Civilización[1], poder y contención del mal
Por Ariel Acosta
Hace poco leí un artículo de Federico Lorenz —“El Batavia, la destrucción de los límites y la conmoción” (Página/12, 2024)— y descubrí una historia que hasta entonces desconocía. La curiosidad me llevó a buscar el libro de Simon Leys, Los náufragos del Batavia. No imaginaba que esas páginas iban a dejarme una sensación tan inquietante.
Desde que leí El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad no experimentaba algo similar: esa mezcla de fascinación y desasosiego que aparece cuando el lector avanza sabiendo que lo peor todavía está por venir.
Primero está el naufragio. Después, la lenta deriva hacia algo mucho más oscuro. Tras el hundimiento del barco de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en 1629, los sobrevivientes quedaron varados en unas islas frente a la costa de Australia. Sin autoridad efectiva ni instituciones capaces de imponer normas, un grupo encabezado por Jeronimus Cornelisz instauró un régimen de terror que terminó en asesinatos sistemáticos entre los propios náufragos.
Lo perturbador del relato que reconstruye Simon Leys no es solamente la violencia de los hechos, sino la facilidad con la que el orden social se desintegra cuando desaparecen los límites que lo sostienen. Aquella pequeña comunidad improvisada se convirtió rápidamente en un espacio donde el poder quedó en manos de quienes estaban dispuestos a ejercerlo con mayor brutalidad.
La lectura deja flotando una pregunta inquietante: ¿qué es lo que realmente mantiene unido al orden social?
O, dicho de otro modo: ¿qué impide que la vida colectiva derive hacia la violencia cuando desaparecen las reglas que la organizan?
Leys propone una reflexión que ilumina el problema con notable claridad:
“Una sociedad civilizada no es necesariamente aquella que tiene menos individuos perversos, sino aquella que ofrece menos oportunidades para que la perversidad se manifieste.”
— Simon Leys, Los náufragos del Batavia
La frase introduce una intuición fundamental de la filosofía política moderna: tal vez la civilización no dependa tanto de que los seres humanos sean moralmente mejores, sino de que las instituciones logren limitar su capacidad de daño. En ese sentido, la civilización no elimina el mal humano. Lo que hace es contenerlo.
El problema del orden: Hobbes y el nacimiento del Estado
Esta intuición aparece formulada de manera sistemática en la obra de Thomas Hobbes. En Leviatán (1651), Hobbes describe el “estado de naturaleza” como una situación en la cual, al no existir una autoridad común capaz de imponer reglas, los hombres viven en permanente inseguridad.
Su célebre descripción de la vida humana en esa condición es conocida:
“La vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.”
— Thomas Hobbes, Leviatán, 1651
Para Hobbes, el problema político fundamental no es que los hombres sean excepcionalmente malvados, sino que no existe una estructura institucional que limite sus acciones. En ausencia de autoridad, cada individuo tiene razones para temer a los demás y para anticiparse mediante la fuerza o la violencia.
El Estado surge precisamente como respuesta a ese problema. Su función principal no es moralizar a los individuos, sino crear un orden capaz de reducir la violencia y garantizar condiciones mínimas de convivencia.
Desde esta perspectiva, el Estado aparece como una forma de contención institucional de los impulsos destructivos que pueden emerger en la vida social.
La historia del Batavia puede leerse, en este sentido, como una dramática ilustración del escenario hobbesiano: cuando desaparece la autoridad capaz de imponer reglas, el orden colectivo puede degradarse con sorprendente rapidez.
EL PODER Y SUS LÍMITES: Montesquieu y el constitucionalismo
La reflexión sobre el problema del poder fue retomada en el siglo XVIII por Montesquieu. En El espíritu de las leyes (1748), el pensador francés formuló una observación que se convertiría en uno de los principios centrales del constitucionalismo moderno:
“Todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él.”
— Montesquieu, El espíritu de las leyes, 1748
La solución institucional propuesta por Montesquieu fue el principio de separación de poderes. El objetivo no era confiar en la virtud de los gobernantes, sino diseñar un sistema en el cual el poder limite al poder.
La estabilidad de una sociedad civilizada depende así menos de la moralidad individual que de la arquitectura institucional que regula el ejercicio del poder.
EL MAL EN LA MODERNIDAD: Hannah Arendt
En el siglo XX, la reflexión sobre el mal político adquirió una nueva dimensión con la obra de Hannah Arendt. En su estudio sobre el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann, Arendt introdujo la célebre noción de “banalidad del mal”.
Lo que más la sorprendió durante el proceso fue la aparente normalidad del acusado:
“La inquietante lección de Eichmann fue que tantos hombres eran como él.”
— Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, 1963
Arendt señalaba que los grandes crímenes políticos modernos no siempre son cometidos por monstruos excepcionales, sino por individuos ordinarios que actúan dentro de estructuras que normalizan la violencia.
Esto introduce una dimensión adicional al problema: las instituciones no solo pueden contener el mal, también pueden habilitarlo. La cuestión central pasa entonces por diseñar estructuras políticas capaces de limitar el poder y preservar espacios de responsabilidad y juicio moral.
EL PROCESO CIVILIZATORIO
El sociólogo Norbert Elias propuso una interpretación histórica de largo plazo sobre este fenómeno. En El proceso de la civilización (1939), Elias argumentó que la civilización europea fue el resultado de un proceso gradual de regulación de la violencia y de internalización de normas sociales.
A lo largo de varios siglos, el fortalecimiento de los Estados y de las redes de interdependencia social redujo progresivamente la violencia directa entre individuos.
Como escribe Elias:
“La civilización no significa la desaparición de los impulsos humanos, sino su control social.”
— Norbert Elias, El proceso de la civilización, 1939
La civilización, en este sentido, no consiste en la eliminación del mal, sino en la construcción de estructuras sociales que limitan sus posibilidades de manifestación.
EL ESTADO COMO PROBLEMA CONTEMPORÁNEO
Estas reflexiones adquieren una resonancia particular cuando se observan ciertos debates políticos contemporáneos. En la Argentina actual, el presidente Javier Milei ha afirmado en diversas ocasiones que su objetivo es “destruir el Estado desde adentro”.
Más allá de la valoración que cada uno pueda tener sobre su programa político o su diagnóstico económico, esa afirmación plantea una cuestión conceptual relevante. Si el Estado cumple la función de organizar el poder, establecer reglas y contener la violencia social, ¿qué significa exactamente proponer su demolición desde el propio poder estatal?, fácilmente podríamos inferir que, de ser así, volvemos a un estado de violencia y peligro permanente de vulnerabilidad e inexistencia de derechos. Esto parece pasar desapercibido a gran parte de la conducción política en ejercicio del poder.
La crítica al Estado tiene una larga tradición en la teoría política. Desde ciertas corrientes del liberalismo radical hasta el pensamiento anarquista, numerosos autores han denunciado los riesgos del poder estatal.
Sin embargo, la experiencia histórica muestra que el debilitamiento abrupto de las estructuras estatales no suele producir necesariamente una sociedad más libre. En muchos casos, lo que emerge es la expansión de formas privadas de poder, violencia o dominación económica.
La cuestión central, entonces, no es simplemente el tamaño del Estado, sino la calidad de las instituciones que regulan el poder dentro de la sociedad.
LA FRAGILIDAD DEL ORDEN CIVILIZADO
La historia del Batavia vuelve así con una fuerza distinta. Ya no es solamente una tragedia marítima del siglo XVII, sino una metáfora extrema de lo que puede ocurrir cuando desaparecen los límites institucionales que organizan la vida colectiva.
En aquella pequeña isla perdida, el naufragio destruyó de un golpe el orden que regulaba la convivencia entre los hombres. Sin leyes efectivas ni autoridad reconocida, el poder quedó librado a la voluntad de quienes estaban dispuestos a ejercerlo con mayor brutalidad. Lo que surgió no fue una comunidad espontáneamente libre, sino una forma rudimentaria de tiranía.
La civilización, vista desde esta perspectiva, aparece como un equilibrio siempre frágil sostenido por normas, instituciones y prácticas sociales que limitan lo que los hombres pueden hacerse unos a otros.
Conclusión
La historia del Batavia permite comprender con una claridad brutal una intuición central del pensamiento político moderno: la civilización no es simplemente el resultado de la bondad humana.
Es, sobre todo, el resultado de instituciones capaces de limitar el poder y contener la violencia.
Desde Hobbes hasta Arendt, pasando por Montesquieu y Norbert Elias, la filosofía política ha insistido en una misma idea: los hombres no dejan de ser capaces de ambición, crueldad o dominación. Lo que cambia en las sociedades civilizadas es que existen estructuras que reducen las oportunidades para que esas inclinaciones se transformen en poder efectivo.
Tal vez por eso la historia del Batavia sigue resultando tan perturbadora. Porque recuerda que el orden civilizado no es irreversible.
Cuando las instituciones desaparecen o dejan de funcionar, lo que emerge con sorprendente rapidez no es necesariamente una sociedad más libre.
Con frecuencia, lo que vuelve es algo mucho más antiguo: la posibilidad de que el poder se ejerza por la fuerza y sin límites.
Bibliografía y fuentes
- Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen, 1967.
- Conrad, Joseph. El corazón de las tinieblas. Londres: Blackwood’s Magazine, 1899.
- Elias, Norbert. El proceso de la civilización. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.
- Hobbes, Thomas. Leviatán. Madrid: Alianza Editorial, 2009. (Edición original: 1651).
- Leys, Simon. Los náufragos del Batavia. Barcelona: Acantilado, 2005.
- Lorenz, Federico. “El Batavia, la destrucción de los límites y la conmoción”. Página/12, contratapa, 2024.
- Montesquieu. El espíritu de las leyes. Madrid: Alianza Editorial, 2003. (Edición original: 1748).
Notas
- El naufragio del Batavia ocurrió en 1629 frente a la costa occidental de Australia. La historia se volvió célebre por el régimen de terror instaurado entre los sobrevivientes antes de la llegada de los rescatistas. La reconstrucción más conocida del episodio se encuentra en Simon Leys, Los náufragos del Batavia.
- Hobbes describe el “estado de naturaleza” como una situación en la cual la ausencia de una autoridad común conduce a una permanente inseguridad entre los individuos. De allí su célebre formulación sobre la vida humana como “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta” (Leviatán, cap. XIII).
- La teoría de la separación de poderes formulada por Montesquieu en El espíritu de las leyes se convirtió en uno de los principios fundamentales del constitucionalismo moderno.
- Hannah Arendt desarrolló la idea de la “banalidad del mal” a partir de su análisis del juicio al criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén, mostrando cómo los sistemas burocráticos pueden normalizar formas extremas de violencia.
- Norbert Elias interpretó el proceso civilizatorio europeo como una larga transformación histórica caracterizada por el fortalecimiento de los Estados y el aumento del autocontrol social.
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Utilizo la palabra Civilización no en el sentido eurocéntrico, sino desde la perspectiva de Enrique Dussel, Civilización como Justicia. Esto pone en conflicto cierta forma del abordaje crítico, pero en términos concretos, de manera fehaciente la perspectiva de Dussel, es, de alguna manera, una utopía. ↑
Excelente artículo que nos enfrenta a nuestra realidad nacional y mundial. Evidencia el riesgo de estar en manos de un puñado de locos.
Gracias Ricardo, creo que es muy interesante seguir profundizando, para evidenciar de manera estructurada y ordenada las anomalías de un gobierno, que entiende que la destrucción del Estado es un objetivo posible sin pensar en cuál sería el desenlace. Abrazo grande Ricardo
Excelente artículo Ari querido! Muy atinado a los tiempos que vivimos en nuestro país.
Gran artículo Ari, muy atinado a los tiempos de ahora al hablar de «demolición del estado desde adentro» genial y gran análisis.
Gracias Maxi, un tema que tiene mucha tela para cortar, obviamente que hay que seguir profundizando para, no solo indagar, sino también debatir con argumentos irrefutables. Abrazo grande Maxi!