Civilización, desecho y transmisión

Civilización, desecho y transmisión

Análisis de la película Una batalla tras otra

(Alerta de spoiler: este texto analiza pasajes fundamentales del desenlace del film)

La reciente película galardonada por la Academia de Hollywood con el Oscar a la mejor del año, Una batalla tras otra (One battle after another), no es solo una pieza de virtuosismo técnico. Es en su guion donde reside su verdadera potencia. El film nos interroga sobre una cuestión de urgencia civilizatoria: ¿cómo se construyen las identidades en la dialéctica del amigo-enemigo y qué lugar queda para la invención de una nueva subjetividad en el paso entre generaciones?

1.- El lazo segregativo y la estética de la limpieza

El guion despliega con maestría la construcción de identidades grupales por oposición. Observamos grupos —desde las facciones revolucionarias hasta los colectivos supremacistas contemporáneos— que, más que elaborar su propia experiencia, se fijan en la superficie de la identificación. Como señala Jacques Lacan, la civilización occidental se define por su relación con el desecho: «una gran civilización es, en primer lugar, una civilización que tiene un muladar».

En la película, el grupo de los «Yankee White» encarna este erotismo de la segregación. Su búnker no es solo un refugio político, es un santuario de la «limpieza». Aquí, la blancura se asocia a lo puro, mientras que el «Otro» es ubicado en el lugar de la basura, de lo sucio, de aquello que debe ser evacuado por las cloacas del sistema. Es la lógica del capitalismo y el fascismo: tratar al diferente como un detrito que escapa al orden de la urbe. Sin embargo, el film nos recuerda que solo hay civilización allí donde alguien sabe qué hacer con «la mierda», no descartándola, sino tomándola al cuidado, transformándola en abono, en cultura (colere) mediante un trato adecuado, respetuoso.

2.- La caída de la madre y el envés del padre

Desde una perspectiva psicoanalítica, el triángulo edípico de la película es revelador. La figura que se sustrae es la madre real; su ausencia deja el campo abierto para una disputa sobre la función paterna. El guion nos presenta una tipología precisa:

  • El padre real: Aquel que «no sirve», el que intenta destruir o imponer un camino político como única herencia, fijando a la hija en una identidad holofraseada.
  • El padre imaginario: El motor de la paranoia, ese que durante dieciséis años vive atrapado en la dinámica del espejo con el enemigo.
  • El padre simbólico: Aquí reside la belleza del giro narrativo. Tanto el personaje de DiCaprio —un fabricante de bombas reposicionado subjetivamente en el lugar de un cuidador que renuncia a la certeza del ADN— como el «sensei» (Benicio del Toro), encarnan esta función. No buscan la reproducción de lo mismo, sino que ofrecen un amoroso cuidado para que los diferentes sujetos puedan proseguir su propio camino. En términos de Derrida: realizan la convivencia democrática como hospitalidad. Entendiendo que el otro es el camino.

3.- Relaciones intergeneracionales

El movimiento más fuerte de la obra es el paso de la «identificación al grupo» hacia la «subjetivación del lazo». El guion decide que el encuentro entre los opuestos —la revolucionaria y el militar— culmine en el confuso nacimiento de una niña. Pero esta hija no es un destino político fijado de antemano, sino una apertura a algo nuevo.

Mientras que las generaciones anteriores quedaron entrampadas en el goce de la identificación (vidas «holofraseadas» que se repiten sin escansión: estancadas en manuales y contraseñas), la escena final nos muestra a la hija en un acto de compromiso radical: el cuidado del otro. Ya no es la paranoia del teléfono celular o la bomba; es un «relajado cuidado» que evoca la noción de espiritualidad en términos de Foucault. Que es también como aparece representada la religión en el film.

4.- La autonomía como interdependencia

Una batalla tras otra nos enseña que la autonomía no se logra tirando al otro a la basura. No consiste en afirmarse uno contra el otro: ya sea “limpiando” anomalías o como “soplón” para salvarse. Por el contrario, siguiendo a Winnicott, ser “autónomo” es la capacidad de reconocer al otro como distinto de uno mismo sin que esa diferencia sea una amenaza. La película transita desde la «segregación» (la eliminación del resto) hacia la «solidaridad» (la integración del resto como nutriente de la convivencia democrática).

El director y el guionista han logrado plasmar en esta obra de arte una labor civilizatoria de urgente actualidad: erosionar los significantes de la determinación para que, en el vacío dejado por los viejos mandatos, pueda llegar a emerger un estilo propio y diferenciado. En un mundo gobernado por algoritmos —digitales y analógicos— que buscan la capitulación de lo vivo, esta película es un recordatorio de que el lazo social solo es humano cuando se hace cargo de su propia opacidad y se dispone, finalmente, al cuidado de la vida.

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