La Modernidad kantiana y el proyecto de una sociedad de naciones.

La Modernidad kantiana y el proyecto de una sociedad de naciones.

Immanuel Kant (1724-1804)

Para adentrarnos en algunas ideas de Juan Domingo Perón sobre las posibilidades de un orden mundial justo, conviene revisar una serie de conceptos que le permitieron a la racionalidad ilustrada triunfante del siglo XVIII crear un nuevo sistema-mundo. El ciclo de las revoluciones burguesas (la inglesa, la francesa y la norteamericana) y los posteriores procesos de independencia en América latina reconfiguraron no sólo la concepción del Estado, sino los alcances de la política internacional. Podemos hablar de un vasto y complejo proceso por el cual el viejo régimen nobiliario-aristocrático, sin desaparecer, debió reconfigurarse para que entraran en juego los nuevos actores sociales. Es la burguesía terrateniente y financiera la que toma el poder gubernamental de las potencias emergentes. Surgida al amparo de la expoliación de millones de seres humanos que perdieron su tradicional manutención una vez que fueron cercadas (privatizadas) las tierras comunales en Europa, la burguesía marcó el desarrollo de los nuevos modos de producción, entre los que podemos citar el tráfico de esclavos, la mecanización de la producción, el crédito bancario, el manejo de la moneda, el dominio de los mares y las tecnologías náuticas y de guerra. Fue Karl Marx (1818-1883) quien percibió con mayor lucidez las nuevas formas de explotación en las relaciones sociales emergentes a partir de la mercantilización y de las sucesivas oleadas de revoluciones industriales.

Las relaciones laborales, ya sea en su versión esclavista o en el modo asalariado, reprodujeron en los distintos mercados internos formas de subordinación (y de violencia) que también operaron en las prácticas de comercio internacional. De este modo, surgió un rápido despliegue de distintas coacciones que operaban no sólo dentro de los Estados, sino también en las relaciones mantenidas por los Estados centrales del proceso burgués (Inglaterra, los países bajos, Francia, los estados germánicos, la naciente Confederación de América del Norte) respecto de las naciones que iban entrando de un modo rezagado y complementario en el proceso capitalista de producción (la América hispánica y el Caribe, las naciones africanas y asiáticas).

Hay en la burguesía una doble mirada, porque si bien fue y sigue siendo la fuerza social más revolucionaria de la historia en cuanto a su capacidad para transformar la realidad, también posee los aspectos más regresivos y conservadores en el manejo del poder y la prebendas que ha tenido desde que se constituyó hasta la actualidad. Es cierto que generó las ideas ilustradas de igualdad ante la ley y libertad de conciencia, pero a la vez sus prácticas económicas necesitaron crear los conceptos de raza y nación como forma de falsa conciencia para explicar y auto-justificar su dominio. Los conceptos de raza y nación, de carácter eugenésico, constituyeron formas predatorias de ideología a través de las cuales las élites nacionales, en sus etapas de creación (el caso norteamericano en el pensamiento de Jefferson) o en sus etapas de crisis (el caso alemán), necesitaron justificar el carácter colonialista o francamente criminal de sus prácticas políticas y militares. Incluso en los autores más vigorosos de la modernidad podemos ver razonamientos más o menos larvados de racismo o paternalismo.

En tal sentido, el pensamiento político de Immanuel Kant (1724-1804) es un punto de inflexión donde se cruzan todas las tensiones que acabamos de mencionar en los párrafos precedentes.

Su tratado La paz perpetua, de 1795, es una síntesis de esa mirada parecida a la de Jano, aquella divinidad romana cuyo rostro doble iba hacia el pasado y hacia el futuro del año entrante. Es un pequeño tratado en el cual notamos un tono claramente didáctico. Es el filósofo quien escribe, pero lo es también el profesor que busca atraer al discípulo mediante una exposición bella en cuanto al carácter afable de la prosa (lo cual no es frecuente en las grandes obras kantianas) y la profundidad de los conceptos. Es uno de los primeros tratados jurídicos de política internacional y estamos seguros de que fue una de las fuentes analizadas por Perón para los escritos cuyo tema era el teatro de operaciones del mundo y la inserción de una economía periférica en el concierto de naciones.

Kant retoma el planteo moral que ya había elaborado en la Crítica de la razón práctica (1788) acerca del carácter moral de la conducta del ser humano. En La paz perpetua anota: “… hay que resolver primero la cuestión siguiente: en los problemas de la razón práctica, ¿se debe empezar por el principio material, esto es, por el fin último de la voluntad, o bien por el principio formal, esto es, por el principio fundado sobre la libertad que dice así: obra de tal modo que puedas querer que tu máxima deba convertirse en ley universal, sea cualquiera el fin que te propongas? Sin la menor duda, este último principio debe preceder al otro; es un principio de derecho y, por tanto, posee una necesidad absoluta incondicionada”.

La libertad, dentro de la racionalidad kantiana, es un estricto ejercicio intelectual que nos lleva a pensar, frente a una acción que posee un dilema moral, cuál de todas las opciones es la única universalmente válida para todo tiempo y circunstancia. Moral y libertad son dos caras de una misma moneda. El hombre verdaderamente libre ha de elegir siempre la opción perfectamente moral, aquella que a todo hombre de buena voluntad le haga decir: sí, es así como había que obrar, como yo hubiese querido obrar y como hubiese querido que los demás obraran conmigo. Ahí está la esencia del imperativo categórico.

El filósofo alemán propuso llevar estos principios prácticos al plano del derecho internacional. Aquí los actores no son las personas, sino los Estados y las relaciones civiles, económicas y militares por ellos generadas. “Hemos de considerar el derecho de los pueblos, unos respecto de otros, precisamente en cuanto a que forman distintos Estados y no deben fundirse en uno solo”. Pero antes de llegar a esta idea, circunscribe las tres esferas jurídicas en las que los hombres desempeñan su acción social:

  1. La del derecho político de los hombres reunidos en un pueblo (ius civitatis o derecho de ciudadanía).
  2. La del derecho de gentes o de los Estados en sus relaciones mutuas (ius gentium o derecho de gentes).
  3. La de los derechos de la humanidad, en los cuales hay que considerar a los hombres y Estados, en mutua relación de influencia externa, como ciudadanos de un Estado universal de todos los hombres (ius cosmopoliticum o derecho cosmopolita).

Para Kant, “el valor de estos derechos innatos, necesariamente humanos e imprescriptibles, queda confirmado y sublimado por el principio de las relaciones jurídicas de los hombres”.

Las tres esferas jurídicas forman una sola legalidad que contempla las acciones desde el plano individual entre las personas hasta un marco universal que establece aquella moralidad común propia de la racionalidad humana según los principios intelectuales de la Modernidad.

La cuestión pasa por las discordancias que puedan surgir en el derecho de gentes, ya que entre Estados, cada uno con su propia dinámica jurídica y sus propios intereses nacionales, pueden generarse diferencias que conlleven a la guerra. La problemática no pasa inadvertida: los siglos XVIII y XIX afianzan no sólo la fuerza del Estado-Nación como proyecto político de las burguesías, sino que se va reconfigurado el mapa de la Europa moderna con su consiguiente fuerza expansionista que devendrá en la práctica colonialista.

“Los Estados poseen ya una constitución jurídica interna, y por tanto no tienen por qué someterse a la presión de otros que quieran reducirlos a una constitución común y más amplia, conforme a sus conceptos del derecho. La Razón, desde las alturas del máximo poder moral legislador, se pronuncia contra la guerra en modo absoluto y se niega a imponer a la guerra como un proceso jurídico. La Razón impone como deber estricto la paz entre los hombres, pero la paz no puede asentarse y afirmarse como no sea mediante un pacto entre los pueblos. Tiene que establecerse una federación de tipo especial que podría llamarse Federación de Paz, la cual se distinguiría del tratado de paz en que este es el punto final de una guerra mientras que la federación pone término a toda guerra. Esta federación no se propone recabar ningún poder del Estado, sino simplemente mantener y asegurar la libertad de un Estado en sí mismo y también la de los demás Estados federados sin que estos hayan de someterse por ello a leyes políticas y a una coacción legal.”

Hasta aquí podríamos ver el costado progresivo del Iluminismo. El anterior párrafo es una muestra por sacar a Europa de esa vasta red de tratados de paz que eran un juego diplomático entre potencias y que sólo salían del tembladeral a partir de uniones circunstanciales que no hacían más que repartir el poder militar dentro del Viejo Mundo. Estos pactos coyunturales tenían como fin el acopio de las riquezas de los otros pueblos, fueran estos colonias o incipientes estados nacionales. Diez años después de la muerte de Kant, el Congreso de Viena (1814-1815) no fue tanto la redefinición del mapa europeo tras la caída de Napoleón, sino el modo en que vencedores y vencidos decidieron apostar al Antiguo Régimen para delimitar una primera repartición del poder colonial tras el inicio de los procesos independentistas en la América del Sur. El modo insidioso en que la diplomacia británica y austríaca decidieron apoyar en la cara externa las reivindicaciones monárquicas de los Borbones tuvo como objetivo emprender un movimiento de pinzas entre los jóvenes pueblos a quienes auxiliaba entre bambalinas siempre y cuando sus burguesías se sometieran a la iniquidad financiera del libre mercado. Para nuestras jóvenes naciones, desde el inicio se canceló la posibilidad de alcanzar la independencia financiera. Tenemos aquí un claro ejemplo de un tratado de paz elaborado según las conveniencias del vencedor. Una paz falsa, destinada a financiar nuevas guerras que favorecieran al poder imperial. Kant comprendió que antes que nadie que aquella hojarasca diplomática es el germen de las futuras contiendas. No obstante, en la idea de una auténtica federación de naciones, el espíritu moderno vuelve a mirar hacia atrás y afirma otra forma de imperialismo. Anota como conclusión nuestro filósofo: “Si la fortuna consiente que un pueblo poderoso e ilustrado se constituya en una república que por natural tendencia ha de inclinarse hacia la idea de paz perpetua, será ese pueblo un centro de posible unión federativa de otros Estados que se juntarán con él para afirmar la paz entre ellos, conforme a la idea del derecho de gentes, y la federación irá poco a poco extendiéndose mediante adhesiones semejantes hasta comprender en sí a todos los pueblos”.

Esta idea de una nación vectora fue tomada primero por Inglaterra y luego por los Estados Unidos con su criminal idea de destino manifiesto. Kant pensó la Modernidad desde una periferia de Europa, el estado prusiano, cuyo desarrollo dentro de las fuerzas del capitalismo todavía no le permitía convertirse en el aglutinante de la futura Alemania. La situación filosófica y política de nuestro autor es compleja: escribe en el marco de una monarquía constitucional de segunda línea que busca forjar una nación cuya burguesía, si bien pujante, todavía no amalgama las fuerzas necesarias para crear una nación. El sistema-mundo en que desarrolla sus ideas ya está pensando en la expansión colonialista o en el dominio de los nuevos países que se gestan del otro lado del Atlántico. La racionalidad que encarna conlleva la idea paternalista de que ciertas naciones están destinadas por “naturaleza” a encuadrar el orden planetario. Esa supuesta “naturaleza” es la justificación imperial para delimitar qué estados ejercen poder de policía y cuáles son los satélites. Como se dijo en el inicio de estas líneas, la mirada de Jano anida en el corazón del vasto sistema político y formativo de la Modernidad. La política de liberación de los siglos XX y del XXI es la lucha por hacer que el dios bifronte deje de mirar hacia la experiencia tutelar de los estados gendarme. La genialidad en la filosofía de Kant es que está en el punto exacto de la bifurcación. Cada vez que nos asomamos a este pensador, sentimos que hay un vendaval que sacude sus páginas. Detrás de la neutralidad de sus palabras se esconde el conflicto más poderoso del cual la humanidad no ha logrado salir: ¿cómo lograr una democracia real entre los hombres y las naciones?

Hay un kantismo de derecha y uno de izquierda. Claramente dejamos en claro nuestra propuesta de lectura: las instituciones del orden mundial surgidas luego del derrumbe de la infamia nacionalsocialista optaron por la idea de construir un centro cuyo eje Washington-Londres-París (luego se agregaría Berlín) marcara los centros y las periferias. Para las periferias (África, América latina, Asia) se determinarían los modelos de vida y producción con el objetivo de mantener la maquinaria bélica y financiera que rige hasta la actualidad. Las estrategias de subdesarrollo para las naciones de segundo orden pasan por el control de sus instituciones y por el manejo de oligarquías autóctonas que son el complemento necesario para mantener vigente el orden del vasallaje.

Para los pensadores del siglo XIX, el comercio entre las naciones es el baluarte estructural de la paz perpetua, ya que los Estados que buscan intensificar sus lazos económicos se ven obligados a buscar la paz.

“De todos los poderes subordinados a las fuerzas del Estado, es el poder del dinero el que inspira más confianza, y por eso los Estados se ven obligados –no ciertamente por motivos morales– a fomentar la paz, y cuando la guerra inminente amenaza al mundo, procuran evitarla con arreglos y componendas, como si estuviesen en constante alianza para ese fin pacífico. (…) De esta suerte, la Naturaleza garantiza la paz perpetua, utilizando en su provecho el mecanismo de las inclinaciones humanas.”

A doscientos treinta años de estas palabras, notamos que las astucias de la razón que tanto Kant como Hegel creían vislumbrar en la confirmación del mundo burgués, son razonamientos indigentes. No los culpemos. Kant no podía ver que el comercio es otra forma de opresión y que el deterioro de los términos de intercambio determina que las economías más poderosas generen permanentemente plusvalía a partir de la caída lenta pero inexorable de los precios de las materias primas que constituyen la base económica subordinadas. El problema no es lo que el kantismo o el hegelianismo no hayan podido ver. La cuestión es que ese discurso, lógico en los albores de la Modernidad, lo siguen sosteniendo hoy aquellos supuestos genios financieros que preconizan el fin de la historia o vociferan en Davos que el capitalismo financiero es el único orden posible. Son esos seres que subordinan los intereses de su clase a los intereses de la nación y no trepidan en endeudar, vilipendiar o matar a todo aquello que escapa a su trapisonda ideológica. Hay algo de lo que podemos estar seguros. El kantismo moral les molesta. Hace años, uno de los cuadros ideológicos del moderno fascismo exigió que la obra de Kant fuera quitada de los programas de estudios de Norteamérica. Según la señora Rand, el pensamiento de Kant, que propone la ética comunitaria como forma de acercar posiciones, es una distorsión que no tiene que aparecer en los programas de estudio. Ya sabemos que para un pensamiento limitado moral e intelectualmente como el de Ayn Rand (1905-1982) el egoísmo es la única forma posible de vida. Se pretende censurar a Kant, acusarlo de proto-comunista, ejerciendo un lamentable anacronismo. Se busca anular las instancias que permitan a los educandos conocer a unos de los problemáticos fundadores del espíritu moderno… Tal es la filosofía que impera hoy desde el nuevo centro de poder imperial y que es repetida de un modo esperpéntico por la vergonzante dirigencia que ha gobernado el Brasil y que ahora, a fuerza de mentiras y perversiones, ha llegado al poder en nuestra nación.

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