Para una relectura del pensamiento nacional de Marcelo Diamand.

Para una relectura del pensamiento nacional de Marcelo Diamand.

Marcelo Diamand (1929-2007)

Hemos presentado un modelo dialéctico sobre las formas en que el capitalismo se ha desarrollado a partir de las contradicciones internas que forman su propia dinámica evolutiva. El liberalismo es hijo de la burguesía que necesita construir el Estado Nación en una tensión permanente con la vieja nobleza militar y dinástica. Habrá momentos de tensión (revolución inglesa, revolución francesa) y otros momentos de reacomodamiento de ambas fuerzas para enfrentar a un enemigo común: campesinos que reclamaban las tierras comunales, incipientes fuerzas obreras, sindicatos. En la etapa ordoliberal, la burguesía lucha contra el Estado autoritario en su versión racial (nazismo), expansionista y corporativista (fascismos) y colectivista (comunismo en la versión estalinista, aunque cabe aclarar que también hubiera luchado contra un auténtico poder de los trabajadores auto-organizados mediante sóviets en el caso de haberse cumplido el proyecto leninista y trotskista). Muchos aspectos del accionar del Estado para los ordoliberales tienen puntos de contacto con la dinámica propuesta desde el capitalismo central por el keynesianismo y con las propuestas del populismo que se tejieron en las naciones periféricas con algún nivel de desarrollo industrial (Brasil y Argentina son los casos prototípicos). A partir del neoliberalismo, como tercera etapa del proceso, aparecen las ideas de la eliminación de la función social del Estado o de una reducción a su mínima expresión. De ahí la prédica constante sobre equilibrios fiscales imposibles y el llamado a un abaratamiento del salario y de la producción para favorecer a sectores del poder financiero concentrado y a clases medias dedicadas más que nada a los servicios. El pasaje filosófico que implicó medir el valor de la producción desde ámbito del trabajo al ámbito del consumo trajo consecuencias en el corto plazo (desplazamiento de las fábricas hacia sitios de producción cada vez más baratos, erosión de la clase obrera sindicalizada, quiebra de los sistemas de salud, pauperización del ámbito educativo, crisis de la institucionalidad judicial) y en el largo plazo (profundización de la idea del consumismo como única forma válida de existencia, desertificación de la tierra para incrementar la producción a partir de agro-tóxicos dañinos al medioambiente y al sistema endocrino, aumento de la contaminación ambiental fomentada por la producción suntuaria de bienes innecesarios, baja del precio de los productos elaborados en las márgenes más pobres del Tercer Mundo, flexibilización laboral permanente, trabajo en negro, migraciones externas con las consabidas crisis de inmigrantes, neofascismos surgidos a partir del miedo al que viene de otro país, migraciones internas que marchan a ciudades subdesarrolladas convertidas en megalópolis con un nivel de vida descendente, abandono a su suerte de sectores etarios no productivos con la crisis del sistema jubilatorio, medicalización extrema, incremento drogadicción y de la violencia social vinculada con el narco).

Este es el mundo neoliberal que se jacta, casi en una parodia de Leibniz, de ser el mejor de los mundos posibles. Es cierto que hubo tímidos intentos de retornar a algunas de las prácticas del populismo en Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia y México. El problema es que atemperan los problemas de cierto nivel de coyuntura y mantienen, durante un tiempo, interesantes prácticas de cohesión social y de reivindicación de la política y de los derechos humanos. Esto siempre es encomiable. A medida que estos gobiernos no logran transformar ciertas dinámicas económicas y sociales más profundas, como pasaremos a desarrollar en el fallido caso argentino, se vuelve siempre a foja cero. Muchos sectores de clase media, clase baja e incluso sectores obreros que celebraron la derrota del kirchnerismo no advirtieron que esta fuerza política representaba un esquema defensivo frente al orden nuevo emanado del capital financiero, cuyas ramificaciones se encuentra en la superestructura cultural (medios masivos de comunicación, redes cloacales de internet) y en el sistema judicial. Los fondos buitre amparados por jueces externos e internos son prueba de este deterioro. Además, hay que tener siempre en cuenta a una oligarquía parasitaria que maneja los hilos de la justicia o crea partidos políticos que tienen como fin es acorralar cualquier liderazgo que reivindique lo social y lo colectivo.

Las llamadas experiencias populistas han sido lo mejor que ha vivido nuestro país desde que se inicia su derrumbe con la falsa convención constituyente del 57. Pero que un proyecto político sea infinitamente mejor que otro no lo hace bueno en sí mismo.

A continuación, trataremos algunas ideas que se han repetido hasta el hartazgo con el fin de horadar la base social del mal llamado populismo[1]. Desde hace años se repite que la inflación es un problema de emisión monetaria. Desde las zonceras de Álvaro Alsogaray hasta los insultos de la actual gestión de gobierno hay un eje que cruza a todos los economistas que atentaron contra la soberanía del Estado argentino: “se crea dinero para satisfacer un gasto público exacerbado; ese dinero, que no es más que papel pintado, se traslada a los bienes y servicios. La inflación es un uso indiscriminado de la emisión monetaria”. Como toda simplificación y verdad incompleta, se termina convirtiendo en un dogma repetido mil veces en los diarios, las revistas, las radios, los programas televisivos y los nuevos expertos digitales. De este axioma se deriva una serie de postulados que, desde hace setenta años, cuando el mismo Alsogaray provocó la primera inflación de tres dígitos en la Argentina, vuelven a repetirse inexorablemente: “hay que hacer un ajuste, el Estado es un elefante (o un pedófilo en un parvulario), se gasta más de lo que se tiene, el empleo público es un despilfarro, hay que aplicar un lápiz colorado o una motosierra, etc., etc., etc.”. Es llamativo que, siendo la solución tan sencilla, siempre se termina en una catástrofe cada vez que se le aplica. Pero hay algo más curioso aún: todas las políticas de ajuste llevadas a cabo por dictaduras (Onganía con Krieger Vasena, Videla con Martínez de Hoz) o por gobiernos que han ganado elecciones[2], como la funestas experiencias del menemismo con Cavallo, de la Rúa con Machinea y Cavallo, Macri con Dujovne, Fernández con Guzmán y la actual administración, sumergen al país en una situación de crisis absoluta en el tejido productivo. Asimismo, la crisis provoca una brutal caída en la recaudación impositiva (ya hablaremos del efecto Tanzi-Olivera). El descenso de la tasa de producción y el derrumbe de los ingresos del fisco desembocan en dos efectos entrelazados: endeudamiento externo para amortiguar la crisis del Estado e inmediata alza de precios. Esta suba se debe a un fenómeno estructural: se producen menos bienes y hay más presión impositiva por cada bien producido. Por ende, cada objeto elaborado en el país tiende a subir su precio para paliar la pérdida tanto en la oferta como en la demanda. Una y otra vez los predicadores de la secta neoliberal repiten los mismo: si cae la demanda, los precios se estabilizan o descienden. Eso puede ocurrir en las economías desarrolladas con una situación que se acerca al pleno empleo. En las economías periféricas semi-industriales como la nuestra ocurre exactamente lo contrario: menos producción implica encarecer el producto para paliar la pérdida de demanda. Las leyes de la economía no son verdades matemáticas absolutas o ideas platónicas inmodificables. Cualquier productor o comerciante de barrio saben más que estos académicos y los traducen de un modo brillante: si antes vendía dos camisas a cien pesos y ahora, por la crisis, tengo una sola camisa y la presión fiscal más elevada, la vendo a doscientos a aquel que pueda comprarla. Es la historia de las últimas siete décadas en el país. NO FUNCIONA LA LEY DE LA OFERTA Y LA DEMANDA. Esa idea es perfecta en la centralidad del capitalismo; no se adapta a un país con dependencia externa, fuertemente endeudado y con un sistema productivo que necesita de la renta agraria y del extractivismo como sus mayores fuentes de ingresos.[3]

Los sucesivos ajustes en la economía nacional provocan una fuerte caída de los salarios y la producción. Tanzi y Olivera demostraron que la contracción económica provoca un descenso inflacionario en el corto plazo, pero la caída de la recaudación se acentúa de una manera alarmante. Para contrarrestar la merma de ingresos públicos, el Estado sigue ajustado sus prestaciones. Siempre expulsa a los trabajadores esenciales, pero la burocracia estatal permanece intacta. Los nuevos ajustes generan más caída del ingreso público. Cuando se hace inviable el ajuste, nuevamente emite dinero. Lo erróneo es que el Estado eleva la base monetaria a una velocidad mayor que la recuperación del sistema productivo. El efecto es extraño: hubo ajuste estatal y privado… Pero la inflación retorna con más fuerzas. La criminal ortodoxia económica ha sido capaz de generar una decena de ajustes desde el 83. Siempre cae en el mismo esquema: el salario es un costo; el Estado es improductivo; el trabajo en blanco encarece la inversión. La salida que proponen es la entrada a un hospital que desemboca en un cementerio: crisis bancaria, flexibilización, crisis fiscal, desempleo y estanflación. Ahora bien, cabe preguntarse si no existen otros mecanismos en el caso de la crónica inflación argentina. Nuestra moneda ha perdido 14 ceros en una centuria. Las grandes devaluaciones, que generan un shock hiperinflacionario breve, han sido practicadas desde el onganiato (devaluación del 60 por ciento) hasta el mileísmo (120 por ciento) por los equipos técnicos neoliberales. En el caso del plan de Convertibilidad de Cavallo, el dólar pasó de 655 Australes a 10000 en menos de un año con un alza de precios de 1341 por ciento en 1990. No fue una convertibilidad real, sino un plan de exterminio de la moneda y de la producción de los argentinos. A estos predicadores de la eficiencia no les molestaba el 282 por ciento de inflación tras la Guerra de Malvinas; no hablaron demasiado del 433 por ciento de inflación tras el fin del Proceso Militar. Pero el 34,7 por ciento de inflación anual en los años de la crisis kirchnerista provocó un escándalo en los medios comandados por los periodistas del establishment.[4]

Cabe preguntarse por qué los gobiernos de tendencia popular también han fracasado en la lucha por mejorar la distribución del ingreso dentro de un marco de estabilidad financiera. Es cierto que hubo una sustancial mejora en el período que va del 03 al 15, aunque no lograron fijarse bases más sólidas para el desenvolvimiento económico. Vamos a tentar dos respuestas a la pregunta que hemos planteado y que atañe al fracaso de la democracia argentina para generar una agenda de desarrollo autónomo que rompiera el esquematismo primario de nuestra producción.

Lo primero que debemos señalar es el carácter estructural y a la vez histórico de nuestra inflación. Para ello tendremos en cuenta, como hipótesis central de análisis, la vigencia de las ideas del economista argentino Marcelo Diamand y su análisis de la ESTRUCTURA PRODUCTIVA DESEQUILIBRADA (EPD). Primeramente, vamos a mencionar dos realidades que tienden a fusionarse, aunque merecen estudios distintos. No es lo mismo un cálculo inflacionario coyuntural que el cálculo de inflación estructural, tal como se desprende del análisis de Diamand. El cálculo inflacionario surge dentro del conglomerado de bienes y servicios que el INDEC pondera en un determinado período de tiempo. Los cambios en la medición de productos de la canasta registrados por el Instituto Nacional de Estadística y Censo son formas necesarias pero coyunturales de calcular el alza de los costos. Una de las tensiones políticas históricas pasa por el modo de medir este proceso. No es lo mismo el alza de la leche, los farináceos y los cárnicos que el alza de precios en los vinos de calidad, en los autos importados o en las embarcaciones. Un análisis correcto pondera lo que consume la gran mayoría de los habitantes. Si los productos alimenticios, la ropa y los consumos médicos se mantienen relativamente estables, es indiferente el alza de los tabacos extranjeros o el champán. No obstante, las administraciones neoliberales tienden a equiparar los consumos de un sector social minoritario con los sectores mayoritarios. Desde la época de la Plata Dulce de Martínez de Hoz, pasando por la experiencia de la Convertibilidad, el neoliberalismo macrista y la actual propuesta libertaria ha habido una manipulación en los modos de medición que resulta inversamente proporcional a las vociferaciones mediáticas en épocas desarrollistas o populistas. Sea como fuere, un cálculo real mide el impacto en los sectores que generan la producción y en aquellas capas sociales más desfavorecidas. Los otros guarismos estabilizadores son parte del mecanismo desequilibrado de endeudamiento, ya que esos bienes de alta gama que se importan constituyen divisas que el país pierde sistemáticamente junto con otros factores que traban la economía. Diamand comprendió que además de medir la inflación, lo que hay que ponderar son los índices de perturbación del proceso productivo. Todo modelo matemático necesita un axioma de base. En este caso, el axioma es la existencia postula el necesario EQUILIBRIO DE LA ESTRUCTURA PRODUCTIVA. La Argentina cae en crisis estructurales porque su economía se ha forjado a partir de desequilibrios permanentes. A excepción del peronismo, los intentos desarrollistas y el kirchnerismo, que buscaron cambios en la matriz de producción, todas las otras propuestas se concentraron en reformas financieras tendientes a la extranjerización del capital y a un duro ajuste en las cuentas del Fisco. Estas prácticas fiscalistas no han hecho más que agravar las causas del subdesarrollo y la dependencia. Nos dedicaremos a analizar la EPD de nuestro país y el modo en que estos desequilibrios se agravaron con la implementación del nuevo modelo bancario gestado en abril del 77. Como explica en su excelente ensayo Juan Santarcángelo, tanto la Ley 21495, que descentraliza y desnacionaliza los depósitos, como la 21526 que establece el marco legal para las entidades bancarias, tuvieron como meta romper el modelo de acumulación interna y destruir el proceso de industrialización que se había llevado con relativo éxito hasta el 75. La eliminación en los controles y restricciones direccionó el crédito hacia la actividad especulativa y frenó el modelo de cooperativas del interior y de la asignación de recursos para la creación de PYMES nacionales, que se habían convertido en las grandes generadoras de empleo desde el 46 en adelante. Esta desregulación permitió un juego de tasas de interés altísimas que buscaba atraer a los inversores, que luego reconvertían las ganancias en dólares que se giraba libremente al exterior. La idea del plan neoliberal era atraer una masa monetaria lo suficientemente alta como para que las tasas se ubicaran en los estándares internacionales, pero el efecto fue inverso. El fin de la actividad productiva determinó que los excedentes fueran a la especulación. La economía quedó alterada. En el vocabulario de Diamand, se profundizó el desequilibrio estructural. Dado que el tipo de cambio se hace fuerte según el nivel de actividad industrial y técnica de una nación, al reprimarizar la economía (los sectores agrarios pasaron a ser también los ganadores del sector financiero) se generó una crónica falta de competencia de la moneda nacional. De ahí que todas las apreciaciones del tipo de cambio sean falsas, ya que tarde o temprano nuestra moneda exhibe su debilidad endémica con los patrones monetarios de los países desarrollados. Pasó con la maxidevaluación desatada por Lorenzo Sigaut en el 81 tras salir del Plan de Martínez de Hoz y volvió a ocurrir con la caída de la Convertibilidad. En tanto y en cuanto no cambiemos la raíz de estos males, en breve experimentaremos nuevas pérdidas violentas del valor de nuestro peso. La caída de la inversión pública del 84% al 59% marcó la crisis que frenó a nuestro país hace medio siglo. Hoy vuelve a aplicarse ese método. Si a esto le sumamos la Comunicación 251 A del BCRA, mediante la cual se estatizó la deuda que habían generado las grandes empresas privadas en su acción especulativa, tenemos todos los datos para entender por qué el neoliberalismo financiero destruyó a este país. Las experiencias para salir de un proceso brutal de transferencia de la riqueza y de concentración del capital en manos de pocas manos (los llamados en su momento Capitanes de Industria) no tuvieron la fuerza para resistir los embates permanentes de un sistema financiero predatorio y de una prensa creada y financiada por ese sistema.[5]

Volvamos al problema de la Estructura Productiva Desequilibrada. Para llegar medianamente a este propósito, necesitamos contextualizar.

Si nos atenemos a su evolución histórica, es un error el concepto “inflación argentina”. Han sido varias capas de inflaciones distintas. No es lo mismo el proceso iniciado en la década del 50 que lo que está sucediendo en la actual fase. Podemos hablar de tres momentos históricos que marcan un problema cuya resolución no es tan simple como se ha querido demostrar en la campaña presidencial de 2023.

Este proceso se inicia en nuestro país con la pugna por la distribución del ingreso que planteó el modelo de sustitución de importaciones en su vertiente justicialista. Economistas como Alejandro Bunge (1880-1943), de clara tendencia conservadora, habían señalado que el modelo agro-exportador era inviable. La Década Infame necesitó de la activación de la rueda industrial para contrarrestar los efectos tan brutales como adversos de la dependencia inherente al sistema agro-exportador. Esta primera etapa de la sustitución de importaciones fue posible merced a la plusvalía generada por las masas migrantes internas, que debieron abandonar sus provincias de origen, para asentarse en Mendoza, en Rosario, Córdoba y fundamentalmente en los cordones suburbanos de Buenos Aires. El primer asentamiento urbano que tiene las características de los que hoy llamamos “barrios de emergencia” o “villas” ya aparece a comienzos de la década del 30.

La Argentina inicia un rápido proceso de empleo de mano de obra para paliar lo que no podíamos importar de la metrópolis británica. Esta dinámica se forjó a partir de salarios bajos y de obreros precarizados al extremo. Las crónicas de época atestiguan las enfermedades producidas por la mala alimentación, la suciedad y el hacinamiento. Las mismas características de la industrialización europea que vemos en las novelas naturalistas de Dickens o Zola aparecen en nuestra tierra, con la salvedad de que el sistema industrial criollo se concibió primeramente como una herramienta de transición hasta que las variables económicas volvieran a acomodarse al mundo anterior a la crisis bursátil de 1929. Esta plusvalía generada a partir de salarios misérrimos y de un nulo sistema jubilatorio y de salud permitió mantener la estructura de precios de una forma relativamente estable. Por supuesto que era una estabilidad hecha sobre la base de la tuberculosis y de la indigencia cotidiana. Obreros rápidamente envejecidos terminaban sus vidas sin un marco básico de contención estatal. Si el capital llega al mundo con sangre, la industrialización en su primera etapa lo hace con tisis.

A partir de la revolución de junio del 43 y de su posterior canalización mediante la vía democrática burguesa, el proletariado fabril comienza a convertirse en el nuevo sujeto político de la patria. Al ser la nuestra una economía de segundo orden, el Justicialismo enfrentó dos problemas graves. El primero de ellos tiene un origen externo. La profundización del proceso industrial estuvo permanentemente bloqueada por Estados Unidos. Europa no podía proveer a nuestro país de los bienes de capital necesarios para acentuar la tecnificación de la economía, ya que se encontraba abocada a la reconstrucción de todo su sistema productivo aniquilado por la Segunda Guerra. A partir de 1945, Norteamérica elaboró un sistemático boicot para que Argentina no pudiera proveerse del equipamiento necesario para mejorar su desempeño en sectores estratégicos como la aviación, la metalmecánica de gran alcance y el rubro automotor. Buscó frenar también el desarrollo petrolero que es la llave de toda dinámica fabril. Esto produjo una estrangulación financiera permanente, ya que la importación de maquinaria se hacía demasiado onerosa y lo que el país obtenía era de segunda línea. Pero además hay una tendencia declinante de los precios agrarios en relación con los productos manufacturados. Es una de las dinámicas de la evolución técnica del capitalismo. Argentina no se pudo sustraer a esa tendencia que está en la estructura misma del funcionamiento económico internacional. Las economías de fuerte base agraria se van rezagando respecto de aquellas que incrementan su poder productivo.

El segundo factor es de origen interno. A partir de la llegada del Coronel Perón a la Secretaría del Trabajo, se inicia el primer proceso de distribución del ingreso. Esta variable no había existido en la historia económica nacional. Los números que se exhiben a continuación muestran una primera forma de conflicto de clases que hasta entonces se había resuelto mediante la exclusión de inmensas mayorías que se encontraban bajo regímenes provinciales oligárquicos semi-feudales. La inflación de esta primera etapa es una forma de lucha de clases.

1945 19,9
1946 17,6
1947 13,6
1948 13,1
1949 31,0
1950 15,6
1951 36,7
1952 38,8
1953 4,0
1954 3,8
1955 12,3

No deja de ser llamativo que algunos economistas sigan postulando el regreso a un país estable a partir de la reducción drástica del ingreso de los trabajadores en la renta. La solución, además de absurda, sólo acaba con una drástica reducción del mercado interno. La caída del ingreso profundiza el cierre de las pymes y genera concentración oligopólica. Los resultados son isócronamente similares: empobrecimiento social, endeudamiento de la pequeña empresa, marginalidad y violencia callejera[6]. Si miramos los números del alza de precios durante el primer justicialismo, nos encontramos con una situación relativamente manejable, a pesar de que el país seguía dependiendo de sus cosechas para obtener estabilidad financiera.

El 8 de mayo de 1951, en el momento en que se inicia una leve espiral inflacionaria, Perón dará una propuesta concreta que se enmarca dentro del capitalismo productivista. Es necesario que el obrero produzca más para que la nueva plusvalía se utilice como método de estabilización económica. Reiteramos: es la solución lógica dentro de un ordoliberalismo que armoniza la propiedad privada con los intereses del Estado en función de una alianza de clases entre los sectores de la pequeña y mediana industria con la clase trabajadora.

“Es indudable que la producción es un factor importante dentro del país. Cuanto mayor sea el número de bienes que nosotros produzcamos, mayor será el número de que cada uno de los argentinos dispondrá para su vida feliz y tranquila, para que pueda tener su familia, educar a sus hijos, vivir en una casa decente e ir aumentando diariamente esa riqueza.

Esa riqueza, cuando se reparta proporcionalmente al esfuerzo, sacrificio y abnegación de cada uno, se transformará en una riqueza de la que disfrutarán todos los argentinos, humildes o no. Al final, el único que no tendrá nada será el que no produzca nada o el que no trabaje nada. Así llegaremos a que en este país haya una sola clase de hombres, que es lo que queremos nosotros, los que trabajan, que serán los que disfruten del producto de ese trabajo. Y el trabajo, de una maldición bíblica que pesa sobre los hombres, como ha sido siempre, pasará a ser una bendición, porque el bien material y la felicidad de ellos estará en razón directa del trabajo que él realiza.

Ennobleciendo y dignificando el trabajo es la única manera de llegar a formar lo que pretendemos con el régimen justicialista: una nación justa, una nación libre y una nación soberana.

Por eso, compañeros, he querido que este esfuerzo que ustedes realizan tenga el estímulo moral que represente el saber que estén realizando una labor en bien de todos, de ustedes mismos y de todo el resto del pueblo argentino, porque hoy, para mí, la virtud más grande que puede tener un argentino es desligarse un poco de sí y trabajar para todos, para tener la inmensa satisfacción de poder decir algún día que en la riqueza que el país disfruta, en la felicidad de sus hijos y en la alegría de los chicos que vemos pasar delante nuestro, hay un poco de esfuerzo que hemos realizado todos para hacer un país cada día un poco más rico y un poco más feliz.”

Los mal llamados liberales argentinos y la nueva gestión pseudo-libertaria[7] han insistido en que el proceso inflacionario nacional se origina con el peronismo. Basta comparar los números para salir de semejante miopía. En todo caso, podemos decir que la primera etapa de nuestra inflación es producto de una necesaria reestructuración de clases en el marco de una modernización productiva periférica que no logró romper los esquemas de la nación dependiente.

Tras la caída del primer proyecto de democracia social en 1955, un factor estructural se fue agravando. La Argentina no llegó a cumplir un proceso de industrialización sostenido. Como ya se esbozó con anterioridad, las divisas de nuestro sector externo siguieron siendo primordialmente agrarias. También hay que tener en cuenta que el país recién alcanzó el autoabastecimiento petrolero con la administración de Frondizi, pero eso no quiere decir que se llegó a la independencia en la política de hidrocarburos. Dos cuellos de botella atascaron el proceso productivo y se insertaron en la estructura inflacionaria argentina. El primero de ellos fue el alza de los precios de las manufacturas industriales. Esta es una tendencia constante dentro de la dinámica del capitalismo central. Podemos decir que una de las fuentes de plusvalía del desarrollo es el deterioro de los términos de intercambio que sufren las economías primarias. En el caso nuestro tenemos una dinámica más compleja: a) una nación semi-industrial que necesita bienes de capital; b) una renta agraria insuficiente para adquirir dichos bienes que permitieran el desarrollo de la industria pesada; c) una necesaria pugna por la distribución del ingreso, fenómeno que se dio solamente en nuestra república.

En el período que va del 56 al 83 tendremos las tres variables anteriormente detalladas determinarán constantes políticas de ajuste que sólo podían terminar en estallidos sociales como el Cordobazo, el Mendozazo, las movilizaciones del 72-73, los estallidos del 89, la crisis del 2001 y los sucesos del 17 y 18 de diciembre de 2017[8]. La verdadera dirigencia financiera utilizó a los militares como garantes represivos del orden, ya que se había decidido combatir el fenómeno inflacionario mediante un sistemático ataque a la clase obrera. Había que frenar la lucha por la distribución del ingreso. Desde entonces comenzamos a vivir un laberinto tortuoso de shock económico, estabilización cambiaria, merma productiva, recesión, crisis social, caída de los ingresos del fisco, rebrote inflacionario. A esto hay que sumarle una Estado que se convirtió en garante de la fuga de divisas y que, debido a la falta de capacidad para generar empleo privado, se fue engrosando en las áreas estrictamente burocráticas. Pero aquí disentimos del planteo liberal. Si el Estado se convirtió en un seguro de desempleo, lo hizo por la incapacidad de la alta burguesía argentina para generar empleo productivo. Esta incapacidad es fruto del modelo agro-exportador, que se quiso mantener a sangre y fuego durante todo el siglo XX. Hay que adosar luego al nuevo poder financiero y a las familias que tomaron al Estado como coto de caza para sus negocios privados. La nueva oligarquía (los llamados capitanes de industria que en la década del 70 financiaron a la dictadura y se enriquecieron con ella) atrofió el desarrollo capitalista autónomo de la Argentina. Esta nueva clase social condicionó nuestro crecimiento a sus necesidades, generó una evasión impositiva insostenible, negoció contratos fraudulentos, endeudó al Estado en el frente externo a partir de negociaciones permanentes con organismos de crédito que no son más que la cara legal del terrorismo económico y conformó un sistema oligopólico que jaqueó a la democracia desde 1983. Es cierto: el Estado se hizo ineficiente. Pero esto fue la consecuencia de una dirigencia solapada que tomó al país y esclerosó su sistema político y judicial.

Todo lo que hemos analizado sólo podía generar una larga dinámica inflacionaria cuyos números son un retrato del conflicto estructural que nos carcome:

1956 13,4%

1957 27,7%

1958 18,5%

1959 113,7% Primera gran devaluación de Álvaro Alsogaray.

1960 25,3%

1961 12,5%

1962 22,7%

1963 17,8 %

1964 14,0%

1965 10,2%

1966 21,2%

1967 25,0% Etapa desarrollista del onganiato.

1968 8,1% Ajuste neoliberal. Contracción salarial. Inicio de la crisis social.

1969 5,6% Profundización de la crisis social

1970 4,4%

1971 29,2% Crisis del ajuste neoliberal.

1972 58,5% Consecuencias del ajuste neoliberal.

1973 60,3%

1974 24,2%

1975 182,8% Rodrigazo. Política de shock neoliberal dentro del peronismo claudicante.

1976 441,1%

1977 176,0% Ajuste militar. Surgimiento de la nueva oligarquía. Especulación financiera.

1978 175,5% Etapa neoliberal. Endeudamiento externo. Especulación financiera.

1979 159,5% Etapa neoliberal. Endeudamiento externo. Especulación financiera.

1980 100,8% Etapa neoliberal. Endeudamiento externo. Especulación financiera.

1981 164,7% Estallido de la especulación financiera. Primera caída del sistema bancario.

1982 343,5% Crisis de la deuda externa generada por el modelo rentístico financiero de Martínez de Hoz.

1983 433,7% Hiperinflación generada por el modelo rentístico financiero neoliberal.

Pero un nuevo actor entra en la historia y genera una nueva presión en el sistema de precios. Nos referimos a la dupla ENDEUDAMIENTO EXTERNO y ACUERDOS CON EL FMI. Desde 1956, con la dictadura militar de Aramburu, nuestro país pareció atar su destino a un organismo de crédito con el que ya se tejieron 29 acuerdos. Todos fueron ruinosos. La única política sana que hubo fue el desendeudamiento llevado a cabo por Néstor Kirchner y la salida de una institución que ha tenido conductas que se enmarcan en un auténtico terrorismo económico contra la nación de los argentinos.

Estos procesos de endeudamiento y posterior shock económico para emprender los pagos se intensificaron con la gestión de Martínez de Hoz y condicionaron el posterior retorno a la democracia. Crisis de deuda y crisis inflacionaria son las dos caras de una misma moneda. Desde la aplicación de la Ley 21596 de Entidades Financieras, hemos soportado la extranjerización de la banca, la fuga de divisas al exterior bajo el eufemismo de transferencia de remesas y una auténtica penetración del capital financiero especulativo como forma de generar riqueza sin producción. Ya hemos dicho que en el año 57, con la derogación de la verdadera Constitución Social, se inicia nuestro derrumbe. Veinte años más tarde la crisis se profundizará con otro gobierno neoliberal cuya finalidad fue terminar de una vez y para siempre con la Argentina industrial y con la puja por el ingreso que corresponde a la movilización política. La Ley de Entidades Financieras es el correlato directo que permitió el endeudamiento y la presión inflacionaria sobre toda nuestra estructura productiva. Dentro del sistema republicano, las gestiones de cuño neoliberal continuaron con los procesos de endeudamiento nacional. En todos estos casos siempre hubo un mismo tópico: el endeudamiento es positivo; tomar deuda es la forma de incorporarnos a los mercados; el sistema financiero presta el dinero al país cuando este es confiable, etc. Vamos a decirlo con claridad palmaria: todo esto es una mentira colosal. Es una estafa. El modo en que en 2019 el FMI concedió 48 mil millones de dólares para que un partido político afín triunfara en las elecciones implicó una claudicación patria que volvió a atarnos. En el momento en que escribimos estas líneas, se teje otro acuerdo por 20 mil millones para mantener una política cambiaria destinada a la ruina porque tiene la misma práctica que la llamada Plata Dulce aplicada por el Proceso Militar entre el 76 y el 80. El atraso del tipo cambiario genera una falsa estabilización económica que luego se volatiliza apenas debemos reiniciar pagos onerosos que no pueden ser sostenidos por los saldos de exportación y la acumulación de reservas del Banco Central. Si 1975 representó la claudicación del peronismo, las otras gestiones decididamente no justicialistas[9] se las ingeniaron para que nuestra deuda pasara de 9 mil millones a cerca de 300 mil millones en medio siglo.

Del entramado de la deuda externa, la fuga de capitales y una estructura impositiva regresiva surge la explicación sobre nuestro extenso problema inflacionario. Vamos a reseñar aquellos factores que la prensa cómplice soslaya. Aquí está los factores de desequilibrio (EPD) anticipados por Diamand. Elaboraremos una comparación entre un país desarrollado con bajo componente de deuda respecto del nuestro.

País Desarrollado Argentina

  1. Producción de Bienes Industriales 70% 30%
  2. Producción de Bienes Primarios 30% 70%
  3. Incluye la producción de bienes con alto valor agregado o aquellos bienes complejos cuya realización se realiza dentro de la frontera nacional: autos, camiones, producción de bienes informáticos, barcos, aviones; todo tipo de producción metal-mecánica; conocimiento electrónico; ingeniería; química y medicamentos.
  4. Productos alimentarios e industrias vinculadas con la alimentación y el extractivsmo.
  5. Tasa de Concentración del Capital 20% 60%
  6. Tasa de Ganancias 30% 125%
  7. Implica el número de grandes empresas que ejercen acciones oligopólicas. En la Argentina el 60 por ciento de las empresas que logran exportar son concentradas y de tipo agro-exportador.
  8. Es la ganancia que históricamente mantiene la actividad productiva y la comercial. En los países del Primer Mundo el margen de ganancia ronda el 30 por ciento. En el nuestro se genera una presión extra, porque las tasas duplican lo que vale la producción de un bien o servicio. Lamentablemente, ese no es el mayor problema. Debemos incorporar a la renta financiera como el mayor acumulador de distorsión para el sistema productivo.
  9. Coeficiente de Exportaciones Industriales 70% 30%

Coeficiente de Exportaciones Primarias 30% 70%

  1. Coeficiente de Importaciones Industriales 40% 80%

Coeficiente de Importaciones Primarias 60% 20%

  1. La exportación de productos con alto valor agregado es esencial para desactivar el proceso inflacionario. A mayor ingreso de divisas, mayor cantidad de reservas en el Banco Central. En los países periféricos como el nuestro, un número robusto de reservas deja a resguardo la emisión monetaria.
  2. Según la Ley de deterioro de los términos de intercambio, las importaciones industriales tienden a ampliarse cuando el país no se desarrolla. Por otra parte, los precios de los bienes primarios exportados se estabilizan por demanda inelásticas, en tanto que los tecnológicos van al alza. No importa que el país exporte cada vez más producción agro-industrial (país granja, país factoría, país kiosco) ya que el aumento de la producción y la exportación en este sector obliga rápidamente al alza en la importación de productos más caros.
  3. Tasa de Distorsión Impositiva Nivel 1,5 Nivel 5
  4. La distorsión impositiva es otro factor clave en la espiral inflacionaria. Los países desarrollados logran regímenes armónicos: los sectores altos pagan un alto número de impuestos; los sectores medios y más postergados pagan mucho menos. Esta forma en la distribución impositiva marca el verdadero nivel de cohesión social de una nación. En nuestro país prácticamente toda la carga impositiva es pagada en mayor proporción por los sectores medios y bajos. Las clases altas, históricamente evasoras y dueñas del capital financiero que les permite la libre transferencia de divisas, pagan en proporción a sus ingresos mucho menos de lo correspondiente al Fisco. La mayor renta fiscal pasa a ser el IVA, un impuesto que tributan por igual el más rico y el más pobre.
  5. Tributación de deuda externa acorde al saldo de exportación:

Del 20 al 30% Del 100 al 200%

  1. Los saldos exportables se utilizan para el pago de deuda y para el robustecimiento de divisas. Todos los años nuestro país, acorde a los niveles de endeudamiento y a acuerdos ruinosos como el de la dupla Fernández-Guzmán (avalados por la oposición neoliberal que había generado el nuevo endeudamiento con el FMI) pierde su saldo exportador porque debe pagar intereses tan fraudulentos como usuraros. Eso implica que la falta de fondos se traduzca en emisión monetaria espuria que reinicia el proceso de inflación. Además, al no disponer de esos saldos del comercio exterior, el país carece de inversiones necesarias e infraestructura productiva y en obras esenciales para la mejora del nivel de vida: colegios, rutas, hospitales nuevos de alta tecnología, CRÉDITO PARA LAS COOPERATIVAS (lo que permitiría salir del sistema de planes sociales), seguridad…

Los factores que hemos enumerado de la a hasta la h configuran la estructura productiva de una nación. Las combinaciones de estos factores determinan la inflación estructural de una nación. Pretender enmarcar el problema solamente con la baja del déficit, que no es más que una forma de encubrir la pugna por el ingreso, o bien con la sencilla reducción de la emisión no hace más que agravar las causas profundas del proceso.

La productividad de desarrollo se mide surge del coeficiente entre los puntos a y b. Martínez de Hoz dijo en su momento que es lo mismo producir hierro que caramelos. La naturaleza de este error conceptual que aplican los economistas ortodoxos (incluimos a la actual gestión de gobierno surgida de las elecciones de 2023) enmascara que las actividades tecnológicas e industriales generan una renta adicional, porque ponen en juego todos los resortes de la economía. Si un país produce barcos, ferrocarriles y posee talleres ferroviarios, inmediatamente pone en macha su sector eléctrico y una infinita variedad de productos y subproductos derivados.

Nación Desarrollada Argentina

PRODUCTIVIDAD DE DESARROLLO 2,43 0,42

Los puntos c y d son cruciales, ya que el coeficiente mide la rentabilidad empresarial y la diversidad de empresas productivas. Cuanto mayor sea la estructura monopólica u oligopólica, más alta deviene la tasa de ganancia de las empresas que fija los precios. Aquí tenemos el problema de la inflación inercial. No es lo una nación que cuenta con muchas empresas que compiten libremente dentro de un marco regulatorio adecuado que tener grupos concentrados que manejan los precios.

La actual gestión libertaria ha introducido la idea de que la discusión sobre los monopolios carece de sentido ya que no importa quién produce, sino la cantidad de oferta generada de un determinado bien o servicio. Han hecho una lectura lineal y esquemática de una obra extraordinaria como los Principios de economía política, de Carl Menger. Efectivamente, la escuela austríaca establece que si un bien es demandado por la sociedad, el hecho de que esa satisfacción la cumpla una sola mano o sea ejercida por una competencia no determina el precio en sí. La demostración matemática es inexorablemente cierta. Vamos a suponer que el mercado necesitara 1000 kilos de trigo para cubrir su demanda y un sector monopolista posee la producción triguera. En esa misma sociedad un grupo social es capaz de pagar 400 pesos para obtener 333,33 kilos de producción y a la vez puede comprar 2/3 de la mercadería. Otro grupo solamente puede ofrecer 300 pesos y es capaz de comprar 1/3 de la mercadería. El empresario monopolista tiene dos chances. A) Puede vender solamente la parte de su producción a quien le ofrece el mayor precio, de modo que el monopolio obtiene 800 pesos al entregar el 66, 66% de la producción a quien le otorgaba el mayor precio. B) Puede cubrir la necesidad del grupo de menos poder adquisitivo, de modo tal que vende el 100% del producto. En este caso venderá cada tercio de la producción a 300 pesos, por lo que obtendrá al final una entrada de 900 pesos. Obtuvo 100 pesos más de ingresos, pero aceptó vender de un modo más barato el producto.

Si hubiese dos empresas trigueras que compiten por el mismo mercado, va a suceder una situación análoga a la anterior. Ambas empresas van a querer vender su producción y deberán aceptar que el precio que ofrece el grupo de menor poder adquisitivo es lo máximo que van a recibir. Este grupo seguirá pagando 300 pesos por 333,33 kg de producción, pero la otra empresa verá que su público anterior, que también busca hacer óptimos sus beneficios, no acepta pagar 400 pesos si entiende que puede obtener lo mismo por 300. Los dos grupos empresarios se verán obligados a vender a un menor costo y cada cual buscará llegar a la mayor porción de mercado posible acorde a sus posibilidades.

El mismo Menger aclara que su análisis responde a un modelo matemático que siempre es parcial, ya que las conductas económicas nunca son mecanicistas. En el medio pueden existir muchas variables. En el caso del monopolio, por ejemplo, la empresa puede ser muy fuerte y prefiere quemar parte de su producción antes que bajar el costo, ya que no le interesa cubrir la demanda del sector social con menos poder adquisitivo. Muchas veces hemos visto la destrucción de producción alimenticia o la vuelca de tambos para elevar el precio del producto.

En el caso de la producción concentrada que no forma un monopolio simple (estamos hablando de cualquier forma de oligopolio) puede pactarse el mayor precio hasta que ambas empresas cubren un porcentaje de ventas en el sector de mayor nivel. En este caso la Empresa 1 acepta vender a 400 pesos el primer tercio de la producción y lo mismo hace la Empresa 2 con el segundo tercio. El último tercio se lo dividen proporcionalmente. La empresa más fuerte cubre el 66 por ciento del tercer tercio que tenía un precio de 300 pesos, en tanto que la Empresa 2 vende el 33 por ciento restante del último tercio cuyo precio total era de 300 pesos. En este caso, la Empresa 1 cobrará 600 pesos por la venta de 555,66 kilos; la Empresa 2 recibirá 500 pesos por la venta de 444,33 kilos.

Este cuadro simplificará las posibilidades que hemos desarrollado a partir de Menger:

Situación 1: el Monopolio vende solamente a 400 pesos 333 kilos de trigo. No pretende cubrir toda la demanda. Cada kilo equivale a $ 1, 201. El resto de la producción es destruido.

Situación 2: el Monopolio acepta vender toda la producción a 300 pesos cada tercio del total. En este caso el precio cae a $ 0,900 por kg.

Situación 3: Cada parte del duopolio vende a 300 pesos el tercio de la producción. Se mantiene el precio de $0,900 el kg.

Situación 4: El duopolio decide vender acorde a su poder de producción. El más fuerte vende a 400 pesos el primer tercio de la producción (en el sector más pudiente) y el otro grupo hace lo mismo. Luego se subdividen el mercado de menor poder. La Empresa 1 coloca el 66 por ciento de la producción en el grupo de menos poder adquisitivo; la Empresa 2 hace lo mismo en el 33 por ciento restante. En este caso la Empresa 1 vende a $1,07 el kilo. Le Empresa 2 lo hace a $1,12 el kilo. El promedio indica que el kilo de cereal equivale a $ 1,095.

Ya en los ejemplos más simples queda expuesto que el monopolio, si se atiene a la ley del mayor precio, sube los costos y deja a vastos sectores sociales por fuera del consumo. La competencia, aunque mínima, produce una merma en el precio de cada unidad de producción. No obstante, lo que ocurre en los esquemas matemáticos no es lo que ha sucedido en la historia económica. Menger, que escribió a fines del siglo XIX, tuvo el buen tino de aclarar que un modelo matemático es una abstracción que no necesariamente se condice con las complejidades del mundo real. Sería bueno que nuestros liberales criollos lo entendieran (o al menos lo leyeran), ya que plantean sus políticas económicas como verdades absolutas que sólo ellos han logrado descifrar. Desde el 55 no han hecho más que provocar desastres. Llegados al 2023 no hacen más que profundizar una ortodoxia que no se encuentra en los autores que ellos mismos dicen haber estudiado. En una brillante nota al pie, reseña Menger: “Se equivocaría mucho quien pensara que los precios de un bien monopolizado suben o bajan en todas las circunstancias, o al menos de ordinario, según una relación inversa a la de las cantidades de este bien que el monopolista pone en circulación o que, en todo caso, existe una relación de proporcionalidad entre los precios fijados por el monopolista y las cantidades del bien puestas en venta. El hecho, por ejemplo, de que un monopolista decida llevar al mercado 2000 unidades de una determinada mercancía en vez de 1000 no significa necesariamente que el precio por unidad baje de 6 a 3 florines.”

En otro apartado del texto vuelve a insistir en la complejidad de la vida social. Si nos atenemos al caso argentino, nada significa que la producción alimentaria nacional, que asciende a lo que pueden consumir 500 millones de personas, haga que los bienes alimentarios sean baratos. Es cierto, somos apenas la décima parte de esa población. Pero la dinámica capitalista de nuestro mercado tiene un conflicto en su estructura: los precios del mercado interno se equiparan a los precios de los mercados externos de alto poder adquisitivo. Desde un punto de vista matemático, el litro de leche vale entre 0,90 a 1 dólar tanto en la Argentina como en Alemania. El problema es que el salario promedio alemán es siete veces superior al nuestro. Por lo tanto, para nuestros sectores populares, el esfuerzo para obtener ese litro de leche es siete veces mayor. Aunque el sachet se encuentre a un dólar en las góndolas, el trabajo de un asalariado argentino equivale a un esfuerzo de siete dólares. Esta ferocidad del sistema es constantemente encubierta por la tecnocracia que insiste en que es el país debe adatarse a la estructura de precios internacional para empezar a adaptarse y paliar los déficits en materia de subsidios. Si aceptamos esto, convengamos también en hay que septuplicar salarios, jubilaciones y asistencia social para empezar a hablar de una adecuación de nuestra economía a los parámetros mundiales. Por supuesto, el establishment va a responder que es imposible porque Argentina no produce lo mismo que Alemania. La cuestión entonces consiste en ver por qué un país que había iniciado un proceso de industrialización medianamente exitoso en la década de 1940 fue brutalmente interrumpido por los administradores de planes estrictamente agro-financieros.

Hay otra cuestión que no es contemplada por la intelectualidad local, aunque tengo para mí que la palabra “intelectualidad” es una hipérbole. En el momento en que la Escuela Austríaca elabora su primera formación teórica, sus autores están contemplando un proceso de tecnificación en las industrias y de unificación del Estado. Dicho proceso, como se encuentra en el análisis de Weber, se da a partir de una burguesía que va desplazando la acción de los grupos tradicionales latifundistas (los junkers prusianos) que ejercen un poder patriarcal. La nueva clase (primer agraria y luego industrial) se constituye como la promotora del desarrollo de la economía centroeuropea. Pero en su conformación, nuestro país no contó con una burguesía nacional. La oligarquía que le dio forma al Estado moderno de los argentinos se encontraba en las antípodas ideológicas de las altas burguesías de América del Norte y Europa. ¿Cómo van a aplicar la lógica económica de una escuela que fue moldeada a partir de un modelo productivo absolutamente distinto?

El caso argentino, en el cual se dio un feroz proceso de concentración del capital, destruye los principios básicos de cualquier vertiente del liberalismo. La estructura oligopólica del país forma altos precios. Pero no se detiene solamente en ese factor distorsivo. El poder concentrado, al manejar los flujos de deuda, el capital financiero y la producción, puede acelerar cualquier proceso inflacionario cada vez que necesite pasar a una política de shock y ajuste. Hemos visto esto en 1988 (Plan Primavera), 1989 (Hiperinflación), 1991 (segunda Hiperinflación), 2001 y 2002 (Crisis de la Convertibilidad), 2008 (Crisis por las retenciones), 2014-2015 (Inicio de la crisis inflacionaria por suba de demanda), 2018-2019 (Crisis inflacionaria por estallido de Lebacs y Leliqs y nuevo endeudamiento externo); 2022-2023 (Crisis inflacionaria por alza de la demanda y endeudamiento externo previo).

En los países periféricos no hay oferta y demanda a partir de la producción diversificada, sino de una oferta concentrada en pocas manos. Si hubiera verdadera competencia (algo que el primer justicialismo y en ciertos aspectos el kirchnerismo buscaron mediante el incremento de la productividad) no tendríamos tampoco los abusivos márgenes de rentabilidad que se traducen en precios inadecuados a nuestra determinación salarial. Para entender la rentabilidad empresarial hay que establecer el coeficiente entre los valores c respecto del 100% de la producción de un país e igualmente hacer los mismo con los valores d. Un número menor indica que la incidencia de los grupos de poder para alterar los precios de mercado es pequeña. El número mayor señala, por el contrario, que ese país está bajo pocas manos que logran alterar los precios de mercado en favor de la concentración. Todos los planes de ajuste neoliberal son un embuste porque no buscan bajar esta estructura de concentración. Por el contrario, cada salida de un plan de shock (56, 66, 75,76, 81, 89, 91, 01, 16, 23) no hacen más que fortalecer a los grupos financieros que poseen casi todo el mercado interno argentino.

Nación Desarrollada Argentina

Concentración del Capital 0,20 0,60

Tasa de Ganancias 30 125

RENTABILIDAD EMPRESARIAL 6 75

Los coeficientes e indican el grado de PRODUCTIVIDAD EXTERNA de una economía. Cuanto más alto sea este guarismo, mayor entrada de divisas posee el país. En el caso de las economías periféricas, el número menor muestra su escasa importancia en el mercado mundial. No es lo mismo exportar limones que exportar trenes bala. No es lo mismo que la entrada de divisas de una república dependa de la soja o que se relacione con los chips de alto valor agregado o con los aviones (como Brasil y Estados Unidos) que exporte.

Nación Desarrollada Argentina

2, 33 0,42

Los números de f traducen el grado de VULNERABILIDAD ACORDE AL COMERCIO EXTERIOR. La alta importación de bienes industriales corresponde a un país sin injerencia en el mundo. Dado que los bienes tecnológicos tienden a subir su valor y los primarios tienden a bajarlo, tarde o temprano se produce un cuello de botella en la entrada de rentas externas. El país subdesarrollado siempre está perdiendo competitividad. Esta carencia endémica se traduce en un empobrecimiento de la matriz productiva y en la incapacidad de generar nuevas empresas en el mercado interno. Por otra parte, las empresas agro-financieras que pueden exportar colocan el sobrante de la producción en el mercado interno con los mismos valores que en el externo, hecho que provoca una presión en la puja distributiva. Por otra parte, nuestros economistas neoliberales no miden la cuestión de la demanda inelástica de los bienes primarios. Aunque las economías desarrolladas consuman nuestros productos primarios, ese crecimiento es vegetativo. Si una persona de clase media en China o Francia consume un cuarto kilo de pan por día, aunque se encuentre mejor económicamente, no va a consumir más pan por una cuestión mera biológica: no necesita hacerlo. Podrá consumir un nuevo celular o una computadora más poderosa; su nación podrá demandar mejores aviones o barcos. El crecimiento se traduce dentro del consumo de las producciones tecnológicas (lo cual ya es un problema porque esto se traduce en contaminación medioambiental). Es inherente a la actual fase del Capitalismo la creación de esta dinámica. Nuestro país se perjudica de dos maneras: se contamina al igual que todos, pero a cambio no recibe nada. No participa en el mercado externo ni genera divisas. Su entrada de capitales se ve atascada, lo que lo lleva a un permanente estrangulamiento financiero.

VULNERABILIDAD ACORDE AL TIPO DE COMERCIO EXTERIOR

Nación desarrollada Argentina

0,66 4

Cuanto mayor sea la PRODUCTIVIDAD EXTERNA decaen los índices de VULNERABILIDAD. Es así como las naciones se hacen más estables y se resienten menos con el riesgo inflacionario.

El punto g es otra de las variables que debemos comprender para que el análisis del fracaso argentino sea comprensible de una manera realista. La estructura tributaria argentina es generadora de inflación. En proporción al ingreso, los sectores más acomodados del país (agro-finanzas; medios masivos de comunicación; extractivismo) pagan mucho menos impuestos que los sectores bajos y medios. El IVA es una muestra de distorsión inflacionaria. Tributa lo mismo por un kilo de carne el empresario que el trabajador precarizado que va con su moto o bicicleta por las calles de la ciudad. Este impuesto es el mayor agente de ingreso de divisas para el Fisco, situación tan injusta como absurda. Los impuestos a la renta financiera son irrisorios y falta toda una ingeniería estatal que estudie y frene la evasión. Todo lo que los sectores concentrados no tributan se traduce en deficiencia de fondos para el Estado. Esta deficiencia se compensa con la famosa emisión sin respaldo. El dinero argentino no vale por el déficit, que es propio de todas las economías capitalistas, sino porque se emite al vacío. Las clases altas no tributan en proporción a su riqueza y el faltante se convierte en el famoso papel pintado contra el que antes chillaba Alsogaray y ahora lanza denuestos la autoridad presidencial. Es en vano, porque los economistas de esta tendencia, aunque se disfracen de técnicos o gurúes, pertenecen al mismo sector que genera su renta extraordinaria a partir de un sistema tributario que está en negro para favorecer a las minorías.

El último factor que determina la inestabilidad cambiaria y de precios es el coeficiente de remesas que un Estado debe remitir al exterior en concepto de deuda externa. La TRIBUTACIÓN DE DEUDA EXTERNA es el porcentaje de divisas que se remiten a los organismos de crédito, a otros Estados o bien a bonistas privados. Una economía pujante gira el 30% de su VULNERABILIDAD EXTERNA. La Argentina gira el 100% o más de su propia VULNERABILIDAD. Desde el endeudamiento de la dictadura, pasando por la estatización de la deuda privada en 1982 (la figura de Cavallo fue esencial para llevar a cabo esta medida contra la nación) y los ciclos de deuda del menemismo, el macrismo (con la posterior aquiescencia de la gestión Fernández) y el experimento anarco-capitalista, la sociedad argentina ha tenido que soportar décadas de políticas económicas restrictivas. Lo que el país tributa por la fuga permanente de capitales financieros lo paga con subdesarrollo e inestabilidad permanentes. Mientras que los países desarrollados pueden ahorrar entre un 70 y 80 por ciento de sus saldos de exportación, Argentina los pierde en su totalidad y sigue endeudándose. Las políticas de desendeudamiento llevadas a cabo por Juan Domingo Perón, Arturo Umberto Illia[10], Néstor Kirchner y Cristina Fernández. No obstante, fueron abortadas por todas las experiencias tecnocráticas del neoliberalismo que han destruido a nuestra patria.

La inflación y la decadencia son un problema estructural. Argentina fracasa en su productividad, en su rentabilidad, en su distorsión impositiva, en su concentración de capital y en la transferencia espuria de sus ingresos. Tomemos ahora todas las variables y comparemos los resultados entre una economía central y una periférica como la nuestra. En el aspecto macro-estructural, el alza permanente de precios surge de una distorsión:

Distorsión Impositiva + Vulnerabilidad + Rentabilidad Excesiva + Tributación de Deuda Externa

Productividad

Nación Desarrollada: 1,5 + 0,66 + 6 + 0,24 Argentina 5 + 4 +75 + 2

2,43 0,42

3,45 204,76

Estos números son un promedio de la inflación inercial que arrastran las naciones poderosas y diversificadas respecto de las que atan su desarrollo a un esquema concentrado y primario con un mínimo de puja distributiva. Romper el círculo del estancamiento no consiste en frenar los salarios, aniquilar la puja distributiva o ir hacia otra moneda, como fue la traumática experiencia de la Convertibilidad. Por el contrario, es cambiar a la Argentina desde la raíz. Todas las medidas que se han tomado respecto de este problema giran en derredor de dos ejes: a) ajuste financiero; b) intento de diversificación de la matriz. Debemos tomar en cuenta otras complejidades soslayadas en el análisis de nuestra crisis permanente.

Más allá de los factores externos y de producción interna que determinan la estructura inflacionaria argentina, también deben observarse otras variables. Ya hemos visto que, desde un punto de vista superficial, la inflación es el alza de precios de los bienes y servicios. Más allá de esa mínima plataforma, no todas las formas inflacionarias son iguales. Vamos a tomar en cuenta algunas ideas de Roy Harrod Forbes (1900-1978) y de Evsey Domar (1914-1997), dos brillantes keynesianos, para adaptarlas a distintas situaciones vividas en nuestra historia social y económica.

Existen tres elementos que vamos a combinar: a) el crecimiento natural de una economía (CN). En este caso nos referimos no solamente al aumento inercial de la población, sino también a la entrada en el sistema económico de nuevos trabajadores formales e informales; b) crecimiento por aumento en la demanda (CD); c) crecimiento por aumento en la oferta de bienes y servicios (CO).

La situación ideal es que la tasa de CN esté siempre por encima de CD y CO. Cuando la economía crece por el nivel de desarrollo y tecnología que le es inherente y este crecimiento incorpora trabajadores y aumento en la producción, los precios tienden a estabilizarse. Hay más demanda, ya que contamos con más salarios, pero también hay más oferta. Entonces la capacidad productiva CO reproduce la tasa de CN y el aumento en la demanda no se traduce en inflación, ya que también hay más unidades producidas que se venden en el mercado. Ahora, bien, no siempre la baja inflación es sinónimo de una buena economía. La baja inflacionaria puede darse por los siguientes factores: a) bajos salarios; b) escasa expectativa de ventas, hecho que se traduce en falta de inversiones; c) recesión acentuada por motivos externos e internos; d) recesión buscada por los gobiernos para bajar la inflación (ajuste y pago de endeudamiento financiero improductivo, tal como sucedió con la dictadura, el menemismo, el macrismo y actualmente con la gestión libertaria).

A partir de las variables CN, CO y CD veremos brevemente distintos procesos inflacionarios vividos en los últimos 70 años. Las variables entran en juego dentro de dos modelos fundamentales de acumulación de capital. Estos dos modelos constituyen la historia de la puja distributiva que existe en todo país semi-colonial, no plenamente industrializado y con una clase obrera con mayor o menor nivel de articulación.

MODELO A: Régimen de acumulación externa. Se da sobre la base del sistema financiero. Se traduce en el intento de un shock exportador de productos primarios a partir de fuertes devaluaciones de la moneda y el endeudamiento para sostener las tasas del sistema bancario y extra-bancario (mesas de dinero, carry trade, libre disposición de las divisas para ser transferidas al exterior). Se busca la estabilización mediante el ajuste al mercado interno (desindustrialización, ataque a la actividad sindical o connivencia con la dirigencia sindical pejotista-empresaria).

MODELO B: Régimen de acumulación interna. Se da sobre la base del mercado interno. La producción está mayormente destinada a satisfacer las necesidades de los ciudadanos del país. La exportación traduce lo que no se vende en el mercado interno. Se busca el ahorro interno y el no endeudamiento del Estado con organismos de crédito. Bajo este régimen podemos englobar al primer radicalismo, al giro nacionalista conservador (etapa de sustitución de importaciones del régimen conservador; primera etapa del frondizismo; primera etapa del gobierno de Onganía con la administración de Salimei; gobierno militar de Lanusse con la administración de Ferrer; radicalismo histórico; peronismo histórico; primer intento alfonsinista bajo la gestión de Grinspun; kirchnerismo).

Creemos que el siguiente cuadro de doble entrada puede ser útil a los fines meramente pedagógicos:

MODELOS DE ACUMULACIÓN DE CAPITAL DESDE 1976 EN ADELANTE
ACUMULACIÓN EXTERNA ACUMULACIÓN INTERNA
Busca la estabilización de la economía a partir de un shock que provoque una fuerte caída en la demanda.

Inicio del modelo: fuerte devaluación monetaria que pretende fijar los precios internos.

-Consecuencias de primer orden: alza inflacionaria en la primera etapa y licuación de los salarios. Reducción del consumo y caída de la oferta.

-Consecuencias de segundo orden: etapa de estabilización de precios y de aletargamiento de la suba de los bienes y servicios.

-Consecuencias de tercer orden: fuerte crisis y quiebra de PYMES que no resisten el ajuste, ya que el fuerte de su producción es el mercado interno. Reducción de personal y caída de pequeñas empresas.

-Consecuencias de cuarto orden: caída de la recaudación al caer la actividad económica. Efecto Tanzi-Olivera.

-Consecuencias de quinto orden: tendencia a la concentración oligopólica del mercado: sólo sobreviven las grandes empresas que licuan la caída de ventas con la posibilidad de volcarse al mercado externo (en menor medida) o de pasar al capital especulativo y financiero (en mayor proporción).

-Consecuencias de sexto orden: La caída de la recaudación se incrementa por la fuga de capitales y la especulación financiera. Se toma deuda como forma de estabilizar nuevamente las arcas fiscales.

-Consecuencias de séptimo orden: permanente crisis social y nueva emisión monetaria para paliar la crisis del fisco y el endeudamiento con organismos de crédito y fondos buitre.

-Consecuencias de octavo orden: la emisión monetaria se realiza sobre la base de un sistema de bienes y servicios que ha disminuido. Esta emisión vuelve a incidir en la espiral inflacionaria. El Estado es incapaz de sostener el endeudamiento.

-Consecuencias de noveno orden: se reinicia el ciclo, pero con un nivel productivo más bajo. Las exportaciones liberadas no llegan a cubrir los pasivos del sector externo.

Otras formas de financiación: Privatización de empresas estatales (menemismo). Pérdida de la soberanía monetaria (Plan de Convertibilidad; la moneda argentina queda atada a una moneda extranjera).

Extractivismo de materias primas raras.

Objetivo final: reprimarización de la economía; caída de los salarios. Negociaciones salariales a la baja.

Beneficiarios: alto empresariado; sector financiero; gremialismo pactista.

Etapas históricas:

Antecedentes: Primera maxidevaluación de Alsogaray 1958 de la etapa liberal del gobierno desarrollista de Frondizi.

Segunda maxidevaluación de Krieger Vasena 1967. (Dictadura del onganiato).

1975. Rodrigazo durante el gobierno de Isabel Perón. Tercera maxidevaluación.

1976-1983: Dictadura Militar. Ley de Entidades Financieras. Se multiplica por 6 la Deuda Externa.

1989-1999: Menemismo. Cuarta maxidevaluación. El dólar pasa de 655 Australes a 10000 Australes en menos de un año. El Estado se endeuda en 120000 millones de dólares.

1999-2001: Gobierno de la Alianza. Intento fracasado de Blindaje Externo.

2015-2019: Gobierno de Cambiemos (macrismo). Quinta maxidevaluación. Blindaje financiero de 48000 millones de dólares. Caída del mercado interno y de las exportaciones.

2023 en adelante: Gobierno libertario. Sexta maxidevaluación. Nuevo endeudamiento externo: 20000 millones de dólares.

El proceso inflacionario empieza por el aumento de la demanda. Se estimulan los salarios para acelerar el crecimiento del mercado interno, que contempla el 70% de la producción nacional. Se reabren paritarias. Se busca el empleo formal con cargas sociales. Creación de obras estructurales (energía eléctrica, energía atómica) para fomentar la industrialización

Aumento progresivo de jubilaciones.

-Consecuencias de primer orden: se sale de la recesión generada por las políticas de shock neoliberales. Dado que la capacidad ociosa del aparato industrial tarda en recuperarse, el CD no llega a cubrir el CN y el CO. Lo que se produce no cubre todas las necesidades del mercado interno. Inflación muy baja.

-Consecuencias de segundo orden: El CD se acerca al CN y al CO. Los empleos formales no crecen con la tasa de la demanda. Aparecen planes sociales con el objetivo de que la demanda alcance a toda la población. Se busca una drástica disminución de la pobreza. Leve suba de la inflación que se compensa con un fuerte aumento de la recaudación impositiva. Se empieza a salir del efecto Tanzi-Olivera.

-Consecuencias de tercer orden: Para estimular el CO, las empresas comienzan a percibir subsidios en los servicios de electricidad y gas. El Estado se hace cargo de estos subsidios. Crece la oferta, pero el Estado, más allá de la fuerte suba en la recaudación, comienza a tener un déficit interno por los fuertes subsidios a PYMES y familias.

-Consecuencias de cuarto orden: La demanda supera la oferta. La presión del consumo sobre la oferta genera alza de precios que se compensa con nuevas subas salariales.

-Consecuencias de quinto orden: El sector agro-exportador equipara sus precios con los precios del mercado externo. Se intenta estabilizar esta nueva suba con retenciones. Tensión política por parte de los grupos oligopólicos que representan el 70% de las exportaciones.

-Consecuencias de sexto orden: la baja productividad histórica determina que el aumento de demanda supere ampliamente a la oferta. Al carecer de una burguesía nacional industrialista, el sector productivo no hace las inversiones necesarias.

-Consecuencias de séptimo orden: El alza inflacionaria supera el aumento de la recaudación. Vuelve a emitirse dinero para paliar los déficits y los subsidios a los sectores productivos.

Objetivo final: intento incompleto de diversificación de la matriz productiva. Creación de empleo en blanco para estimular al sistema jubilatorio en el futuro. Control de los excedentes del sector primario para volcarlos en la demanda y, en menor medida, en la oferta.

Beneficiarios: clase media; clase media baja; PYMES; cooperativas; pequeños propietarios agrarios en caso de no ser afectados por retenciones.

Etapas históricas:

Revolución juniana del 43

Primer Peronismo (1946 a 1955)

Gobierno de la UCRN (Illia 1963-1966)

Gobierno militar de Lanusse (1972-1973)

Retorno del peronismo (1973 a 1974)

Salida de la Convertibilidad con el duhaldismo (2002-2003)

Kirchnerismo (2003-2015)

Intentos fallidos condicionados por las crisis de endeudamiento e inflación generadas por las políticas neoliberales:

Gobierno de la UCR. Raúl Alfonsín. (1983-1989)

Gobierno de UxP de Alberto Fernández (2019-2023)

Antes de finalizar este parágrafo, queremos citar a un Premio Nobel de Economía de la talla de John Kenneth Galbraith (1908-2006). En una de sus obras clásicas reflexiona sobre la cuestión inflacionaria: “El aumento de los salarios no contribuyó en absoluto a que se fijase un precio más elevado. Una elevación de los salarios de la industria siderúrgica añade una fracción infinitesimal a la demanda de productos siderúrgicos y esto sólo después de que ha transcurrido cierto tiempo. De todos modos, no es esto lo que toman en consideración las empresas siderúrgicas cuando adoptan su rápida respuesta ante un aumento en los salarios”.[11]

La monserga neoliberal criolla ha sido siempre la misma: es necesario bajar el salario; los salarios son un costo; es imprescindible reducir los costos; la merma salarial estabiliza la economía y esta vuelve a crecer. Absurdo. La dialéctica del Capital necesita del subdesarrollo y de la flexibilización en todo el mundo y aun más en las naciones subdesarrolladas. Hay varios tipos de Plusvalía y una de ellas emana del orden mundial en la configuración de los roles que tienen los países. La baja salarial en las economías que necesitan el desarrollo no son el factor determinante que genera el proceso inflacionario. Lo hemos explicado con detalle en el inicio de esta sección. Lo que debe cuidar una economía es la Productividad y un crecimiento que permita la incorporación en blanco de las grandes mayorías sociales en el sistema laboral. El aumento de la demanda debe superar al crecimiento de la Oferta en la etapa de la salida de la recesión. Luego de terminar la etapa recesiva, se debe trabajar en el equilibrio entre Demanda, Oferta y Crecimiento Natural. Aunque este equilibrio no suceda, basta mirar los números inflacionarios desde la llegada de la democracia para ver que los Procesos de Acumulación Interna son los menos traumáticos en cuanto al alza de precios. Por el contrario, los procesos de ajuste son los que generan la inflación inercial que ha mermado a la Argentina. Es interesante ver el modo en que los economistas del establishment han invertido la cuestión con el objetivo de confundir a la ciudadanía. Abundan los ejemplos y cada uno puede rememorar los propios. Cito un caso que me pareció una mezcla de comicidad y patetismo. En la cola de un supermercado popular, un hombre le decía a su acompañante que el problema dela deuda externa se había generado por los planes sociales pagados en la etapa 2007-2015. ¿Cómo explicar ante la feroz diatriba de los medios y las redes que los gastos sociales (planes) tuvieron como máximo número los 3650 millones de dólares al año? Este gasto del año 2023 representaba sólo el 3,78 por ciento del Presupuesto y es el 7,60% de la deuda tomada por la gestión Dujovne en 2019. Los planes sociales, que deben ser erradicados para crear trabajo privado real, representaron apenas el 5,12 % de la capacidad de exportación y no influyeron en los precios. Estos subsidios apenas cubrían aspectos básicos de la demanda. Argentina produce alimentos para 500 millones de personas; por lo tanto, los famosos planes no hacen mella en el costo de la vida. Es un mito pensar que son los que causan la inflación y endeudan al Estado. El problema de nuestro país no pasa por ellos[12], sino por su incapacidad para generar empleo privado tecnológico dentro de un proceso de industrialización y diversificación de la matriz. El peronismo, el desarrollismo y el kirchnerismo fueron los intentos frustrados de salir de la nación condenada a ser una economía agraria o de extracción. No siempre emplearon las mejores herramientas, eso es indiscutiblemente cierto. No obstante, creemos haber demostrado que el problema de la estructura es complejo y no se condice con el discurso oficial de la prensa financiera.[13]

  1. Los verdaderos populismos fueron parte del fin de la Modernidad en el siglo XX. Su etapa más fecunda se encuentra entre las décadas del 30 y del 50. Los “neopopulismos” surgidos por la primera grave crisis del neoliberalismo a finales del siglo XX y comienzos del XX son una mezcla de desarrollismo y de ordoliberalismo de segundo orden. La política es una ciencia y como toda ciencia debe tener mucho cuidado en el momento de demarcar sus términos.
  2. Ganar elecciones es un método electoral para formar un gobierno democrático. Pero el triunfo en los comicios no garantiza que la fuerza política vencedora sea democrática. La democracia es el poder del pueblo que se traduce en la justa distribución de la renta nacional, la firme acción del Estado en la tarea de proteger, cuidar y educar al ciudadano y fundamentalmente el respeto absoluto hacia la política de Derechos Humanos. La llamada “restauración democrática” en la Argentina no es más que un eufemismo. El mismo poder corporativo que financió los golpes de Estado corrompió luego a los partidos políticos de tradición nacional o atacó a aquellos gobiernos que intentaron algunos caminos medianamente democratizadores, como fueron las experiencias de Alfonsín, Kirchner y Fernández de Kirchner.
  3. Cito a Carbonetto Kolln en su estupendo análisis sobre Roy Harrod (1900-1978): “La situación es muy distinta cuando la demanda se encuentra por debajo del producto potencial. En estos casos, siempre que se den costes decrecientes puede esperarse que un alza en la demanda se reduzca el precio”. La cuestión es esencial y es parte de la historia económica argentina: el empresario que no tiene demanda sube el precio del producto para equiparar lo que no puede producir. Sabe que los que tengan poder de consumo lo harán y adaptará el precio a su escasa producción. Cuando sube la demanda, pero esta suba se encuentra por debajo de la capacidad instalada, cada unidad producida tendrá un costo decreciente ya que todo incremento en la producción abarata el costo productivo. Siempre que la demanda esté en alza y lo hago un poco por debajo de la capacidad instalada, los precios se estabilizarán. Si la demanda sube por encima de la capacidad instalada, vuelve el ciclo inflacionario, pero en vez de inflación por recesión se obtendrá la típica inflación de demanda. La inflación de demanda nunca es tan alta, desde el punto de vista estructural, como la inflación recesiva. No es que sea una inflación mejor. Vamos a decirlo con toda claridad: toda inflación es perniciosa. Ocurre que los neoliberales y anarco-capitalistas (más allá de que sean lo mismo) deliberadamente confunden los dos tipos de inflaciones para engañar a la opinión pública. El mayor error del kirchnerismo consistió en el estímulo de la inflación de demanda. Es cierto que no fue demasiado alta, pero alcanzó para despertar a los teóricos del endeudamiento y la recesión. La inflación macrista volvió a ser estructuralmente inflación recesiva (subida de costos para paliar la falta de ventas). Ambas tendencias inflacionarias conviven en la Argentina. La catástrofe de la gestión de Alberto Fernández se debió a que todas las distorsiones de la economía argentina (las analizaremos en breve con letras que van de la “a” a la “h”) sucedieron simultáneamente tras la salida de la pandemia.
  4. Por supuesto, objetaban la forma de medir. Nada dijeron cuando el IPC Congreso (medición hecha por la oposición) dio 1,7 mensual a la baja en diciembre de 2015. Pero el 25 por ciento en enero de 2024 les pareció un prodigio de genialidad… Y el nuevo método de medición en 2025 es otra maravilla de trasparencia: no sube el champán francés; no sube la cerveza belga; no suben los autos de alta gama ni los eléctricos. Solamente se incrementa el precio de los remedios, la carne, la leche y la fruta. Sumamos todo, promediamos y así llegamos a este glorioso 2,2 por ciento mensual. El hecho de que jubilados, desempleados y niños no consuman champán o autos es un dato menor. Ahora tienen la libertad de hacerlo.
  5. El modo en que el grupo Clarín en 2002 licuó sus pasivos en dólares para ser convertidos en pesos también puede ser visto como una rémora del modelo de endeudamiento que luego paga la sociedad en su conjunto.
  6. Muy suelto de cuerpo alguien un ex presidente se jactaba de tener la solución al problema argentino: reducir al mínimo los costos laborales. Jamás pensó en diversificar la producción cambiando la estructura impositiva argentina. Es lógico, su riqueza está sustentada sobre un esquema tributario que premia la evasión y se hace menos oneroso a medida que el capital se concentra. También propuso convertir a la Argentina en el kiosco del mundo. De granero a kiosco; vaya profundidad de análisis… El problema no es que estas personas digan todas las mezquindades y estupideces que quieran. Lo terrible es el poder persuasivo que los medios y las redes ejercen para que la sociedad acepte como líderes a aquellos que se ha abusado de todas las normas morales y jurídicas. Ya hemos hablado del colonialismo mental.
  7. Otro caso de prostitución del lenguaje. Libertario era el movimiento anarquista que buscaba la abolición del Estado y la propiedad privada, ya que estas dos estructuras eran la base de la explotación del capital. Ahora aparecen los proclamado anarco-capitalistas. Un oxímoron perfecto, en tanto y en cuanto el capitalismo es el control concentrado de las fuerzas productivas por parte de minorías privilegiadas. Esta vulgarización del término ha calado hondo en la juventud. No importa. Barajar y dar de nuevo.
  8. La lista es incompleta. Simplemente muestra la violencia endémica generada desde hace más de sesenta años por el sector agro-financiero y los nuevos contratistas del Estado. Por supuesto que los grandes medios son expertos en denunciar corrupciones populistas y nada dicen de este sistema criminal que los financia y los premia.
  9. El menemismo estuvo dentro de las prácticas pejotistas que arruinaron al segundo movimiento histórico. Fue la coronación de la infamia dentro de un partido político que, más allá de sus corrupciones y miserias, estaba destinado a otra cosa. La llegada del riojano al poder fue corrupción más miseria.
  10. Modelo de honestidad, eficacia y visión estratégica. Necesitamos volver a la gran patria de Yrigoyen, de Lisandro de la Torre, de Perón y de Illia como representantes de la Modernidad. Y dentro de la Posmodernidad, las figuras de Kirchner y Cristina Fernández son esenciales, más allá del encono que generan en vastos sectores de la clase media y en sectores juveniles que no conocieron la ferocidad de la crisis de la Convertibilidad.
  11. John Kenneth Galbraith. La sociedad opulenta. Página 188. Capítulo XIV. “La Inflación”.
  12. Repetimos: una economía no puede mantener planes más de dos períodos de gobierno. Debe generar empleo productivo. Esto se encuentra en el Congreso de la Productividad del Peronismo. Es la esencia del Justicialismo: trabajo, producción, industria y ordenamiento social a partir de la labor de hombres y mujeres desendeudados y con capacidad para adquirir su propiedad, mantener a su familia y colaborar en un buen sistema jubilatorio de reparto.
  13. Reseñamos los guarismos inflacionarios dela inflación desde la restauración de la democracia formal. Los simples números señalan la falsedad de la doctrina que postula al alza inflacionaria como consecuencia de las políticas distribucionistas. Los procesos inflacionarios en las etapas neoliberales se aceleran o se buscan formas exógenas de medición (Convertibilidad) o cambios de guarismos (libertarismo).

    Gestión Radical de Raúl Alfonsín : 1984: 688%; 1985: 384,4%; 1986: 81, 9%; 1987: 174,8%; 1988: 387,7; 1989: 4923,1%.

    Gestión neoliberal de Carlos Menem. Pérdida de la moneda nacional; pérdida del patrimonio estatal y endeudamiento crónico. Convertibilidad. 1990: 1341, 3%; 1991: 84, 5%; 1992: 17,4%; 1993: 7, 4; 1994: 3,9%; 1995: 1,6%; 1996: 0,1%; 1997: 0,3%; 1998: 0,7%; 1999: -1,2%.

    Gestión neoliberal de Fernando De La Rúa. Estallido de la Convertibilidad. Crisis de deuda. Sistema industrial destruido: 2000: -0,9%; 2001: -1,1 %. (La deflación indica la destrucción del sistema productivo.)

    Transición de Eduardo Duhalde. Salida de la Convertibilidad. Pesificación Asimétrica. 2002: 40,9%.

    Gestión del kirchnerismo. Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Políticas desarrollistas y de distribución del ingreso. Pago de la deuda externa a los organismos de crédito: 2003: 1,9%. 2004: 6,1%; 2005: 12,3%; 2006: 9,8%; 2007: 7,5%; 2008: 7,2%; 2009: 7,7%; 2010:10,9%; 2011: 9,5; 2012: 10,8%; 2013: 10,9%; 2014: 23,9%; 2014: 26,9%; 2015: 26,9%.

    Gestión neoliberal de Mauricio Macri. Nuevo endeudamiento externo. Caída de la recaudación fiscal. Caída de la producción. Retorno al FMI. : 2016: 40, 5%; 2017: 24,8%; 2018: 47,6%; 2019: 53,8%.

    Gestión de desarrollismo de Alberto Fernández. Pandemia. Crisis por mal arreglo del problema del endeudamiento. : 2020: 36,1%; 2021: 53,8%; 2022: 94,8%; 2023: 211%.

    Gestión libertaria del macrimileísmo. Cambian los coeficientes de medición del Indec. Nuevo endeudamiento externo. 2024: 117, 1%..

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