Continuidades desde la Dictadura hasta Milei
Pedagogía castrense, parte 2.-
Introducción: La carne ante la máquina
En el actual escenario tecnológico, asistimos a una mutación de la subjetividad donde las plataformas digitales (los entornos donde ocurren interacciones entre usuarios) y los algoritmos (las instrucciones lógicas que determinan qué sucede en esos entornos) parecen haber colonizado no solo el espacio público, sino también el privado. Sin embargo, incurriríamos en un error de perspectiva si asumiéramos que la lógica algorítmica es una novedad de la era digital. Desde la cuna nuestra vida diaria está poblada de algoritmos analógicos; es decir, reglas que no precisan de una computadora.
Los algoritmos, en su formalidad, tan solo son secuencias de instrucciones destinadas a ordenar pasos para la ejecución de ciertas tareas. Son técnicas que se inscriben en la carne mediante dispositivos de una eficacia tan grande que se los da por naturalizados sin cuestionarlos. Por ejemplo, los pasos para atarse los cordones de las zapatillas son un algoritmo analógico. Otro ejemplo, más sofisticado, es el algoritmo biológico de replicación del ADN que ocurre constantemente en nuestras células, copiando información en base a la afinidad química de las moléculas. Por otra parte, cualquier reglamento de convivencia, también es un algoritmo, diseñado para procesar el comportamiento humano y obtener un resultado organizado.
Lo relevante de los algoritmos es que, en definitiva, gestionan la subjetividad humana mediante reglas estandarizadas. En ellos contrasta la fluidez de lo vivo y la rigidez de la instrucción. Ahora bien, los algoritmos digitales son abstracciones de los procesos analógicos. Lo que ocurre es que, mientras un algoritmo analógico actúa en el mundo físico como una interfaz de mediación que formaliza un cierto consenso social cohesionado en torno a significados, el algoritmo digital usa el consenso para procesar datos, codificarlos, extraer patrones y luego transformarlos en estructuras sociales predecibles y controlables. En tal sentido, los algoritmos —ya sean analógicos o digitales— “normalizan” a los sujetos.
Este artículo se propone interrogar la persistencia de los algoritmos analógicos en la era de los algoritmos digitales, tomando como caso paradigmático en el ámbito “educativo” a los liceos militares argentinos. Instituciones consideradas por el imaginario de una parte nada desdeñable de la clase media aspiracional —permeable al discurso neoliberal y afecta a las formas autoritarias— como diáfanos modelos de “excelencia” académica, aptos para “inculcar” valores sobre adjetivados y “encauzar” a la díscola juventud. Lo cual vemos expresado en el avance de discursos referidos a una suerte de “mano dura” educativa. Hoy, como ayer en la época de la dictadura, esos discursos se presentan como el lado diurno del disciplinamiento.
Por eso, la interrogación aquí intentada busca desentrañar cómo la pedagogía castrense opera como un sistema de automatismo mental que hoy transiciona desde el rudo disciplinamiento corporal hacia la sutil seducción de las interfaces digitales. Para eso, a través de un cruce entre la relectura lacaniana de Clérambault, la biopolítica de Agamben y la microsociología de Goffman, analizaremos cómo la “instrucción” de niñas, niños y adolescentes bajo el signo de estos remozados relictos de “institucionalidad total” prefigura el retorno de una mentalidad que busca, en última instancia, la capitulación de la irreductibilidad de lo vivo ante el gobierno de las máquinas.
1.- Del automatismo mental al significante castrense
Para el psiquiatra Gaëtan de Clérambault, el automatismo mental describía un mecanismo por el cual el sujeto experimenta pensamientos y actos impuestos involuntariamente por un cortocircuito del sistema nervioso. Un funcionamiento espontáneo de la vida psíquica, normal o patológica, que está fuera del control de la conciencia y de la voluntad. Como el aprender a manejar automóviles ya sin tener que pensar cada acción.
El psicoanalista Jacques Lacan, extrae este concepto del campo orgánico para situarlo en la estructura misma del lenguaje: palabras repetidas, frases hechas, temas recurrentes, en boca de dicentes tan certeros en sus postulados como refractarios a las preguntas. Pura fijeza. El automatismo mental se convierte así en la emergencia del significante puro: un lenguaje que no comunica, sino que invade; una estructura que «habla» al sujeto desde una exterioridad radical, despojándolo de su posición de autor. Hay una monótona solidificación de la cadena significante, que se repite y se repite sin variación; es decir, un discurso que no admite diferenciaciones en el conjunto. Se trata de holofrases: palabras sintéticas que sustituyen el recorrido hacia una idea que luego remita a otra. No es extraño. Una holofrase puede ser una vida de punta a punta. Hay personas que están orgullosas de haber vivido toda su vida con una sola idea en la cabeza. Son como holofrases vivientes, sin escansión, sin corte, sin paso a otra cosa. Personas que viven holofraseadas desde la cuna hasta la tumba.
Los holofraseados no se articulan con los demás, pero se agrupan entre ellos; proponen temas y preocupaciones con los cuales se enganchan y luego parece que están en lo mismo, pero cada uno tiene una relación diferente con eso que dicen. Sin embargo, se agrupan. Porque el grupo (reunido en torno a un rasgo encarnado en algún jefe) es la promesa de que lo que sienten puede ser domeñado mediante el procedimiento de la identificación. Como les sucede a los buenos niños obedientes que nunca causan problemas, porque siempre hacen caso a lo que se les dice y así evitan sentirse excluidos. Pero por eso excluyen a quienes no se les parecen… y los culpan por su falta de goce. De ahí que su noción de justicia no tiene que ver con dar a otro de lo que uno tiene, sino en que los demás se priven de lo que uno no tiene, para así sentirse vindicado.
Existe una analogía muy sugerente entre esa conceptualización del automatismo y la formación militar. En la milicia, la palabra pierde su función dialógica para transformarse en puro comando. La instrucción militar busca la automaticidad para garantizar la operatividad bajo presión. ¡No pregunte, no piense, obedezca! ¡Usted no es como los demás: es cadete!
Cuando un cadete (esto es: una niña, un niño o un adolescente) es entrenado en un liceo militar para que la orden funcione como un estímulo-respuesta inmediato, se está operando una desubjetivación deliberada. El lenguaje deja de ser un espacio de mediación para convertirse en una intrusión masiva de la estructura simbólica sobre el cuerpo de la niña, el niño o el adolescente.
Esta intrusión posee las características que Clérambault atribuía al automatismo: es anideica (no depende de la intención del sujeto), asensorial (es una invasión que se siente en la carne) y, en su origen, neutra (puro ruido reglamentario que debe ser acatado sin interpretación). En el liceo militar, este automatismo se manifiesta con particular claridad en el «orden cerrado» y el desfile: una técnica que busca mecanizar el cuerpo, fragmentando los movimientos para convertirlos en piezas de un sincronizado sistema de engranajes. El «yo» se eclipsa ante la estructura; el cadete no camina, es «caminado» por el ritmo del redoblante y el reglamento que da forma a la agrupación (cfr. Altisen, 2026).
En este aprendizaje de la renuncia al pensamiento, el sujeto queda preconfigurado para su futura integración en otros sistemas de automatismo: aquellos donde la máquina digital (empresarial), heredera del redoblante (institucional), dictará los pasos de una agrupación ya no coreografiada en la plaza de armas, sino en la interfaz del consumo y la obediencia algorítmica.
2.- El liceo como algoritmo analógico: perfiles y docilidad
El Dr. Miguel Benasayag plantea una distinción fundamental entre funcionar y existir. Un algoritmo está diseñado para funcionar, para optimizar perfiles y ejecutar tareas predeterminadas. En el mundo del trabajo actual, por ejemplo, no se seleccionan personas, sino “perfiles” (un set de datos deseables) que encajen en un orden productivo específico. Otro ejemplo, como ocurre en la política actual cuando para diseñar campañas se segmentan “perfiles” de votantes para los cuales las empresas de publicidad van construyendo discursos que logren captarlos. Esto fue ampliamente argumentado por Regis Debray en su libro “El Estado seductor”, publicado en los años 90: el pasaje del Estado moderno educador, al Estado publicista y seductor. Lo que hoy añadiríamos al análisis de Debray es que el resultado de la deriva seductora del Estado acabó empoderando a los dueños de las empresas publicitarias (tecnológicas) hasta permitirles colocarse por encima de los jefes de Estado y de los sistemas educativos nacionales. Así, la abdicación del Estado educador dejó el terreno servido para que las Big Tech tomen el mando. En este nuevo escenario «tecnofeudal» (post-capitalista), las democracias ya no son necesarias; incluso estorban. Pero el sistema no necesita destruirlas formalmente, pues cuenta con “fuerzas” que —con amabilidad o sin ella— disciplinan a los insubordinados del discurso económico dominante.
En el plano nacional, mientras los tecnócratas de la dictadura y del macrismo buscaban una democracia neoliberal y “expurgada” de actores de izquierda o defensores de la justicia social, pero manteniendo aún una idea de Argentina soberana, el experimento social de Javier Milei representa un salto cualitativo. Su propuesta es «no soberanista». De hecho, en 2019 dijo: “Cuando festejan el día de la bandera, yo veo un muro”. La propuesta anárquica de Milei es un «abandono» deliberado del país para la apropiación por parte de magnates globales. El algoritmo libertario busca la supresión de la democracia para convertir a la sociedad en un mecanismo regulado por una inteligencia central al servicio del capital transnacional.
Mientras la dictadura genocida se valió del terrorismo de Estado para intentar una versión bestialmente manipulable de la democracia, y Mauricio Macri la calificó en 2021 como “el peor de los sistemas, pero el único posible”, Javier Milei directamente la ha “secuestrado”. De hecho, el actual presidente nunca ha podido responder con claridad si cree o no en el sistema democrático; quizás porque, como escribió su mentor Friedrich Hayek, prefiere “un dictador liberal a una democracia sin liberalismo”. Por eso, para mentalidades como las de Videla, Macri o Milei, lo primordial es convertir a la economía en una dinámica suprademocrática, eximida de responsabilidades sociales y políticas donde la vida humana se subordina a las reglas inhumanas de la «macroeconomía». Lo cual nos permite afirmar que su gobierno es, en esencia, un algoritmo brutal y autoritario.
El liceo militar —presentado como ejemplaridad de una educación de excelencia— opera bajo esta lógica de “perfilamiento” y control: no acompaña trayectorias educativas, no fomenta la interrogación, sino que determina comportamientos conforme a un perfil institucional establecido de antemano.
Según el ensayo Contramarcha: un trayecto por el secundario de los milicos (Altisen, 2026) al ingresar al liceo, el menor es sometido a un proceso de despersonalización administrativa. El orden alfabético, por ejemplo, no es una mera formalidad organizativa; es la primera subordinación del sujeto al registro. La subjetividad se diluye en el disciplinamiento administrativo, donde el nombre propio queda diluido en el grupo con el cual se le identifica.
La milimétrica estructuración de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana genera lo que denominamos un viviente «maquinal». Un cuerpo dotado de un manojo de algoritmos analógicos (desde la forma del saludo y la posición de firme, hasta el lustre del borceguí) que le permiten transcurrir la vida adaptado a un «sentido común» sancionado como normal, pero radicalmente alejado del pensamiento crítico y transformador. Es el triunfo del significante sobre la carne gozante: cuerpos reaccionarios, refractarios al desacuerdo dialógico que funda la democracia, en términos de Jacques Rancière. Mientras en la democracia la existencia se despliega en una estructura conversacional, el algoritmo castrense es dictatorial en su exigencia de funcionamiento; en él, solo habla el amo (el reglamento) y los demás callan o susurran a sus espaldas.
Como sociedad, hemos padecido este funcionamiento mortífero durante la dictadura de 1976. Sin embargo, lejos de ser un hecho excepcional, este dispositivo se enmarca en tradiciones de larga duración que llegan al presente. El «poder desaparecedor» se ha metamorfoseado, reciclándose en modalidades más amables, pero igualmente eficaces, produciendo una subjetividad permeable a la prédica neoliberal y meritocrática. Se trata de una herencia que, en su faz productiva, construye una subjetividad más afanada en funcionar para el mercado que en existir como comunidad, consolidando así una sociedad individualizada, atomizada y desigual. La pedagogía “manu militari” de los liceos —que la derecha conservadora exalta como educación de excelencia— reproduce sistemáticamente esa “mentalidad”.
3.- La institución total y la mortificación del yo
Siguiendo a Erving Goffman, en el libro Contramarcha: un trayecto por el secundario de los milicos (Altisen, 2026) se define al liceo militar como una «institución total»: un lugar de residencia y trabajo donde un gran número de individuos, aislados de la sociedad, comparten una rutina administrada formalmente. Valga recordar que las instituciones totales se organizan en torno a una estructura jerárquica rígida y burocratizada, en las que las relaciones sociales intramuros se reducen al mero cumplimiento de normas y rutinas asignadas a cada uno según el rol institucional que les toca y que deben ser seguidas de manera estricta. Por ese camino, la subjetividad resulta aplastada bajo el peso de las obligaciones formales.
Es cierto que los liceos actuales ya no funcionan como los de antaño. Pero sus reglamentos dan cuenta de la persistencia de formas de hacer las cosas, que no convocan ni alojan la subjetividad. El elemento que persiste es el funcionamiento del poder ejercido como control sobre las vidas. La lógica liceísta se basa en el control de los cadetes no-conformes a la norma a través del régimen disciplinario, con el objetivo de mantener el orden y la seguridad dentro de la institución. Rige el horror al desorden como criterio para organizar los modos de conjurar el peligro que representan las anomalías. Lo que el orden normativo pretende es corregir su comportamiento haciendo que se adapten a las normas y rutinas de la institución o que al menos no las perturben. Hoy, a partir del Plan “Liceos 2030” del presidente Javier Milei, el cuidado de la convivencia estudiantil entre pibes de nivel inicial, primario y secundario, deja de ser asunto de pedagogos, y se restablece el viejo régimen disciplinario que ahora pasa a manos de las Fuerzas Armadas para que sean los militares quienes determinen a su gusto el modo que consideren más conveniente para mantener intacto el orden reglamentario en sus liceos.
La vida en el liceo es una sucesión de técnicas de mortificación del yo. Los oficiales habitualmente degradan la identidad subjetiva del cadete mediante una jerga de desfiguración: “tagarna”, “larva”, “bípedo implume”, “lacra”. Estas humillaciones, sumadas al control estricto de los movimientos corporales y al “orden interno” —que exige una perfección maníaca en la limpieza rincón por rincón—, buscan producir un compacto e indivisible “espíritu de cuerpo” que es, en realidad, un coagulado de cuerpos sometidos a presión modeladora.
La lógica biopolítica aquí es clara: como señala Giorgio Agamben, el “estado de excepción” es la estructura en la cual el derecho incluye al viviente a través de su propia suspensión, y esa estructuración emerge con claridad en el orden militar.
En el liceo militar, el “estado militar” otorgado a menores de edad y sin requerir expresión formal de su consentimiento voluntario, funciona como ese espacio de excepción donde la ley civil se retira para dejar lugar a la imperatividad de la mera fuerza reglamentaria. Se trata de un orden sustraído al control jurídico constitucional. Un orden en el que la “ley” es devuelta a la mera “fuerza”; esto es, al vacío del derecho, análogo a la idea de un estado de naturaleza. Congruente, a su vez con la idea de “orden espontáneo” (pura fuerza) que escuchamos en voces como la de Milei y los autores anarcocapitalistas y de la escuela austríaca que cita con frecuencia, o en la de los líderes ultraderechistas que visita con fruición y asiduidad.
La fantasía del control absoluto tuvo su expresión más cándida en Mauricio Macri cuando, siendo presidente y con su celular en mano, dijo durante una entrevista: “Vivimos en una época donde ustedes aprietan un botón y pasan cosas, hacen todo con un botón, pero en la democracia apretás un botón y no pasa nada, porque necesitás horas y músculo para convencer y acordar, y eso es lo que ha puesto en crisis severa a todos los sistemas democráticos”. Es el comentario típico del Amo: el anhelo de que la carne sea mortificada por el significante sin mediaciones. El «botón» sustituye aquí a la red dialógica; ya no hay eslabones de una cadena argumentativa, sino una tecnología que corta el tejido social. Valga mencionar que Macri ganó elecciones contratando los buenos servicios de la consultora británica Cambridge Analytica, que saltó a la fama en 2018 por utilizar datos personales de millones de usuarios de redes sociales, obtenidos sin consentimiento, para influir en votantes a partir del trazado de perfiles psicográficos diseñados para dirigir publicidad política personalizada y así activar sus respuestas emocionales mediante algoritmos.
En la misma frecuencia, Javier Milei propone una gubernamentalidad entregada a las inteligencias artificiales, prescindiendo de ministerios, parlamentos y jueces. Esta deriva encuentra su paroxismo en la proclama de Daniel Parisini (el «Gordo Dan») sobre una “guardia pretoriana y brazo armado” cuyo armamento es un smartphone que opera en «la nube». De allí, la mística de «las fuerzas del cielo»: el algoritmo como deidad y la fuerza como reemplazo de la Ley.
Como señala Agamben, este escenario equivale a la normalización de los poderes excepcionales. Cuando el Ejecutivo gobierna mediante decretos de necesidad y urgencia sin acotamiento, erosiona la facultad legislativa hasta convertirla en una mera escribanía de ratificación. Es el paradigma del actual gobierno argentino: hacer de la excepción la norma. Vivir en estado de excepción somete la vida a la regla hasta volverlas indistinguibles; es la producción de una existencia sin relación, una vida capturada por el régimen.
Esta dinámica gubernamental espeja los procesos de subjetivación analizados por Foucault: cada subjetivación implica la inserción en una red de poder. Una microfísica del poder que nos constituye. Sin embargo, lo que hoy emerge con violencia son los procesos de desubjetivación. El sujeto actual es el campo de batalla entre dos tensiones: una que empuja hacia la subjetivación (la identidad, el perfil) y otra que procede en dirección opuesta. El sujeto no es más que el resto, la no-coincidencia de estos dos procesos. La política de las identidades —incluso la del «disidente»— resulta letal porque queda atrapada en el juego del poder. El desafío estriba en desactivar estas relaciones, haciendo jugar la desubjetivación contra la subjetivación para construir una forma de vida heterogénea, capaz de distinguir entre el simple uso de la vida que se tiene y la potencia de la forma de vida que se pretende.
Toda esta “arquitectura mental” —este recubrimiento imaginario de los cuerpos— no surge del vacío. A nivel micro y capilar, existen dispositivos estructurados bajo lógicas dictatoriales que operan silenciosamente. Por eso, al cumplirse cincuenta años de aquel 24 de marzo, cabe detenerse en uno de estos laboratorios tempranos: los liceos militares. Allí, los expertos en los duros algoritmos analógicos —los mismos militares que, no olvidemos, diseñaron el embrión de la red digital— imparten una instrucción que el imaginario conservador y reaccionario eleva a «modelo de excelencia». Llama la atención que hasta la edición de Contramarcha (Altisen, 2026) no se hayan publicado estudios críticos sobre estos dispositivos de la pedagogía castrense diseñados para la “militarización” temprana de niñas, niños y adolescentes. Es que los liceos han sido como joyas bien guardadas por la élite, para preservar allí las lógicas de casta y disciplina que luego se derraman sobre el resto de la sociedad a través del mercado y la política. Por eso nos parece relevante ponerlos en foco, porque los liceos son la representación de un “deber ser” intocable; la puesta en escena del triunfo del algoritmo sobre la carne indomeñable que el poder considera “subversiva”.
4.- La mano invisible y la bota moralista: una genealogía del presente
La pedagogía del liceo no es inocua; funciona como el laboratorio de una mentalidad que se proyecta desde el pasado hacia el presente argentino con una vigencia inquietante. Durante la dictadura, el libro de estudio Defensa Nacional de Oscar Antonio Papa Rúa, publicado por Editorial Plus Ultra, instruía a los jóvenes liceístas en la premisa de que el mercado es un orden natural y una expresión de la voluntad divina. Según esta doctrina, el Estado debe abstenerse de intervenir en la economía, limitando su función a vigilar la seguridad y suprimir la «subversión moral». Esta estructura bifronte —represión y desarticulación de la organización popular en su faz oscura, y la «moral como política de Estado» en su faz luminosa— guarda una coincidencia estructural con la narrativa de la gestión de Javier Milei. Una narrativa no solo negacionista, sino desembozadamente justificadora.
Esta amalgama entre liberalismo económico extremo y conservadurismo moralista (hipócrita) constituye la «jauría de cancerberos» que hoy retorna bajo el disfraz de la «batalla cultural libertaria». Mientras que en los años setenta los militares operaban como el brazo ejecutor de los sectores concentrados del poder económico, hoy el gobierno de Milei hace de la excepción su paradigma de gestión, erosionando la división de poderes y pretendiendo gobernar mediante algoritmos e inteligencias artificiales. Esta pretensión tecnocrática busca prescindir de la «molestia» dialógica de ponerse de acuerdo con el otro, secuestrando la democracia para programar la sociedad al servicio de intereses transnacionales.
En esta nueva configuración del poder, el smartphone se erige como la nueva «guardia pretoriana». Los algoritmos digitales son los herederos de la lógica de los ejércitos: software robot diseñado para segmentar perfiles de votantes y capturar el goce en un orden significante más sofisticado y sutil que el de la bota física. La «batalla cultural» contemporánea no es más que la actualización de un proyecto de largo aliento que busca la sujeción masiva de las conciencias a los designios de un capitalismo periférico y hegemónico, donde la vida humana es reducida a un engranaje funcional al mercado.
5.- Transgresión: el resto de lo vivo frente al simulacro tecnocrático
Frente a la microfísica del poder descrita, el sujeto surge como un campo de fuerzas en tensión. Si la subjetivación implica insertarse en una red de relaciones de poder, la desubjetivación es el proceso opuesto: la desactivación de esas capturas. El sujeto es, precisamente, el resto; la no-coincidencia entre lo que la institución pretende fabricar y lo que la vida insiste en preservar.
En la historia del liceo militar, este resto se manifiesta en la transgresión, que bajo la lente de Giorgio Agamben podemos entender como un acto de profanación. Si sacralizar significa separar algo del uso común para entregarlo a la esfera del Poder (volviéndolo intocable, ritualizado e indisponible), profanar es devolverlo al uso libre de la comunidad. Los cadetes llamados “lacra”, el bullicio disruptivo y las inconductas adolescentes no son meras fallas del sistema, sino operaciones que desactivan los dispositivos de control para restituir la carne al dominio de la existencia. Cada una de las contravenciones analizadas en Contramarcha (Altisen, 2026) constituye una pequeña victoria de la profanación sobre el algoritmo: el uniforme «sagrado» se vuelve juguete, la orden «sacrosanta» se vuelve parodia y el cuerpo capturado regresa, por un instante, al uso común de quien lo habita.
Esta resistencia confirma que la maquinaria liceísta, por fortuna, también falla. El «resto de lo vivo» es inatrapable y se manifiesta en trayectorias divergentes que subvierten el destino programado por la institución. Lo observamos en aquellos excadetes que, desafiando el adiestramiento recibido, se incorporaron a las filas de las militancias revolucionarias incluso durante la dictadura, pagando con la tortura y la desaparición su opción por la libertad. Y lo vemos, de manera institucionalmente disruptiva, en la figura de Raúl Alfonsín: el excadete que se convirtió en el padre de la democracia moderna al impulsar el juicio histórico a los genocidas. En ambos casos, se trata de liceístas que se libraron del perfil, profanando el mandato castrense para devolver la política al terreno de la ética y el derecho.
Mientras el animal se adapta al medio, el ser humano es un inadaptado por excelencia. El ser humano juega. No se acomoda pasivamente a la naturaleza, sino que la transforma mediante la función de significación. Los signos no son respuestas cerebrales prefijadas, sino nexos construidos en el curso de la vida social. Es cierto que somos «fabricados» por otros humanos, pero con una salvedad crucial: aunque el adulto entrega la llave del lenguaje, es la cría quien debe operarla para abrir su propio cuadro interno de señales. El ser humano es, por definición, un animal transgresor —un profanador nato— que requiere una escuela que no lo encierre en una suerte de sacralidad reglamentaria, sino que le entregue la llave de su propia creatividad.
Aquí es donde colisionan los paradigmas. La actual jerga psicopedagógica —heredera de la tecnocracia de los 90 y apalancada hoy por el modelo de «competencias» de la OCDE, que la derecha aplaude con entusiasmo— pretende instalar la idea de que educar es dominar programas de «procesamiento de información». Es el modelo de la «escala ascendente» que reduce la mente a una máquina computadora, un objeto sagrado para la eficiencia del no menos sacralizado mercado. Frente a este discurso formalista que desarraiga la educación de los aconteceres vitales, debemos recuperar la tradición de la Bildung: la formación como un proceso interno de autocomprensión y creación de sentido (Sinnhaftigkeit). La Bildung es, en esencia, la capacidad de la persona (Persönlichkeit) para no dejarse reducir a una función algorítmica.
La transgresión infantil y adolescente pone en primer plano la subjetividad que resiste. El niño, la niña y los adolescentes, fragmentados por la ideología de los «mecanismos», se hacen notar y nos advierten que son unos seres de carne y hueso, con historia y deseos. Si los estudiantes siguen siendo sujetos, ha sido gracias a su insistente demanda por profanar el dispositivo pedagógico y ser reconocidos como sujetos dicentes. Educación y transgresión se sostienen mutuamente: no hay educación auténtica sin la posibilidad de interrumpir la inercia del orden para que algo nuevo acontezca.
En consecuencia, un enclave aislado como el liceo militar, que impone un perfil sin negociar significados con la comunidad, no es un sendero transitable para una sociedad democrática. Educar es crear posibilidades para que las personas se reinventen, no para que se ajusten a un molde prefabricado. El «Plan Liceos 2030» —con su enfoque en el adiestramiento y el disciplinamiento— es un intento de sacralizar la violencia institucional, posicionando a los jóvenes como sujetos de peligro. La respuesta pedagógica debe ser la restitución de la palabra y el cuerpo de los sujetos al derecho; a sabiendas de que la transgresión, ese resto de lo vivo y ese acto profanador, es nuestra última defensa contra la “manu militari” que mecaniza las almas.
6.- Conclusión: una advertencia de futuro
Los liceos militares, que se proponen a sí mismos como establecimientos educativos para niñas, niños y adolescentes, permanecen hoy como enclaves ideológicos de una mentalidad autoritaria que se resiste a desaparecer. Son el ejemplo de lo que el actual poder de ultraderecha considera una «educación de excelencia»: el triunfo definitivo del algoritmo sobre la «carne subversiva».
La advertencia de Contramarcha (Altisen, 2026) es clara: los efectos de la dictadura no terminaron en 1983. La “mentalidad” persiste. Las fuerzas reaccionarias continúan disponiendo de estos laboratorios de subjetividad para producir narrativas contra lo nacional y popular, y contra los impulsos por defender la democracia. Si el Estado renuncia a su rol de garante de una educación pública crítica y plural para abrazar nuevamente el reglamentarismo extremo, el peligro no será solo el retorno a una estética militarista, sino la consolidación de un sistema que, en nombre de la «libertad», anule la capacidad de discernimiento con criterio de las nuevas generaciones.
El ser humano, para avanzar criteriosamente, debe retroceder reflexivamente. Solo a través de la memoria, la verdad y la justicia —conceptos que alumbran el camino y convocan a la acción— podremos resistir a la desmesura mortífera de una bota que hoy se pretende digital, pero que sigue buscando, implacablemente, aplastar la irreductible existencia de lo vivo.
Referencia bibliográfica:
Altisen, C. (2026) Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos. Prohistoria ediciones.
Disponible en: https://prohistoria.com.ar/#!/producto/3086/
