De la religión a Rosalía: ¿Dónde buscar contención cuando la fe esta en duda?

De la religión a Rosalía: ¿Dónde buscar contención cuando la fe esta en duda?

Un viaje por Lux, de Rosalía
Por Agustina Prieto

A veces me hace falta un Dios, leí en un artículo, y esa frase me quedó resonando por meses. Es verdad. El mundo va demasiado rápido y, a veces, me hace falta un Dios: un lugar, una ilusión donde buscar respuestas o encontrar contención.

No es que nunca haya tenido contacto con la religión, no es eso. De hecho, tengo la checklist completa del catolicismo apostólico romano: bautismo, confesión, comunión, confirmación… y seguramente, si algún día decidiera casarme, lo haría por Iglesia, más por tradición que por espiritualidad.

Sin embargo, haberme criado con la idea de que existe una fuerza más grande que nosotros es parte de mí, de quien soy. No soy una cristiana practicante. Tengo más dudas que respuestas respecto a la religión, y creo que mi diálogo con Dios se expresa más en la tradición que en una vocación.

Pero, aun sabiendo todo esto, a veces me hace falta un Dios.

Entre el cielo y la tierra

A Rosalía la escucho desde 2018. Me acuerdo de tener en bucle su versión de Catalina. Sabía que iba a sacar un gran álbum, de eso no tenía dudas. Lo que no imaginé fue que me haría reconectar con la fe.

Y no lo digo por todas las referencias e imágenes cristianas que atraviesan Lux, sino porque en su relato Rosalía recuerda que lo divino está en lo terrenal, y lo terrenal en lo divino. Te sube y te baja constantemente entre el cielo y el infierno, entre lo sagrado y lo corrupto.

El álbum arranca con Sexo, Violencia y Llantas, donde plantea el dilema de vivir entre lo divino y lo terrenal. Te interroga: ¿se puede convivir entre los dos? “Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”, canta, y te sumerge en el inicio del viaje. Te anticipa lo que va a contar y te confirma que no hay divinidad sin tierra.

Casi sin corte llega Reliquia, como una estación más de un vía crucis moderno. En lugar de parábolas, Rosalía cuenta su historia de vida. “Pero mi corazón nunca ha sido mío”, dice, y te recuerda que hay una parte de nosotros que no nos pertenece. Me remite a Cerati cuando decía: “Donde todo es parte de mí, y soy parte de todos”. Somos a partir de los otros.

Lo divino en el cuerpo

Y de pronto vuelve a recordarte que este es un viaje entre la tierra y el cielo: empieza a sonar Divinize. “Fruita roja i rodona, qui l’endevina?”, canta, retomando el mito de Adán y Eva. La corporalidad se hace presente. Hay algo de la divinidad que es de nosotros, pero no la controlamos: nos atraviesa. “Outside me. Inside me”, repite. Lo divino está en el cuerpo, nos cruza, pero también está afuera.

El álbum continúa con Porcelana, donde la divinidad se quiebra y aparece el abismo de lo humano. ¿Existe lo divino si no se materializa? Surge el miedo desde lo más profundo: el miedo que nos aleja de lo sagrado, pero que también nos vuelve humanos. “Soy la diva del tigueraje”, dice. No teme al pecado; lo devora crudo.

Después, Mio Cristo Piange Diamanti. Literalmente, se abre el cielo. Es la canción de la empatía. No somos divinos —“Imperfectos, agentes del caos”, canta—, pero la música nos eleva hacia un Dios humano. Es el momento de la epifanía.

Y enseguida llega el golpe. Berghain materializa la tensión entre los dos planos: “Su miedo es mi miedo. Su rabia es mi rabia. Su amor es mi amor. Su sangre es mi sangre”. Lo divino y lo humano se mezclan de nuevo. Es el mito del pecado original: lo terrenal es imperfecto, puede ser oscuro. El nombre de la discoteca no es casual; Berghain es un templo moderno donde lo trascendente se experimenta desde el cuerpo, y la comunidad. En este espacio, en esta oscuridad, la salvación solo es posible a través de la intervención divina.

Lo humano, lo real

Después del cielo y la oscuridad, Rosalía te recuerda que sigue siendo una de nosotros. En La Perla canta sobre el desamor, el dolor y lo difícil del perdón. En Mundo Nuevo y De madruga está enojada, pero coquetea con la ilusión de otro mundo posible.

En Dios Es Un Stalker, el tono cambia. La ironía aparece: ¿y si Dios fuera uno de nosotros? En tiempos de redes, el amor también se vuelve omnipresente. Te enrosco, no te podés escapar de mí, dice. Es un Dios que mira tus fotos de Instagram para enamorarte. Un Dios digital, inmanente, y humano.

Luego llega el cierre emocional. La Yugular presenta el amor como una fuerza arrasadora: rompe las reglas del tiempo y de la física, lo mueve todo. Pero además, introduce la noción del alma desde distintas perspectivas religiosas. Porque el álbum no se limita a la fe cristiana: va más allá, plantea el interrogante del alma como algo común a la humanidad y, al mismo tiempo, propio de cada individuo. Recorre las diversas creencias sobre el alma hasta llegar a afirmar: “Y un continente no cabe en Él (Dios)” , “Él cabe en mi pecho, y mi pecho ocupa su amor”. Es el punto máximo de cercanía con Dios. En este verso, Rosalía retoma la hipótesis inicial: la conexión entre lo divino y lo terrenal. Dios está en mí, porque yo soy parte del todo.

En cambio, Sauvignon Blanc muestra la contracara: el amor sencillo, cotidiano. “A tu lado, mi futuro será dorado.” Ya no hay vértigo, hay paz. Del arrebato al sosiego.

La vida y lo trascendente

En el bloque final llega La Rumba del Perdón. Hay un punto en la vida en que uno entiende que la experiencia de estar vivo se construye con las alegrías, pero también con las tristezas. Esas tristezas vienen muchas veces de lo que no nos dieron, de lo que esperábamos y no pasó, de las traiciones y los desencuentros. De eso habla esta canción.

Y entonces suena Memoria. La más conmovedora. El paso por el mundo debe significar algo, no por lo trascendental, sino porque la vida tenga sentido de ser vivida. Recordar lo vivido casi como si fuera un dogma de vida.

Esa visión se refuerza en Magnolias, e intentar analizarlo con mis palabras seria casi pecado porque ella ya lo explicó muy bien:

“Algún que otro navajazo me he llevado de la vida.
Ella a mí me desarmó y yo le estoy agradecida.
Y lanzad azúcar moreno sobre mi ataúd.
Quedaros despiertos hasta que vuelva otra vez la luz.
Promete que me protegerás,
a mí y a mi nombre en mi ausencia.
Yo, que vengo de las estrellas,
hoy, me convierto en polvo pa’ volver con ellas.”

El sentido de estar vivos

Estaba acostada en la cama. Había decidido escuchar el álbum de un tirón, sin leer letras ni comentarios. Quería sentirlo. Que la música me penetrara, que la experiencia de Lux me atravesara.

Algunos dicen que al terminar de escucharlo tuvieron el impulso de agarrar una Biblia, y es verdad. A mí me llevó a la túnica blanca y la hostia, a los momentos en que me hizo falta un Dios, y a esas noches oscuras en que, con lágrimas en los ojos, recé un Padre Nuestro.

Pero apenas terminó, necesité levantarme. Sentía el pecho apretado, una emoción viva. Quise llamar a mis amigas para saber qué habían sentido ellas.

Y ahí entendí que Lux es un abrazo a la fe, a la vida y al amor; al vivir y al trascender. Que a la vida se la valora y se la festeja. Que si lo divino es el final, entonces tiene que tener sentido por la vida misma.

No da miedo la muerte, porque tuvo sentido la vida en la tierra.
Porque, al fin y al cabo, a todos nos hace falta un Dios.
Porque estamos vivos.


Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *