El episodio de la tiza en la pared había dejado al padre Ariel muy pensativo y algo consternado, fue entonces que tomó una decisión, había escuchado que un viejo conocido de unos 70 años, participe de varios episodios despreciables de la tiranía peronista, estaba buscando un cura para confesarse, había sido conocido entre la curia por un ateísmo confeso y eso era lo que llamaba la atención del padre Ariel. Pero ningún sacerdote quería ir a su encuentro, este hombre moraba en un pueblito de buenos Aires, alejado de la capital, en el campo, vivía aislado. Aquel, había sido miembro de los jefes de manzana de la tiranía. Conocido como “Don Barrionuevo, había participado en los apagones forzados de 1952 a 1953 donde los jefes de manzanas obligaban a realizar apagones por miedo a complot cívico-militar, realizaban rondas nocturnas y patrullas barriales que controlaban quien cumplía o no, las parroquias se quejaban de que estos intimidaban a fieles y comerciantes con abusos de poder, amedrentamientos y violencia. También presionaban a las parroquias para que tocaran las campanas los 17 de octubre o para la conmemoración del funeral de Eva Perón luego de que las iglesias rompen con el gobierno en los años 1953 y 1954; y lo más condenable de todo por la iglesia, Don Barrionuevo participó de expropiaciones obreras que tomaban depósitos o mercaderías de patrones para alimentar obreros en huelga.
Don Barrionuevo había sido un forjista en los años treinta y primeros años cuarenta, tuvo contacto con intelectuales como Arturo Jaureche y Scalabrini Ortiz y era además un autodidacta de todo tipo de cultura general; fue uno de los fundadores de la unión obrera metalúrgica. En el círculo íntimo de Ariel hablaban de los Jefes de manzana con total desprecio, con horror. Un jefe de manzana, ¡se dice de pronto! Tenía que ver con aquellos tiempos en que todo el mundo se llamaba “compañero”. Esos hombres eran casi unos monstruos.
¿Cómo no habían llevado a aquel hombre, ante el tribunal de más alta instancia de la revolución libertadora? Debería estar preso para toda la vida. ¡Que sirviera de ejemplo, vamos! Etc., etc. Para completar el cuadro, era un ateo, al menos la mayoría de los peronistas eran profundamente creyentes, este tenía todas las condiciones monstruosas.
¿Era, por cierto, Don Barrionuevo, un monstruo? Sí, ateniéndose a la soledad en que vivía. Vivía a tres horas de viaje de la ciudad, lejos de cualquier barrios o pueblo, lejos de cualquier camino. Tenía allá, decían, algo así como una casa en el campo, un agujero. No había vecinos, ni siquiera transeúntes. Desde que vivía en aquel pueblito, el sendero que llevaba a él había desaparecido bajo la hierba. Se mencionaba aquel sitio como se menciona la casa del despreciable.
Pero el padre Ariel reflexionaba y, de vez en cuando, se decía: Hay ahí un alma que está sola. Y, en lo hondo del pensamiento, añadía: “Debo ir a verlo”.
Pero hemos de confesar que aquella idea, natural a primera vista, le parecía, tras pensarlo un momento, rara e imposible; e incluso repugnante.
Pues, en el fondo, compartía la impresión general de sus allegados y este hombre le inspiraba, sin darse cuenta con claridad, ese sentimiento que es como la frontera del odio y que también queda expresado en la palabra desprecio.
Pensaba, ¿debe retroceder el pastor ante el cordero peligroso? No.
¡Pero que cordero…!
El buen padre estaba perplejo. A veces estaba decidido a ir hacia allá, y
luego se volvía.
A los pocos días, le llegó a Ariel el rumor de que un niño que atendía a don Barrionuevo en su tugurio, había ido a buscar un médico; aquel viejo despreciable se estaba muriendo, la parálisis se estaba adueñando de él y no pasaría de la noche.
El obispo tomó su biblia, se puso la sotana, y un abrigo porque no tardaría en levantarse el viento de la tarde, y se fue para el pueblito donde vivía Don Barrionuevo.
Ya estaba cayendo el sol, casi tocando el horizonte, cuando llegó el padre al
lugar. Se dio cuenta, y el corazón se le aceleró un poco, de que estaba cerca de un ser al que todos en su círculo despreciaba. Dio unos cuantos pasos y, de pronto, al fondo del lugar, detrás de unos matorrales altos, vio la cueva del hombre.
Era una casa muy baja, precaria, pequeña pero limpia con una parra en
la fachada.
Ante la puerta, en un sillón de campesino, estaba sentado un hombre canoso que miraba al sol.
Junto al anciano, sentado, había un joven de pie. Le estaba sirviendo al anciano un vaso de vino.
Mientras el padre los miraba, el anciano habló.
—Gracias —dijo—. No necesito nada más. Y apartó la mirada del sol
para detenerla en el niño.
El padre Ariel se acercó. Al ruido de sus pasos, el anciano giró la cabeza y
le asomó al rostro una sorpresa.
—Desde que estoy aquí hace casi un año—dijo—, es la primera vez que entra alguien en mi casa. ¿Quién es usted, señor?
El padre respondió:
—Me llamo Ariel.
—Ariel. Mucho gusto en conocerlo. ¿Es a usted a quien esperaba, un sacerdote?
—efectivamente, lo soy.
El anciano siguió diciendo, sonriendo a medias:
—En tal caso, ¿es usted mi sacerdote?
—Algo así.
—Entre, por favor.
Don Barrionuevo le extendió la mano al cura, pero este no la tomó.
El cura se limitó a decir:
—Me alegro de ver que me habían informado mal. Desde luego que no me parece que esté usted enfermo.
—Padre —contestó el anciano—, parezco bien de salud.
Hizo una pausa y dijo:
—Sin embargo, moriré muy pronto, lo siento dentro mío.
Luego añadió:
—Tengo algo de brujo; presiento cuando llega la última hora. Está hermoso el sol, ¿cierto? He pedido que me sacasen para mirar las cosas por última vez. Puede hablarme, no me cansa. Hizo bien en venir a bendecir a un hombre que se muere. Es bueno que un momento así tenga testigos de fe. Cada cual tiene sus cosas; no me gustaría morir solo y asustar a este niño
El anciano miró el cura:
—Nene, andá a la cama. Ya te quedaste despierto anoche. Estás cansado.
El niño se metió en la cabaña.
El anciano lo siguió con la vista y comentó, como si hablase consigo
mismo:
—Me moriré mientras duerme.
El cura no estaba tan emocionado como debía haberlo estado en
realidad. No le parecía notar a Dios en aquella forma de morirse;
y estaba a punto de caer en la tentación de replicar con un “compañero”. Le entraron unas ganas de ser sarcástico con el hombre, bastante usual en los sacerdotes amigos y en sus amigos con estos peronistas despreciables, pero que en él no era habitual. En última instancia, aquel hombre, aquel peronista, aquel partidario activo de la tiranía que asolo al país diez años, había sido uno de los poderosos del pais; quizá por primera vez en la vida el padre estaba furioso.
Don Barrionuevo, sin embargo, lo miraba con una cordialidad amable y sincera.
El padre, por su parte, aunque solía estar precavido contra la curiosidad, que, según él, ocupaba un lugar junto a la ofensa, no podía al menos pasarle factura al hombre con una atención que, al no proceder de la simpatía, su conciencia le habría reprochado seguramente de haberse tratado de cualquier otro hombre. Un ex jefe de manzana le parecía, en cierto modo, algo así como un criminal, al margen de la ley, incluso de la ley de la caridad.
Don Barrionuevo, con el busto casi erguido del todo, de voz penetrante, era uno de esos viejos robustos que asombran a los médicos. Se notaba en aquel anciano a un hombre vigoroso. Tan cerca del final, no había perdido ni un ápice de la salud. La mirada clara, el acento firme, la fuerte postura eran como para desconcertar a la muerte.
Parecía que este hombre. se moría porque consideraba que ya era hora y había vivido demasiado y con intensidad. En aquella agonía había libertad. Sólo las piernas estaban inmóviles. Por ahí lo tenía agarrado la muerte. Los pies estaban muertos, y la cabeza vivía con toda la fuerza de la vida y parecía hallarse a plena luz.
Había una silla cerca. El padre Ariel se sentó. El sarcasmo no se hizo esperar.
—Muy bien —dijo con tono de reto—. Al menos, no participó en la quema de las iglesias del 16 de junio.
Don Barrionuevo no pareció fijarse en el sarcasmo visible que había en esas palabras: de todas maneras, respondió, y se le había borrado la sonrisa de la cara:
—No tenga tanta prisa en darme eso como algo bien hecho, señor mío; si no participé fue porque ya no me daban las piernas y decidí retirarme a vivir en paz los últimos tiempos en este lugar, pero estuve ese día a favor de lo que ustedes llaman tiranía, al fin de cuentas, ¿Quién asegura donde está la tiranía y donde no?.
—¿Qué quiere decir? —preguntó el padre.
—Quiero decir que todos tenemos un tirano: la soberbia de superioridad. Yo estaba a favor del fin de ese tirano. Ese tirano engendró la superioridad racial con la que nos trataron siempre, desde los gauchos e indios que Sarmiento despreciaba y quería eliminar, hasta los morochos que se refrescaron los pies en las fuentes de la plaza de mayo.
—Con arrogancia —añadió el cura.
—Respondieron con la misma arrogancia que siempre fueron tratados.
Ariel escuchaba, algo asombrado, a ese hombre que creía un bruto como creía a todo peronista.
Barrionuevo prosiguió:
—En cuanto a la quema de las iglesias, no creo que haya estado bien; pero tengo el deber de comprender. Lo que sucedió con las iglesias esa noche, fue la consecuencia necesaria de la muerte de más de trecientas personas esa misma tarde. Y eso no es todo, casi mil personas heridas, y lo que es peor aún, un micro escolar que transportaba niños en una excursión murieron bajo las bombas de esos asesinos, que la iglesia apoyó y bendijo sin pensar en estas cosas. Y puedo seguir, la quema de las iglesias fue un estallido de bronca contenido de tantos años de maltrato que, en esa década de lo que ustedes llaman tiranía, se habían terminado para nosotros.
Es decir, el fin de la explotación para los trabajadores, el fin del trabajo infantil para el niño, el derecho de las mujeres de votar. Eso fue lo que apoyé al estar a favor de lo que ustedes llaman con desprecio “la tiranía”. ¡apoyé los derechos de ancianidad, los asfaltos, los chalets en los barrios obreros para los trabajadores que venían del campo a buscar trabajo y no tenían un techo donde acobijar a sus hijos! Colaboré en la caída de los prejuicios raciales y la vejación de los trabajadores. Nosotros derribamos la vieja argentina, donde un puñado de terratenientes creían que todos éramos sus esclavos y el país su estancia privada; y esa vieja Argentina, receptáculo de miserias de los más necesitados, se convirtió en urna de alegría.
—Lindo zafarrancho —dijo el cura.
—Podría llamarlo alegría de la turba y, en la actualidad, tras ese fatídico regreso al pasado que se llama revolución libertadora”, alegría desaparecida. La obra, por desgracia, quedó incompleta, lo reconozco; echamos abajo los hechos de la antigua Argentina, pero no pudimos acabar del todo con sus ideas. No bastó con destruir los abusos: hay que cambiar las costumbres. Ya no hay molino, pero ahí sigue el viento.
—Echaron abajo… Echar abajo puede ser útil; pero no confío en una demolición en la que participa la ira.
—El derecho tiene su propia ira, padre, y la ira del derecho es un mal necesario. En cualquier caso, digan lo que digan, la Revolución peronista es el mayor paso de nuestro país para reivindicar la dignidad del hombre. Incompleta, sí; pero esencial. Llenó de derechos a los que no los tenían. Una cosa que seguro le parecerá menor, los pobres conocieron el mar.
Fue buena. Nuestra revolución es la consagración de los derechos de los trabajadores. Aunque ustedes crean todo lo contrario, trajo consigo la civilización.
El padre no pudo contenerse:
—Sí. ¿y las torturas en las cárceles peronistas, a manos de la policía federal, eso le parece civilización?, ¿Los presos políticos como Ricardo Balbin le parecen expresiones de la civilización?, ¿El adoctrinamiento en las escuelas a los niños de primaria, la tortura de sindicalistas que no les respondían como Cipriano Reyes es obra de la civilización? ¿La prepotencia de los delegados de fábrica y los jefes de manzana, como entra eso en la categoría de civilización?
Don Barrionuevo se enderezó en la silla con una solemnidad sorprendente; y afirmó, dentro de los límites en que un moribundo puede decir:
—¡Ah, ya salió eso que tenía atravesado! Lo estaba esperando. No cree usted que la tormenta se estuvo formando durante más de un siglo de desprecio y humillación, de soportar miseria y malos tratos, despidos injustificados, hambre y vejaciones. Y un buen día, estalló en relámpagos de justicia incontrolables y llenos de resentimientos.
El padre Ariel notó, quizá sin admitirlo, que algo le había calado en el alma. Sin embargo, no mostró desconcierto. Contestó:
—El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre de la compasión, que no es sino una justicia más alta. Un relámpago no debe equivocarse porque es peligroso.
Y añadió, mirando fijamente al hombre:
—¿Y la muerte bajo tortura del doctor Ingalinella?
Don Barrionuevo bajó la mirada un segundo y luego la alzó al padre:
—¡El doctor Ingalinella! ¡Vamos a ver! ¿A quién llora? ¿A un inocente? Entonces bien, lloremos juntos, por su puesto, son cosas que nunca debieron suceder. Sin embargo, también tenemos que recordar los muertos de lo que usted defiende. ¿Conoce la historia del Caudillo Chacho Peñaloza? a quien Sarmiento mandó a cortarle la cabeza por defender los intereses de su provincia, y antes Dorrego, aclamado por los pobres y fusilado por Lavalle sin juicio previo, los indios masacrados por el general Julio Argentino Roca para robarles las tierras y vendérselas a sus amigos terratenientes. Los muertos de la semana roja en 1909 bajo las órdenes del Coronel Ramón Falcón, los casi setecientos muertos en la semana trágica en 1919, los muertos en la empresa esclavista inglesa “La Forestal” que pagaba a los obreros con papelitos y funcionaba como un país dentro del nuestro, los mil quinientos peones fusilados por su aclamado ejército en la Patagonia luego de haberles hecho cavar su propia tumba. Eso también es de una crueldad extrema que no se explica, ni se puede justificar. ¿O es que acaso usted a eso lo considera civilizado?
—Señor —dijo el padre Ariel—, no está bien que se comparen esas tragedias.
—¿Chacho Peñaloza y el doctor Ingalinella? ¿Por cuál de los dos protesta padre?
Hubo un momento de silencio. El padre Ariel estaba casi arrepentido de haber ido a ese terreno oscuro y, no obstante, se notaba pesada y curiosamente inmutado.
El hombre siguió diciendo:
—¡Ay, señor cura, no le gustan las crudezas de la verdad! A Cristo sí le gustaban. Agarraba su látigo y sacaba a latigazos a los avaros mercaderes del templo. Él no hacia diferencias entre los hombres. No se habría andado con reparos al comparar a Barrabás y a Herodes. Señor cura, las tragedias se suceden a diario y algunas son justificables por ustedes y otras no.
—Es cierto —dijo el padre en voz baja.
—Insisto —siguió diciendo don Barrionuevo.—. Ha nombrado al doctor Ingalinella. A ver si nos ponemos de acuerdo. ¿Vamos a llorar por todos los muertos inocentes, por todos los mártires, por todos los hombres y mujeres, por los de arriba y por los de abajo? Cuente conmigo. Pero entonces, ya se lo he dicho, hay que remontarse a tiempos anteriores al año 1945, y hay que empezar a derramar lágrimas antes de llegar al doctor Ingalinella. Lloraré con usted por los torturados en las comisarías peronistas, con tal de que usted llore conmigo por los trabajadores fusilados.
—Lloro por todos —dijo el Ariel.
—¡Por igual! —sentenció Barrionuevo.—. Y, si tiene que inclinarse la balanza, que se incline del lado del pueblo. Lleva más tiempo sufriendo.
Hubo otro silencio. Fue don Barrionuevo quien lo interrumpió. Se incorporó apoyándose en un codo, e increpó al cura con una mirada colmada de todas las energías de la agonía. Fue casi una sentencia.
—Sí, señor cura, hace mucho que el pueblo sufre. Y, además, la verdad, la cosa no se queda ahí. ¿Por qué viene usted a hacerme preguntas y a hablarme del doctor Ingalinella? Yo no lo conozco a usted y usted tampoco a mí. Desde que estoy en este pueblo he vivido aquí encerrado, solo, sin salir, sin ver a nadie más que a este pibe que me ayuda. Cierto es que me da la impresión de que usted es un hombre con principios y muy humanitario, y debo decirlo, parece buen hombre; pero eso no significa nada; las personas hábiles tienen muchas formas de engañar. Por cierto, no he oído el ruido de su coche, ha debido dejarlo detrás de los matorrales, en el ramal del camino. Yo no lo conozco, ya se lo repito. Me ha parecido que es un hombre bueno, pero eso no me informa sobre su personalidad ética. Así que vuelvo a preguntarle: ¿Quién es usted? ¡Un cura, es decir, un representante de la Iglesia, uno de esos hombres con dorados y rentas, con grandes prebendas — del obispado de la capital—, sin problemas para llenar la barriga, con cocineros, que comen bien, que los viernes comen salmón rosado, y los fines de semana pasta con estofado bien tiernito, que se pavonean con un lacayo delante y otro detrás, que tienen casas lujosas y van en autos caros en nombre de Jesucristo, que iba a pie y descalzo! Es un prelado: rentas, casas con lujos, coches, sirvientes, buena mesa, todas las comodidades de la vida; eso tiene, como lo tienen los demás, y, como los demás, disfruta con ello, bien está, pero a mí eso me dice demasiado o no me dice lo suficiente; no me informa del valor intrínseco y esencial de alguien que viene con la pretensión probable de traerme el conocimiento. ¿Con quién estoy hablando? ¿Quién es usted?
El padre Ariel bajó la cabeza y contestó:
—No lo sé.
—¡No lo sabe! —refunfuñó don Barrionuevo.
Ahora le tocaba a él ser altanero, y al cura, humilde.
Ariel añadió con suavidad:
—Bien, señor. Pero explíqueme en qué auto, que está ahí, a dos pasos, detrás de los árboles, en qué mi buena mesa y el salmón rosado qué como los viernes, en qué mis rentas, en qué mi casa con lujos y mis lacayos demuestran que la piedad no es una virtud, que la clemencia no es un deber.
El viejo Barrionuevo se pasó la mano por la frente, como para apartar un enojo.
—Antes de contestarle —dijo—, le ruego que me disculpe. Acabo de
hacer algo mal. Está usted en mi casa, es mi huésped y le debo cortesía. Usted discute mis ideas y lo que procede es que yo me limite a combatir sus razonamientos. Sus comodidades y las cosas de que disfruta me dan ventaja en la discusión, pero no está bien recurrir a ello. Le prometo no volver a hacerlo.
—Se lo agradezco —dijo el cura.
Barrionuevo. siguió diciendo:
—Volvamos a la explicación que me pedía. ¿Dónde estábamos? ¿Qué estábamos diciendo? ¿Que la tortura y asesinato del doctor Ingalinella es imperdonable?
—Imperdonable, sí —dijo el padre— ¿Qué le parece la expropiación de algunas estancias por parte de los peronistas?
—¿Qué le parece a usted la expropiación de tierras por parte del ejercito de Roca y la posterior esclavización de los sobrevivientes, y sus hijos publicados y vendidos como criados a las familias de la oligarquía?
La respuesta era dura, pero dio en el blanco con la rigidez de una punta de acero. El padre se sobresaltó y no dio con ninguna respuesta; pero lo hería aquella forma de sacar a colación la esclavización de niños de los pueblos originarios.
Don Barrionuevo empezaba ya a sentir la muerte; el asma de la agonía, que se mezcla con el último aliento, le entrecortaba la voz; pero en la mirada se le veía aún un alma completamente lúcida. Añadió:
—Digamos aún unas cuantas palabras sueltas. Dejando aparte nuestra revolución que, tomada en conjunto, es una gran conquista de derechos y dignidad del pueblo trabajador, los errores y tragedias sucedidos, por desgracia no pueden negarse. A usted le parece imperdonable; pero ¿y todo lo anterior, señor cura? Sarmiento, Alberdi, toda la generación del 37 y la generación del 80 también, todos odiaban al pueblo y cometieron crímenes atroces. Padre, compadezco a los torturados bajo el peronismo, pero también compadezco a aquella señora asesinada por la policía de Falcón solo por protestar por los aumentos de alquileres en los conventillos de la Boca, señor cura, a esos peones rurales que cavaron su tumba antes de recibir cuatro tiros por la espalda, bajo las órdenes del general Benigno Varela
¿Qué me dice de ese suplicio, de esos pobres infelices que solo querían un sueldo digno y recibieron la muerte más cruenta? Señor sacerdote, que no se le olvide esto: “La dictadura peronista” como ustedes la llaman, tuvo sus motivos. El futuro la absolverá de sus errores. Su resultado fue la dignidad de un pueblo que no la tenía, la industrialización de un país atrasado donde solo había ganado y con él se enriquecían un puñado de grandes terratenientes. De sus golpes más terribles nace una caricia para el trabajador. Abrevio, lo dejo, juego con demasiada ventaja. Y además me estoy muriendo.
Y, dejando de mirar al cura, Barrionuevo remató su opinión con estas pocas y sosegadas palabras:
—Sí, las brutalidades de la dignidad se llaman revoluciones. Cuando concluyen, hay que admitir que han sucedido excesos, pero que los más humillados han sido protegidos.
El hombre no sospechaba que acababa de llevarse por delante, una tras otra, todas las defensas interiores del padre Ariel. Pero quedaba una, y de esa defensa, recurso supremo de la resistencia del cura, salió esta frase en la que casi volvió a aparecer la rudeza del principio:
—La dignidad tiene que creér y crecer de Dios. El bien no puede tener sirvientes impíos. El que injuria a la iglesia de Dios es un mal conductor del género humano.
El anciano, solo respondió, yo no estoy en contra de Dios, estoy en contra de lo que la iglesia hizo de él en estos tiempos. Se estremeció. Miró al cielo y le brotó despacio de esa mirada una lágrima. Cuando rebosó del párpado, la lágrima le corrió por la mejilla; y dijo, tartamudeando casi, en voz baja y hablándose a sí mismo, con los ojos perdidos en las profundidades:
—¡Confieso que en algún momento dije ser Ateo, no es del todo cierto, quiero creer que el bien brota de algún lado, padre!
Tras un silencio, el anciano alzó un dedo para señalar el cielo y dijo:
—El cielo existe. Está ahí. Si el infinito no tuviera un Dios, ¿qué habría más allá?; y no sería infinito; dicho de otro modo, no sería. Pero es. Por consiguiente, tiene un Dios. Ese infinito es Dios.
El moribundo había dicho esas últimas palabras en un tono de voz alto y con el temblor del frio de la muerte, como si estuviera viendo a alguien. Cuando acabó de hablar, se le cerraron los ojos. El esfuerzo lo había agotado. Estaba claro que acababa de vivir en un minuto las pocas horas que le quedaban.
Lo que acababa de decir lo había aproximado a la muerte. Llegaba el instante final.
El padre se dio cuenta, el tiempo apremiaba, había venido como sacerdote y de la mayor frialdad había ido llegando gradualmente a la mayor emoción; miró aquellos ojos cerrados, tomó aquella mano vieja, arrugada y helada y se inclinó hacia el moribundo:
—Ésta es la hora de Dios. ¿No le parece que sería lamentable que nos hubiésemos conocido en vano?
El viejo hombre abrió los ojos. Una seriedad ya teñida de sombra se le pintó en el rostro.
—Padre —dijo con una calma que posiblemente le venía aún más de la dignidad del alma que del desfallecimiento de las fuerzas— he pasado la vida en la meditación, el estudio, la contemplación, pero también en la lucha por lo que consideraba justo. Tenía casi cincuenta años cuando me llamó mi pueblo explotado y me ordenó que me metiera en sus asuntos. Obedecí. Había abusos y los combatí; había humillaciones y luché por erradicarlas; había derechos y principios y los proclamé y los defendí. Fui pobre y muero como un trabajador con derechos y dignidad. Socorrí a los oprimidos, alivié a los que sufrían. Hice cosas de las que me arrepiento, es cierto; pero fue para vendar las heridas de los nadie.
Cumplí con mi deber en la medida de mis fuerzas e hice el bien que pude y consideré. Y luego me acusaron moralmente, me acosaron, me calumniaron, se rieron de mí, me maldijeron y aquí estoy. Noto que mucha gente se cree con derecho a despreciarme; y acepto, sin odiar a nadie, el aislamiento y el odio. Ahora tengo setenta años; voy a morirme. ¿Qué ha venido usted a pedirme?
—Que me perdone —dijo Ariel.
Y se arrodilló.
Cuando alzó la cabeza, en el rostro del hombre había una expresión augusta. Acababa de morir.
Ariel regresó a su casa muy ensimismado a saber en qué pensamientos. Se pasó la noche rezando.
A partir de ese momento sintió mucha más ternura y más fraternidad, de la que ya sentía con los humildes y los que sufrían, y emergió del encuentro con una sombra pesada y diferente.
9. LOS COMANDOS DE LA RESISTENCIA
Después de los años vividos con Perón, la caída del General fue vivida como
la muerte del padre, para los trabajadores argentinos, y para el grupo de
amigos en particular, un padre que los había cuidado como hace un padre, y
les había dado seguridad en una Argentina que no estaba acostumbrada a
cuidar a los trabajadores. No un padre de sangre, sino uno simbólico, inmenso,
capaz de haberle dado nombre y rostro a lo que antes solo era miseria sin
relato. Cuando se fue, pareció que todo se venía abajo. Como si el país se
desmoronara no con estruendo, sino con un silencio seco, desolado.
Lo que siguió fue la intemperie, la incertidumbre, la desazón, la impotencia.
Una nación partida en dos: mientras algunos brindaban por la “libertad
recuperada”, otros se tragaban la rabia, masticaban la bronca en silencio,
viendo cómo se incendiaban las banderas por las cuales habían conocido la
dignidad y la felicidad, cómo se arrasaban las obras, cómo se borraba —a
fuerza de odio— una historia que había sido suya, sin embargo para la
mayoría, la resistencia no fue de inmediato un fusil ni una proclama, fue otra
cosa, más invisible, Más profunda.
Fue guardar el retrato de Perón en la mesita de luz. Fue callar en el trabajo
cuando hablaban de “tirano prófugo”, pero sentir el corazón latir fuerte cada
vez que alguien murmuraba el nombre.
La resistencia, fue en esos días la memoria, el encuentro de los que amaban y
donde sentían un refugio en la tempestad. Un modo de no traicionarse. Una
forma de sobrevivir sin dejar de ser uno.
Asi fue como decidieron Octavio y sus amigos crear su propio mini grupo de
la resistencia, sin estructuras ni jerarquías claras, sino como una necesidad
elemental.
Un grupo de amigos, un barrio, un sindicato, un juramento entre mates y llanto.
Y nació también una liturgia: la mística de las pintadas clandestinas.
No era romanticismo. Era necesidad. Era esa mezcla brutal de miedo, furia y
esperanza que empuja a los hombres a hacer lo impensado cuando todo parece
perdido.