
Por Martin Favale –
La madrugada tenía un silencio que dolía en los oídos. Esos silencios que no dejan dormir, que expresan la antesala de una tormenta.
Era el 10 de junio de 1956.
En la cárcel de San Martín, los pasos de los guardias seguían sembrando el terror.
Octavio despertó con el ruido agudo del metálico de una puerta chirriando y el olor húmedo y penetrante de los muros. Ariel dormía todavía con un dolor más incrustado en el alma que en el cuerpo, con la cabeza apoyada en la pared, murmurando entre sueños una oración desordenada.
El aire estaba gélido ylugubre, como si la oscuridad tuviera cuerpo.
Un guardia encendió una linterna y gritó un nombre. No era el suyo, pero igual se le heló la sangre.
—En pie —ordenó una voz—. Todos al pasillo.
El metal de los cerrojos pareció arrastrar consigo el alma del edificio.
Los hicieron formar. Nadie sabía por qué. Nadie preguntó.
El miedo había silenciado las voces.
Cuando caminaron hacia el patio, Octavio sintió que cada paso lo hundía más en la tierra. A su lado, Ariel respiraba rápido, con los ojos abiertos como si ya viera la muerte. Uno de los soldados encendió un cigarrillo; el fuego iluminó su rostro un segundo. Tenía la expresión vacía de los que obedecen por deber. Los hicieron detenerse frente a un muro manchado.
—Van a escuchar el veredicto —dijo un oficial.
Nadie habló. El viento traía ese olor a pólvora vieja impregnado en paredes que en otros tiempos fueron testigos de fusilamientos, mezclado que el hedor a orín y el miedo que parecía el espectral fantasma que atraviesa las miradas de terror. Octavio recordó el frigorífico, el barrio, la infancia y sobre todo la voz de Romina repitiendo que lo amaba. Recordó el sonido del tren de madrugada, la sensación de que la historia los observaba desde un cielo sin Dios.
Miró a Ariel, que rezaba con los labios temblando y una expresión de desconsuelo que atravesaba las miradas del resto.
—¿Creés que sirve de algo? —le susurró con la doble intención de intentar disipar el miedo y darse esperanzas.
—No lo sé —dijo Ariel—. Pero no quiero morir sin hablarle a alguien, aunque sea al silencio de nuestro señor.
Esta vez si nos van a fusilar, esta vez la ley marcial impera en el país, escuché en la radio que están fusilando trabajadores.
Entonces los encapucharon. El mundo se redujo a una tela áspera y al sonido del corazón golpeando dentro del pecho. Los soldados se alinearon.
El oficial dio una orden seca. El clic de los fusiles sonó como el reloj del fin del mundo. Alguien comenzó a llorar, otro a reír, un tercero se orinó los pantalones.
Octavio sintió que el tiempo se detenía justo antes del disparo, como si el universo contuviera la respiración. Pensó en Romina, en su rostro bajo la luz de las velas, en la ternura que lo había salvado tantas veces del abismo.
Pensó en sus compañeros, en las paredes escritas, en las canciones prohibidas, en su infancia llena de dolores por las adicciones de su familia pero a la vez llenos de juegos, infancia e inocencia perdida, pensó que todo tiempo pasado fue mejor, y finalmente volvió a pensar en los en los ojos de su amada, lo que mas le gustaba de ella, sus ojos color café, ojos que él siempre le pedía que se pinte, el rímel resaltaba esos ojos negros como el café que lo enloquecían como nada.
Y en un instante comprendió, con una claridad brutal, que todo lo que había hecho —cada acto, cada palabra, cada silencio— no era por él, sino por el derecho a seguir soñando, a vivir.
El oficial levantó la mano. Los fusiles apuntaron. El silencio se hizo tan espeso que el alma dolía.
Un grito rompió el aire:
—¡Fuego!
Pero no hubo fuego.
Solo un clic, seco, vacío.
El simulacro.
El juego de los verdugos nuevamente se burlaba de ellos.
Octavio sintió que las piernas le fallaban. Ariel cayó de rodillas. El oficial se acercó y, con una sonrisa de animal cansado, dijo:
—Mañana puede que sea de verdad.
Luego se fueron. Las linternas se apagaron una a una. El silencio volvió, más pesado, más hondo.
En la oscuridad, Octavio permaneció inmóvil.
Había dejado de temblar. La muerte lo había rozado con su mano tibia y se había ido, pero le había dejado una marca que no se borraría jamás.
Comprendió que el miedo, una vez vivido, ya no se va: se transforma en una forma de mirar el mundo.
A su lado, Ariel respiraba entre sollozos.
—Pensé que se terminaba todo —dijo.
—Se terminó —respondió Octavio—. Pero solo la tortura, seguimos vivos, tal vez mañana nos vuelvan a torturar. Y apoyó una mano sobre su hombro, como quien bendice.
Horas más tarde, cuando el amanecer se filtró por las hendijas, el patio respiraba el pánico de la mañana. Los fusiles, apoyados contra el muro, ya estaban helados. En otra parte del país, en José León Suárez, los verdaderos disparos ya habían derramado la sangre y cobrado sus víctimas.
Y los gritos, mezclados con la tierra húmeda, quedaron clavados como cuchillos en la mente del testigo secreto de los tormentos, David.
Romina se enteró al mediodía. Un rumor, una radio clandestina, una frase que cruzó la fábrica como un trueno: “Hubo fusilamientos.”
Corrió hasta la ventana y vio el cielo gris, inmóvil. Como si este también estuviera presagiando la oscuridad y la muerte Sintió que el cuerpo le pesaba, como si en su vientre llevara un país entero muriendo.
En la calle, alguien pasó silbando marchas prohibidas y fumando un cigarrillo. Y Romina entendió que, pese a todo, el pueblo seguía vivo, escondido en las canciones que no podían fusilar.
Esa fue la noche más larga para todos, para los torturados con simulacros, para el testigo de la muerte, y para Romina que no estaba acostumbrada a estar sola sin su amado, casi una vida juntos, pero además le tenía miedo a la soledad de las noches, de niña compartió la habitación con muchos hermanos y la soledad que a muchos satisface a ella no le produce placer sino angustia, por eso va a la pieza de sus hijos, Daiana y Augusto para mirarlos dormir sin poder ella conciliar el sueño por varias horas.
El país amaneció distinto, con los muertos recién nacidos. Gerardo, Nahuel y Maxi fueron temprano a hacerle compañía a romina en ese frio y desolado domingo, supieron entonces que habían cruzado una frontera invisible; ya no eran simples testigos de la historia.
Ahora la historia los escribía a ellos, con sangre, con lágrimas, con palabras prohibidas.
Y en el muro del patio de la cárcel, alguien —nadie supo quién— escribió con algo en la piedra:
“La patria no se rinde.”
La mañana amaneció con un frío de plomo.
El sol, apenas insinuado entre las nubes bajas, parecía un ojo enfermo que no quería mirar lo que ocurría en su tierra.
En Buenos Aires, la Plaza de Mayo —esa misma donde once años antes el pueblo había gritado su júbilo y su esperanza— estaba ahora convertida en escenario de otro clamor. No eran cánticos de alegria, sino gritos que transmitían odio y revancha, desprecio y racismo.
Una multitud colonizada, exultante de odio, se agolpaba frente a la Casa de Gobierno para celebrar a sus nuevos dioses.
“¡Dale, Rojas! ¡Dale leña, Aramburu! ¡Dale duro, que no quede ninguno!”
Los coros se mezclaban con risas, con pañuelos agitados, con ese fervor ciego de las fiestas donde el mal se disfraza de virtud de gente de bien.
Muchos de esos mismos hombres y mujeres habían marchado el justo hacia un año, en la procesión del Corpus Christi, rosario en mano, lágrimas de pureza en los ojos. Ahora pedían la muerte, mas fusilamientos. La plaza, en otro tiempo viva, era un anfiteatro del odio antiperonista. Desde los balcones colgaban banderas, retratos, y rostros satisfechos que aplaudían la represión como si fuera una misa.
En los basurales de José León Suárez, en cambio, el silencio era absoluto.
Solo el viento movía las bolsas vacías, los restos de madera, y los cuerpos.
Hombres —obreros, padres, hijos, vecinos— yacían de cara al cielo.
Sus ojos abiertos parecían buscar en las nubes una respuesta que no llegaba.
Un puñado de vecinos, humildes, miraba desde lejos, con miedo y con lágrimas contenidas.
Allí estaba la verdadera patria, pensaría más tarde David, agazapado tras un muro de ladrillos desmoronados, temblando de horror.
Había caído con el grupo durante los allanamientos, detenido junto a otros hombres, llevado en un camión que trasladaba carne del matadero.
Creyó morir esa noche, pero un error, una sombra, una luz divina, le dieron la fuga. Desde la zanja donde se ocultó vio el fogonazo, las ráfagas, el desplome de los cuerpos. El ruido mortal de las ametralladoras se mezcló con el graznido de las aves asustadas.
Y entonces comprendió —con una lucidez que lo quemó por dentro— que la historia no la deberían escribir los vencedores, sino los sobrevivientes que callan, él era un testigo pero el horror le paralizaba los sentidos, no sabía si era capaz de describir el horror.
se echó a correr sin mirar atrás, con los pulmones ardiendo y el alma rota, mientras en la distancia aún resonaban las descargas.
Detrás quedaban los cuerpos y el olor a muerte de la pólvora sobre la carne y la sangre derramada; delante, en la plaza, la otra parte país de los vivos, que festejaba.
En la plaza, el poder había regresado triunfante. El presidente provisional, solemne, leía su discurso con la entonación de un verdugo que oficia una sentencia:
—La libertad ha ganado la partida.
Decía esas palabras mientras aún se secaba la sangre de los basurales. El pueblo, hipnotizado, aplaudía. Había banderas, vivas, flores arrojadas desde los balcones.
El odio, cuando se viste de virtud, tiene perfume de incienso. Entre la multitud, algunos lloraban de emoción, otros reían. Solo unas pocas voces —mujeres en los balcones de Callao y Avenida de Mayo— se atrevieron a gritar lo que todos callaban:
“¡Asesinos! ¡Vergüenza de la patria!”
Fueron obligadas a bajar y detenidas por escandalosas.
A pocos kilómetros, tras los muros del penal, la noticia del fracaso de la insurrección había caído como una piedra en el corazón de los prisioneros.
Octavio y Ariel, pasado el terror de otro simulacro de fusilamiento, permanecían en sus celdas, agotados, con la ropa aún húmeda del rocío de la noche anterior.
Los pasos de los guardias sonaban como golpes de martillo sobre sus cabezas.
Desde la oficina de guardia se colaba el murmullo de una radio.
El discurso de Aramburu, amplificado por un parlante torcido, llegaba deformado hasta los pabellones: en silencio alguien se atrevió a decir;
“Elevemos una plegaria por los caídos…”
Octavio levantó la vista.
Por un instante creyó reconocer en esa voz impostada el tono la fe.
Pero no encontraba a Dios en esas palabras, que le pueda dar consuelo en medio del dolor.
Los presos se miraban unos a otros en silencio. El miedo era una presencia espesa, un olor que se pegaba a la piel. Alguien dijo en voz baja que los comandos civiles podían asaltar la cárcel para masacrarlos.
Ariel apretó los puños, mirando la pared húmeda y con el miedo de otra noche de tortura, echo traumático que dejó profundas cicatrices en su alma desgarrada.
—Nos quieren seguir torturando en nombre del orden —murmuró.
Octavio no respondió.
Pensó en Romina, en su casa de Barracas, en la promesa de volver. Pensó que, si esa era su última hora, no quería morir sin verla.
El director del penal intentaba mantener la calma.
Los civiles armados entraban y salían, revisando los pabellones.
Uno de ellos gritó un nombre: “¡Damiano!”.
Nadie se movió.
El hombre insistió, y un periodista flaco, de rostro ajado, se levantó temblando. Se lo llevaron, y al rato comenzaron los gritos.
Unos minutos después, el silencio. En el pabellón 13 los presos estaban alineados contra la pared, las manos en alto. El aire era irrespirable, cargado de orina, de miedo y de oración muda.
El simulacro de fusilamiento se extendió por horas:
fusilados sin balas, muertos sin muerte, viviendo cada segundo como una eternidad.
“Qué terrible —pensó Octavio— es ser asesinado sin morir, parece que nos matan todo el tiempo, y vuelve el terror previo a la muerte una y otra vez.”
El día se volvió infinito.
El reloj del penal parecía detenido, y la tarde se desangraba lentamente sobre los muros.
En Barracas, Romina seguía la radio con los ojos húmedos, le llegan rumores de posibles fusilamientos en las cárceles y eso la llena de temor.
Maxi, Nahuel y Gerardo estaban con ella.
no la abandonaron desde el momento en que escaparon de los allanamientos.
La radio era el único hilo con el mundo.
Una voz anunciaba: “El gobierno ha restablecido la calma. La libertad está asegurada.”
Romina no podía soportarlo.
—¿Qué libertad? —dijo entre sollozos—.
Si hasta el aire tiene miedo… Los muchachos no contestaron. Gerardo fumaba sin mirar a nadie. Maxi pensaba en Ariel y Octavio. Nahuel en los fusilamientos. Y David…
David no estaba. Nadie sabía que, en ese mismo instante, él caminaba solo y perdido por las calles vacías de San Martín, con la ropa rasgada y los zapatos cubiertos de barro, repitiendo en voz baja los nombres de los caídos.
La noche cayó otra vez sobre Buenos Aires. El país estaba exhausto.
En los diarios del día siguiente se hablaría de “un intento subversivo sofocado”, de “subversivos fusilados”.
Nadie escribiría que habían matado obreros, ferroviarios, vecinos, militantes sin armas, sin juicio, sin moral y sin piedad. Nadie diría que los verdaderos fusilados eran los que seguían vivos, los que habían visto y debían callar.
Octavio y Ariel seguían esperando en la celda, convencidos de que la muerte vendría antes del amanecer.
Y afuera, Romina, con las manos crispadas sobre la mesa, rezaba sin saber a quién. A esa misma hora, en los basurales de José León Suárez, los cuerpos miraban aún el cielo, fijos, como si aguardaran justicia.
El viento los cubría lentamente con polvo y papel de diario.
Y en algún lugar, entre la vergüenza y el espanto, un hombre —David— seguía caminando, temblando, perdido en sus pensamientos y el terror de lo que presenció, convencido de que la historia del país acababa de cruzar un punto sin retorno.