EL PERONISMO COMO UN PROBLEMA INTERPRETATIVO

EL PERONISMO COMO UN PROBLEMA INTERPRETATIVO

POR QUÉ LEER ES UN HACER

Cuando el lector se acerca a una fuente histórica o política, debe enfrentar dos formas de prejuicios ineludibles. Es imposible leer una obra desde un lugar aséptico en el que no existan presupuestos ideológicos. Acercarse a un texto implica ya ser parte de una comunidad de sentido que constituye nuestros ámbitos de creencias y saberes. Más aún si la obra a la que vamos a arribar es de índole argumentativa.

La primera serie de prejuicios operan sobre lo que se llama clausura hermenéutica. En este caso, el lector posee una serie de ideas previas sobre la obra en cuestión y la lectura no hace más que confirmar esa gama de pensamientos de origen. No es que la clausura hermenéutica sea desaconsejable en sí misma, pero nos lanza a una idea tautológica acerca del pensamiento de un determinado autor. Aquellos que ven en el peronismo un movimiento totalitario de masas, con ideas filo-fascistas y una clara tendencia a la demagogia, podrán sentirse tranquilos al frecuentar estas páginas, porque hay varios párrafos que a simple vista permiten validar esa forma interpretativa. De este modo, el texto es una máquina muda y automática a la que la hacemos hablar tal como la concebimos. Insisto en no defenestrar esta posibilidad de lectura: hay toda una vertiente del pensamiento político que no ha logrado salir de sus propias circularidades en materia de análisis y razonamientos. Como muy bien explica José Vazeilles (1935) al analizar el ideologema liberal criollo, las tesis fundantes serían las siguientes: existen formas superiores de vida social; el liberalismo en su vertiente positivista demuestra que ciertos pueblos están naturalmente mejor preparados para el desarrollo social; la Argentina logró un alto nivel de crecimiento en tanto y en cuanto aplicó esquemas económicos liberales; la decadencia argentina nace con el advenimiento de un sector político nuevo aliado a la plebe (el radicalismo personalista) y luego el deterioro se profundiza con la llegada de la chusma zoológica encarnada en el peronismo.

Durante decenios, el ethos de la clase media reprodujo este esquema de análisis que provenía de los sectores que ejercían la hegemonía económica y cultural. Según esta perspectiva, cada golpe de Estado de tradición liberal conservadora (1930; 1955; 1966; 1976) constituía el intento de retorno al orden previo a la decadencia que una democracia corrupta y vocinglera no dejaba de ocasionar.

Este liberalismo esencialmente antidemocrático generaba una curiosa paradoja estructural, dado que a la Constitución se la salvaba mediante el uso de la fuerza y a las inversiones se las protegía anulando momentáneamente nuestra Carta Magna. La clausura hermenéutica del fenómeno peronista originaba lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben (1942) llama ¨un estado de excepción¨. Este fenómeno nos pone en presencia de un oxímoron[1] filosófico: a la libertad se la protege anulándola; a la democracia se la restaura disolviéndola; a la política se la cura negándola.

La clausura interpretativa genera un poderoso movimiento ideológico de transmisión de ideología cuyo símbolo es Positivo en tanto y en cuanto potencia un esquema de realidad perceptiva y Negativo en la medida que no puede escapar de su propia contradicción. Su fórmula básica sería (+ y -).

No obstante, existe una segunda forma de entender el prejuicio al experimentar una obra filosófica o literaria. En ella, el lector intenta reconocer cuáles son efectivamente sus ideas previas para hacerlas chocar con otras realidades que el texto, a medida que se desenrolla su lectura[2], nos puede plantear.

En el primer sistema que describimos se genera una hipótesis máxima que es incuestionable. Si algo genera turbulencia, se puede atribuir a un desliz del autor, que dejó escapar una contradicción respecto de la hipótesis de lectura.

El segundo sistema, en cambio, busca las zonas de turbulencia para ver si hay ideas que no concebíamos al iniciar la lectura. Por lo tanto, se parte de Hipótesis de Mínima que pueden o no confirmarse. Lo más rico no estaría en la confirmación de lo intuido, sino en la ruptura o en la puesta en duda. Por lo tanto, el texto genera problemas nuevos, tensiones impensadas y, por qué no, rupturas con nuestra propia tradición interpretativa. La fórmula sería (+ ó -), ya que nacen alternancias en el proceso de análisis. Dichas alternancias conviven en esa zona de duda que es el nexo disyuntivo O.

Por lo tanto, toda lectura implica la creación compleja de una red de posibilidades en las que el receptor puede buscar los caminos que le dan seguridad o aquellos que se internan en las zonas oscuras de un saber que no está seguro. No hay posibilidades neutras: cada vez que leo, elijo. Y cuando elijo, ejerzo un acto político que implica algún tipo de consecuencia.

ALGUNOS MITOS SOBRE (O CONTRA) EL PERONISMO

El semiólogo Roland Barthes establece que en nuestro tiempo un ¨mito¨ es una forma de pensamiento tan naturalizada que se torna casi invisible como ideología. De este modo, el mito funciona como un reproductor de esquemas de interpretación de la realidad. De este modo, no es la sociedad la que hace hablar al mito, sino que éste habla a través de las instituciones (escuela, medios masivos de comunicación, instituciones culturales) mediante una vulgarización de ideas sobre las que ya no se ejerce ninguna clase de cuestionamiento. En tanto que pensamiento cosificado, los mitos forman parte de ese bagaje de temas que constituyen los pensamientos más íntimos de una clase social. Podríamos decir que forman los ¨topoi¨ de la retórica aristotélica; ergo, aquellas ideas que el orador busca en la invención de un argumento verosímil para la clase a la que se dirige. Recordemos que estamos hablando de verosimilitud; no de verdades.

Pues bien, el peronismo, en tal sentido, ha sido una máquina forjadora de ideas más o menos absurdas que convendría revisar.

Debemos entender que este movimiento político surge en escena como la respuesta que una sociedad capitalista periférica se da a sí misma cuando sus históricos cuadros conductores son incapaces de resolver la crisis interna sin apelar a la fuerza, al fraude o a las dos prácticas a la vez. Ver en el Coronel Juan Domingo Perón la imagen de un aventurero que interpretó rápidamente los problemas de un sector del país para resolverlos mediante la demagogia constituye la cosmovisión que la embajada norteamericana utilizó desde el primer momento en que el fenómeno empezó a cobrar notoriedad.

Los documentos del Departamento de Estado hablan del joven Coronel como un pillo[3] que tarde o temprano caerá por el peso de sus propias palabras. Inmediatamente Perón será sindicado de fascista, nacionalsocialista y algunos lo verán como una especie de protocomunista velado.

Conviene ir despacio para ver qué existe detrás de cada una de estas acusaciones.

El hecho de que Perón se haya formado en la Italia de Mussolini no indica que su práctica política haya sido necesariamente fascista. Tengamos en cuenta que el corporativismo que pretendía este movimiento era una forma de romper con la democracia representativa burguesa, algo que Perón nunca soñó realizar. Por otra parte, el fascismo es un movimiento mediante el cual las clases altas controlan a los sectores proletarios mediante la represión de los cuadros sindicales. El fascismo busca mejorar el nivel de vida de los trabajadores a cambio de una desmovilización sindical y del quiebre del parlamento como institución política. Por otra parte, las relaciones con la iglesia siempre fueron uno de los baluartes de la práctica fascista.

El peronismo manifiesta un recorrido cuya complejidad lo aleja gradualmente del fascismo, ya que la sindicalización fue uno de los pivotes del nuevo movimiento, en tanto que el congreso mantuvo su estructura electiva tradicional. La relación con la iglesia, si bien fue óptima en los inicios, se fue deteriorando a medida que las prácticas sociales de la nueva política justicialista rompían los esquemas que la curia defendía. La paradoja es llamativa. Al ser acusado de constituir la versión latinoamericana de una política europea autoritaria, no se quiere ver que el justicialismo, una vez que ejerce en el poder, se aleja gradualmente de los modos que habían sustentando al régimen en Italia. Los tres elementos que sustentan a Mussolini: clase alta, iglesia, represión sindical, no forman parte del encuadre con que Perón va ejerciendo la presidencia.

La acusación de simpatía por el nacionalsocialismo es aún más extraña. No hay un solo documento en el que se haya postulado una tesis racial o en el que se prohíba la inmigración a una comunidad determinada. De hecho, la primera camada de oficiales judíos que tuvo nuestro país logró su ascenso en el transcurso de la administración peronista.

Es cierto que muchos nazis huyeron a la Argentina. Pero también huyeron a Brasil y otros, como von Braun, formaron parte del núcleo de científicos que colocó a EEUU en la cima de la carrera espacial.

El ensayista Emilio Cobière, en un excelente artículo de Todo es Historia[4], hace el siguiente análisis: ¨Paradójicamente, el régimen de Perón, que fue calificado de fascista y antisemita fue el que dio a los judíos por primera vez la igualdad política y social. Los judíos tuvieron acceso a los altos cargos públicos y por primera vez se les abrió la carrera diplomática tradicionalmente reservada a las familias oligárquicas o conservadoras. Pablo Manguel fue el primer embajador argentino en Israel. Lo mismo ocurrió con el juez Liberto Rabovich y en la administración pública con Abraham Krislavin, subsecretario del Ministro del Interior, durante toda la gestión del sindicalista Angel Gabriel Borlenghi, ambos de origen socialista, aunque debe aclararse que Borlenghi no era judío como se insiste en algunas historias sumarias. La dirección del suplemento literario de La Prensa, expropiada y entregada a la CGT, fue otorgada a un judío, Israel Zeitlin, el talentoso escritor proveniente del grupo izquierdista de Boedo y que fue conocido a través del seudónimo César Tiempo. Junto a Zaitlin colaboraban otros intelectuales judíos como Enrique Dickman, vieja figura del socialismo argentino que adhirió al peronismo, Hugo Ezequiel Koremblit, León Benarós, Rafael Cansinos Assens, José Isacson y Lázaro Liacho. Perón fue el único presidente argentino que designó como asesor personal en asuntos religiosos a un rabino: Amram Blum. Este rabino era un catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y un intelectual de relieve, ignorado hoy injustamente. El rabino Blum defendió al gobierno constitucional de Perón desde el púlpito del templo de la calle Paso 423, en los primeros días del pronunciamiento militar de 1955, coincidentemente con la celebración del Año Nuevo Judío. Pocos días después, al celebrarse el día del perdón, y cuando Perón acababa de ser derrocado, intentó nuevamente salir en defensa del justicialismo y explicar el contenido pluralista de la Constitución de 1949, pero fue interrumpido por elementos hostiles al régimen peronista y debió acallar su voz. Blum partió al exilio y falleció dos años después en Israel.

La Constitución de 1949 estableció, entre las primeras del mundo, una cláusula contra la discriminación y el racismo, siguiendo los lineamientos de la Declaración de los Derechos Humanos votada un año antes por las Naciones Unidas. El artículo 28 estableció que la Argentina no admite diferencias raciales.

El 3 de septiembre de 1946, por primera vez, se concedió franco a los soldados judíos con motivo de las celebraciones religiosas de la comunidad hebrea. Perón saludó a los judíos expresando: ´El Presidente de la Nación Argentina se une a la festividad del Año Nuevo Israelita, con la misma cordialidad que a las alegrías o las tristezas de todos y cada uno de los ciudadanos`. En carta a la DAIA sostenía: ´La Nación Argentina siempre ha expresado su respeto a todos los credos y a todas las ideologías, porque ese respeto constituye la entraña de su constitución y la norma de su conducta como pueblo culto`¨.

 

Además, el nacionalsocialismo, al tener como doctrina la superioridad de la raza aria, jamás contemplaría en su seno el respeto por los pueblos originarios. Si bien la administración justicialista no logró solucionar la expoliación que nuestros hermanos indígenas sufren desde siglos, sería injusto negar el enorme aprecio que el General sentía por nuestros paisanos.

Otra vertiente del moderno pensamiento mítico pretendió ver en el primer Perón a demagogo marxista que alentó la lucha de clases en nuestras tierras. La respuesta en este caso merece buscarse en la misma ideología de las izquierdas. Basta analizar algunos fragmentos tanto del Manifiesto como de El Capital para ver que el comunismo busca la supresión del Estado mediante un combate final contra la burguesía. El proletariado triunfante, al hacerse dueño de los bienes de producción, se constituye en la clase única. Su triunfo sería el fin de la historia, dado que acabaría la lucha de clases y tanto la tierra como las fábricas, y por ende la tecnología y todos los bienes simbólicos y materiales, pasarían a ser parte del patrimonio de ese grupo social devenido en lo Uno Absoluto.

Varias veces el líder del justicialismo manifestó su desacuerdo con la idea de una lucha de clases. Lo que intentó fue una praxis política que amalgamara las mejoras sociales para los trabajadores, pero sin romper con el esquema burgués de producción privada capitalista. La famosa tercera posición fue el intento de que el empresariado se quedara con el cincuenta por ciento del producto bruto interno, en tanto que los trabajadores fueran llegando gradualmente a la otra mitad. Esta situación de empate técnico, según su perspectiva, lograría detener la virulencia de los dos sistemas políticos, pero no cancelaría ni la propiedad privada ni la reivindicación laboral.

Sin lucha de clases, no hay marxismo. En tanto y en cuanto la doctrina justicialista bregó por un entendimiento entre los sectores del capital y los del trabajo, la acusación de filo-comunismo también se deshace.

El último de los mitos, tal vez el que se repitió hasta el hartazgo, radica en la idea de que la citación que se hereda en 1946 era óptima. Se le atribuye a Perón la idea de que las reservas del Banco Central estallaban de oro. Para demostrar la falacia esta idea (no digo cancelarla, porque una estructura mítica de pensamiento, en tanto que forma fosilizada, nunca es vencida) debemos apelar a la historia económica nacional. Desde el pacto Roca-Runciman, el comercio exterior argentino quedó en manos de Gran Bretaña. Cuando Inglaterra decretó la inconvertibilidad de su moneda, nuestra situación era paradójica, porque la deuda que la primera potencia del mundo mantenía con el estado argentino se hacía incobrable. Todo el dinero capitalizado por la venta de carnes quedaba virtualmente anulado, porque Inglaterra no transfería al exterior su propia moneda ni aceptaba, según su propia ley, la conversión de la Libra al Peso. De pronto teníamos las manos vacías. Por otra parte, nuestra nación seguía dependiendo de la estructura británica, por lo que no se podía tomar ninguna medida unilateral como el embargo por el capital adeudado. Traducción al más simple de los criollos: las arcas estaban llenas de papeles sin ningún valor. Y lo mismo sucedía con las reservas de oro, dado que las economías vencedoras de la Segunda Guerra Mundial habían establecido que este metal tampoco podía convertirse en dinero. La Argentina pasó de acreedor a estar fuera del juego económico, por lo que la nueva administración debió elaborar una estrategia para salir de la debilidad estructural a la que la condenaban los mercados externos. La rápida creación de un mercado interno, con los consiguientes aumentos salariales, fue la salida que halló el peronismo frente a una quiebra estructural del viejo modelo agrario exportador.

Para enfrentar este argumento, la elite liberal planteó una nueva versión del mito: la Argentina debió pagar estos costos por su clara filiación fascista. Más allá de que algún militar pudiera sentir simpatías por el Eje, lo cierto es que nuestro país, aun sin haber participado con tropas en el conflicto, no por ello dejó de colaborar constantemente con los aliados. Todas las exportaciones de carne que sirvieron para nutrir a los soldados británicos se convinieron a precio especial de modo de no perjudicar las finanzas británicas. La política es el arte de lo real. Y en este caso lo real es que nuestra patria prestaba mucha más ayuda subsidiando a la economía de los aliados que con el envío simbólico de soldados.

Esto no quiere decir que la administración peronista no haya cometido actos de violencia y no se haya manejado en más de una ocasión de un modo prepotente. ¿Hubo componentes autoritarios en el estilo peronista? La afirmación es rotunda. ¿Hubo auténticos fascistas enquistados en el movimiento? Imposible negarlo. Como todo movimiento de masas, la escoria se suma a los mejores elementos. Tal vez el gran error haya sido no haber logrado una auténtica depuración de todos sus cuadros. Negar las expropiaciones y un cierto manejo banal de la política de cultura sería mentir sobre los errores del pasado. Es hora de que el revisionismo histórico llegue también a los movimientos nacionales. En el aparato justicialista ha habido demasiados entreguistas de la dignidad nacional como para soslayar sus miserias como núcleo político.

SOBRE EL ARTE PEDAGÓGICO DE LA CONDUCCIÓN

A Perón le gustaba enseñar. Su forma de actuar tenía una clara actitud docente. Era hombre de vastas lecturas y de trato severo pero afable. Todas estar características lo llevaron a redactar cientos de documentos en los que se nota una fuerte impronta expositiva. Refranes, ejemplos, citas, analogías, ironías; no hay recurso que no haya utilizado para aclarar sus ideas y transmitirlas del modo más diáfano posible.

Podemos decir que el peronismo es una doctrina que consta de algunos postulados esenciales:

– La soberanía no es sólo territorial, sino económica y productiva.

– Evitar las negociaciones con los organismos de crédito externo, puesto que no están al servicio de los intereses geoestratégicos de la nación.

– El país debe contar con el manejo autónomo de sus recursos naturales, más allá de que pueda participar el capital privado en la explotación de estas riquezas.

– Los bienes argentinos deben circular en canales argentinos para salir del estrangulamiento externo: de ahí la creación de la Marina Mercante.

– El pueblo debe tener un alto nivel de vida.

– La salud pública y la educación son áreas esenciales.

– El consumo interno es el motor de la economía.

– Los trabajadores deben estar sindicalizados.

– La mitad de las ganancias es para el capital; la otra es para el movimiento obrero.

– Alianza estratégica con América latina.

Fuera de este breve decálogo, no hay justicialismo posible. Es cierto, Perón se encargó varias veces de decir que las formas políticas para llegar a estos objetivos son fluctuantes. Pero como buen platónico (y vaya que Perón lo era), las contingencias de la vida cotidiana (el desprolijo mundo de la praxis) muta en función de estos arquetipos que hemos mencionado. Muchos políticos peronistas se ufanaron de ser buenos ejecutores de la praxis cambiando estos principios. Pero basta una buena lectura del libro que usted tiene entre manos para desfacer el entuerto. Pueden transformarse los modos de llegar al objetivo, pero el objetivo es inmutable. Privatizaciones indiscriminadas, endeudamiento crónico, entrega del país a los organismos de crédito, destrucción del sistema escolar apelando a una falsa federalización, desinversión hospitalaria, privatización mercantilista de la salud, desempleo, metas fiscalistas que aniquilan el trabajo de los argentinos, reprimarización de la economía; toda la fiesta macabra que se hizo en nombre de una nueva interpretación del justicialismo forma parte de un engaño colosal.

Perón era un hombre de la modernidad. Su idea de Comunidad Organizada es la actualización de una idea originada en el idealismo hegeliano. Para este filósofo, el Estado es la realidad política por excelencia. El ciudadano llega a ser tal cuando se halla consustanciado con el mundo social y político en que vive. La verdadera revolución burguesa, dentro de esta corriente, contempla a un hombre que, más allá de la individualidad, participa del Todo Comunitario. La conciencia del individuo no queda prisionera en los límites del egoísmo natural, sino que se lanza a un proyecto totalizador que lo une al cuerpo superior del Estado.

 

En tal sentido, Napoleón es la encarnación del burgués que construye un mundo que supera al liberalismo pragmático de Inglaterra. Bonaparte es hegelianismo hecho soldado. Cada vez que el Perón cita al general francés confirma la idea de un Estado que genera al ciudadano y de un ciudadano cuya verdadera paideia es el aprendizaje de los problemas de la Nación en busca de soluciones concretas.

A este hegelianismo de base se suma la idea de la renovación cristiana planteada por Jacques Maritain. El filósofo francés veía en el consumismo capitalista y en el colectivismo estalinista formas que llevan a la destrucción del ser humano. Como bien señaló don Fermín Chávez, la idea de la tercera posición forjada por el líder es una traducción política del cristianismo de Maritain.

Pero además, a diferencia de lo que plantea la historiografía tradicional, Perón admiraba ciertos elementos liberales de la Generación del Ochenta. La idea de ir gestando una educación que sirviera a los intereses de la formación del país forma parte no sólo del espíritu de la Ley 1420, sino de la brillante reformulación hecha por el senador Láinez en 1905 (Ley 4874).

Si bien el peronismo nace con una ideología cercana al conservadurismo eclesial, se desplaza a los elementos más progresistas y laicos del espíritu ochentista a medida que va gestionando su acción de gobierno. Pero el pasaje de este conservadurismo católico de los inicios a un espíritu laico-estatista no se hizo sin tensiones y virulencias, puesto que el pensamiento conservador, aliado al estamento eclesiástico, percibió en esta transformación la posibilidad de que se rompiera el orden forjado a lo largo de décadas del cual era beneficiario directo.

A medida que gobierna, el peronismo cambia sus aliados de origen. El motivo es claro: está forjando una nueva alianza policlasista que sustituye al viejo sistema. Se buscan nuevas alianzas, se generan fracturas; la historia pasa a leerse de otro modo. El justicialismo subvierte el orden del coloniaje sin llegar a derribarlo.

Conducción Política es un libro escrito en un momento en que el gobierno justicialista está en su mejor momento. El futuro parece promisorio, por lo que el presidente se lanza a dar una serie de conferencias didácticas con la que intenta asegurar lo que él entiende como la gran revolución generada en la Argentina. Hay un tono autocomplaciente en el texto que a la luz de la historia es un error. Pero también es cierto que esta obra, pensada para un mundo feliz y durable, tuvo su verdadera prueba en el período que va desde 1955 hasta 1973. Muchos de sus lectores ejercitaron la resistencia a la luz de estos consejos que originariamente no vislumbraban una realidad política tan adversa.

Los jóvenes de su tiempo hicieron de estas conferencias algo distinto de su destino de origen. Los que hoy se asomen a este libro deberán cruzarlo con otras lecturas y entenderlo dentro de un mundo posmoderno que Juan Domingo Perón no llegó a conocer. Adaptar el libro. Vale. Pero no olvidarse de su esencia. Habrá que buscar nuevo aliados que comulguen en la idea de una patria que todavía no está liberada; los jóvenes deberán ponerse a trabajar para que cada argentino acceda al trabajo digno, a la salud garantizada, a la buena educación y a una jubilación que muestre al Estado como el agente ético de la regulación social. Leer este libro sin estos objetivos primordiales es una pérdida de tiempo o la preparación de una nueva mentira neoliberal.

Es la próxima generación la que deberá elegir qué hacer con estas páginas.

  1. Figura retórica en la que el adjetivo niega las propiedades esenciales del sustantivo: oscura luz; triste alegría. Y, en este caso, antidemocrático respeto a la democracia.

  2. Uso la expresión ¨desenrollar la lectura¨ en el sentido más etimológico posible. La palabra ¨texto¨ viene del latín ¨textum¨, cuyo significado es ¨tejido¨. Leer consiste en enhebrar los hilos del sentido.

  3. Lamentablemente, la palabra es textual. Entonces, ¿qué deberíamos decir nosotros, por ejemplo, de Henry Kissinger, que exhortó a los militares del último golpe a realizar rápidamente la masacre para sacarse rápidamente el problema de encima? Parece que no debemos alegar demasiado: el hombre ganó el Premio Nóbel de la Paz. Náuseas de la historia…

  4. Cobière, Emilio: ¨Perón y los judíos¨. Artículo incluido en Todo es Historia, Número 252, Junio de 1988.

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