De la comunidad organizada al desamparo neoliberal: escasez y deriva autoritaria

De la comunidad organizada al desamparo neoliberal: escasez y deriva autoritaria


Por Claudio Altisen
16/12/2025

Introducción: La economía como dispositivo de control subjetivo
“La economía es el método.
La finalidad es cambiar el corazón y el alma”
Margaret Thatcher.

En los claustros universitarios y en los programas televisivos se repite, con la insistencia de una jaculatoria religiosa, la definición canónica del economista británico Lionel Robbins: “la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos”. Esta sentencia ha logrado colonizar el sentido común, instaurando el dogma de que la economía es, por definición ontológica, la administración de la escasez.

Sin embargo, definir una disciplina social únicamente desde la carencia no es un acto neutral; es una operación política de alto impacto en la formación de subjetividades. Al anclar el edificio económico en la lógica de la supervivencia, se nos obliga a pensar en términos de restricción, de recorte y de fatalidad. Bajo el prisma del ajuste permanente, el ciudadano deviene un competidor por las sobras y la política se reduce a una triste contabilidad de la miseria.

Este artículo propone desarmar esa premisa para entenderla no como una realidad física, sino como una herramienta de dominación en la fase actual del capitalismo: el Tecnofeudalismo, según la conceptualización del economista greco-australiano Yanis Varoufakis.

En este escenario, el problema central deja de ser la producción de bienes y pasa a ser la captura de la atención y la modificación de la conducta humana. La pregunta urgente ya no es solo «cómo administrar lo poco que tenemos», sino cómo resistir a un sistema que gestiona nuestros afectos para empujarnos a dar por aceptables las actuales derivas autoritarias y cuasi-dictatoriales, cada vez más y más alejadas, paso a paso, de la convivencia democrática.

¿Qué pasa si invertimos la premisa? ¿Y si pensamos la economía como la administración de las posibilidades? Cambiar el foco de la escasez a la posibilidad es un acto profundamente filosófico y político. Una verdadera Economía Política no debería ser la gestión del «no se puede» porque «no hay» (plata), sino la arquitectura de las condiciones para que la potencia humana se despliegue. Por eso ¿y si dejamos de pensar en cómo administrar la fatalidad y volvemos a pensar en administrar el futuro?

1.- La falacia antropológica: Del deseo a la inyección de goce

Los tecnócratas del mercado sostienen el dogma de la escasez apoyándose en una premisa que presentan como natural: «los recursos son limitados, pero los deseos humanos son ilimitados». Esta afirmación esconde una trampa conceptual que el psicoanálisis está obligado a denunciar.

Lo que el discurso neoliberal llama «deseo ilimitado» no es, en rigor, deseo. Es goce (jouissance). La distinción es estructural. Desde la perspectiva de Jacques Lacan, el deseo se articula en la falta. Es metonímico, requiere tiempo y pausa, y se desplaza gracias a un límite simbólico (la Ley) que le da orientación dentro del escenario de la vida social. Es decir que el deseo nos humaniza y nos permite, generación tras generación, deconstruir y reconstruir el lazo social, porque nos hace salir del encierro en nosotros mismos, del empantanamiento en el “yo”, para buscar nuevas conexiones en el campo del Otro. Poniendo así al Otro en función; esto es, registrando la alteridad gracias a lo cual mi semejante existe y cuenta… permitiendo así asumir posiciones éticas y políticas.  

Por el contrario, el neoliberalismo actual, potenciado por la tecnología digital, le habla a la pulsión, no al deseo. Por ese camino discursivo, al postular un sujeto insaciable en tanto que irrestricto, confunde el deseo con la voracidad del superyó consumista. El imperativo de la época no es «desea» apalabrando tus goces en la interacción con los demás, sino «¡goza!» sin miramientos para con los otros, sin límites, sin fisuras. Goza de modo “indivisible” (in-divi-dúo). Es el mandato de rellenar el vacío existencial con objetos de consumo o experiencias inmediatas que refuerzan el egocentrismo. Así, al postular un sujeto cruel y constitutivamente insaciable en términos absolutos, se invoca la escasez para justificar la penuria de muchos en beneficio de la acumulación de unos pocos. Esto en una suerte de “estado de naturaleza” incuestionablemente regido por la impersonal “ley de mercado” (prácticamente divinizada, como si se tratara de una religión del “orden espontáneo”), ya sin comunidad ni mucho menos organizada en torno a su quehacer con el desacuerdo original. De ahí que, citando al economista austríaco Friedrich Hayek, califiquen como “fatal arrogancia” a cualquier intento comunitario de organización de la vida económica.

Esta operación produce un tipo de subjetividad específica: un sujeto frágil, intolerante a la frustración, explosivamente inmediatista y, paradójicamente, angustiado. Un sujeto fácil, por irreflexivo, para ser manipulado por los vientos de opinión, siempre palanqueado con la indignación y la sospecha.

2.- Tecnofeudalismo: La nube como nuevo feudo

Aquí es donde el análisis de Yanis Varoufakis nos aporta un punto a considerar. Varoufakis sostiene que el capitalismo tradicional ha mutado. Ya no estamos en un mercado donde compradores y vendedores interactúan libremente. Hemos entrado en el Tecnofeudalismo.

En este sistema, los mercados han sido reemplazados por plataformas digitales (feudos en la nube: Amazon, Google, Meta, X). Los dueños de estas plataformas no son meros capitalistas que buscan beneficios produciendo cosas; son señores feudales que extraen una renta de todo lo que ocurre en sus dominios. Nosotros, los usuarios, somos los «siervos de la nube» (cloud serfs): trabajamos gratis produciendo datos, contenido y atención que ellos monetizan.

En el Tecnofeudalismo, la escasez se fabrica artificialmente. Aunque la reproducibilidad digital permitiría una abundancia de conocimiento y cultura (costo marginal cero), los «Tecnoseñores» cercan el “procomún” (la riqueza de propiedad comunitaria) mediante algoritmos y derechos de propiedad intelectual, creando una escasez artificial para justificar la extracción de rentas.

Esta estructura económica tiene un correlato político directo: la antipolítica.

El algoritmo no negocia, ejecuta. La plataforma no es una plaza pública (ágora), es un espacio privado (excluyente) orientado a la vigilancia y al moldeado de conductas.

3.- La manipulación de las masas y la deriva autoritaria

La formación de subjetividades en el Tecnofeudalismo no es inocente. Los algoritmos están diseñados para maximizar el «tiempo en pantalla», y se ha demostrado que nada retiene más la atención que el odio, la indignación y el miedo.

El discurso del capital, en su alianza con las nuevas ultraderechas, opera manipulando lo que Lacan llamaba las pasiones del ser. Al bombardear al sujeto con estímulos que apelan a su inseguridad y a su goce escópico, se desactiva el pensamiento crítico.

Aquí radica el éxito de las ultraderechas cuasi-dictatoriales en auge. Estos movimientos no ofrecen soluciones políticas complejas (que requieren tiempo y negociación, es decir, administración de posibilidades); ofrecen una salida pulsional inmediata:

  1. Identificación con un líder obsceno: Figuras que se presentan como el «padre de la horda» freudiano, aquel que no está sometido a la ley y que «goza» sin límites (insulta, rompe, destruye).
  1. Segregación del diferente: Se canaliza la frustración de la escasez hacia un chivo expiatorio (el inmigrante, la feminista, el comunista, el Estado).

El Tecnofeudalismo provee la infraestructura (las redes sociales y sus algoritmos de polarización) para que estos discursos prendan fuego en la pradera social. La manipulación ya no es solo propaganda ideológica tradicional; es una modulación psicopolítica de los afectos. Se manipula la angustia para convertirla en odio.

4.- El desafío comunicacional para el campo popular

Este escenario plantea un desafío monumental para los discursos opositores, de corte popular y progresistas o incluso de izquierda.

¿Cómo se combate políticamente a un sistema que no opera en el registro de la razón, sino en el de la tripa y el nervio?

El problema de los discursos tradicionales de la «comunidad organizada» o el Estado de Bienestar es que a menudo siguen hablándole a un ciudadano racional ilustrado que ya no existe (o que está momentáneamente eclipsado por el consumidor dopaminérgico).

Mientras el neoliberalismo autoritario ofrece un goce narcicínico («rompamos todo», «que explote»), el progresismo a menudo ofrece administración de la austeridad «con rostro humano».

Por eso los desalmados tecnócratas, embanderados con los violentos ultraderechistas, los rancios conservadores y los crueles anarcocapitalistas parecen estar ganando la batalla por la hegemonía discursiva. Ante esto, el peronismo, por ejemplo, parece haber perdido de vista que no nació para administrar demandas. El peronismo fundacional convocaba ciudadanos, mientras que parte del peronismo actual parece conformarse administrando consumidores. Perón ya lo había advertido en 1954: “El pueblo no se gobierna con planes, sino con ideales”. En aquel discurso de clausura del año lectivo de la Escuela Superior Peronista, Perón hizo un llamado a la militancia a ser maestros y conductores, enfatizando la importancia de educar a la masa y encuadrarla en la doctrina peronista.

Hoy en día, para enfrentar la deriva autoritaria, no basta con desmentir las fake news (dato contra relato). Es necesario disputar el sentido…

El desafío es cómo construir una erótica de la política y de lo común. Cómo hacer deseable la solidaridad frente a la soledad del individualismo. Cómo mostrar que la verdadera libertad no es la del átomo suelto en el vacío del mercado, sino la potencia que da la pertenencia a una comunidad.

5.- De la administración de las cosas al gobierno de los sujetos

El objetivo final del discurso tecnocrático y neoliberal es, como advirtió Lacan, que la «gestión de las cosas» reemplace al «gobierno de los sujetos». Buscan una sociedad sin política, administrada por algoritmos que aseguren la renta de los señores tecnofeudales, mientras las masas son entretenidas o reprimidas según convenga.

El implacable y furibundo ataque a los cuerpos sociales intermedios (sindicatos, cooperativas, escuelas, universidades, asociaciones civiles) es vital para ellos, porque estas organizaciones son las únicas capaces de reintroducir la Ley Simbólica frente al capricho del mercado. Son las únicas que pueden transformar la masa manipulable en pueblo organizado.

Una economía humana debe asumir límites al goce del Uno (la acumulación concentrada y la renta tecnofeudal) para habilitar el singular deseo de Todos. La batalla no es técnica, es profundamente política y cultural. Se trata de frenar la conversión del ciudadano en siervo digital y recuperar la capacidad de decidir, colectivamente, nuestro futuro, antes de que la tan cacareada «administración de la escasez» termine administrando nuestra propia extinción democrática.

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