24M · 50 años | Liceos militares: La construcción del «macho» en la formación castrense

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Continuidades desde la Dictadura hasta Milei

Pedagogía castrense, parte 4.-

El presente artículo propone un abordaje crítico de la formación de la masculinidad en las instituciones militares, con especial foco en el modelo del liceo militar. A partir de una perspectiva que cruza el psicoanálisis lacaniano, la ética de la alteridad y los estudios de género, se analiza la construcción de un «ego-cazador» frente a la negación de la división subjetiva. Se examinan los mandatos de homofobia, la caballerosidad impostada como forma de misoginia y la persistencia de esta matriz en la discursividad de la ultraderecha contemporánea. Finalmente, se reivindican figuras históricas que, desde la disidencia, fracturan la hegemonía del «macho» castrense.

Introducción

La formación en un liceo militar no es simplemente un trayecto académico con uniforme; es, fundamentalmente, una manufactura de la subjetividad. En las instituciones educativas que conservan relictos de las “instituciones totales” (Goffman), las niñas, niños y adolescentes son sometidos a un proceso de “vaciado” de sus identificaciones previas para ser investidos por una armadura de virilidad que se pretende monolítica. Esta armadura no solo protege al sujeto del exterior, sino que, primordialmente, intenta suturar su propia división interna.

En este artículo, nos proponemos desarmar los mecanismos de esta construcción, analizando cómo el aguerrido “macho” militar se erige sobre la negación del otro y la sacralización de una identidad idealizada y sin fisuras. A su vez, señalamos que ese modelo también alcanza a las mujeres liceístas y resuena hoy en el discurso político del «mileitarismo» vernáculo y las nuevas derechas globales.

1.- El montaje del «ego-cazador» vs. la asunción de la división subjetiva

Para el psicoanálisis de orientación lacaniana, la experiencia vital del sujeto humano está esencialmente dividida entre el cuerpo real y el lenguaje; en concreto, el de la sociedad donde se vive. O sea que no hay una identidad plena, porque el lenguaje nunca logra nombrar completamente la experiencia del cuerpo. Siempre hay un resto que se escapa, generando un vacío que motoriza al deseo. Constitutivamente, entonces, somos una falta-en-ser que se articula en el lenguaje. Sin embargo, la pedagogía liceísta opera en sentido contrario: busca suturar esa división mediante la identificación imaginaria con un encumbrado yo ideal, disciplinado y uniforme, al que se le supone completo y omnipotente.

A este ideal totalizante, que borra cualquier rastro de singularidad, lo denominaremos el «ego-cazador». Es una configuración del yo que se posiciona siempre en una lógica de dominio, de depredación y de certeza. El «macho» castrense no duda; si duda, es «afeminado» o «cobarde». Aquí es donde los matemas de la sexuación formulados por Jacques Lacan cobran relevancia: mientras que la posición «femenina» permite habitar el No-todo y la apertura a la alteridad, la posición «masculina» se pretende Total, cerrada sobre sí misma bajo la égida de una función fálica que solo reconoce la fuerza.

El «ego-cazador» necesita un objeto de presa para reafirmarse. Por ello, la estructura liceísta fomenta el menosprecio hacia todo aquello que escapa a su control. La «división subjetiva» —esa capacidad de interrogarse, de sentir angustia ante el deseo del Otro, de reconocer la propia fragilidad— es vista como una falla técnica que el adiestramiento debe corregir mediante el castigo y la humillación.

2.- Exaltación de la virilidad y economía machista

El psicoanalista Christophe Dejours señala que la “virilidad” no es un atributo biológico ni una cualidad natural del varón, sino una construcción social y defensiva estrechamente ligada al mundo del trabajo y a la gestión del miedo. Una cualidad basada en demostrar que se es fuerte, resistente y que nada le inmuta. Ser viril es, en este sentido, una forma de negación del sufrimiento.

No se nace viril, sino que se hace. Pero entonces, ¿cómo? Pues bien, la virilidad se forja aprendiendo a resistir el sufrimiento físico y mental, a menudo mediante la sumisión a figuras que infligen violencia (como en la educación espartana o militar). Sin embargo, no se trata tan solo de resistirlo, sino de desarrollar en uno mismo la capacidad infligirlo. De ahí que el “coraje” en clave viril no solo implica vencer el miedo propio, sino también volverse insensible ante el miedo y el dolor del otro.

En consecuencia, es valiente, bajo esta lógica, quien puede actuar como un verdugo sin vacilaciones emocionales (piedad, asco o compasión). A quien no logra neutralizar su miedo o su compasión se lo desplaza simbólicamente al lado de las mujeres, lo cual funciona como una marca infamante para su identidad.

En pocas palabras, se considera viril a quien soporta, provoca y presencia con indiferencia el sufrimiento, propio y ajeno.

Para Dejours, la exaltación de la virilidad es funcional al sistema económico y productivo, especialmente en contextos neoliberales. Porque equivale a la capacidad de cometer actos injustos o crueles en nombre de la “productividad”, sin que la conciencia moral se active. De ese modo se terminan justificando los medios por los fines, puesto que la virilidad permite transformar en “valor” o “necesidad técnica” la penuria a la que se condena al prójimo. Y así se legitima la crueldad, la indiferencia e incluso la violencia bajo el pretexto de la “guerra económica”, la “competencia” o la “estabilización” de abstracciones “macro”.

Así entendida, la virilidad es una mentira. Es un dispositivo de «distorsión comunicativa» que permite hacer pasar el mal por bien. Lo que sucede es que, sin esa virilidad deshumanizada, el sistema no podría banalizar la injusticia social, ya que los sujetos no podrían soportar la carga ética de sus actos.

Por otra parte, Dejours advierte una tendencia del sistema a la virilización de las mujeres, que no debe entenderse como una simple adopción de modales rústicos, sino como una captura de la subjetividad femenina en la lógica patriarcal. En efecto, hay mujeres machistas.

En el ecosistema de las instituciones totales —y por extensión, en las organizaciones regidas por la lógica del «macho» castrense—, la mujer se ve compelida a extirpar de sí la compasión y el miedo. Este sacrificio no es voluntario, sino una exigencia de supervivencia para evitar ser arrojada al lugar «infamante» de la inferioridad. El lugar donde el discurso dominante etiqueta “lo femenino” como “debilidad” por su supuesta incapacidad estructural para ejercer la violencia.

Al adoptar la armadura del comportamiento varonil, la mujer niña, adolescente o adulta ingresa en una dramaturgia de la dominación. Se transmuta en un “ser-viril”, en una guerrera capaz de silenciar su propia conciencia moral para no ser excluida de la “comunidad de los fuertes”. Sin embargo, esta metamorfosis para “pertenecer a lo que se supone que hay que pertenecer” para poder “calzar” en ciertas estructuras de poder, tiene un costo ontológico devastador: la pérdida de su “humanidad”. Al asimilar el cinismo viril, el sujeto aliena su capacidad de reconocer al semejante, transformando el sufrimiento —tanto el propio como el infligido a otros— en un frío valor de mercado o en una moneda de cambio para el ascenso profesional.

Esta captura técnica produce lo que la psicodinámica define como una defensa por “clivaje del yo”. La mujer se desdobla: en un sector de su psiquismo puede conservar la ética de la ternura para sus vínculos privados, pero en el otro, el sector “virilizado”, funciona como un engranaje más de la maquinaria depredadora. Se convierte, entonces, en alguien capaz de actuar como verdugo —ya sea en un campo de entrenamiento o en una oficina de recursos humanos— bajo la premisa de que el coraje consiste en la insensibilidad. Así, la virilización termina siendo la forma banalizada de justificar la capacidad de herir al prójimo como virtud necesaria para habitar un mundo que, desde los liceos hasta la política actual y los negocios, confunde el poder con la crueldad.

Es también la tesis del psicólogo británico Kevin Dutton, al afirmar que la sociedad capitalista, mediante las estructuras jerárquicas actuales, premia a “psicópatas funcionales” o de éxito asignándoles cargos de liderazgo en instituciones y empresas. Por su falta de miedo y desconexión emocional, configuran un individuo excepcionalmente eficaz en entornos de alta presión, especialmente por su sangre fría y enfoque implacable. Pero ¿se puede exaltar la “insensibilidad funcional” sin afectar la ética del sujeto?

¿Y si diéramos vuelta la ecuación? Podríamos pensar un “giro” que subvirtiera radicalmente los tan “viriles” valores tradicionales del “macho” y, muy especialmente, en la formación castrense y empresarial. Un giro canalizado hacia la protección real. Si bien se comprende que, en contextos de formación para asumir roles de alto riesgo, la capacidad de actuar bajo presión, tolerar el miedo y tomar decisiones duras sin paralizarse por la compasión excesiva tiene valor “funcional”, eso no implica que se desconozca que el temor a padecer o causar dolor no es cobardía, sino una señal ética referida a la mutua preservación de una existencia humana digna. En tal sentido, no es “valiente” el que obedece y “se la banca”; eso es indigno. ¿Y si el verdadero coraje pasa por desobedecer el supuestamente “sensato” mandato de virilidad? ¿Cuál es el problema en reconocer la vulnerabilidad, propia y ajena? ¿No sería esa una forma de «des-banalizar» el mal mediante el regreso al sentir? Dejarse interpelar por el sufrimiento ajeno, ¿no debería ser el camino más humanizante y, por ello, recomendable para la educación de niñas, niños y adolescentes? No se debe poner el carro delante de los caballos.

3.- Homofobia y antifeminismo: Los pilares de la identidad por exclusión

En el liceo militar, la masculinidad no se define por lo que “se es”, sino por lo que “no se es” (cfr. Altisen, 2026). Se es hombre porque no se es marica. La homofobia no es un rasgo accidental, sino el pegamento que sostiene la camaradería de los machos.

Los chistes machistas y el lenguaje soez funcionan como un sistema de vigilancia mutua en la manada, a la vez que tranquilizan en tanto que alejan el miedo de “no ser” viril. Cualquier gesto de sensibilidad o de afecto no mediado por la tosquedad es inmediatamente sancionado, y en ocasiones con brutal repulsión.

Esta homofobia estructural oculta, paradójicamente, un reprimido erotismo entre pares que solo puede emerger bajo diversas formas de la violencia. En el liceo militar suele consistir en “tomar de punto” al sindicado como “débil” (ya sea por sus maneras o por alguna cualidad física); es decir, hacerle bullying. También en los desafíos a pelear con golpes de puño conocidos como “pedir guantes”: si se acepta el desafío, los contendientes se dan cita en un pelotón, donde un grupo de cadetes se reúne para formar un ring corriendo las camas en las cuales se ubican como en platea a verlos pelear. Siguiendo a Rita Segato en sus argumentaciones al respecto, podemos decir que el agresor extrae del agredido un “tributo” que fluye hacia él para construir y reafirmar su potencia masculina ante la fratria o manada espectadora. Así, territorializando su control sobre el cuerpo del sometido, lo que obtiene es la exhibición de su superioridad. Bajo esta lógica, el abusador es, paradójicamente, un moralizador.

Paralelamente, el antifeminismo se manifiesta como una reacción ante la pérdida de privilegios del Amo. La mujer es vista bajo una doble moral: por un lado, la “caballerosidad impostada” (el mero trato formal, en vez del límite ético interno); por otro, el desprecio profundo hacia sus capacidades y su autonomía. Esta caballerosidad no es respeto, sino una forma de condescendencia que ubica a la mujer como un ser inferior que requiere protección porque carece de “fuerza”. Es la mujer como objeto decorativo del guerrero, nunca como un par.

4.- Ética y alteridad

Frente a los discursos que articulan la lógica del dominio, debemos recuperar la iniciativa política y el empeño militante en orden a la construcción del sujeto ético. Como señala Silvia Bleichmar, la educación no debe constreñirse en «poner límites» (lo cual es una forma de adiestramiento), sino ampliarse en la construcción de legalidad. La legalidad es la inscripción de la función del otro en uno mismo. El sujeto ético es aquel que puede reconocer al semejante no como una presa, sino como un límite a su propio narcisismo. Ese es el “límite” que en todo caso importa de verdad.

En el liceo, el otro distinto de uno es un “enemigo” o un “subordinado”. De ese modo, aun cuando a lo sumo se guarden las debidas formas preestablecidas para el trato, se destruye la genuina noción de respeto. Se pierde de vista que el respeto pasa por el reconocimiento de la dignidad del otro, incluso cuando no lo comprendemos o no nos es útil. Respetar es poder recibir lo que del otro no nos cabe.

Por el contrario, la pedagogía del «macho» sustituye el respeto por el temor o la obediencia jerárquica. Entonces, cuando el respeto desaparece, solo queda la lógica de la crueldad (sin miramientos ni empatía), donde el sufrimiento del otro es como el combustible de la propia afirmación unilateral. De ahí que al macho le va bien el individualismo, incluso al punto de considerar despreciable el que uno dependa de la ayuda de otro. Y con esos aires de autosuficiencia justifica su indiferencia para con los necesitados.

5.- La valentía de los géneros disidentes

El acento en la exaltación de la “virilidad” hizo que la historia oficial castrense por momentos ocultara que la valentía no es propiedad ni mucho menos que exclusiva de la normatividad del «macho» heterosexual cisgénero.

La figura de los míticos Mirmidones —liderados por Aquiles, amante de Patroclo— o la letal fuerza de élite del Batallón Sagrado de Tebas —soldados que peleaban en parejas de amantes por la convicción de que nadie pelea mejor que quien defiende a su amado— rompe el mito de que la homosexualidad debilita al guerrero. Su testimonio manifiesta que el lazo amoroso no solo no “debilitaba” al guerrero, sino que lo dotaba de una ferocidad que el simple cumplimiento del deber militar no podía alcanzar.

Por otra parte, según el parecer de algunos historiadores, personajes de la talla de Alejandro Magno o Julio César habitaron una “sexualidad fluida” —practicada incluso con los propios soldados a sus órdenes— que hoy escandalizaría a los machotes instructores militares.

Es más, en nuestra propia historia nacional, la figura de Manuel Belgrano a menudo fue ridiculizada por sus contemporáneos con motes que aludían a su supuesta falta de virilidad (por su voz o sus maneras refinadas), lo cual demuestra que el verdadero compromiso patriota y el desempeño en el campo de batalla no requiere de la brutalidad del macho.

Mención aparte merece Alan Turing. El matemático británico que descifró el código Enigma y salvó millones de vidas en la Segunda Guerra Mundial. Fue un civil y un hombre gay. Su mente fue el arma más poderosa contra el nazismo, pero la estructura patriarcal le pagó con la persecución, el enjuiciamiento por “indecencia grave”, el despido del trabajo y la castración química. Es que Turing representa todo lo que el «ego-cazador» teme: la inteligencia superior, la sensibilidad y la diferencia que no se doblega a la homogeneidad de la manada machirula. ¡Lo teme! Porque el machismo en definitiva es eso: un miedo. Una forma débil de la masculinidad.

6.- La discursividad actual del «mileitarismo»

El modelo supremacista y heteronormativo de masculinidad castrense ha encontrado un nuevo megáfono en la ultraderecha contemporánea y su despliegue en redes sociales. El discurso de Javier Milei en Argentina es un ejemplo paradigmático de la transmutación del “macho” liceísta en “macho” libertario (cfr. Altisen, 2026). El discurso gubernamental actual —aunque con orígenes y estilos distintos— reproduce matrices simbólicas que resuenan con elementos de una formación castrense tradicional que ha causado mucho daño en el pasado.

Conspicuos representantes del núcleo duro de los militantes libertarios se comportan públicamente como incels y gustan de hacerse llamar “guardia pretoriana”… ¿Acaso saldrán del closet para emular a los legionarios romanos, al ejército macedonio o a los tebanos?

A menudo los vemos hacer un uso ampuloso de metáforas bélicas y depredadoras (“el león”, “dar batalla”, “destruir al enemigo”, “poner a los otros a correr”). Constantemente menosprecian lo femenino y no pierden ocasión para abominar del feminismo. A las políticas de género las (des)-califican como “marxismo cultural”. A las teorías y perspectivas de género les bajan el precio tildándolas de “ideología”. En todo caso valdría preguntarles: ¿y a sus marginales ideas libertarias no les cabe el mismo sayo?  Para colmo, despliegan una indolente agresividad dialéctica que busca la aniquilación del otro antes que el debate respetuoso. Milei encarna ese «ego-cazador» enloquecido que no reconoce la división subjetiva: se presenta como un poseedor de la verdad absoluta, sin fisuras, cuya virilidad se pone en juego en la humillación del adversario. Incluso se ufana en público, sin ningún pudor (mejor dicho, sin miedo al ridículo), de “domar” a sus opositores políticos. Pero en realidad no tiene brida de domador, sino tan solo una vanilocuente retahíla de insultos inconexos. Bueno, no sorprende ya que esa es la actitud típica del machirulo (y del “tapado”): exorcizar su miedo celebrándose a sí mismo y denigrando a los demás.

Tal vez por eso el núcleo duro de los libertarios no funciona como mirmidones, sino que se parece a la parábola de los erizos de Schopenhauer: condenados a juntarse, pero incapaces de hacerlo sin herirse. Lo que confirma, una vez más, la intuición de Lacan: “el capitalismo no sabe nada de las cosas del amor”, y por eso mismo produce sujetos incapaces de sostener el lazo sin degradarlo en competencia o dominio.

En estos tiempos de digitalización de la vida social, bajo el ordenamiento algorítmico de las interacciones, podemos observar en las redes digitales una muy odiosa radicalización discursiva. El resurgimiento de una virulenta retórica del macho fuertemente homofóbica y misógina por omisión o por ataque directo. La cual bien puede ser leída como una reacción defensiva —quizás estertórica— ante un mundo que empezó a reconocer que la masculinidad puede ser otra cosa. En efecto, la heterosexualidad cisgénero se puede habitar amablemente, sin necesidad de excluir a los que no la reflejan. Pero la persistencia de mentalidades supremacistas nos advierte que los enclaves formativos elitistas como los liceos militares no son tan solo escuelas, sino dispositivos donde campean discursos orientados a la configuración de subjetividades despóticas.

Y si algo hemos de aprender de nuestra propia historia, es que ya padecimos en la última dictadura las funestas consecuencias de esa mentalidad para con los géneros diferentes de la heteronormatividad. El colectivo LGBTIQ+ sufrió un verdadero calvario de persecución. Incluso hoy: ¿podrían estudiar en un liceo militar, gays, lesbianas y trans? ¿O se reeditaría el escándalo de los cadetes que en 1942 recayó sobre Jorge Horacio Ballvé Piñero? ¿Qué sucede realmente con las experiencias disonantes dentro de los espacios castrenses? Valgan estas preguntas, dado que, si bien desde 2009 la orientación sexual no es un impedimento legal para ser militar en Argentina, el gobierno de Milei ha eliminado las políticas institucionales de promoción de la diversidad dentro de las fuerzas armadas. De hecho, a pesar de la protección legal, existen reportes y denuncias que señalan la persistencia de casos de intolerancia y violencia institucional, agravados recientemente por los cambios en las políticas públicas.

7.- Hacia otra pedagogía

Abordar conceptualmente la productividad de la pedagogía castrense en lo referido a la formación liceísta, nos obliga a proponer una contra-pedagogía. Frente al moldeado del «ego-cazador», se ha de educar en el respeto al semejante y para la caída de los ídolos de la virilidad violenta.

La verdadera valentía no reside en el cumplimiento del mandato de masculinidad, sino en la capacidad de sostener la propia diferencia en un mundo que empuja a la uniformización. Por eso, recuperar la memoria de quienes fueron despreciados por el «machismo» castrense es un acto de justicia histórica y una herramienta política para desarmar, de una vez por todas, la hipócrita armadura de apariencias que hoy amenaza nuestra convivencia democrática.

Referencia bibliográfica:

Altisen, C. (2026) Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos. Prohistoria ediciones.

Disponible en: https://prohistoria.com.ar/#!/producto/3086/

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