En Búsqueda de esa Buenos Aires perdida –
Por Xavi Nuñez
Cruce la puerta del local gastronómico sin mucha convicción, Talcahuano 937, camine algo confundido por el salón, entre el ruido de las mesas y el silencio de los mozos, con la idea firme de que en ese compas de espera yacia un guiño mágico, un perfume a «secreto a voces, que insatisfactoriamente, nunca podría develar conscientemente, pero con algo de suerte, si, intuirlo. Mientras tanto, al ritmo de mis pensamientos, la noche en El Cuartito ardía por dentro, como el neón de su vitrina y el calor de sus hornos.
A los pocos minutos de arribar, la ansiedad me ganaba por completo, entonces decidí reposarme cerca de la bacha, aguardando la aparición del Maestro, que en el entracto de su show en el Caño 14 (clásica sala de conciertos de tangos contigua a la pizzeria) aterrizaría ya sin hambre, para cambiar la «porción de muzza de parado» por un «doble farol de old smuggler», como solía hacer en los intervalos de sus conciertos.
Mi pista estaba ahí, latía en cada movimiento del salón, esa señal que yo esperaba, debía descifrarla, para continuar mi búsqueda incesante de esa Buenos Aires perdida. Sin embargo, el tiempo es lento cuando uno mas desea algo, entonces miro sin querer mirar, me pido un moscato para despistar y me quedo piola, como dice García.
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, aquella noche, se delimitaba formando el siguiente rectángulo, según se rumoreaba, había dicho el Maestro; Callao hasta Florida ; y Av. Corrientes hasta Av. Santa Fe, donde todo era excesivo, sus luces, los teatros de revista, las librerías, la ginebra y el champagne, un sitio para enamorarse y odiarse al mismo tiempo, un subidón de purpurina y la mas profunda decepción en el acto, contrastando con las calles aledañas donde las persianas bajas de los comercios diurnos, eran fósiles de esa metrópoli cansada de tanto fulgor.
La barra iba a una velocidad insoportable, y en mi cabeza ya rebotaban los aplausos del templo del tango (lindero a la pizzeria) donde ya finalizaba la primera parte de la función de Goyeneche con Aníbal Troilo, lo cual indicaba que «mi momento» iba a llegar, mi charla con «El Maestro» estaba cada vez mas cerca.
Aquella noche, yo fui en busca de algo sin saber que era , por ahí, esa era la llave, que me dejaría abrir ese cofre escondido, algo lejano pero con un olor familiar de ese Buenos aires perdido, errante, talentoso y seductor como pocos, los restos de la capital de un imperio que nunca existió.
Finalmente, como suele suceder, la cita nunca llego, como el tango Desencuentro, mi vida es un corso a contramano, en un local donde el tiempo parece escacear y no sabes que trole que hay tomar. Seguramente sea cierto eso de «perderse para encontrarse» pero aquella noche el trago fue amargo. Una vez mas habrá que seguir buscando y quizás esa sea la verdadera llave, en este mundo sin metáfora y cada vez menos curioso, parece que no, pero Buenos Aires siempre te espera.