
Lo vengo diciendo desde hace tiempo y la realidad, lamentablemente, insiste en darme la razón: esto no es economía. Es religión pura y dura.
Ya lo advertía el filósofo italiano Giorgio Agamben, que la política moderna nunca dejó de ser teológica. Solo cambió de vestuario. Donde antes había ángeles y providencia, ahora hay mercados, sistemas, gobernanza, “orden espontáneo”. Según Agamben, La teología se ocupa de lo que Dios es en sí mismo; la oikonomía, de cómo Dios administra el mundo.
En su libro El reino y la gloria, Agamben muestra algo inquietante: la idea de un orden que se sostiene solo, que no necesita un soberano visible, es una transposición directa de la providencia teológica. Dios reina, pero no gobierna directamente; gobierna a través de una economía del mundo. El soberano moderno hace lo mismo: “yo no decido, decide el sistema”.
El punto es que acabo de terminar de ver el discurso de Milei en Davos 2026 y, sinceramente, es conveniente que lo escuchen. Y digo que lo escuchen a pesar de lo muy mal que lee «el Javo», que tropieza torpemente con su propia grandilocuencia y arrebatamiento. Pero escúchenlo… no porque tenga razón, sino porque es urgente entender la profundidad y el alcance del delirio dogmático que hoy nos gobierna.
Bajo un título pretencioso, «Maquiavelo ha muerto», Milei no se presentó ante la élite global para ofrecer un plan económico ni una hoja de ruta geopolítica. Lo que ofreció fue una homilía religiosa. Cita a Rothbard y a Huerta de Soto no como teóricos, sino como si fueran profetas bíblicos, utilizándolos para sostener una tesis muy peligrosa: que la justicia social es una aberración.
El dogma: la infalibilidad de Dios
Para entender la estructura de este delirio, hay que ir al hueso de su marco teórico: el concepto de «orden espontáneo». Cada vez que Milei invoca este término, ¿a quién remite realmente? A Dios. Lo presenta como el gran ordenador del universo que opera sin el concurso de los seres humanos; por eso se desliza constantemente hacia el concepto teológico de «ley natural».
Aquí es donde debemos detenernos y afinar el oído, porque todo está dicho ahí.
El concepto de orden espontáneo viene, en su formulación moderna, de Friedrich Hayek. Para decirlo sin solemnidad innecesaria: un orden espontáneo es aquel que no fue diseñado por nadie, que emerge de la interacción de múltiples agentes siguiendo reglas simples, sin una mente central que lo planifique. El ejemplo clásico es el mercado: nadie «decide» los precios, los precios simplemente aparecen. Hasta ahí, estamos en el terreno de la economía política liberal clásica.
El problema —y el salto mortal que da Milei— empieza cuando ese «nadie» que ordena el mercado comienza a funcionar como un «alguien invisible» (Dios).
- En Hayek: En Hayek existe una ambigüedad deliberada. Él no habla de Dios en términos confesionales, pero sí de un orden que nos precede, nos excede y frente al cual la razón humana debe mostrarse humilde. La tesis es que la razón es falible y el orden del mercado es más sabio que cualquier diseño consciente. Es una postura casi antropológica: el ser humano NO debe intervenir porque NO comprende la totalidad. Aquí el liberalismo deja de ser meramente político y empieza a rozar una teodicea secular.
- En Huerta de Soto: Con Jesús Huerta de Soto —el autor fetiche de Milei, un economista pseudoteólogo— esa ambigüedad desaparece. Huerta de Soto no es solo un economista de la Escuela Austríaca; es un católico explícito, tomista y defensor del derecho natural. Para él, el mercado no es solo eficiente, es moralmente bueno. El «orden espontáneo» deja de ser una hipótesis explicativa y pasa a ser un orden providencial: no lo toqués, no lo corrijás, no lo mediés, porque hacerlo sería ir contra la naturaleza misma… y, en última instancia, contra el orden querido por Dios.
- La infalibilidad en Milei: De yapa, y llevando el delirio al extremo, como Dios NUNCA se puede equivocar, esto le permite a Milei afirmar en Davos: «Los fallos de mercado NO existen». Claro, porque en su cabeza lo único que existe es Dios (supremo legislador del Mercado) que, por definición, es perfecto y NUNCA se puede equivocar, por eso JAMÁS puede fallar.
El Tecnofeudalismo como moral superior
Lo más grave de este discurso no es su negación del cambio climático o su cruzada cultural contra el «wokismo» (temas que, honestamente, ya aburren por repetitivos). Lo verdaderamente alarmante es su admisión teórica explícita de que los monopolios no son un problema.
Al negar la existencia de los «fallos de mercado», Milei nos está diciendo que la concentración económica absoluta —lo que Yanis Varoufakis acierta en llamar tecnofeudalismo— no solo es inevitable, sino moralmente superior. Para él, cualquier intento de regular (sea para cuidar el ambiente, proteger al consumidor o distribuir riqueza) es un crimen contra la propiedad. En su estructura mental, no existen ciudadanos, solo propietarios.
Es el manifiesto final de la antipolítica: se busca reemplazar la angustia de la decisión democrática (que es imperfecta, humana y busca el bien común) por la certeza cruel de un algoritmo de mercado que, según él, «nos hace mejores personas».
La pulsión tanática: Las plagas y la guerra santa
Si la teoría es delirante, la simbología que eligió para cerrar el discurso es directamente violenta. Al final de su alocución, Milei cita la Parashá Bo y las últimas tres plagas de Egipto para trazar una analogía con el Estado y Occidente.
No estamos ante una metáfora poética o un recurso literario; es una sentencia de violencia. Al invocar esas plagas, Milei abandona definitivamente el registro de la política (donde se discute con adversarios) para entrar en el registro de la guerra religiosa (donde se elimina a los infieles).
Fijate la brutalidad de la simbología elegida:
- Langostas: La devastación absoluta de los recursos, el hambre como castigo.
- Tinieblas: La oscuridad total, la desorientación, la pérdida del sentido.
- La muerte de los primogénitos: Esta es la más terrible. Es una amenaza directa sobre el futuro, sobre los hijos.
Su lógica es aplastante y perversa: El Estado es el Faraón. Yo soy el portador de la Ley. Si no liberan al mercado (el pueblo elegido), el castigo divino será la muerte de su descendencia.
Es un discurso profundamente tanático (de muerte). No promete construir una sociedad mejor; promete que si no se hace lo que él dice, caerá un castigo devastador. Es la extorsión clásica del fundamentalista: «O mi dogma, o el apocalipsis». Lo dicho por Milei en Davos no es folklore místico para las redes; es una amenaza de proporciones bíblicas lanzada a la cara del mundo.
La legitimación pretoriana y la República de Gilead
Tampoco pierdan de vista la referencia a la fuerza «pretoriana» del Derecho Romano que invoca. Esa referencia busca legitimar su propio proyecto político-económico apelando a una genealogía cultural que históricamente se asocia con el orden civil, pero que él retuerce. Es una metáfora estratégica para reforzar su visión del Estado ya no como guardián de las personas, sino como perro guardián de la libre empresa y oponente armado de lo que él califica como «intervenciones colectivistas».
Ese simbolismo actúa como marco para justificar una política altamente confrontacional, excluyente e incluso represiva. Milei usa el lenguaje del pasado para legitimar una visión radical del futuro. Pero ese uso simbólico opera como amenaza implícita: divide el mundo entre amigos de la «libertad absoluta» y enemigos que no solo están equivocados, sino que están moralmente «en la vereda opuesta» y merecen el castigo.
Existe una frontera muy fina entre una analogía histórica y una retórica que, aun sin invocar violencia directa explícita, establece un nosotros/ellos — sano/enfermo — amigo/enemigo que puede justificar decisiones políticas atroces en nombre de «defender la libertad». Ese deslizamiento es precisamente el lugar donde la retórica deja de ser inocua y se convierte en un instrumento de poder real.
Las palabras nunca son inocuas. Recordemos la conocida sentencia freudiana: «Primero se comienza cediendo en las palabras, hasta que, luego, se acaba cediendo en las cosas mismas».
Vean la catequesis de Milei en Davos. Es el manual de instrucciones para desmantelar una sociedad. Es la base doctrinaria para hacer realidad la República de Gilead de El cuento de la criada.
Así que, a ver mis queridos chichipíos y últimos orejones del tarro (como decía el gran Tato Bores)… digan todos «AMÉN» a la homilía de San Milei, presidente de la naciente República de Gilead.
Referencia audiovisual: Discurso del Presidente Milei en el Foro Económico de Davos 2026 https://www.youtube.com/watch?v=LJ1czKyryu8