Los salarios de los países del Centro y de los países periféricos

Los salarios de los países del Centro y de los países periféricos

Regímenes Globalitarios.

Mundialización, ganadores y perdedores.

     Todo el mundo percibe a su alrededor que la coartada de la modernidad sirve para que todos se doblegue al nivel de una estéril uniformidad de un extremo al otro del planeta. Se impone un estilo de vida parecido expandido por los medios de comunicación y prescrito  por la cultura de masas. De La Paz a Uagadugú, de Kioto a San Petersburgo, de Orán a Ámsterdam, las mismas películas, las mismas series televisadas, las mismas informaciones, las mismas canciones, los mismos eslóganes publicitarios, los mismos objetos, la misma ropa, los mismos coches, el mismo urbanismo, la misma arquitectura, el mismo tipo de apartamentos con frecuencia amueblados y decorados de forma idéntica en los barrios acomodados de las grandes ciudades del mundo. El encanto de la diversidad cede ante la fulminante ofensiva de la estandarización, la homogeneización, la uniformización. Por todas partes triunfa la cultura global.

     La velocidad ha hecho estallar la mayor parte de las actividades humanas y singularmente las ligadas a los transportes de la comunicación. Nunca en la historia de la humanidad las prácticas propias de una cultura concreta se impusieron como modelos universales. Modelos que son también políticos y económicos, por ejemplo, la democracia parlamentaria y la economía de mercado admitidas en todas partes como posturas racionales naturales que participan,  de hecho,  en la occidentalización del mundo. En dicho  sistema  se registran ganadores y perdedores.

     La  mundialización se ha visto acentuada por la aceleración de los intercambios comerciales entre naciones. La rapidez de las comunicaciones y su costo cada vez más reducido ha hecho explotar éstos intercambios y multiplicado de forma exponencial los flujos comerciales y financieros. Firmas cada vez más numerosas se proyectan hacia el exterior de sus países de origen y desarrollan ramificaciones en todas direcciones. La inversión directa en el extranjero se incrementa masivamente aumentando tres veces más deprisa que el comercio mundial ( entre Estados Nación)            La velocidad de la mundialización es tanto más rápida  en cuánto que los flujos son cada vez menos materiales y conciernen cada vez a más servicios, datos informáticos, telecomunicaciones, teletrabajo ,  mensajes audiovisuales , internet, etcétera.

     Sin embargo,  después de decenios de consenso sobre el librecambio, la interpretación de los mercados industriales- comerciales y financieros plantea graves problemas de naturaleza política. Numerosos gobiernos enfrentados a la recesión han acabado preguntándose por los beneficios de esta economía global, cuya verdadera lógica comienza  en los años 70, asistiendo a la expansión de empresas multinacionales comparadas entonces con pulpos poseedores de múltiples tentáculos pero dependientes todos de un mismo centro geográficamente localizado dónde se elaboraba la estrategia de conjunto y de dónde partían todos los impulsos.

     Hoy, esto ya no es así. La empresa global de hoy ya no tiene centro, es un organismo sin cuerpo y sin corazón; no es más que una red constituida con diferentes elementos complementarios diseminados a través del planeta y que se articulan unos con otros según una  pura racionalidad económica.  Sus lemas claves son: rentabilidad y productividad. Así una empresa francesa puede financiarse en Suiza, instalar sus centros de investigación en Alemania, comprar sus máquinas en Corea del Sur,  tener sus fábricas en China,  elaborar sus campañas de marketing y publicidad en Italia,  vender a Estados Unidos, y tener sociedades de capital mixto en Polonia, Marruecos o México.

     No solo la nacionalidad de la firma se disuelven en  está loca dispersión, sino también  su propia personalidad, su impronta  (solo importa la rentabilidad).

     Los asalariados (los trabajadores) de los países de origen de la firma son integrados a su pesar en el mercado internacional del trabajo “no en el mercado nacional”.  La nivelación se hace por debajo. Los débiles salarios y la escasa protección social se imponen. Las advertencias de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) no consiguen nada. La empresa global busca a través de la deslocalización y el aumento incesante de la productividad el máximo beneficio; esta obsesión la conduce a producir allí dónde los costos salariales son más débiles y vender allí donde los niveles de vida son más elevados. En el sur,  la deslocalización de las fábricas buscan la explotación de una mano de obra en muy buenas condiciones económicas por ejemplo: la industria automotriz en Brasil, México y Argentina. En el norte automatización, robotización y  una nueva organización del trabajo, llevan consigo despidos masivos qué traumatizan profundamente a las sociedades democráticas desarrolladas, mientras que la destrucción de millones de empleos no se compensa por su creación en otros sectores. La revolución tecnológica y el costo del progreso y la modernización acentúan las diferencias.  Como explica Katz  “hay una tensión en la vida laboral en función de disputar quien domina el contenido teórico sobre el trabajo. También esta tesis dice que el propio desarrollo capitalista incorpora una contradicción en la descalificación sobre el trabajo. Es decir, hay ejemplos de incorporación  de tecnología en la producción que explican formas de productividad creciente asociada con una calificación creciente de una porción de los obreros. No es lo mismo trabajar en una fábrica a principios de siglo XX que trabajar en una fábrica computarizadas  a principio del siglo XXI como se puede apreciar en una fábrica automotriz en estas diferentes épocas. La complejidad tecnológica obliga que una parte de los trabajadores deban transitar por una mejoría en su calificación” (KATZ, 2012) de no hacerlo, quedan totalmente excluidos del sistema.

¿A qué grado de absurdo ha llegado el sistema financiero internacional? Obedece, en primer lugar a cada cual para sí. Nadie arbitra un juego que no se guía por ninguna regla, excepto la del beneficio máximo. A los ojos de todo el mundo esta crisis revela quienes son los nuevos amos de las geofinanzas: los gestores de los fondos de pensiones y de los fondos de inversión. A ellos es a los que, con el lenguaje de los expertos, denominan la prensa económica “los mercados”. Se conocía ya la importancia astronómica de las sumas movilizadas por estos gestores y se preveía que su desplazamiento brutal provocaría algún día importantes estragos se ha comprobado esto en la crisis financiera mundial del año 2008 y nuevamente en la crisis sanitaria que impacta en la economía post 2020. Tal como los grandes bancos dictaban en el silo XIX su posición a numerosos países, o como las empresas multinacionales lo hicieron entre los años sesenta Y ochenta (con un centro específico de poder) , los fondos privados de los mercados financieros tienen en su poder desde ahora el destino de muchos países. Y, en cierta medida la suerte económica del mundo.

      Una economía global, ni el capital ni el trabajo, ni las materias primas, constituyen en sí mismo el factor económico determinante. Lo importante es la relación optima entre estos tres factores (capital trabajo materia prima) para establecer esta relación, la firma trasnacional no tiene en cuenta fronteras ni reglamentaciones nacionales (control estatal alguno), si no únicamente la explotación inteligente que puede hacer de la información, organización del trabajo y la revolución en la gestión. Esto entraña con frecuencia una factura de las solidaridades en el seno de un mismo país cuando llamo explotación inteligente me refiero por ejemplo al ingeniero estadounidense de programas informáticos, ligado a su red mundial mediante ordenadores que depende más de los ingenieros de Kuala Lumpur, de los fabricantes de Taiwán, de los banqueros de Tokio y de Bonn, y de los expertos de ventas y marketing de Paris y Milán, que de los trabajadores que ejercen su actividad rutinaria en una fábrica situada en su misma región. En este sentido es ilustrativo el artículo periodístico de José Luis Cereti  “La realidad siempre se termina imponiendo, y la flexibilización laboral, tan resistida por los sindicatos, pasó por encima de lo que dicen las viejas letras de los convenios colectivos de trabajo.” (Cereti, 2021). En este campo, las firmas globales no se sienten en absoluto implicadas; subcontratan y venden en el mundo entero y reivindican un carácter supranacional que les permite actuar con una gran libertad, puesto que no existen de hecho instituciones internacionales de carácter político, económico o jurídico con capacidad para reglamentar eficazmente su comportamiento.

Desempleo, precariedad y trabajo forzoso.

     Lejos de unificarse, el mercado laboral se fragmento a medida que aumentaban el intercambio comercial y los desplazamiento productivos. Se profundizaron las desigualdades de acceso al empleo y a un salario digno, tanto como entre países ricos y países en vía de desarrollo como dentro de cada nación.

     El mundo del empleo no gira, y el panorama es cada vez más fragmentado. Esto se ve claramente en los niveles de salario; sin contar el trabajo doméstico (realizado mayoritariamente por mujeres y no contabilizado en las estadísticas oficiales) ni en el trabajo informal (difícil de cuantificar a nivel global), la población activa mundial está en ascenso constante, y supera los 3.000 millones de personas.

     La primera característica como conclusión que salta a la vista al contemplas la evolución de los últimos años 2000-2020 es la persistencia de un elevadísimo nivel de desempleo que, según  el Buró  Internacional del Trabajo (BIT), a fines de 2004 alcanzaba a 185 millones de personas. Estas cifras están muy subestimadas, porque existen reales dificultades para censar a todos aquellos que buscan empleos, sobre todo en los países de vía de desarrollo, pero también en los países desarrollados, a causa de las medidas destinas a excluir a los desempleados de las estadísticas. Por ejemplo en Francia 1 de cada 2 desocupados no fue indemnizado; por esta razón , alguno de ellos no llegan a inscribirse en la agencia nacional de empleo ( ANPE)  y por lo tanto no son contabilizados en las estadísticas, tomemos otro ejemplo de países desarrollados: en el Reino Unido, otra parte de quienes demandan empleo fue clasificada en la categoría de discapacitados, cuyo número oficial se multiplico por 4 en 10 años cosas similares suceden en Estados Unidos, Holanda, Dinamarca y también en China e India.

     Se asiste, por otro lado, a la generalización del Workfare: inserción supuesta en un trabajo IMPUESTO. Esas políticas, llamadas de activación, nacidas en Estados Unidos en los años 90¨, obligan al desocupado a acepar cualquier solución que le propongan, cuales quiera sean su formación y sus expectativas: pasantía (que a veces equivale a una capacitación, pero que a menudo consiste en horas de trabajos impagos),  subocupación o incluso un empleo en otra especialidad (siempre mal pago y en parte a cargo del Estado, especialmente en materias de aporte sociales). Asistimos a una nueva categoría: la de trabajadores pobres. Las estadísticas de la desocupación descendieron, pero la cantidad de trabajadores pobres está en ascenso en todas partes: en 2004 comprendieron  entre el 6 y 8 %  de los asalariados de la Europa occidental   más del 10 % de los trabajadores en Estados Unidos un claro ejemplo se ve en la serie de Netflix “Las cosas por limpiar” (Metzler, 2021) una crítica al sistema  de ayuda Norteamericano. La situación en los países en vía de desarrollo es aún peor, ya que unos 550 millones de personas ganan menos de un dólar por día.

     Segunda conclusión: la precariedad y el trabajo a tiempo parcial se ha generalizado. En los países de la OCDE (países altamente industrializados) aumenta el número de asalariados “flexibles”, que carecen de protección social, salarios bajos y que pueden ser despedidos con facilidad. El trabajo a tiempo parcial literalmente estalló, lo que permite a las empresas no pagar los tiempos muertos (espera de clientes, reparación de maquinarias, etc.) los asalariados pagan el costo, sobre todo las mujeres, la categoría más afectada (tres cuartas parte de los casos) quienes en su mayoría querrían trabajar más.

     Tercera y última conclusión: se afianza el trabajo forzoso, es decir, ejecutado bajo la amenaza y la coacción (violencia), incluso en los países ricos. En todo el mundo, lo padecen 12,3 millones de personas y, el BIT, cerca de 8 de cada 10 personas son explotadas por entes privados (extensas explotaciones agrícolas en América Latina, o bien agencias que imponen una “servidumbre por deuda en algunos países asiáticos”). Un sistema feudal donde el trabajo impuesto por el Estado (como en Birmania o Corea del Norte) o por grupos militares (en los conflictos africanos) abarca al 20 % de las víctimas, tanto como la trata humana (con fines sexuales) en este contexto si bien Asia y el Pacifico exhiben  todos los récords en la materia, en Europa y  Estados Unidos (el centro hegemónico)  también se practica esta esclavitud moderna, a pesar de las leyes. Entre las primeras víctimas están los niños: en todo el mundo, casi 1 de cada 4 niños es forzado a trabajar. No faltan indignadas declaraciones pero la realidad no cambia. Debemos tomar las enseñanzas que la Historia explica durante su devenir. Un Estado presente, mercado interno protegido, consumo, pleno empleo, seguridad social, educación pública de excelencia, controles de cambios, una política distributiva, redes de contención horizontal donde el Estado no llega. Una ciudadanía activa capaz de poner coto, es decir, límites al poder. Pensar el mundo es juzgarlo; debemos intentar analizar cómo, después de la pandemia, asistimos a la ruptura civilizacional que Baumann no explicara con el quiebre de la subjetividad en tanto hombres productores y responsables con su ciudadanía. El paso de ser productores a ser consumidores y de ser responsables con el otro a no serlo, es el callejón sin salida que va de lo sólido a lo liquido y fragmentario. Al no existir sustancialidad, los hechos históricos devienen acontecimientos, no inscriptos en una trama histórica inteligible que nos permita actuar sobre ella para poder así, transformarla. Pensar la historia es transformarla

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