COMISIONES DE EMERGENCIA EN LA OSCURIDAD DE LA NOCHE

COMISIONES DE EMERGENCIA EN LA OSCURIDAD DE LA NOCHE

En el Frigorífico Lisandro de la Torre, en Avellaneda, los gremios fueron intervenidos. A los obreros leales los reemplazaron por militares con tono de juez y voz de verdugo.
“Pusieron un coronel, uno que decian que podía ordenar la conciencia de los hombres.”

Pero la resistencia comenzó allí mismo.
Los viejos militantes anarquistas, peronistas, los comunistas, los que simplemente no soportaban la injusticia, formaron una Comisión de Emergencia. Eran pocos, pero tenían la fuerza de la esperanza.
Mientras el ejército rodeaba los talleres, ellos organizaban huelgas, saboteaban, escondían volantes bajo las maquinas.
Las calles de Lanús, Barracas y Avellaneda se llenaron de voces que gritaban “¡Carneros! ¡Alcahuetes!” frente a los camiones militares.

A finales de noviembre, todos los dirigentes gremiales fueron encarcelados y enviados a la comisarías y cárceles.
sin embargo, no los quebraron.
En los barrios, cada noche, la marcha peronista sonaba desde una radio clandestina que cambiaba de lugar como un espectro. La policía rodeaba manzanas enteras sin hallarla. Era una batalla de astucias y de fe.

La Plaza de Mayo comienza a estar sitiada.
Camiones blindados recorren las calles, soldados patrullan el puente de Avellaneda.
Aramburu, Rojas, Osorio Arana: nombres de carne al servicio de una tiranía invisible. Decían restaurar la libertad, pero su libertad era la censura, la persecución, y la carcel.
Desalojan sindicatos, censuran funciones en el Teatro Colón dedicadas a los obreros, prohiben toda congregación. Plaza de Mayo, que había sido la plaza del pueblo, enmudeció.
El país se llenó de cuarteles, y los generales ocuparon el lugar de las multitudes.

Desde un rincón oscuro, John William Cooke escribió:

“El pueblo es un gran ejército desarmado. El peronismo no se disuelve por decreto ni se amansa por intimidación. No llamamos a aventuras desesperadas: llamamos a la lucha.”

La multitud callaba, pero el silencio era solo una pausa.
Bajo ese silencio, en los patios, en las fábricas, en las cocinas, algo empezaba a latir.
Un murmullo, un juramento, una nueva fe en la oscuridad.

En los cafés, en las fábricas, en los pasillos de los hospitales, se hablaba de un levantamiento militar nacionalista que no aceptaba la rendición, de un ejército dividido entre la obediencia y la vergüenza.

Octavio lo leía en los periódicos que Romina traía envueltos en papel madera. Los titulares mentían con la disciplina de un régimen que recién nacía y ya había aprendido el arte de la hipocresía. Era curioso; la mentira, repetida con devoción, adquiría algo parecido al convencimiento. Las redacciones se habían convertido en templos donde se oficiaba una misa cínica cada madrugada. Octavio pasaba los dedos por los bordes de las hojas y sentía que la tinta ensuciaba más que los hechos que buscaba ocultar. Los periódicos ya no contaban lo que pasaba; contaban lo que convenía que pasara.

Ariel se sentaba frente a la mesa, con la sotana arrugada y los ojos cansados. Desde que había empezado a frecuentar al grupo con más constancia, algo en él se había vuelto frágil, como si una luz interna se hubiese quebrado sin apagarse del todo. Era, al mismo tiempo, un espía y un creyente, un traidor y un guardián. Su sotana lo protegía cuando se infiltraba en las reuniones secretas de Ciudad Católica, pero también lo condenaba. En ese vestido negro convivían dos almas que se repelían. Se sentaba en los templos de Palermo donde hablaban de la patria como de una joya mancillada y del pueblo como de una criatura desobediente a la que había que corregir. Oía plegarias pronunciadas con los dientes apretados, sermones que invocaban a Dios pero que parecían escritos por demonios. Ariel escuchaba, asentía cuando debía, pero cada palabra le abría una herida nueva. Todo ahora lo veía con otros ojos, con otra lente, y le generaba una indignación abrumadora ¿Qué fe era esa que necesitaba enemigos para mantenerse en pie?

Gerardo lo buscaba con la mirada cada vez que Ariel regresaba de esas reuniones. Lo veía más pálido, más tenso, más ajeno a sí mismo. Una noche lo tomó del brazo y lo obligó a detenerse. “El silencio también puede ser un pecado, padre”, dijo con voz grave. “No venís solo a escuchar. Venís a evitar perder tu alma.” Ariel quiso responder, pero la garganta no le obedeció. ¿Cómo explicarle que sentía que cada reunión arrancaba un pedazo de su alma? Pensaba en los hombres que rezaban por la “purificación del país” mientras firmaban listas negras como si fueran bendiciones. Pensaba en los barcos del puerto convertidos en prisiones sin nombre, dormidos sobre el río como bestias metálicas que tragaban cuerpos y devolvían silencio.

En diciembre del 55, la represión cayó con una precisión que helaba la sangre. La máquina del terror se había puesto en marcha. En pocas semanas, nueve mil presos llenaban comisarías, galpones, barcos, sótanos, patios. Delegados, obreros, estudiantes, maestras, mujeres que habían repartido panfletos, hombres que habían pronunciado la palabra “compañero” en voz demasiado alta. La dictadura no necesitaba pruebas: necesitaba ejemplos, la peste peronista debía ser reprimida. En el frigorífico, Nahuel veía el desfile de camiones militares como quien observa una procesión fúnebre interminable. Donde antes transportaban solo medias reses ahora subían personas. El olor a sangre se mezclaba con el grito seco de los motores. Los patrones se volvían valientes. “En mi planta hay dos peronistas.” “En el taller de enfrente esconden volantes.” El miedo los transformaba en amateurs que competían entre sí por delatar compañeros.

Aun así, en los cuarteles nacía una grieta. No todos estaban dispuestos a mancharse las manos obedeciendo órdenes que sonaban a vergüenza. Entre ellos, dos Generales nacionalistas, Valle y Tanco hablaban de patria, de honor, de la imposibilidad moral de disparar contra quienes un día habían defendido al país. No eran peronistas, pero eran hombres incapaces de soportar la idea de que el Ejército fuera usado para desfigurar al pueblo.

Un día, Gerardo le pasó a Octavio un manuscrito que había llegado a través de un contacto de la vieja imprenta sindical. El papel estaba húmedo, arrugado, casi roto, pero cada palabra ardía con intensidad. “Nos obligan a odiar lo que juramos defender”, decía la carta. “Nos obligan a mirar hacia otro lado mientras los fusiles apuntan hacia los obreros.” Romina lo leyó esa noche junto a la lámpara de querosén. Su piel se erizó. Octavio también lo leyó en voz baja, como si temiera despertar a la casa entera. “Esto puede ser un atisbo de esperanza”, dijo apretando los puños.

A la par de las armas, nacía otra forma de resistencia: la palabra. Los diarios mentían con brutalidad, pero las paredes eran sinceras. Las radios clandestinas transmitían la voz de Jauretche, la de Scalabrini Ortiz, la de esos hombres que habían sido demonizados en el discurso oficial pero no del corazón del pueblo. Gerardo se dedicaba a imprimir panfletos en la vieja imprenta escondida detrás de la librería sindical. El ruido del rodillo era un golpe de vida en medio de tanta muerte. Cada página que salía de la máquina parecía una pequeña esperanza de papel. Gerardo cortaba los bordes con cuidado, como quien prepara un remedio para un enfermo querido. A veces, mientras trabajaba, pensaba que él no necesitaba más que esa imprenta. Allí defendía algo más profundo que un gobierno: defendía la dignidad. Escribir lo que los medios no dicen, representar a los que hacen callar, a los oprimidos, a los nadie.

Nahuel, desde el frigorífico, seguía su propio camino. Usaba tiza en las chapas oxidadas para escribir lo que muchos temían decir. “PERÓN VUELVE.” Lo hacía con la calma de quien sabe que un mensaje breve puede ser eterno. Una noche lo descubrieron unos comandos civiles, esos grupos que creían que la patria se salvaba golpeando a los más pobres. Nahuel corrió entre vagones, esquivó las manos que lo buscaban en la oscuridad, se escondió entre cajas que olían a grasa y humedad. Pasó la noche en silencio, escuchando su propio corazón como si fuera un tambor de guerra. Cuando el alba lo encontró, salió temblando, pero vivo. Caminó hasta el muro donde había escrito su consigna. Allí estaba, intacta. Sonrió. En tiempos como esos, una palabra que sobrevive ya es un triunfo.

La dictadura borraba símbolos, nombres, canciones, colores, pero ellos inventaban lenguajes. Un clavel blanco en el ojal. Un silbido breve. Un saludo disimulado con la mano en el abrigo. Y, sobre todo, esa palabra pronunciada de manera acentuada: “compañero”, la contraseña del alma. No necesitaban más. Con esos gestos eran capaces de reconocerse en medio del terror. Era su manera de decir: “Estoy vivo. Y vos también.”

Romina, mientras tanto, dormía abrazada a sus hijos bajo un techo que ya no sentía que protegía a su familia de lo peor. En sus sueños veía a un pueblo destruido y los sueños rotos de muchas generaciones. Y entre sueños una voz femenina que le decía “Ellos son los únicos que te serán fieles”. Romina despertaba con lágrimas, pero también con una fuerza imposible de explicar. Era como si esas visiones le devolvieran un deber, una lealtad que no podía traicionar. La resistencia se volvía religión. Una religión sin templos, sin altares, hecha de gestos cotidianos, un pan compartido, un mate que pasaba discretamente de mano en mano, charlas en la protección de las paredes, bronca contenida, una sonrisa en medio del miedo. Era la liturgia secreta de los humildes.

Ariel, en su doble vida, escuchaba rumores sobre el “avión negro”. Decían que una noche, sin aviso, el líder regresaría desde algún punto del cielo. En Ciudad Católica se reían de esa idea; lo llamaban “superstición de fanáticos”. Pero él no podía burlarse. Había visto cosas que ellos no contemplaban; la fe en la mirada de una madre descalza, la esperanza en un peón que acababa de perderlo todo, la necesidad profunda de creer que la justicia no siempre va a ser injusta para ellos. Pensó: “Tal vez ese avión exista, pero no en el cielo. Tal vez vuele dentro de ellos.” Era una metáfora, pero también una certeza: había algo indestructible en ese pueblo que la represión no lograba quebrar.

El país entero respiraba clandestinidad. El miedo era cotidiano, pero también lo era un extraño tipo de esperanza, una que no se gritaba, sino que se insinuaba. En ese clima asfixiante, los siete —Octavio, Romina, Ariel, Gerardo, Nahuel, David y Maxi— comenzaron a comprender que la lucha no era solo política. Era una lucha moral, una lucha ética. Una lucha por no dejar que la desesperanza los tragara. Era, en el fondo, una decisión íntima y sagrada: defender lo que se ama, incluso cuando el mundo entero parece perdido.

David por su parte renegaba de la palabra esperanza, decía que en su etimología esta palabra los condenaba a la espera, los paralizaba y les impedía actuar. La esperanza era una mala palabra en su pensamiento, más que esperar hay que actuar, hay que encender la mecha de la rebelión del pueblo contra sus verdugos. La espera nos condena a la infelicidad, y feliz es aquel que no espera nada, va y lo consigue luchando, ningún a lucha se ganó con la esperanza

Y así, mientras el país se hundía en sombras, ellos descubrían que había luces que no podían apagarse: las que nacen del corazón herido de un pueblo que se niega a dejar de existir.

Continuaron con las pintadas en las paredes, pero ahora eran muchas más de las que ellos solos podían hacer, las manos que resistían en la soledad de la noche multiplicaban la consigna. La primera rebeldía fue la tiza y las paredes; de noche, con el pulso encendido, trazaba consignas torpes pero sinceras. Con el tiempo, sin embargo, cambiaron la tiza por el balde de brea. No lo hicieron con la violencia rabiosa del fanático sino con la medida fatigada del que aprendió que la ciudad es un campo de batalla hecho de pequeñas heridas; un ventanal roto, una puerta escrachada, una consigna que se pega a un umbral y no se borra con el paso del tiempo o un tornillo en una maquina.

Por su parte, los comandos civiles, pensados desde reuniones secretas y financiados desde el poder, eran jóvenes fornidos, de buenos trajes, hijos de familias respetadas; algunos venían de la Acción Católica, otros eran hijos de policías o de militares, algunos se refugiaban en la Unión Cívica Radical, otros, con una hipocresía que daba frío, figuraban en las listas del Partido Conservador. Su función pública era la de la violencia organizada; irrumpir a punta de pistola en los sindicatos, casas de reconocidos peronistas, sembrar el terror con desmanes, golpear, saquear a los trabajadores. Esa era la cara visible de la represión local; la cara oculta se ejercía con los despidos, las delaciones, las cartas anónimas que terminaban en la cárcel de un compañero.

Uno de esos comandos vivía en la misma cuadra donde Octavio había aprendido a leer entre el ruido de las fábricas. Por mucho que vigilase desde su ventana, por más que observase a esa figura que pasaba con la impunidad de quien pertenece a la policía, el Comando —orgulloso, previsible— nunca logró dar con los que, de noche, untaban la puerta de su casa con brea. A veces Octavio se permitía, en su soledad, una risa amarga: la víctima que escracha al verdugo; la insignificancia que desconcierta el orden.

La ciudad, entretanto, se llenaba de signos nuevos: tapas de cerveza marcadas con una P y una V que hacían erizar la piel de aquellas señoras paquetas de los balcones de la calle Santa fe que brindaban con champagne ante la caída del tirano, volantes que hablaban de “Perón vuelve”, rumores de aviones negros. Había, en esas marcas mínimas, un guiño secreto que Octavio aprendía a leer como quien lee una carta de salvación. No eran señales de rebelión, pero sí de que la gente no cedía. Allí, en esa red de pequeños símbolos, encontró un modo de pertenecer sin derrumbarse, no a algo concreto, sino a una memoria común que nadie podía borrar.

El mundo intelectual ofrecía otros ruidos: la figura de John William Cooke crecía; su voz, sus textos, la nostalgia combativa de un nacionalismo que se alimentaba a la vez del pasado socialista y de la urgencia antiimperial. Octavio no era lector asiduo de esos ensayos, fue David quien los introdujo en el grupo como lectura casi obligatoria. Perón, desde Panamá, dictaba en papeles arrugados una intransigencia que se traducía en comando y en consigna: “Si es preciso, lo insurreccional; si no, la acción persistente hasta llegar a la meta.” No era allí un llamado a la ciega violencia, sino una forma de nombrar la desesperación de millones que habían visto sus conquistas arrancadas.

Octavio, sin pretensiones de dirigente, buscaba los hilos. Cada tanto llegaban a su oído noticias de sabotajes, al principio aisladas, luego multiplicados. También comenzaban a sonar los caños. Eran explosiones que no buscaban sólo dañar infraestructuras; eran poemas de ruido dirigidos a despertar a una ciudad que domada con el miedo. ¿Cómo enlazarse con quienes las ejecutaban? En la calle no había listado ni organización visible; los actos nacían espontáneos y se apagaban en la misma noche, lo que ellos comenzaron a hacer en los primeros días de la revolución ahora se multiplicaban y no sabían de donde venían ni como contactarlos. Y, sin embargo, se enteraron de un mitin y decidieron asistir, la curiosidad es también una forma de riesgo que a veces se transforma en destino.

El acto convocado, se realizó en un salón donde la voz de una tribuna rugió con una potencia inesperada: “¡Viva Perón!” Y la respuesta vino de todos los rincones, como una ola que no se había extinguido. Octavio cayó en la cuenta de que la lealtad no siempre se organiza en los términos que imaginan los políticos: a veces nace de un grito espontáneo en medio de la noche, de un papelito que cae y se pega en un zapato, del temblor compartido de dos desconocidos. Volvió a su casa tan exaltado que despertó a Romina para contarle la experiencia: la noche había sido una prueba, una puerta que se abrió por un instante y mostró la posibilidad de reencender.

Jauretche, con su prosa siempre afilada, pintaba el retrato de una nación que reduciría el consumo y elevaría la desocupación. Para Octavio todo eso sonaba a sentencia; la política económica era otra arma, y los despidos, las clausuras y la miseria eran también formas de hacer temer al trabajador.

En la clandestinidad, La logística, el nervio de cargar el aparato en un colectivo, el sudor de esconderlo entre ropas comunes, el crujido de la ciudad que no sospecha, todo eso era parte de un ritual que convertía la ciudad en un tablero donde las fichas se movían con miedo y adrenalina a la vez. Otras veces la lucha se hacía imprimiendo panfletos en una maquina escondida en la imprenta de un viejo amigo; otras, pintando con brea una puerta que sería, por un tiempo, una cicatriz de la resistencia.

En el frigorífico, en las comisiones internas, en los comités de fábrica, se inventaba la clandestinidad sobre la marcha. Hacía falta creatividad tanto como coraje. Los dirigentes faltaban —presos, exiliados— y eso obligó a que los jóvenes ocupasen un espacio que antes les habría parecido indebido. Octavio, Nahuel y Maxi en el frigorífico y David y Gerardo en la fábrica comprendieron entonces que la historia a veces pide de los hombres cosas que ellos no han pedido a la historia. Aprendieron a hablar sin hablar, a reconocer un compañero por el modo en que sostienen el silencio, por un gesto en la solapa, por un silbido que era una clave secreta.

Esa vida de pequeños signos, de pintadas que estallaban en la noche y de panfletos que amanecían pegados en las paredes, no era grandiosa ni heroica según los términos que dictan los libros; era, en cambio, una geografía de resistencia hecha con manos sucias y miedos compartidos. Octavio lo sentía en el estómago; la convicción de que, aunque el “péndulo” político se inclinase, la memoria colectiva no se domaba. Y en esa certeza —que era más bien una devoción tenue— hallaba la fuerza necesaria para seguir.

EL LLAMADO DE LOS JUSTOS

Había noches en que el coraje y la locura eran la misma cosa, una sola moneda girando en el aire sin que nadie supiera de qué lado iba a caer. Los compañeros se reunían con la naturalidad de quienes ya habían entendido que la vida les pertenecía menos que antes, que ahora estaban, de algún modo irreversible, hipotecados a algo más grande e impreciso. Una causa, un recuerdo, una dignidad que no sabían nombrar pero sí defender. Vivían una doble vida. De día, el trabajo honrado, el sueldo cada vez más corto, la rutina; de noche, la clandestinidad impaciente, la adrenalina que reemplazaba al descanso, las discusiones en voz baja que valían más que cualquier discurso. Entre un mundo y otro, el hilo era cada vez más fino.

Hacía semanas que escuchaban de caños que explotaban en depósitos, estaciones transformadoras, oficinas públicas. No se conocían los nombres de quienes los ponían; eso los hacía más misteriosos y, a su modo, más grandes. La noticia siempre llegaba deformada. Un comentario en la cola del mercado, una frase suelta en el bar, una pequeña nota perdida en el diario, condenando “actos de sabotaje o terrorismo” sin mayores detalles. Pero ellos sabían que detrás de esa palabra —sabotaje— había algo que la prensa no podía admitir. Una respuesta popular.

—No alcanza con pintar paredes —dijo Maxi una tarde, con la vista fija en el mantel encerado, como si hablara consigo mismo—. Nos están ahogando despacito, como al que meten la cabeza en el agua y la sacan cuando está por ahogarse para que respire y vuelva a sufrir.

Nadie respondió de inmediato. Estaban cansados de enumerar injusticias. A veces las palabras se volvían ruido.

Entonces agregó, apenas más alto, con una calma inquietante:

—Vamos a poner un caño en las vías, para que no pase el tren Roca.

No fue un arrebato, sino la síntesis brusca de muchas noches de rabia masticada. La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Durante unos segundos nadie respiró. No hubo exclamaciones ni golpes de puño; solo un denso silencio en el que cada uno midió, en un destello, lo que eso significaba. No era solo dañar una estructura: era cruzar un umbral interno.

—¿Estás seguro de lo que decís? —preguntó Octavio, con la voz más apagada que de costumbre.

Maxi lo miró directo, sin fanatismo ni orgullo.

—No estoy seguro de nada —respondió—. Solo sé que, si no hacemos algo más, vamos a terminar creyendo que merecemos lo que nos hacen.

Y fueron. No como héroes ni como suicidas, sino como hombres arrinconados que ya no encontraban formas más suaves de hacerse oír. Sin estrategia refinada, sin cálculo meticuloso. El plan era simple, casi brutal en su honestidad; hacerlo. Porque pensar demasiado, a esas alturas, era un lujo peligroso que podía paralizar. Cada uno cargó su miedo como pudo. Algunos con chistes nerviosos, otros con un silencio que era casi rezar.

—¿Te das cuenta? —murmuró Nahuel mientras cargaban los tubos en un carro desvencijado—. Es como si fuéramos a buscar a la muerte hasta la puerta de su casa.

—La muerte ya nos anda buscando hace rato —respondió David, con esa calma suya que parecía un pacto tácito con el destino—. Al menos así sabemos dónde estamos parados.

El estruendo en el tren sonó seco y profundo, como un puñetazo dado al corazón de la noche. No fue una explosión grandilocuente de película; fue un ruido concreto, sucio, que hizo vibrar los rieles, detuvo la marcha y obligó a recordar que había alguien que todavía se animaba a morderle el talón al poder. La ciudad dormía, pero ellos, que al día siguiente madrugarían para ir a sus trabajos, sabían que esa noche había quedado marcada en algún lado, aunque nadie la mencionara en voz alta.

Corrieron cuando escucharon las sirenas. No miraron atrás. El miedo —lo sabían— no se siente en los ojos, sino en la nuca. Lo único que importaba era seguir respirando.

En un baldío, se acostaron boca arriba, jadeando, con la ropa húmeda de sudor y el pecho ardiendo. El olor a pasto mojado y tierra húmeda les llenó la nariz. Era un aroma antiguo, casi de infancia, que contrastaba con la violencia de lo que acababan de hacer.

—Zafamos —dijo Gerardo, temblando, con una mezcla de alivio y espanto.

Octavio los miró y no supo si dar gracias o maldecir. A veces la vida, en ciertos contextos, pesa tanto como la muerte. Haber zafado significaba seguir cargando la responsabilidad de lo hecho, de lo no hecho, de lo que vendría.

En los días siguientes, el eco de la revuelta comenzaba a tomar forma en voces clandestinas. Gerardo conseguía noticias por canales insólitos: un delegado que traía un recorte mimeografiado escondido en el doble fondo de un bolso, un obrero ferroviario que hablaba de generales que estaban dispuestos a levantarse contra el régimen, un estudiante que había escuchado nombres en un bar. Traía fragmentos de fuentes que jamás saldrían en los diarios oficiales, como pedazos de un mismo mapa que nadie podía ver entero.

Una noche, se extendió sobre la mesa un texto casi ilegible por la humedad, pero donde cada línea parecía escrita con fuego:

“Hasta el refugio de un General dispuesto a todo, que había huido de su detención, llegaron dos noticias que encendían una esperanza. Había grupos civiles moviéndose, cuadros suboficiales inquietos, rumores de que el ejército no estaba tan unido como parecía… El siete de marzo, Valle se fugó de su residencia obligatoria. No huía. Iba al encuentro del destino. Buscó a los suyos, los pocos que quedaban. Encontró a Raúl Tanco, amigo fraternal, hombre que creía que el deber con el pueblo era más sagrado que la obediencia al mando…”

Gerardo leyó en voz baja, como quien recita un evangelio prohibido, mientras la luz amarilla de la lámpara de querosén dibujaba sombras largas en la pared.

Octavio levantó la vista.

—¿Y quién es ese general Valle? —preguntó, no tanto por ignorancia como por necesidad de entender a quién estaban empezando a atar su destino.

—Un general —dijo Gerardo—. Pero no de los que trabajan para la oligarquía. Es uno Nacionalista, duro. No sé si peronista, y en el fondo ya no me importa tanto. Lo que importa es que hay militares que empiezan a sentir vergüenza de esta porquería. Acá dice que está buscando apoyo. Que algunos civiles se están moviendo con ellos.

—¿Otra vez depender de los militares? —rezongó Octavio—. Siempre la misma historia. ¿Y nosotros? ¿Seguimos poniendo el cuerpo para que otro militar venga?

Gerardo sonrió con amargura.

—La historia argentina es eso, hermano: los de abajo empujando y los de arriba mirando, y, con suerte, acompañando.

Desde el fondo, Romina habló sin despegar la vista de la ventana, donde la noche parecía escuchar:

—Dicen que hasta curas se suman. Que esta vez Dios se puso del lado del pueblo.

Ariel cerró los ojos apenas un segundo. La frase lo atravesó más de lo que quería admitir.

—Si es así —dijo, con una ironía que apenas tapaba una inquietud más honda—, que me disculpe el cielo, pero prefiero confiar en los hombres. Dios ha sido muy ambiguo últimamente.

Nadie rió. El chiste era demasiado verdadero. El silencio que siguió estaba cargado de presentimiento. Algo se gestaba, pero no había palabras para nombrarlo. El movimiento crecía como una corriente subterránea que nadie dirigía, pero que todos alimentaban con pequeños actos: una reunión, un papel, un guiño.

Y también acechaba el peligro con la paciencia de una fiera que ya ha olfateado a su presa. Se hablaba de un coronel que se acercaba a la conspiración movido por ambición o por remordimiento; de barcos que serían cárceles, de sacerdotes que escuchaban confesiones donde los pecados ya no eran de alcoba, sino de conciencia revolucionaria. “Una gesta popular donde hubo más sargentos que generales, más fe que cálculo, más pueblo que cuartel.”

Esa noche, Octavio, escuchando las noticias en una radio oculta bajo la cama, sintió que el país entero se preparaba para un salto al vacío. Romina dormía a su lado, con las manos apretadas como si todavía sujetara algo. Ariel escribía informes contradictorios: mentía para sobrevivir infiltrado en Ciudad Católica, mentía para minimizar entre los suyos lo que sabía que se estaba fraguando; mentía a todos, incluso a sí mismo. Gerardo afinaba panfletos en la imprenta; David, Nahuel y Maxi practicaban en la oscuridad gestos que todavía no sabían si serían necesarios: cargar un arma, cambiar un recorrido, identificar una sombra.

Ninguno sabía que lo que se acercaba no era solo una conspiración militar, sino una prueba íntima para cada uno: el punto en el que el coraje, el miedo y el sacrificio dejarían de ser palabras para convertirse en decisiones irreversibles.

No conocían estrategia clara, ni organicidad, ni plan maestro. Pero había algo más poderoso; la certeza, tan silenciosa como obstinada, de que ellos no eran los que estaban traicionando al país. Cada uno —en su fábrica, en su barrio, en su pieza húmeda— se sentía parte de algo inmenso y difuso, una corriente moral que los sostenía cuando el miedo amenazaba con ahogarlos. No había jefes, los antiguos dirigentes estaban presos, exiliados o enterrados. Por eso la causa se volvía, paradójicamente, más pura y más peligrosa: se apoyaba menos en nombres propios y más en una especie de conciencia colectiva que nadie había elegido, pero todos reconocían.

Octavio lo sentía cada vez que caminaba de noche con un pincel o un caño bajo el brazo. La clandestinidad, pensaba, no solo es esconder; es revelar. En la oscuridad se ve mejor quién es quién.

—No somos soldados —le dijo Gerardo una noche, mientras doblaban panfletos que todavía olían a tinta fresca—. Somos testigos.

—¿Testigos de qué? —preguntó Octavio.

Gerardo lo miró largo, como midiendo si el otro estaba preparado para oírlo.

—De que este país no se rinde —dijo—. Aunque lo quieran hacer creer.

Esa frase lo persiguió toda la semana, como un estribillo hermoso.

En la pieza, Nahuel contaba monedas sobre la mesa, con una concentración casi teatral. —Nos autofinanciamos —dijo con orgullo—. Como una empresa, pero de sueños y esperanzas.

Romina los escuchaba en silencio. Tenía las manos manchadas de tinta y el cansancio clavado en la espalda; sin embargo, en el brillo de sus ojos había una extraña alegría; la de sentirse parte de un esfuerzo que no podía medirse en pesos ni en horas extras.

Ariel, por su parte, había empezado a dormir mal. Las reuniones en Ciudad Católica se volvían más siniestras e intensas. Ya no hablaban de almas a salvar, sino de “cáncer social”, de “limpieza espiritual”, de “orden definitivo”. Una noche escuchó a un joven decir, con fervor casi místico: “Es la hora de la purificación. Dios limpia con fuego.” Ariel sintió escalofríos. Esa teología no bajaba del cielo: subía de los sótanos.

Esa misma noche escribió en su cuaderno, con la letra temblorosa:

“Tal vez la fe sin compasión sea otra forma de odio.”

El grupo vivía en expectación constante. En las fábricas se hablaba en clave; los talleres parecían templos paganos llenos de conspiraciones, donde el ruido de las máquinas era la cortina de un murmullo permanente. Valle se movía. Tanco respiraba rebelión. Los suboficiales dudaban. Cada palabra podía ser delación o salvación.

Una noche calurosa, en la casa de Gerardo, comenzó la discusión que destapó el dilema de la obediencia. El olor a tinta, a papel húmedo y tabaco formaba un aire espeso que casi se podía cortar con los dedos. Habían pasado meses improvisando, moviéndose entre la oscuridad y la esperanza, sin jefes visibles. Ahora, por primera vez, la palabra “organización” sonaba con insistencia.

—Cooke quiere unificar todo bajo un mando único —dijo David, apoyando los codos sobre la mesa—. Un comando nacional, un centro que coordine.

—Cooke, Cooke… —repitió Nahuel con una mueca—. Yo no lo vi nunca. ¿Y si mañana cae preso también? ¿Qué hacemos? ¿Cambiamos el cuadro de la pared y listo?

—No es él —intervino Gerardo—. Es la idea de orden. Si seguimos así, cada grupo es un grito aislado. Necesitamos que alguien junte estos pedazos. Que esta resistencia anárquica empiece a tener algún rumbo.

Octavio escuchaba en silencio. Había aprendido que la palabra “unidad” podía ser un abrazo o una soga.

—El problema —dijo al fin— es que la unidad sin conciencia termina en otra obediencia ciega. ¿Queremos obedecer o queremos actuar?

Romina lo miró con cansancio y ternura mezclados.

—Actuar está bien —susurró—. Pero mientras tanto, ellos meten presos, despiden, fusilan. A veces no hay tiempo para actuar solos.

—Y a veces obedecer sin autononia —respondió Octavio— es preparar la próxima tragedia.

Ariel levantó la vista.

—En Ciudad Católica también hablan de obediencia —dijo—. Dicen que el pueblo necesita obedecer como antes, agachar la cabeza, respetar las jerarquías naturales, que sin jerarquía no hay redención.

—¿Y vos qué creés? —preguntó Gerardo.

Ariel dudó.

—Creo que la obediencia sin amor es servidumbre. Pero nosotros amamos demasiado y, sin embargo, eso solo no alcanza. —Hizo una pausa—. Propongo que, con todo y dudas, nos unamos a esa rebelión de la que se está susurrando. Si es una trampa, la vamos a reconocer dentro. Si es auténtica, no podemos mirarla de lejos.

—¿Y si es justamente eso lo que quieren? —intervino David—. Que nos peguemos a una estructura para tenernos a todos juntos cuando decidan barrernos.

El silencio cayó sobre la mesa. Afuera, el tren nocturno pasaba lento, como una respiración metálica que les recordaba que la vida común seguía, indiferente.

Los rumores se multiplicaban: César Marcos, Lagomarsino, Puiggrós, el padre Benítez, nombres que iban y venían como cartas de una baraja que alguien mezclaba en la sombra. Se hablaba de un comando que pedía “toda la unidad y la fuerza para el triunfo de nuestro destino”. Para algunos, era la esperanza de dejar de ser islas; para otros, la posibilidad de terminar utilizados.

—Quieren disciplinar la resistencia —explicó David, que había leído los manifiestos—. Darle jerarquía.

—Creo que es precisamente lo que tenemos que hacer —dijo Nahuel— hay que ser orgánicos.

Romina interrumpió, con una firmeza suave pero tajante:

—Yo quiero que haya jefes, sí. Pero que sean justos. No me importa si se equivocan, mientras se equivoquen con nosotros, no sobre nosotros.

Octavio se pasó la mano por la cara.

—Pero eso está difícil —murmuró—. Perón lejos, Cooke preso, nosotros acá discutiendo si debemos ser organicos o mantener nuestra autonomía y anonimato. A veces pienso que el verdadero jefe es el miedo.

Nadie respondió. En los ojos de cada uno brillaba algo distinto: fe, duda, cansancio, rabia, ternura.

Unas semanas después, la represión llegó con la puntualidad de las profecías que nadie quisiera ver cumplidas. Detuvieron militantes, obreros, dirigentes y hasta a los que no sabían de qué los acusaban. Una carpeta incautada a Lagomarsino —con nombres, direcciones e indicios incompletos— bastó para justificar una cacería. No importaba si la información era precisa; la represión no necesitaba verdad, necesitaba disciplinar.

Ariel y Octavio fueron arrestados la misma noche, en un operativo confuso que sin embargo parecía llevado adelante por alguien que los había seguido de cerca. A Octavio lo sacaron de su casa apenas llegó del frigorífico; Romina vio cómo lo subían al camión, gritó su nombre, y un soldado le apuntó al pecho. No volvió a verlo ni a saber de él durante días. A Ariel lo encontraron en la iglesia, justo después de recibir una confesión; alguien había hilado sus idas y venidas al frigorífico y a una metalúrgica. En ese instante entendió, con una lucidez dolorosa, que su vida como sacerdote, tal como la había concebido, se había terminado.

En la cárcel, la fraternidad dejó de ser consigna para convertirse en necesidad de vida. Viejos dirigentes y jóvenes activistas compartían pan duro, historias, miedos confesados a medias. Octavio pensaba en lo absurdo del encierro: sabía por qué estaba ahí, pero al mismo tiempo sentía que se perdía de la gran gesta a punto de estallar afuera. Ariel caminaba en círculos, repitiendo oraciones en voz baja, no tanto para que Dios lo escuchara, sino para no perder la propia voz.

Un rumor recorrió los pasillos: un general vendría a inspeccionar. Los guardias ordenaron formar en el patio. Cuando apareció, el silencio fue una losa. Nadie sabía si bajar la cabeza o sostener la mirada. Entonces, casi como un descuido deliberado, alguien comenzó a silbar la marcha prohibida. Primero uno, luego otro, hasta que el silbido se volvió murmullo, y el murmullo, melodía reconocible. Era un himno sin instrumentos, sin letra, solo aire y dientes apretados, pero lleno de lágrimas invisibles. Los guardias dudaron; reprimir un silbido era más complicado que reprimir una consigna.

Octavio y Ariel se miraron. Entendieron sin palabras que ese gesto mínimo concentraba toda la patria que ellos querían salvar. La cárcel, paradójicamente, unificaba lo que las noches de clandestinidad habían dispersado. Entre celdas y murmullos, los peronistas se reconocían iguales: viejos y nuevos, obreros y curas, sindicalistas y poetas improvisados.

En una de esas noches heladas, Octavio escribió en la pared, con un clavo oxidado:

“Nos encierran para que no hablemos, pero es aquí donde aprendemos las palabras.”

Ariel, sentado en el piso, leyó la frase y agregó debajo, con la uña:

“Tal vez este sea el único lugar donde todavía se puede creer.”

Ninguno sabía que pronto vendría el día del levantamiento. Ni que, antes de que amaneciera, oirían los fusiles arrastrarse por los pasillos como buscando nombre.

Durante la primera semana de junio les permitieron, por fin, recibir visitas. Romina, Nahuel, David y Maxi fueron hasta la cárcel y, entre el ruido de llaves y gritos lejanos, contaron lo que sabían; los documentos incautados, los nombres que habían aparecido, las sospechas que los habían arrastrado a esas celdas, y, sobre todo, la fecha que ya se susurraba como un secreto a voces.

—Hay día —dijo Nahuel, con la voz quebrada pero firme—.

—¿Qué día? —preguntó Octavio, agarrado a los barrotes.

David lo pronunció casi en un suspiro, como si hacerlo demasiado fuerte pudiera cambiar el destino:

—El nueve de junio.

La frase quedó clavada en el aire. No era solo una fecha. Era una cita con algo que ninguno sabía si iba a sobrevivir para contar.

Comentarios

  1. Monica

    Solo el peronismo fue perseguido,y siempre le dimos lucha ,me encantó muy bien contado,tal como ahora nos siguen persiguiendo

Responder a Monica Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *