Tradiciones políticas en Argentina:Cuestión de Piel.

Tradiciones políticas en Argentina:Cuestión de Piel.

El Fracaso del «nosotros».

La Argentina es un país que tiene cinco grandes tradiciones políticas: existe una tradición política democrática que comienza con Hipólito Yrigoyen y se prolonga en ciertos partidos políticos. Existe una tradición política populista-democrática que encuentra su expresión más completa en Juan Perón; existe una tradición política de izquierda que, desde fines del siglo XIX, recorre la historia de diferentes corrientes sindicales y encuentra cierta representación en términos políticos-partidarios; existe una tradición política liberal que marca el nacimiento del país como República moderna. Existe también una tradición política autoritaria que desde 1930 ha marcado profundamente al país. Los avatares de la imagen “civilización o barbarie” atraviesan de manera diferente estas distintas tradiciones políticas. Más claro: la historia particular de los empleos y funciones de esta imagen ha dado forma a la tradición política liberal, puesto que ella se instaló como imagen fundacional en el dispositivo simbólico de la ideología liberal. Ella ha marcado igualmente la tradición democrática, cuestionando la posibilidad de la sola legitimación por la vía del sufragio universal.

Ella influyó doblemente en la tradición populista, a través de la proyección del fantasma de la barbarie vista en el peligro del desborde del cuadro democrático, pero también a través de la asociación de dos ejes, a saber, el de una barbarie revalorizada históricamente en función del desarrollo del pueblo-nación. Ella ha atravesado desde sus orígenes la tradición política de izquierda, a través de las críticas a la “política criolla” y a las sucesivas declinaciones de la barbarie autóctona. Por último, de manera más amplia, ella se insertó en la tradición política autoritaria, asociada a valores tradicionales y jerárquicos identificados con la Iglesia y el Ejército, estableciendo un puente entre esta última y la tradición política liberal-conservadora. (Svampa, 1994, pág. 9)   

Dentro de este encuadre general podemos interpelar las distintas maneras en las cuales nos hemos imaginado como nación; la invención de la Argentina moderna dependerá del punto de partida que adoptemos. La crítica a las tradiciones políticas en argentina implicará un proceso constante de resignificación social de la imagen sarmientina que valorice los momentos de alta y baja intensidad de la dicotomía. En esta economía simbólica de pares sin solución de continuidad se teje el gran dilema que abren distintas trincheras, a saber: la lógica de la civilización versus la democracia representativa. El ethos liberal de la Argentina moderna atraviesa las diferentes tradiciones con su lógica excluyente. La tradición democrática y nacional-populista es cuestionada en tanto desborde del sufragio universal y además, como barbarie residual; Ha influido en la tradición de izquierda, visión aristocrática y positivista de los “males latinoamericanos” de la política criolla (el caudillismo) que veían en el radicalismo y posteriormente el peronismo los factores del atraso argentino. El Partido Socialista no pudo desprenderse de la matriz originaria de lectura que conjugaba y sintetizaba la herencia del socialismo decimonónico con la del positivismo liberal: las masas eran ignorantes y no conocían la teoría revolucionaria, debido a ello se encontraban en “disponibilidad” para la demagogia, mezcla de barbarie y caudillismo. La nueva trinchera para la izquierda transitaba por socialismo o barbarie.

En la Argentina, los primeros ideólogos del socialismo marxista, y luego los comunistas, se guiaron por una interpretación histórica no muy diferente a la del liberalismo positivista, que despreciaba a las masas autóctonas y postulaba la europeización del país. José Ingenieros reformuló la dicotomía “civilización y barbarie” de Sarmiento en términos de “capitalismo versus feudalismo”, un esquema según el cual los caudillos federales encarnaban el atraso feudal, mientras que el unitarismo rivadaviano, los liberales de la “organización nacional” y la generación del 80 habían sido los impulsores del progreso capitalista. El marxismo reformista del Partido Socialista orientado por Juan B. Justo defendía el librecambio y veía como un factor de avance la penetración del capital extranjero. La base social de los socialistas y comunistas estaba compuesta en gran número por obreros inmigrantes, y su dependencia del liberalismo y el progresismo europeo les condujeron a juzgar el nacionalismo populista de Yrigoyen como una perversión de la “política criolla” o a tacharlo de “fascistizante” (Hugo Biagini, Roig Arturo, 2006., pág. 117)

La izquierda argentina fue racista, compartió junto con el liberalismo, los mismos prejuicios raciales y aristocráticos con que las elites denigraban a las clases plebeyas. El sentido positivista de la imagen sarmientina no presentaba mayores alteraciones: el menosprecio hacia los nativos sigue vigente; lo popular (sufragio) es asociado a lo indígena (lo nativo), y ambos reducidos al nivel de lo “inconsciente”, entendido como el dominio de lo irracional. Estaríamos hablando entonces de un discurso fuertemente excluyente que –desde lo “racional”- atravesaba a todo el campo de la izquierda política y arremetía contra la política criolla encarnada en las masas y el liderazgo demagógico. Aún más, dicha visión –infiere Svampa- introyectaba la dicotomía sarmientina dentro de la división ya existente desde el punto de vista estructural: si los obreros organizados (y su expresión política, en este caso, el Partido Socialista) constituían un factor de progreso y civilización, su contracara, más que el capital extranjero –que contribuía a la modernización de la sociedad Argentina, y con ello, a la agudización de los conflictos de clase- era representada por las prácticas políticas de una oligarquía que encontraba sustento en las masas ignorantes. (Svampa, 1994) Para la izquierda tanto la oligarquía como las masas populares eran iletradas; un obstáculo para el avance del progreso social que llevaría adelante el proletariado “consiente”. El discurso que efectivizaba la izquierda política era la expresión más pura y manifiesta del tópico liberal sarmientino quien veía en la barbarie un estorbo para el despegue del Estado moderno. Como en la cita anterior, a fines del siglo XIX, la barbarie era tanto atribuida a los oligarcas como a las masas criollas; pero si bajo la republica conservadora el primer componente (oligarcas) era el principio determinante del régimen político, en la época yrigoyenista será el segundo (la masa ignorante) el que caracterizará la demagogia y el sistema caudillista radical: ambos, eslabones de una misma cadena, era la tan denostada política criolla. Rodolfo Puiggrós decía

Izquierda y derechas competían en resucitar la vieja polémica entre civilización y barbarie. En el yrigoyenismo descubrían la barbarie de otros tiempos rediviva, pues al desarrollarse como movimiento de masas entraba en contradicción con el orden común, es decir con la superestructura liberal que había organizado la república. No se ubicaban en el proceso histórico nacional: los conservadores seguían aferrados a las tesis alberdianas de civilizar el país con trasplantes de capitales e inmigrantes europeos, y los socialistas, además de declararse también continuadores de Alberdi, se guiaban por la política del reformismo izquierdista del mundo occidental. Yrigoyen era para unos y para otros una aberración o prueba de la inmadurez mental del pueblo argentino (Puiggros, 1956, pág. 81)

La izquierda, es hora de decirlo, atacó al Yrigoyenismo por considerarlo el avatar de la barbarie argentina, la prueba de que el caudillismo no había muerto, la lacra de la denostada política criolla. (Puiggrós, 1969, págs. 57-69) . Podemos ver que la tradición de izquierda elaboró una invectiva política hacia los movimientos de masas con un fuerte sesgo anti-democrático y racista; adhesión por parte del socialismo a las formas culturales impuestas por la clase dominante. Identificó progreso con civilización europea y no con liberación nacional, renegando así del marxismo y siguiéndolo a Mitre. Ignoró algo fundamental, en América Latina existe una cuestión nacional inconclusa, un problema económico-político y racial: el imperialismo sometía a los Estados Nacionales y nos condenaba al atraso. Más que el capital “civilizador”, el problema era la dependencia estructural. Los conflictos que se daban en la teoría marxista entre burguesía y proletariado nada traducían en la realidad latinoamericana. Los campos antagónicos del capitalismo discurrían  hacia otros carriles: el de la liberación o la dependencia. Dentro de este marco las burguesías nacionales tenían un rol histórico que cumplir.

Retomando la idea anterior, el pueblo era visto como el reino de la impostura, del error y de la incultura. La misma visión se puede observar en los nacionalistas de mediados de la década del 20. Como bien reconoce Ismael Viñas, aristocratismo e ideologismo se yuxtapusieron para confirmar el desprecio hacia las formas de incultura representadas por el radicalismo. (Acha, 2009)    

Y finalmente, quizá lo más relevante, el liberalismo ha influido en la tradición nacionalista autoritaria a través de las cuestiones de estilo representado por el nacionalismo católico de derecha que despreciaba a las masas y volvía la vista al periodo anterior a Caseros. Rosas era el garante del orden (no de la democracia): el revisionismo histórico nacía como empresa elitista, antidemocrática y fuertemente conservadora. Más adelante lo retomaremos, pero como para ir adelantando algunas ideas:

Desde comienzos del siglo XX se fue perfilando otro nacionalismo, en el que predominó la tendencia conservadora y católica, oponiendo las raíces hispanas y criollas al cosmopolitismo de la elite porteña y al aluvión de inmigrantes portadores de ideas anarquistas y marxistas. Su índole autoritaria se manifestó en el golpe de estado de 1930, y cundió entre los militares mezclados con las concepciones estatistas y corporativistas que propagaban los movimientos fascistas europeos; es decir, un capitalismo de Estado. Los historiadores de este nacionalismo “de derecha” revisaron la versión de los vencedores de Caseros, exaltando a Rosas y a los caudillos federales, e impugnaron las bases económicas, políticas y jurídicas del modelo liberal implantado en el país. (Hugo Biagini, Roig Arturo, 2006., pág. 81)

El nacionalismo católico de derecha compartió junto con los conservadores el desprecio hacia las masas, hacia la democracia vista como un error del número. Despojó la idea de civilización de los valores progresistas con que se presentaba el liberalismo, asoció democracia con Anarquía, Caos, Desborde. Su horizonte intelectual eran los fascismos europeos que habían sepultado en el campo político la idea misma de la ilustración. El nacionalismo se unía tácticamente a los conservadores (liberales) en su desprecio hacia la democracia representativa, esto es, hacia el radicalismo, pero, su sistema de ideas los hacía colocarse también contra el liberalismo. Su escepticismo los hacía moverse entre la restauración oligárquica y la tiranía de las masas, buscando la solución en el pasado, Rosas, como hombre del orden contra la disolución de los valores tradicionales. La Argentina es un problema de jerarquía. La inversión de las jerarquías tradicionales –en tanto cuestiones de estilo- anteponían los privilegios sociales a los intereses económicos de las fuerzas sociales: el horror de las élites se efectivizaba en el desprecio por el tono obrerista y la actitud complaciente hacia las masas a través del radicalismo, que expresaban las plumas nacionalistas y liberales.

“Fue muy desagradable. Han desenganchado los caballos y han arrastrado la carroza presidencial por las calles vociferando injurias y lanzando vivas. Parecía el carnaval de negros. Hemos calzado el escarpín del baile durante tanto tiempo y ahora dejamos que se nos metan en el salón con botas de potro”.[1]

Desprecio racista y elitista que se arrostraba al radicalismo. Sentimiento de pérdida de la República en manos de éste carnaval de negros. Barbarie residual irreductible a la cultura y a la civilización. Leemos:

Ya por entonces el Congreso estaba lleno de chusma y guarangos inauditos. Se había cambiado el lenguaje parlamentario por el habla soez de los suburbios y los comités radicales. Las palabras que soltaban de sus labios esos animales no habrían podido ser dichas nunca ni en una asamblea salvaje de África o del Asia. En el Congreso ya no se pronunciaban solamente discursos sino que se rebuznaba. La barra brava secundaba los actos de sus amigos.[2]

La retórica animalesca hacia el radicalismo como preludio excluyente niega in situ la humanidad del otro. Se niega no solo la oposición política sino la propia humanidad, cualquier debate racional y de ideas queda completamente descartado. Además se toma una referencia incontestablemente étnica, para señalar la inferioridad racial de las masas encumbradas. Así, el diario La Fronda veía en la posible victoria de Yrigoyen en 1928 el “espejismo del malón” la “esencia de un candombe”. Para este análisis “el triunfo del radicalismo en toda la República ha tenido, como principal consecuencia, un predominio evidente de la mentalidad negroide. La manumisión de los negritos en masa es un fenómeno característico del Yrigoyenismo”[3] se observa el racismo étnico de los tiempos del liberalismo discriminatorio. La lógica civilizacional negaba en nombre de la jerarquía racial y étnica la exclusión de las mayorías del cuerpo político. Con tono apocalíptico Benjamín Villafañe[4] anunciaba “la tiranía del populacho” o de los “degenerados” y “negros” que apenas superaban “las zonas zoológicas superiores” La barbarie  radical y posteriormente la peronista en un sentido más profundo de encarnación del mal poseían una dimensión fantasmática: reenviaban una imagen del indio exterminado o marginal (el malón), y al negro, cuya presencia en la Argentina fue muy débil, para desaparecer tras la guerra del Paraguay y la fiebre amarilla en 1871 (Svampa, 1994) Así fue como el liberalismo efectivizó su visión del otro como negación ontológica del ser político. El otro presentaba una condición de “irracionalidad constitutiva” y desde ahí se lo negaba étnica y ontológicamente. La Argentina es una cuestión de piel: así titulamos el apartado. Quien quiera reflexionar sobre estos temas desde el marxismo y las categorías de clases sociales adolecerá de un déficit epistemológico. La Argentina es una cuestión étnica racial y desde ahí se puede observar el conjunto de variables que encierran al país en un callejón sin salida, en un eterno fracaso. Fueron sin dudas sus rasgos plebeyos los que provocaron las críticas más enconadas. La subversión y degradación de un orden pretendidamente natural y su contracara representada en el horror a las masas. El fantasma de la plebe, la negritud. Caos, el palacio presidencial se ha convertido en una “toldería de mendicantes”[5] Politiquería “Quince años de demagogia, han bastado para desquiciar todos los organismos del Estado”[6]Corrupción y defraudación “adulones y pordioseros en busca de empleos públicos”[7]. Gobierno de plebeyos y encumbramiento de los inferiores, al decir de Roberto de Laferrere, “una turba de beduinos a cuyo frente un santón neurótico predica el exterminio ante el cual bramaba de entusiasmo el mulataje delirante” (Barbero, M.I y Devoto, F. , 1983, pág. 37)  Victoria de la “chusma”, esto es, “el triunfo de la cantidad sobre la calidad, de lo gregario sobre lo selecto, de la materialidad instintiva sobre el espíritu” (Carulla, 1931, pág. 37) . Elitismo y racismo que –mediante cuestiones de estilo- confluyen en una matriz autoritaria y antidemocrática, marcará el devenir político argentino. Debemos tocar la fibra mental de las élites liberal-conservadoras para entender el clima de ideas que imperaron durante el golpe de 1930. Si hay algo que define a las masas –desde la óptica elitista- es su mediocridad. Incultas y bárbaras, no estaban capacitadas para gobernarse a sí misma. El tutelaje de los mejores sobre la “turba” sobre el “número” se hacía necesario. La subestimación hacia el pueblo era total. Agregamos a la subestimación, el desprecio de una clase social que temía perder el control del poder y se resistía a aceptar el advenimiento a una sociedad de masas, además de una mentalidad nacionalista que postulaba la alternancia de las elites. Todos abjuraban de la democracia.

El pecado original de la Argentina liberal fue imaginar un país para pocos excluyendo a las mayorías que decía representar. La eficacia del pensamiento liberal fue contraponer las ideas de libertad civil a las de la igualdad política: las formas abstractas democráticas-liberales, restrictivas y fuertemente discriminatorias suprimen los derechos sociales negados sistemáticamente por una elite que clausura todo tipo de apertura y corrompe las reglas de juego en propio beneficio. La eficacia de los gobiernos liberales se apoyaba en las leyes del progreso y el orden a manos de una elite de notables que negaban la participación de las mayorías en la toma de decisiones. En el ensayo que estamos analizando se hace referencia a las “cuestiones de estilo” de una elite que teme perder el control del poder político. Respecto de la eficacia leemos:

Así, el sistema de dominación oligárquico en la Argentina veía en la eficacia de la gestión política-económica, más que un instrumento, el principio dominante de la legitimación invocada (1994, pág. 215)  

Lo que brindaba legitimidad era entonces el modelo aperturista que condenaba al país a exportar bienes primarios sin ninguna capacidad industrializadora que agregara valor. El país adolecía las fluctuaciones del mercado que se creían pasajeras. La eficacia legitimadora implicaba subordinación al modelo económico-social. En palabras de Rouquié:

La legitimidad del poder legal está condicionada a la vez por la eficacia para asegurar la prosecución de la expansión agro-pastoril y por el respeto a las reglas de juego oligárquico. En el sistema político de la Argentina moderna la legitimidad no se comparte, a lo sumo puede delegarse momentáneamente. Un régimen ineficiente desde el punto de vista de la oligarquía es un régimen condenado si no debe su legitimidad más que a la elección popular. (Rouquié, 1982)

Que para la vieja oligarquía la eficacia fuese vista no solamente en su carácter instrumental sino además como la fuente de legitimación del poder, requería el retorno a los tiempos del liberalismo discriminatorio, dado el desencuentro de aquella –la eficacia- con la legitimidad democrática. De este modo, el descrédito que sufría la democracia como sistema político no implicaba necesariamente la descalificación entera del régimen liberal, sino más bien el reajuste con las prácticas fraudulentas del pasado. Como nota al pie Svampa argumenta que:

No hay que olvidar que los nacionalistas atacan el sistema demoliberal, es decir que sus críticas alcanzan tanto a los fundamentos del liberalismo como al principio democrático de gobierno. Para los sectores conservadores (liberales) es diferente: aceptar la crítica al régimen democrático no implicaba el abandono de los principios liberales sino el retorno a sus fuentes: el liberalismo discriminatorio, que en este caso será fraudulento, al recurrir a la mascarada del sufragio (1994, pág. 215)

Es decir que en el fondo ambos detestaban a la democracia. La tradición liberal miraba con terror a las “clases peligrosas” la tradición autoritaria nacionalista las veía como la “insolencia de la plebe”. El nacionalismo y el liberalismo coincidían más que por amor: por espanto a las masas, al pueblo devenido barbarie residual, práctica demagógica y degradación del orden político tradicional. Por eso planea nuestra pensadora que la apertura hacia las mayorías en 1916 con el triunfo del radicalismo degenera en imágenes apocalípticas: la democracia de masas pone en peligro las conquistas de la civilización. (Svampa, 1994). A esto la autora le agrega el permanente recurso (como stock de imágenes) de la comparación en las masas radicales con las huestes caudillescas, de Yrigoyen con Rosas bajo la imagen del restaurador. De esta manera nos es imprescindible entender que tanto para conservadores y nacionalistas, la imagen de Civilización vehiculizaba la idea del Orden amenazado por la chusma radical y las masas obreras. Participaban  de este registro de lectura autoritaria: Ernesto Palacio, Julio Meinville, Carulla, Vicente Sierra, Leopoldo Lugones, los hermanos Irazusta entre los más relevantes, nucleados en la revista La Nueva República. Como sugeríamos  anteriormente a fines de los años 20, los nuevos vientos ideológicos que llegaban de Europa contribuyeron directamente a la destrucción de los valores de la ilustración que yacían en la idea-imagen de Civilización, con lo cual se atacaba tanto al régimen liberal como al principio de gobierno democrático. A la libertad de culto o al laicismo de los hombres del 80, figuras como Meinville, Pico o Carulla opusieron la necesidad de la restauración de un orden medieval legislado por la Iglesia, en el cual la enseñanza religiosa ocupaba un lugar central. A la libertad de expresión se le contrapuso el control dirigista de un Estado censor; a la democracia liberal, la implantación de un orden jerarquizado bajo el control de una elite rectora (militar, eclesiástica, y aristocrática) las palabras al día que indicaban los sinónimos de la tan desgastada democracia liberal eran el caos, anarquía, defraudación, degradación. Los nacionalistas expulsan del seno de la civilización ciertos valores liberales impugnando con ello la tradición que se instaura luego de Caseros y que conduciría a la corrupción y a la demagogia democrática. Luego que los nacionalistas queden al margen del sistema político tras el golpe de Estado de 1930 comenzarán una tarea de resignificación de la Historia con un fuerte tono elitista: nacía el revisionismo histórico argentino.

Lo definió muy bien Ernesto Palacio: “la democracia es el reino de la impostura y, ya hemos visto cómo en el trace del sufragio, triunfa el que miente menos” la creencia era común entre los nacionalistas. Había que evitar que las clases peligrosas tomaran el poder porque se las veía como una etapa más del avance del comunismo. El miedo a una revolución social estaba muy presente en las élites liberales como en pensadores nacionalistas. Era como decía Irazusta: “el precio del liberalismo”, seguimos con Svampa:

La vieja imagen de civilización era despojada de sus contenidos liberales para volverse tanto contra el régimen liberal como contra la democracia instituida por el voto universal. La civilización, que ante todo había sido el núcleo de una filosofía del progreso sobre la base de ciertos valores de la ilustración, era reconvertida en las plumas nacionalistas en Orden, Jerarquía, Respeto, Autoridad. (Svampa, 1994, pág. 193)  

Se observa como las élites temían el ascenso de las masas y vehiculizaban el desprecio discriminador hacia la chusma, el carnaval, lo negroide, lo zoológico que representaba la irracionalidad del mundo plebeyo. La unión discriminadora y racista la vemos en las cuestiones de estilo que expresaban a la hora de hacer el balance sobre la primera experiencia democrática en la Argentina. El germen autoritario se hallaba en la eficacia de las ideas liberales. En un trabajo anterior referido al intelectual Manuel Ugarte hacíamos la crítica de la larga agonía de la Argentina Liberal. (Centurión, 2022) Debemos buscar el pensamiento autoritario en este sistema de ideas que mezclaba autoritarismo con elitismo y racismo. El fraude patriótico expresaba la unión de esta convergencia autoritaria. La tradición democrática y posteriormente la nacional-populista serán fracturas que romperían el cerco y proyectarán un avance en las ideas democráticas. Los movimientos nacionales-populares se deben ver desde la óptica de las democracias reales. Este nivel de tensión entre exceso de legitimidad democrática y déficit totalitario ejemplificaba discursivamente el nivel de rigidez con que las élites arremeterán reactualizando el stock de imágenes sarmientina: nuevamente aparecerá el fantasma de la tiranía de las masas. Pensemos el ethos liberal:

Es una época en la cual la elite conservadora, al identificar su accionar con la generación de “los fundadores”, se separa sin embargo de ellos, pues la ideología del progreso es equiparada sin más con la justificación de las orientaciones del sistema socioeconómico, y su funcionamiento aporta –aun si este es insuficiente, pues debe recurrir al fraude electoral- el principio de dominación política. La puesta en marcha del “fraude patriótico” a partir de 1931 implica la colisión absoluta entre el principio de la voluntad popular (la democracia) con lo que se considera el principio civilizador de la sociedad argentina, esto es, la eficacia, reducida tarde o temprano por la elite conservadora a la fuente de legitimación del sistema de dominación política. (Svampa, 1994, pág. 216)   

Es que el anti-telurismo romántico de esa “generación proscripta” de 1837  nos hizo despreciarnos a nosotros mismos.; ya es tiempo de explicarnos a nosotros mismos  para explicarle a Europa qué somos y qué no queremos ser. Y otra pregunta incomoda ¿queremos ser como ellos? Un ejemplo de estos impostergables debates los hallamos en Alberdi y Sarmiento donde se rivaliza la paternidad de la Argentina después de 1853 en sus cartas quillotanas. Alberdi quiere ver morir la elite letrada, critica a Sarmiento querer manejar el destino del país. El autor del fragmento preliminar al estudio del derecho, en cambio,  prefiere morir, Sarmiento no: va a vivir, y lo hará con todas sus fuerzas, asesinando a quien se interponga en su camino, en su proyecto racial de un país blanco y norteamericano y lo creará cueste lo que cueste, no economizando sangre de gaucho, así decidirá su vida y su destino. ¿Qué somos? ¿Qué es la Argentina? ¿Cuál es nuestro proyecto? ¿Qué libros inventaron la Argentina? ¿Funcionó el proyecto de la generación del ochenta? Hemos fracasado como país.


[1] La Nación, 12 de octubre de 1922.

[2] Mariano Bosch. Citado en J.A. Ramos, ob. Cit., p.2014

[3] La Fronda, 31 de julio de 1929, en Textos y documentos/ el autoritarismo. La hora de la espada 1 (1924-1946). Selección de textos a cargo de Alicia García y R. Rodríguez Molas, Buenos Aires: CEAL, 1988. P43

[4] Villafañe fue un conservador, senador por su provincia hacia fines del siglo XIX.

[5] Federico Pinedo.

[6] Julio Irazusta.

[7] R.Giusti.

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