no posee campo de acción en el capital central, que es el económico. Por eso su lectura no pasa de un excelente análisis académico. Los Forjistas integrarán (y posteriormente la izquierda nacional) vincularán al poema con la tragedia que se inicia en Pavón y que luego continuará con toda la genealogía de nuestros males: Guerra contra la república hermana del Paraguay, exterminio del indio, privatización del agro, proceso de inmigración sin derechos ni tierra, acomodamiento de la Argentina como apéndice del proceso de colonización británico, asesinatos a mansalva en estructuras productivas arcaicas (la Forestal, los yerbatales, Patagonia trágica, etc,), golpismo como forma de mantener privilegios, extranjerización de la economía, Ley de Entidades Financieras, RIGI I y II.

Martín Fierro simboliza la soledad de los argentinos que no han tenido una patria de bien. Es el símbolo del país acribillado por los perversos que en una época ocultaban su sadismo y hoy, en tiempos de posmodernidad y violencia viral, lo gritan con la obscenidad de una pintura expresionista.

En estos días hemos soportado el carnaval de estupidez y corrupción con que un Jefe de Gabinete intenta justificar sus entradas millonarias. El personaje es un pequeño tirifilo incapaz de pensar por fuera de su posición acomodaticia. No es más que un tarambana que, más allá de su ineptitud moral e intelectual, nos remite a una versión posmoderna de Silvio Astier, el primer gran personaje de la novelística argentina.

Vayamos a la obra de Arlt. No es simbólica. Por el contrario, irradia una extraña literalidad. A un siglo de El juguete rabioso, el personaje de Silvio vuelve a hablarnos desde su fracaso, desde su mediocridad, desde su saberse no elegido. “Si entrábamos en un café y en una mesa había un cubierto olvidado o una azucarera y el camarero se distraía, hurtábamos ambas; y ya en los mostradores de cocina o en cualquier otro recoveco encontrábamos lo que creíamos necesario para nuestro común beneficio. No perdonábamos taza ni plato, cuchillos ni bolas de billar y bien claro recuerdo que una noche de lluvia, en un café muy concurrido, Enrique se llevó bonitamente un gabán y otra noche yo un bastón con puño de oro…”

El grupo va redoblando la apuesta. Los ladrones terminan siendo desbaratados y la infancia de Silvio acaba cuando, a instancias de su madre, debe trabajar. Ya no hay para el alquiler y las necesidades acucian. Es interesante la angustia que atraviesa a Silvio. Hasta ahora ha mirado a la sociedad con los ojos del pequeño ladrón que busca dar el salto. Los dueños del país, cuya infamia estallará de un modo definitivo el 6 de septiembre de 1930, han ejercido en el personaje de Arlt una verdadera cruzada pedagógica: el trabajo es para perdedores; el que pertenece a un sector social tiene asegurado el destino; no importa la creatividad; no importa el talento; no importa el esfuerzo. Lo único que vale en una pequeña república fracasada es pertenecer al poder y gozar lo que se expolia al resto de las clases sociales. Silvio no podrá entrar en el ejército; no podrá ser inventor. Todos sus sueños se irán diluyendo; todos sus fracasos caerán en la obnubilación de quien se siente predestinado a un destino grande que no pudo cumplir. La única alternativa entonces es admirar al que genera este orden impúdico y odiar al resto, al que está al lado. No en vano intenta quemar la librería donde consigue su primera oferta laboral. Pero la quema no es para su clase. El exterminio de los hombres y las ideas sólo puede ser llevado a cabo por los que detentan la gracia del mando.

 

“Una noche, fue en el mes de julio, precisamente en el momento en que don Gaetano cerraba la puertecilla de la cortina metálica, doña María recordó que se había olvidado en la cocina un atado de ropa que trajera esa tarde la lavandera.

Entonces dijo: —Che, Silvio, vení, vamos a traerla. Mientras don Gaetano encendía la luz, la acompañé. Recuerdo con exactitud. El bulto estaba en el centro de la cocina, sobre una silla. Doña María, dándome las espaldas, cogió la oreja de trapo del bulto. Yo, al volver los ojos, vi unos carbones encendidos en el brasero. Y en aquel brevísimo intervalo pensé: Eso es…, y sin vacilar, cogiendo una brasa, la arrojé a un montón de papeles que estaba a la orilla de una estantería cargada de libros, mientras doña María se ponía a caminar. Después don Gaetano hizo girar la llave del conmutador, y nos encontramos en la calle. Doña María miró el cielo constelado. —Linda noche… va a helar… Yo también miré a lo alto. —Sí, es linda la noche.

Mientras Dío Fetente dormía, yo, incorporado en mi yacija, miraba el círculo blanco de luz que por el ojo de buey se estampaba en el muro desde la calle. En la oscuridad yo sonreía libertado… libre… definitivamente libre, por la conciencia de hombría que me daba mi acto anterior. Pensaba, mejor dicho, no pensaba, anudaba delicias. «Ésta es la hora de las cocottes.» Una cordialidad fresca como un vasito de vino hacíame fraternizar en todas las cosas del mundo, a esas horas despiertas. Decía: Ésta es la hora de las muchachitas… y de los poetas… pero qué ridículo soy… y sin embargo, yo te besaría los pies. Vida, vida, qué linda que sos, vida… ¡ah!, ¿pero vos no sabés?, yo soy el muchacho… el dependiente… sí, de don Gaetano… y sin embargo yo amo todas las cosas más hermosas de la Tierra… quisiera ser lindo y genial… vestir uniformes resplandecientes… y ser taciturno… vida, qué linda que sos. Vida… qué linda… Dios mío, qué linda que sos. Encontraba placer en sonreír despacio. Pasé dos dedos en horqueta por las crispaciones de mis mejillas. Y el graznido de las bocinas de los automóviles se estiraba allá abajo, en la calle Esmeralda, como un ronco pregón de alegrías. Después incliné la cabeza sobre mi hombro y cerré los ojos, pensando: ¿Qué pintor hará el cuadro del dependiente dormido, que en sueños sonríe porque ha incendiado la ladronera de su amo? Después, lentamente, se disipó la liviana embriaguez. Vino una seriedad sin ton ni son, una de esas seriedades que es de buen gusto ostentarla en los parajes poblados. Y yo sentía ganas de reírme de mi seriedad intempestiva, paternal. Pero como la seriedad es hipócrita, necesita hacer la comedia de la conciencia en el cuartujo, y me dije: «Acusado… Usted es un canalla, un incendiario. Usted tiene bagaje de remordimiento para toda la vida. Usted va a ser interrogado por la policía y los jueces y el diablo… póngase serio, acusado… Usted no comprende que es necesario ser serio… porque va a ir de cabeza a un calabozo.» Pero mi seriedad no me convencía. Sonaba tan a tacho de lata vacía. No, ni en serio podía tomar esa mistificación. Yo ahora era un hombre libre, y ¿qué tiene que ver la sociedad con la libertad? Yo ahora era libre, podía hacer lo que se me antojara… matarme si quería… pero eso era algo ridículo… y yo… yo tenía necesidad de hacer algo hermosamente serio, bellamente serio: adorar a la vida. Y repetí: Sí, vida… vos sos linda, vida… ¿sabés? De aquí en adelante adoraré a todas las cosas hermosas de la Tierra… cierto… adoraré a los árboles, y a las casas y a los cielos… adoraré todo lo que está en vos… además… decíme, vida ¿no es cierto que yo soy un muchacho inteligente? ¿Conociste vos alguno que fuera como yo? Después me quedé dormido. El primero en entrar a la librería esa mañana fue don Gaetano. Yo le seguí. Todo estaba como lo habíamos dejado. La atmósfera con un relente de moho, y allá en el fondo, en el lomo de cuero de los libros, una mancha de sol que se filtraba por el tragaluz. Me dirigí a la cocina. La brasa se había extinguido, aún húmeda de agua, con la que hiciera un charco al lavar los platos Dío Fetente. Y fue el último día que trabajé allí.”

 

En Silvio late el corazón de las tinieblas. Pero estas tinieblas no están en el afuera. La realidad exterior ha moldeado a un ser patético, pavoroso, cuyo resentimiento lo lleva a un nivel exasperante de obsesión neurótica. Y es en esto donde Astier representa el espíritu de la Modernidad. Como explica Byung Chul Han en Topología de la violencia, el sujeto de la modernidad clásica centra su angustia en la lucha entre un deseo que no puede canalizar y un Super-Yo que lo conmina al éxito gracias al propio esfuerzo. Ese Super-Yo es un tribunal extraordinariamente áspero. Acaso la espectral voz del Padre le esté diciendo al Hijo (marcando, remachando, hasta que el dolor se convierte en neurosis) que su vida está destinada al derrumbe. No hay imagen del Padre en Silvio, pero el Padre fantasmal lo es todo. El Padre es la Ley Social que el personaje ha introyectado al punto de hacerla suya sin fisuras, como quien está frente a la totalidad de la revelación. La Ley Social en la Argentina que se despide de su cadavérica belle époque y entra en el contorno siniestro del fascismo de Uriburu muestra que el único país posible es el de las fieras que ya pertenecen al club del Poder. El resto (nuestros abuelos inmigrantes, los gauchos, los indios, las ideas políticas anarquistas y sindicalistas) son el excremento que ayuda a que el rancho solidifique sus paredes. Para ellos, solamente somos un sobrante que, en el mejor de los casos, puede ser un mal necesario. Así lo siente la oligarquía y así lo vivenció ese vasto sector de la clase media que primero abjuró del yrigoyenismo, luego del peronismo y por último del kirchnerismo. En Astier late el odio absoluto, tan parecido a ese diálogo que el Mano mantiene con Juan Salvo cuando le explica qué son los Ellos y dice con rostro transfigurado por el horror: “Son el odio cósmico”.

Pero el sujeto de la Posmodernidad es distinto. Byung Chul Han lo explica con maestría: ya no se trata de un tribunal ajeno que forma la conciencia superyoica. Ya no se trata de un deber que quiso cumplirse y no se llevó a cabo. El mandato ahora viene de la sociedad del rendimiento. El Yo es el único dueño del mandato y ese mandato no tiene tribunales. La actitud del sujeto posmoderno no entraña sufrimiento psíquico interno, angustia, desazón. Es un vacío que corre a otro vacío. En la sociedad del rendimiento cada cual se convierte en esclavo de una supuesta productividad evanescente. El slogan sería: “nadie te obliga a nada; aquí no hay deberes sociales, parentales o laborales: eres el único creador de un éxito y de tu fracaso”. No es casual que los jóvenes explotados por esas firmas que sólo ofrecen precariedad laboral no quieran nadie que los represente. Se sienten únicos. Su ámbito es la calle jungla y su carrera por la velocidad desmiente cualquier posibilidad de organización laboral que contemple mínimos derechos. Los jóvenes de este sistema son sus propias víctimas y sus propios verdugos. No quieren saber nada con el otro. Si alguno de ellos se accidenta, entienden que eso forma parte de las contingencias de la vida. Son las mismas razones que vomitan los que vienen desvencijando a este país desde fines de 2023.

El odio de Silvio en no llegar a ser como los elegidos del sistema. Es un odio por la negatividad. Necesita quitar su propio ser y advenir al ser del otro. Pero ese otro (clase social, milicia, universidad, comercio) lo tiene relegado.

“—Venga —me gritó el sargento. Detenido frente a la cuadra me observaba con seriedad inusitada.

—Ordene, mi sargento. —Vístase de particular y entrégueme el uniforme, porque está usted de baja. Le miré atento. —¿De baja?

—Sí, de baja.

—¿De baja, mi sargento? —temblaba todo al hablarlo.

El suboficial me observó apiadado. Era un provinciano de procederes correctos, y hacía pocos días que había recibido el brevet de aviador.

—Pero si yo no he cometido ninguna falta, mi sargento, usted lo sabe bien.

—Claro que lo sé… Pero qué le voy a hacer… la orden la dio el capitán Márquez.

—¿El capitán Márquez? Pero eso es absurdo… El capitán Márquez no puede dar esa orden… ¿No habrá equivocación?

—Así es, en el detalle me dijeron Silvio Drodman Astier… Aquí no hay otro Drodman Astier que usted, creo, ¿no?, así que es usted, no hay vuelta de hoja.

—Pero esto es una injusticia, mi sargento. El hombre frunció el ceño y en voz baja confidenció: —¿Qué quiere que le haga? Claro que no está bien… creo… no, no lo sé… me parece que el capitán tiene un recomendado… así me han dicho, no sé si es verdad, y como ustedes no han firmado contrato todavía, claro, sacan y ponen al que quieren. Si hubiera contrato firmado no habría caso, pero como no está firmado, hay que aguantarse. Dije suplicante: —¿Y usted mi sargento, no puede hacer nada?

—¿Y qué quiere que haga, amigo? ¿Qué quiere que haga?, si soy igual a usted; se ve cada cosa.

El hombre me compadecía. Le di las gracias, y me retiré con lágrimas en los ojos.

—La orden es del capitán Márquez.

—¿Y no se le puede ver?

—No está el capitán. —¿Y el capitán Bossi?

—El capitán Bossi no está.

En el camino, el sol de invierno teñía de una lúgubre rojidez el tronco de los eucaliptus. Yo caminaba hacia la estación. De pronto vi en el sendero al director de la escuela. Era un hombre rechoncho, de cara mofletuda y colorada como la de un labriego. El viento le movía la capa sobre las espaldas, y hojeando un infolio respondía brevemente al grupo de oficiales que en círculo le rodeaba. Alguien debió comunicarle lo sucedido, pues el teniente coronel levantó la cabeza de los papeles, me buscó con la mirada, y encontrándome, me gritó con voz destemplada:

—Vea amigo, el capitán Márquez me habló de usted. Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.

Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires, con estos gritos adentrados en el alma. ¡Cuando mamá lo sepa! Involuntariamente me la imaginaba diciendo con acento cansado: —Silvio… pero no tienes lástima de nosotros… que no trabajas… que no quieres hacer nada. Mira los botines que llevo, mira los vestidos de Lila, todos remendados, ¿qué piensas, Silvio, que no trabajas?”

Silvio es un resentido. Silvio es un desclasado. La neurosis estalla cuando no logra cumplir con el mandato de sostener a esa madre y a esa hermana que el padre (suicidado) tampoco logró cuidar. La sombra feroz de lo Real se cierne sobre el más arltiano de los personajes: amor, muerte, desnudez y desamparo reaparecen con la ferocidad elemental con la que el mamífero humano empieza su trayecto.

Hay un banquete de la vida al cual no fue invitado. En la opulenta y barbárica Argentina de la oligarquía no hay siquiera sitio para el mendrugo que cae de la mesa.

El protagonista del Juguete rabioso es un prototipo de la Modernidad previa al Estado de Bienestar. Lleva la angustia de un proceso social que todavía no plasma en una superación del orden antiguo. Si bien la teoría literaria cancela la posibilidad de vincular al autor con sus personajes (en realidad esta cancelación nace de las miopías academicistas de los puanescos), es necesario remarcar que la temprana muerte de Arlt en el 42 le impidió ver la Revolución Juniana y el nacimiento del Justicialismo como doctrina. Nunca sabremos cómo se hubieran acomodado los feroces personajes de Arlt en lo que fue un nuevo país. Intentaremos trazar algunas coordenadas que no son más que un contrafáctico:

  1. Silvio participa del nuevo proceso político. Por lo tanto, la injusta salida del Colegio Militar se salda con la incorporación de su talento en las escuelas técnicas e industriales creadas por el peronismo. Por decirlo de una manera estrictamente literaria, el personaje empieza a cobrar un nuevo sentido y cae en la órbita de un escritor como Marechal.
  2. Silvio descree de lo social. Está convencido de que la feroz lucha por la vida debe ser llevada a cabo por los hombres predestinados (como él, como Saverio, como el Rufián Melancólico) y opta por pasarse a la oposición. ¿Desde cuándo un heredero de la vieja Prusia necesita compartir algo con los cabecitas que bajan de los trenes? Mira con asco y horror las nuevas barriadas suburbanas, oye con asco la musiquita gangosa de las marchas y el “siga, siga el baile…” con la voz de Alberto Castillo. Él no es eso; nunca lo será. Si tuviera dinero se iría del país y entraría en la ley de gravedad de Cortázar, un campeón de la tilinguería y el gorilismo progresista.

Más allá del posible derrotero de Astier, hay algo que es cierto. Termina traicionando. Acaso guarde en su constitución psíquica ese odio feroz que fermenta en los que descreen de la construcción comunitaria.

“La cúpula de los plátanos nos protegía de los ardores del sol. El Rengo, meditando, dejaba humear su cigarrillo entre los labios.

—¿Quién es el dueño de la casa? —le pregunté.

—Un ingeniero.

—¡Ah!, ¿es ingeniero?

—Sí, pero batí, Rubio, ¿te animás?

—Por qué no… sí, hombre… ya estoy aburrido de caminar vendiendo papel. Siempre la misma vida: estarse reventando para nada. Decime, Rengo, ¿tiene sentido esta vida? Trabajamos para comer y comemos para trabajar. Minga de alegría, minga de fiestas, y todos los días lo mismo, Rengo. Esto esgunfia ya.

—Cierto, Rubio, tenés razón… ¿Así que te animás?

—Sí.

—Entonces esta noche damos el golpe.

—¿Tan pronto?

—Sí, él sale todas las noches. Va al club.”

Acaso Astier sea el personaje que oscuramente dice lo que anida en vastos sectores de la feroz clase media criolla, con su admiración tanática por el poder, la ostentación y la fiesta para unos pocos. Su sueño es acceder al club privado de los que pueden escupir tranquilos bajo un mantra repetido una y mil veces: “esto me lo gané yo con mi esfuerzo”.

Cuando Silvio traiciona, no lo hace por moral o sentido cívico. Necesita encontrar su rostro verdadero, como propuso Borges en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”. Tal vez eso que llamamos sabiduría no sea más que el hallazgo de miserias que uno arrastra:

“Bajando la voz le contesté:

—Perdóneme, señor, ante todo, ¿estamos solos?

—Supongo que sí.

—¿Me permite una pregunta quizá indiscreta? Usted no está casado, ¿no?

—No.

Ahora mirábame seriamente, y su rostro enjuto iba adquiriendo paulatinamente, por decirlo así, una reciedumbre que se difundía en otra más grave aún. Apoyado en el respaldar del sillón, había echado la cabeza hacia atrás; sus ojos grises me examinaban con dureza, un momento se fijaron en el lazo de mi corbata, después se detuvieron en mi pupila y parecía que inmóviles allá en su órbita, esperaban sorprender en mí algo inusitado. Comprendí que debía dejar los circunloquios.

—Señor, he venido a decirle que esta noche intentarán robarle. Esperaba sorprenderlo, pero me equivoqué.

—¡Ah!, sí… ¿y cómo sabe usted eso?

—Porque he sido invitado por el ladrón. Además usted ha sacado una fuerte suma de dinero del banco y la tiene guardada en la caja de hierro.

—Es cierto…

—De esa caja, como de la habitación en que está, el ladrón tiene la llave.

—¿La ha visto usted? —y sacando del bolsillo el llavero me mostró una de guardas excesivamente gruesas.

—¿Es ésta?

—No, es la otra —y aparté una exactamente igual a la que el Rengo me había enseñado.

—¿Quiénes son los ladrones?

—El instigador es un cuidador de carros llamado Rengo, y la cómplice su sirvienta. Ella le sustrajo las llaves a usted de noche, y el Rengo hizo otras iguales en pocas horas.

—¿Y usted qué participación tiene en el asunto?

—Yo… yo he sido invitado a esta fiesta como un simple conocido. El Rengo llegó a casa y me propuso que le acompañara.

—¿Cuándo le vio a usted?

—Aproximadamente hoy a las doce de la mañana.

—Antes, ¿no estaba usted en antecedentes de lo que ese sujeto preparaba?

—De lo que preparaba, no. Conozco al Rengo; nuestras relaciones se establecieron vendiendo yo papel a los feriantes.

—Entonces usted era su amigo… esas confianzas sólo se hacen a los amigos.

Me ruboricé.

—Tanto como amigo no… Pero siempre me interesó su psicología.

—¿Nada más?

—No, ¿por qué?

—Decía… ¿pero a qué hora debían venir ustedes esta noche?

—Nosotros espiaríamos hasta que usted saliera para el club, después la mulata nos abriría la puerta.

—El golpe está bien. ¿Cuál es el domicilio de ese sujeto llamado Rengo?

—Condarco 1375.

—Perfectamente, todo se arreglará. ¿Y su domicilio?

—Caracas, 824.

—Bien, venga esta noche a las 10. A esa hora todo estará bien guardado. Su nombre es Fernán González.

—No, me cambié de nombre por si acaso la mulata conociera ya, por intermedio del Rengo, mi posible participación en el asunto. Yo me llamo Silvio Astier. El ingeniero apretó el botón del timbre, miró en redor; momentos después se presentó la criada. El semblante de Arsenio Vitri conservábase impasible.”

Silvio representa lo peor de la Modernidad periférica. Esa misma Modernidad que lo condena le acarrea todavía la idea de deuda moral propia de la Ley. La neurosis de Silvio nunca podrá ser absuelta por el supremo tribunal del Super-Yo. El Jefe de Gabinete es un personaje que representa lo peor de la Posmodernidad (indiferencia, burla, ignorancia, mediocridad, cultura del like, desprecio por lo público.) Su psiquismo prescinde del Super-Yo. En los tiempos de la velocidad y de la sociedad del rendimiento, no hay tiempo para tribunales complejos. El Yo se mira a sí mismo en toda su obscenidad y no importa cuán estúpidas sean sus razones: sólo puede hacer una catarsis hiperexpresiva que expele odio en las redes y fustiga todo lo que le suena a intelectualismo comunista.

Necesitamos a un nuevo Arlt que pinte la feroz imbecilidad de estos hombres que, en nombre del odio al Estado, se adueñan del Estado para hacer su versión personal del asalto a la razón.

 

 

 

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