Por Lic. Centurión David Ezequiel.
La Argentina es una decepción permanente, una historia de civismo llena de desilusiones. El siglo XX demostró lo terriblemente empobrecedora que resultó ser la dicotomía sarmientina, hoy traducida en una grieta absurda y sin sentido. Mientras escribo estas reflexiones me viene a la cabeza un libro interesante: Del Antiperonismo al individualismo autoritario (Adamovsky, 2023) en él se observan algunas variables transversales que tocan lo que venimos analizando: el liberalismo, el anti-pluralismo, la auto-denigración, el antiperonismo, el anti-populismo, el autoritarismo y el individualismo más feroz. Es como si la tradición liberal hubiera preparado el terreno para liberar los fantasmas que venimos padeciendo: los fantasmas de las dictaduras militares, de la Guerra de Malvinas, de la Hiperinflación, del neo-liberalismo y de la crisis del 2001. Fantasmas que, como economía simbólica, dominan nuestros deseos y ansiedades encubriendo un laberinto del cual no hemos podido salir, es más, el triunfo del paleo-libertario Javier Milei (mezcla de Alberdi y Rothbard Murray) expresa el desencanto con nuestra propia Historia, es decir, la frustración con “la política” y no tan solo con “los políticos”, poniendo el centro nuevamente en las ideas del mercado. La realidad es que no hemos podido lidiar con nuestros propios fantasmas y asechan nuestro futuro. ¿De dónde proviene esta dificultad? Se debe principalmente a que no hemos podido responder a la pregunta acerca del nosotros ¿Qué es el ser nacional? Las respuestas que se dieron fueron completamente contradictorias y hasta enfrentadas entre sí. El liberalismo planteó la necesidad imperiosa de hacer tabula rasa de nuestro pasado bárbaro y caudillesco asociado principalmente a formas inorgánicas de democracias plebeyas que, con su excesos y desbordes, ponían en peligro el progreso y la civilización occidental. Se retomaba la lucha del individuo contra el Estado, se volvía al egoísmo como motor ético para enriquecer a la Nación. Sobre la base de esta proposición, algunos pensadores fueron más allá y afirmaron que si se permitía a cada individuo perseguir su propio bienestar sin pensar en nada más, de alguna manera el efecto agregado de las decisiones que todos tomaran de manera egoísta daría como resultado un bienestar mayor para el conjunto de la sociedad. Conductas que los códigos morales anteriores consideraban vicios morales, como la codicia y la ambición, quedaban no solo aceptadas sino, incluso, recomendadas. (Adamovsky, 2023) Alberdi en 1880 decía que todos los adelantos en la civilización en el mundo tanto como en el país estaban:
“en proporción directa del número de sus egoístas inteligencias, laboriosos y enérgicos y de las facilidades y garantías que su egoísmo fecundo y civilizador encuentra para ejercerse y desenvolverse” (Argumedo, 2015)
La tradición democrática y, con mayor fuerza, la nacional populista suturaba lo que se veía como un déficit simbólico de representación social y política. Juan Perón fue el primer legislador social, acercó de manera vertical el Estado y al pueblo quien ahora sí, era representado de manera sustancial y no solo formal. Lo que el liberalismo teorizaba -la libertad- el peronismo lo ponía en acción –la justicia social- y ocurría que justamente la libertad era el dique de contención –lo fue a lo largo del siglo XIX- para neutralizar las ideas igualitaristas asociadas a la rebelión de las masas. Lo que se puso en cuestión en la Argentina moderna, blanca y Europea fueron las jerarquías sociales. Volvamos a este ensayo que no tiene desperdicio:
Empiezo por una proposición simple: la sociedad argentina no ha conseguido construir una visión compartida acerca de quiénes somos. No sabemos quiénes somos, ni cómo somos, ni estamos de acuerdo en cómo ha sido la historia que nos trajo hasta aquí. Y no es que no tengamos respuestas para todas esas preguntas: el problema es que hay varias respuestas contrapuestas y ninguna de ellas ha conseguido ser lo suficientemente convincente como para que todos la demos por válida. (Adamovsky, 2023)
Las luchas por las representaciones se traducen en diferentes modos de ver, de percibirnos como nación y de diferentes estrategias políticas que definen un destino en común. Ocurre que no hay consenso en definir nuestra propia identidad. Estamos dentro de un problema bastante serio. Si no conocemos lo que somos ¿Cuál será nuestro porvenir? Hace más de cien años Manuel Ugarte afirmaba que “Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, si queréis, pero somos lo que somos y no queremos ser otras cosa” (Ugarte, 1910) el gran problema acerca de la identidad de una nación se traduce en incapacidad política, es decir, de acción. Veamos lo que plantea Adamovsky con un título sugestivo: el país contra sí mismo:
Los historiadores que investigan el origen de la nación han llamado la atención sobre el hecho de que en los procesos de definición de ese “nosotros” a veces se producen tensiones que tienen que ver con las diferencias de clase, o con la diversidad de los orígenes étnicos o de los fenotipos de los habitantes, o con sus variadas disposiciones políticas o religiosas. Es que, inevitablemente, el modo en que una Nación recorta sus límites, la forma en que se imagina, puede afectar de manera diferencial y asimétrica a sus habitantes, beneficiando a algunos a costa de otros. (Adamovsky, 2023, pág. 41)
Hasta aquí tenemos algo fundamental: la manera de imaginarnos, es decir, la manera de construir sentido está atravesado inexorablemente por rasgos trasversales: de clase, étnicos, fenotípicos y religiosos. Esas cualidades se construyeron desde el poder de forma asimétrica y racializada, es decir, desde un registro anti-igualitarista que violenta los derechos humanos. Recordemos que habíamos explicitado que el liberalismo predicaba el respeto irrestricto al prójimo pero lo violaba constantemente. Sigue nuestro pensador:
En algunas ocasiones, tales tensiones pueden traducirse en la aparición de dos o más visiones sobre la nación y sobre como es el “nosotros” que entran en lucha y compiten por el predominio. Como en toda lucha, el resultado puede ser la victoria eventual de uno de los contrincantes y la desaparición del otro. También puede suceder que persistan tensiones de baja intensidad allí donde una visión se vuelve dominante, pero persisten otras, disidentes, en los márgenes de la comunidad o entre minorías o grupos oprimidos. O también, en los casos más contenciosos, que ninguna de las visiones en pugna tenga la capacidad de adquirir un predominio decisivo y que, entonces, las tensiones se reproduzcan como una lucha recurrente e irresuelta. Este último es el caso de la Argentina, una nación cuyas élites no han conseguido afirmarse en una visión del “nosotros” que sea hegemónica. (Adamovsky, 2023, pág. 41)
Venimos a lo largo del ensayo advirtiendo sobre el fracaso del país en construir un “nosotros” vinculante con el pasado y presente. Si como hemos afirmado, el pasado domina el presente, entonces la tensión constituye nuestra normalidad. Las luchas por las representaciones vuelven inviable cualquier intento de superación dialéctica. La auténtica afirmación ontológica no es negar el contrario sino incorporarlo en sí como proyecto a futuro. Ni las elites liberales han podido crear un proyecto nacional realmente integrador y hegemónico ni los sectores plebeyos han logrado imponer sus intereses de clase a toda la nación, ergo, la argentina es una tragedia, es decir, un callejón sin salida. Y lo más grave, esas tensiones afloran justamente cuando se activa el “stock” de imágenes Sarmientino con su discurso racista, discriminador y excluyente. Habíamos hablado para el caso del radicalismo de “cuestiones de estilo” veamos cómo se actualiza el discurso racial y xenófobo cuando el peronismo entra en escena. En este caso nuestros autores analizados hablan de dos cosas: el trauma y la escisión.
Primero, como ya habíamos retomado los análisis de Grimson, volveremos a ellos para especificar las tres líneas que distinguen al antiperonismo: su visión patronal, su antifascismo y por último su liberalismo discriminatorio. Pensar al peronismo significa pensar el antiperonismo: no se entiende uno sin el otro. Una de las tesis centrales del giro antropológico del autor es que sin el antiperonismo realmente existente no habría sido posible el peronismo tal como lo conocemos hoy. Vamos a citar algunos pasajes del autor para analizar la reacción jerarquizadora de las elites dominantes y su “convergencia perversa” en el discurso público
La postura antiperonista surge en 1945 a partir de la combinación de tres perspectivas: la tradición antifascista, el enfoque patronal, y la concepción sarmientina de civilización y barbarie con sus implicancias racializantes (Grimson, 2022, pág. 68)
Lo venimos analizando seriamente y vamos a ir desarrollando cada una de sus variables en profundidad, principalmente en sus rasgos discriminatorios y jerarquizadores que constituyen, a nuestro juicio, la explicación más poderosa de los dilemas y fantasmas que el liberalismo realmente existente nos deja como mandato a desmitificar.
El antifascismo en la Argentina se origina ha mediado de la década del veinte y deviene en un conjunto de afectividades ideológicas convergentes. Toda limitación de la libertad era considerada una actitud fascista o protofascista. El ascenso del peronismo, contemporáneo de las postrimerías de la guerra, apareció como la concreción más evidente de las alarmas que hacía años se habían encendido (Grimson, 2022, pág. 69)
La era de las ideologías que hundían a Europa en el infierno replicaban aquí con toda su fuerza explicativa. El mundo estaba dividido entre los defensores de la libertad y las tiranías que, con su autoritarismo “dirigista”, buscaban destruir a las democracias liberales. La guerra continuaba en estas tierras lejanas, la dictadura del GOU era identificada -por la intelectualidad- cada vez más con el autoritarismo nacionalista que expresaban los fascismos europeos. Para mayor angustia, Juan Perón había estado en Italia entre 1939-1940 haciendo su carrera militar y luego de 1943, la presencia de nacionalistas y anticomunistas en el régimen se hacían cada vez más evidentes.
No se trataba de una alucinación. El antisemitismo y los proyectos fascistas no eran fenómenos solo europeos y cuando asumió el gobierno militar en junio de 1943 clausuró la publicación “Argentina Libre”, así como la institución cultural dirigida por comunistas argentinos, y fueron encarcelados intelectuales y políticos. Varios pensadores de la derecha nacionalista, como Martínez Zuviría, se incorporaron a reparticiones gubernamentales, al tiempo que se impulsaba una severa censura a todo el país. Cuando intelectuales y políticos publicaron un manifiesto “democracia efectiva”, el gobierno los destituyó de sus puestos (Bernardo Houssay, Américo Ghioldi y Julio Payró entre otros). Las universidades públicas fueron objeto de despidos masivos e interventores nacionalistas. A fines de 1943 se abolieron los partidos políticos y se decretó la enseñanza católica obligatoria en las escuelas públicas (Grimson, 2022, pág. 69)
En efecto, la dictadura censuró la libertad de expresión, clausuró el partido Comunista y Socialista, ilegalizó la protesta social y las libertades civiles sufrieron un fuerte retroceso ante las fuerzas represivas del orden. Nada que objetar en estos análisis. El golpe de 1943 fue anticomunista y se debió principalmente al avance de la izquierda en todo el mundo cuando ya se veía la derrota del nazismo. El temor al avance del comunismo y la certeza de que era preciso encontrar un modo de integrar al movimiento trabajador en la vida política figuraban entre las principales preocupaciones de los militares que en 1943 dieron un golpe de Estado contra el régimen fraudulento de los conservadores. (Adamovsky, 2009) . Esto se realizó de manera autoritaria y desde el Estado. Sumados a la neutralidad Argentina en la guerra y su simpatía con las fuerzas del Eje, estos hechos constituyeron “el lente a través del cual los grupos autoproclamados liberales y democráticos interpretaron el surgimiento de Perón y su movimiento (Grimson, 2022)
Perón y luego su movimiento, dentro de este análisis discursivo, era nazi-fascista. Además se identificó la democracia política con la libertad económica, por eso se condenaba al gobierno por sus políticas sociales (y eso es fundamental): se las veía como una dañina intervención del Estado en la economía vinculada a una actitud demagógica de corte fascista: democracia y libre mercado estaban inevitablemente unidas contra el “capitalismo dirigista” identificado con el nacional-socialismo. En concordancia con estas posturas, comenta Grimson que en julio de 1943, las fuerzas vivas apoyaron el manifiesto citado anteriormente contras las políticas sociales del gobierno.
Veamos la segunda variable: la visión patronal. Grimson aborda este análisis a través de la publicación de la revista liberal Antinazi; la publicación de la revista aludía al “principio nazi del capitalismo dirigido” a través del cual se engañaba al pueblo y se “somete a la obediencia al capitalista, al miembro del consorcio, al gran propietario, al gran industrial, al dueño de la empresa creadora de riqueza (Grimson, 2022) para la revista Anti-nazi, la disyuntiva electoral de 1946 era “ciudadanía o candombe” dilema con resonancia de escisión étnico-racial. Y comenta el autor que fue ése liberalismo económico y ése eurocentrismo las dimensiones que permitieron encontrar una congruencia con la perspectiva patronal (Grimson, 2022, pág. 69) y aquí el autor de manera fantástica distingue dos categorías que retoma del estudio de Juan Carlos Torre acerca de la primacía emocional antiperonista sobre lo racional y economicista. Acerca de la visión patronal que impregnaba la época, el autor referencia que:
Sobre esta última, la mejor descripción que puede hacerse es que los integrantes del grupo patronal estaban más ávidos de preservar sus privilegios que de avanzar en sus intereses económicos. Así vemos que los empresarios se resisten a la legislación social y a la negociación salarial (Torre, 2012, pág. 170)
Esta descripción de un tipo de mentalidad constitutiva del antiperonismo es decisiva. Fundamental. Hace visible un tipo de economía simbólica que proyecta un odio pasado sobre el presente y por sobre todas las cosas, es re-vivido con angustia y temor. Alejandro Grimson dice que la frase de Torre es sumamente interesante, porque contrapone los privilegios a los intereses económicos. Llevada a sus últimas consecuencias, esta afirmación abre la posibilidad a lo impensable: la irracionalidad, lejos de corresponder axiomáticamente a los sectores populares, podría haber estado presente en los sectores dominantes (Grimson, 2022, pág. 69). Su resentimiento ante el desafío a sus privilegios jerárquicos les impidió defender racionalmente sus intereses.
Ya hemos señalado el papel protagónico de lo emocional en esta configuración como estructuras de sentimientos. Para este sector, la acusación al gobierno de nazi-fascista es el modo histórico peculiar que toda aquella indignación adquiere en el contexto del final de la guerra. En otras palabras, cuestiones como la “irracionalidad” o la “emocionalidad” en general mencionadas en relación con el surgimiento del peronismo tiene un papel crucial en los orígenes del antiperonismo (Grimson, 2022, pág. 71).
Por eso cuando hablamos del peronismo como un sentimiento también debemos hablar del antiperonismo como un mundo simbólico del dominio de lo afectivo y lo irracional: un desprecio hacia lo plebeyo mistificado por descalificativos étnico-raciales; esto nos lleva a la tercera perspectiva que se va a combinar con el antifascismo y la posición patronal: la matriz sarmientina de civilización y barbarie (Svampa, 1994). Se trata de una visión jerárquica, clasista y racista. El imaginario europeísta y blanco que dominaba Buenos Aires en 1945 desconocía la existencia de esa población que habitaba en la periferia urbana y más allá. O, si se topaba con ella en situaciones laborales o de empleo doméstico, el sentido común jerárquico, clasista y racista tornaba inviable cualquier problematización de la igualdad (Grimson, 2022, pág. 70). Para este caso me voy a valer nuevamente del estudio de la socióloga Maristella Svampa en la obra ya referenciada: el dilema argentino (1994). Debemos recapacitar sobre las categorías étnica-racial para pensar la cultura política argentina. Hemos hablado anteriormente de “convergencia perversa” como matriz de análisis que une la visión patronal y la antifascista, además de un liberalismo racista que denigraba étnicamente las “razas inferiores”; hemos dicho también que la izquierda participaba activamente en esta narrativa racial-discriminatoria hacia los sectores populares, su liberalismo de izquierda encubría un desprecio hacia las oligarquías pero también a las masas incultas, ciegas y manipuladas por el jefe de turno. Era la tan denostada política criolla. La “convergencia” que en otro orden de ideas –por ejemplo- en la tradición democrática y populista creaba una narrativa de industrialización, integración y democratización bajo gobiernos populares que expandían, junto al mercado interno, derechos nunca antes alcanzados (Barrios, 2007) , también bajo otra lectura opuesta y liberal: mezclaba racismo, clasismo y reacción jerarquizadora. No puedo extenderme demasiado en este ensayo sobre estas cuestiones que merecen especial atención. En nuestro estudio sobre Manuel Ugarte (Centurión, 2022) habíamos hecho una crítica implacable hacia los sectores supuestamente “progresistas” que eran la vanguardia del avance democrático en el país. No lo eran. Compartieron el desprecio de la ideología dominante (el liberalismo) hacia los sectores plebeyos caracterizados como “barbaros”. Como si hiciera falta recordar, vuelvo a citar a Grimson
Estamos ante un curso y una teoría. Esa teoría muestra que el problema mayor del Partido Socialista no eran Perón y sus características, sino el que se explica por la teoría racial que sustentaba su acción política civilizadora: un desprecio profundo por las “razas inferiores”, una celebración de la raza blanca como símbolo de progreso. Ningún matiz, ninguna pregunta, ninguna invitación a la interacción. Es una concepción absolutamente dicotómica: blanco es civilización y progreso, no blanco (indio, negro, mestizo y mulato) es el pasado y el atraso (Grimson, 2022, pág. 71)
Participaban de este registro de lectura Juan Bautista Justo, Rodolfo Ghioldi, Américo Ghioldi, Gino Germani, Ezequiel Martínez Estrada y Aníbal Ponce, entre los más renombrados en los estudios academicistas. Como afirma el autor, los pensadores progresistas y de izquierda con su antifascismo, eran los que –irónicamente- más cargaban un léxico racial de casta contra un sector importante de la población. Un racismo, dice Grimson, que nadie juzgaba. ¡Era una sociedad que no reconocía esa dimensión constitutiva! Y aquí Grimson retoma el aspecto fundamental que da inteligibilidad a todo lo tratado hasta aquí:
Seguida de la irrupción (el peronismo) de un fenómeno novedoso que provoca inestabilidad categorial, se revela una tendencia a encontrar nuevos o antiguos términos en función de las perspectivas clasificatorias previas (Grimson, 2022, pág. 74)
Como las cuestiones de estilo antes referenciadas, aquí se re-actualiza el stock de imágenes sarmientina de civilización y barbarie pero esta vez en tono demoniaco e inexpugnable de la cultura política. Antes de ver como auto-percibían el trauma las elites dominantes quiero finalizar con esta idea:
El antifascismo argentino llego a su punto máximo cuando la furia los invadió después del 17 de octubre. La violencia de sus palabras, así como su liberalismo económico, habían convertido el gigantesco movimiento antifascista en una versión muy peculiar: en argentina se produjo una “convergencia perversa” entre el antifascismo, la perspectiva patronal y la civilizatoria (Grimson, 2022, pág. 72)
El concepto de perversidad –tomado del psicoanálisis aunque desde otra perspectiva- da cuenta de un odio patológico a lo “otro radical” percibido como diferente e irracional. La idea de convergencia habilita líneas transversales que van desde lo étnico racial, los valores jerárquicos y las clases sociales. Convergencias que desde el liberalismo clásico discriminador llegan hasta el individualismo autoritario expresado hoy en las derechas alternativas libertarias. Convergencias que une liberalismo con autoritarismo, anti-igualitarismo, anti-pluralismo, auto-denigración nacional y como hemos analizado: antiperonismo. La idea de que el liberalismo es democrático ha quedado descartada por obvios motivos; principalmente porque conecta con una pedagogía de la auto-denigración: habíamos dicho que el desprecio de sí mismo se relacionaba con el hecho de que este país no ha conseguido generar visiones del “nosotros” compartidas por todos. Que era otro modo de decir que las clases altas no habían podido afirmar su hegemonía cultural racista. Y eso por las propias limitaciones de la ideología liberal, por lo inadecuado de sus propuestas y también por el hecho de que poderosos movimientos populares habían conseguido varias veces cuestionar su lugar. La oposición peronismo anti-peronismo fue el canal principal por el que se tramitó las visiones contrapuestas. Estimado lector, no he olvidado la violencia política en Argentina. Esta introducción que llega a su fin tuvo como principal interés recorrer aspectos culturales que hacen a la nación hoy. La invención de las tradiciones hizo referencia a la tradición liberal como la madre que contorneó a las demás haciendo efectivas convergencias que a primera vista no parecía perceptibles. Un ejemplo de ello es el complejo de inferioridad que inocularon las elites argentinas
Los ejercicios de auto-denigración son modos de reclamar al país que sea otra cosa, algo que no es, pero que tampoco está claro que pueda ser. Porque la denigración no apunta a un defecto transitorio que pudiese superarse en el corto plazo, sino a los dones étnicos de la nación, a un defecto más profundo sobre el que se sospecha de que sea incorregible. Como en el siglo XIX es la barbarie que bloquea el camino de la civilización. Es la propia arcilla de la nación –su realidad étnica y cultural-la que impide que la nación florezca. La culpa es de los negros. Las diferencias de clase y étnico-raciales hacen de caja de resonancia: estas visiones no solo tienen lugar entre las élites, buena parte de la población en general las hace suyas (Adamovsky, 2023, pág. 54)
Veamos cómo se decodifica las diferencias de clases en 1945, el modo de apropiación en el discurso racializador de las elites al verse “sitiados” por la turba de negros en la ciudad blanca y cosmopolita de Buenos Aires ¿Cómo percibían el trauma las clases acomodas durante los acontecimientos que escindieron el país? Dos mitades: negros contra blancos. La Argentina es una cuestión de piel. Como replanteamos en nuestro ensayo el antiperonismo nació en 1945, pero estuvo informado por ideas, conceptos, narrativas y ansiedades propias del liberalismo argentino y heredado de etapas muy anteriores. Habíamos dicho que era un sentimiento de odio y desprecio por los sectores considerados inferiores, o mejor, por las clases peligrosas:
La irrupción del movimiento peronista fue inmediatamente interpretada como la reactualización de una amenaza más antigua que supuestamente asechaba a la nación argentina: “la de la democracia turbulenta, la democracia plebeya que venía a poner en riesgo las jerarquías sociales y las instituciones de la República (Adamovsky, 2023, pág. 28)
Repetidamente hemos referenciado la imagen rediviva que había ideado Sarmiento en el Facundo (no voy a perder la oportunidad de escribir algunos pasajes de su obra) y que remitía a un pasado turbulento de guerra civil que se quería dejar definitivamente atrás. Planteado así las cosas. ¿Cómo pudo arraigar una ideología tan racista y discriminatoria en la mentalidad del conjunto de la sociedad? Tengo en mis manos el libro que editó la Universidad de San Martin y que será el comienzo de un trabajo fecundo de un grupo de historiadores sobre historia cultural y política en Argentina. Un aporte académico que invita al debate público sobre estas cuestiones imprescindibles. Preguntas incomodas ¿por qué el liberalismo tiene hoy un papel tan relevante en la cultura política? Y atención a esta idea de Adamovsky porque será clave para entender la proscripción del peronismo de la memoria colectiva. Hacemos referencia al perfil antidemocrático del liberalismo decimonónico que se expresó en líneas históricas hacia delante el acto terrorista más importante del siglo XX: el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955 y luego en la tragedia que eclipsó los últimos treinta años de vida institucional hasta 1983: la proscripción del peronismo. Escribe:
Este tipo de visiones estaban muy marcadas por las memorias y experiencias del pasado argentino. Pero conectaban igualmente con un núcleo filosófico que era el liberalismo. Lo plebeyo aparecía como un peligro para la civilización y para las instituciones. Las masas vociferantes en las calles eran escuchadas como si profiriesen amenazas a la dignidad del individuo. La política y la soberanía popular, en fin, la democracia despertaban sentimientos ambivalentes. Podían ser algo positivo si se enmarcaban dentro de los moldes esperables, si se mantenían dentro de los marcos institucionales, si respetaban las jerarquías sociales. Pero se volvían temibles apenas amenazaban desbordarse. Y el que podía abrir el grifo de desborde era un líder capaz de despertar las bajas pasiones de las masas. Perón fue visualizado así y también lo fue Yrigoyen en su momento. (Adamovsky, 2023, pág. 29)
Bien llego el momento de las denuncias, de los discursos odiadores, racistas y xenófobos de todo el arco político que revelaban esta grieta absurda que ideó Sarmiento para apresarnos en su laberinto. La trampa sarmientina se descubre ni bien cambiamos el eje dicotómico. En lugar del eje racista liberal propusimos un eje inclusivo y popular para dar mayor espesor a una cultura política más plural y democrática.