La falsa medida del hombre en la Argentina contemporánea:  (brevario 2)

La falsa medida del hombre en la Argentina contemporánea: (brevario 2)

Pseudociencia, crueldad administrativa y economía afectiva del sacrificio
Por Ariel Acosta

La Argentina atraviesa hoy un escenario político marcado por la desregulación acelerada, la confianza casi absoluta en la tecnocracia y una desigualdad que no deja de crecer. En este contexto, resulta imprescindible revisar los marcos discursivos que convierten el sufrimiento social en un peaje inevitable del progreso. La reaparición de expresiones como “leyes económicas naturales”, “sacrificios necesarios” o “recetas infalibles” no surge de la nada: forma parte de una larga tradición que presenta el daño como destino.

Este ensayo propone una lectura crítica del presente argentino a partir de una constelación teórica que reúne a Stephen Jay Gould, Léon Poliakov, Michel Foucault, Zygmunt Bauman, Achille Mbembe, Richard Lewontin, Peter Sloterdijk y, como veremos, también a Hannah Arendt. La intención es mostrar que ciertos discursos económicos y políticos no solo distribuyen recursos, sino también expectativas, culpas y emociones colectivas. En ese proceso configuran formas de crueldad administrativa, persecuciones simbólicas y economías afectivas del sacrificio.

La persistencia del determinismo disfrazado de ciencia

En La falsa medida del hombre, Gould demostró que buena parte de las ciencias humanas del siglo XIX construyó desigualdades bajo la apariencia de medición objetiva. Aunque ya no se midan cráneos ni se clasifique la moralidad en índices biológicos, persisten formas de determinismo económico que juegan el mismo papel: naturalizar la exclusión.

Cuando el ajuste fiscal se presenta como una “ley universal”, se repite el mecanismo que Gould denunció. La desigualdad queda convertida en un dato natural. Lewontin lo anticipó con claridad: cuando un problema político se reviste de tecnicismo, termina exhibiéndose como efecto inevitable de una naturaleza económica supuestamente inmodificable.

La causalidad diabólica: la fabricación del culpable absoluto

Poliakov aporta una clave central. En La causalidad diabólica explicó cómo distintas sociedades resuelven sus crisis identificando un enemigo que encarna todo el mal. En el discurso público argentino actual, ese mecanismo aparece cuando “el déficit”, “los errores del pasado” o “el populismo” se vuelven causas totales que explican cada catástrofe.

Esa simplificación permite justificar medidas extremas: si existe un culpable absoluto, eliminarlo se vuelve requisito para recomponer el orden. En este contexto, el sacrificio no responde a la necesidad, sino a la persecución simbólica hacia una figura que concentra todos los males.

Biopolítica y necropolítica: administrar la vida, tolerar la muerte

Foucault mostró que la modernidad gobierna administrando la vida y la muerte social. Mbembe empujó esta idea más allá con su noción de necropolítica, donde ciertos grupos quedan expuestos al abandono sin que ese abandono se perciba como violencia.

En la Argentina de hoy, la reducción sistemática del gasto público y la automatización de los recortes funcionan como formas de crueldad administrativa. El daño aparece como un subproducto permitido por la racionalidad técnica, no como decisión política. La regla es simple: si los ingresos caen, se recorta; si los parámetros no se cumplen, se castiga. La vida cotidiana queda subordinada a algoritmos normativos insensibles al impacto humano.

Violencia burocrática, racionalidad fría y la banalidad del mal

Bauman definió la modernidad como un régimen donde la violencia puede ejecutarse sin odio y sin proximidad. El funcionario queda separado de los efectos humanos de sus acciones. Esta perspectiva permite comprender cómo un discurso que se presenta como puramente técnico puede causar daños profundos.

Aquí es donde la lectura de Hannah Arendt resulta especialmente iluminadora. Su tesis sobre la banalidad del mal muestra que el daño extremo no siempre surge del fanatismo o la crueldad explícita, sino de la obediencia ciega, la rutina administrativa y la incapacidad de pensar críticamente las consecuencias de lo que uno ejecuta. En este sentido, la maquinaria burocrática que aplica “reglas automáticas” comparte con la figura arendtiana del burócrata funcional una misma lógica: la neutralización del juicio moral.

Cuando se afirma que “no hay alternativa”, que el equilibrio fiscal es “innegociable” o que “hay que cumplir las reglas”, se configura un régimen en el que la crueldad no tiene rostro. El daño se vuelve burocrático, casi impersonal, y por eso mismo más difícil de cuestionar.

Sloterdijk y la economía afectiva del sacrificio

Para entender por qué estas formas de crueldad pueden ser toleradas —o incluso celebradas— por parte de la sociedad, es fundamental considerar lo que Sloterdijk plantea en Ira y tiempo. Los proyectos políticos gestionan la ira colectiva: distribuyen frustraciones, desvían resentimientos y alimentan esperanzas diferidas.

El sacrificio actual se hace soportable cuando se promete un “futuro redentor”. El Estado se transforma en un banco afectivo donde los ciudadanos depositan su dolor esperando una ganancia emocional. Frases como “lo peor ya pasó”, “aguanten un poco más” o “este esfuerzo valdrá la pena” sostienen ese dispositivo. La recompensa se aplaza, la culpa se desplaza y el sacrificio se convierte en virtud.

Sloterdijk completa así el cuadro trazado por Bauman, Foucault, Mbembe y, Arendt; si el daño se ejecuta con frialdad técnica, se legitima con reglas automáticas y se justifica con promesas de futuro, entonces es posible mantener un proyecto que genera heridas inmediatas sin perder apoyo.

Convergencias: cómo se legitima el daño hoy

La articulación de estos autores permite entender que la naturalización del sufrimiento social no es un accidente. Surge de la convergencia de varios dispositivos:

  1. Naturalización técnica (Gould, Lewontin)
  2. Culpabilización absoluta de un enemigo simbólico (Poliakov)
  3. Administración diferencial de la vida (Foucault, Mbembe)
  4. Violencia burocrática sin intención (Bauman)
  5. Banalidad del mal como obediencia acrítica (Arendt)
  6. Gestión emocional del sacrificio y de la ira (Sloterdijk)

En este entramado, el daño se presenta como destino lógico. El ajuste adquiere un tono de purificación moral; el sufrimiento se interpreta como aprendizaje cívico; la obediencia aparece revestida de heroísmo. La lectura del presente argentino a la luz de esta constelación teórica muestra que la crueldad contemporánea opera de manera más sutil que en épocas anteriores. Ya no depende solo de actos directos de violencia, sino de reglas automáticas, argumentos técnicos, relatos redentores y dispositivos afectivos que justifican el sacrificio.

La tarea crítica consiste en desmontar estas capas y devolverle al sufrimiento social su significado político. No para negar la complejidad económica, sino para recuperar la responsabilidad; que ningún sacrificio se naturalice, ninguna vida quede descartada y ninguna forma de crueldad se oculte bajo el nombre de ley, técnica o destino.
Es tiempo de comenzar a pensar seriamente las alternativas que se deben construir, superando largamente el espíritu internista que rige en la perspectiva partidaria vernácula, será que no se puede divisar realmente el drama que la sociedad va experimentando lentamente.

3 comentarios

  1. Ricardo La Valle

    Excelentes artículos, claros y contundentes. Buenísima la idea de recuperar a Gould, excelente pensador de la ciencia y una pluma exquisita. Gracias

    • Gracias Ricardo, lo de Gould o Jared Diamond, es una cita inevitable, del mismo modo con Ilya Prigogine, Sloterdijk y otros, que iluminan con claridad aquello que generalmente se encuentra oculto.
      Esperamos poder seguir animando las lecturas y conversaciones.
      Abrazo grande

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