REPENSAR EL MÉTODO
¿Hablaremos de Historia? ¿De Política? ¿O acaso de Economía? ¿Abordaremos la Lingüística? Tal vez sea el momento en que las Ciencias Sociales (y la Economía lo es, a pesar de su necesidad específica de un aparato conceptual matemático) acepten que no se trata de ser difuso, sino de encarar los distintos fenómenos a partir de la conjunción de los más diversos campos. Aceptamos que un método basado en la heterogeneidad de procedimientos puede prestarse a la anarquía del método. Es uno de los riesgos que debemos correr. Para evitar futuras impugnaciones, proponemos algunas mínimas cuestiones metodológicas:
- Todo ensayo que apele a varias ciencias sociales debe clarificar para qué las necesita.
- Toda ciencia social debe ser utilizada en su exacta complejidad. No pueden tomarse los términos de un modo difuso.
- Cuando las distintas ciencias sociales (e incluso cuestiones artísticas) aparezcan en un proceso interpretativo, el autor deberá delimitar con exactitud cada campo y el modo en que pretende en que dos o más campos de estudio se entrelacen.
- Cuando el autor utilice más de un campo de estudio, deberá aclarar sobre cuál de ellos recae el énfasis de su mirada, con el objetivo de aportar una contribución a ese campo de estudio. Si el artículo genera una contribución efectiva en una rama específica de las Ciencias Sociales, diremos que posee un “sendero primario”.
- Aunque la contribución sea para un campo de estudio, conviene aclarar también en qué otras ramas el texto puede abrir una vía de análisis a la que podemos calificar de “sendero secundario”.
- Conviene definir claramente el dispositivo teórico con el que se busca trabajar para que los expertos en tal o cual Ciencia Social hagan las posteriores revisiones del caso y mejoren la exactitud de los términos.
- El método de la interacción de las Ciencias Sociales es perfectible y se construye en comunidad. Debemos recuperar la dimensión social y dialéctica del conocimiento.
- El método de la interacción en las Ciencias Sociales tiene como finalidad la comprensión de la sociedad para su transformación política dentro de las ideologías sociales del Bien Común. Este aspecto debe ser enfatizado para separarlo de los usos que la derecha ha hecho de ideas filosóficas liberadoras para convertirlas en parte de su sistema de opresión, tal como los usos del “rizoma” deleuzeano, convertido en una plataforma para insuflar, a partir de las redes y de los usos de la IA, una deriva de significados que convergen en la falsa idea de que la libertad es una cuestión de mercado. Incluso términos como “dispositivo”, extraído de la filosofía de Foucault, se transformaron, gracias a una operativa de desideologización del término, en facetas del pensamiento opresivo del sector financiero. Utilizaremos un caso bien concreto que funciona como ejemplo: la llamada “desmanicomialización” que propuso la ultraderecha que gobierna la Ciudad Autónoma es una lectura pervertida del dispositivo tratado por Foucault, pero con un sentido inverso. A la persona en situación de vulnerabilidad psíquica se la deja ambular por la ciudad sin cuidados y remedios bajo la idea de que se está “desmanicomializando” al paciente en aras de su progresiva libertad. Nada más lejano. Todo forma parte de un proceso de desinversión en salud cuyo propósito es que el enfermo o bien sea cuidado por su familia o bien deambule sin sentido hasta la muerte. La ideología de mercado es hábil en el desplazamiento semántico de los términos para encubrir sus cadenas de exterminios silenciosos.
- El método es ideológico y denuncia los usos supuestamente no ideológicos o aquellos destinados a favorecer a los intereses de las oligarquías financieras, tecnológicas, militares, empresariales, políticas y raciales.
LA RETÓRICA COMO DISCURSIVIDAD ECONÓMICA
Las palabras del actual Presidente en Cadena Nacional, más allá de su carga de cinismo y distorsión, no dejan de plantear las relaciones entre las ciencias y el lenguaje. La Retórica es una de las artes de la Antigüedad que ha subsistido con vigor. Esto se debe a que la incorporación de otras ramas de la lingüística, tales como la Semántica, la Pragmática y la Semiología, le permitieron al viejo arsenal retórico formar parte de la vida cotidiana de los discursos sociales. La Publicidad es Retórica pensada para la venta de bienes y servicios: la Propaganda es Retórica destinada a influir en la ideología de los distintos sectores sociales. Una Metáfora, una Metonimia, un Oxímoron han dejado de pertenecer a los dominios de la lengua artística. Por el contrario, se diría que la Artes modernas sienten una especie de aversión al uso excesivamente retórico de las tensiones del sentido, en tanto que la construcción política se ha lanzado a un uso desbocado de las viejas imágenes y recursos que aprendimos en los manuales secundarios y terciarios. El habla presidencial y su imagen (recordemos que para Barthes en toda imagen subyace un discurso) advienen como una suma de metáforas más o menos desagradables: al pelo sucio se lo conecta con la melena de un hipotético león; al Estado se lo relaciona con un pedófilo; a un resultado electoral se lo lleva al nivel de una conflagración apocalíptica entre fuerzas divinas y demoníacas.
La única diferencia esencial entre la excrecencia discursiva del macrismo respecto del mileísmo estriba en los usos distintos del lenguaje. El macrismo intentó ser la versión republicana de un discurso empresarial más bien neutro (lo cual no siempre logró). El mileísmo, con su jerga bíblico-cabalística, es la continuación del eje neoliberal que viene entregando al país desde hace sesenta años, aunque con un tono de primitivo sermón lanzado a los exaltados.
Más allá de que ambas estructuras de lenguaje sean diferentes, hay en ellas un sustrato común que las amalgama con el cursillismo moralizante del onganiato y con la locuacidad supuestamente estoica de la Primera Junta Militar. Trabajar el eje discursivo Onganía-Videla- Menem- Macri- Milei puede ser un buen ejercicio para la próxima generación de semiólogos argentinos, en caso de que el país y sus instituciones académicas sigan existiendo.
EL DEMONIO DE LA EMISIÓN: UNA FORMA DE LA SINÉCDOQUE
En el proceso de simplificación que propone el actual mandatario, todo proceso inflacionario se genera simplemente por la emisión monetaria. Esto nos conduce a una reflexión cuyo centro conecta con el arsenal retórico que hemos heredado de griegos y latinos. La sinécdoque es aquella imagen que hace de la parte una forma de expresar el todo. Cuando se halaba de las velas aqueas, la palabra “vela” connotaba a las embarcaciones griegas que se acercaban a las orillas troyanas. “Vela” (una parte del aparejo naval) significa la totalidad de una “nave”.
En el caso que estamos tratando, “emisión” es “inflación”. Por supuesto que la emisión puede ser inflacionaria y debe ser tratada con cuidado por las autoridades monetarias. Pero creer (o hacer creer) que la emisión es el mal que conlleva al alza de precio es una pequeña parte de la verdad que oculta la complejidad del fenómeno inflacionario argentino. Más de ochenta años de inflación en nuestro país dan la pauta de que hay un problema estructural mucho más grave. La Argentina es un país inflacionario por el particular tipo de dependencia que tiene respecto de los centros de poder industrial, tecnológico y financiero. Quemar el Banco Central o prohibir la emisión son formas absurdas que buscan confundir a la sociedad con discursos tranquilizadores en tanto y en cuanto simplifican procesos sociales e históricos que, más allá de su complejidad, pueden y deben ser abordados por una ciudadanía crítica. Si el freno de la emisión monetaria fuera el fin del problema, Alfonsín habría resuelto el problema en 1988. Pero ese parate de la emisión y la brutalidad del proceso de estabilización del Plan Primavera sentaron las bases de la hiperinflación que se desató un año después. Si esterilizar la plaza financiera de Australes hubiera sido el fin de la inflación, política tomada por el ministro Erman González con los Bonex, no hubiésemos tenido los 1341 puntos en el alza de precios allá por 1990.
Sí. Emitir puede ser inflacionario. En la Argentina lo es. Pero no emitir también apareja inflación. Esto se debe a algo que forma parte de una estructura productiva que no se ha desarrollado y que ha quedado atada a una moneda extranjera a partir de la Ley de Entidades Financieras de la dictadura militar. Tenemos que trabajar tanto en forma histórica (diacrónica, en la terminología estructural) y a la vez en forma sincrónica (ver el conjunto de relaciones estructurales que formaron las distintas etapas de la crisis argentina).
La Ley de Entidades Financieras ha constreñido a la Argentina a una bimonetización de la economía. Nuestra moneda dejó de ser el Peso y sus sucedáneos para llevarnos a una dolarización fáctica. Las distintas etapas de endeudamiento (Martínez de Hoz- Cavallo- Machinea- Dujovne- Caputo) corresponden a un plan para que el país perdiera capacidad soberana. Nuestra deuda es en moneda foránea y nuestro sistema productivo, permanentemente atacado y reprimarizado por por las gestiones liberales (Videla- Menem- De La Rúa- Macri- Milei) queda inerme frente a los organismos de crédito cuya función imperial es el sometimiento del país. La oligarquía argentina y su burguesía financiera han trazado un destino manifiesto a la inversa: hacer de la nación una factoría de materias primas y fuentes energéticas con escaso valor agregado. Para esto han creado una doble tenaza: por un lado, la alianza estratégica con los organismos crediticios que nos subdesarrollan; por el otro, una narrativa que vincula la idea de movilidad social e industrialización con la idea de que ese proyecto, en un país como el nuestro, sólo desemboca en emisión e hiperinflación. Ese relato construido desde el poder se vale, tal como se ha mencionado, de un poderoso arsenal retórico. Retomemos el discurso presidencial sobre la Reforma del Banco Central. Al operar bajo una sinécdoque (la emisión es falsear papeles y debe ser un delito), genera una segunda forma retórica, que es la Elipsis. Mediante este procedimiento, el auditorio tiene que reconstruir, a partir de lo dicho, lo que se está soslayando. En la Elipsis opera un silencio que es más importante que el discurso mismo (acaso porque el silencio también es un arma discursiva). ¿Cuál es la Elipsis en este caso? La masa monetaria, cuya fórmula económica es M1, constituye una parte mínima de la monetización de un país. Si el M1 fuera esencialmente inflacionario, tanto Estados Unidos como la Comunidad deberían haber caído, desde la crisis de 2008, en profundos procesos inflacionarios que no sucedieron. Hay un motivo esencial: la inflación traduce en primera instancia un problema de productividad y luego, como consecuencia, surge la cuestión del circulante monetario. Los liberales argentinos han invertido la ecuación: primero contemplan la cuestión fiscalista y de emisión para luego pensar que la única forma de estabilizar las variables es aplicar un feroz ajuste en el sistema productivo y en la puja por el ingreso. Los resultados siempre son los mismos: al achicarse el sistema tecnológico e industrial, los salarios se derrumban. Producido el derrumbe salarial y la caída en la inversión, se frena parcialmente la inflación. Al frenarse la inflación, se canta victoria. Tras la caída inflacionaria sobreviene una fuerte caída en la recaudación. La caída en los ingresos del fisco genera un nuevo déficit al que se intenta paliar con más fiscalismo restrictivo. Cuando ya no alcanza, se apela a los mecanismos de crédito externo para compensar la balanza. Los préstamos llegan al país y son recibidos como muestra de confianza en el plan de ajuste. Luego hay que empezar a pagar intereses. El problema es que la caída de la recaudación, más los capitales de deuda externa y los intereses agravan la crisis de la economía. Todo el sistema entra en colapso. El colapso drena más capitales al exterior a partir de las posibilidades brindadas por la Ley de Entidades financiaras (un auténtico fraude al Estado). La crisis desemboca en estallido social e inflación. Nuestros economistas liberales (expertos en retórica, pero nulos en la práctica real de la Economía en tanto que ciencia social) han aplicado Sinécdoque e Elipsis. Y a eso se le suma otra imagen que consiste en invertir los términos de una relación lógica. Esta forma retórica se denmina en griego hysteron-próteron. Su traducción podría ser “último-primero”.
Vaya gente culta nuestros dirigentes derechistas: utilizan todo un arsenal de imágenes poéticas para construir sus dislates y sus infiernos. Pero debemos volver a la historia y a los números para profundizar esta rara retórica económica que ha creado un monstruo discursivo a la manera de un enloquecido Polifemo.
LA DERECHA CONFISCADORA
Quienes dicen reordenar el país hablan del problema de la inflación. Ya hay un sofisma en el planteamiento del problema. En la Argentina no hay una sola inflación, como pretenden que creamos en un permanente ejercicio de falsa didáctica. En rigor, hay cuatro capas inflacionarias distintas. Necesitamos mencionarlas para ver luego el modo en que, al desdibujar una realidad compleja, los que manejan el sistema financiero logran siempre su beneficio de clase.
- A la primera estructura en el alza de precios se la llama “Inflación por demanda”. Todo proceso de creación de un mercado interno en una economía subdesarrollada y periférica como la nuestra conlleva un período inflacionario hasta que el aumento de la productividad vuelve a generar un equilibrio entre la masa monetaria y los bienes y servicios nacionales que circulan en el mercado.
- Inflación por proceso de industrialización. En este caso, la importación de bienes de capital necesarios para ampliar la infraestructura genera un problema con las divisas. Los bienes de capital son propios de las economías poderosas y por la ley del deterioro del intercambio, los países primarios (más allá de sus matices) ven que su producción primaria tiende a caer en los términos de intercambio con los de producción tecnológica. Este histórico cuello de botella se soluciona en el mercado interno con emisión, ya que las reservan en moneda fuerte se utilizan para el pago de maquinarias e insumos de alto valor agregado. Hasta que la estructura del país subdesarrollado no empieza a producir más bienes y servicios que permita ampliar las exportaciones y el cobro de impuestos en el mercado interno, los precios tienden al alza. Tanto la inflación del punto a y b son las que se han mezclado en el primer peronismo, en el gobierno del General Lanusse (muy eficaz en el trabajo de infrastructura) y en la etapa kirchnerista.
- Inflación oligopólica. Es aquella que se genera cuando pocas empresas manejan el mercado interno y el acceso al crédito bancario nacional e internacional. En este caso, la escasa diversificación empresarial se paga con una crónica inflación. Estas empresas tienden a manejar el mercado según sus propios intereses y en nuestro país han tenido el poder para estructurar precios a niveles internacionales con salarios mucho más bajos que en las economías centrales. Hay una especie de capitalismo invertido: “es mejor producir poco y caro para que consuma el que pueda consumir”. Entendemos que hay rubros de la producción necesariamente oligopólicos (el acero es uno de ellos), pero en tal caso solamente un Estado fuerte es capaz de redireccionar lo que un mercado distorsionado no logra ni quiere encauzar. Nuestro país también ha sido jaqueado por este tercer tipo de inflación. La idea de una apertura importadora no soluciona el problema, porque estos capitales de alta concentración migran hacia otras actividades y al retirarse de su nicho productivo no hacen más que generar desocupación subsidiaria y pérdida de conocimientos técnicos adquiridos. El caso de Techint es emblemático. Un Estado que abre la importación no hace más que favorecer el desarrollo de otro país en contra de los intereses nacionales. Sabemos que la dirigencia de estos holdings empresariales tampoco responde a los intereses de la Argentina. La solución pasa por un Estado fuerte, eficiente y punitivo contra aquellos que cobran altos precios por obras que en el mercado internacional se consiguen de un modo menos oneroso. Da la sensación de que el punitivismo nunca es contra los abusos económicos de las minorías de capital concentrado creadoras de un Estado Benefactor solamente para ellas en detrimento de las grandes mayorías nacionales.
- Inflación Financiera por especulación de sectores concentrados. Es la que ha destruido a la Argentina desde el Proceso de Reorganización Nacional en adelante. La enorme masa de bonos fraudulentos y de deuda espuria M3 y M4 de la masa circulante, genera crisis recurrentes de pagos. Estas crisis de deuda se pagan estatizando los miles de millones de dólares contraídos por fondos buitre extranjeros y comisionistas internos que toman deuda en moneda fuerte, la pagan en moneda nacional y generan un debilitamiento endémico de nuestro billete. Todas las crisis financieras por endeudamiento se han pagado con procesos inflacionarios correctivos que devienen en hiperinflaciones galopantes. Pero debemos agregar un factor que es propio de la Argentina: los sectores concentrados del gran capital, al estar también en el grupo c de los que genera inflación, tienen el poder de alzar los precios tal como quieren cada vez que busca desestabilizar un proceso político al que consideran que es perjudicial o bien que no les permite tener los inmorales márgenes de ganancia que exigen.
Sinteticemos: los grupos a y b son problemas inflacionarios propios de una dirigencia que busca el proceso de acumulación interna del país. En cambio, en los grupos c y d la inflación es generada por una minoría agro-financiera (también dueña del capital mediático) que maneja un mercado interno cautivo y logra generar el caos cada vez que sus intereses se ven levemente menoscabados. Esta minoría logra imponer un dispositivo retórico y narrativo que ha logrado indudables éxitos en la historia nacional de los últimos cincuenta años.
Uno de los argumentos que se utilizaron a comienzos de la década del 90 para introducir a la Argentina en la Convertibilidad fue el de la esterilidad de un dinero que no tenía base real. Recordemos que 33 años más tarde, para hablar del Peso, Javier Milei pasó de la metáfora del bloque de hielo que se derrite bajo el sol del desierto a la metonimia más descarnada: el peso es excremento; es algo que debe ser eliminado de una vez y para siempre. Basta tener un poco de memoria para recordar que, en 2001, uno de los fondos de inversión que habían provocado el desastre de la salida del Plan Cavallo propuso la eliminación de nuestra moneda nacional y que la economía argentina entrara bajo la esfera directa de la Reserva Federal. La línea ideológica era la misma: este país, al ser incapaz de poseer su propia moneda, sufrirá una humillación menor si de una vez y para siempre acepta la pérdida de su soberanía monetaria. La ciudadanía, todavía con algo de sentido común (todavía las redes no habían inficionado el pensamiento de grandes sectores de la sociedad) reaccionó con desprecio frente a semejante desquicio intelectual.
Podemos decir que el campo semántico operara que la dirigencia liberal y el llamado Círculo Rojo proponen es el siguiente:
- Populismo = Peso = Emisión = Inflación = Déficit Fiscal
- Derecha Liberal = Dólar (en forma encubierta o directa) = Control Monetario = Estabilidad = Orden superavitario.
No obstante, estas cadenas semánticas operan bajo un estatuto retórico de Elipsis. No es importante lo que se dice, sino lo que se calla. Para Cavallo, el dinero que los trabajadores depositaban en los bancos para resguardarse del alza de precios devenía como culpable de la hiperinflación. En ningún momento el gran economista de la Fundación Mediterránea sugirió que la hiperinflación fue creada por él cuando en 1982, en la única medida socialista que tomó en su vida, convirtió la deuda externa privada en una deuda estatal que agregaba un enorme peso cuasi- fiscal al erario argentino. Porque lo liberales tienden a otra forma retórica para justificar sus tropelías: mezclan déficit fiscal y cuasi fiscal como si fueran lo mismo, acaso porque ambos términos tienen una sonoridad parecida (homoitéleuton se llama en retórica la fusión de dos palabras a partir de sus similitudes fonéticas). Todos los pagos de deuda, capital e intereses de bonos forman el paquete cuasi-fiscal del Tesoro. Desde un punto de vista estrictamente económico, forman el M3 y el M4 de la economía. En tanto y en cuanto estos pagos sean controlables, no influyen fuertemente en el sistema productivo. Pero a medida que el endeudamiento se incrementa sin que el país cuente con recursos genuinos para solventarlos, estalla una crisis de liquidez que desemboca en caída de la actividad económica, efecto Tanzi-Olivera en la recaudación, caída del salario acentuada y, como es lógico, alza de precios por un doble motivo: desconfianza social en la propia moneda y rechazo del peso por parte de cualquier organismo crediticio al que los mismos liberales nos han atado previamente. Los economistas del establishment otra vez insisten con lo mismo: la culpa es de la emisión M1, y no de los desbordes del M3 y el M4 generados por la irresponsabilidad fiscal de quienes aplican políticas de ajuste y endeudamiento.
Volvamos entonces a las enseñanzas del Plan Bónex del 89. Toda la masa monetaria argentina se esterilizó con un bono que redujo en un 60% el circulante. Para la cúpula financiera, la culpa de las hiperinflaciones del año 89 y 90 se debió a que los poseedores de Australes ponían el dinero en el banco a tasas estrambóticas para mantener, como mucho, ahorros que no superaban los 500 dólares mensuales, aunque en la mayoría de los casos la cifra apenas ascendía a 200 dólares. Por supuesto que los bancos no podían pagar esos intereses desmesurados; nadie pone en duda esa realidad. La cuestión es que la liberalización financiera instruida por el Proceso Militar permitía esta anarquía bancaria y financiera. Otra vez se tomaba al efecto como causa. Las entidades bancarias hacían lo que el sistema les permitía hacer. Ahora bien, ninguno de los economistas del sistema propuso anular la anarquía financiera con una nacionalización monetaria de la economía, modelo que siguió Brasil con éxito. Nuestro país, dolarizado de facto y con libertad absoluta para que la banca privada fijara las reglas del juego, se condenó a sí mismo al exterminio de su moneda y a la permanente fuga de divisas al exterior sin controles. Los grandes bonistas que podían esperar que el Estado les pagase los intereses devengados por las Letras de Tesorería podían cambiar los papeles en moneda nacional, luego convertirlos a dólares y mandarlos al exterior sin ningún tipo de traba legal. Estas sucesivas tandas de bonos emitidos por el Estado lograron que en cincuenta años la Argentina transfiriera al exterior el 100% de su PBI. Hay más de 400 mil millones de dólares fugados sin haber pagado un solo centavo al fisco.
El discurso oficial que llevó a la primera experiencia neoliberal dentro de un sistema democrático nunca habló de los verdaderos factores de la crisis: imposibilidad del pago de los intereses de la deuda externa contraída de un modo fraudulento; ataque financiero para que la Argentina no pudiera acceder al mercado de créditos, retención de exportaciones bajo la promesa de una mega-devaluación en el futuro. “El dólar no va a estar alto; va a estar recontraalto”, expresó como candidato Carlos Menem, con la idea de provocar una demencial carrera de precios para destruir el sistema financiero y validar la venta de activos nacionales y la permanente política de ajuste industrial que caracterizó a su infame decenio. Sin embargo, la esterilización de casi toda la masa monetaria no trajo los resultados esperados. Hubo que ajustar la moneda y llevar el dólar de ₳ 655 a 10000 en unos pocos meses para que el comercio exterior dejara de retener divisas. Hubo que anular cualquier aumento jubilatorio para el pago de una deuda que las mismas empresas cerealeras habían creado en las épocas del crédito blando de Martínez de Hoz. Pero la culpa del mal de los argentinos era el M1, esa necesidad de tener algunos billetes en el bolsillo para comprar alimentos, remedios o pagar un alquiler.
Uno de los economistas del establishment, Javier González Fraga, quien se desempeñó como presidente de BCRA entre julio y noviembre de ese 1989, aseveró: “En medio de un caos hiperinflacionario, el país tenía un serio problema cuasifiscal (intereses pagados por el BCRA) porque la autoridad monetaria colocaba Letras del Tesoro que tenía por financiamiento del déficit y retribuía encajes muy altos en los depósitos con tasas altísimas”. [1] Cada tanto los hombres del sistema reconocen alguna verdad en medio de los desastres que generan. En este caso, el causante de la hiperinflación no era como tal la emisión, sino la catastrófica política de endeudamiento generada en el septenio más sangriento de la historia argentina (76-83) y luego convalidada por la administración radical, en lo que constituye la claudicación inicial de nuestra democracia.
La Corte Suprema de Justicia se negó a investigar el origen fraudulento de la deuda externa y el torniquete que se impuso al país para que no accediera a los mercados internacionales, pero convalidó la exacción de más de los dos tercios del dinero de los pequeños ahorristas. Tampoco se expidió sobre la fuga de capitales que originó la Ley de Entidades Financiera. Un auténtico fraude financiero pergeñado por minorías rentístico financieras y agrarias que en breve habrían de quedarse con el control del comercio exterior.
Toda esta retórica de desplazamientos semánticos (lo que no se dice como Elipsis y lo que se enuncia como una Metonimia que reemplaza el término “inflación” por el término “emisión”) se enmarca dentro de una narratividad mayor que apela siempre a la idea del sacrificio. En el discurso de la Navidad del 76, el dictador Videla habló del gran sacrificio que se había hecho para enmendar los males de la Nación; el menemato, 13 años después de aquellas jornadas aciagas, volvía a repetir el concepto. Otra vez los argentinos debimos escuchar la monserga supuestamente estoica de los liberales criollos a fines del tanto en 2015 (había que hacer un terrible esfuerzo para superar la pesada herencia de la emisión) y en 2023 (habrá que hacer un denodado esfuerzo para evitar caer en una hiperinflación del 4000 por ciento anual). Martínez de Hoz también dijo que había salvado al país de caer en los mágicos guarismos del 4000% en los lejanos días del 76. La historia no se repite ni como tragedia ni como farsa, sino como un nudo retórico que, instalado en la psiquis social, no termina nunca de desatarse.
Fue así como la dirigencia política argentina, asustada por el alza de precios, aceptó las condiciones que el sistema rentístico-financiero impuso para realizar un brutal ajuste a pesar de que había triunfado una coalición cuya propuesta era la producción nacional, el cuidado de la pequeña empresa y el retorno a las políticas sociales de calidad. Hubo que montar un tenaz aparato retórico construido también sobre citas textuales bíblicas: “Argentina, levántate y anda”.
ENTRE LA NARRATIVIDAD Y LA RETÓRICA
(DE CÓMO LOS ECONOMISTAS SE CONVIERTEN EN ARTÍFICES DE UN VERBO FALSO)
Debemos distinguir dos campos lingüísticos que están mutuamente imbricados, aunque cada uno posee su especificidad. La Retórica es el arte de transmitir los significados de modos oblicuos y connotados. Una metáfora o un Perífrasis son formas retóricas. Si al hablar de Bartolomé Mitre digo “el vencedor de Pavón”, utilizo una perífrasis que connota una perspectiva positiva del hombre que dirigió el ejército de Buenos Aires en esa batalla. Si digo, en cambio, “el genocida de gauchos y del pueblo paraguayo”, utilizo una perífrasis negativa. En ambos casos el conjunto de palabras que forman ambas perífrasis se ubican en un plano connotativo de la ideología. El denotado sigue siendo ese personaje histórico que tuvo una existencia política y militar luego de Caseros. En cambio, si al hablar de Mitre lo menciono como “el vendaval que destruyó al interior del país”, estoy utilizando una metáfora con connotación negativa. Toda metáfora es una perífrasis, pero no toda perífrasis es una metáfora. En la metáfora interviene un elemento comparativo que desplaza los significados y ubica al receptor en un plano interpretativo de tercer orden. “El vendaval que destruyó al interior del país” es una connotación de Mitre (segundo nivel), en tanto que la idea de “vendaval” remite a una fuerza destructiva de la naturaleza. El trabajo de la interpretación debe entrar en un terreno más complejo:
Nivel 1: Sema = Bartolomé Mitre. Denotación Pura. Hombre que ejerció cargos públicos y fue presidente de la Argentina. Su política fue claramente porteñista.
Nivel 2: Connotación ideologizada = Porteñismo como oposición al Interior. Minoría oligárquica como oposición al Caudillismo y al Gauchaje. Argentina agraria y subordinada a los intereses británicos como oposición al modelo industrial proteccionista (tanto de las provincias como de la República del Paraguay).
Nivel 3: Connotación poetizada: “vendaval” (viento destructivo; los vendavales arrasan con todo; tiran casas; destruyen un orden). Bartolomé Mitre es como un vendaval = Bartolomé Mitre semeja a una fuerza destructiva que subvierte el orden nacional y daña o destruye.
La Retórica es el conjunto de desplazamientos semánticos e ideológicos que trabaja en los Niveles 2 y 3 de la interpretación. Los elementos que constituyen la Retórica forman parte de la literatura, de la política, del periodismo y, por más que los expertos en esa disciplina lo nieguen, de la Economía.
La Narratividad es el conjunto de procedimientos por el cual se construyen relatos estrictamente ficcionales (mito, leyenda, cuento, novela, historieta, cine) y relatos no ficcionales (periodismo, política, economía). Vivimos en una sociedad donde todos los días, a partir de los medios masivos de comunicación y de las redes, estamos bajo la presión de una narratividad metaficcional. Está junto a la Ficción, pero no es Ficción Literaria, aunque construye un efecto de sentido que busca ordenar la sociedad bajo un conjunto de premisas que implican la necesidad de relatar un tipo de historia. Históricamente se ha asociado a lo político y a lo judicial con esta forma de relato metaficcional. Es necesario que llevemos a la Economía tanto a los dominios de lo Retórico como de lo Narrativo.
La historia del relato neoliberal en la Argentina se orienta dentro de una pluralidad de mitos que repasaremos brevemente.
- El mito del Estoicismo: se ha heredado una situación lamentable, pero las nuevas autoridades monetarias, conocedoras del desquicio, están haciendo un sacrificio para que las cuentas fiscales vuelvan a su cauce. El discurso del videlismo emparenta la idea del sacrificio compartido entre las autoridades y una vaga identidad a la que no se nombra como Pueblo, por lo que se elige una perífrasis más neutra: “los hombres y mujeres de la patria”. La entidad Pueblo solamente es nombrada en momentos de seguridad y confianza (triunfo en el Mundial 78, primeros días de la Guerra de Malvinas). La estructura narrativa habla de un Común Sacrificio en eras de la restauración del orden natural perdido.
- El mito de la Experticia: otro de los nudos del discurso pasa por trazar el el binario Populismo/Ignorancia versus Neoliberalismo/Conocimiento. Es una reedición del viejo sistema sarmientino Civilización/Barbarie. En este caso hay una minoría que entiende los verdaderos problemas de la economía. Esta pequeña legión debe enfrentarse con las masas enardecidas de la demagogia populista. El discurso se refuerza mediante un conjunto retórico de eufemismos y etopeyas validadoras (descripciones que giran en torno del perfil psíquico). El señor Dromi era descrito como un “técnico exquisito”. El doctor Cavallo se presentaba a sí mismo como alguien que daba clases en prestigiosas universidades norteamericanas. El actual mandatario se autopercibe como un verdadero candidato al Nobel. Hay una especie de refuerzo narrativo que gira en torno al éxito académico e intelectual. Para burlarse del adversario, se lo sindica de ignorante, inexperto. Ya en un plano más deportivo, Mauricio Macri presentó al señor como el “Messi de las finanzas” y habló de su primer grupo de ministros como “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”.
- El mito del Despilfarro: los dos sistemas anteriores giran en derredor de una estrella central: todo lo que tenga que ver con lo social o lo industrial es una absurda quema de recursos. Los Planes Sociales son demonizados al punto de construir en el Sentido Común Social la idea de que son una exacción y un criadero de vagos. Se anulan los beneficios que representan para el mercado interno la existencia tanto de los planes como de los fideicomisos. Durante el período 2021-2023 (salida de la pandemia) hubo un tenaz ejercicio destinado a crear un auténtico odio a quien apoyara cualquier intervención pública. La palabra “planero” como sintagma descalificador fue utilizado dentro de un sistema de neologismos animalescos o bien como sonidos aliterados por parecido fonético (kuka, vago, corrupta, yegua, kretina, asesina). La letra K (una de las menos utilizadas de nuestro alfabeto, advino como significante de “ladrón, taimado, demagogo”. Las formas narrativas de este mito utilizaron el recurso metafórico de “la pesada herencia” durante la gestión macrista y la aliteración de fonemas “plan platita” para los subsidios destinados a apuntalar el mercado interno tras la salida de la crisis del Covid 19.
- El mito del Éxito Futuro: Martínez de Hoz hablaba de la Argentina Potencia del 2000; Carlos Menem profetizaba la entrada triunfal en el Primer Mundo si el país hacía los deberes correspondientes; Mauricio Macri clamaba por la exitosa inserción de la Argentina como kiosco del mundo; Javier Milei profetiza hoy la conversón de la Argentina en la futura Irlanda en un plazo de dos décadas. El actual presidente retoma la vertiente autoritaria del discurso sesentista de Adalbert Krieger Vasena (necesitamos 20 años para dejar el país en orden).
LA CONSTRUCCIÓN DE UN SISTEMA RETÓRICO FICCIONAL PARA TAPAR LA ELIPSIS DEL PROCEDIMIENTO
A partir de la caracterización del sistema retórico y de la construcción de una narración que se enmarca en el binarismo GASTO-INEFICIENCIA- INFLACIÓN- ESTATISMO-POPULISMO VS AHORRO-EFICIENCIA PRIVADA-ESTABILIDAD-LIBRE MERCADO-REPUBLICANISMO, pensaremos el modo en que la derecha neoliberal criolla ha armado un entramado de significantes para justificar sus propias acciones en el terreno de lo económico.
Tanto durante la gestión macrista como en la mileísta hubo una serie de políticas cambiarias que erosionaron la capacidad crediticia argentina para acceder a préstamos destinados a la producción. En el período 2015-2019 se sucedieron una serie de prácticas predatorias con la política cambiaria. Las famosas LEBACS (LETRAS DEL BANCO CENTRAL) llegaron a ofrecer tasas del 40% anual cuando la gestión kirchnerista se había retirado con una inflación que no llegaba al 20% según el IPC Congreso que dirigía la señora Bullrich. Los poseedores de pesos compraban los bonos y obtenían las tasas ya mencionadas. En el resto del mundo, las tasas de interés no superaban el 2% anual. Obtenidos los bonos, la liberalización del mercado permitía recuperar los pesos ya indexados y adquirir dólares anclados en 15 pesos. Esta maniobra duró 3 años. La Argentina pagaba réditos en dólares de hasta 20 puntos por encima de la inflación. Pero nuestra nación, que no emite billetes norteamericanos, sólo podía compensar esta demencial especulación mediante dos políticas simultáneas:
- contracción del consumo mediante aumento impositivo a las clases medias y bajas. El efecto siempre es el mismo: una terrible transferencia de ingresos de los sectores medios y bajos hacia los sectores altos, que no ven alterado el peso fiscal de sus ingresos. Luego de una breve etapa de aumento de la recaudación que se utiliza para pagar los costos de la especulación financiera de los sectores de la alta burguesía (agentes cambiarios, fondos buitre, sectores concentrados del agro), se genera la brusca caída del consumo y una nueva caída de los ingresos del fisco (Efecto Tanzi-Olivera.)
- Necesidad de endeudar al Estado para pagar la bola de nieve que implican las tasas 20 puntos por encima del mercado mundial. Nueva crisis de deuda, reestructuración de políticas con intervención del FMI. Préstamos de salvataje que incrementan la desconfianza y el incremento del riesgo país, que no es más que otro mecanismo del imperialismo económico para asfixiar a las naciones. La falsa estabilidad estalla y ante la caída del sistema económico se vuelve a practicar una devaluación. Recordemos que el macrismo llegó al gobierno con un dólar a 10 pesos y se fue con un dólar a 60 y subiendo. Esto demuestra que el mejor plan de los últimos 50 años se retiró con una inflación del 60% anual y del 500% durante todo el período.
Los grupos del poder callaron esta operativa escandalosa contra los intereses del Estado Argentino. La Elipsis debió ser cubierta con el Significante K: Cuadernos de la Corrupción. Con total desparpajo, el ex ministro Dujovne atribuyó el fracaso de su política económica a que los Cuadernos generaron tanta desconfianza en el país que los inversores se retiraron antes de que las tasas volvieran a bajar. Esta renovada forma de endeudamiento llevó al alza de la espiral inflacionaria. Pero la toma de deuda como política pública no es Déficit Fiscal, sino Cuasi Fiscal.
Claro que los liberales encubren el mencionado tecnicismo y vuelven con la idea recurrente que se convierte en una metonimia (emisión por gasto en políticas públicas=inflación) y una inversión de la causa por la consecuencia (hysteron-próteron). No obstante, el gasto de las políticas públicas es infinitamente menor a las erosiones por toma de deuda en moneda fuerte. El macrismo decidió dejar de emitir, pero esa política es absurda y reiterada en su fracaso. Cuando se frena la emisión se produce una recesión que baja enormemente la productividad. Luego de bajar la productividad, cada objeto que se fabrica en el país se encarece, porque el capitalista argentino prefiere vender poco y caro al que puede comprar su mercancía.
Ya se ha demostrado que la inflación es causada cada vez que la moneda nacional es usada como método de canje para obtener luego dólares en el mercado liberado. Esta estructura que implica una dolarización encubierta se practicó cada vez que toma el mando una gestión cuyo eje discursivo es la eficiencia impoluta del mercado.
Toda vez que el M4, con las Letras del Tesoro (tal como las Lebacs, la Leliqs y el Bopreal), generan endeudamiento financiero (los préstamos desde 1976 en adelante fueron solamente instrumentos de política cuasfiscal) se genera una presión extra en el efectivo en circulación, en los depósitos bancarios (ya sea en las Cajas de Ahorro como en los Depósitos a corto, mediano y largo plazo). Es el M4 el que aplasta el funcionamiento específico del M1, del M2 y el M3. El Déficit Fiscal, propio de los M1, M2 y M3 es inflacionario, pero estos déficits son ínfimos en comparación con la presión que reciben por las cíclicas políticas de endeudamiento. Nuestro diagnóstico es que la inflación argentina por déficit fiscal representa aproximadamente el 10% de la inflación estructural causada por la dolarización encubierta y por las políticas neoliberales de crónico endeudamiento. Los procesos de acumulación interna (industrialización por vía de sustitución de importaciones) muestran dinámicas inflacionarias relativamente altas respecto de los guarismos mundiales, pero muy bajas respecto de las crisis que han traído las gestiones de la eficiencia tecnocrática aliada al capital financiero y agro-financiero.
La figura retórica de la sinécdoque (parte por el todo) esconde lo esencial del problema: la estructura inflacionaria argentina no responde a la mera cuestión de emitir o no emitir. Esta simplificación del problema ahora las crisis del aparato productivo y la dependencia del país para con los organismos imperialistas de crédito, que hoy no sólo buscan el manejo de las finanzas, sino la posesión lisa y llana de los recursos naturales y la tierra de los argentinos.
El siguiente cuadro exhibe los índices inflacionarios en un proceso de acumulación interna, que incluye alza salarias, industrialización, distribución del ingreso y políticas de desendeudamiento. Los números del primer peronismo hablan por sí mismos: una vez que se superan parcialmente los cuellos de botella por demanda de divisas para la importación de bienes de capital que luego amplifican la producción, se tiende a una estabilización relativa en el alza de los precios:
Año | Tasa de Inflación Anual Aprox. | |
1946 | 18.7% | |
1947 | 14.9% | |
1948 | 31.0% | |
1949 | 33.6% | |
1950 | 20.0% | |
1951 | 36.7% | |
1952 | 38.8% | |
1953 | 4.0% | |
1954 | 3.9% | |
1955 | 12.3% |
Muy suelto de cuerpo, un funcionario devenido en libertario proclamó como leit motiv de campaña que la inflación era el invento del peronismo para empobrecer a los argentinos. Es difícil concebir un disparate teórico tan perfecto. Miremos ahora los números del primer proceso de dolarización de la economía y de la libre disponibilidad de Bancos y Empresas para remitir sus dividendos dolarizados al exterior. Aquí tenemos los números de la gestión de Martínez de Hoz y seguidores:
1976: 444,0%
1977: 176,0%
1978: 171,4% (o 175%)
1979: 163,0% (o 160%)
1980: 100,8%
1981: 131,0%
1982: 344,0%
1983: 434,0
A la derecha liberal argentina, a partir de su fracaso como proyecto nacional, no le quedó otra alternativa que buscar ensayos para bajar los guarismos, sin afectar la estructura de su plan básico: endeudamiento de los sectores privilegiados y posterior licuación de la deuda privada vía socialización estatal de la deuda tomada. Para ello construyó, a lo largo de más de cinco décadas, un sistema retórico-narrativo que tuvo sus secuaces en el periodismo (Neustadt, Grondona, Lanata y otros catecúmenos) y que hoy se difunde por las granjas de boots que maneja el sistema de trolls utilizado primero por el macrismo y luego de un modo expansivo por todas las gestiones de ultraderecha que vienen arrasando la independencia de América Latina.
Cabe preguntarse entonces por qué hubo dos momentos hiperinflacionarios en Argentina y dos de altísima inflación. Alfonsín deja el país con un alza de precios de 4923%. Menem experimenta, en pleno plan de ajuste ultraliberal (Plan Bunge y Born; Plan Erman) un alza del 1341%. A su vez, en 1975 tenemos en el último año de la gestión de María Estela Martínez de Perón un incremento del 345% en los precios y Alberto Fernández se derrumba con el 212%. ¿Podemos decir que era solamente déficit fiscal e irresponsabilidad en el uso de las máquinas de emisión de dinero de BCRA? Si pretendemos mirar el problema con alguna solvencia intelectual, ¿podemos aceptar un diagnóstico tan sencillo? Tanto la etapa final del alfonsinismo como el plan de ajuste de Morales y Celestino Rodríguez (75) apelaron a los elementos más claros de la ortodoxia fiscal. Y sus gestiones fueron arrasadas por un vendaval inflacionario. ¿Qué explicación podemos ofrecer? Es necesario que volvamos al sistema narrativo.
LA ECONOMIA COMO RELATO DE HORROR. DE CÓMO EL FANTASY ADVINO CAOS
En 1975 la Argentina ya era un país derrotado. Los dieciocho años de exilio del peronismo y la intensificación de la lucha interna entre la tendencia y la ultraderecha peronista fueron factores que aprovechó el establishment liberal para generar el relato de fin de época. De este modo, se gestó la idea de que el sistema democrático no tenía ni podía tener cura desde adentro. El mismo Balbín, dentro de su honestidad, creyó en este diagnóstico que respondía a los intereses de la alta burguesía terrateniente y la nueva oligarquía financiera que pugnaba por la toma del poder. El 24 de diciembre de 1975, Videla lanza un mensaje que funcionará como bisagra institucional. La advertencia era clara: si en noventa días no había bruscos cambios, el golpe sería la única salida posible. A partir de entonces comenzó un alza feroz en los precios. Por supuesto, hubo errores sindicales feroces. Cada alza de precio era retrucada con un aumento salarial inservible que sólo agravaba la crisis. Lo llamativo es que los resultados del Proceso fueron más inflacionarios que el desastroso tercer gobierno peronista. Y aquí es donde debemos enlazar el problema económico con una estructura de relato político que condenó a la Argentina primero a un baño de sangre inaudito; luego a un sistema de transformación de su economía; por último, a la larga sujeción a los organismos de especulación mundial que se esconden detrás de los organismos de crédito y de los fondos de especulación bursátil.
No es Videla quien manifiesta el relato de la amenaza. El último Perón viene al país como portador de una vertiente autoritaria. Vamos a resumir el modo en que la derecha nacionalista y luego la derecha liberal contribuyeron a la creación de un sistema de narrativo más o menos común que nace en el pantano de la Guerra Fría.
Primera etapa: Perón llega bajo la admonición: La Patria Peronista es lo contrario de la Patria Socialista. De modo voluntario o involuntario, este relato germinó en la primera idea de exterminio del Otro. El orden económico instaurado por la llegada del peronismo (la inflación cae al 0%) se sustenta únicamente dentro de la ortodoxia peronista. Lo que está por fuera de la ortodoxia debe ser aniquilado. Podemos hablar de una coincidencia estructural entre el relato peronista y la posterior gestión militar.
Segunda etapa: tras la muerte de Perón, las variables económicas se disparan. El alza de precios torna insoportable la vida de los argentinos. Mercado negro, carestía… Síntomas de un deterioro que sólo pueden zanjar los profetas de la eficiencia liberal. Cuando el mercado se libere, se volverá a la normalidad. Pero la liberación del mercado implica un sacrificio que deberá hacer toda la sociedad.
Tercera etapa: amenaza directa. Hay 90 días de tiempo para estabilizar o es el fin del sistema.
Estas tres etapas generaron en la población una sensación de miedo, derrumbe y aceptación del nuevo orden imperante. Es llamativo: el 24 de marzo la sociedad recibió casi con alivio el golpe. El estado crónico de amenaza provoca un nivel de alienación tal que todo cambio drástico es visto como el inicio de una solución.
Ahora bien, los números de la economía eran los mismos que aquellos que se exhibían tres años atrás. Por ende, el estado hiperinflacionario fue una creación de la alta burguesía para provocar el desmadre. En América latina, y en Argentina en particular, la inflación ha sido un mecanismo de control social para provocar el caos. Aquí está la esencia de la cuestión: los números de la productividad durante el fin de la gestión de Lanusse y los de la gestión peronista no traducen una inflación de tres dígitos. Los mismo ocurrió con el desabastecimiento programado por los grandes consorcios monopolistas. La derecha vernácula usó el alza de precios como política de disciplinamiento social. LA INFLACIÓN ES POLÍTICA. ES UN RELATO DE HORROR PARA DESTROZAR EL HORIZONTE DE TOLERANCIA DE LA SOCIEDAD. Los números que se exhiben no difieren mayormente de otras etapas con alzas más o menos regulares. ¿Por qué esta práctica ha sido una constante en la Argentina desde el 75 en adelante? Siempre se repite el mismo argumento: Perú ha logrado vencer la inflación; Colombia ha logrado vencerla; Chile ha logrado vencerla; Ecuador ha logrado vencerla. Exacto. Pero vencerla implicó para estas naciones la sujeción a un pacto social que destruye cualquier posibilidad de ascenso y transformación. Cuando las pequeñas burguesías y la clase media son acorraladas y los sectores más postergados no tienen ninguna posibilidad de mejora, se termina la dinámica de la lucha por el ingreso. Y una vez que es lograda erradicar la lucha por el ingreso nacional, la inflación de las economías periféricas con desarrollo intermedio desaparece. El único modo en que la derecha logra exterminar la inflación es exterminar la soberanía, la industria, la ciencia y el lento ascenso social. Todo el ingreso se vuelca hacia el sector financiero vía endeudamiento y bonos de especulación. Es la misma historia que los argentinos tuvimos desde Alsogaray (que provocó la primera inflación de tres dígitos en el país con los Bonos 9 de julio), pasando por la estatización de deuda de Cavallo y todos sus continuadores. ¿Acaso Daniel Marx no dijo en el gobierno de Fernando de la Rúa que él trabajaba para los acreedores? ¿No son las gestiones de López Murphy, Dujovne y Caputo parte de un mismo sistema crónico de encorsetamiento de la economía?
Esta historia de la amenaza prosiguió durante los primeros años de la democracia:
Cuarta etapa: Alfonsinismo. Reconocimiento de la deuda sin validar su origen fraudulento. Las denuncias de Alfonsín jamás promovieron el juicio y el encarcelamiento de los que ataron la independencia financiera a los organismos de crédito. Tampoco fueron revisadas las leyes que son el verdadero éxito de la dictadura en materia de sometimiento externo (Entidades Financieras y libre disponibilidad de las remesas al exterior).
Quinta etapa: Menemismo. La única salida es el ajuste. Tras el fracaso de sus tres primeros ministros, el menemato acepta una Convertibilidad que es una dolarización de hecho. La sociedad aceptó el estatuto del vasallaje bajo el eufemismo retórico de Voto Licuadora. El pánico a la vuelta de la inflación se convirtió en el único tema de campaña.
Sexta etapa: Delarruismo. Aceptación completa de la política de los organismos de crédito. La ferocidad del ajuste provoca una deflación. Olvida la derecha que la caída de los precios (-1,4%) implicó el porcentaje más bajo de la clase media y media baja en la participación del PBI. Los efectos fueron claros: estallido social, caída de la recaudación… Y saqueo de los depósitos bancarios.
Séptima etapa: Macrismo. Había que destruir el único proceso de acumulación interna generado a partir de la vuelta a la democracia. Para ello se apeló a un doble juego: en la primera etapa hubo la promesa de mantener y mejorar los éxitos del kirchnerismo. Como candidato, Mauricio Macri aseguró que no se tocaría nada de lo positivo, en tanto que se corregirían las distorsiones de la micro-economía apuntando a una vigorosa entrada en los mercados de capitales que permitiera al país mantener su te ritmo expansivo. La candidata a la vicepresidencia, la señora Michetti, aseguró que era tal la confianza que generarían, que muy probablemente el dólar (obsesión de campaña liberal que acompaña, como un fermento autodestructivo, a la clase media urbana) cayera de 10 a 7 pesos. Esa etapa idílica duró un día. Al asumir hubo una innecesaria devaluación del 50 por ciento que incrementó la renta de los sectores concentrados del capital agro-financiero. Hubo una sustancial baja de impuestos a los consumos suntuarios y rápidamente empezó el mecanismo de endeudamiento vía Lebacs. Las consecuencias tardaron un poco en llegar, ya que el sistema productivo dejado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández era todavía lo suficientemente robusto como para resistir tres años de embates. No obstante, la crisis del modelo vía deuda y especulación financiera llegaría luego de las jornadas de diciembre de 2017. Aunque el oficialismo había ganado holgadamente las elecciones, no pudo impedir la bola de nieve generada por bonos que se tomaban en pesos con tasas exorbitantes y luego se canjeaban por dólares falsamente baratos. A partir de entonces, comenzó de nuevo el discurso del terror: “somos nosotros o el populismo”; “somos nosotros o ser Cuba o Venezuela”; “somos nosotros o la inflación estallará”. Y en realidad el estallido ocurrió con Macri, ya que su gestión se fue con una tasa que se acercaba al sesenta anual. Vale decir, triplicó la inflación heredada por la gestión mal llamada por la prensa canalla “populista”. El paroxismo del relato de horror llegó tras la derrota en la primera vuelta. “Puedo hacerles daño”, dijo con absoluta desvergüenza quien ejercía la primera magistratura. Y vaya que lo hizo. (Por sus obras los conocerás.)
Octava etapa: Libertarismo. La feroz especulación de los bonos del macrismo fue una inflación encubierta que estallaría en el segundo año del gobierno de Alberto Fernández. Tal como dicen los economistas de la ultra-derecha, todo proceso inflacionario es la consecuencia de los tres años anteriores. Lo sucedido en 2021 y 2022 es la muestra del desbarajuste en las cuentas de la etapa 2017-2018-2019. Y a eso hay que agregar el factor pandemia por Covid 19. Toda la masa monetaria del mundo aumentó. Pero la falsedad libertaria chilló con sus trolls y sus granjas de bots que el problema era la emisión de M1. Es extraño. Nunca mencionaron que la inflación del 212 por ciento anual sucedió un año después de que la emisión sólo había sido del 19 por ciento respecto del año anterior. Tampoco mencionaron la crisis de deuda dejada por el macrismo con el FMI y la feroz especulación cambiaria generada con los bonos basura de la etapa 2015-2019. De pronto, el problema se reducía a un plan que se siguió en todo el mundo para paliar los efectos del paro económico y productivo generado por la pandemia. El mal llamado “Plan Platita” no fue muy distinto de las políticas de incentivos al consumo que siguió la gestión de Donald Trump. La inflación norteamericana fue del 9 por ciento anual. Estos planes también debieron aplicarse en Europa, factor omitido también por la prensa libertaria en su aparato de comunicación. Esta cuestión también fue soslayada por los gurúes expertos en generar trabajo con o sin dinero. Había que aterrorizar nuevamente a la población. De eso se trataba la movida: generar hastío, odio, cansancio. Primer hubo un vendaval de metáforas: “el Estado es un violador frente a niños envaselinados”; “el peso vale menos que un excremento”; “nuestra moneda es un bloque de hielo que se deshace bajo el sol del desierto” (en verdad iluminados por Erató y sus ocho hermanas estos muchachos…)
Tras el escarnio de escuchar semejantes dislates, aparecieron los mismos pronósticos que en 1975 y 1976: “se aproxima una hiperinflación del 5000 anual”; “la única alternativa es un violento ajuste” (metáfora visual de la motosierra y la risa enloquecida, pequeñas patrullas psicóticas imitando los gestos de la sierra eléctrica, delirios mesiánicos…)
Para llegar a estos niveles, hubo formidables desaciertos de la gestión de Unión por la Patria. La paradoja es que esos errores fueron festejados por la oposición liberal como éxitos. Cuando Martín Guzmán aceptó la deuda fraudulenta del macrismo y estructuró un cronograma de pagos imposible, el capital financiero le torció la muñeca al gobierno nacional. Alberto Fernández también se dejó llevar por la retórica del terror que le impuso el mercado financiero y la prensa. Hubo un rosario de auto-justificaciones recurrente: “Era esto o el caos”, “la correlación de fuerzas no era suficiente para frenar la situación.” El discurso del terror generó enseguida una opacidad derrotista en el frente nacional. El autor de esta nota admite haber caído en esta narrativa y en haberla propagado. No podemos hacer ciencias sociales sin admitir los errores de perspectiva y las propias necedades.
En esta última etapa de nuestra historia, el bono BOPREAL se constituyó como otra forma de estatización fraudulenta de deuda. Se adujo que las compañías importadoras se veían perjudicadas por la falta de dólares generadas por el cepo del populismo. No se explicó que el cepo fue producto de la deuda que esas mismas empresas habían tomado con los bonos Lebacs y Leliqs. Para salvar a las empresas importadoras, el Estado asume una deuda que en realidad no originó y cuyos montos nunca tuvieron una finalidad productiva. Pero la inversión retórica pone al cepo como causa del problema y no como la consecuencia de una política financiera demencial de los mismos que apoyan a esta gestión y son sus beneficiarios directos.
Tal como en el 1966, en 1976, en 1991, en 2002, se aplica la misma receta. Una feroz devaluación del 125% ha destruido nuevamente los ingresos de los argentinos de la clase media trabajadora. Pero lo peor de todo es que la nueva clase trabajadora, sin atender los históricos mecanismos de la extremo-derecha financiera que acorrala al país ya sea con golpes de estado, desabastecimiento, piquetes rurales o hiperinflaciones disciplinarias, aceptó la solución de esta auténtica plutocracia. Podríamos decir también “kakistocracia”: el gobierno de los peores.[2]
Hay algo interesante en la construcción de la economía a partir de las estructuras narrativas y la retórica. Ciertos mecanismos de la literatura se tornan más reales que la realidad misma. Una gran teórica del género fantástico, Rosemary Jackson, analizó al gótico como una forma narrativa en la que el miedo se genera por un efecto óptico llamado “zona paraxial”. En esta zona la luz que impacta en el espejo refracta una imagen que es más real que el objeto mismo. Pero allí no hay nada: lo que creemos ver es solamente un vacío… Una oquedad que ha engañado a nuestros sentidos.
El terror que ha generado el neoliberalismo en la Argentina mediante su siniestra desaparición de cuerpos, derechos y su insidiosa creación de caos es una auténtica zona paraxial. Se nos hace creer que la imagen falsa es la verdadera. Y lo que es real se diluye en torrentes retóricos y en una cortina de silencios fantasmales. Sólo podremos liberar al país cuando nuestras manos toquen el vacío y nos demos cuenta de eso, de que detrás del sistema narrativo de los hacedores del capital financiero no existe más que un poder opresor que juegan con nuestros miedos más ancestrales. Y al entender el corazón de nuestras tinieblas, tal vez podamos iniciar el viaje de regreso a la Patria del pan, del trabajo y la soberanía. Odiseo tardó diez años en volver a Ítaca.
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No veamos en el conspicuo González Fraga a un intelectual capaz de salir de la misma lógica del sistema que defiende. La solución para este economista era acelerar un brutal ajuste fiscal y evitar un canje de bonos. Esta política, 34 años más tarde, fue llevada a cabo por la administración libertaria con un nuevo sistema retórico sobre el que hablaremos más adelante. Los efectos son siempre los mismos: medio millón de empleos tirados a la basura, caída de la producción argentina, apertura indiscriminada de la economía, desfinanciamiento de las pensiones sociales, pauperización de la ciencia y la tecnología y endeudamiento externo renovado. Si a esto se le suma la idea de una futura emisión que no responda a los intereses del desarrollo argentino, entonces tenemos las condiciones para una nueva oleada hiperinflacionaria. De hecho, y aunque solapada, los argentinos experimentamos un alza del dos por ciento mensual de los precios… No son malos números, dirá algún despistado. El problema es que esa inflación es en dólares. Cuando el sistema ya no resista una inflación del 30 por ciento anual en moneda dura vía endeudamiento, todo el andamiaje financiero estallará, tal como sucedió en 2001 y tal como sucedió en el declive de la infame gestión de Macri (2019), la que fue salvada por un préstamo ilegal concedido a último minuto. ↑
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Tomo el término del Profesor García Venturini. ↑