Por Lic. Centurión David Ezequiel.
Primera Parte.
| La cultura popular será imposible mientras impere el capitalismo. El intelectual revolucionario es aquel que no concibe el acceso a la cultura como un fin en si mismo ni como un atributo personal, sino como una ventaja que un régimen injusto pone al alcance de unos pocos y solo tiene justificación en cuanto parte de ese conocimiento sea compartido por las masas y contribuya a que estas enriquezcan su conciencia de la realidad en cuanto pueda transformarse en acción revolucionaria. John William Cooke. |
Una verdad de la Microfísica: El Experimentador forma parte del Sistema Experimental.
Seamos claros, este artículo no es inocente, tiene una finalidad, un proyecto político adosado a los hechos históricos. La historia tiene su densidad, su persistencia, su obstinación. Habría que establecer las diferencias y similitudes entre persistencia y obstinación. Las conozco, las analicé, las interpreté, las expondré en mi proyecto. ¿Qué es el peronismo? ¿Una persistencia? ¿Una Obstinación? ¿Puede ser entendida como una filosofía de la Historia?
Me gusta pensar la historia. Establecer líneas históricas, síntesis dialécticas con el pasado y remitirme al presente constantemente. Seamos nuevamente claros: represento la escuela histórica hermenéutica-interpretativa. Cuando Ortega Peña y Eduardo Luís Duhalde escriben “El Asesinato de Dorrego” están estableciendo líneas históricas. La línea Dorrego-Valle representantes del federalismo, cruelmente “asesinados” por el brazo unitario-liberal de Lavalle-Aramburu. Esto es establecer una dialéctica histórica, una metafísica de la historia. Una sucesión de hechos que desencadenan “necesariamente” hacia un fin sobredeterminado. Un hecho sobredeterminado es Timote. No es el azar lo que determina el secuestro y muerte del general Aramburu el 29 de mayo de 1970. Es su sobredeterminación. Algo más. Tampoco es por azar que el libro de Ortega Peña y Duhalde lleve el título “asesinato”. La palabra asesinato es estampada en el rostro de Aramburu por el general Valle en la penitenciaría.
Salvador María del Carril le escribía al general Lavalle en la localidad de Navarro: -“La ley es que una revolución es un juego de azar, en el que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, General, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es mas sensible, habrá perdido usted, la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra y no cortará la cabeza de las restantes; entonces, ¿Qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas fieras?… Nada queda en la Argentina para un hombre de corazón[1]”–
En otra carta el 11 de diciembre de 1828 (Dorrego sería fusilado el día 13) Del Carril le escribe: -“General: Yo tenía y mantengo una fuerte sospecha, de que la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico, y que la victoria es el título más legítimo del poder[2]”- Estas cartas fueron seleccionadas en tiempos muy pasados en que estas cuestiones se discutían con mucha pasión. Fueron publicadas en un libro cuyo título era toda una toma de posición desde la cual sus actores elegían su militancia (¡Caramba! ¡Apareció esa maldita palabra! ¡Y tan pronto! ¡Estamos recién en nuestra Introducción! Durante el desarrollo expondré las casi imperceptibles diferencias entre militancia e historia, como las que existentes entre filosofía y pensamiento). Las citas de Salvador María del Carril es el documento Nº 23 con que acompañan a su pequeño pero denso y brillante libro “El asesinato de Dorrego”, editado por Arturo Peña Lillo en 1973, luego de su primera edición en 1965. El libro está dedicado a Juan José Valle y a Felipe Vallese, “Mártires del Movimiento Nacional Peronista” y está dedicado a Juan José Hernández Arregui. Palpita aquí un dato de una poderosa presición sobre el alma de esa época.
Ortega Peña y Duhalde dedicaba su libro sobre el mártir del federalismo, Dorrego, asesinado por unitarios desalmados, a dos mártires del peronismo; y por si fuera poco, lucidamente (espero no fatigar al lector con mis excesivas adjetivaciones) dedican su libro a Hernández Arregui, también peronista. Escuchemos lo que dice José Pablo Feinmann (el Sartre argentino) –“Esa visión de la historia que palpitaba en las paginas de Ortega Peña, esa dedicatoria al General Valle, el Dorrego de la Libertadora, era un mensaje para los tiempos que corrían. Porque seamos claro: la historia se hacía así, se hacía para develar el pasado y para inteligir el presente. Se hacía para la lucha política, como en verdad se hace siempre, se lo niegue o no[3]”-
Si Ortega Peña se ocupaba de Dorrego era para ocuparse de Valle. La historia (como les horroriza a los académicos) se transforma en política. ¿O ustedes creen que Halperin Donghi hace otra cosa cuando escribe esa frase sobre el año 1956 que -“transcurrió con un rumbo político impreciso”- El andamiaje ideológico con el que trabaja transforma en un punto ciego los fusilamientos de Valle y de José León Suárez. La historia no es inocente. Sino que es política e ideológica. Expresa siempre una verdad: la del que escribe. El historiador está sometido a una ley que Sartre establece en las Cuestiones del Método de su crítica de la Razón Dialéctica: -“el experimentador forma parte del sistema experimental”- Nadie que haya leído con algún rigor a Nietzsche o a Foucault puede ir por ahí abonando a la historiografía como una ciencia de la objetividad. El objeto no existe, existen las interpretaciones sobre él.
Esa interpretación que ofrecía Ortega Peña y Duhalde (que tendrían una revista llamada “militancia”) llevaba a los jóvenes de fines de los sesenta hacia el peronismo. Dorrego, Valle y Felipe Vallese representaban una misma bandera. Dorrego había sido peronista, y las cartas de Salvador María del Carril, que Ortega Peña y Duhalde, feroces investigadores, publican, confirman esa certeza.
Ahora Bien, vuelvo al proyecto inicial del artículo, todavía no lo he explicitado, todavía el lector no sabe el tema que tiene en sus manos. Ante todo, algo que debe ser aclarado. Cuando digo que pensar la historia es establecer líneas históricas, como lo hace la Revolución Libertadora (o más bien podríamos denominarla “Revolución Fusiladora”) al autodenominarse la continuación Mayo-Caseros o Rosas-Perón, no estoy de acuerdo con los planteos que hacen los historiadores hegelianos-marxistas y la concepción de dialéctica que ellos tienen. Walter Benjamín en sus “Tesis de la Filosofía de la Historia” lo ha demostrado claramente (“fue erróneo creer que lo los obreros nadaban a favor de la corriente”) Atención a esto: “No existe la historia de una continuidad sino que hay continuidades en la historia. Hay persistencias en la historia Las tenemos que rastrear, las tenemos que develar (…) No hay acción política que no se establezca sobre el develamiento de una continuidad[4]” hay persistencias, Obstinaciones, que marcan un linealidad, pero no en el sentido de una linealidad necesaria y sobredeterminada como hace Marx creyendo encontrar leyes históricas en la que una clase será la redentora de la humanidad, sino que esas linealidades son transitorias. Pueden ser como pueden no ser. Porque uno de los principios fundamentales de la historia es el azar. Lo inesperable. Lo que nadie imagina. Como la Introducción del Islam en la Historia universal no estando ya en su “connatural pereza oriental” ni “durmiendo su larga siesta” como decía Hegel. A continuación una relectura libre acerca del papel de la filosofía en la historia.
Pensar la Historia es sentir la violencia humana. En el inicio fue la Violencia como partera de la Historia. No imagino una Historia que no esté tramada por el conflicto, el antagonismo y la lucha de clases. La historia humana es la historia de la lucha de clases, es decir, no solo se enfrentan intereses económicos a nivel estructural, sino ante todo y de forma total, la lucha se establece por el control y la primacía de la política. Vamos a pensar en Marx rápidamente y avanzamos al proximo apartado.
Segunda Parte. Marx contra el foquismo
Antes que nada, una disculpa. No voy a entrar en los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844, esa basura ideológica-humanista (según la apreciación de Louis Althusser en su libro Lire le Capital, aparecido en 1965, acompañados de trabajos de Jacques Ranciére y Pierre Macherey, miembros de su equipo de estudios). Voy a ser contundente: Los Escritos Económicos-Filosóficos del 44’ representan –por su valor intrínseco y por sus efectos sobre el debate y la praxis política- un hito fundamental en la historia del pensamiento moderno. Con su publicación, en 1932, toda una generación de intelectuales pudo ver en ellos una alternativa al marxismo de cuño economicista que se había consolidado como tendencia hegemónica a partir de los aportes teóricos como Kautsky, Plejanov o Bujarin. En los Manuscritos Marx, subraya la preeminencia del factor subjetivo en la transformación de la sociedad, la conciencia de clase es, así, condición y resultado del proceso revolucionario. Los pensadores de la Escuela de Frankfort como Karl Korsch (1886-1961) en ‘Marxismo y Filosofía’ y Gyorgy Lukacs (1885-1971) ‘Historia y Conciencia de Clase’, así como también Erich Fromm toman los primeros escritos del joven Marx y elaboran su teoría crítica del Institut Fur Sozialfurchung. Leamos a continuación lo que nos dice Marx:
“Como el aumento de las necesidades y de sus medios produce la falta de necesidad y la falta de medios, lo demuestra el economista político (y el capitalista; hablamos siempre, por cierto, de los hombres de negocio empíricos, cuando nos referimos a los economistas políticos- a su reconocimiento y su existencia científicos) 1- El economista lo demuestra reduciendo la necesidad del trabajador a la conservación más necesaria y más miserable a la vida física y reduciendo su actividad al movimiento mecánico más abstracto; por consiguiente, dice el economista político, el hombre no tiene otra necesidad, ni de la actividad, ni del goce, ya que también a esa vida él la designa como vida y existencia humanas; 2- Calculando la vida (la existencia) mas indigente posible como medida e incluso como medida universal: universal, porque vale para la masa de hombres; el economista político hace del trabajador un ser insensible y sin necesidades, así como convierte su actividad en una abstracción de toda actividad; cada lujo del trabajador le parece a aquel, por lo tanto, reprobable, y todo lo que va mas allá de la abstracta de las necesidades –ya sea el goce pasivo o la expresión de una actividad- le parece un lujo. La economía política, esta ciencia de la riqueza, es, así, al mismo tiempo, la ciencia de la renuncia, de la privación, del ahorro y sería capaz realmente de ahorrarle al hombre incluso la necesidad del aire puro o del movimiento físico. Esta ciencia de la industria maravillosa es, al mismo tiempo, la industria del ascetismo y su verdadero ideal es el avaro ascético, pero usurero, y el esclavo ascético pero productor. Su ideal moral es el trabajador que lleva a la caja de ahorro una parte de su salario, y la economía política encontró para esta ocurrencia suya, incluso un arte servil. Esto se llevó al teatro de manera sentimental. Ella es, por eso –a pesar de su apariencia mundana y lujuriosa- una ciencia realmente moral, la más moral de las ciencias. La autorrenuncia, la renuncia a la vida y a todas las necesidades humanas, es su tesis principal. Cuanto menos comes, bebes, compras libros, vas al teatro, a bailar, al restaurante, piensas, amas, teorizas, cantas, pintas, compones versos, etc, tanto más ahorras, tanto más grande será tu tesoro, al que ni la polilla ni el polvo devoran, tu capital. Cuanto menos eres, cuanto menos expresas tu vida, tanto más tienes, tanto más grande es tu vida enajenada, tanto más acumulas de tu ser alienado. Todo lo que la economía te quita de vida y de humanidad, todo eso te lo remplaza con dinero y riqueza, y todo lo que tú no puedes, lo puede tu dinero: él puede comer, beber, ir al baile, al teatro, conoce el arte, la erudición, las rarezas históricas, el poder político (…) él puede viajar, puede darte todo esto, puede comprar todo eso, él es la verdadera capacidad. Pero el dinero, como quiera que sea, no puede crear otra cosa que a sí mismo, comprarse a sí mismo, ya que todo lo otro es, por cierto, su siervo, y si yo poseo al señor, tengo al siervo, y no necesito a este. Todas las pasiones y todas las actividades deben, por consiguiente, hundirse en la codicia. El trabajador solo puede tener tanto como para desear vivir, y solo puede desear vivir para tener”[1]
El texto es formidable. Representa el momento más altos de los Manuscritos. Althusser, quien cae en un positivismo anti-humanista, distingue precisamente entre un Marx ideológico y un Marx científico. El Marx ideológico será el joven Marx y la expresión acabada de ese extravío será los Manuscritos Económicos-Filosóficos del 44’. La cumbre del Marx científico será, adivinaron, El Capital. Siempre que un marxista venga a hablarles de la <ciencia> de Marx, desvíen su camino. La cuestión es embestir contra el humanismo y poner a la estructura en la centralidad. Todo se decide en la estructura. No voy a entrar en la deconstrucción de Louis Althusser y su anti-humanismo. Un libro interesante de él es Lenin y la Filosofía. Todo esto, como he dicho anteriormente, proviene de la carta sobre el humanismo de Heidegger como respuesta a la conferencia ‘El Existencialismo es un Humanismo’ de Sartre. Heidegger saca al hombre de la centralidad y pone allí al lenguaje. ‘El hombre ah olvidado al Ser y se ha consagrado al dominio de los entes’ sigue ‘El Ser se ha retirado ocupando la morada del lenguaje. El hombre se convierte en el pastor del Ser’ Estos Kitsch pastoriles tienen como finalidad sacar al hombre de la centralidad donde lo había puesto Descartes. Todo esto lo ha analizado Jose Pablo Feinmann en La filosofía y el barro de la Historia.
Teoria Francesa: Matar al hombre y remplazarlo por un nuevo Dios: el lenguaje
Estas fórmulas -que Habermas califica como protosacras- tendrán una profunda influencia en la ideología francesa, sobre todo al expresarse, de un modo más que contundente en la, cómo no, espectacular fórmula de Foucault ‘El hombre ha muerto’. A esto lo analiza Michael Foucault en su libro ‘Las Palabras y las Cosas’, sobre todo en el pasaje que analiza el cuadro de Velázquez, Las meninas. Aquí fue muy fríamente recibido ese libro dado que en 1967, 1968 y 1969 a los militantes de la izquierda peronista les interesaba más la praxis revolucionaria (como El Hombre Rebelde de Albert Camus) y les atraía infinitamente más la propuesta guevariana del hombre nuevo que la propuesta del nuevo príncipe de la filosofía francesa del hombre muerto. ¡Gente! Las palabras tienen su peso. Que en la Argentina vengan a hablar de la muerte del hombre cuando restaban un par de años para la matanza de Trelew y apenas unos años más para la dictadura de Videla deviene un aroma algo macabro ¿no? Recién Foucault entra con Vigilar y Castigar. Era razonable: Ese excelente trabajo sobre las prisiones hundía sus raíces en un pueblo en prisión. (Recomiendo, aunque no lo trate en mi investigación, la fervorosa lectura de los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844. Se puede lidiar con ellos y más que bien. Su lectura es un placer). Tomemos esa frase: “La crítica del cielo se transforma así en crítica de la tierra”. Es aquí, en este mundo profano, terrenal y pavorosamente injusto donde el joven Marx propone dar la lucha. La lucha se llama crítica. ¿Qué es la crítica? Creo que los propósitos del joven Marx se ciñen a instrumentar el conocimiento como de-velador de sustancial. La crítica es el relevamiento de la ignominia. Escribe Marx: “La crítica no es una pasión de la cabeza sino la cabeza de la pasión[1]”. La pasión de la cabeza se pone al frente de la pasión. La pasión de la cabeza se transforma en cabeza de la pasión. Hemos descubierto (desde la pasión de la cabeza) la ignominia. Ahora esa cabeza, que sabe eso, se pone como cabeza de esa pasión. ¿Qué es esta pasión? “No es un bisturí, es un arma[2]”. La pasión no puede ser un bisturí.
Bisturí: Frialdad, exactitud, verificación, operación aséptica.
Sigue Marx: “Su objeto es su enemigo, a quien no quiere refutar, sino aniquilar[3]”.
Arma: Pasión, pathos de la indignación, señalamiento del objeto enemigo, la relación con ese objeto no es gnoseológica, no busca refutarlo, su refutación no le interesa porque no le reconoce legitimidad, solo desea destruirlo.
La frase de Marx acerca del objeto es revolucionaria en la historia de la filosofía. Para Marx, el objeto (no olvidar esto: el objeto de conocimiento será el sistema de producción capitalista) es su enemigo. Su relación con él no se da en el plano de las ideas (refutarlo) sino en el de la acción: destruirlo. De aquí que la crítica no sea un fin en sí misma. Es central, sí. Hay que conocer aquello que se desea destruir; sino, no sabríamos qué es. Pero, al revelarnos la crítica cual es el objeto al que nuestra praxis habrá de cuestionar materialmente, está actuando como un medio (la crítica), el fin es la acción revolucionaria.
Escribe Marx: “La crítica no se presenta ya como un fin en sí mismo, sino únicamente como un medio. Su pathos esencial es la indignación, su labor esencial es la denuncia[4]” ¿Dónde está el pathos de la indignación? ¿Por qué se oculta tanto? ¿Por qué hoy, los seres humanos tan escasamente se indignan ante el dolor, la vejación, la tortura, el hambre? Preguntas incómodas: ¿Dónde estuvo el pathos de la indignación durante la década del noventa? ¿Por qué se aceptó todo tan pasivamente? La crítica tiene que incomodar. De aquí que Marx diga: Su labor esencial es la denuncia. Pero la crítica puede hacer su tarea, pude denunciar cuanto quiera, y nada habrá de alcanzar. Son siempre los hombres, los sujetos concretos de la historia los que deben decir basta. Hasta aquí se llegó. Hagamos algo. Qué. En principio lo que hace la crítica: la denuncia. Luego, hagamos nuestro el pathos que reclama la crítica: la indignación.
Las Armas de la Crítica y las Críticas de las Armas.
Sigue el joven filósofo de la izquierda hegeliana con sus veinticinco años a cuestas y toda su lucidez y toda su pasión. “Hay que hacer la opresión real aun mas opresiva, agregándole la conciencia de la opresión, hay que hacer la ignominia mas ignominiosa, publicándola[5]”. Sabe, Marx, que la crítica de la filosofía especulativa de derecho “No se agota en si misma[6]”. La crítica se resuelve en la práctica. Todas las tareas de la crítica deben conducir a la práctica. ¿Queda claro? Y habrá, aquí, de escribir frases que serán célebres, acaso olvidadas hoy entre tanta hojarasca que se ha echado sobre el genio de Tréveris para sofocarlo, para congelar su pathos. Escribe Marx y ¡atención! Esto es clave para la investigación: “El arma de la crítica no puede remplazar a la crítica de las armas; la fuerza material debe ser abatida por la fuerza material; pero también la teoría se transforma en fuerza material en cuanto se apodera de las masas[7]” Bien, entramos en mi hipótesis de conflicto. La teoría se vuelve fuerza material cuando de apropia de las masas. La crítica, como arma, desnuda una situación de extrema injusticia ( la venta del frigorífico a los grandes ganaderos de la CAP, por ejemplo) una situación de expoliación de clase. Esto lo hace la crítica con sus armas. Pero no son estas armas, la del conocimiento-desemascarador, las que habrán de batir a esa contundente fuerza material ( 22 ómnibus cargados con agentes de policías. Carros de asalto de la Guardia de Infantería, camiones de bomberos, patrulleros, cuatro tanques Sherman del Regimiento de Granaderos a Caballo y varios jeeps con soldados provistos de ametralladoras, estos últimos al mando del teniente coronel Alejandro Cáceres Monié. Eran cerca de 2000 hombres[8]) que representa al capitalismo más reaccionario. Estado: represión policial. Iglesia: represión espiritual. La fuerza material del capitalismo debe ser abatida también por otra fuerza material. Pero esta fuerza material solo lo es en cuanto se apodera de las masas. ¡Qué poco y mal habían leído a Marx, los que, pretendiendo asumir la representación del proletariado urbano peronista, eligieron la violencia de las vanguardias! (y esto es Jose Pablo Feinmann. Sigo libremente su libro La sangre derramada) No hay tal cosa para Marx. Su idea de la violencia es la de la Comuna de París. Sino, no hay violencia revolucionaria. Sin masas, la violencia pierde legitimidad. ¿Está claro? Jamás asoma en Marx la idea de Guerrilla o foco insurreccional. ¿Por qué se elogio, en los setenta, al peronismo como posible sujeto de un movimiento insurreccional? Por su poderío de masas. Ahí había que permanecer. Si se contaba con las masas peronistas era con ellas que la violencia debía caminar para legitimarse. Sin ellas, iluminismo, foquismo, vanguardia, militarización, ilegitimidad. Sé que solo los convencidos aceptarán este razonamiento. Los otros dirán lo mismo de siempre. Pero particularmente no termino de entender por qué si el proyecto implicaba a las masas peronistas, hubo que continuarlo, en soledad, cuando estas iniciaron su claro, indiscutible movimiento de reflujo. Los argumentos de Rodolfo Walsh giraron sobre este eje. Era a Marx a Quien se estaba refiriendo. La violencia solo tiene su legitimación cuando se encarna en las masas-segunda hipótesis de conflicto– contra un sistema de miseria planificada. Cuando no hay masas, cuando las masas se han retirado, la violencia gira en el vacío, enloquece y se pierde. Es posible que la vanguardia violenta invoque una y otra vez a un pueblo que no conoce. En cierto momento se hartará de él y decidirá actuar en soledad. ¿Conocían las guerrillas argentinas al pueblo peronista? Pongamos aquí la siguiente (y riquísima) cita de Marx: “La teoría logra realizarse en un pueblo solo en la medida en que es realización de sus propias necesidades[9]”. Tercera hipótesis de trabajo. Nunca terminaremos de reflexionar sobre estos temas. De todos modos si Marx, como filósofo de la modernidad, fijó tan lucidamente la unión entre masas y fuerza material, esa arista de nuestro debate debe seguirlo, pues si la modernidad fue la época de las revoluciones, lo fue por la unión entre masas y dirigentes, entre vanguardia y base material. Estamos trabajando no con una, sino con tres premisas. Las tres involucran a la violencia el foco insurreccional y las masas.
Apuntes libres de un aficionado por la historia de las ideas…
[1] Ibid., pág 15.
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Ibid ., Pág 17.
[6] Ibid., Pág 30.
[7] Idem.
[8] Ernesto José Salas. La huelga….. Ob cit. Pág. 32.
[9] Marx Crítica a la filosofía del derecho de Hegel. Ob cit. Pág. 34.
[1] Karl Marx Escritos Económicos-Filosóficos de 1844. Editorial Colihue-Clásica, Buenos Aires, 2006. Pág. 160.
[2] Karl Marx. Crítica de la Filosofía de Derecho de Hegel, Ediciones Nuevas, Buenos Aires. 1965. Pág 7. Esta vieja edición trae notas de Rodolfo Mondolfo. Plaza Italia es una reliquia de libros antiquísimos. Este trabajo de Marx no debe confundirse con otro que no terminó y fue publicado póstumamente en 1927 bajo el título de Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel.
[3] Ibid., Pág. 11.
[1], El asesinato de Dorrego, Peña Lillo Editor, 1973, p118 cita las cartas de Salvador María del Carril.
[2] Ítem
[3] José Pablo Feinmann. Peronismo. Filosofía Política de una Persistencia Argentina. Pág. 325. Voy a apoyarme excesivamente en este libro ya que me parece indispensable. También en Tulio Halperin Donghi y en el excelente libro de Norberto Galasso: Perón. Desde ellos me lanzo a escribir desaforadamente. Espero no aburrir.
[4] JP Feinmann. La Filosofía y el Barro de la Historia. Edit. Planeta 2009.