Una lectura de Mí mensaje, de Eva Perón

Una lectura de Mí mensaje, de Eva Perón

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Han descolgado aquella mítica imagen en que Perón y Eva forman un arquetipo de pareja. Hay una intencionalidad política: aquella pintura representa el espíritu de una época. Posee elementos del kitsch pictórico: una sumatoria de lugares comunes donde el hombre es la suma de lo egregio, en tanto que la mujer se constituye como acompañante de un poder que siempre pertenece a la esfera de la masculinidad. Dentro del populismo y de los intentos de gobiernos nacionales, la mujer aparece signada como proyección o compañera de lo masculino. La cuestión viene de larga data: en la antigua iconografía rosista, doña Encarnación Ezcurra, más allá de su talento estratégico y de sus convicciones federales, fue siempre retratada como la compañera del Brigadier don Juan Manuel de Rosas.

Sin haberlo pensado, Echeverría inaugura la serie. Las primeras páginas de El matadero son magistrales porque forjan una tradición cultural que todavía nos marca como nación. Paradójicamente, los pintores de la Federación (en verdad escasos de talento) no hicieron más que seguir el mismo modelo de pensamiento. La heroína acompaña a su marido. Un siglo después, el peronismo clásico prosiguió aquella idea.

En su feroz batalla cultural, la actual gestión libertaria ha quitado la pintura con la idea de velar la memoria de los argentinos que aman las ideas de justicia, igualdad, solidaridad e independencia. Mientras que las tradiciones conservadoras han hecho de la mujer un adorno del poder; la perspectiva nacional la hizo compañera. Fue en la etapa kirchnerista donde germinó otra idea: el poder podía pasar también por una conquista de lo femenino. De ahí el odio visceral hacia la figura de la ex presidenta. Detrás de las capas de supuestas corrupciones, el discurso se tensaba hacia la idea de que la mujer y los colectivos femeninos debían ser desterrados. Lo feminidad en el poder pasó a ser blasfemia, inmundicia, terror y animalización. “Yegua “y “puta” fueron las palabras repetidas en los mil foros de Internet que luego salieron a las calles con improvisadas guillotinas. La mujer yegua pierde su carácter de humano; la puta es sólo una herramienta del placer en el mercado libre de los cuerpos. La única mujer posible era la que se masculinizaba en su práctica para vindicar la violencia contra jubilados o estudiantes.

Han quitado el famoso cuadro de la pareja presidencial. No importa. Tarde o temprano volverá a estar en su lugar. Lo cierto es que aquella pintura nos lleva a otro texto donde la voz de la compañera Eva Perón se libera de la tutela del discurso oficial. No es La razón de mi vida (libro contraproducente si lo hubo). Se trata de Mi mensaje. Eva habla desde el lugar de quien ha llegado a un nuevo territorio: el cáncer la destierra de la vida; por eso la última jugada es tomar la palabra sin tutelas.

Creo que es el libro más importante del peronismo.

CUANDO EL CUERPO SE HACE PALABRA

Para aquellos que venimos de las disciplinas discursivas, analizar un texto como Mi mensaje es un trabajo incómodo. Las palabras de Eva son piedras que hierven; no hay un solo momento en que la obra mitiga sus enconos y sus amores. Estamos, pues, frente a un escándalo de la lógica, de la dialéctica, de la historia.

¿Carta de despedida? ¿Testamento? ¿Folletín destinado a la crasa mitología de los arrabales? ¿Evangelio? ¿Panfleto revolucionario? ¿Trasposición mitológica?

No creo que exista algún género literario que convenga al testimonio de una mujer que, sintiéndose moribunda, comprende que el futuro es una amenaza que ya no la acecha a ella, sino a los miles de hombres y mujeres que la sienten como madre, como hermana, como representante directa frente al poder. Estamos frente a un puñado de páginas que condensan la vieja tragedia argentina, la de la Década Infame, la del país rico a expensas de un pueblo hambreado, con la tragedia del futuro, la de los miles de jóvenes que va a sentir en la presencia de Eva la anticipación de una lucha revolucionaria y doctrinaria que nunca estuvo en el corazón profundo del Justicialismo. Punto de pasaje (puente peligroso) entre dos tiempos, la escritura de Eva contempla, al igual que el ángel de Benjamin, el escándalo de un mundo fraudulento que se desvencijó con la revolución del 4 de junio del 43 y que pareció definitivamente enterrado con la aparición de la masa obrera el 17 de octubre del 45; pero también atisba las ruinas del futuro. Porque el cambio que trajo el peronismo no termina de asentarse y los intereses en pugna exceden los límites de ese pequeño país que es la República Argentina.

En tanto que ciencia social del lenguaje, la Semiología trabaja las condiciones de producción que coadyuvaron a la generación de un texto determinado, pero a la vez busca descifrar qué interpretaciones posteriores surgieron a partir del Discurso que se toma como base. Anticipamos nuestra hipótesis de lectura: Mi mensaje es una respuesta combativa a la depresión existencial que los argentinos plasmaron en el período 1930-1943 y profetiza la masificación de la muerte que habría de manifestarse en la aciaga etapa que va desde el ocaso de Perón hasta el derrumbe definitivo de la dictadura genocida.

Y además, la comprensión del discurso de Eva necesita analizarse desde las posturas que la intelectualidad argentina manifestó frente al peronismo. Podemos decir que hay un triángulo insoslayable por el que deberemos transitar si nos preocupa la hermenéutica de este libro. Ese triángulo pasa por tres claros vértices: Marechal- Borges- Walsh. Pero los lados que median entre los vértices son puntos de pasaje que también necesitan repoblarse: Viñas- Perlongher- Rozenmacher.

LAS CONDICIONES DE GENERACIÓN DEL UN FENÓMENO DE MASAS

La explicación de ese fenómeno político que es el peronismo no se condice ni con las categorías de la política clásica ni con la sociología tradicional. Ocurre que muchas de las perspectivas con las que leemos nuestros procesos sociales son importadas de Europa. No obstante, el proceso político argentino guarda características especiales que no responden a la lógica del capitalismo europeo o norteamericano. Aquello que la politología ha denominado “populismo” es una construcción que pasa siempre por el tamiz de la sospecha o la absoluta condena por parte de las distintas corrientes teóricas que emanan del pensamiento central. Autores contemporáneos como el francés Pierre Rosanvallón siguen impugnando las prácticas populistas al considerarlas una cruza impura entre la demagogia y un larvado autoritarismo. No es el objetivo de este pequeño trabajo polemizar con teóricos de gran valía, sino presentar la hipótesis de que los populismos (y el peronismo como una de sus manifestaciones más reconocidas a nivel mundial) son formas de una democracia social que nace como consecuencia de un capitalismo dependiente y periférico. Hasta la década de 1940, la Argentina es una república semicolonial que funciona como factoría exportadora de productos cárnicos y de trigo a la metrópolis londinense. Posee autonomía política desde la estructura formal, pero el pacto Roca-Runciman (1932) constituyó la prueba palmaria de que el país no tenía soberanía en cuanto al manejo de sus recursos. Los puertos, las comunicaciones, los ferrocarriles: todas las ramas de los servicios y la producción dependían de capitales europeos. Pero los frutos de la tierra tampoco pertenecían al Estado, sino a una oligarquía que detentaba tanto los cargos públicos como los puestos clave en las distintas filiales de las empresas británicas. El Estado se hallaba estructurado mediante una forma anquilosada, ya que un conjunto de familias se turnaba en el manejo de la “cosa pública”. Estas familias patricias fueron las auténticas triunfadoras en cuanto al genocidio practicado contra las poblaciones originarias en la mal llamada “campaña al desierto”.

La Argentina moderna que comienza a ensamblarse con el triunfo de Mitre en Pavón va a sustentarse sobre la producción agro-ganadera centrada en Buenos Aires. El resto del país dependerá del puerto o vivirá en un atraso lamentable que no condecía con las prácticas modernas del capitalismo[1]. Las pequeñas oligarquías provinciales, aliadas dependientes de la gran oligarquía porteña, han de formar la malla sobre la que se va a sustentar las redes de un Estado del tipo paternalistas y autoritario. Definitivamente, el desarrollo de un capitalismo de segunda línea trajo consecuencias nefastas no sólo en el plano económico, puesto que al carecer de industrias se nos obligó a la importación constante y al endeudamiento crónico, sino también en el plano político: la participación democrática pasó a ser un mero formalismo enmarcado por arreglos intrafamiliares o bien, como en el período 1932-1943, por el más escandaloso de los fraudes.

En tanto y en cuanto los precios de las materias primas y la entrada de capitales tuvieron un monto favorable, el sistema se mantuvo con mejoras parciales gracias a la administración radical de don Hipólito Yrigoyen. Pero la estructura profunda (lo que hoy se denomina “matriz productiva”) no pudo transformarse bajo ningún aspecto. El crack bursátil de 1929 mostró realmente dónde estaba ubicado nuestro país en cuanto a posibilidades reales de sortear la primera gran crisis del capitalismo. El Golpe del 6 de septiembre de 1930 muestra a las claras el pánico desembozado del patriciado argentino frente al modelo de acumulación económica que ellos habían generado y promovido. Era inadmisible un gobierno que no estuviera absolutamente ejercido por los grupos concentrados. El cuartelazo de Uriburu mostró la incapacidad de la élite para armar un partido político de derecha nacional que comprendiera que el Estado debía cambiar rápidamente sus modos de acumulación, producción y distribución de la riqueza. No es que las críticas hacia la impericia de la administración radical carecieran de alguna base lógica. No obstante, el problema era infinitamente más complejo: el elenco civil de los golpistas del 30, que habría de volver una y otra vez hasta la instauración de Martínez de Hoz como ministro de economía en el 76, no tuvo la capacidad moral, intelectual y política de rediseñar el juego político ampliando las bases sociales de los partícipes. Por el contrario, obrando con un espíritu sectario refractario a la democracia, se lanzó a la desestabilización de los procesos democráticos o al liso y llano exterminio de opositores. Desde la picana eléctrica aplicada por Lugones (hijo) hasta los campos de exterminio de la última dictadura, pasando por los matones a sueldo[2] o bien por escuadrones policiales y parapoliciales destinados a la tortura de militantes y opositores, la élite argentina manifestó una desconfianza crónica hacia la democracia como forma popular de manifestación política.

Estas formas parasitarias de vida política pueden utilizar la represión durante años, pero no se conocen casos en que las bases políticas de un sistema basado sobre la tortura y la delación no terminen desmoronándose.

El golpe de Estado del 4 de junio del 43 marca una cuña dentro de la lógica del Ejército. Los oficiales de segunda línea que habían formado el Grupo Obra de Unificación (GOU) entendieron que, tal como estaba ensamblado, el sistema político y económico del país era inviable. Es cierto que a partir de la década del 30, y más particularmente a causa de la Segunda Guerra Mundial, la Argentina había entrado en un proceso de sustitución de importaciones que había hecho crecer la industria, pero se estaba lejos de pensar en un proyecto nacional industrialista que incorporara a las masas obreras en la dinámica del diálogo social. Dentro de la oficialidad del GOU, la imagen del Coronel Juan Perón fue creciendo no tanto por su carisma, como lo quiere construir la historiografía históricamente opositora, sino por entender cabalmente que la experiencia argentina inaugurada por la Generación del 80, remozada por el radicalismo y degradada por el conservadurismo no tenía retorno.

Como bien explica la sociología sistémica de Luhmann, los sistemas no se suicidan, sino que, frente a las presiones del entorno, ejercen variaciones para seguir subsistiendo. La democracia burguesa criolla estaba en una agonía que le imposibilitaba mantenerse como agente de cohesión social. El peronismo fue la respuesta nacional, burguesa, industrialista y popular que el mismo sistema creó para subsistir. El peronismo es menos una revolución que una continuidad renovada de la democracia. Pero será una democracia cuyos valores no pasen por las libertades individualistas del liberalismo, sino por la construcción de un colectivo social poli-clasista aliado al nacionalismo económico. Ya hemos dicho que estas categorías, al no constituir el andamiaje teórico tradicional de la democracia liberal, son resistidas o tildadas de socializantes o fascistas. Es innegable que el peronismo tuvo manifestaciones violentas en sus orígenes, pero el injustificable uso de la coerción y de la fuerza que aplicó en forma creciente en la evolución de sus dos primeros gobiernos fue la respuesta torpe y errónea que se ejerció desde el Estado frente a una violencia estructural y endémica que constituía la totalidad del viejo régimen. A continuación, trabajaremos algunos testimonios que permiten entender por qué el movimiento peronista irrumpió en la vida nacional con un origen clasista que atemorizó a los sectores patricios y a la pequeña burguesía vinculada al comercio y los servicios.

LA INTELECTUALIDAD ARGENTINA: ENCOMIO, VITUPERIO Y CARNAVAL

Si se tratara de analizar la sociedad desde las figuras retóricas que constituyen el lenguaje cotidiano, podríamos decir que las reacciones en el campo intelectual suscitadas por el fenómeno peronista caen bajo la imagen de la hipérbole. Al igual que en el resto de los países periféricos, las condiciones que permitieron el surgimiento y el desarrollo del intelectual se asociaron con una posición clasista de privilegio. Esto no significa que las clases medias no hayan dado pensadores de alta lucidez, pero, en líneas generales, puede decirse que quienes participaron de la vida académica y artística, al menos durante el siglo XIX y gran parte del XX, eran dueños de condiciones de vida sumamente elevadas. La intelectualidad argentina que obró durante la etapa del primer peronismo es hija de una clase social dueña de los cuatro capitales -el económico, el simbólico, el cultural y el relacional- que analizó con solvencia Pierre Bourdieu. La posesión de los medios de producción y la escasa distribución de la riqueza, tal como corresponde a las economías periféricas dominadas por oligarquías cuasi-nobiliarias, sólo podía reproducir en su funcionamiento intelectual e institucional una estructura social destinada a generar resistencias desde la izquierda y desde el anarquismo, como a comienzos de siglo del siglo XX, o por el advenimiento del populismo justicialista, cuya gestualidad desaliñada vino a incordiar un modelo de sociedad que pretendía detenerse en el tiempo. De un modo ejemplar, Bourdieu analiza las conductas de las clases dominantes como consumidoras y productoras de cultura y arriba a una serie de conclusiones que sólo pueden citarse textualmente:

“A estas formas de acumulación legítima, por cuyo intermedio los dominantes se aseguran un capital de crédito que parece no deber cosa alguna a la lógica de la explotación, es necesario sumarle esta otra forma de capital simbólico que es el atesoramiento de bienes de lujo que dan testimonio del gusto y de la distinción de su poseedor. La denegación de la economía y del interés económico que en las sociedades precapitalistas se ejercía en primer término en el terreno donde había que excluirla para constituir como tal la economía, encuentra así su refugio predilecto en el ámbito del arte y de la cultura, lugar del puro consumo, de dinero, desde luego, pero también de tiempo no convertible en dinero. Islote de lo sagrado que se opone de manera sistemática y ostentosa al universo profano y cotidiano de la producción, asilo de la gratuidad y del desinterés en un universo librado al dinero y al interés, el mundo del arte propone, como en tiempos pasados la teología. Una antropología imaginaria obtenida merced a la denegación de todas las negaciones que efectúa realmente la economía.”[3]

El caso de la revista Sur funciona como un arquetipo en cuanto al desarrollo de la cultura nacional. Los grandes escritores del mundo, desde Graham Greene a Rabindranath Tagore, al colocar su firma en cada número, confirmaban menos el carácter elitista de la publicación que la situación de dependencia intelectual respecto de los centros creadores y distribuidores de la palabra, la estética y la ideología. En un excelente editorial del 73, Victoria Ocampo exhibe con acierto que una joven nación debe estar abierta a todas las manifestaciones del espíritu y que las páginas de una revista cultural deben funcionar como síntesis de autores y tendencias estéticas. No se trata de negar esta idea fundacional de Sur. Lo que aquí remarcamos es la doble vertiente liberal que hay detrás de su pensamiento: la Argentina como pacífico crisol de razas y la voluntad de constituir al país como última frontera de la cruzada civilizatoria occidental. En ambas afirmaciones laten las estructuras míticas de pensamiento con que la Argentina de una soñada belle époque quiso presentarse en el concierto de las naciones: el país europeo de América, la París del Plata, una república de clases medias progresistas, una país culto que se suma a los adelantos del espíritu humano… Cada número de Sur, sin lugar a dudas la mejor revista cultural de nuestra historia[4], confirma nuestra posición periférica tanto en la economía como en la cultura. El prestigio se confiere a partir del escritor o del filósofo extranjero que estampa su colaboración o que viaja al país para vacacionar en Villa Ocampo, mientras que los autores nacionales y americanos que aparecen en los distintas ediciones reciben una especie de espaldarazo consagratorio: los que estampan su firma en la tapa de cada número confirman su poderosa existencia (como en el caso de Borges), o comienzan a existir.

Como proyecto cultural iniciado en 1931, Sur compendia mejor que ninguna otra publicación el problema del intelectual argentino frente a ese vendaval que sopla desde un suburbio que no es el del orillero borgeano. La sudestada que inunda las buenas intenciones de la revista no proviene del malevaje ni del viejo corral donde la invocación a Yrigoyen revestía carácter sagrado. Es algo nuevo y se lo siente desagradable, gritón, plebeyo. Y peor aún: confunde a algunos viejos amigos de FORJA como Scalabrini Ortiz y Jauretche. En vez de quedarse en la diatriba republicana más o menos platónica, algunos muchachos se mezclan con ese barro que, a manera de maldición bíblica o de plaga inmerecida, comienza a socavar los cimientos de los mitos liberales. De pronto, la Argentina ya no es tan blanca. Las calles porteñas comienzan a exhibir nuevos rostros y un fantasma cobrizo recorre los monumentos de mármol. Y como corolario de todas las desgracias, la baja plebe refresca sus pies en el agua de una fuente inmaculada.

Vienen del Sur. Y la revista homónima siente que ese punto cardinal que era símbolo de una jerarquía segundona pero insistente ahora se corrompe. La pasión argentina de Mallea se tambalea y el personaje de Gabriel Andaral, que en la proa de un barco sentía la inminencia de los arquetipos griegos, entra en el ocaso definitivo… Y es que el peronismo plantea a la intelectualidad opositora un arco de acciones que van desde el silencio hasta el combate verbal, aunque en medio de esos dos polos se fueron gestando otras posibilidades no menos complejas: la tematización indirecta y el pastiche carnavalesco.

También los creadores que participaron activamente en apoyo del justicialismo lo hicieron desde una pluralidad de acciones que merecen desarrollarse. La adhesión al proyecto se hizo desde la palabra política con fines pedagógicos (Jauretche) hasta la poesía y el símbolo (Marechal y Manzi), para desembocar en un caso que exhibe todas las tensiones del problema: el pasaje del antiperonismo clasista al develamiento de situaciones que la alta burguesía no podía exhibir, tal como se manifiesta en los descubrimientos narrativos de Walsh.

VITUPERIO

Si hay un mérito en la obra de Jorge Luis Borges, sin dudas el más grade escritor del siglo XX junto a Franz Kafka, es la de haber logrado la creación de un estilo cuya intensidad narrativa y poética hace de cada texto breve una síntesis perfecta de complejos sistemas filosóficos que aparecen delineados de un modo tan complejo como diáfano. Al igual que una catedral, la obra borgeana se explica por sus referencias, por sus elipsis, por sus juegos intertextuales y, fundamentalmente, por la irreverencia en la cuestión de los géneros. Borges hizo del género policial, históricamente vinculado al relato de masas folletinesco, una arquitectura de símbolos cruzados que nos remiten a la cábala, a la reminiscencia y al mito. La poesía borgeana pasó de la prepotencia juvenil del ultraísmo a la serena claridad del soneto para llegar a endecasílabos que son un prodigio de compleja sencillez. Hay que arrimarse a la obra de Borges con la fe de quien está frente a la revelación, a sabiendas de que toda revelación posee un costado sombrío e inabarcable.

Borges vio en el peronismo un cuerpo deforme, la burda creación surgida de la demagogia de cierto líder carismático y de una mujer fanática. Al igual que el Gólem, aquella criatura que termina nuevamente en el barro por una falla de su creador, el fenómeno justicialista es concebido como una multiplicidad de cuerpos que viven torpemente gracias a la imaginación de un demiurgo maligno. Si el sabio rabino de Praga falló en su intento, cómo habría de ser la criatura engendrada por los intereses de un poder prepotente.

En “El simulacro” hallamos la siguiente situación que un hombre protagonizó en el Chaco, allá por 1952:

Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas, armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible. Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.


¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.

Comentar un texto de Borges tiene algo de profanación. Simplemente diremos que la obra, con una sabia economía de recursos, expresa las claves del pensamiento de la antigua derecha vernácula. La intelectualidad argentina vio en la irrupción del populismo dos formas de tergiversar el mundo: el pensamiento conservador lo consideró como la aparición de una deformidad golémica. El mal radicaba en esos cuerpos casi animalescos, cuyos ritos, cercanos a la tierra, conforman una especie de atraso moral. ¿Teoría racial encubierta? ¿Mitología positivista poetizada? La fuerza de un texto muchas veces proviene de sus elipsis, de sus intersticios. Porque justamente esos vacíos conforman el cuerpo de la red ideológica. Si hacemos hablar esta pieza magistral con “El cautivo”, notaremos la ideología blanca y aristocratizante que emana de Rudyard Kipling en su versión central y de Estanislao Zeballos en su réplica subdesarrollada.

Un funeral carnavalesco: todo en el peronismo es visto por las fuerzas opositoras como fiesta macabra o barroca ilusión colectiva. Su única realidad es la farsa hecha de músicas reiteradas, de nuevas festividades consagratorias y de un panteón que acoge en su seno a una especie de diosa blanca que prodiga a las masas pequeños dones.

Pero también la intelectualidad de izquierda consideró al populismo como fuerza retardataria, pero esta vez de la auténtica e inexorable revolución del proletariado. En su obra más célebre, Nación y Cultura, el maestro Héctor Agosti describe un paisaje norteño en el cual unos aborígenes se apiñan para recibir botines que un coronel fascistoide entrega en su campaña política. Esta acción proselitista es condenada como una forma de tapar la conciencia de clase con el sombrío fin de que el oprimido quede siempre sujeto a la opresión de su dueño. Es claro que para la izquierda argentina, el capitalismo, ya sea en su versión liberal o en su forma populista, funciona a partir de la alienación de la conciencia de clase que exhiben los sectores proletarios. El análisis de Agosti, que luego expondrá con fervor el éxito del comunismo estalinista, no hace más que desnudar la incapacidad de la intelectualidad para entender una corriente política que no podía leerse desde las claves de la institucionalidad liberal ni desde el socialismo de Estado. Así como los pensadores europeos, cada vez que intentan descodificar la praxis política de los populismos, caen en el horror de las categorías que no cuadran, tampoco nuestra propia intelectualidad no logró durante largo tiempo considerar al justicialismo como algo distinto, incluso por fuera de las ideas de revolucionario o demagógico.

Izquierdas y derechas se unen en un mismo vértice: el fenómeno peronista es una malformación de la patria. Y toda malformación debe ser curada o lisa y llanamente expurgada.

Y esto se dio porque la guerra no pasó tanto por lo meramente partidario, sino por el sistema de mitos que el país ponía en juego. A la Argentina tradicional blanca, destinada a funcionar como la despensa del mundo, se le opone la nueva diosa rubia que viene del interior para redimir a un sujeto social que no formaba parte de los mitos de origen o, si se lo prefiere, representaba la barbarie derrotada por Sarmiento, por Zeballos y por Roca. Los viejos dioses tutelares, que habían vencido a las fuerzas del desorden, comienzan a tambalear y el panteón olímpico de la escolaridad ochentista muestra grietas fantasmales. La diosa plebeya de Junín los pone en tela de juicio. Y la nueva deidad, en cuyo cáncer vive una especie de martirio redentor, muere y vuelve a la tierra para proteger a los condenados de la tierra. Este segundo mito (de obscenidad casi oriental) aterró a los grandes pensadores, a los militares destinados a ser una fuerza de ocupación de la clase dominante y a la inmensa república de clase media formada por cientos de señores Lanari, arquetipo social que analizaremos a continuación.

ODIAR EL INSOMNIO O EL ODIO INSOMNE

A finales de la década del 60, los jóvenes creadores de clase media que habían sido criados en el más férreo antiperonismo comenzaron a revisar aquellos postulados que la imaginería liberal había hecho cuerpo en los sectores de la pequeña burguesía. La expresión “hecho cuerpo” es otro préstamo que tomamos de la sociología de Bourdieu. Los hábitos de clase se incorporan no sólo desde la historia familiar, sino desde un complejo dispositivo de relaciones institucionales a través de los cuales el sujeto desarrolla su personalidad. La escuela, los amigos (que en líneas generales responden al mismo ethos[5] clasista), el acceso a lecturas y otros bienes culturales (cine, radio, televisión), la universidad, los sitios vacacionales… Todas estas realidades conforman la densa trama que, si por un lado proporciona una necesaria identidad, por el otro reduplica las estructuras vigentes y hacen que la sociedad capitalista moderna, más allá de sus sacudones, sea siempre lo mismo.

Lo interesante de los años 60 fue la puesta en juicio de aquellos valores que se presentaban a sí mismos como universales e inmutables. La juventud fue el sujeto social protagónico de un cambio impensado: la revisión de la propia historia económica y moral de sus mayores.

En la Argentina, el fenómeno revistió una serie de particularidades que enseguida detallaremos. Los jóvenes comenzaron a relacionar las ideas de cambio, transformación y revolución como una especie de gradatio ascendente[6] que no podía soslayar al peronismo, echado violentamente del poder en el 55 por la línea dura del ejército de ocupación liderado por Aramburu y Rojas.

El peronismo pasa a ser revisado por la juventud y la vieja hostilidad con que habían sido educados empieza a ceder. Surgen tendencias de acercamiento en lo político y en la creación cultural. Uno de aquellos autores que mejor sintetizó el problema de las clases medias en relación con el período 43-55 fue Germán Rozenmacher (1935-1971), autor de un cuento que se ha convertido en un clásico de nuestra literatura: “Cabecita negra”. El relato muestra la conducta del señor Lanari, un pequeño empresario cuyo éxito en el mercado de la ferretería pasa por su capacidad de aplastar la cabeza de la competencia. Pero hay una molestia que lo aqueja desde hace tiempo: un insomnio que no ceja. Cierta noche, al oír un grito de auxilio, sale a la calle a ver qué ocurre. Entonces ocurre una epifanía inversa: quien grita no es alguien de su sector social. Es el otro: el ser torpe, barroso, feérico.

“Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso Para Damas en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.

–Quiero ir a casa, mamá –lloraba–. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacando cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.”

La maestría del relato consiste en esa conmiseración que no hace más que reproducir el esquema del Amo y el Esclavo. Lanari siente un poder que hasta el momento nadie puede arrebatarle: es el dueño de la situación. El otro es Esclavo porque no puede con su vida, porque necesita del alcohol y, fundamentalmente, porque es cabecita. Viene del inframundo o de una vaga provincia subdesarrollada.

Pero ese orden va a resquebrajarse. La inmediata aparición de un policía morocho, mandón y de voz filosa coloca a Lanari, por primera vez, en una zona ambigua. El policía lo acusa de pederastia, por lo cual el empresario, el hombre de familia, el portador de un apellido que responde a la inmigración europeizante, debe responderle a una hipotética fuerza del Estado que lo acusa. Pero el problema no es la acusación del Estado, sino del que ejerce la acusación. Es igual que la china mamada; tiene sus mismos rasgos. De pronto, alguien nacido para ser Esclavo adquiere el rol del Amo y el esquema social, que parecía tan sólido como eterno, se despedaza.

Lanari invita al agente a su casa; manifiesta acciones serviles para demostrarle que él no es como ellos, le sirve café, cogñac, objetos que simbolizan un cierto status, y finalmente la agresión cayó sobre su rostro.

“Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su cogñac. La casa estaba tomada.

–Qué le hiciste –dijo al fin el negro.

–Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de… –el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaban haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

–Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo, ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

–Este no es, José.”

Y luego de que los hermanos se retiran, Lanari se encuentra con sus verdaderos pensamientos (o los pensamientos lo encuentran a él):

“La chusma”, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlos, aplastarlos”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizase. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.”

Podríamos objetar, desde el mero ejercicio de estilística, que Rozenmacher pinta la situación con trazo grueso. Concedamos. Podríamos decir que la mejor literatura prefiere los procedimientos oblicuos. Concedamos. No obstante, el cuento no podía escribirse de otra manera. El autor de este análisis, en un colectivo de la línea 26, escuchó hace unas semanas el diálogo de dos señoras que se referían a una pasajera de sector medio-bajo que también viajaba sus chicos:

–Mirá todos los hijos que tienen. Por eso cobran el plan. A todos estos nosotros les pagamos los planes con Ganancias. Por eso la yegua sigue gobernando.

No hay muchas distancias entre Lanari y la simpática señora del colectivo. Pero estos lugares comunes o tópicos que manifestaba merecen algún análisis que cruce las disciplinas sociales:

– Cosmovisión política biologicista: (ellos, los Otros que pertenecen a los sectores populares) se reproducen más fácilmente.

– Sexualidad interesada o prostitución encubierta: el Otro practica la genitalidad con un claro objetivo crematístico: la obtención de un plan asistencial.

– Hipotético triunfo de las mayorías raciales sobre la minoría europea bienpensante.

– Animalización del adversario político. Ellos se reproducen (¿cómo ratas, moscas?) porque el otro animal (yegua= prostituta)[7] así lo requiere. Por lo tanto, la sexualidad de los animales invade al Estado y a la ciudadanía. La República queda tomada.

Si leemos algunos de los protocolos raciales del nacionalsocialismo, notaremos peligrosas similitudes discursivas. Los extremismos políticos no nacen únicamente de líderes enloquecidos: la mayoría de las veces los sectores medios, atemorizados al no entender lo que escapa al propio imaginario, duplican la ideología de los sectores más poderosos para sentir que ellos también forman parte de un poder que al menos simbólicamente (nunca en la esfera del capital económico) les pertenece.

El cuento de Rozenmacher es certero en el manejo de los adjetivos que se refieren a la china: despatarrada, borracha, vencida. Los colores de la pollera son brillantes, con lo que se connota el mal gusto de quien no ha recibido una sobria formación; la pollera está sucia.

En la década del 70, Hugo Ratier escribió un ensayo clásico sobre el choque entre los sectores medios urbanos y los migrantes internos. Citaremos algunas de sus reflexiones: “En cierto sector de la burguesía se traduce un intenso odio de clases. Muchos muerden, furiosos, un racismo no confesado. Otros se niegan a dar el título de obreros a este proletariado que no entienden. Lo cierto es que a partir del choque entre porteños y “cabecitas”, en la ciudad aparece tímido, vergonzante, el racismo argentino, un viejo fantasma que siempre nos acompañó”.[8]

Cuarenta y tres años después de estas reflexiones, nihil novum sub sole. El mitologema liberal y racial de la Argentina europea sigue funcionando como matriz ideológica para vastos sectores sociales, aunque choca con el pensamiento cristiano que la gran mayoría de la sociedad dice defender. La tensión, que no se resuelve, busca reconciliarse mediante vastas perífrasis consoladoras: les falta educación; si alguien les enseñara, podrían ser diferentes; los políticos los engañan; ocupan demasiado lugar en los hospitales; al recibir dinero del estado no quieren trabajar.

En la década del 20, un todavía iluminado Heidegger había hablado de la inminencia del “lenguaje a la mano”, caracterizado por la vulgata de los lugares comunes propios de una época. El hombre no habla el “lenguaje a la mano”, sino que es hablado por él, y en eso radica el estado de existencia impropia. El verdadero trabajo de la política consistiría en crear un lenguaje nuevo, aunque para tan magnífica empresa la dirigencia debería abandonar los vulgarismos simplificadores que manifiesta.[9] Para eso, la literatura y la filosofía deberían nutrir nuevamente los discursos de la clase política. Pero, anclada en la lógica de los medios, la política cosifica su lenguaje y le entrega a la sociedad un conjunto de mezquindades y simplificaciones discursivas que luego se repiten con aturdido beneplácito.

SEXO, ENFERMEDAD, MUERTE

Dos grandes narradores del siglo XX bordearon con su obra el peronismo. Lo vieron como un campo fuerzas en contradicción; nunca como una realidad válida en sí misma.

En algunos de sus cuentos, David Viñas vislumbró la clave de una de esas perversiones que Rozenmacher explotaría en “Cabecita negra”. Una sociedad tilinga, citadina, atorada en su doble moral, ejerce sobre los sectores bajos reivindicados por el justicialismo la mirada que los viejos patrones de estancias ejercían sobre el indio. La antigua obsesión del positivismo argentino es reinstaurada en la década del 40: el sexo de las chinas, de las cabecitas, de las sirvientas. Se las intuye (se las teme) por su voluptuosidad, por su entrega irrestricta. Están para el placer. Debutar con una negrita es parte de los rituales de masculinidad con que los sectores de clase media traman su identidad. Existen las novias oficiales, con un vasto ceremonial que antecede al sexo. En cambio, aquel ser híbrido en cuanto a color, nacionalidad o cuerpo (hembra-china- parda-cabeza) permite un desahogo que el noviazgo decente cancela.

En “Señora muerta” tenemos una situación magistralmente desarrollada por su doble sentido. La narración presenta en su inicio una vasta fila de hombres y mujeres que despiden el cuerpo de una muerta ilustre. Nunca se habla de Eva. A lo sumo, se la invocará como “La Señora”. La perífrasis del nombre reproduce ese inmenso conjunto de silencios y ambigüedades que los sectores medios y dominantes practicaron frente al peronismo. Moure encuentra en la fila a una joven deseable. Busca seducirla desde su hipotética posición militante: él también es parte del rito. Sin embargo, lenta, sinuosamente, comienza a acechar a aquel cuerpo: sabe que es territorio de conquista, que es presa fácil. Es la muchacha la que, después del escarceo, accede: “Y fue ella misma quien lo tomó del brazo y la que le dijo que subieran a un auto y fueran primero a cualquier lugar”.

¿Acaso en la forma deliberada en que la mujer se deja conducir a un hotel damos con el imaginario de los sectores acomodados? “Es una papa”, piensa Moure, “no me la puedo perder”. Son chinas, son hembras, tienen el sí fácil.

Pero cada hotel al que llegan está cerrado: es duelo nacional. Y Moure ve que se aleja, por obra de la política demagógica, la posibilidad de un sexo que en otras condiciones sería mucho más laborioso de conseguir. El protagonista pierde la paciencia:

–Hay que aguantarse –el chofer permanecía rígido, conciliador–. Es por la señora.

–¿Por la muerte de…?–necesitó Moure que le precisaran.

–Sí, sí.

–¡Es demasiado por la yegua esa!

Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no,no, y a buscar la manija de la puerta:

–Ah, no… Eso sí que no –murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta –.Eso sí que no se lo permito… –y se bajó.”[10]

Nótese la aparición de la palabra “yegua”, tan de moda en aquella época y reciclada más de cincuenta años después para referirse a quien ejerce la Primera Magistratura en las charlas cotidianas más o menos enfurecidas y en los terraplenes de la Estación Olivos.

Cuando Moure pierde la compostura, hallamos su pensamiento profundo: la tiranía del aluvión zoológico todo lo impide, incluso la restauración del sexo fácil. De pronto, el cuerpo de la mujer muerta le confiere a la que está viva una valla de protección contra el mandato patriarcal del positivismo, que hacía de indias, mestizas y migrantes internas un lugar exótico de placer, el sitio de los desahogos genitales de la verdadera patria.

El otro problema que plantea Viñas es la relación de la palabra de Eva con la vida escolar. Porque el sistema escolar siempre fue una de las obsesiones de los que en la Argentina poseyeron el poder. Los dueños del capital económico de la élite liberal comprendieron con gran eficacia política que la escuela era el sitio por antonomasia para que los discursos dominantes circularan y moldearan una ciudadanía fuertemente consubstanciada con los mitos del modelo agro-exportador. La retórica escolar conservadora forjó generaciones de argentinos bajo la creencia de vivir en una especie de país bendecido por la mano de Dios, al punto que la letra de Aurora, que aún aturde los izamientos, vocifera una heráldica donde el águila guerrera es estandarte de la patria que nos ha sido concedida por la divinidad. En materia educacional, el conservadurismo talló varias ideas que se fijaron en el imaginario social como verdades absolutas: vivimos el granero del mundo, el argentino es un ser solidario, en la Argentina no hay conflictos raciales. A su vez, se exaltaron valores gauchescos inexistentes y se construyó un canon literario que hizo del Martín Fierro, un texto con clara vocación de denuncia social clasista surgido del sector progresista del pensamiento agrario, una especie de biblia platónica que exalta una nacionalidad abstracta que escapa (o pretende escapar) de la alta conflictividad que el país siempre manifestó a causa de una estructura socio- productiva pésimamente elaborada. Salirse de modelo educativo hubiera implicado una auténtica revolución pedagógica que el peronismo no fue capaz de emprender. Es cierto que bajo la etapa del primer peronismo se introdujo la idea de industria en el imaginario escolar con el objetivo de remarcar un nuevo modelo de soberanía económica. Pero, más allá de ese laudable intento, nunca se tocaron las raíces de las creencias argentinas. Ocurre que el peronismo, filosóficamente devenido en Justicialismo, es una emanación reformista del pensamiento conservador. Un conservadurismo diferente del practicado por la oligarquía fraudulenta del período 30-43, pero atado a prácticas políticas territoriales y muchas veces prebendarias. El mayor dislate que pudo cometer la administración peronista fue la introducción de un libro como La razón de mi vida en la práctica escolar, porque los libros creados deliberadamente para justificar las razones de Estado no hacen más que mostrar la debilidad intrínseca de quien gobierna. No es que el primer texto de Eva Perón careciera de verdades, pero la transformación de la ciudadanía pasa por un trabajo infinitamente más complejo que la declamación de principios. En tal sentido, la élite liberal fue más brillante y pragmática. Le permitió a Lugones crear obras como la “Oda a los ganados y las mieses” y La guerra gaucha, pero estas acompañaron al modelo conservador: nunca fueron pensadas como canon. Y si había que oficializar un texto, la operativa más brillante fue la de desideologizar el poema de Hernández, como ya mencionamos, para convertirlo en una mansa pieza folklórica.

El peronismo creyó que la imposición textual directa podía erosionar el antiguo modelo educativo. Error incalculable: los receptores que formaban parte de ese modelo (hijos de la pequeña burguesía, maestros y directores surgidos de los Normales de tendencia conservadora) no formaban parte de la alianza policlasista que llevó al movimiento al poder. La pequeña burguesía supo sacar provecho de la expansión económica por la expansión del consumo de las bases populares, pero nunca sintió como propio al Justicialismo. Y cuando el modelo económico entró en un cuello de botella por falta de divisas para continuar el ciclo expansivo, el viejo rencor de clases resurgió con fuerzas. Si en los años de bonanza la migración interna había resultado molesta pero fecunda, en la etapa de contracción del sistema fue vista lisa y llanamente con un odio a duras penas disimulable.

Para la clase media, La razón de mi vida se convirtió en una imposición humillante. La vida escolar perdía su mitológica santidad y pasaba a incorporarse en el universo oscuro de la tiranía de masas.

Nuevamente Viñas retrata este problema con sutileza hiriente. En “El privilegiado”[11], un alumno que posee todas las características de niño bien humilla a su profesora de Literatura obligándola a leer fragmentos del texto de Eva. No lo hace porque crea en esas ideas, sino por el mero nihilismo de sentirse Amo. La profesora, que siempre se concibió a sí misma como librepensadora, de pronto comprende que el mito de la libertad de cátedra se desmorona. Y es un joven de una clase social superior, Olsen, el que le muestra a la docente la falacia de sus creencias. El relato es cruel: los sectores sociales más altos mandan siempre a los subalternos, incluso cuando tienen un enemigo común. La maestra, claramente antiperonista, comprueba que ese joven que debería ser parte de la alianza clasista que ella considera natural la está defenestrando públicamente. La clase dominante tendrá su venganza contra el peronismo a partir del 55: eso es historia fáctica. Pero vastos sectores de la pequeña burguesía (la pequeña república formada por los miles de Señor Lanari que mencionamos antes) creyeron que ellos también formarían parte del desquite contra la chusma del peronismo. Y se equivocaron.

“Y Dora de alguna manera tenía que hacerle creer que todo eso no la alteraba, que lo iba a aguantar hasta que él se cansase porque ella no entendía de política ni le interesaba y nunca entraría en su juego, y lo seguiría tratando igual que a los demás, desde la forma en que le hacía las preguntas de sus clases hasta la manera de ordenarla que hiciese esto o lo otro, que pasara a borrar el pizarrón o distribuyese las carpetas.

–¿No es cierto que le gusta mucho? –y eso ya le resultaba enfermizo: el tono inalterable de Olsen, su frente puntiaguda, sus cejas interrogativas y la cara que aparecía en todas esas fotos envuelta en una especie de halo rosado, cargada de dicha y de suave tolerancia.

–Dígame que le gusta, señorita –Olsen mantenía su eterna sonrisa –. No me va a decir que no es buena –pero ya no era la cara de esa mujer lo que mostraba –.¿No es verdad que le gusta, señorita? –sino un dibujo inmundo, hecho detalladamente lo que Olsen encuadraba entre sus dedos esa última mañana –¿No es cierto que la besaría, señorita?

Ya no se trata de la forzada lectura de La razón de mi vida, hecho de por sí afrentoso. El texto adviene como escritura de una violación. El sexo dibujado por Olsen y exhibido impúdicamente es la sensación de las pequeñas burguesías frente a la maldición del peronismo en la vida cotidiana. Ese fraseo violento, corporal de las clases proletarias es burlado por el joven y sufrido por la docente. En el imaginario de los sectores de la oposición, el peronismo adquiere los ribetes de una conducta perversa donde lo erótico y lo tanático construyen un campo de batalla que se cobra, como víctima, a las buenas costumbres de la ciudad europeizada.

Lo que Borges presenta como realidad del narrador en “El simulacro”, Viñas lo convierte en una crítica a dos puntas: el componente autoritario de la burocracia peronista es una afrenta para los sectores que se sienten “ilustrados”, pero a la vez estos sectores “ilustrados”, autoproclamados como víctimas del escarnio, han colaborado en la creación de un país falso, un país urdido en la doble moral de la explotación encubierta.

De un modo oblicuo, la narrativa de Juan José Hernández rastrea aquellas ideas ocultas que constituyen la ideología de los sectores autoproclamados como bienpensantes. Las ambiciones y límites de la pequeña burguesía pueblerina es desnudada en La ciudad de los sueños. Novela construida sobre retazos, tal como la obra de Puig, el texto se convierte en una lección de sociología que desnuda el concepto de cultura de las clases medias:

“Larga conversación con Alfredo Urquijo, excitadísimo con el resultado que tendrán las próximas elecciones en la provincia. Según parece, su padrino Melitón, que es candidato a gobernador, le ofreció el cargo de Intendente. Alfredo me contó sus planes de embellecimiento de la ciudad que llevará a cabo si triunfa la candidatura de su padrino. A mí no me pareció mal su proyecto de levantar un monumento a Jaimes Freire, pero de ahí a que pueble las plazas y las avenidas de Discóbolos, Dianas Cazadoras y Apolos (…) También le sugerí organizar, en torno del lago artificial, un servicio de vigilancia armada que pusiese fin a la inmolación de los olímpicos cisnes de nieve, religiosamente desplumados, asados y devorados en los rancheríos que se levantan detrás del parque. La solución, dijo Alfredo, sería alambrar el paseo, impedirle la entrada a esa chusma incapaz de sentir la belleza. ”[12]

Al Otro sólo le caben términos que lo cosifican en un estatuto animalesco. El rancherío está del otro lado, en una región de frontera que puede invadir la zona decente del pueblo. La verdadera cultura, en cambio, se construye sobre la pedrería del Modernismo dariano, cuyo canon estético continúa vigente en la enseñanza escolar. Y como todo gran relato, hay una parte oculta que es la de mayor importancia en cuanto a posibilidades interpretativas. La narradora mantiene una relación de odio-admiración con Lila Cisneros, una compañera de escuela que fue a construir su destino en la gran ciudad de Buenos Aires. Las malas lenguas pueblerinas, cultoras del chisme como género literario primario y forma de vida, la escarnecen. Lila Cisneros es la arribista, la que triunfa en los lugares prohibidos, la que se casa con un hombre de poder. Acaso en la imagen de Lila esté escondida la idea que los sectores medios guardaban de Eva Perón. La genialidad de la novela consiste en cribar pequeñas frases que traducen los fermentos de una larga iracundia contra esa mujer que las señoras de tradición entendían como “la recién llegada” que ansiaba llevarse al mundo por delante.

CUERPO VELADO

La operativa que utilizó Walsh para hablar de Eva también fue la elipsis, pero el uso del silencio revistió un carácter opuesto al que el decreto de Aramburu había intentado. El gobierno militar que había tomado el poder en el 55 propuso restaurar la damnatio memoriae, vieja institución retórica y política de la romanidad por la cual se anulaba para siempre el nombre de algún emperador que hubiera atacado las formas de la virtud cívica encarnadas por el ascetismo militar del imperio. Era una especie de humillación post-mortem. El lugar negro dejado por el nombre que se hace innombrable intentaba funcionar como restablecimiento de la antigua disciplina conculcada. Así lo entendieron los senadores romanos y así, de un modo obscenamente ridículo por su anacronismo, deseó restaurarlo el gobierno argentino.

A Walsh le sirvió este uso retórico de la política para crear una pieza magistral. En “Esa mujer” también contamos con la ausencia de la nombrada. Ni el periodista ni el Coronel se animan a invocarla, como si el peso de aquella palabra fuera excesivo para los dos; como si el pacto para mantener el diálogo pasara por esquivar las tres letras que forman el mito. La ausencia del significante conforma el significado del relato: lo más presente es, pues, lo que está vacío. Una elipsis con el signo cambiado: lo que no se dice vuelve y vuelve a la memoria con la persistencia del deseo, del horror, del odio, del enfrentamiento. Lo que no se dice es lo único que cuenta, en tanto que las palabras que efectivamente se pronuncian en el relato forman sólo un escarceo; son las fintas de dos esgrimistas que pelean en el vacío. Las palabras se convierten en la estrategia de una guerra que se libera en otra parte: en los corredores donde se escondió el cuerpo, en el cementerio adonde lo trasladaron, en el goce necrófilo que presenta la desnudez de la muerta, en la amputación del dedo, en los diálogos burocráticos que se van a mantener durante décadas para decidir qué hacer con aquellos restos que constituyen un incendio para la oligarquía militarizada, porque tiene la pesadilla de que el mito se convierta ahora en lugar de peregrinación o en vulgar santuario. Y en eso radica la fuerza expresiva de la última frase del Coronel. Cuando dice que esa mujer le pertenece, hace un pasaje absoluto de las categorías que el primer peronismo había utilizado. Así como el peronismo se había conferido a sí mismo el carácter de ser la Patria misma en su machacón programa propagandístico, el Coronel asume esa identidad para agregar un elemento nuevo al razonamiento: “si la Patria es el peronismo y esta mujer es lo más peronista dentro del movimiento, al hacerme dueño de ella me hago dueño de la patria. Ser dueño de este cuerpo es ser dueño del país”.[13]

La fantasía del Coronel pasa por adueñarse definitivamente del poder para gobernar con mano de hierro ese país que insiste en escapar de sus manos. Desde su perspectiva, poseer el mito es aplastarlo. Sólo aplastando al mito se puede administrar a las masas indóciles. Lo que Walsh narra con pericia quirúrgica es la anticipación del proyecto neoliberal a partir del fracaso del peronismo tras la muerte de su líder. Los militares decidieron que ya no se trataba de ocultar un cuerpo, más allá de su peso específico en el imaginario colectivo. Eso podía ser válido para la Argentina de los 50 y los 60. En cambio, una década después se trataba de multiplicar la estrategia miles de veces para generar el auténtico control social por el que siempre habían velado. Los desaparecidos durante la dictadura constituyen la instauración al infinito de la elipsis: la gente sabe, la gente sospecha, algo pasa… El agobio del silencio provoca horror.[14] Y el horror se convierte en la única forma eficaz de administración para la alta burguesía industrial y la rancia oligarquía terrateniente.

Dentro de una perspectiva simbólica y también militante, Leopoldo Marechal esbozó en Megafón o la Guerra una lectura épica del problema estructural de la política argentina:

“–¿Qué cosa es un Patriciado?

–Una Línea de patricios que sabe conducir a un pueblo según el orden terrestre y el celeste. ¿Y usted sabe en qué degeneró aquel flamante patriciado de los Igarzábal? En una Oligarquía.

–¿Qué cosa es una Oligarquía? –insistió don Martín.

–El gobierno arbitrario de una clase que usufructúa el poder en su beneficio. Un Patriciado construye: una Oligarquía destruye y se destruye…”

Cuando Megafón busca el desaparecido cuerpo de Lucía Febrero, presenciamos el viejo sendero del Héroe por llegar a un saber que está oculto, perdido. Cuerpo dominado, maniatado, escamoteado. La escritura heráldica de Marechal transforma el cuento de Walsh en Rapsodia. Lucía Febrero, o Eva o lo Femenino están en la sombra, como un fuego que se les niega a los mortales. Recuperar ese fuego, dentro de la perspectiva marechaliana, es hallar la clave que deliberadamente han cercenado. En el sacrificio de Megafón, de clara raíz prometeica y órfica, encontramos nuevamente la desaparición como sistema de dominio:

“Entonces los maravilla el silencio y la noche que parecen reinar en ese claustro. Es un silencio en el que, no obstante, parecería bullir en germen toda la música posible; y es una noche que, sin embargo, parecería gestar en su vientre redondo todas las posibilidades de la luz. Y justamente allí, en el área central, de aquella noche y aquel silencio, Megafón distingue ahora el pedestal en que se yergue la Mujer Encadenada. Semejante al viajero en exilio que regresa y vuelve a contemplar el rostro de sus amores, Megafón se conturba y siente que lágrimas de alivio corren por sus mejillas; en aquella mujer ha reconocido a la Niña Olvidada, la que tantas veces él meditó en su vigilia y acarició en su sueño. ¡Lucía!, quiere gritar y no cuaja su grito. Al ver las cadenas que primen sus tobillos y los grilletes que aprisionan sus muñecas el Autodidacto siente que un furor vengativo le acelera la sangre…”

Pero Megafón es vencido y su cuerpo desmembrado:

“Se trataría de buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patrica Bel sustituyó con uno de terracota inmóvil. A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo con rebeldes guitarras o botellas Molotov, dos instrumentos de música.

El problema está en la localización exacta del falo, ya que (nadie lo duda) ese órgano fue hallado en su día con las demás piezas anatómicas del héroe y escondido más tarde con fines traicioneros. Estaría oculto, según contradictorios investigadores, en el gorro frigio de la República marmórea que tirita o suda en la Pirámide; o en los duros juanetes del Obelisco; o en el sótano del Ministerio de Hacienda y encadenado allá en razón de su peligrosidad revolucionaria; o en una caja fuerte del Banco de Boston y disfrazado según las estrategias del imperialismo; o en el reloj asmáticos de la Torre de los Ingleses; o astutamente olvidado en un friso de la catedral metropolitana.”

La obra de Marechal mantiene la esperanza de liberar tarde o temprano a los cuerpos velados[15]. Si Lucía se homologa con Evita y Megafón con el pueblo que la busca, la novela marca la última etapa del clima ascendente de las masas populares para arribar a su propia restauración. Esa juventud revolucionaria que exalta el párrafo citado corresponde con la “juventud maravillosa” a la que Perón da entrada en el movimiento a finales de los sesenta para culminar en el lamentable discurso del 1 de mayo del 74, donde se hace evidente la fractura que venía operándose dentro del movimiento.

Nosotros, que somos lectores en recepción, sabemos que la tragedia es tragedia y la pesadilla, pesadilla. Sin embargo, en el caso argentino la tragedia devino farsa a causa del desgobierno de Isabel y el contubernio lopez-reguista (74-75). Y luego la farsa mutó en pesadilla castrense (76-83).

Resta analizar el último procedimiento que utilizaron los intelectuales argentinos para referirse a Eva y, por carácter simétrico, a la irrupción del primer peronismo en la vida política nacional.

Las vanguardias deciden romper la elipsis. A partir de ahora, Eva es nombrada con deliberación prosaica para el travestimiento de los carnavales. La Eva de Perlongher vive a horcajadas entre el cuerpo y el espíritu. Desciende a la tierra; se sexualiza; convierte su cáncer en erotismo. Ya no es la mujer soñada por un Coronel cursillista de los 60. Es impúdica, violenta, libidinosa. La posmodernidad (y vaya que Perlongher la representa como nadie) marca el fin de la política y del pensamiento utópico. La vida burguesa ha triunfado en su versión macabra y nihilista: el goce se convierte en perpetua observación del otro y de sí mismo: estética del espectáculo. Eva es mirada y gozada como objeto. Se convierte en un cuerpo cosificado por la vida prostibularia de sus acompañantes, de modo que la supuesta libertad sexual que ahora goza la muerta no es más que dominación encubierta.

Citando indirectamente a Baudrillard, el gran triunfo del espíritu posmo es haber mulplicado la esclavitud de un modo transparente. Todo entra en los engranajes del consumo: falos, orgasmos, niños, mujeres, hombres. Absolutamente todo: hasta el viejo pensamiento mítico y político ha devenido en kitsch.

EL ÚLTIMO TEXTO DE EVA: PROFECÍAS DE GUERRA

Afortunadamente, Mi mensaje carece del adocenamiento lingüístico que hace de La razón de mi vida una pieza política de escaso valor. Instaurada en el canon escolar en los primeros años de la década del 50, lo que pretendió ser la épica del peronismo muta en cartón piedra. No sucede lo mismo con las treinta páginas que constituyen el último mensaje de Eva Perón. La escritura es áspera, tensa: se escribe desde el último reducto de la enfermedad.

El historiador Leopoldo Halperín[16] describió las formas adoptadas por el peronismo en la larga etapa de exilio que va del 55 al 73. Las sintetizó en tres posturas:

  1. Un grupo acuerdista, que no dudó en negociar con las sucesivas administraciones represivas para conservar algún tipo de poder e instaurar al peronismo dentro de las prácticas demo-liberales permitidas. El elemento burocrático del movimiento, de clara tendencia derechista, optó por este camino. Sindicalistas y políticos, entre los que podemos citar a Vandor y posteriormente a Luder como sus referencias más eminentes, adoptaron esta estrategia, incluso después de la muerte del líder.
  2. Los ortodoxos combativos. Manifestaron siempre virajes discursivos, porque si bien criticaron a los acuerdistas y mostraron algunas tendencias políticas socializantes, su lucha real consistió en no perder el control del aparato sindical y partidario. De algún modo complementaban a los acuerdistas, ya que la estructura burocrática y vertical del peronismo sólo podía existir dentro del marco de la democracia de masas.
  3. El combativismo. Esta tendencia surgió como la reacción juvenil que pretendió correr al peronismo hacia la izquierda revolucionaria. Una publicación como El Descamisado es la que mejor representa tal ideología. Alentados por el General en la etapa final del exilio, se convirtieron luego en el enemigo para el sistema verticalista que se practicó tras la expulsión de Cámpora.

El texto final de Eva, el que ella no va a poder decir, anticipa las líneas del combativismo. La juventud radicalizada de los 60 y los 70 lo convertirán en una frase problemática: Evita montonera. Nuevamente debemos echar mano de algunos recursos semióticos para entender las posibilidades de esas dos palabras que se trasformaron en un lema político y militar indiscutido para muchos grupos juveniles.

La idea de una Eva Perón socialista (o como figura que anticipa a la Patria Socialista) forma parte del entramado de la Recepción de los grupos que empezaron su accionar a partir de la dictadura de Onganía. Pero ese mundo bipolar, donde izquierda y derecha protagonizaban una Guerra Fría que se recalentaba en distintos puntos del planeta, apenas despuntaba cuando Eva fallece. Quince o dieciséis años después de su muerte, la realidad planetaria es distinta[17]. La juventud quiso radicalizar el pensamiento dentro de una vertiente ideológica que no corresponde con el original. La línea combativa esbozada en Mi mensaje constituye la idea de una futura resistencia puramente peronista-populista. En tal sentido, el clásico trabajo de María Braun sobre el origen y desarrollo de los populismos sigue aportando claves sugerentes: “El desarrollo basado en la sustitución de importaciones fue acompañado en el nivel político por el surgimiento, en varios países, de gobiernos de nuevo tipo. Estos regímenes dieron lugar a la irrupción de las clases populares en el proceso de desarrollo urbano e industrial, así como a su incorporación en el juego político nacional (…) La expansión de una industria liviana destinada a satisfacer la demanda interna convirtió a la política de redistribución de ingresos, vale decir, a las medidas destinadas a aumentar el poder adquisitivo de los sectores asalariados, en uno de los ejes fundamentales a partir de los cuales pudo articularse esta alianza entre la burguesía industrial y la clase urbana trabajadora. De este modo, el enfrentamiento en esta etapa no será, como fue en los países europeos en los inicios de la industrialización, entre capital y trabajo, sino que se expresará en términos de dos proyectos de desarrollo diferente –desarrollo dependiente o desarrollo independiente– alrededor de los cuales se nuclean dos bloques de clases. Pero esta política de alianzas habría de encontrar sus límites a partir de la década del 50. El agotamiento del proceso sustitutivo de importaciones y el pasaje a un nuevo tipo de industrialización (aquella basada en la creación de una industria pesada), da origen a un nuevo esquema de poder que se estructura a partir de la alianza entre la burguesía industrial, asociada al capital extranjero, y las oligarquías exportadoras.”[18]

El mundo político de Eva Perón se encuentra compendiado en los conflictos y alianzas reseñados por Braun. El bloque policlasista que dio origen al segundo movimiento histórico todavía está fraguado con alguna solidez y el adversario tradicional sigue siendo la oligarquía agraria. El deterioro de la alianza con las pequeñas burguesías aún no se ha dado. Eva no escribe para forjar un pensamiento de izquierda, sino para afianzar el peronismo de la primera etapa. Ese es su mundo: las lecturas posteriores hicieron la operativa hermenéutica de llevar (o de pretender llevar) la razón populista a un esquema ajeno a sus concepciones originarias. El enfrentamiento posterior sucederá cuando, veinte años más tarde, los sectores verticalistas decidieran cerrar toda posibilidad de crecimiento ideológico del movimiento. La crisis del peronismo en la década del 70 va a coincidir con la postura hermenéutica que sus protagonistas enfrentaron: actualización doctrinaria revolucionaria versus disciplina burocrática bajo el estatuto carismático del líder. Pedirle al último texto de Eva una u otra forma de entendimiento conlleva el error de mirada que hemos analizado en la cita 13, porque actualizar un texto no es hacerlo hablar como se desea, sino enmarcarlo dentro del mundo que lo forjó. Sin dudas, Eva Perón hubiera tenido sus propias ideas en caso de haber vivido dos décadas más, pero todo razonamiento contrafáctico sobre su posible accionar carece de rigor analítico. A cada etapa del peronismo hay que compendiarla dentro del esquema al que responde. En cada una de ellas encontraremos lealtades, obsecuencias, traiciones, entreguismo o resistencia. Mi mensaje es una obra que marca líneas de lealtad al modelo y anticipa una resistencia más cercana a los sacrificios de Tanco y Valle que a otras posibilidades ideológicas vinculadas con la izquierda.

No obstante, la muerte de miles de jóvenes que creyeron hallar en estas palabras un motivo determinante de su accionar merece el respeto de todos los argentinos que persisten en el análisis y la memoria para entender las dimensiones trágicas de nuestra nación. Aquella juventud pretendió cambiar el mundo sobre la base de una ideología no aplicable a nuestros esquemas de evolución, por lo que fue severamente derrotada. Si bien no conocemos cuáles podrían haber sido los pensamientos de Eva, entendemos que los hubiera mirado con el amor y el dolor de una madre que acepta el sacrificio y la muerte de sus hijos.

En tiempos en que la política cede frente a la presión de la mercadotecnia, que construye candidatos, colores, miedos y presiona para ocultar los verdaderos problemas estructurales y culturales de la nación, un texto como Mi mensaje, aunque producto de una contingencia histórica bien determinada, nos sigue interpelando. Las vinculaciones con la literatura y la teoría de los discursos sociales son apenas dos vertientes de análisis que no agotan su problemática.

Este documento (este peligroso documento) nos recuerda que un país tiene momentos de avance y retrocesos. La revolución del 4 de junio del 43, la manifestación popular del 17 de octubre del 45 y las medidas sociales y económicas del primer Justicialismo constituyeron una fase ascendente del proceso de construcción de la Patria. Las sucesivas dictaduras y el triunfo neoliberal en la década del 90, triunfo en el plano económico y fundamentalmente en el cultural, marcan etapas de reflujo, caída y deterioro de la praxis política liberadora.

No conviene seguir de un modo acrítico los pensamientos de Eva Perón, ya que fueron concebidos sobre moldes que no son los de nuestro mundo. Tampoco debemos disculpar cierto fanatismo inconducente. La tarea es más compleja: se trata de entender qué aspectos liberadores y contradictorios hay en un texto y en la red textual que se construye a partir de él. En esa complejidad estriba el verdadero diálogo que nos debemos como ciudadanía.

  1. Las villas-miseria, a diferencia del viejo relato engendrado por las burguesías, no nacieron de un plan pergeñado por el peronismo para llevar migrantes del interior y obtener base social, sino que son producto de la crisis del capitalismo dependiente que mostró su cara más feroz a partir de 1930. Reseñamos palabras de Raúl González Tuñón: “Villa desocupación, la primera villa de emergencia de la ciudad, ese largo barrio costero improvisado que iba desde Puerto Nuevo, donde vivía el grupo mayor, hasta Canning, estaba en su trágico apogeo, con sus viviendas de latones y arpilleras y agujeros en la tierra.”

    Los recuerdos de don Elías Castelnuovo, que datan de 1931, son elocuentes: “Se veía gente descalza por la calle y los que llegaban de Villa Desocupación parecía que venían del infierno: todos negros y desmelenados. Se veía desalojos en los conventillos que se realizaban violentamente, con mucha represión policial.”

  2. El caso del matón Ruggierito, en Avellaneda, allá por la década del 30, es el más recordado por lo abominable. Pero hubo cientos de estos pequeños lúmpenes que recibían sueldo por liquidar a los primeros militantes de las causas sociales. Ya en el siglo XIX Marx comprendió con claridad que el lumpen es la degradación absoluta de una clase baja que decide ser la fuerza de choque de los sectores encumbrados. Resta una historia sociológica del lumpenaje argentino y de su participación tanto en las etapas represivas como en la instauración de modelos económicos antinacionales aun dentro de la democracia formal (89-01).

  3. Bourdieu, Pierre: La estrategias de la reproducción social. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2014.

  4. Todo podemos perdonarle a Victoria Ocampo. Hasta sus dieciséis tomos de Memorias.

  5. Utilizo la palabra en su sentido más aristotélico: “costumbre”. Desde este punto de vista, la ética es el estudio de las costumbres de una sociedad.

  6. Se dice que la retórica es el ornato del discurso. A partir de Roland Barthes entendemos que este viejo axioma debe ser invertido. El lenguaje es absolutamente retórico y aquello que se presenta como grado cero u objetividad pura es el límite mismo de las manifestaciones retóricas. Así como el antiperonismo en primera instancia cayó en la hipérbole para ejercer su condena, los sublevados del 55 decidieron que, al anular la quincallería peronista, había que caer en la elipsis absoluta. Y si la elipsis, como práctica obligatoria de silencio era imposible, había que elaborar una perífrasis para evitar el maldito nombre de Perón. Formas como “el tirano prófugo” iniciaron su periplo cultural para eludir el escándalo de la palabra cercenada. Pero el lenguaje es menos palabra que acción. No sólo se trata de decir e imponer desde el habla, sino desde todas las acciones que traducen el pensamiento. La desaparición del cuerpo de Eva es otra forma larvada de elipsis. La desaparición de miles de cuerpos durante la última dictadura condensa la elipsis como silencio y la hipérbole del terror.

  7. Incluso desde el punto de vista fonético, vale decir dentro de la pura materialidad del significante, se traduce la ideología. La palabra “yegua”, que se inicia con un sonido palatal fricativo, fue pronunciado por la señora con un sonido palatal africado. Los sonidos africados embolsan el aire para luego soltarlos lentamente, de un modo trabado, tal como sucede con la pronunciación del fonema /ch/. Entonces, la /y/ deviene un híbrido con la /ch/. La “chegua”, nueva raza zoofonética, es la que permite el desplante social de un número excesivo de hijos.

  8. Ratier, Hugo: El cabecita negra. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972.

  9. Nótese el patetismo intelectual en que ha degenerado la palabra de los que deberían representar el pensamiento de la “polis”. En la campaña electoral del 2015 debieron acudir a un vulgar programa televisivo para exhibirse como parte de la obscena sociedad del espectáculo. Pero a su vez, en forma absolutamente tramposa, un ex peronista de supuesta raíz cristiana solloza para que dejemos de ver en los medios masivos a un enemigo oscuro. La barbarie de su pensamiento quiere mostrar que la llamada cultura de los medios es neutra y que ésta es el reflejo de la realidad. Vaya dislate. No sólo los medios son ideología pura, la mayor parte de las veces financiada por el capital transnacional, sino que trabajan como poderosos creadores de subjetividad. Y hasta me animaría a decir que las nuevas tecnologías, proclamadas como una nueva forma de libertad, no hacen más que debilitar estructuras profundas de pensamiento para enseñar un mundo sin relaciones de causa y consecuencia. Todo opera en el vértigo de un presente constante que no puede ver ni escuchar más que lo que le sirven. De algún modo debemos ver con tristeza que asistimos al ocaso de la palabra política.

  10. Viñas, David: Las malas costumbres. Ediciones Peón Negro, Buenos Aires, 2007.

  11. Mordaz juego de palabras con el apotegma peronista: Los únicos privilegiados son los niños.

  12. Hernández, Juan José: La ciudad de los sueños. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982.

  13. Con perspicacia, el clásico trabajo de Sigal- Verón sobre la discursividad que constituye al primer peronismo establece los siguientes pares que constituyen su imaginario: Ejército/soldados; Pueblo/trabajadores; Patria/ argentinos; Perón/peronistas.

    El discurso de Perón homologa el segundo término: los peronistas son los verdaderos argentinos y estos son los trabajadores. Por lo tanto, el no trabajador es no argentino. De ahí que el no argentino sea antiperonista. El antiperonista es antiargentino.

    El Coronel retratado por Walsh toma este esquema binario y lo adapta: Pueblo/trabajadores peronistas; Revolución/ proletarios; Burguesía y Oligarquía/ ciudadanos; Ejército/ antiproletarios. Por lo tanto, los antiproletarios deben dominar a los trabajadores peronistas que corren el riesgo de adquirir algún tipo de conciencia proletaria con el objetivo de defender a la verdadera ciudadanía.

    Poseer el cuerpo de Eva es un modo efectivo de dominación simbólica para pasar luego a la dominación absoluta. Esta dominación absoluta se traduce en el pedido final del señor Lanari.

  14. El imaginario colectivo operaba con este razonamiento pseudodeductivo: Si eso que dicen que pasa es Real, puede pasarme a mí. Por lo tanto lo Real (el silencio, la desaparición, la tortura) pueden pasarme a mí.

  15. En el texto marechaliano se trata de restaurar a Megafón como símbolo de una Argentina que busca su identidad a través de un movimiento nacional. La novela corresponde a una hibridación de épica y alegoría. Cuarenta años más tarde, Diego Incardona ensaya en El campito una nueva forma épica vinculada con la estética bizarra que conjuga el rock barrial y el cine clase B . Se trata de vencer a una forma teratológica que amenaza al campo popular. Esa forma es el mismo Perón, transmutado por la oligarquía en un ser destructivo. Coincidencia de procedimientos; diferencia de registros. La obra de Marechal pertenece todavía a la etapa de lucha esperanzada; la de Incardona, forjada como Gramática de Reconocimiento, exhibe las sucesivas claudicaciones del peronismo.

  16. Halperín, Leopoldo: El Peronismo. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972.

  17. Immanuel Wallerstein acuñó el término “sistema-mundo”. El “sistema-mundo” es el conjunto de fuerzas políticas, ideológicas y militares que conforman la topografía del poder en un momento determinado de la historia. Analizar un texto político que pertenece a un determinado “sistema mundo” con las categorías de otro “sistema” trae consecuencias interpretativas imprevisibles.

  18. Baun, María: El populismo. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1973.

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