Vencedores y vencidos

Vencedores y vencidos

Capítulo 3

Por esos días tumultuosos, en la buhardilla, el aire se tornaba cada hora más espeso. Las paredes bajas parecían encorvarse, como si compartieran el abatimiento de quienes se reunían allí. La radio, apoyada en una mesita ratona de madera, lanzaba su voz metálica al cuarto, la tristeza se hacía carne y las miradas lo reflejaban sin disimulo. La radio transmitía que, la Confederación General del Trabajo dictaba su mensaje con solemnidad, como si quisiera contener un país entero con las palabras:

—Ha cesado el fuego entre hermanos. Se antepone la Patria. Se dirige a los compañeros para pedirles y mantener la calma…

Las palabras, repetidas en el aire, caían como gotas de lluvia sobre tierra seca. Nadie respondía.

Fue entonces cuando Nahuel, que siempre hablaba poco, decidió romper el silencio y distraerse de las malas noticias, y contar un poco de su infancia.

No lo hizo de golpe. Primero bajó la mirada, se frotó las manos, y recién después empezó a hablar.:

—Nacimos en la nada. En la miseria de los ranchos donde no había ni siquiera una estadística que dijera cuántos enfermos había, ni una escuela que enseñara a leer los carteles del tranvía. Lo que sí había –y en abundancia– eran vacas gordas y peones flacos. Y él, como su padre, era uno de esos peones.

Desde chico conoció el olor a bosta antes que el olor al pan. Tenía siete u ocho años cuando lo empezaron a mandar “a ayudar” y aprender el oficio, pero todos sabían que ayudar era una palabra elegante y edulcorada para no decir trabajar, y no un trabajo cualquiera, sino el duro trabajo del peon rural. Su tarea era juntar las crías recién nacidas, apartarlas, arrearlas, correr detrás de los terneros que escapaban como sombras. A veces el patrón lo miraba desde lejos, con esos ojos que no distinguían si era un chico o un perro entrenado. Lo único que importaba era que corriera rápido.

Recordaba también el frío. Ese frío que se te mete en los nudillos y te deja las manos como si no fueran tuyas por momentos, y por otros momentos el dolor de los dedos entumecidos quenun niño no debería tener que soportar. —El amanecer en el campo—decía, tiene un silencio que no perdona, si vos no te movés, no te salva nadie. Allí, desde muy temprano, aprendió que la vida valía lo que valían tus músculos. Que si uno se quejaba, siempre había otro dispuesto a ocupar su lugar, y que nadie en la vida se preocupa por el destino de un pobre. Que ellos eran una fauna mas en la pampa salvaje

Y, sin embargo, en medio de esa brutalidad, había pequeñas cosas que lo sostenían: la voz de su madre cantando bajito mientras preparaba un mate amargo; el silbido del viento entre los eucaliptos; el momento en que el sol por fin calentaba la tierra y sentía que, aunque fuera por unos minutos, el mundo dejaba de pegarle tan duro.

Recordaba el día en que su padre lo llevó a la ciudad, al Ministerio de Trabajo, en la calle Perú. Tenía 15 años, era la primera vez que veía tanto mármol junto. Allí, entre la multitud, escuchó a un militar que la gente pobre aclamaba renunciar. Pero también lo oyó pronunciar, con la voz firme y la mirada que parecía señalar el suelo: “Únanse y organícense, así nadie les va a quitar los derechos que en estos tiempos han conseguido”. —Esas palabras resuenan en mi cabeza hasta el día de hoy.

Aquella frase lo marcó para siempre. Porque él también se sentía parte de esos desarrapados que aclamaban a ese militar. Y sintió, de un modo que no podía explicar, que ese hombre hablaba de él y de los suyos, que se dirigía a ellos con cada una de las palabras que pronunciaba. Y que, por primera vez en su vida, alguien veía al peoncito flaco que había sido, ese que madrugaba para que otros durmieran tranquilos, y no se equivocó, porque consiguió en esos años cuarenta un buen empleo en el frigorífico más grande del país, con un buen sueldo, le faltaba solamente poder estudiar algo, que no está de más decirlo, era su sueño, sueño que aún no había podido concretar por la necesidad de ayudar en su casa con sus hermanos más pequeños desde el fallecimiento de su padre hacía pocos años, sueño que ahora se tornaba mucho más difícil.

El silencio luego de la conmovedora historia de Nahuel reinó nuevamente en el lugar, la tristeza y la nostalgia de viejos tiempos se mezcló con la tristeza y desolación actual, un silencio incomodo que se quebró con la voz de David, que lanzó su pregunta como si fuera un reclamo al viento:

—¿Dónde están los compañeros que por todo el país vivaron la candidatura del general, finalmente triunfante? ¿Dónde los que llenaron la Plaza cantando una y otra vez en cada aniversario? ¿Dónde los que levantaron a los heridos y muertos durante el bombardeo del 16, sin temor a la masacre, gritando “¡la vida por Perón!”?

Nadie contestó. La radio volvió a ocupar el espacio.

Sonó la proclama de Lonardi, con una sensación de cuartel y templo:

—Sepan los hermanos trabajadores que comprometemos nuestro honor de soldados en la solemne promesa de que jamás consentiremos que sus derechos sean cercenados…en esta revolución no habrá vencedores ni vencidos

Las palabras parecían buscar consuelo, pero se percibía la grieta, lo prometían los mismos que habían bombardeado.

Frondizi, con tono calculado, declaró después:

—La revolución está históricamente justificada, porque la dictadura no dio otra posibilidad.

Nahuel golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡Qué hijos de puta! —dijo, con una mezcla de bronca y tristeza en la mirada—. Hablan de “dictaduras”, pero ocultan lo que pasó en realidad. No dicen nada del crecimiento del número de estudiantes en las escuelas, de los hijos de los obreros entrando a las universidades, del crecimiento de los sueldos de los trabajadores, de los derechos laborales, de los derechos de los ancianos, de los niños, los asfaltos, que un obrero se pudo ir de vacaciones y conocer el mar por primera vez en su vida, tener una casa, ¡¡mierdas!!

Se quedó callado, y lo que siguió fue más un pensamiento en voz alta que un grito:

—Qué bronca me da toda esta situación, cuanta hipocresía, cuanta impotencia carajo.

Octavio, que siempre parecía traer noticias como un corresponsal del desastre, intervino:

—¿Escucharon hablar de los comandos civiles revolucionarios? —preguntó, como si el nombre mismo trajera consigo un escalofrío—. Son tipos de civiles que se organizaron para la lucha clandestina contra el gobierno hace un año. Estuvieron en la revolución del 16 de septiembre. Francotiradores, saboteadores… tomaron radiodifusoras, hicieron volar cosas. Y ahora están en estos actos de festejo.

—Nosotros deberíamos organizarnos también —murmuró Maxi, pero sin convicción.

Nadie lo contradijo, pero tampoco lo apoyaron. La idea quedó flotando en el aire, como humo. El grupo no tenía ánimo para nada.

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, en una casa con muebles muy antiguos y retratos en las paredes, se reunían otros hombres. El anfitrión era un militar muy cercano a Pedro Eugenio Aramburu —aunque en esta ocasión llevaría otro nombre, como si el anonimato fuera un disfraz apenas disimulado—.

Estaban curas, marinos, civiles. El hombre enviado por el General Aramburu, con la copa en la mano, abrió el debate:

—Señores, tenemos un inesperado instrumento de fuerza. Demasiado interesante, demasiado tentador como para desprendernos de él así nomás. Me refiero a los comandos civiles. Pueden ser nuestra fuerza de choque clandestina, nuestro brazo de intimidación contra la peste peronista, tenemos que ser la cura de esta enfermedad que se llama peronismo, para que vuelva a reinar en la Argentina el orden, el buen gusto, para que estos negros se ubiquen y dejen de atreverse a mirar a los ojos a sus patrones ¿Qué es eso de sentarse a negociar condiciones de trabajo con el Patrón?¿Estamos todos locos acaso?¿Cuándo permitimos que se nos revelen estos negros grasas salidos de quien sabe que alcantarilla? — Las palabras eran pronunciadas con un verdadero desprecio, esos que vienen de adentro, que se sienten en lo más profundo del alma

Se inclinó hacia adelante, como si quisiera subrayar lo que decía:

—En adelante, los golpes de mano de estos jóvenes no tienen que ser contra emisoras o dependencias como lo venían haciendo durante la tiranía. Irán contra los domicilios de los peronistas. Espiarán, delatarán, allanarán, arrestarán, y porque no, si hace falta torturaran.

Un hombre de la marina muy cercano al vicepresidente Almirante Isaac Rojas, sentado en un sillón de cuero, con la mirada atenta a las palabras de su camarada y ambas manos con los dedos entrecruzados a la altura de su pecho, agregó con naturalidad casi burocrática:

—La Nación y La Prensa son nuestros. Deberíamos aprovecharlos también, y a estos jóvenes que mencionás proveerlos de armas y carnés oficiales. Tenemos que hacerlo aunque el presidente Lonardi no esté de acuerdo, de manera clandestina, es un conciliador muy blando para lo que nosotros necesitamos

No había objeciones. Los hombres asintieron en silencio.

Los comandos eran una mezcla peculiar; una parte de aristocracia, otra de clase media y algunos funcionarios públicos. El miembro de comando era un “niño bien” o alguien que suspiraba por serlo, un oligarca por convicción, vocación o simple imitación. Su mística era sencilla; la lucha contra la clase obrera. Contra los “negros”. Veían en ellos la encarnación de todo lo que detestaban; la subversión, el desorden, la incultura, la barbarie. Su ideal era el liberalismo con perfume de distinción jerárquica, pero lo que de verdad los movía era algo más primitivo; un rencor ardiente hacia los trabajadores morochos que venían del interior del pais.

En la Buhardilla Romina entró con una bandeja en las manos. El aroma tibio de los bizcochitos llenó el lugar, como si por un instante se colara la vida cotidiana en medio de tanto desconcierto.

—¿Se quedan a cenar? —preguntó, sonriendo, aunque sus ojos delataban un cansancio que no podía ocultar.

—Sí, se van a quedar —respondió su esposo sin titubear—. Tenemos mucho de qué hablar y necesitamos acompañarnos en estos momentos.

Los bizcochitos crujieron entre los dientes, pero lo que se quebraba, sobre todo, era el silencio. Fue Gerardo quien habló esta vez, como si de golpe una compuerta interna se abriera:

—No nos perdonan que tuviéramos un país en serio, con un Estado que se preocupara por nosotros. Que tuviéramos laburo. Que ganáramos bien. Que nos pusiéramos zapatos, que fuéramos al cine del centro… —hizo una pausa, larga, como si saboreara cada palabra—. No nos perdonaron. Eso era odio al sincero.

Se acomodó en la silla y, mirando a la nada, agregó con un dejo de tristeza:

—Sí, muchas cosas no se hicieron durante estos años. Pero no hubo tiempo. Yo vi con estos ojos —y se señaló la cara— cómo el dueño de una farmacia le pegaba al empleado. Un hombre grande, un bife en medio de la cara. Delante de todos, en plena década infame.

Octavio se inclinó hacia adelante, con un papel arrugado entre los dedos, como si las palabras hubieran salido de ahí:

—Porque lo que buscan estos vendepatria es que el hijo del barrendero muera barrendero. —Alzó el papel—. Estas fueron las palabras del contralmirante Rial, lo leí en el diario.

El murmullo de indignación recorrió la mesa.

Nahuel, que siempre observaba antes de hablar, tomó la palabra con calma, pero cada frase parecía pesar más que la anterior:

—La Marina es antipopular por naturaleza. Pero hay militares del Ejército que son hijos de carboneros. El Ejército tiene más de popular. Muchos de esos soldados entraron defendiendo las ideas de Perón, porque venían de familias humildes o de clase media. Lo habían tenido al coronel Perón como profesor de estrategia militar… y se alegraron, o participaron directamente, de la revolución del ‘43 y después en el ‘45.

Bebió un sorbo de vino, y siguió, más grave:

—La Marina es otra cosa

—La Marina—dijo David—, es un núcleo más pequeño. Son como una familia. Y sobre todo muy unidos. Vienen del sector más alto de la sociedad. Además, no olvidemos que la Marina Argentina siempre tendió a tener lazos con los intereses ingleses y, por ende, con la oligarquía. Todos esos sectores, llegado el momento, se sumaron al ala más liberal del Ejército. Lo demostraron desde el ‘30 en adelante, son el brazo armado de la oligarquía terrateniente, la misma que ahora es enemiga acérrima del gobierno peronista.

El aire se había espesado. Maxi, que se movía inquieto en su silla, lanzó la pregunta como un latigazo:

—¿Y la CGT? ¿No va a hacer nada?

David no tardó en contestar, pero lo hizo con una ironía amarga, casi una confesión:

—Los flamantes dirigentes sindicales descubrieron un mundo nuevo. Un mundo que empieza con la compra de un sombrero Orión. Después, los cigarrillos rubios, por supuesto importados. Luego el automóvil… cuanto más largo, mejor. Y entonces la vida le resulta distinta. La fábrica, lejana. Y nosotros, los obreros, con nuestros problemas diarios, una cosa realmente molesta y distante para ellos.

Bajó la mirada, como si le pesara lo que decía, y terminó con un suspiro resignado:

—Muchachos, no esperemos nada de ellos. Ya hace tiempo que hay un abismo entre el señor dirigente sindical y sus compañeros. Recuerden; últimamente, los trabajadores debían hacer antesala para verlo. Se está formando una elite nueva. Una elite de dirigentes… que no dirigen. Hablaron durante un tiempo más y comenzaron a despedirse para descansar, las horas siguientes auguraban una jornada difícil.

Al día siguiente, en la fábrica donde trabajaban Gerardo y David, se produjo la primera huelga con movilización y un áspero enfrentamiento verbal con los militares. Desde temprano se formaron corrillos en los pasillos, los delegados iban y venían con semblantes tensos, y en el aire se mezclaba el olor a grasa industrial con una electricidad nueva, casi insoportable; la certeza de que algo estaba por romperse.

Se improvisó una gran asamblea en el galpón principal. Los obreros, todavía con las manos manchadas de aceite y los mamelucos abiertos por el calor agobiante e inusual para esos días de septiembre, discutían a los gritos qué hacer frente a los descuentos, las amenazas y la presencia constante de patrullas en la puerta. Algunos pedían cautela; otros, como Gerardo, insistían en que ya no había margen para retroceder. David, más callado, miraba alrededor y entendía que aquello no era sólo una protesta; era una forma de aferrarse a la dignidad.

De pronto, los motores de los camiones militares rugieron a unos metros. Los soldados bajaron formando un cerco alrededor de la fábrica, fusiles en mano. Las expresiones en los rostros de los trabajadores no dejaban lugar a la duda, eran de una transparente preocupación. Sabían que la cárcel los esperaba por la asamblea. Pero lo que ocurrió después desconcertó a todos. Cuando los trabajadores se acercaron, con una mezcla de temor y desafío, descubrieron —no sin asombro— que algunos de esos uniformados eran pibes casi de su misma edad, muchachos que venían de los mismos barrios polvorientos y que, si no fuera por la leva obligatoria, podrían haber sido compañeros de turno.

Uno de ellos, con la voz baja pero firme, dejó escapar una confesión que dejó helado al galpón entero:

—Si nos ordenan disparar… les entregamos las armas a ustedes —dijo, evitando mirar al oficial que caminaba más atrás.

Otro soldado, nervioso, añadió:

—Nos mandan a intimidar, pero nosotros también tenemos familiares que trabajan en fábricas. No somos sus enemigos.

Ese instante suspendido —esa frontera invisible en la que el miedo retrocede y aparece algo parecido a la hermandad— marcó a todos. Fue la primera vez, desde la caída del gobierno, que Gerardo y David sintieron que la resistencia no era sólo cosa de obreros y militantes clandestinos; había grietas dentro del mismo aparato represivo. Y esas grietas, pensaron, podían terminar abriendo una puerta inesperada. El paro de actividades se votó para el día siguiente.

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