La melancolía como resistencia

La melancolía como resistencia

Por Alegorio Della Urbe – 

Literatura, fútbol, política y afecto como contracultura

Como buen argentino (dirían mis amigos de asunción), La música, el fútbol y la amistad son elementos constitutivos de aquello que en cierto imaginario nos identifica. Hay algunos elementos más que pueden aumentar tal idea, pero lo grato, lo que me lleva a encontrar en ese imaginario, es una prenda de afecto, que le da valor a la percepción de un otro que pone – lo propio para interpretar lo que está fuera-, entonces, voy recogiendo esta idea, hasta abrazar lo subyacente, la irradiación afectiva.

Así es que voy entrando en la crítica a este tiempo, tengo la sensación que tiende a afirmar, que hoy, con el término «anacronismo», se construyen algunas inhibiciones o cancelaciones culturales sobre las cuales, se cuelan, la pérdida de sentido sobre algunas funciones elementales del quehacer humano, algo así como verdades irrefutables: «una biblioteca es un aanacronismo», «el manuscrito…, «la lectura …, «la reflexión profunda con otros», «el andar lento» y en ello, el goce de estas prácticas.

En ese momento, de inmediato linkeo con aquellas anécdotas de Soriano, el arquetipo de muchos relatos de buena amistad, del fútbol, la empresa estatal, la literatura, la política y el exilio. En fin, algo de aquello que tomo prestado de otros que escribieron sobre él. Como esa historia de un club de fútbol muy particular, porque una cosa, lleva a la otra y cuando uno escribe, también se ve absorvido por lo que emerge.

Hablando de «anacronismos»

Hay algo profundamente «anacrónico» en el universo que rodea al Osvaldo Soriano Fútbol Club. Un grupo de escritores, periodistas, intelectuales y ex futbolistas que todavía creen que vale la pena reunirse para jugar al fútbol, conversar, discutir literatura y sostener una experiencia comunitaria alrededor de la palabra. Casi un gesto absurdo en una época dominada por la velocidad, el rendimiento y la circulación instantánea de imágenes y opiniones.

Sin embargo, justamente allí emerge su potencia simbólica.  Porque lo que parece nostalgia puede ser, en realidad, una forma de resistencia cultural. En figuras como Alessandro Baricco, Enrico Remmert, Paolo Sollier y Dino Giarrusso aparece un hilo común: la defensa de experiencias humanas que el presente tecnocrático y mercantil tiende a vaciar de sentido. Aunque provienen de mundos distintos —la novela, el periodismo, el fútbol politizado, la crónica cultural— todos parecen reunirse en una intuición compartida: una sociedad que pierde su relación con el arte termina perdiendo también su relación con la experiencia profunda del tiempo, del amor, de la memoria y de la política.

Un presente como dictadura de la inmediatez

La contemporaneidad vive obsesionada con la velocidad. Todo debe ser: rápido, visible, rentable, instantáneamente consumible.

La experiencia estética queda subordinada al algoritmo. La contemplación se diluye frente a la reacción inmediata. La reflexión se vuelve improductiva. Incluso el lenguaje comienza a comprimirse hasta transformarse en estímulo.

En ese contexto, la literatura aparece como una anomalía. Leer exige algo que el presente detesta, demorarse.
Y quizá por eso la literatura actual más significativa suele estar atravesada por una melancolía particular: la conciencia de que ciertos modos de vivir están desapareciendo.

En Seda, Baricco escribe desde el silencio, desde la lentitud, desde el detalle mínimo. Sus personajes parecen desplazarse fuera del tiempo productivo. El viaje, el deseo y la contemplación importan más que la eficacia. La novela casi no tiene estridencias; parece construida contra el ruido contemporáneo.

Algo similar ocurre en Enrico Remmert. Sus relatos y crónicas urbanas están llenos de conversaciones nocturnas, amistades frágiles, ciudades que envejecen y personajes que todavía buscan formas de pertenencia. Hay allí una sensibilidad que se opone a la fragmentación individualista del presente.

«A los diecisiete años tenía un grupo de amigos que era toda mi vida. Éramos… sin problemas, al menos en apariencia. La heroína llegó muy pronto. Parecía inofensiva. Lo parecía. Yo no la toqué, y los vi caer uno tras otro, Milo, Cristiano, Elia… ¿Pero ustedes, por qué demonios? ¿Por qué ustedess? (…) tienen todo, y más que todo: tienen la libertad… la salud… y la belleza… tienen dinero… tienen juventud… tienen amor… y tienen amistad… lo tienen todo, no hay nada en este mundo que les falte»

(Rossenotti – Enrico Remmert)

Nostalgia: ¿reacción o memoria crítica?

La nostalgia suele ser acusada de conservadora. Y a veces lo es. Pero no toda nostalgia implica deseo de recoger imágenes del pasado. Existe también una nostalgia crítica: la memoria de aquello que una sociedad perdió en nombre de la eficiencia.

El Osvaldo Soriano Football Club parece sostener precisamente eso: la memoria de experiencias humanas no completamente mercantilizadas. El club, el bar, la conversación, el partido amateur, la discusión política después del partido, la amistad improductiva. 
Todo eso hoy parece casi subversivo, Porque el capitalismo contemporáneo tolera el entretenimiento, pero cada vez tolera menos la experiencia colectiva no rentable (de eso en la argentina tenemos bastante para hablar).

Por eso el fútbol del OSFC no se parece al fútbol-espectáculo. Se parece más a una ceremonia afectiva. Y allí la figura de Osvaldo Soriano es central; El entendía el fútbol como: Un relato, la épica mínima, una pedagogía sentimental, y la metáfora política.
Sus personajes suelen perder, pero conservan algo fundamental: la dignidad afectiva, El amor y la poesía como interrupción necesaria.
En una cultura organizada alrededor del rendimiento, el amor y la poesía poseen un elemento disruptivo difícil de digerir, porque hoy lo mainstream tiene un contrapeso en el que lo antedicho suena estríctamente detenido en el tiempo, pero lo peor, no es eso, sino que parezca carecer de sentido. ¿Por qué?,Porque ambos introducen gratuidad.

Amar es dedicar tiempo improductivo a otro. Es demorarse, escuchar, esperar, recordar.

La poesía hace algo similar con el lenguaje, lo desacelera, en ello, quien se detiene a comntemplarla, también entra en esa dimensión que altera tiempo y espacio. Frente a la lógica instrumental que utiliza las palabras para producir efectos rápidos, la poesía devuelve espesor a la experiencia. Obliga a habitar el lenguaje en lugar de simplemente consumirlo.

Por eso resulta interesante que muchos de estos escritores ligados al OSFC trabajen sobre: la melancolía, la pérdida, el amor imposible,la amistad, el fracaso, la memoria. 
No son casualidad. Son dimensiones humanas difíciles de traducir a métricas.

Paolo Sollier y la política de los afectos

En Calci e sputi e colpi di testa aparece otra dimensión importante:

la politización de la experiencia cotidiana.

Sollier comprendía que el fútbol nunca fue solamente deporte. Siempre fue:

identidad, clase social, territorio, representación simbólica.

Pero además entendía algo más profundo: sin afecto no existe política transformadora, algo que debemos retomar para transformarlo en eje vital de la política, o tal vez lo mío pueda leerse en las orgánicas, como un mero delirio libre pensador.

La política puramente técnica, termina convirtiéndose en administración. La política sin poesía se burocratiza. La política sin memoria vital, es puro marketing. 
Quizá allí exista un punto de encuentro decisivo entre nostalgia y amor, poesía y política, todas intentan defender formas de sensibilidad humana frente a procesos de deshumanización, incluso la derrota como ética.

Hay un elemento común que atraviesa a Soriano y buena parte de este universo cultural, la reivindicación de los derrotados, no de manera romántica o ingenua, sino ética.

En una época obsesionada con: el éxito, la visibilidad como marca personal y el rendimiento permanente, estos autores vuelven sobre personajes frágiles, melancólicos, desplazados o marginales.

Y allí vemos algo profundamente político, la negativa a reducir el valor humano al triunfo.
Quizá por eso el Osvaldo Soriano Football Club resulta tan fascinante. Porque parece sostener una pregunta incómoda para nuestro tiempo, la que muchos nos hacemos en la soledad reflexiva.

¿Puede todavía existir una comunidad organizada alrededor del arte, la amistad, la conversación, la memoria y el juego?

Dicho de otro modo: ¿Puede todavía existir una vida humana que no esté completamente colonizada por la lógica de la inmediatez , el mercado y la aceptación de la servidumbre consentida?, tal vez, volver a reconstruir proyectos, deban tener en cuenta, estas formas de espontaneidad que animan la vida con cierto romanticismo que ayude a percibir el mundo sin tanto olor sintético de polímero reciclado que nos propone el presente.

La belleza y la estética poética, la literatura y la espontaneidad unen desde las acciones culturales, la promoción y la solidaridad, imprimiendo en nuestra cultura una forma de percepción, del fútbol y la literatura, entramadas por el hacer  contracultural, tal vez, en ese camino, la vida y el mundo sean lugares más esperanzadores para vivir.

Esa síntesis perfecta entre vida simple y solidaridad en la que el valor real, sea la densidad de la experiencia humana. Hay una frase en su obra «Una sombra ya pronto serás» (1990) que brilla con luz propia.
En un pasaje que define a la perfección la esencia de sus personajes —perdedores queribles, andariegos y profundamente solidarios—, Soriano escribe:

«A la larga, lo único que queda es la decencia. Estar cerca del que sufre, compartir el pan y un cigarrillo, no traicionar a nadie. El resto es literatura, o viento.»

Para no caer en los lugares comunes, prefiero recoger los restos de aquellos «anacronísmos» y recomenzar, si, volver a hacer de esas prácticas, el hecho político fundamental como acto de resistencia y resiliencia a tanto emprendedurismo neoliberal, inculto y deshumanizante, el Osvaldo Soriano Fútbol Club es el mejor ejemplo de ello, es la persistencia del hecho colectivo.

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