
Capítulo 1
20 de Septiembre de 1955, Buenos Aires.
Ariel camina a paso firme por las calles del centro de la ciudad, las campanas de las principales iglesias baten a júbilo por la caída del tirano, ya es un hecho. Al pasar mira en los balcones de la Avenida Santa Fe y ve señoras muy elegantes brindando con champagne. Él también se siente satisfecho, sin embargo en el fondo una extraña sensación lo invade, una opresión en el pecho que no lo deja pensar con claridad, él es un joven sacerdote, perteneciente a una familia acomodada. Contaban de él que su Madre, lo había casado a edad muy temprana, a los dieciocho años, costumbre muy usual entre las familias conservadoras para mantener las alianzas familiares y los apellidos patricios. Ariel era elegante y buen mozo, alto, encantador y muy elocuente; consagró por completo la primera parte de su existencia a la vida en sociedad en el Jockey Club. Luego llegó el peronismo y con él la chusma metiendo sus pies en las fuentes de la patria, los acontecimientos se precipitaron, las familias patricias y terratenientes vieron poco a poco invadida su ciudad, su país, al cual administraban como su inmensa estancia privada, estaba tomada por gente de otros colores y vestimenta, su familia decidió irse a Francia.
Ariel se fue con ellos huyendo de la tiranía. Allí murió muy pronto su mujer de un cáncer en el pancreas. Ante la desgracia decidió estudiar sacerdocio en Francia y en unos años regresar al país. Con 26 años en 1953 comienza a dedicar su vida al sacerdocio, buscaba entender porque Dios obra de formas misteriosas ¿Tal vez la muerte de su joven esposa, la tiranía que había alejado a su familia de Argentina, la necesidad de los trabajadores, de fe verdadera para apartarse de las esperanzas puestas en un demagogo, los espectáculos de los opositores políticos torturados en las cárceles por la policía del tirano, los jefes de manzana y la censura a la prensa libre. Posiblemente, los emigrados, que presenciaban desde lejos y los opositores que comenzaban a organizarse, hicieron germinar en él ideas que lo llevaron a internarse en las aguas profundas de la mirada de los de abajo, de los trabajadores? Comienza a entregar su joven vida a recuperar fieles entre los pobres. Al fin y al cabo ¿Quién fue Jesús? estuvo siempre entre los pobres, en contra de la tiranía romana, curó y protegió a los desposeídos, y finalmente murió por ellos. Cristo; y la iglesia de Cristo en este país, han sido ofendidos por otro tirano, quien legalizó los prostíbulos y los divorcios, además de quitar la enseñanza de la religión en las escuelas, tenía por lo tanto, la reprobación de Dios, Dios era contrario a los tiranos, Hombres que usan su poder por intereses espurios.
Continua caminando por ese centro porteño, la avenida callao ya se llama Entre Ríos y pronto se llamará Vélez Sarsfield. La efervescencia y los festejos ya no son, en esta parte de la ciudad tan notorios. Se acerca a parque patricios y pronto llegará a Barracas, lugar donde es seminarista en un barrio pobre de zona sur, ya las caras que se ven no son de felicidad sinó, más bien de tristeza. De pronto, ve en una pared, escrita con tiza la siguiente frase, «sin Perón no hay patria ni Dios, mueran los curas». Esto lo dejó más perplejo de lo que antes estaba.
Llega a su destino, ingresa a una vivienda antigua de ladrillos de barro y techo a dos aguas, con un verde jardín y flores bien cuidadas. Nadie había ido a realizar sus actividades rutinarias ese día, los niños no habían ido a la escuela y el padre de familia no había asistido a su trabajo. Mónica recibe al padre Ariel.
—Padre… hoy no es un buen día para visitas —dijo Mónica sin abrir del todo la puerta. Su voz tenía un temblor contenido, como si cada palabra luchara por no quebrarse—. Mi esposo no fue a trabajar. Estamos todos… muy nerviosos.
El padre Ariel bajó la cabeza con respeto. Su silueta, erguida pero serena, contrastaba con la fachada humilde de la casa, donde el jazmín del cerco no había florecido ese año. El aire olía a humedad y a brasero mal apagado.
—Justamente por eso vengo, hija. No para perturbar, sino para acompañar. A veces una palabra puede aliviar más que un trozo de pan.
Mónica sostuvo su mirada un instante, pero enseguida la desvió. Lo que veía en los ojos del cura era sincero… pero ajeno. Demasiado ajeno a los sentimientos de los trabajadores.
—No creo, padre. No ahora. La gente está muy enojada… usted sabe. Con los curas. Con todo lo que representan.
Ariel asintió con una tristeza que parecía venir de otro mundo, o de otra época. Dio un paso atrás.
—Entiendo, hija. No voy a insistir. Volveré en unos días, cuando las aguas se aquieten. Dios los bendiga a vos y a tu familia. Rezá mucho… y yo rezaré por ustedes.
—¿Quién era? —preguntó una voz grave desde adentro, entre el enojo y la tristeza. Era una voz densa, cansada de tragar saliva amarga.
—El padre Ariel —respondió Mónica, cerrando la puerta con suavidad.
—No quiero verlo por acá.
—Gerardo… sabés que es un buen hombre. Siempre nos ayudó cuando no teníamos nada y siempre nos acompañó.
—Sí, lo sé. Pero es un cura. Y hoy, ser cura en este barrio, es ponerse del lado de los que celebran que nos humillen. Que Perón haya caído no es un motivo de fiesta para nosotros. Debería estar en Barrio Norte, con la gente que brindan con champagne.
Gerardo se quedó en silencio. Sentado junto a la mesa, con los codos sobre el hule descolorido, miraba hacia la ventana. Pero no miraba el jardín, ni los malvones. Miraba algo que sólo él veía: la sombra de un tiempo que empezaba a borrarse.
La voz de Mónica, apenas un murmullo, lo sacó de su trance.
—Jesús estaba con los pobres. Siempre nos enseñaron eso… ¿qué pasó, entonces? ¿Por qué los curas ahora están en contra nuestra?
Gerardo respiró hondo, con una mezcla de bronca y desilusión.
—Fue cuando apoyaron a esos… los demócrata-cristianos. Ahí se rompió todo. El General legalizó los divorcios y sacó la religión de las escuelas. Yo no entiendo por qué la Iglesia eligió pelearse. ¿Tanto les molestó que los obreros tuvieran dignidad?
—Tu amigo Octavio dice que la Iglesia no soportó que el gobierno hiciera lo que ellos no podían: darle dignidad a los pobres.
—Tal vez —dijo Gerardo, casi en un susurro.
Se abrazaron en silencio. Afuera, una ráfaga agitó las ramas del paraíso y levantó polvo en la vereda. Era un frío raro, fuera de estación, como si el invierno se negara a morir.
—Andá a buscar madera para la salamandra. Hoy va a hacer más frío que de costumbre —dijo Mónica, sin soltarlo del todo.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad…David caminaba por la avenida Montes de Oca, el cuello levantado contra el viento. Había terminado su turno en la Siam Di Tella. Sus dedos todavía olían a metal, pero en su cabeza zumbaban palabras, no engranajes.
Era joven, pero su espalda ya se curvaba como si llevara sobre sí una carga heredada. Hijo de obreros socialistas, su casa siempre estuvo tapizada de libros con títulos que hablaban de justicia, revolución, conciencia de clase. A los 14 le regalaron su primer libro, el manifiesto comunista de Carl Marx; a los 16, el 18 brumario de Luis Bonaparte. Pero a los 19, en una biblioteca polvorienta del Nacional Buenos Aires, encontró algo que lo hizo cambiar su perspectiva: un viejo ejemplar olvidado de La Patria Grande de Manuel Ugarte.
Lo hojeó por curiosidad. Lo devoró con asombro. Era otra voz, otra forma de pensar América. Había algo ahí que no encajaba con la narrativa socialista europea que había mamado en su hogar… y mucho menos con el antiperonismo frío que rezumaba en los pasillos del Nacional. ¿Cómo podía un socialista latinoamericano hablar con tanto respeto del pueblo peronista?
Desde entonces, algo crujía en su interior. Como un engranaje que se desajustaba. O como un mapa que ya no servía.
David caminaba, y en cada paso arrastraba una pregunta que no lo dejaba dormir:
¿Y si todo lo que me enseñaron no era suficiente para entender lo que vive el pueblo Argentino, y si hay algo mas profundo en el interior de esta patria olvidada del planeta?
David era amigo de Gerardo, se conocieron en la fábrica metalúrgica Sian Di Tella, era un Joven con muchos conocimientos, sus padres, ambos obreros y militantes del partido socialista siempre le imprimieron una profunda conciencia social. A pesar de su sensibilidad de clase y su cercanía al movimiento obrero, ambos querían que David se formara en uno de los colegios secundarios nacionales más renombrados de la capital federal.
Con la falsificación de algunos documentos y un cambio de domicilió lograron que ingrese al Nacional de Buenos Aires. Su casa siempre estuvo colmada de libros de contenido político y social, a los 18 años terminó sus estudios secundarios, y decidió que estudiaría en la universidad como sus padres le reclamaban; pero que lo haría mientras trabajaba para ayudar en su casa, si bien era hijo único y ambos padres trabajaban no quería ser una carga, La universidad era gratuita desde que Perón tomó la medida pero los gastos en libros y viaje eran algo que le demandaba mas dinero que el secundario y además pretendía tener su propio sustento, con 19 años ingresó a trabajar en la Siam y pronto trabó amistad con Gerardo, comían juntos los fines de semana y jugaban al truco mientras charlaban de temas varios; política, religión e historia, si bien David era socialista por influencia de sus padres y antiperonista por la enseñanza del Nacional de buenos Aires, un hecho puso en entredicho sus convicciones. Era el año 1954 y la universidad se encontró con un Libro de Manuel Ugarte que estaba tirado en un rincón de la biblioteca de la universidad. Su curiosidad lo llevó a leerlo.
David estuvo tres días leyendo, luego de ese libro, se fue directamente a la biblioteca de la Facultad de Derecho y pidió el informe completo de Bialet Masé. Leyó a Arturo Jaureche, leyó todos los libros de Scalabrini Ortiz, todos los libros del revisionismo histórico, los periódicos, los boletines, cada libro lo llevaba a otra biblioteca; se lo leyó todo ansiosamente. Fue a entrevistarse con intelectuales nacionalistas, entre otros el poeta Leopoldo Marechal a quien visitó, le contó la vida de los trabajadores en la década infame. David llegó a conocer a fondo a aquellos nombres, aquellos hombres y mujeres sufridos de la patria. No obstante, consagrado a ese estudio, que le ocupaba todos los instantes y todos los pensamientos, ya casi no veía a sus padres. Aparecía a las horas de la noche a dormir. La madre refunfuñaba. Su padre sonreía:- ¡Bah! ¡Está en la época de las Jovencitas-. A veces, añadía:-¡Caramba! Yo creía que era una aventura; por lo visto, es una cosa seria-. Era una pasión, efectivamente.
David estaba experimentando una pasión, idolatrando al ex tirano que sus padres reprobaban. Al tiempo, le cambiaban de forma extraordinaria las ideas. Las etapas de ese cambio fueron muchas y consecutivas. Como ésta es la historia de muchas mentes de nuestro tiempo, nos parece útil ir siguiendo esas etapas paso a paso y dejar constancia de todas. La historia en la que acababa de poner la vista lo asombraba y lo desconcertaba. El primer efecto fue el deslumbramiento. El peronismo no había sido hasta entonces para él más que palabra monstruosa. La tiranía y la demagogia, una forma de engañar al proletariado para que se olviden de la revolución; el tirano, una picana eléctrica en una comisaria en la oscuridad de la noche.
Acababa de mirarlos de cerca y donde esperaba no encontrar sino un caos de tinieblas, vio, con una especie de sorpresa inaudita entremezclada con temor y alegría, brillar unos astros, Jhon William Cooke, Arturo Jaureche, Enrique Santos Discépolo y amanecer un sol: Eva Perón. No sabía en qué punto estaba. Retrocedía, al cegarlo tantos resplandores. Poco a poco se le fue pasando el asombro y se acostumbró a esos rayos de luz, miró las acciones sin vértigo, examinó a los personajes sin temor; de a poco el peronismo pasó a ser la Revolución nacional, con perspectiva luminosa, ante las pupilas visionarias; vio esos acontecimientos y hombres resumirse en hechos gigantescos: la
Revolución, en la soberanía política devuelto a las masas, arrebatada por los gobiernos liberales; la independencia económica de las grandes potencias, en la justicia social del peronismo; vio surgir de la Revolución la inmensa figura del pueblo, la inmensa figura de los desprotegidos y explotados de la patria. Y se dijo en su conciencia que todo aquello había sido bueno. Lo que su deslumbramiento descuidaba en esa primera apreciación, excesivamente sintética, no nos parece necesario indicarlo aquí. Estamos dejando constancia del estado de una mente en proceso de cambio. Los progresos no se hacen de una vez ni en una única etapa. Dicho esto, de una vez por todas, en lo referido a lo anterior y lo que vendrá a continuación, seguimos adelante. David cayó entonces en la cuenta de que, hasta entonces, no había comprendido a su país, de la misma forma que no había comprendido a su pueblo. No los había conocido a ninguno de los dos y había tenido, tapándole los ojos, algo así como una oscuridad voluntaria. Ahora veía; y, por un lado, admiraba y, por otro, adoraba. Rebosaba añoranza y remordimiento.
Continuamente acudían resplandores de la verdad a completarle la razón. Iba ocurriendo en él algo semejante a un crecimiento interior. Notaba una especie de engrandecimiento espontáneo que le venía de esas dos cosas nuevas: su pueblo y su patria. Como cuando tenemos una llave, todo se abría; David se explicaba lo que había odiado; entendía lo que había aborrecido; veía ahora con claridad el sentido providencial, divino y humano de las cosas grandes que le habían enseñado a odiar y de los grandes hombres a quienes le habían enseñado a maldecir. Cuando se acordaba de sus opiniones anteriores, que eran sólo de ayer y que, no obstante, le parecían ya tan antiguas, se indignaba y sonreía. De la comprensión de su proletariado pasó, con toda naturalidad, a la rehabilitación de los cabecitas. Debemos decir, no obstante, que ésta fue no poco laboriosa. Desde hacía casi diez años, le habían inculcado, acerca de, las opiniones de la tiranía. Ahora bien, a lo que tendían todos los prejuicios de los socialistas y del nacional de buenos Aires, incluso de la Universidad de Buenos Aires y todos sus intereses era a desfigurar a Perón. La intelectualidad lo aborrecía aún más que a Rosas. Perón se convirtió en una especie de monstruo casi fabuloso y, la prensa mostró sucesivamente todas las atrocidades del tirano que podían infundir temor, desde lo terrible que sigue siendo grandioso hasta lo terrible que se vuelve grotesco, desde Tiberio hasta Hitler y Mussolini. David nunca tuvo en la mente —en lo tocante a ese hombre, como lo llamaban— más ideas que ésas. Se habían combinado con la tenacidad propia de su forma de ser. Llevaba en su fuero interno un muchachito tozudo que odiaba a Perón. Al leer la historia, al estudiarla sobre todo en los documentos y los materiales, el velo que cubría a Perón ante los ojos de David se fue desgarrando poco a poco. Divisó algo inmenso y sospechó que hasta aquel momento había estado equivocado sobre Perón igual que sobre todo lo demás; cada día veía con mayor claridad; y empezó a subir despacio, paso a paso, al principio casi de mala gana, luego embriagado y algo así como atraído por una fascinación irresistible, primero los peldaños oscuros, luego los peldaños iluminados vagamente y, por fin, los peldaños luminosos y espléndidos del entusiasmo. Una noche, estaba solo en su cuarto. Tenía el velador encendido; leía, acodado en la mesa, junto a la ventana abierta. Desde el espacio le llegaban todo tipo de maquinaciones y se le entremezclaban con los pensamientos. Leía los boletines de F.O.R.J.A, esos párrafos; veía en ellos, a los marginados de la patria y su sufrimiento, continuamente, el nombre de Eva; abarcaba todo el descubrimiento del nuevo mundo, inmenso; notaba algo así como una marea que le crecía por dentro e iba subiendo; poco a poco se notaba fuera de sí. Tenía el corazón oprimido. Estaba exaltado, trémulo, excitado; de pronto, sin saber qué le estaba pasando ni a qué obedecía, se puso de pie, sacó ambos brazos por la ventana, clavó la mirada en la sombra, en el silencio, en el infinito tenebroso, en la inmensidad eterna, y gritó: «¡Viva el General Juan Domingo Perón!». A partir de ese momento, todo quedó dicho ya. El demagogo, el usurpador, el tirano, el monstruo, todo aquello se desvaneció y cedió el sitio, en la mente de David, el tirano no había sido para su pueblo sino el padre queridísimo a quien se admira y a quien se entrega uno con abnegación; para David fue algo más. Fue el edificador predestinado de una patria justa, libre y soberana. Fue el prodigioso arquitecto del hundimiento de la Argentina de la opulencia de un grupo minúsculo de familias, y tuvo, indudablemente, defectos y faltas, y no le faltaron crímenes, es decir, fue humano; Fue el hombre predestinado que obligó a decir a los poderosos del país, que los trabajadores también tienen derechos; fue la mismísima encarnación de la Argentina profunda. David vio en Perón a ese espectro deslumbrante, guardián del porvenir. Déspota y dictador; déspota fruto de una república conservadora y del fraude patriótico, y encarnó una revolución, una revolución sin quitarle las tierras a los dueños del país pero una revolución al fin. Perón se convirtió para él en el hombre pueblo de la misma forma que Jesús es el hombre-Dios. Como vemos, lo mismo que les sucede a los recién llegados a una religión, su conversión lo embriagaba, caía en la adhesión sin criticas e iba demasiado lejos; una vez metido en aquella cuesta abajo, casi le resultaba imposible detenerse. Lo invadía el fanatismo hacia ese hombre y esa mujer, que embarullaba en la mente con el entusiasmo por la idea. En varios aspectos ahora se estaba equivocando de una manera diferente. Lo aceptaba todo sin cuestionar nada. Existe una forma de llegar al error según se va hacia la verdad. Tenía una especie de buena fe que lo aceptaba todo en bloque. En la nueva vía en que se había internado, tanto al juzgar los errores de la Argentina preperonista cuanto al valorar las reformas de Perón veía todo su pensamiento anterior como una gran mentira. En cualquier caso, había dado un paso prodigioso. Donde antes viera la caída de la republica veía ahora el nacimiento del socialismo nacional. Había cambiado de orientación. Había dado un giro. Todas aquellas revoluciones le acontecían sin que sus padres lo sospechasen