
Por Cristian Mitelman
El momento histórico en que Perón concibe esta obra, la década del 60, se caracterizó por un fuerte proceso de descolonización de las periferias. Ahora bien, cuando hablamos de “colonización” no nos referimos solamente a la ocupación territorial que una potencia ejerce dentro de un territorio al que somete militar y económicamente. Este concepto es más amplio y merece que nos detengamos en él.
La colonización es una dinámica política, jurídica, intelectual, militar y económica. Abarca todas las esferas de la vida y opera mediante eficientes mecanismos de auto-reproducción. El sociólogo Niklas Luhmann (1927-1998) entendió a la sociedad como un gran sistema formado por subsistemas que tienden a mantener su funcionamiento dentro de una lógica de trasformación y estabilización. Lo mismo puede decirse de la colonización como sistema social. Ha operado a lo largo de los siglos mutando permanentemente en pos de su supervivencia. En líneas generales, la sociedad tiende a distinguir las formas más brutales en la práctica colonialista. Los documentales y el cine han cumplido una muy buena labor pedagógica al mostrar las brutalidades de las intervenciones militares alemanas o norteamericanas en sus distintos procesos de injerencia y aniquilamiento de pueblos. Generalmente se piensa en militares o golpes de estado financiados por los servicios de la potencia dominante. Es momento de revisar las otras prácticas sociales del sistema colonialista para entender nuevos mecanismos de sometimiento. Muchos de estos mecanismos, como la proliferación de “fake news” o la información banalizada que hoy se ejerce a través de la tiranía de las redes sociales, auténticos portales de la criminalidad y el neofascismo corporativo, operan a través de una supuesta libertad de elección por parte de los consumidores. Se busca al consumidor y el consumidor promueve estos dislates a través de la elección de los llamados “influencers” y otros agentes cuya acción política es financiada por la misma dinámica de mercado. Hemos hablado de “consumidores” como una forma política nueva que se opone al “ciudadano”. Vamos a elaborar un esquema para distinguir a estos dos constructos sociales. Cada uno de ellos, aunque puede tomar características del otro, opera con una lógica diferente. Y aquí tenemos uno de los dilemas en que nos hallamos sumergidos: la democracia fue pensada para la ciudadanía[1]. El triunfo del neoliberalismo a partir del derrumbe del Estado de Bienestar a mediados de la década del 70 planteó una democracia no ciudadana, anclada solamente en la idea del consumo creciente. La mascarada del modelo neoliberal fue erosionando la construcción política ciudadana y plantearon la creación de este nuevo sujeto social que, dentro del marco jurídico de la democracia burguesa, está logrando destruir siglos de construcción social para entrar en la esfera de un post-fascismo sobre el que también nos detendremos más adelante.
A continuación, presentamos un cuadro esquemático sobre las diferenciaciones de la Modernidad y del Ciudadano respecto de la Posmodernidad y el Consumidor. Dista de ser exhaustivo y cada individuo puede transitar características de ambas tendencias.
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CIUDADANO MODERNO |
CONSUMIDOR POSMODERNO |
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Emana de la Modernidad. |
Nace con el derrumbe del Estado de Bienestar que gobernó Occidente entre 1945 y 1975. |
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Surge de la lucha política para liberarse de formas opresivas como el poder colonial eclesiástico y militar. |
Coloca a la política como una actividad sospechosa. Las grandes plataformas políticas burguesas se erosionan y contempla con horror los dislates del Comunismo estalinista y sus derivados. |
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Plantea la política como única solución a los problemas sociales. |
Decae su conciencia política. Abandona las plataformas liberales, socialdemócratas y populistas. Acepta nuevas formaciones partidarias emanadas del Mercado. El empresariado entra en la actividad política como garante de control y productividad. Topos retórico repetido: Los ricos no necesitan robar. |
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Se fortalece a partir de los partidos políticos burgueses que se constituyen como formas de representación indirecta. Se fortalece a partir de los partidos políticos burgueses que se constituyen como formas de representación indirecta. |
Dominado por el discurso de la supuesta eficiencia del capital, acepta la privatización de todas las esferas en las que antes el Estado garantizaba una mínima plataforma de equidad. |
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Plantea la asociación sindical como el modo idóneo para que los trabajadores puedan negociar con el capital. |
Considera corrupta a la actividad sindical. Las mass mediática le muestra que no es corrupto tal o cual sindicalista, sino que la misma actividad lleva el germen de la corrupción. |
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Adhiere a la cultura epistémica. Los sectores sociales creen las instituciones educativas como forma de ascenso social. |
Cultura de la opinión o doxa. Sus ideas son un compendio nebuloso extraído de la Red y de los nuevos agentes de capilarización del neofascismo: canales de YouTube, Tik-Tok, Instagram, Facebook y otras excrecencias con millones de mensajes que oscilan entre la estupidización extrema y el delirio psicopático. |
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Su vida transcurre dentro instituciones de control y cuidado no exentas de autoritarismo: milicia, hospital, colegio, clínica psicoanalítica. |
Decae su gusto estético. Banalización discursiva, derrumbe de las estéticas musicales. Acepta el fin de la idea de la especialización y del arte como forma ascendente de pensamiento. |
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Busca un ideal ascendente de vida a partir de pactos sociales de largo alcance. |
Manifiesta un ideal de vida consumista. Consume pasivamente según lo que sus ingresos le permitan. La única idea de ascenso social es la manifestación de lo que consume: viajes, autos, criptomonedas, vulgarización del cuerpo (cirugías estéticas, modelos normativos de belleza y masculinidad). |
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Abandona la religión como única forma de encuadrar el sentido de la vida, más allá de que pueda tener todas las creencias religiosas que desee. Laicización de la vida. |
Postula creencias mágicas respecto de problemas complejos. Ejemplos: El SIDA es un problema de desviados sexuales. El COVID fue creado en un laboratorio para inyectar vacunas con chips mediante los cuales los comunistas buscan instaurar una nueva dictadura. |
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Se fortalece a partir del Estado de Bienestar que le asegura una mínima plataforma para que pueda desarrollar su vida dentro del marco de la producción capitalista. Se desenvuelve en un Estado intervencionista cuyo objetivo es disminuir las asimetrías del capital. |
Adhiere a la estética de la violencia psíquica y discursiva. Gusto por personajes que chillan en canales y medios electrónicos. Adhesión a influencers financiados por el capital. Crecimiento de las ultraderechas en Europa y Estados Unidos y América latina. |
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Manifiesta una fuerte conciencia clasista que, según el desarrollo de cada Estado Nación, genera nuevas dinámicas políticas: populismos, socialismos democráticos. |
No tolera la lectura histórica y hermenéutica de los problemas sociales. Considera que son formas de perder el tiempo. Considera que las soluciones son sencillas y que están en manos de nuevos mesías económicos y religiosos. |
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Las mayorías pasan a formar una clase media y una clase obrera cuyos intereses a veces colisionan. Nacimiento de partidos de tendencia republicana que encarnan los ideales ilustrados de las clases medias y de partidos de tendencias industrialistas y obreras que encarnan las luchas y necesidades del proletariado. |
Adhiere a la tiranía del individuo. Creciente incapacidad para compartir un proyecto comunitario de vida. Nacen el bullying cibernético y la hostilización permanente contra el que difiere. La burla y la descalificación es su modo expresivo: son degenerados, son zurdos, los vamos a hacer correr. Siente que es una víctima de todos los que le quitan una hipotética riqueza que no ha tenido ni tendrá ahora ni en treinta y cinco años. Considera que el Estado es una rémora que le quita lo que es suyo por naturaleza. |
Más allá del esquema planteado, lo que deseamos significar es que esta nueva etapa histórica, con el consiguiente cambio de época aparejado primero por el Neoliberalismo, luego por la revolución cibernética e informática y por último por la pandemia, en tanto que este lamentable trauma que debió vivir la humanidad exasperó la relación de los humanos con los medios electrónicos[2], ha generado nuevas formas de colonialismo.[3]
Hay también un colonialismo judicial que establece que los Estados periféricos deben resolver sus situaciones litigiosas en tribunales neoyorquinos. Lo sucedido en nuestro país con el infame juez Thomas Griesa, que desconoció un acuerdo de partes con los bonistas privados que le daba a nuestro país no sólo la posibilidad de desendeudarse, sino que ponía a nuestra nación como referente internacional en la lucha por un derecho económico más justo, posible y real, determinó que un pequeño grupo de fondos buitre volvieran a reclamar algo que ya había sido zanjado. Por una deuda de 300 millones de dólares, la Argentina reconoció intereses usureros de 15000 millones de dólares. En un solo día el país perdió la mitad de sus reservas financieras y habilitó a que cualquier otro fondo buitre pudiera hacer reclamos inmorales y que habían sido resueltos previamente por vía jurídica, ya que el 94 por ciento de los bonistas había aceptado la propuesta argentina y con anterioridad se había establecido que, con la anuencia del 65 por ciento de los tenedores de bonos, la legislación fallaría a nuestro favor. Pero era necesario volver a endeudar a la Argentina. Las dos últimas administraciones neoliberales (2015-2019; 2023 en adelante), como fieles representantes de los intereses foráneos, subordinaron al país a las necesidades del grupo oligárquico-financiero que responde al gran capital. Esta maniobra debió ser impugnada por ruinosa y escandalosa desde el punto de vista jurídico. Nadie lo hizo. Lejos de respaldar las necesidades argentinas, nuestro poder judicial convalidó la infamia.
Hay un colonialismo periodístico que ya no le tiembla el pulso para para exhibir sus propios intereses. Es interesante remarcar la virulencia feroz con que líderes latinoamericanos que no adhirieron a la continuidad mafiosa del consenso norteamericano fueron atacados por una prensa que, lejos de investigar con ecuanimidad, admitía ser parte de la contienda que favorecía a los grupos concentrados. Y es que la empresa periodística perdió su independencia financiera. Se convirtió en un eslabón más de la canallada especulativa. Son las mismas empresas que avalaron los golpes de Estado en la década del 70 y que más tarde, merced a la compra de personal jurídico corrompido, lograron que no pudiera aplicarse una Ley de Medios sancionada por las mayorías en el Congreso. Esta derrota política y cultural marcó un feroz retroceso en la batalla por una palabra periodística realmente sana, sagaz, que hiciera investigación profunda. La fantochada de un grupo de inescrupulosos gritando “queremos preguntar” en cierto programa televisivo advino como la coronación de la banalidad y el desparpajo con que los medios dirigían sus cañones contra todo aquel que mínimamente se interpusiera en sus intereses. Misteriosamente, la corrupción aparecía solamente de un lado del espectro político (y no estamos diciendo que no haya lacras dentro del llamado progresismo), mientras que del otro lado solamente se exhibían las huertitas orgánicas de las primeras damas o la seriedad de mandatarios y sus cónyuges que consideraban a los pobres como pertenecientes a otra especie. Estos desaguisados nunca se dicen desde la plena estupidez. Buscan lentamente erosionar los pactos sociales de la Modernidad para instaurar la lógica del pensamiento individualista. Lo que en un momento se expone y parece un escándalo, después se va consolidando por la repetición de cientos de mensajes que, si bien no son iguales, tienen un mismo denominador común ideológico. Ese es el modo en que las derechas actualmente expanden sus ideas en una batalla cultural que vociferan estar ganando. Pero las dinámicas sociales nunca están cerradas…
Hay un colonialismo epistémico, que une las facetas culturales y educativas. En este caso se acepta la función periférica de nuestro país, al que se le quita la oportunidad de ser creador de ciencia, cultura y pedagogía. La dictadura militar bajó al mínimo el presupuesto educativo y fue la primera administración en transferir la educación primaria y pre-primaria a las provincias, quitando el necesario aporte nacional. Además del feroz marco represivo, se inició un deterioro en el tejido educativo de base, ya que la fuente fundamental de financiación fue eliminada. Esta provincialización de la educación será retomada en la década del noventa con la Ley Federal, que profundizó el modelo no sólo desfinanciando al sistema estatal y subsidiando al privado, sino llevando la cuestión presupuestaria a nivel municipal. Ya no eran ni la Nación ni las Provincias, sino el cordón más débil de la red política el que debía encontrar fondos para mantener en funciones al sistema. Municipios de históricas clases medias podían mantener una calidad educativa un poco más elaboradas, en tanto que municipios más pobres tenían que aceptar una enseñanza de segundo y de tercer nivel al no poder entregar los fondos necesarios para un buen desempeño escolar. La escuela se convirtió dejó de ser la niveladora social con que los verdaderos republicanos y luego el primer justicialismo soñaron para transformarse en la aseguradora de la iniquidad estructural del clasismo. La “Carpa Blanca” durante la nefasta administración del menemato fue el corolario de una crisis mortal del sistema educativo argentino. Crisis que se profundizó con la desinversión industrial, el cierre de las escuelas de Artes y Oficios y la pauperización del hospital público en pos del negociado de las Prepagas. A esto se le suma el virtual aniquilamiento del CONICET y la tercera ola de expulsión de científicos que vivió nuestro país. Recordemos que este fenómeno llamado “fuga de cerebros” se vivió tres veces. La primera de ellas ocurrió durante el onganiato (66-71), la segunda con el mal Proceso de Reorganización Nacional (76-83) y la tercera durante la derrota de la democracia bajo las administraciones neoliberales del pejotismo menemista (89-99) y de la fallida alianza radical-frepasista (99-01). Saliendo levemente del modelo corporativo financiero, la crisis educativa y científica continuó durante el duhaldismo (02-03). Luego de doce años de sistemática mejora durante la gestión kirchnerista (03-15), el ciclo se resiente con la derrota del progresismo, las experiencias neoliberales e incluso el desacertado gobierno de Fernández[4] y el advenimiento de una nueva lógica administrativa con tendencias especulativas y antiproductivas.
El declive educativo y científico trae consecuencias políticas que desembocan en una forma de colonialismo mental. Da la sensación de que Argentina no puede constituirse en un polo de saber autónomo cuya ciencia resuelva los problemas del país y contribuya a encontrar soluciones a cuestiones regionales y mundiales. Las políticas educativas y científicas son inherentes al desarrollo de la capacidad productiva de la nación. Por más que la prensa pactista insista en que un país como el nuestro puede vivir del turismo, los servicios y la especulación financiera, la experiencia demuestra que las grandes naciones protegen su entramado industrial y tecnológico. No hay nación sin gran industria. El destino de las economías agrarias es sórdido porque el deterioro de los términos de intercambio en los saldos de exportación determina el endeudamiento crónico. Las cuentas fiscales se equilibran vía ajuste, con la consiguiente carga de dolor social y pérdidas laborales, y con endeudamiento externo, que es el factor condicionante de nuestra vida política desde la crisis de deuda de 1982. Esta presión del endeudamiento permanente desdibuja toda posibilidad de desarrollo autónomo. Por supuesto, se insiste con la mentira convertida en un latiguillo de que es bueno que el país tome deuda, porque eso implica la noble confianza con que los mercados internacionales de capital honran a nuestro país. No hay nada más inexacto. Los mercados internacionales, como agentes del colonialismo, buscan maximizar sus ganancias. Cuando el sistema financiero presta a un país, se lo hace bajo condiciones leoninas que favorecen nada más que a los tenedores de bonos. Todo ese capital jamás se dirige al sistema productivo. Históricamente ha marchado a la rueda financiera, que vuelve a extraer esos capitales del país con intereses escandalosos. Y cuando el país ya no puede pagar, son las privatizaciones fraudulentas o los recursos minerales aquello que se busca obtener como renta extraordinaria. Peor aún: los sucesivos blanqueos que han hecho las últimas gestiones, incluidas las progresistas, demuestran que hay un entramado que permite la fuga de capitales al amparo de la Ley de Entidades Financieras que nadie se ha animado a derogar. Se han fugado del país más de 400 mil millones de dólares, prácticamente el 80 por ciento de nuestro producto bruto interno. Es dinero que ha surgido de la plusvalía feroz con que los sectores concentrados del país obtienen sus ganancias, aprovechando una ley ruinosa de Entidades Financieras[5] y otros mecanismos de lavado para extraer la riqueza que se ha generado en el país. Lo atroz es que estos blanqueos se postulan como algo bueno y no son más que el modo de legalizar una pequeña parte de rentas que son argentinas.
Ya hemos hablado del colonialismo judicial que impide activar contra esta forma que depreda la vida económica argentina. El ciclo no termina aquí. Una vez blanqueados, los capitales vuelven a irse con pingües ganancias. En las arcas del Banco Central han quedado apenas mil novecientos millones de dólares. De cada 100 dólares ilegalmente extraídos (o extraídos con una ley de la Dictadura que la falsa democracia formal no derogó) quedan menos de 0,5 dólares para nuestro desarrollo. ¿Qué nación puede soportar una Ley de Entidades Financieras que permite a la banca y a las finanzas, en pos de la supuesta confianza de los mercados, remitir al exterior todas sus utilidades con pagos impositivos casi nulos? ¿Qué nación puede soportar este nivel de saqueo a lo largo de medio siglo?
Esta vorágine genera una permanente tensión en el sistema económico. Cuando las variables especulativas estallan en cada una de las periódicas crisis inflacionarias, se le hace creer a la sociedad que son los subsidios o las empresas estatales las causantes del desastre. Poco a poco se fue formando una cultura de la resignación en la que los mismos sectores medios y bajos aceptan la ideología que se les impone como un destino inexorable: “hay que ajustar; así no se puede seguir”; “la culpa es nuestra”, “se ha derrochado”, “hemos dejado que se robara”, “no hay que dar pescado, sino enseñar a pescar”: toda una fraseología que esconde cuáles son los verdaderos autores del desastre estructural que es la República Argentina. Estos lugares comunes o tópicos, llevados al extremo por ciertos comunicadores sociales, advienen en una profecía auto-cumplida de fracaso. El ajuste auto-infligido, para ir cerrando el parágrafo, lo pagan la educación, la ciencia, la tecnología y el mercado interno. Destino manifiesto de fracaso el nuestro. Ahí está la clave del colonialismo epistémico que hemos desarrollado. La sociedad acepta las categorías de la dirigencia empresarial y de cúpulas políticas y gremiales que, a partir del Rodrigazo[6], han aceptado la extorsión permanente de los centros de poder y trasladaron a toda la sociedad el peso de este exterminio silencioso de nuestras posibilidades como patria autónoma.
Podemos hablar también de una concepción colonialista de la fuerza pública. Todas estas capas de subdesarrollo mental se superponen para formar una superestructura de dominio ideológico que en la actualidad opera desde el poder mediático y electrónico (trolls pagados, periodistas que se venden a intereses corporativos, haters profesionales), pero que en el pasado reciente se ejercitó mediante el uso de la fuerza pública, que es financiada por toda la ciudadanía muchas veces para atentar contra los mismos ciudadanos.
En las décadas del 60 y el 70, se lo hizo mediante la Escuela de las Américas, promovida por la camarilla criminal del Pentágono y la CIA. La inteligencia norteamericana, comandada por el genocida Henry Kissinger, no dudó en subvencionar a cuadros militares y paramilitares del continente con la idea de formarlos en técnicas de represión social contra todo cuadro político que se opusiera al plan neoliberal. En nuestro subcontinente esta guerra inmoral debió efectuarse a través del golpismo puro y duro. Aquellas técnicas concentracionarias (uso ilegal de las armas, secuestro, tortura, violación, delación y finalmente desaparición) operaban bajo una idea de Soberanía que sólo se entendía como control del territorio en el plano fronterizo y el disciplinamiento de aquellos sectores sociales considerados peligrosos por los grupos oligárquicos dueños del poder real. Nunca se respetaron ni promovieron las otras formas de ser soberano, como el respeto a los Derechos Humanos, el uso legal del derecho, la autarquía industrial, el control nacional de los recursos naturales, el cuidado de la deuda pública para no dejar al Estado atado a organismos criminales como el FMI, el respeto por todas las ideologías políticas y gremiales, el prudente manejo de la moneda como agente de intercambio y el control de la banca en función de nuestro propio crecimiento autónomo. Nada de eso se tuvo en cuenta. La única soberanía fue paisajística y territorial, bajo la absurda premisa de que un país es solamente el territorio.
Estas convergencia jurídica, mediática, cultural y educativa son los pilares que sostienen el edificio del subdesarrollo argentino, cuya modalidad económica primaria y financiera ha logrado desestabilizar todos los intentos de lograr otro tipo de pacto social. El esfuerzo industrializador del primer peronismo y el intento de un modelo nacional a partir de la década del 70 no lograron cristalizar una nueva sociedad en la que el bien público (el derecho social) se constituyera como la fuente de los derechos individuales (derecho burgués).
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Como bien explica el politólogo Giacomo Marramao (1946), el tiempo de la política y el Estado es lento. Las transformaciones que permitieron el advenimiento de los derechos son hijas de luchas generacionales. El Estado posee una dinámica estructural compleja y de permanente tensión. Por el contrario, la nueva lógica consumista es abrumadoramente rápida y sólo mira el hedonismo personal. De ahí que las nuevas plataformas políticas de la ultraderecha critiquen a la misma política de la que viven. Lo hacen como maniobra de pinzas: acorralan al ciudadano; le quitan toda esperanza… Y aparecen esas mismas élites como las salvadoras del desastre que soterradamente provocan. Prometen celeridad en las reformas; prometen resolver en cinco minutos problemas de décadas; prometen una lógica de videojuego donde matar es un acto tan simple como un link o un like. ↑
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Sabemos que este enfoque es parcial. Los sectores medios incluidos en las ruedas del sistema laboral pudieron sentir ese desborde informático en que el mundo laboral cayó vertiginosamente (zoom, meets, tablets, comunicaciones permanentes, el miedo de la desconexión). Para otros sectores sociales más castigados, ni siquiera hubo la posibilidad de esa tasa de sobre-explotación. De un día para el mundo millones de habitantes quedaron presos de una realidad fantasmal. Al no estar incluidos en el mercado laboral formal o semiformal, vieron sus formas precarias de vida mucho más castigadas. El confinamiento, estrictamente necesario desde la realidad viral y epidemiológica, trajo innumerables marcas psíquicas: violencia intrahogareña, abusos, depresión, alcoholismo. Los Estados nacionales, destruidos por cuarenta años de práctica neoliberal financiera, no estaban capacitados para enfrentar una crisis epidemiológica que implicara el aislamiento, como había sucedido de un modo menos traumático con la crisis de la poliomielitis en la década del 50. Lejos de fortalecer la idea de robustecer los Estados y empezar a jaquear al capital financiero que había destruido a las naciones periféricas y deteriorado los lazos en las sociedades centrales, el gran Capital se las ingenió para difundir mensajes inversos. El socialismo, el comunismo, los zurdos y una tiranía no del todo explícita buscaban ahogar al individuo, sometido al enclaustramiento. En situación de indefensión, vastos sectores sociales terminaron aceptando estas premisas y una horda neofascista impuso con falsa retórica la idea del individualismo extremo. El colonialismo impuso mensajes que escondían el atroz papel de los sectores concentrados del mundo financiero como culpables directos de las desastrosas políticas públicas aplicadas por el Condenso de Washington. Las culpas de lo sucedido eran de los Estados y de la falta de iniciativa privada. La culpa era de los impuestos. Toda esta mediocridad intelectual encontró en las redes y en las tecnologías celulares campo fértil para vindicar la antipolítica. ↑
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El filósofo Eric Sadin (1973) explica en su obra La era del individuo tirano que, tras la victoria del tándem Thatcher-Reagan y el descalabro deliberado de las políticas sociales por partes de las administraciones neoliberales, la Posmodernidad generó un nuevo individuo que dejó de creer en los pactos sociales de largo alcance. Esa angustia por no encontrar nuevas formas de hacer política efectiva que se tradujera en resultados que armonizaran a la sociedad obtuvo como contraprestación a un actante social enojadizo, cansado, hedonista y deseoso únicamente de transcurrir la existencia en medio de consumos preparados por las estrategias de marketing. Viajes, modelización del cuerpo, especulación inmobiliaria, gimnasios, cirugías estéticas, anestesiamiento a través de las redes sociales con contenidos insustanciales. He ahí al sujeto que descree de la política y luego, sin admitir quiénes son los que provocan el descalabro en la sociedad, termina aceptando los nuevos modos de la antipolítica. En la segunda etapa de la crisis de valores democráticos que provoca la anarquía capitalista, las culpas recaen en el cobrizo, en el inmigrante, en el indígena, en los escasos políticos que plantean ideas de nuevo pacto social. Se vuelve entonces a un vocabulario de Guerra Fría pero sin Comunismo a la vista. De pronto, todos pasan a ser o terroristas o zurdos. Una vez más, aquellos que generan la violencia estructural del sistema buscan hechos delictivos para escandalizar a la sociedad y presentarse a sí mismos como garantes del orden. ↑
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El equivocado retroceso del gobierno de Fernández cuando fue detectado el caso de corrupción de la empresa Vincentín y su posterior arreglo político con el FMI, tras pactar en el plano interno con que aquellos que habían endeudado al Estado por más de 48 mil millones de dólares condujeron a un desastre financiero y a una encerrona que desembocó en el debilitamiento del arco político y en el surgimiento de voces desaforadas que, desde el delirio y la mentira, lograron imponer con la connivencia de los medios sus dislates. Desde entonces, el Estado se retira de su esencial función de nivelador social y armador del ciclo económico para desempeñarse meramente en tareas represivas. ↑
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Incluimos también en este escándalo a la Ley de Bases. ↑
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El Rodrigazo fue una devaluación violenta producida en 1975 por el Ministro de Economía Celestino Rodrigo (1915-1987). Su impacto desencadenó una crisis inflacionaria y una brutal transferencia de ingresos de los sectores obreros y medios a la clase financiera. El problema radica en que por primera vez el partido peronista admitió la idea del ajuste como única salida a la crisis. La espiral inflacionaria que generó fue una de las excusas perfectas para pergeñar el golpe de Estado del 76. El Ministro de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz (1925-2013), aseguró que el país tendría en el 76 una inflación del 4200 % en caso de no haber tomado las medidas antinacionales y antindustriales que adoptó su plan. La oligarquía volvió a usar el recurso de generar hiperinflaciones para desestabilizar gobiernos e imponer sus planes de brutal transferencia de ingresos. Lo hizo en el 89 para destruir a la socialdemocracia republicana encarnada en el alfonsinismo y en el 91 para aleccionar al menemato sobre los peligros de intentar armar una mínima estructura económica que respondiera mínimamente al trust del capitalismo agrario nacional. Finalmente, con la absurda idea de que los subsidios generaban emisión inflacionaria, una nueva fuerza ultra-reaccionaria triunfó en las elecciones de 2023. En medio del desquicio provocado por los graves errores conceptuales del nuevo presidente, se volvió a apelar al discurso de que el ajuste nuevamente había salvado al país de una inflación estrambótica que hubiera llegado (misteriosamente) al 4200 %. Cuando un país repite sus errores, siempre es tragedia. No hay farsa aquí. Hay muerte, desesperanza, estupidez y locura. ↑